El Gatopardo
por José
María Caparrós Lera
100
películas sobre Historia Contemporánea
Ed. Alianza
Editorial, MAdrid 1977, pp. 95-100)
La invasión de Sicilia por Garibaldi significa un gran
contratiempo político para Don Fabrizio, príncipe de Salina. En 1860, el
líder revolucionario acelera la unión nacional italiana y los pequeños
estados se van incorporando al Reino de Italia, engendrado en torno a
Víctor Manuel de Saboya, rey del Piamonte. Por tanto, Don Fabrizio -junto
con su familia- se traslada a Donnafugata.
Angelica, hija del rico burgués Don Calogero, fascina al
joven Tancredi, sobrino del príncipe de Salina. Éste, que ve con agrado
esta unión entre la aristocracia y la alta burguesía, es obligado a emitir
su voto en un plebiscito para decidir la suerte de Sicilia, pero renuncia
a un escaño en el Senado que le ofrece el rey Víctor Manuel II.
En
un gran baile ofrecido en honor a Angelica, en el palacio de Ponteleone,
Don Fabrizio comprueba nostálgicamente la inevitable decadencia de su
clase social. El príncípe
de Salína sabe que la suerte está echada, que el tiempo es irreversible y
piensa que, «es necesario que todo cambie, para que todo siga igual». Por
eso, decide favorecer a los revolucionarios, apoyando a su sobrino a que
se incorpore a las fuerzas garibaldinas y después al nuevo Ejército
italiano. Don Fabrizio está asistiendo, no obstante, al fin de su mundo.
Valoración crítica.
Estamos ante uno de los filmes más importantes, no sólo de Luchino
Viscontí, sino del mismo cine italiano de los últimos años. La evocación
del Risorgimento y la
modélica reconstitución histórica es una lección de hacer cine. Tiene una
lectura dialéctica propia de su autor e ilustrador fílmico, quien también
había manifestado: «Creo que no se puede ser hombre, y mucho menos
artista, sin tener una conciencia política. El arte es política». La
película, pues, sigue fielmente la
novela de cuasi-autobiográfica de Tomassi de Lampedusa. Y una vez más,
Cine y Literatura testimonian una época clave del siglo
xx.
De ahí que el crítico y
ensayista Arnau Olivar escribiera:
«La fidelidad de Visconti a la novela del príncipe
Lampedusa no es tan sólo argumental, sino principalmente sentimental; la
novela y la película son una misma visión de dos príncipes: un Lampedusa
y un Visconti; los dos son conscientes de lo que se debate: una visión
narrativa del
Risorgimento
en Sicilia; los dos están de acuerdo: aquello representó
un fraude para el pueblo siciliano (Garibaldi) y un entroncamiento de la
antigua clase dirigente (la aristocracia) en la nueva riqueza (la
burguesía). Pero tanto Visconti como Lampedusa realizan su obra con
añoranza: el personaje del príncipe Salina es respetado e incluso amado.
Estilísticamente, Il
Gattopardo
significa la entrada de Visconti
en una nueva técnica narrativa cinematográfica y, en este aspecto,
resulta una obra refinada, esplendorosa, riquísima y artísticamente
lograda; un acto de verdadera cultura, nada gratuito ni formalista. La
larguísima secuencia del baile en el palacio Ponteleone es antológica».
(Cfr. voz «El gatopardo», en Romaguera, J. [coord.]
Enciclopedia ilustrada del cine.
Barcelona,
Labor, 1969, vol. 11, p. 23.)
Otro de los grandes valores del film -además de esa
corriente ideológica y el inteligente reflejo de mentalidades de la época
del Risorgimento-
es, sin duda, la puesta en escena de Visconti, su inspirada
reconstitución de un período y su dominio del color para expresar estados
anímicos. La fotografía de Giuseppe Rotunno parece inspirada en los tonos
de pintores como Delacroix y Hogarth. Pero dejémos
ahora que sea el filósofo y también crítico cinematográfico Julián Marías
quien se extienda sobre este aspecto:
«Luchino
Visconti ha dirigido este película con increíble primor; está movida con
extremada sabiduría, compuesta cada escena con esmero que no se deja
sentir. ¡Cómo aparecen los escenarios sicilianos, las viejas calles, el
palacio, las calles de Palermo,
esa ciudad tan intensa
y elegante! Y las tierras secas, los caminos polvorientos -el polvo está
admirablemente usado-, los olivares, los jardines, los desvanes por
donde el joven príncipe Tancredi arrastra a Angelica...
Las escenas
humanas están tratadas con maestría: ese grupo de personas que se mueven
por salones y corredores para salir al encuentro de los viajeros que
llegan; el perro que funciona dentro del grupo; la llegada de los
viajeros cubiertos de polvo; el banquete; el baile, larguísimo,
interminable, pero compuesto con arte refinado, sostenido por un tenue
dramatismo que culmina en la danza de Don Fabrizio con Angelica y en la
anticipación que el viejo aristócrata hace de su muerte frente al cuadro
que contempla con serena melancolía.
Quizá lo más perfecto desde el punto de vista del cine
sea la lucha de las barricadas entre los revolucionarios garibaldinos y
las tropas borbónicas. Las imágenes son de una belleza sobrecogedora.
