Para citar este artículo puede usar la siguiente referencia: "Martín Izard, Juan Francisco (2001). Enseñanza de procesos de pensamiento: metodología, metacognición y transferencias. RELIEVE, vol. 7, n. 2. Consultado en www.uv.es/RELIEVE/v7n2/RELIEVEv7n2_2.htm en (poner fecha)."
En
este artículo se pretenden algunos datos
e informaciones que pongan de manifiesto la importancia de una
correctas metodología en la enseñanza de los procesos de pensamiento. Para
ello vamos a revisar cómo se ha llegado a otorgar especial importancia a
estos aspectos , tanto desde el ámbito de la investigación como desde la práctica
educativa en los centros escolares, pasando por las indicaciones legislativas
al respecto.
Consideramos
que uno de los principales problemas con los que el profesional de la educación
se encuentra ante la enseñanza de procesos de pensamiento es la carencia de
una correcta metodología que le facilite trabajar estrategias metacognitivas
y transferirlas a otros ámbitos de conocimiento. En este sentido haremos un
esbozo de las metodologías que consideramos más adecuadas para este fin.
Finalmente
mostraremos, a modo de ejemplo, un estudio empírico en el que se intentará
poner de manifiesto la importancia de que el profesor conozca las metodologías
mencionadas.
Desde
la Reforma educativa suscitada a partir de la promulgación de la LOGSE
(1992), la enseñanza de los procesos cobra especial relevancia
frente a tradicionales formas de enseñanza centradas exclusivamente en
lo que a partir de esos momentos se llamó conocimiento declarativo. El
conocimiento procesual y procedimental se considera de importancia para el
desarrollo integral del alumno. Se empieza a debatir a principios de los años
ochenta, antes de la reforma de la LOGSE, acerca de la relativa importancia de
la enseñanza de conceptos frente a la enseñanza de procedimientos. Hasta
este momento la enseñanza se hacía cargo fundamentalmente del conocimiento
declarativo, de los conceptos. El interés por la enseñanza de los
procedimientos surge de una preocupación creciente en los setenta y ochenta
del profesorado, fundamentalmente de secundaria, que manifestaban las
dificultades de los alumnos para estudiar las materias y enfrentarse a nuevos
conocimientos, sobre todo cuando estos requieren estrategias de resolución de
problemas.
La
respuesta del Ministerio de Educación y Ciencia fue clara ante la reforma
educativa. Uno se los pilares sobre los que se asentaba la personalización de
la enseñanza era conseguir la autonomía de aprendizaje de los alumnos
(promover recursos que les permitan enfrentarse a los aprendizajes de manera
independiente). De esta forma, en el Libro Blanco para la Reforma del Sistema
Educativo se afirma:
“Las
personas se verán cada vez más enfrentadas a cambios que afectan a sus
capacidades como trabajadores y su capacidad de respuesta dependerá
esencialmente de sus niveles educativos. (...) En estas condiciones
previsibles resulta indispensable una formación de base más alta que la
proporcionada por la actual E.G.B.,
y también una educación más polivalente y flexible, que permita a las
personas encarar nuevas situaciones con garantía de éxito” (M.E.C., 1989a,
p.88).
Insistiendo
en esta idea en el posterior documento sobre
el Diseño Curricular Base se afirma que será necesario:
“Es absolutamente preciso hacer consciente al alumno de los
procesos que se emplean en la elaboración de conocimientos, facilitándole
por todos los medios la reflexión metacognitiva sobre las habilidades de
conocimiento, los procesos cognitivos, el control y la planificación de la
propia actuación y de los otros, la toma de decisiones y la comprobación de resultados” (M.E.C., 1989b, p.99).
El interrogante, que se menifestaba en términos de ¿enseñamos
contenidos o enseñamos a aprender?, quedaba aparentemente resuelto concediéndole
la importancia que hasta el momento no tenía el “aprender a aprender” y
el “aprender a pensar”. Esto se tradujo en una gran expansión de
materiales que afrontaban este nuevo reto en dos frentes (Monereo y otros
1996) por una parte las técnicas de estudio, y por otra los programas de
aprender a pensar. Es en estos momentos cuando nos preocupa especialmente cómo
hacer llegar al alumno este “nuevo” tipo de conocimiento que no sólo enseña
conceptos y hechos, sino también procesos y procedimientos para elaborar
estos conceptos y para resolver problemas. A partir de estos momentos empiezan
a desarrollarse diversas estrategias y herramientas
de enseñanza centradas en el aprendizaje de los procesos de
pensamiento. Aparecen así en los
ambientes escolares variados programas de los que genéricamente se les llamó
de dos formas: bien programas de “enseñar a pensar” en clara
alusión a la enseñanza de procesos , o bien programas para la
“mejora de la inteligencia” haciendo referencia al aspecto psicológico
que pretendían mejorar.
En
un primer momento, anterior incluso a la mencionada reforma, estos programas
aparecen como “material especial” de importación, de difícil acceso y más
complicado manejo. Efectivamente, para el uso de estos programas es necesaria
una formación previa, si bien no tan profunda e “inaccesible” como en
aquellos momentos se pensaba.
No
exentos de cierto “halo de misterio” comienzan alrededor de los años 80 a
difundirse estos programas y comienzan a plantearse en nuestro país
investigaciones y estudios al respecto (Calero, 1986; Prieto,1989,1992; Molina
y Arraiz, 1993; Martínez Beltran y otros, 1990; Beltrán 1993; Martín Izard,
1995; Yuste, 1997). En estos momentos las expectativas que los educadores
pusieron sobre estos programas fueron, cuanto menos, generosas.
