|
El afán
de operar
Manuel Más y Soler
«Se ha
dicho que la prensa era un poder del estado. Lo es en realidad
la prensa política y lo es también la médica
en el campo de la medicina, donde se deja sentir la acción
de ese poder, tan en absoluto que ella reina por encima de la
propia observación, cuando nos enseña nuevos, más
breves y más fáciles caminos de curación.
Pero si la prensa ha de ejercer esa soberanía, necesita
apoyar sus mandatos en la más probada experiencia y no
tratar de imponerse definiendo a tontas y a locas en cuestiones
de conducta médica.
Muévenos a estas consideraciones el artículo que
con la respetable firma del doctor D. Amalio Gimeno, ha visto
la luz pública en el número 149 de la Crónica
Médica del 20 de Noviembre último y que se titula
"El afán de operar".
Unas cuantas afirmaciones gratuitas, que si algún fundamento
tuvieran, quedaría destruido por los últimos párrafos
del mismo artículo, es todo lo que encierra el trabajo
del redactor de nuestro colega. Fáltale sobre todo verdad
y sabor local; sucediéndole al articulista lo que a aquel
predicador que pronunció un magnífico sermón
contra el lujo y el confort, en las cuadras de un presidio. Comprendamos
que se censurase ese afán de operar en Alemania, por ejemplo,
donde un solo cirujano, Wolkman, ha hecho 33.000 operaciones
en ocho años, pero aquí en Valencia donde la Clínica
oficial arroja un total ánuo de 40 a 50 operaciones, y
en las salas del Hospital a pesar de las operaciones de urgencia
en los traumatismos, no excede de 100 el número de operados,
no podemos creer que dicho artículo se haya escrito con
otro objeto, que con el de tener el gusto de convertir en gigantes
los molinos de viento y alancearlos después gallardamente.
Pero como los excesos de la prensa tienen su correctivo en la
prensa misma, el deseo de evitar que se forme aquí y fuera
de aquí errado concepto de los cirujanos, y el de aminorar
la dolorosa impresión que el artículo puede haber
causado, nos obliga a ocuparnos del mismo.
Debemos empezar afirmando, que no nos sentimos aludidos en el
artículo en cuestión. Ni nos tenemos por operadores
de cartel, ni siquiera de oficio, (por más que hagamos
las operaciones que creemos necesarias a nuestros enfermos),
ni hay en todo el escrito una palabra que directamente a nosotros
se refiera: pero por lo mismo que a nosotros no se dirige, podemos
contestarlo con una imparcialidad y una rectitud de juicio, que
quizás no tendrían aquéllos a quienes indirectamente
se alude.
Afírmase en él, que la brillante altura a la que
ha llegado la cirugía contemporánea, la facilidad
del proceder mecánico y el deseo de renombre y gloria,
arrastran, sin sentirlo, al cirujano en alas de un entusiasmo
exagerado, al dañino afán de operar, sin que indicaciones
terapéuticas ni consideración alguna a los sufrimientos
del enfermo le detengan; importándole poco el éxito
patológico y las probabilidades de curación, siempre
que pueda mostrar habilidad, destreza, sangre fría, intrepidez
y no sabemos cuantas cosas más, resultando ser la vanidad
el móvil que la dirige.
Dejando aparte la tendencia que el artículo revela, de
hacer ver que la operación es sólo la obra de la
mano, rebajándola al nivel de un procedimiento mecánico,
sin que el entendimiento y la razón jueguen en ella gran
papel; y dejándolo porque no creemos al autor del artículo
capaz de sostener esta aserción, debemos darnos la enhorabuena
porque dicho señor se haya contentado con decir que sólo
la vanidad mueve la mano del cirujano, absteniéndose de
otras aseveraciones, con lo cualm hubiera redondeado el insulto
que se hace a los cirujanos todos. ¡Parece mentira que
ciertas afirmaciones se lancen al público, con la ligereza
y la "sansfasson" con que el articulista ha lanzado
las anteriores, y que se lancen por hombres que ocupan una posición
científica elevada, sobre todo, cuando son tan afanosos
por el adelantamiento científico como el redactor de la
Crónica Médica nos ha mostrado serlo en otras ocasiones!
¿Pues qué, cuando el catedrático de Terapéutica
ha introducido en la práctica médica patria el
uso del podofilino o de la arenaria rubra, del eucaliptol o del
termo-cauterio de Paquelin, del ioduro de etilo o la bomba de
estómago, sólo le ha guiado a hacerlo la vanidad,
el deseo de renombre y gloria, el hacer lo que pocos habían
osado,
|
 |
el demostrar
saber inimitable? ¿No ha entrado para nada en esos actos
el amor a la ciencia, el deseo de su adelantamiento, la lógica
terapéutica, las bases racionales de la indicación,
el aprecio al enfermo, la compasión por sus angustias
y sufrimientos, por sus dolores y torturas, que aquéllos
medios han podido disminuir o curar? ¿Menguado concepto
formaríamos del ilustre doctor si tal creyésemos,
y no le hacemos la ofensa de creerlo. Pero si de ofenderle no
somos capaces, ¿Cómo no tildar de ligeras apreciaciones
que suponen en los demás, lo de uno propio no se puede
suponer sin grave detrimento de la moral y de la honra?
