|
Índice: |
|||
![]() |
2.
La (in)definición de la familia
3.
El desarrollo teórico en el estudio de la familia
4.
La familia como interacción
5.
La familia como sistema
6.
La familia como construcción social
|
||
|
Prólogo: |
|||
|
El “individualista” Floyd Allport (1924), en un capítulo
dedicado a los ajustes y conflictos de la conducta social, trató
extensamente de las causas de la disarmonía entre los cónyuges y del
amor entre los miembros de la familia. Más tarde, psicólogos sociales
tan conocidos, además de Lewin, como Thomas y Znaniecki (1918),
Williams (1922), Dunlap (1925), J.F. Brown (1936), Ginsberg (1936),
Vaughan (1948) o Stagner (1952), incluyeron en sus respectivos manuales
muchas páginas dedicadas al matrimonio y la familia. No pocas veces,
por cierto, a través de la perspectiva del “conflicto”. Y en cuanto
a los manuales se refiere, no mucho más debe haber, que yo sepa,
naturalmente. Y, por descontado, y esto es aun más grave, ese desinterés
por la familia también puede constatarse en los textos de Psicología
Social Aplicada.
No es el caso ahora entrar en las explicaciones de ese criticable
desdén de la Psicología Social dominante, pero, sin duda, una de las
razones fundamentales tiene que ver con la propia “sociopsicología de
la investigación psicosociológica”, esto es, con esa inveterada
obsesión de la Psicología Social USA por poner el carro delante de los
bueyes. Recuérdese: es “el” método científico –al cabo,
elementales experimentos con un reducido grupo de estudiantes de
psicología- el que determina qué materia es o no es Psicología
Social. Y, ciertamente, realizar experimentos en o con la familia no
debe ser cosa fácil.
Esto no debe ser así, y el espléndido libro de los profesores
Gracia y Musitu ayudará decisivamente a que no continúe siendo así.
Por lo demás, sería insensato negar la legitimidad, oportunidad e
incluso obligatoriedad –¿no es la familia un grupo primario?- de que,
respondiendo al clamor hace años imperante -¡la relevancia social!- la
Psicología Social utilice todo su arsenal conceptual, psicológico y
sociológico, para analizar científicamente la familia y el matrimonio.
Ingente tarea, por cierto, para quien, con buen juicio, quiera
dedicarse a ella. Pues, como mínimo, hay dos evidentes ámbitos de
interés: una Psicología Social en la familia y, en muy estrecha dependencia, una Psicología Social
de la familia. La primera ofrece una excelente oportunidad para poner de
manifiesto el alcance del postmoderno cacareo acerca del pluralismo teórico
y metodológico-técnico de la disciplina. Y, desde luego, sería muy
importante que en esos análisis no se olvidara el “lado oscuro” de
la glorificada institución familiar, pues ahí están esas aterradoras
cifras de violencia doméstica y abuso sexual que ya cumplen
sobradamente los requisitos que configuran a los “problemas
sociales”.
Pero no se detiene aquí el tajo. Porque, naturalmente, es
asimismo necesaria una Psicología Social de la familia y el matrimonio.
Se trata ahora, tomando ambas entidades como unidad de análisis, de
estudiar sus vínculos con la estructura social. De una sociedad
“post”, según la generalizada etiqueta. Por tanto, quizás también
postemocional, postfamiliar o postmatrimonial, si hay que ser
consecuentes.
Varias encuestas recientes revelan la extraordinaria valoración
positiva del matrimonio por amor y de la familia. Incluso los colectivos
antaño malditos, como los gays y las lesbianas, exigen cambios
legislativos que les permitan vivir –incluso casarse y tener hijos-
como los heterosexuales.
Pero, simultáneamente, se habla de “fauna conyugal” y de
“guerra de los sexos”. Y esa exaltación mentada mal se compadece
con la constante subida de las tasas de divorcio, de los hogares
monoparentales y de los hijos nacidos fuera del hogar. Acreditados
analistas –Lipotveski, Giddens, Beck, etc.- reconocen expresamente las
poderosas fuerzas centrífugas que acechan a la familia postmoderna. La
emancipación económica y sexual femenina ha determinado la configuración
de un nuevo tipo de lazo sentimental entre los géneros; es la “relación
pura”, el “amor confluente”, la “sexualidad plástica”: la
relación se establece y continúa sólo en la medida en que se juzga
que produce la suficiente satisfacción para cada una de las partes. En
un sentido, un elevado porcentaje de matrimonios –más del 50% en USA-
ya llevan desde su comienzo fecha de caducidad.
Una cabal Psicología Social de la familia y del matrimonio debería
enraizar todo lo anterior en las actuales condiciones materiales de
existencia, como se decía antaño, de nuestras postmodernas sociedades;
por ejemplo, cómo el empleo –juvenil, sobre todo- precario,
fluctuante, contingente, hace ilusorio (Bourdieu) o frustrante (John
Gray) todo proyecto biográfico, incluso a corto plazo, incluido, claro
está, el “amoroso formal” que culmina jubilosamente en el
matrimonio y la familia.
Todo lo cual exige, por cierto, incorporar unos métodos de
investigación acordes con la intimidante complejidad del tema en esta
nuestra época. Unos métodos que, tanto teórica como empíricamente,
sean congruentes con recientes diagnósticos de gran impacto, que llevan
títulos tan expresivos como “La Familia incierta”, “El caos
normal del amor”, o “El nuevo desorden amoroso”. Caos, desorden,
incertidumbre, términos con innegable parecido de familia integrantes
del nuevo Juego de Lenguaje que, siguiendo el ejemplo de las ciencias
“blandas”, es decir, las ciencias naturales, deben necesariamente ya
utilizar las ciencias sociales.
Pero hay que concluir estas breves consideraciones sobre este
excelente libro de los profesores Enrique Gracia y Gonzalo Musitu. Rigor
argumentativo, cuantiosa documentación, claridad expositiva, honradez
intelectual. Estas y muchas otras virtudes epistémicas hallará en las
páginas que siguen el avisado lector. Esta obra será, con seguridad,
un texto de obligada referencia en los estudios científico-sociales de
la familia.
|
|||