Una
vez superada esta primera fase, cuando ya se habían realizado suficientes
estudios en nuestro país, eran suficientemente conocidos estos programas. Con
la ayuda de la reforma educativa planteada a principios de los 90, comienzan a
editarse en nuestro entorno.
Primero aquellos que eran sobradamente conocidos y ya probados en otros
contextos como el Programa de Enriquecimiento Instrumental de Feuerstein
(1992) o el Proyecto inteligencia “Harvard” (Megía 1993), por citar dos
de los más utilizados. Posteriormente comienzan a publicarse programas
creados en nuestro país, algunos con mejor soporte teórico y experimental
que otros, hasta el punto de “saturar” el mercado.
Esta
expansión, junto con las elevadas expectativas de los educadores, propició
que en muchas ocasiones los programas se aplicaran precipitadamente, sin una
validación y experimentación suficiente y sin una necesaria formación
previa por parte de los aplicadores. En estas circunstancias los resultados no
fueron los esperados y el desencanto de numerosos profesores se hizo patente
al no encontrar lo que buscaban.
En
este punto de la cuestión, los investigadores ya habíamos advertido que
estos programas no sirven para arreglar todas las situaciones problemáticas
en el ámbito escolar, sirven para lo que sirven; y además, deben de
emplearse correctamente si queremos que se vean cumplidos sus objetivos.
Varios
eran los problemas que se detectaron en
la aplicación de los programas . En este artículo nos interesan
especialmente dos:
-
Los programas requieren de una metodología concreta, de un “modus operandi”
que puede que no difiera mucho de la actuación normal del profesor, pero que
sí requiere de una formación previa y, frecuentemente, de un cambio de
actitud del profesor.
-
La transferencia de los aprendizajes realizados en los programas no es automática.
Muchos de estos programas se denominan “libres de contenido”, aludiendo a
la ausencia de contenidos curriculares habituales en las aulas. Si bien este
aspecto facilita el trabajo en un primer momento sobre los procesos de
pensamiento, hace que se tenga que poner mucha atención y dedicar un gran
esfuerzo en que estos aprendizajes se utilicen tanto en las áreas del
curriculum como en la vida cotidiana de los alumnos.
Pensamos
que ambos problemas, metodología y transferencia, se encuentran estrechamente
ligados, de tal forma que una metodología adecuada al enseñar procesos de
pensamiento facilita al aprendiz la realización de las necesarias
trasferencias para que estos aprendizajes sean eficaces. Pero para llegar a
estas conclusiones quizá sea necesario previamente
aclarar algunas concepciones, desde nuestro punto de vista erróneas,
que se han ido generando en este periodo que acabamos de comentar.
Son
varias las dicotomías que suelen aparecer en los debates que pretenden
clarificar la importancia de enseñar a pensar. Como acabamos de ver en el
apartado anterior, la primera dicotomía que apareció es si se deben enseñar
contenidos declarativos o procedimentales.
Esta dicotomía suscitó, como hemos comentado, enriquecedores debates
en los años 80 ya superados, según nuestro parecer y cuya solución sólo
sugiere un comentario: como en tantas otras cosas, según dice el dicho
popular, “en el punto medio está la verdad” .
La dicotomía que se presenta ahora, una vez que se han
desarrollado y aplicado innumerables programas, viene formulada por la cuestión
de si se enseñan dentro del curriculum o fuera de él, es decir, dentro de
los programas de las asignaturas y referidos a los contenidos propios de las
materias, o como un curriculum independiente, desarrollando habilidades y
destrezas que luego el alumno habrá de transferir. Desde nuestro punto de
vista esta cuestión no está todavía suficientemente debatida.
En
un primer momento del desarrollo de estos programas se trabajaron como
aspectos separados de las materias. Tanto técnicas de estudio como aprender a
pensar se ejercitaba con materiales diferentes a los habitualmente
empleados por los profesores en sus asignaturas. Proliferan en estos
momentos los programas específicos, concretamente en “enseñar a pensar”
los programas denominados “libres de contenido”. De esta forma los alumnos
tenían en sus horarios espacios reservados para este otro tipo de actividad.
Los
resultados no fueron los esperados ya que, como las investigaciones pusieron
de manifiesto, el conocimiento de una estrategia o una técnica es necesario,
pero no suficiente para que ésta
se utilice adecuadamente (Wittrock, 1985; Pressley, 1990, Monereo y otros,
1994; Prieto,1992; Mayor y otros, 1993).
De
esta forma, en los últimos años la tendencia
clara es que no se puede enseñar a aprender y a pensar
independientemente de los contenidos sobre los que se aprende (Monereo y
otros, 1996). Desde nuestro punto de vista, si bien esta afirmación es cierta
en sí misma, es necesario matizarla, dado que corremos el riesgo de que
ocurra, como es frecuente en educación, que actuemos según el movimiento del
péndulo y nos situemos en un extremo u otro sin contemplar las posibilidades
que ofrecen los puntos intermedios.
Evidentemente
ambas posturas opuestas pueden presentar sus ventajas e inconvenientes. Vamos
a analizar un poco más profundamente estos extremos de la dicotomía para ver
si podemos situarnos en un punto intermedio.
Pensemos
primero en la enseñanza de estas técnicas, estrategias o procesos al margen
de los contenidos de las materias. El inconveniente mayor ya lo hemos
apuntado: no se produce una trasferencia automática con lo que el alumno
aprende a pensar sobre los contenidos de los programas. O quizá deberíamos
decir los “no contenidos” ya que se presume que los programas son
“libres de contenido”. Esta presunta “libertad de contenidos” no es
totalmente cierta. Es imposible pensar “en vacío”. Por muy abstracto y
simbólico que sea sobre lo que estemos pensando siempre hay un contenido,
bien sea pictórico, figurativo, geométrico... Estos programas de lo que sí
pretenden estar libres es de contenidos académicos, se pretende
cierta descarga de los contenidos culturales mayoritariamente
transmitidos por el sistema escolar y reflejados en lo que conocemos como
curriculum.
