El Profesor Alvar

Mª Teresa Echenique

(Universitat de València)

Corría el año de 1973. En la Universidad Complutense de Madrid, al comenzar el curso, los alumnos inquiríamos con cierta vehemencia el nombre de nuestros profesores. Eran otros tiempos, desde luego. Las facultades se vestían diariamente de carteles subversivos y en cualquier momento podía sonar la voz de alarma con el consiguiente revuelo y, por qué no reconocerlo, un atisbo de temor y hasta miedo en los corazones. Pero, al margen de esta circunstancia, o quién sabe si estrechamente vinculado a ella, lo cierto es que no había alumno que entrase en el aula sin antes haber preguntado el nombre del profesor; ser universitario o, al menos, sentirse universitario, requería saber qué maestros iban a impartir las asignaturas.

En la especialidad de Filología Hispánica figuraba con carácter optativo la asignatura de Geografía lingüística y, en el mes de octubre de 1973, los alumnos que la habíamos elegido sabíamos que el profesor era D. Manuel Alvar ("es catedrático desde los 25 años", "va a dar clases a la Sorbona todas las semanas"). En la Complutense, en aquella época, las clases empezaban a las nueve menos cuarto, pero D. Manuel Alvar, que viajaba cada semana (o casi) a París a impartir enseñanzas en la Sorbona, concentraba escrupulosamente sus clases en lunes y miércoles, ampliando el tiempo con precisión de maestro.

A las ocho y media, pues, comenzaban las clases de hora y media. Nunca conseguí llegar antes que él ni alcancé a verle entrar: al llegar los alumnos él ya estaba sentado en su mesa de profesor del Seminario 7c de la Facultad, dispuesto a la tarea y solícito para con sus afanes. Las notas ordenadas sobre la mesa, nos anunciaba el tema que iba a explicar: con gravedad y rigor comenzaba el abordaje sistemático de los grandes problemas de la Geografía lingüística. Nos habla de Wenker, de Jud y Jaberg, de Gilliéron y sus preciosos mapas sobre la abeja en el ALF, de Ascoli y el nacimiento de la Dialectología, del progreso metodológico en la encuesta dialectal, salpicado todo ello de ejemplos románicos que abarcaban desde nuestra área lateral de Occidente hasta el área rumana, mundo que se nos antojaba mágico por lo lejano, pero D. Manuel sabía hacer próximo, lateral románica por el Oriente. No faltaban referencias a lo sucedido en área vasca, que a mí me devolvían a mis orígenes. Cada afirmación iba avalada por la bibliografía (abrumadora) pertinente y el universo teórico construido era para el alumno materia ingente de estudio a la par que síntesis preciosa del saber acumulado por el Profesor en el tiempo y en el quehacer.

Pero, conforme avanzaba la hora y la misión informativa se veía garantizada, D. Manuel bajaba de pronto de las alturas impersonales de la ciencia lingüística y recalaba en la realidad que tenía frente a sí. Nos contemplaba con una fijeza no exenta de curiosidad y la necesidad imperiosa de conocer nuestras respectivas procedencias. Ello era bien explicable. No sólo nos sentábamos unos junto a otros alumnos provenientes de los puntos más dispares de la península o las Islas, sino también extranjeros deseosos de llenar sus conocimientos y su currículum con el prestigio del Profesor Alvar. Allí estaba Orlando Alba, de Santo Domingo, Ndongo Nchama, de Guinea, y tantos otros.

Llegado este momento, D. Manuel se lamentaba de habernos ofrecido un material de trabajo concienzudo y abigarrado (aunque ya era tarde, pues los apuntes del día habían experimentado un crecimiento considerable), y, uno a uno, iba haciéndonos reflexionar sobre la realidad hasta entonces ignorada de nuestra propia habla, de tal manera que cada cual aprendía a escucharse a sí mismo y a los demás gracias a las observaciones oportunas que el maestro, infatigable viajero y dialectólogo empedernido, le iba señalando: "pero hombre, ¿no se ha dado Vd. Cuenta de que pronuncia una [f] bilabial?, o "la aspiración de esa [s] implosiva no llega 20 kms. más allá de su pueblo, ¿verdad que no?", "si usa Vd. el verbo encetar, pues tiene Vd. que ser de Palencia", "con esa [c] adherente casi seguro que es Vd. canario"...Se producía entonces el encantamiento: el profesor distante por su estatuto y su trayectoria académica se volvía cercano y comunicativo en la proximidad del aula convertida en laboratorio dialectal, a todo lo cual ayudaba sobremanera un cierto tono campechano y hasta socarrón que D. Manuel le confería y que funcionaba a las mil maravillas como estrategia de comunicación: el alumno recuperaba su personalidad (apabullada antes por su papel diminuto ante el gigantesco profesor) y sentía que la Geografía lingüística era su casa. El sentimiento debía ser recíproco, pues D. Manuel nos contaba entonces aventuras de lo que él llamaba "la otra Dialectología", la que no está en los libros (aquel día en que, en uno de los rincones del ALEA, les dieron a comer, a él y a sus colaboradores, un ave cuyas alas no aparecían por ninguna parte, ¡oh, sospecha!), o nos ilustraba gráficamente la metodología de Wörter und Sachen con la descripción minuciosa de los diferentes tipos de almohada y sus implicaciones culturales: desde el rodillo francés, tan ingrato, o el cuadrante alemán, a la maravillosa almohada de la casa propia, todo ello acompañado de la sabiduría no aprendida en el libro, sino en la vida personal hecha Geografía lingüística.