Que se practican las operaciones sin tener en cuenta el diagnóstico;
sin atender al pronóstico; sin indicaciones racionales;
sin medir y pesar las probabilidades de curación, convirtiéndose
el cirujano en carpintero del cuerpo humano. Ligerezas y más
ligerezas. Si él ha visto los enfermos, si ha presenciado
y ayudado esas operaciones, cómplice será del pecado
cometido que pudo y debió evitar con la autoridad que
su ciencia le daba. Si no ha visto los enfermos, si no se le
ha consultado, si no ha presenciado ni ayudado la operación;
¿quién le autoriza para afirmar que no se hubiera
hecho un buen diagnóstico; que no se tuvieran en cuenta
las probabilidades de curación; que la operación
no estuviese indicada? ¿Y del que afirma en público
lo que no sabe, lo que no puede saber, qué menos se ha
de decir, sino es que ha partido muy de ligero en sus afirmaciones?
Verdad es que luego confiesa que él también ha
pecado. Por nuestra parte no nos creemos libres de culpa; nos
habremos sin duda equivocado alguna vez y quizás más
de una, pero afirmamos con la mano puesta sobre el corazón,
que hemos obrado siempre según nuestro leal saber y entender,
en bien del enfermo y con arreglo a los principios científicos
y no arrastrados por la vanidad ni por la afanosa preocupación
de operar. Guárdese, pues, para sí, el articulista,
si está seguro de haber pecado, aquello de acometividad
quirúrgica, que en los cirujanos de esta tierra está
atrofiado el órgano cerebral de esa nueva función,
por más que estemos dispuestos siempre a defendernos de
toda clase de acometividades.
Trata después el artículo de prestigiar a los operadores
diciendo que, cualquier mozo de sala de disección liga
la subclavia tan bien como Nelaton; y que para ser operador basta
la anatomía gorda que aprende un alumno de primer curso,
con tal que posea un poco el arte del disector, alguna sangre
fría y un tanto de audacia. ¡Pobre Nelaton! ¡Desdichados
nombres, los que sois gloria de la cirugía! ¡Veos
ahí comparados con cualquier mozo de sala de disección!
¡No necesitabais para ser lo que habeis sido, saber más
de lo que sabe un regular alumno de anatomía! ¡Si
algo sabíais además, era por puro lujo, por vanidad
sin duda, como son hoy los operadores...según un redactor
de la Crónica Médica! ¡Lástima que
no sea verdad tanta belleza! Tendríamos mil Nelaton en
vez de uno solo que la ciencia ha tenido y así como de
entre mil estudiantes sale un cirujano ilustre, entonces abundarían
como las amapolas en los sembrados. Pero desgraciadamente no
sucede así y es, porque a los mozos de la sala de disección,
a nuestros estudiantes de anatomía y a otros que no lo
son, les falta lo que le sobraba a Nelaton y al relojero del
cuento; les falta la entendimenta.
Háganse en buen hora las grandes operaciones, según
la ciencia manda, y confiados en el éxito, continua diciendo
el artículo, ¿pero qué hay por esos mundos
algún cirujano que opere sin tener presentes las palabras
sacramentales de nuestro Argumosa, "necesaria, practicable,
tolerable y ventajosa"? ¿Hay alguno que emprenda
una operación sin esperar un éxito feliz?
Lo difícil no es operar, acaba diciendo el artículo;
lo difícil es evitar la muerte; lo que importa es curar.
¿Pero es que cree el articulista que el que hace una operación
no lleva por fín el evitar la muerte y que la hace sólo
por tener el gusto de que se le muera el enfermo? ¡Lo que
importa es curar! ¿Es que el buen éxito es el juez
¿qué operación conoce que no le tenga en
su apoyo?
Confesamos francamente que no acabamos de comprender, mejor dicho,
que no queremos acabar de comprender, lo que se ha propuesto
el autor del artículo "El afán de operar".
Si la ligereza de su pluma le ha dado ocasión a estampar
inconsiderablemente tan atrevidos como injustos conceptos, la
juiciosa reflexión ha debido enfrenar los alientos del
autor, que si puede rectificar mañana lo que ayer escribió,
y sustentar opuestas ideas según las circunstancias, no
debe el hombre de ciencia, caer quizás por esa vanidad
mal entendida que achaca a los operadores, en aquel defecto que
pudiéramos calificar con las siguientes palabras: el afán
de escribir».
Manuel Más
y Soler, El afán de operar, Gaceta de los Hospitales,
2, 486-489, 1884.
Artículo
de Amalio Gimeno al que se refiere Más y Soler
|