Pero
al igual que tiene inconvenientes, esta situación también presenta sus
ventajas, sobre todo en determinadas ocasiones, como es cuando trabajamos con
sujetos con deficiencias debidas a su origen socio-cultural y que manifiestan
una clara aversión por las tareas escolares, adquirida tras múltiples y
repetidos fracasos. Con este tipo de sujetos es mucho más fácil el
acercamiento al trabajo intelectual con unas tareas diferentes a lo que
habitualmente se trabaja en clase. Hemos podido comprobar como la “motivación
intrínseca” de estas tareas (Feuerstein, 1988) se pone claramente de
manifiesto cuando se enfrentan a ellas, frente a una clara desmotivación por
cualquier cosa que se parezca a las tareas escolares (Martín Izard,1995,
1999, 2001).
Pensemos
ahora en la enseñanza de los procesos de pensamiento
ligada íntimamente a la enseñanza de las materias concretas. En esta
situación en cada materia del curriculum se enseña cómo se procesan las
informaciones sobre estos contenidos concretos. Así por ejemplo en matemáticas
se enseñarán los procesos necesarios para solucionar los problemas de
geometría, aritmética, etc., y en lenguaje
las cuestiones relativas a compresión y expresión escrita, morfología,
sintaxis, etc. Esta situación, evidentemente, facilita que el alumno aprenda
a procesar la información en cada materia, con lo que garantizamos en alguna
medida el rendimiento en estos contenidos. Ahora bien, ¿sabrá el alumno
pensar en otros contenidos que no sean estrictamente académicos?
Como
vemos el problema en ambas posturas es el mismo: las transferencias y la
generalización de los aprendizajes. En cualquier caso, si no trabajamos las
transferencias cualquiera de ambas posturas es mala. En la primera, si enseñamos
sólo con programas específicos los alumnos sólo sabrán pensar sobre los
contenidos de los programas; si enseñamos a pensar ligado a contenidos académicos
probablemente obtengan buenas calificaciones pero, ¿sabrán resolver un
problema de su vida cotidiana?
El
problema aparece en cualquier caso por desvincular lo que se aprende en una
situación y en un momento concreto con el resto del mundo del aprendiz. Da
igual que se aprenda sobre un programa de “aprender a pensar” o sobre
matemáticas. Si estos aprendizajes sólo son eficaces en esta situación académica
de poco sirven nuestros esfuerzos como educadores, ya que, cualquier caso el
alumno no sabrá utilizar estos aprendizajes en su vida cotidiana y no se
beneficiará suficientemente de
ellos.
Lo
que se pretende es centrar el foco de atención sobre la transferencia de los
aprendizajes. Si queremos que un alumno se beneficie de un aprendizaje de un
proceso de pensamiento tenemos que facilitarle, en primer lugar, las
transferencias a otros aspectos de su vida, académicos o no, para que llegue
a generalizarlo a cualquier situación que se le pueda presentar en su vida.
Para
que el alumno realice estas trasferencias es fundamental que el profesor se lo
facilite. La forma de facilitar que los aprendizajes sobre los procesos de
pensamiento se transfieran es trabajar el control metacognitivo y el
pensamiento reflexivo con las metodologías adecuadas.
En
la experiencia que hemos llevado a cabo se utilizaron dos propuestas metodológicas
bien fundamentadas de dos autores sobradamente conocidos, Feuerstein y
Meichembaum, de lo que luego daremos cuenta.
Ahora
bien, el problema sigue planteado: ¿enseñamos procesos de pensamiento dentro
o fuera de las materias? Nuestra postura es intentar llegar a un punto medio:
dentro y fuera. Proponemos enseñar procesos
de pensamiento con materiales específicos fuera de las materias y con
contenidos curriculares dentro de las asignaturas. Si bien el requisito que
creemos es imprescindible para que esta experiencia tenga éxito es que sea el
mismo profesor tutor el que realice ambas tareas.
De
esta manera garantizamos, en la medida de lo posible, que los aprendizajes
específicos realizados con materiales de “enseñar a pensar” se transferían
a las áreas del currículum al utilizar el profesor la misma terminología,
estrategias y metodología. Y de esta forma, una vez facilitada la primera
transferencia de los procesos de pensamiento se favorecerá la transferencia a
otras áreas y la generalización de los aprendizajes.
3.-
Metodologías facilitadoras de las transferencias.
Como
ya se ha indicado, las metodologías de “enseñar a pensar” no requieren
unas formas de actuación complejas por parte del profesorado, sino mas bien
un cambio de actitud hacia sus enseñanzas y los aprendizajes de los alumnos
de tal forma que permitan a estos trabajar y elaborar sus propios
pensamientos, fomentando el control metacognitivo y el pensamiento reflexivo
en los alumnos, fijándonos no sólo en los resultados sino en el proceso que
se ha seguido, y aprendiendo tanto, o más si cabe, de los errores como de los
aciertos. En suma, el profesor debe dar a sus alumnos la oportunidad de pensar
en cada situación de enseñanza y aprendizaje.
Dos
son las metodologías de “enseñar a pensar” que nos han servido de
referencia para fomentar estas actitudes en los profesores. Por un lado las
estrategias de entrenamiento conductual cognitivo de Meichembaum (1977),
utilizada fundamentalmente para el control de los procesos de pensamiento a
través del lenguaje interior, fomentando la reflexibilidad y el autocontrol.