Nos anunciaba también que no habría examen final entendido al modo tradicional, y nos ofrecía varias posibilidades de hacer un trabajo propio. La idea de aprender a comentar una lámina de un Atlas lingüístico nos parecía fascinante y solía convertirse en la opción más aceptada. No hace falta decir que por aquel entonces D. Manuel rezumaba satisfacción (a pesar de la mucha dificultad) por haber concluido la magna empresa de levantar topográficamente la riquísima variedad, a la par que cohesión, de las hablas andaluzas, desafío casi imposible de vencer por el dialectólogo a primera vista. Hoy, el sosiego con el que miramos a los Atlas dirigidos por él (no sólo el ALEA), nos devuelve la imagen, compleja pero también de fácil contemplación, de esta materia dialectal tan estructurada por la labor del maestro, pero entonces nada parecía tan sencillo, aunque ya se iban entreviendo los frutos de la labor (tal como Julio Caro Baroja nos contó con ilustración el día en que D. Manuel nos lo trajo a clase para que los alumnos lo viéramos de cerca).

Claro, había que elaborar un trabajo y ofrecerlo en forma presentable. Lejos de dejar al alumno abandonado a su propia ignorancia, D. Manuel utilizaba esta circunstancia como excusa para explicarnos cómo debe disponerse un trabajo científico, lo cual constituía antesala apropiada a la preparación de un texto para la imprenta. De paso, contaba cómo en tal o cuál ocasión se había visto obligado a reformar un artículo por razones de espacio, o nos explicaba que, sin más contemplaciones, se lo devolvían solicitando que el texto se redujera a la mitad. En fin, aprendíamos también lo que la vida nos ha deparado después y conocemos etiquetado como "exigencias editoriales".

Llegaba el fin de curso. Cada uno de nosotros se había empapado de la doctrina gruesa de la Dialectología, había adquirido los conocimientos más nuevos y recibido una actualización precisa de problemas y métodos. Sabía ya reconocer las características de su propia habla y la de sus heterogéneos compañeros, había aplicado todo ello concienzudamente en el trabajo que entregaba ahora al profesor para ser valorado. El alumno creía terminada su tarea. El maestro, en cambio, dedicaba entonces un tiempo minucioso a la lectura de los trabajos, iba anotando todo cuanto nuestro esfuerzo allí plasmado le sugería. Pero había aún más: nos citaría uno a uno para dedicarnos su preciado tiempo e ir haciendo una valoración personal e individualizada de nuestro rendimiento.

Hoy, diecisiete años después, no sólo hay en mí admiración y gratitud de alumna que tuvo la fortuna de ir cimentando sólidamente el campo dialectal. Desde luego que la hay y qué duda cabe de que su magisterio ha sido soporte valiosísimo en mi andadura académica; también es ésta ocasión de recordar con gratitud, por otra parte, su apoyo real en momentos vitales nada fáciles. Pero además de todo ello, que es ya mucho, de aquellas clases extraje la enseñanza de que el deber se puede cumplir con tranquilidad, que nada es más natural a todo maestro que ir puntualmente al aula cada día a transmitir cuanto el tiempo y el saber han ido sedimentando en su personalidad académica. Gracias, D. Manuel, por ese comportamiento ejemplar en su sencillez y en su grandiosidad.

Hoy es 27 de octubre de 2001. He pensado que la mejor manera de honrar la memoria de nuestro Presidente y del colega amigo que hemos perdido en este trágico año es reproducir el texto que leí con motivo del Premio a la labor investigadora otorgado por la Generalitat Valenciana en 1990. Desde aquel año me (nos) hemos sentido regalados con su amistad generosa, también con la de Elena. Entonces acudió a Valencia acompañado por ella, como siempre. A Elena, muy especialmente, quiere ir dirigido este recuerdo.