Son estampas antiguas en movimiento, aconteciendo. El color -tecnicolor-,
que en toda la película es insuperable, adquiere aquí la máxima
depuración. El polvo y el humo, la gama cromática escogida, los
encuadres, todo introduce una doble impresión de verdad e irrealidad.
Allí se está luchando, avanzando, huyendo, cargando, muriendo, matando,
pero nada de eso que ocurre ante nuestros ojos es presente. Eso que
vemos acontecer está ya acontecido; los gerundios son a un tiempo
participios pasados. Los colores desteñidos son ahora el blanco
borbónico y el humor de la pólvora, el rojo de la sangre y de las
camisas de los garibaldinos, que ya estaban llegando y también han
pasado ya». (Marías, J. Visto y no visto. Madrid: Guadarrama,
1970, vol. 1, pp. 352353.)
Relacionada con su anterior visión del
Risorgimento -la también
operística Senso (1954),
ambientada en la Venecia de 1966
y que comentamos en el siguiente apartado-, El
Gatopardo posee un marco
geográfico y temporal distinto (Sicilia,
1860-1862) y una lectura
ideológica más comprometida; pues el mismo Visconti había manifestado: «No
existen explicaciones ni soluciones de los estados del alma, de los
conflictos psicológicos, fuera del contexto social. A
mi juicio, las pasiones
humanas y los conflictos sociales son los que animan y conmocionan la
Historia». Pero será ahora el crítico José María Latorre quien comente la
voluntad de expresión del realizador italiano:
«El Gatopardo va mucho más allá que
Senso,
en cuanto expresa con diáfana nitidez las tensiones
históricas de la época (que son mucho más que un telón de fondo)
mediante el itinerario físico y moral de un personaje inolvidable: don
Fabrizio, príncipe de Salina. Su integridad y lucidez, autocríticas y
comprensivas pero también ácidas y nostálgicas, dan como fruto una
desencantada mirada sobre las mutaciones sociales que le destacan, entre
los demás personajes, como un extraño que pasea su escepticismo por el
teatro de la Historia asumiendo, al mismo tiempo, su irreversibilidad.
Sabe que no puede luchar contra su flujo. Animando a su sobrino Tancredi,
sigue de cerca la lucha revolucionaria; animando y estimulando los
amores de Angelica y Tancredi, intenta aproximarse a los intereses de la
nueva clase social, la burguesía, de la que él está, por naturaleza,
excluido. En su conducta, empero, no existe ninguna doblez: don Fabrizio
es consciente de la descomposición de su clase social y de la necesidad
política de una transformación, por más que esa transformación sea sólo
aparente y comporte la renuncia y, con ella, la muerte. El príncipe de
Salina es un superviviente que, en el umbral de la vejez, posa su mirada
escéptica sobre personas y acontecimientos.
En
la parte final de El Gatopardo hay una larguísima fiesta, que no sólo
ocupa una importante parte del metraje del film, casi un tercio, sino
que también -aparte de ser un asombroso ejercicio de estilo- es
necesaria para la total comprensión. Visconti, encarnándose en el
personaje de don Fabrizio, alterna con un equilibrio pasmoso la crítica
social (las notas de un vals se superponen sobre la imagen de unas
campesinas trabajando, para encadenar con el palacio de la fiesta) con
el espectáculo brillante y con la expresión de una punzante y dolorosa
nostalgia. La secuencia constituye un larguísimo "réquiem" construido
visualmente sobre el enfrentamiento dialéctico y sostenido sonoramente
por la música, a un tiempo patética y festiva, como sólo el maestro Nino
Rota podría componer. La intensidad dramática de El Gatopardo, modelo de
como el sentimiento personal se conjuga con la visión historicista (sin
entorpecerse, de modo autocomplementario), tiene una precisa
correspondencia con el cuidadísimo trabajo sonoro y visual. Si el film
enfrenta a un mismo nivel la dialéctica de la Historia y la agria
nostalgia personal, también puede entenderse -termina este colega,
crítico y coordinador de la revista especializada Dirigido- como la
culminación del sinfonismo cinematográfico: hacer moverse a los
personajes (despedida de Tancredi) y fotografiar los objetos como parte
de la música es algo que pertenece ya al terreno de la genialidad». (Cfr.
«El gatopardo», en 100 películas míticas. Barcelona: Biblioteca
de La Vanguardia, 1986, p.74.)
Restaurado en su versión completa, en los videoclubes circula una versión
más corta -168 minutos- del original en inglés The Leopard,
manipulada por Sydney Pollack a petición de Burt Lancaster y distribuida
por la 20th Century Fox.
Es
obvio, pues, que El Gatopardo es la obra más representativa entre
las pocas películas que sobre el Risorgimento se han llevado a la
pantalla; como 1860 (1933), de Alessandro Blasetti o Piccolo mondo
antico (1941), de Mario Soldati, aparte Viva l'Italia- y sus
antecedentes -caso de Vanína Vanini (1961), de Roberto Rossellini-,
al menos como referente histórico. Véase, en este sentido, la relación
completa que aparece en Monterde, J. E. Cine, historia y enseñanza.
cit., pp. 236-238: «La historia de la Italia contemporánea a través del
film».
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