Por otro la metodología de la mediación de Feuerstein (1986a, 1986b, 1988a,
1988b) como índice o guía de las actitudes docentes que son facilitadoras
del control de los pensamientos por el propio sujeto, siendo el
profesor el mediador de los aprendizajes como canalizador, seleccionador y
presentador de la información. Pasamos a comentar brevemente ambas propuestas
metodológicas.
3.1.-Entrenamiento conductual cognitivo de Meichembaum
Meichembaum
(1977) señala la importancia del lenguaje interior como regulador del
pensamiento y de la conducta en general. En este sentido se puede considerar a
Meichembaum como el sintetizador
de los presupuestos conductistas norteamericanos con las teorías
cognitivistas provenientes de Rusia (Luria y Vigotski principalmente). Este
autor presenta el lenguaje interior como controlador de la conducta. El
lenguaje interior comprendería tanto el lenguaje verbal como las imágenes
mentales constituyendo el vehículo que conforma las estructuras cognitivas.
El
fallo en el procesamiento de la información por causa de falta de control en
los metaprocesos (control sobre los propios procesos de pensamiento) hace que
muchos sujetos tengan dificultades de aprendizaje . Este tipo de fallos se
palia ejecutando la tarea de forma consciente con control verbal siguiendo los
tres estadio que propone Luria en la iniciación y finalización de las
conductas voluntarias:
-Primer
estadio: el habla de los demás dirige y controla la conducta del educando.
-Segundo
estadio: el habla manifiesta del educando es regulador y mediador de su propia
conducta.
-Tercer
estadio: el habla encubierta propia controla las acciones, adquiriendo el
educando el rol de autogobierno.
Siguiendo
estos planteamientos, las teorías del lenguaje interior de Meichembaum tienen
su correlato metodológico que se concreta en los siguientes pasos:
1.-
Modelado cognitivo: el profesor sirve de modelo, mientras ejecuta la acción
con pensamento en voz alta.
2.-
Guía externa manifiesta: el
alumno realiza la acción con la guía verbal del profesor
3.-
Autoguía manifiesta: el alumno realiza la acción con pensamiento en voz
alta, dándose autoinstrucciones.
4.-
Autoguía manifiesta atenuada: paulatinamente las instrucciones van siendo
menos explícitas, pasando poco a poco al autocontrol mental.
5.-
Autoinstrucción encubierta: en el último paso el alumno se da
autoinstrucciones no manifiestas con autocontrol mental del proceso.
Meichembaum
ha desarrollado estrategias de entrenamiento en autoinstrucciones con la
finalidad de que el niño sea capaz de regular su propia conducta para actuar
de forma más eficaz. Se enseña a los niños el empleo de respuestas
mediadoras que ejemplifican una estrategia general que permite controlar la
conducta en diferentes circunstancias.
Asimismo
Meichenbaum presenta una serie de sugerencias para favorecer la generalización
de un programa de entrenamiento (tomado de Mayor, Suengas y González, 1993):
1.-
El entrenamiento en estrategias cognitivas no ocurre rápidamente, sino que
es un proceso prolongado que requiere una retroalimentación
informativa. Los aprendices precisan tanto de la explicación de las
estrategias como de la oportunidad de practicarla. Por lo tanto hay que
adecuar los programas a la velocidad del aprendiz y asegurar la aplicación de
las estrategias a diversas situaciones.
2.-
Los aprendices deben desde el primer momento participar como sujetos activos
en la generalización de las estrategias cognitivas, entendiendo el propósito
y razones de tal aprendizaje. La retroalimentación informativa, además de
indicarles el uso de la estrategia, debe indicarles el propósito que tiene y
su utilidad.
3.-
Las estrategias cognitivas han de ser lo más generales posibles para que
puedan ser aplicadas a numerosas situaciones. Pero igualmente deben
individualizarse para asegurar la compatibilidad con el aprendiz.
4.-
Hay que enseñar al aprendiz a ser consciente de su proceso cognitivo,
desautomatizando el proceso de aprendizaje y evitando usar las estrategias
al modo de “receta”. Además de incorporar nuevas estrategias en su
repertorio, debe aprender en qué tareas y entornos usarlas con sentimiento de
competencia respecto a su eficacia personal.
5.-
El entrenador debe ser alguien atractivo para el aprendiz, que merezca
credibilidad y con el que pueda sentirse identificado. La persona que sirve de
modelo debe compartir los pensamientos y sentimientos del aprendiz.
6.-
Antes de empezar el entrenamiento hay que conocer la experiencia previa del
aprendiz para basar los aprendizajes en las competencias ya adquiridas. Es
necesaria la adquisición de ciertos prerrequisitos y regular el momento en el
que se enseñan las estrategias metacognitivas.
7.-
En el entrenamiento es importante graduar la dificultad. Se puede empezar en
el ambiente habitual del aprendiz con tareas sencillas para paulatinamente ir
encadenando aprendizajes más complejos. La graduación
debe garantizar la trasferencia de una situación a otra, siendo
evidentes los elementos comunes entre
estrategias aprendidas y con los contextos de generalización.
8.-
Se debe implicar activamente a los aprendices en las tareas de
entrenamiento, evitando las repeticiones sin más de la tarea. Es necesaria
una transformación mental de las estrategias que se están enseñando por
parte del aprendiz y una ampliación de estas estrategias a su mundo personal
y académico.
9.-
Es necesario mantener el interés y la atención del aprendiz. Puede
conseguirse manteniendo una relación positiva con el entrenador que
presentando paulatinamente instrucciones, pistas, apoyos y utiliza un buen
sistema de incentivos.
10.-
El entrenamiento debe situarse en diversos entornos e implicar a varias
personas para que se promueva el aprendizaje de las estrategias en situaciones
variadas y contextos diferentes.
