LA GRANDEZA DEL CENOBIO ARAGONÉS
SAN JUAN DE LA PEÑA

Cuenta la leyenda que un cazador de nombre Voto encontró una cavidad en la montaña y tras persuadir a su hermano de que le acompañase decidió levantar un pequeño templo en el que guardar cumplido descanso y una vida contemplativa y de oración.

Sólo unos años más tarde fueron llegando nuevos ermitaños que se unieron a este modus vivendi sin condiciones. La vida eremítica, tan extendida durante toda la Edad Media, fue la raíz y el origen de este insigne monasterio aragonés.

Tal fue su importancia que el monasterio contó siempre con el trato de favor de los reyes, nobles y religiosos de Aragón. Lo cierto es que este tutelaje hizo que el monasterio se convirtiera en los siglos bajomedievales en uno de los mayores centros de interés del hasta entonces pequeño reino aragonés.

A pesar de ello, justo es reconocer también que fueron los benedictinos los que introdujeron la regla en el año 1028 y que gracias a su esfuerzo se pudo recuperar un patrimonio de dimensiones considerables. Fue el momento en el que aumentaron de forma importante el número de visitantes que llegaban al cenobio aragonés en busca de descanso y oración.

Este fenómeno de atracción sobre otras comunidades religiosas vecinas se produjo durante buena parte de la plena y baja Edad Media, sin distinción. Unos años más tarde, concretamente en el 1071, se utilizó por primera vez el rito romano para la liturgia en sustitución del tradicional rito visigodo o mozárabe lo que supuso un paso sustancial en la reforma de la vida monástica.

También ese mismo año, el Papa Alejandro II tomó bajo su personal protección al monasterio, consciente de su importancia en el territorio peninsular. El Pontífice se encargó de confirmar sus posesiones y privilegios. Pero aquí no acaba todo. Lo cierto es que el Monasterio despertó siempre una atracción especial no sólo por los religiosos sino también por los nobles y monarcas aragoneses lo que le reportó grandes ventajas fiscales y un aumento considerable de sus posesiones, privilegios y heredades.

De esta forma, San Juan de la Peña pasó a ser una importante unidad administrativa y económica que cobraba sus impuestos, rentas y servicios y, además recibía las donaciones de los nobles señores que incluso elegían el mítico lugar para su propio enterramiento. Fue tanta su importancia que los monjes se vieron obligados a condicionar el monasterio para adecuarlo a sus nuevos usos tanto litúrgicos como culturales lo que dio lugar a la construcción de una nueva iglesia, mucho más amplia, que fue consagrada en diciembre de 1094 por el obispo Pedro de Jaca, en presencia del rey Pedro I.

Por todo ello, es posible respirar, cuando atravesamos los pasillos de su claustro o visitamos su impresionante iglesia, la grandeza que se halla oculta entre sus muros y la huella indeleble de un pasado altanero que escribe como a hierro forjado la historia de Aragón.

* La presente columna de opinión de viajero fue publicado en Suplementos para prensa regional de este país, entre los años 1998-1999.

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