GÉNOVA: LOS OLORES PODRIDOS DEL DINERO

 

Ha pasado un mes desde el día que mataron a Carlo Giulani. Los ricos del G8 se parapetaron tras una fortaleza de tanquetas azules y policías mientras todos los otros intentaban decirles que el mundo que ellos gobiernan es cada vez más una mierda de mundo. La ciudad de Génova se cerraba a cal y canto para impedir la entrada de los movimientos contra la globalización mientras la globalización se hincha sin parar hasta que un día explote como un globo y se lleve por delante los restos de vida que queden en la tierra. Porque los del G8 lo tienen claro: con ellos se extinguirá la vida del planeta. Lo que se niegan a admitir, desde su atalaya borracha de poder y de dinero, es que esa vida ya se ha extinguido para toda aquella gente que no tiene dónde caerse ni viva ni muerta.

Lo que no me explico es por qué las cosas se mantienen así, por qué la gente se conforma con tan poco o con nada, por qué cuesta tanto reaccionar frente al hambre, frente a la desesperación, por qué la piel del sufrimiento se ha vuelto tan dura que parece dispuesta a soportarlo todo. No lo sé. España va bien para unos pocos. El mundo va bien para los mismos. La mayoría del vecindario de la tierra va mal, rematadamente mal, apenas si puede vivir con una mínima dignidad, los jerifaltes que se juntaron en Génova el mes pasado sacan la lengua y se pitorrean en las narices del asco mientras las calles de la ciudad se llenan de gases lacrimógenos, de pelotas más peligrosas que las balas, de piedras como las de la intifada contra las ametralladoras, de sangre al pie de una furgoneta policial. El guardia que disparó dicen que era joven y estaba acojonado, que pensaba que lo iban a linchar, que sólo se defendió disparando a bocajarro contra un joven italiano que se quedó como un pelele bajo la carrocería obscena del coche lleno de policías.

Ahora dicen que los del G8 se reunirán en un paraje inaccesible de Canadá. Para que no lleguen hasta allí las gentes de la antiglobalización. Llegarán. Seguro. Y de nuevo se pondrá en evidencia la principal realidad: que el problema no está en si hay que distinguir entre una antiglobalización violenta y otra pacífica, que el problema está en que el mundo se divide de una manera cada vez más brutal entre ricos riquísimos y pobres pobrísimos. La perversión mediática y las pavorosas influencias de los del G8 insisten en esos detalles que enfrentan dos maneras diferentes de concebir la lucha por una vida más digna, igualitaria y libre del planeta. Pero no lo van a conseguir, no van a conseguir que un movimiento de esa envergadura se quede en la sola criminalización de algunas actuaciones, obviando que la riqueza enloquecida de unos pocos países está dejando en los puros huesos de la rabia el resto del mundo. Muchos lo pensamos: los del G8 tienen todo el poder imaginable y sin embargo están cagados de miedo a cada reunión que celebran para seguir ordenando las cajas fuertes de sus bancos. Se cagan de miedo y amurallan las ciudades donde se juntan plantando allí más policías y ejércitos que manifestantes.

En Génova hace un mes que un chaval de apenas veinte años se dejó la vida delante de otro casi de la misma edad. La diferencia es clara: uno llevaba fusil, el otro no llevaba nada. Siempre estamos con lo mismo: que la violencia es la misma venga de donde venga. Mentira. La violencia viene unas veces de un sitio y unas intenciones y otra de sitios muy distintos y de intenciones contrarias. La violencia que defiende a machamartillo la riqueza de unos pocos y el hambre de muchos y la que defiende la igualdad entre los unos y los otros nunca puede ser la misma. Ya pueden desgañitarse los voceros mediáticos de la globalización que no van a convencer a nadie. Y mucho menos van a lograr convertir en criminales a quienes, de una u otra manera, se suben a un tren o un autobús y nada más llegar al lugar donde se reúnen los dueños del dinero se lanzan contra la coraza inhumana de soldados y policías para dejar bien clara su voluntad incorruptible de que el capitalismo cerril que padecemos tenga sus días contados.

Esta semana quería recordar a Carlo Giuliani. Al día aquel en que lo mataron por querer un mundo más libre, más igual, menos mudo, con el coraje necesario para levantar la voz y gritar, como ya gritaba Bob Dylan antes de convertirse en fraile o algo parecido, que se vayan al carajo los señores del dinero y de la guerra. Que se vayan al carajo. Sí.