11.-
Es necesario reforzar el uso de las estrategias alimentando el sentimiento de
competencia y la satisfacción del aprendiz. El uso de estrategias
metacognitivas en el entorno natural deben organizarse
y favorecerse para reforzar estos sentimientos positivos.
3.2.-
Metodología de la mediación de Feuerstein
Feuerstein
(1986a, 1986b, 1988a, 1988b) en su la teoría
modificabilidad estructural cognitiva, considera al organismo humano como un
sistema susceptible de cambio y de modificación. La persona tiene capacidad
propia para cambiar la estructura de su funcionamiento. Este es un enfoque de
modificación activa que rechaza de plano la aceptación pasiva de la
permanencia y estabilidad de los déficits cognitivos; por el contrario, este
enfoque considera la capacidad intelectual de la persona como un proceso dinámico
autorregulable que es capaz de dar respuesta a los estímulos ambientales.
El
alumno puede modificar su patrón de desarrollo mediante una interacción
activa entre él y las fuentes internas y externas de estimulación. Pero para
que esta modificación se lleve realmente a cabo el sujeto ha de estar
expuesto a una serie de experiencias de aprendizaje mediado en las que el
mediador (padres y educadores fundamentalmente) tienen un papel fundamental en
la selección, transmisión y organización de los estímulos. La
modificabilidad es entendida como la modificación estructural del
funcionamiento del individuo, que produce cambios en el desarrollo previsto.
No se refiere a cambios específicos del comportamiento, sino a cambios
estructurales que alteran el curso del desarrollo cognitivo. Esta modificación
no ocurre al azar, sino por causa de una intervención intencional.
La
modificabilidad del sujeto será producto de la interacción de experiencias y
aprendizajes específicos orientados a producir cambios estructurales que
alteran el curso del desarrollo, no en cuanto a sucesos aislados, sino a la
manera de interaccionar y responder del organismo a las diferentes fuentes de
información del medio ambiente. Estas experiencias que propician el
desarrollo cognitivo es lo que denomina experiencias de aprendizaje mediado
frente a la estimulación directa del medio.
La
experiencia de aprendizaje mediado consiste en la transformación del estímulo
producido por el medio a través de un agente, familiares y educadores
generalmente. Este mediador selecciona, organiza, reordena, agrupa y
estructura los estímulos en función de una meta específica.
Estas experiencias a través de mediador proporcionan al sujeto una serie
de estrategias y procesos que le llevarán a la formación de comportamientos
que a su vez son prerrequisitos del buen comportamiento cognitivo.
El
mediador ha de enseñar al sujeto el significado de la actividad más allá de
las necesidades inmediatas, de forma que posteriormente este sujeto pueda
anticipar la respuesta ante situaciones parecidas.
En
todo este proceso de aprendizaje el sujeto forma parte activa al ser el
procesador de la información y estar abierto a la modificabilidad cognitiva.
(Feuerstein, 1973,1975).
Para
el desarrollo cognitivo, según lo dicho, se ha de proporcionar al sujeto
experiencias de aprendizaje mediado. Los estímulos los proporcionan los
programas y actividades que se le presentan al alumno, pero para que estos estímulos
sean efectivos habrá que realizar un proceso de mediación con una metodología
específica que tiene las siguientes características según las indica
Feuerstein:
1.-
Intencionalidad y reciprocidad
Feuerstein
define esta característica como la condición básica para llevar a cabo
cualquier experiencia de aprendizaje. (Feuerstein, 1980).
Como
dice Prieto, “el mediador trata de compartir las intenciones con el sujeto
en un proceso mutuo que implica el conocimiento del enriquecimiento y
desarrollo por parte de los dos” (Prieto, 1989; p. 36).
La
labor del mediador no es sólo la de presentar al sujeto los estímulos
necesarios. Además de seleccionar y organizar la información el mediador ha
de implicar al sujeto de forma que en él se produzcan cambios cuando procese
y opere con dicha información. El alumno ha de percibir e interpretar los estímulos
de forma significativa.
2.-
Trascendencia
La
mediación tiene que lograr que los aprendizajes que se produzcan lleguen más
allá de la mera solución a los problemas que se plantean. Los aprendizajes
que se produzcan no sólo han de servir para solucionar la situación
presente, mientras se aplica el programa, sino que han de permitir que el
sujeto sepa resolver otras situaciones futuras, y que, a su vez, le sirvan
para realizar nuevos aprendizajes.
De
esta forma el sujeto pensará en la tarea que está haciendo como algo
importante para él, algo que va más allá de la mera solución al problema
particular, algo sobre lo que merece la pena trabajar, descartando la
información superflua y asimilando lo esencial.
La
trascendencia de los conocimientos se concreta cuando se ponen en contacto las
actividades y aprendizajes del pasado con el futuro, de tal forma que los
conocimientos se generalicen a otras áreas y otros contenidos de la vida en
general. podemos denominar a este proceso de establecimiento de trasferencias
“generalización” o “puenteo” en términos de Feuerstein.
3.-
Significado
Lo
entendemos aquí en el mismo sentido en que Aussubel habla de aprendizaje con
significado. El lo entiende como una forma eficaz de procesar la información
que se da cuando se provoca en el sujeto una serie de conexiones entre los
nuevos conocimientos y los ya
existentes para que entiendan el proceso a través del cual se produce el
conocimiento. (Ausubel, 1980).
Asimismo
podríamos tomar las palabras de Bruner cuando dice que “el dominio
cognitivo es recompensador especialmente cuando el aprendiz reconoce el poder
acumulativo del conocimiento y cuando se percata de que aprender una cosa le
permite pasar a algo que antes estaba fuera de su alcance y proseguir hasta
obtener la perfección posible” (Bruner, 1978, p.78).
