HOSPITAL

Hay un amigo que lleva mucho tiempo en el hospital. En uno de los hospitales valencianos de la sanidad pública. Voy a verle muchas veces. Está en una habitación donde hay tres camas, una para cada enfermo. Las respiraciones se juntan y forman una especie de nube que habla del afecto, de las voces amigas, de la soledad a veces. Por la tarde se cuela en los cuartos y en los pasillos el color naranja del crepúsculo. El personal de enfermería entra y sale, habla con familiaridad, se entrega amablemente a echar una mano a quien la necesita. Sin embargo, hay en esta fotografía hospitalaria algo que no cuadra. Y creo que lo que no cuadra es la impúdica exposición del dolor a la mirada de los otros. Uno se duele a solas, en la compañía irrenunciable de los suyos, comiéndose hacia dentro esa algarabía de perros que a ratos muerde como si tuvieran la rabia. El dolor no se transmite a nadie, no se cuenta, su transferencia es imposible: se queda quieto, como una liebre burlona en medio de la carretera, y luego empieza a pegar brincos de un sitio a otro del cuerpo. Tres camas de hospital en una habitación es una indecencia, la mísera constatación de que al sistema en que vivimos le importa un pito la felicidad de la gente, el dolor de la gente, el derecho que la gente tiene a no exhibir ese dolor como si fuera un espectáculo de la televisión. “La enfermedad es una obscenidad que miserabiliza a las personas”, decía el otro día Rafael Azcona , el mejor guionista del cine español. Lo decía para referirse a la vejez, a esa edad en que casi todo el tiempo lo llevas ya en la espalda. Es verdad que la enfermedad convierte a quien la padece en casi nada, en una mota de polvo, en unos ojos la mayor parte del día llenos de agua tibia y de tristeza. Pero también retrata perfectamente la catadura moral de los gobiernos. Una sociedad que permite a sus gobernantes gastarse el dinero que se han gastado en la Ciudad de las Artes y las Ciencias (más de cien mil millones de las antiguas pesetas) y tiene a los enfermos amontonados en los hospitales es una sociedad enferma. Y pongo ese ejemplo -que algunos tacharán de demagogia barata- como podría poner algunos otros puestos en práctica por gobiernos de colores diferentes. El capitalismo cerril que vivimos alcanza a todo tipo de políticas y ofrece en esos ejemplos una de las mejores razones que explican su existencia: el dinero manda en todo y los gobiernos se lo gastan en lujos asiáticos mientras las escuelas, los hospitales y otros servicios públicos igual de imprescindibles se mueren de miseria. Pero ¿saben lo que pasa?: los políticos que se gastan ese dinero en tanto lujo inútil, si algún día están enfermos como lo está mi amigo -ojalá que no-, seguro que tendrán a su disposición una habitación para ellos solos, no habrán de exhibir impúdicamente su dolor delante de personas desconocidas, podrán aliviar, siquiera levemente, esa condición miserable que la enfermedad, como decía Rafael Azcona, impone a quien la padece. Escribo esta columna lleno de rabia. Cada visita al hospital es una visita a la bajeza moral de un gobierno que ha decidido invertir nuestro dinero en muchos decorados para turistas en vez de asomarse a una habitación de hospital y ver lo que allí pasa. Pero no lo hará, claro que no lo hará. Entre el lujo y la miseria, ellos se quedan con el lujo. Y a la miseria y a la enfermedad, sobre todo a la miseria de los otros y a la enfermedad de los otros, que les den por el saco.