PALACIOS
El tiempo era otro y tan distinto. La gente ejercía ese hábito de vida que no era vida sino supervivencia. Los años últimos de la infancia y toda la adolescencia los pasé en Llíria, donde mis padres tenían un horno en la calle Mayor. Allí crecería con los mejores amigos. Allí acudo, no tanto como me gustaría, para mezclar con ellos la algarabía feliz de los recuerdos. Allí se hicieron verdad los versos hermosos de Jaime Gil de Biedma : que la vida iba en serio, uno lo empieza a descubrir más tarde . Más tarde lo descubrimos todo, que el tiempo aquel era a medias verdad y a medias mentira, que la lealtad es algo que no se acaba nunca, que ser felices adquiere a ratos la infeliz tonalidad de los momentos difíciles, que uno siempre será de aquellos sitios donde haya gente que te acoja como si fueras uno de los suyos. Luego te vas de esos sitios y te vas convirtiendo poco a poco en un viajero sin destino seguro, vas de acá para allá, y aprendes a trancas y barrancas que la patria es eso que decía mi querido y admirado Caballero Bonald : abres la ventana, ves un paisaje hermoso y ese paisaje es tu patria. Tenemos tantas patrias como lugares hermosos, como gente que te abre los brazos y te dice que puedes de verdad sentirte como en casa. En Llíria siempre me quedó esa sensación de regreso permanente, como si no me hubiera ido, como si sus calles hoy tan distintas siguieran siendo esa línea de sombra que separa el tiempo de cuando somos jóvenes y el que se cierne sobre la madurez sin que a lo mejor nos demos cuenta. El tiempo, siempre el tiempo dando por el saco. Esta mañana llena de lluvia, abro el ordenador y alguien me cuenta que se ha muerto Palacios : jugaba al baloncesto cuando yo era un crío y de vez en cuando venían los americanos de la VI Flota y los del equipo local les plantaban cara como auténticos jabatos. Entre quienes les plantaban cara a los marinos estadounidenses estaba Miguel Palacios. A mí me gustaba más el fútbol pero no me perdía los partidos con balón grande que se celebraban en la pista de tierra de la Cultural o en la de cemento agrietado de la Piscina. Recuerdo la envergadura recia de Palacios, el bigotito en su rostro grande de hombre bueno, la fuerza que le imprimía al juego malabarista de Pascual y al estilo endiabladamente perfecto de Melín . Hablo de nombres que me vienen a la cabeza, no sé si equivocados, y me dejo otros que hicieron grande la época aquella del básquet en el pueblo. La memoria no es exacta, nunca lo es, y en esa inexactitud, en esa condición de culebra que repta sin orden ni concierto, es donde descubrimos a veces que las cosas no son como son sino como se nos han grabado en el recuerdo. Luego ya sabremos que el tiempo no era exactamente así, que era todo como el ensayo de una obra teatral en que los protagonistas no éramos nosotros, que los rostros se desfiguran como esas manchas de humedad de las habitaciones, unas manchas que un día tienen forma de elefante y al siguiente se han convertido en la cabeza arrogante de un leopardo o en las bocas de dos amantes que se juegan la vida por un beso. Ahora lo que sé, y saberlo me llena de tristeza, es que se ha muerto Miguel Palacios, uno de los héroes de mi infancia. Lo acabo de leer en el ordenador, que tenía ochenta y un años y hay una fotografía suya vestido con el equipaje de aquel tiempo, de un tiempo que, aunque no lo sabíamos entonces, era otro y tan distinto a como habríamos de saber más tarde. No sé si demasiado tarde, como decía Gil de Biedma. Pero más tarde.