De
esta forma el aprendizaje se debe a, por una parte la intencionalidad, y por
otra la sustancialidad de la relación de tarea de aprendizaje con la
estructura cognitiva.
Se
trata de presentar la tarea haciendo despertar interés por ella; discutir la
importancia de ésta y explicarle la finalidad que se pretende. Hay que
implicar de forma activa y
emocional al sujeto para que este se sienta motivado y no pierda el tiempo en
realizar múltiples ensayos intentando dar con la respuesta correcta.
4.-
Competencia
Entendemos
este término no en el sentido de competitividad, sino en el de hacer que el
sujeto se sienta competente para la realización de la tarea; o sea que se
sienta capacitado para resolverlo. Se trata, por lo tanto, de fomentar en el
alumno una positiva autopercepción y autoestima. Hay que potenciar el
aprendizaje incluso cuando el
sujeto se sienta incapaz de aprender.
Esto
implica para el mediador la necesidad de organizar los aprendizajes de forma
que se adapten a cada sujeto en particular, con la intención de que, según
el nivel de cada individuo, se puedan resolver
las tareas con éxito.
5.-
Regulación y control de la conducta
Consiste
en evitar la conducta impulsiva, o sea la emisión de la respuesta sin
pensarla, desarrollando el pensamiento reflexivo o “insight”. Se pretende
que el sujeto realice su proceso de pensamiento a lo largo de tres fases: que
obtenga la información de los conocimientos previamente adquiridos (“input”);
que los utilice de forma coherente (elaboración); y que exprese se respuesta
a través de un proceso de razonamiento (“output”).
El
mediador ha de conseguir que el alumno se tome tiempo antes de emitir la
respuesta para que pueda sopesarla y tenga en cuenta toda la información que
posee. Se trata de que el sujeto llegue a conocer su propia forma de pensar y
sus conocimientos y llegue a la trascendencia y al significado del
aprendizaje.
6.-
Participación activa y conducta compartida
Cuando
se produce un aprendizaje mediado, el mediador comparte con los alumnos sus
experiencias de forma que se sitúe en el lugar de éstos. De esta forma se
facilitan las discusiones reflexivas ya que el aprendiz percibe al educador
como uno más con el que se puede discutir un problema. Evidentemente el
mediador ha de estar lo suficientemente preparado para saber encauzar la
discusión en el sentido que interese, de forma que los alumnos puedan ir
captando cual es el proceso de pensamiento adecuado para dar solución al
problema.
En
este sentido se evitará dar las soluciones de inmediato, fomentando en los
sujetos un pensamiento autónomo y reflexivo que les lleve a razonar las
respuestas. De esta forma el alumno actuará con independencia, sin tomar al
pie de la letra y como verdad absoluta lo que el profesor diga.
Pero
la conducta compartida no solo se refiere a la relación profesor-alumno, sino
también a la colaboración que puede establecerse entre los alumnos. En este
sentido el mediador ha de fomentar el trabajo cooperativo enseñando a los
alumnos que existen puntos de vista diferentes al suyo que hay que respetar y
sobre los que se puede discutir con buenos razonamientos intentando dar solución
a los problemas. Es lo que Feuerstein denomina “pensamiento divergente”.
7.-
Individualización y diferenciación psicológica
Sabemos
que cada individuo es único y diferente, es un principio elemental en educación.
Aquí se trata de aceptar este hecho teniendo en cuenta que cada uno puede
pensar de forma distinta. Se trata de aplicar modelos de aprendizaje según
las diferencias individuales y dependiendo de los diferentes estilos
cognitivos.
A
su vez, hay que fomentar en el sujeto respuestas divergentes, potenciando el
pensamiento independiente de forma que se desarrolle un aprecio por los
valores individuales y una diferenciación psicológica sin olvidar a los
otros.
8.-
Mediación de la búsqueda, planificación y logro de los objetivos de la
conducta.
El
mediador ha de conseguir que los sujetos orienten su atención hacia la
consecución de metas a corto y largo plazo, superando las necesidades
inmediatas del momento.
En
este aspecto se van a ver implicados procesos superiores de pensamiento, así
como mecanismos de autorregulación y autocorrección de la conducta.
El
mediador ha de conseguir que los alumnos establezcan metas individuales que
exijan ser perseverantes y diligentes para lograrlas. Se les pedirá que
establezcan un plan, y por lo tanto, habrán de saber discriminar entre las
metas reales y las irreales, a la vez que han de aprender a ser flexibles y a
saber modificar los objetivos en función de las necesidades del momento.
9.-
Mediación del cambio: búsqueda de la novedad y complejidad
El
mediador ha de fomentar en los alumnos la curiosidad intelectual, el
pensamiento divergente. Tienen que aprender a buscar lo novedoso de las
tareas. Igualmente aprenderán a ser autocríticos sometiendo sus ideas a la
opinión de los compañeros, viendo como se puede solucionar un problema de
formas distintas y como se puede aumentar la complejidad de éste. También es
labor del mediador el presentar las tareas de forma novedosa utilizando
diferentes recursos, metodologías, distintas modalidades de lenguaje, etc.
10.-
Mediación del conocimiento de la modificabilidad y del cambio
El
alumno ha de llegar a autopercibirse como sujeto activo a la hora de poder
modificar su funcionamiento cognitivo. Ha de ser consciente de que es capaz de
generar y procesar información y de que así mismo es capaz de cambiar su
forma de pensar.
Para
que el sujeto llegue a tener un conocimiento objetivo de sí mismo y de su
potencial de cambio cognitivo se ha de fomentar en él el pensamiento
reflexivo y la interiorización de los sucesos. Se han de desarrollar en el
alumno los mecanismos de autorregulación y control de la conducta.
