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Levante E.M.V. 18/12/2005
AMISTAD
Estás en casa, tranquilo, saboreando los primeros fríos del otoño. El teléfono suena y es la habitual camada facha que te amenaza con cortarte los huevos. Cuelgas el aparato y te vas al televisor. Vas de cadena en cadena y las noticias son como una bomba explotando en tus mismas narices. Huyes con lo puesto, un poco de ropa, tres bolígrafos y la pluma estilográfica que te regalaron en Pamplona hace seis años, los poemas de Alejandra Pizarnik, Joan Vinyoli y Ángel González que nunca te abandonan: un sencillo imprescindible equipaje para sobrevivir lejos de los telediarios. Pero aun faltaba lo peor.
Abres la puerta de la calle, dispuesto a vivir la aventura feliz de la intemperie y ¡horror!: allí estaban Zaplana y los obispos cortando el tráfico, gritando como unos posesos que la calle es suya y no de Zapatero y su cuadrilla de nazis.
Cierras la puerta y la angustia se te come. No hay escapatoria. No sabes si morir con las botas puestas, haciéndote el valiente delante del televisor, o por la vía mas lenta de cortarte las venas. Y es entonces cuando suena el teléfono y el querido Salvador Regües me dice que vamos a comer el jueves con Antonio Calpe.
En Requena viven Salva y Mª José el culto al amor antiguo y a la naturaleza y desde allí me anuncia, el entusiasta cronista del Levante UD en este periódico, que a Calpe le gusta lo que escribo y que a ver si comemos juntos ese jueves.
Admiraba a ese jugador del Levante y del Real Madrid en mis años de futbolista incipiente, y sobre todo me entusiasmaba que nunca diera una mala patada (cosa rara en los defensas de entonces) al delantero contrario. Era Antonio Calpe, como poco antes lo fuera en el Barça el recientemente fallecido Enric Gensana, uno de mis ídolos de aquellos años en el mundo del fútbol. Y ahora resulta que él lee lo que yo escribo en estas paginas y en algunas novelas, que comparten bastantes de las ideas que emborronan estas columnas raras urdidas desde la única frontera que a mi me gusta: la que separa (con todos los matices que ustedes quieran) la dignidad de la indecencia. Yo andaba toda la comida como en una nube. Era un gozo escuchar la palabra entrañable de quien hasta ese día era sólo una imagen de culto clavada en la memoria.
No sigo ahora los avatares del fútbol porque me cuesta distinguir un gol fantástico de un cheque insultantemente multimillonario. Pero mientras escuchaba lo que ellos hablaban era como si aquella vieja moral del entusiasmo que rodaba por campos de tierra y balones como piedras cuando yo era casi un crío regresaba de repente. Y era también ahí, en la obstinada necesidad de hurgar en el pasado para que el presente no se convierta en humo, donde se desvelaba una feliz constatación: somos al cabo lo que vamos dejando en el camino, eso que teníamos en las manos y no nos dimos cuenta hasta que lo perdimos, la vocación de entrar a saco en los recuerdos para que esa ficción que suele ser todas las vidas no se convierta nunca en la ficción embustera que apuntala el negocio nostálgico de los canallas.
Esa mañana que les cuento supe como pocas otras veces que entre las amenazas de los telediarios y yo siempre habrá gente como Salva Regües y Antonio Calpe echando una mano para que la vocación de sobrevivir a contracorriente y a contratado no resulte tan costosa. La amistad, la lealtad, palabras extrañas y mas en estos días, cuando el afecto se confunde con los anuncios de turrón y las burbujas de champán. De eso quería hablar en esta columna de domingo. Solo de eso. Solo
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