Vamos
a ilustrar estos comentarios anteriormente hechos con una experiencia
en la práctica educativa del aula. Para ello hemos realizado un
modesto estudio empírico con el que pretendemos aportar algunos datos que
corroboren nuestras afirmaciones, mas que intentar obtener grandes
conclusiones ampliamente generalizables
El
objetivo general del estudio era demostrar la importancia de una correcta
metodología en la enseñanza de los procesos de pensamiento. Como ya hemos
puesto de manifiesto, pensamos que un profesor entrenado en las metodologías
de “enseñar a pensar” facilita el aprendizaje
de estrategias metacognitivas y
las transferencias a los alumnos cuando utiliza instrumentos específicos para
la enseñanza de estos procesos, frente a un profesor que utilice metodologías
tradicionales con materiales
habituales en las aulas.
Por
lo tanto dos eran los objetivos específicos de este estudio:
a)
Evaluar la influencia de la metodologías de “enseñar a pensar” (la
mediación y conductual cognitiva) en el aprendizaje de estrategias
metacognitivas.
b)
Evaluar la influencia de la metodología de “enseñar a pensar” en las
transferencias realizadas por los alumnos.
Para
este estudio utilizamos un diseño con un grupo experimental y un grupo de
control, de dos centros públicos
de Salamanca capital, pertenecientes ambos a la misma zona y sin diferencias
culturales o socio-económicas entre ellos. Con un nivel cultural medio, los
padres tienen estudios primarios y medios, trabajan por cuenta ajena o son
funcionarios mayoritariamente. Es
un barrio periférico de clase media no especialmente conflictivo y bien
desarrollado en infraestructuras.
La
muestra quedó compuesta por 47 alumnos de los que 25 pertenecían al grupo
experimental y 22 al grupo de control. La edad de los sujetos oscilaba
alrededor de los 10 años. Ambos grupos fueron seleccionados por no presentar
problemas destacables ni en cuanto a dificultades en los aprendizajes ni en
conducta, aun siendo suficientemente heterogéneos.
En
el grupo experimental se aplicaron tres sesiones semanales con los materiales
de “enseñar a pensar” siguiendo la metodología de la mediación
y el entrenamiento conductual cognitivo. En el grupo de control el
tutor empleaba tres sesiones equivalentes que denominamos “resolución de problemas”, con una metodología
tradicional no específica centrado fundamentalmente en el área de matemáticas.
Estos programas fueron aplicados durante un curso académico.
En
el grupo experimental se utilizaron materiales de varios programas editados y
sobradamente conocidos, se hizo una selección en función de la adecuación
de los materiales a la edad y nivel académico de los alumnos y que tuvieran
relación con procesos utilizados en la resolución de problemas. Los
programas que se han utilizado son:
-
Programa de Enriquecimiento Instrumental (R. Feuerstein, 1992)
-
Proyecto Inteligencia “Harvard” (Megía Fernández, 1993)
-
Programa de Intervención Educativa para Aumentar la Atención y la
Reflexibidad (Gargallo, 1993)
El
objetivo de estos programas es mejorar procesos básicos de pensamiento:
atención, comparaciones, clasificaciones, orientación espacial, pensamiento
hipotético, pensamiento analítico, razonamiento lógico, etc. Se pretende
asimismo mejorar el proceso de pensamiento enseñando al sujeto a estructurar
y planificar sus procesos con un paulatino incremento del autocontrol. Se
utilizan las metodologías anteriormente descritas, dando especial importancia
al pensamiento reflexivo y a las transferencias y generalizaciones de los
procesos aprendidos.
4.1.-Evaluación
de la metacognición y de las transferencias
Evaluar
los procesos cognitivos subyacentes a la realización de una tarea es una área
difícil. Como señalan Mayor, Suengas y González (1993), es uno de los
grandes problemas con los que se enfrenta la investigación. Operacionalizar
la actividad metacognitiva es una tarea difícil, ya que ésta no se presenta
como una respuesta observable, sino que debemos inferirla a partir de
procedimientos y sistemas indirectos.
Los
procedimientos más frecuentemente empleados, señalados por estos autores,
son los informes verbales (autoinformes del sujeto mientras realiza la tarea),
la observación (bien sea del pensamiento en voz alta, de escenificaciones o
de la ejecución de la tarea) y algunas escalas e instrumentos de evaluación.
Siguiendo la propuesta de estos autores elaboramos un cuestionario que nos
permitiese evaluar la actividad
metacognitiva de los sujetos (Mayor, Suengas y González, 1993, p.171-178) que
contempla 45 variables agrupadas en los siguientes aspectos:
1.-
Toma de conciencia
1.1.- Componentes cognitivos
1.2.- Tareas (problemas/ objetivos)
1.3- Modos (rasgos/ características)
2.-
Control
2.1- Componentes de control
2.2.- Tareas o problemas
2.3.- Modos de control
3.-
Autopoiesis
3.1.- Componentes de autopoiesis
3.2.- Tareas
3.3.- Modos
4.-
Variables de la metacognición del sujeto
5.-
Variables de la metacognición del contexto
6.-Variables
de la metacognición de la actividad.
Para
evaluar las transferencias a la resolución de problemas elaboramos un
cuestionario con tres ejercicios de problemas, no específicamente matemáticos,
con una secuencia paso a paso que permitieran al alumno poner de manifiesto si
utilizaba las estrategias planteadas en los programas aplicados. Para elaborar
este instrumento tomamos como referencia las aportaciones de Martinez Beltrán
(1990) y las de Prieto (1989, 1993) en sus instrumentos elaborados para
evaluar la eficacia de la aplicación del Programa de Enriquecimiento
Instrumental.
Los
pasos que tenían que seguir para resolver los problemas nos otorgaban las
variables que evaluamos, concretadas en:
-
Lectura y comprensión de instrucciones.
-
Exploración sistemática de los datos.
-
Consideración de datos relevantes.
-
Consideración de varias fuentes de información.
-
Utilización de principios de clasificación y /o categorización.
-
Estrategias de pensamiento lógico.
-
Estrategias de pensamiento hipotético.
-
Consideración de varias alternativas.
-
Comprobación.
-
Comunicación de los resultados clara y explícita.
Con
ambas pruebas se evaluaron los dos grupos antes y después de la aplicación
de los programas, lo que nos permitió estudiar las diferencias entre el grupo
experimental y el de control como explicamos a continuación.
4.2.-
Resultados y análisis.
Para
comprobar la equivalencia de ambos grupos al inicio del trabajo se realizó
un ANOVA entre ambos grupos en el que se obtuvieron valores de
probabilidad altos en ambas escalas ( metacognición p= 0,852
transferencias p= 0,591) lo que implicaba que los grupos, experimental y
control eran semejantes y no diferían significativamente al inicio del estudio.
Una
vez aplicados los tratamientos se realizó nuevamente un ANOVA con los
resultados de la evaluación final de ambos grupos, obteniendo valores de
probabilidad significativos (metacognición p= 0,001
transferencias p= 0,001) lo que confirmaba nuestra hipótesis en el
sentido de que una intervención por parte del profesor tutor con materiales de
“enseñar a pensar” siguiendo una metodología específica beneficia el
aprendizaje de estrategias metacognitivas y la transferencia de estas a otras áreas,
en nuestro caso en resolución de problemas.
Ahora
bien, aún habiendo diferencias significativas entre ambos grupos, esto no
quiere decir que el grupo de control no haya mejorado ya que sus puntuaciones
medias se elevaban tras la intervención. Realizamos varias pruebas de contraste
de medias para comprobar si era significativa la ganancia de cada uno de los
grupos en cada una de las escalas.
De
esta forma encontramos en el grupo de control que en la escala de metacognición,
aún habiendo ganancia, esta no es significativa (T= .589 , p=0,559) sin embargo
sí es significativa en el grupo experimental (T= 4,362 , p= 0,000).
En
la escala de transferencias ocurre exactamente igual, T=.815 , p=0,419 para el
grupo de control y T=3979 , p= 0,000 para el experimental.
El
estudio realizado, como hemos titulado, se trata de un sencillo ejemplo con una
muestra pequeña del que no deben extraerse grandes conclusiones, como hemos
indicado.
Sin
embargo, a pesar de esto sí presenta algunos datos cuantitativos interesantes
que avalan nuestra hipótesis y nos corroboran nuestro enfoque. Efectivamente,
las metodologías específicas de los programas de “enseñar a pensar”
facilitan la enseñanza de estrategias metacognitivas y la transferencia de éstas
a otros ámbitos académicos o extra-académicos.
Así
mismo, hemos considerado desde el principio del estudio que la situación ideal
era la aplicación de los programas
por los mismos profesores que imparten las distintas materias. Si bien el que
todo el profesorado conozca los programas es inviable, sí puede ser importante
que adquieran una metodología, o mejor una “filosofía de trabajo” que
suponga un cambio de actitud hacia la enseñanza de los procesos de pensamiento,
estén o no ligados a programas específicos o a las materias académicas.
Lo
que no reflejan las cifran anteriormente expuestas y que, de alguna manera, ha
sido percibido con cierta claridad por los observadores, es la diferente actitud
de ambos profesionales, a los que estamos sinceramente agradecidos, que se
sometieron a la dureza de una crítica más allá de una evaluación formal del
profesorado.
En
este sentido se pudo observar que la diferencia radicaba en la distinta actitud
ante la situación de enseñar a resolver problemas. El profesor no preparado
específicamente repetía los esquemas que él, a su vez, había aprendido como
alumno. Esto es lo que hacemos todos los profesionales de la educación cuando
no se nos enseñan metodologías alternativas de una forma activa. Esta actitud
hacía perder grandes oportunidades en sus alumnos de que pensaran. Un
ejemplo aclarará este comentario. Así, cuando los alumnos habían
terminado un ejercicio, el profesor lo corregía , en un primer momento,
indicando sólo aquellos que estaban bien o mal, dando tácitamente una valoración
sólo del resultado, y pedía al alumno que intentara de nuevo repetir los
ejercicios fallidos. Esta situación se repetía en varias ocasiones hasta que
el profesor explicaba al alumno cómo solucionar
los ejercicios exponiéndole su forma de resolverlo (la del profesor, no la del
alumno).
Esta
situación es una perdida de oportunidad de que el alumno aprenda a pensar. El
otro profesional, en situaciones semejantes utilizaba con los alumnos lo que
podr;iamos llamar un “método socrático”, centrándose más en el fallo que
en el acierto y haciendo reflexionar al alumno sobre su proceso de pensamiento;
es decir, trabajando la metacognición con pensamiento reflexivo en busca del
“eureka” que hace que el alumno se de cuenta de dónde comete el error.
En
cualquier caso, para que estas afirmaciones fueran más tajantes debemos
plantearnos seguir investigando con muestras más representativas, de diferentes
ámbitos, y en diferentes situaciones.
Así
mismo debemos insistir en que, a demás de la investigación educativa y los
debates científicos que permiten ir avanzando en el conocimiento de la educación,
se debe trabajar con los profesionales, formación del profesorado, para que
conozcan metodologías, estrategias, aprendan recursos novedosos y adopten
actitudes favorables hacia el aprendizaje de los alumnos.
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