DON QUIJOTE  Y LA PERPLEJIDAD DE LOS CENTENARIOS.

JOAN OLEZA

Levante-El mercantil valenciano. 8 de abril de 2005.

 

            Finalmente Cervantes y Don Quijote pasaron por Valencia, en su cuarto centenario. Les acompañaba un cortejo de hispanistas británicos e irlandeses que nos hicieron el honor de elegir nuestra ciudad para celebrar los 50 años de su Asociación y los 400 de la Primera Parte de Don Quijote (1605). Personalmente, me sumé con gozo al Homenaje y trabajé con intensidad para estar a la altura. Ellos se fueron satisfechos de la acogida de la ciudad, del nivel de calidad del Congreso, del eco en los medios de comunicación, de los amigos que hicieron y de las posibilidades de cooperación que quedaron abiertas.

            Felicitemos a las instituciones y a las personas que supieron implicarse, pero no cerremos por ello la puerta a nuestra perpelejidad.

            Si uno vuelve la vista hacia atrás, el balance de estos últimos años resulta escalofriante. Desde 1992, en que se celebró el primer gran Centenario, el Calendario ha gestionado una ininterrumpida sucesión de homenajes. Para no citar más que algunos, recordaré el de 1998, en que se celebró el desastre colonial, a la Generación que le tomó prestada la fecha, y la publicación de La barraca de Blasco Ibáñez; en el 2000 se celebraron los nacimientos de Ausiàs March y de Calderón de la Barca; en el 2001 el de la muerte de Leopoldo Alas, “Clarín”; en el 2002, el del nacimiento de Luís Cernuda y el de la muerte de Miguel Hernández; en el 2003 el del nacimiento de Max Aub; en el 2004, el de Juan Gil Albert; ahora, en el 2005, el de la publicación del primer Quijote. Casi inadvertidamente, la cultura, al menos la cultura oficial, se ha reorganizado como un Santoral, como un calendario de conmemoraciones: ni un año sin su fasto. Las instituciones públicas, patrocinadoras más poderosas de la cultura actual, han descubierto un método práctico de ordenar sus inversiones. Cada celebración pone en juego el conjunto de recursos del Estado: se crea una “Comisión Nacional”, se convoca a todas las instituciones pertinentes, desde la Fábrica de Moneda y Timbre hasta el Instituto Cervantes, se coordina y promueve un programa internacional de congresos, jornadas, coloquios, conferencias, exposiciones, se distribuye una lista de expertos, se acuñan monedas y medallas conmemorativas, se patrocinan ediciones comerciales del autor festejado…Si esto ocurre con los escritores que el Estado hace suyos, no es muy distinto lo que pasa con los fastos autonómicos o municipales, aunque los recursos sean más, o mucho más, limitados.

            Es obvio que la cosa tiene sus ventajas prácticas. El Estado cumple con sus obligaciones de mecenazgo cultural, con la exigencia de administrar y mantener visible su patrimonio, y además consigue implicar en una misma danza a editores, críticos, escritores, libreros, profesores, artistas, cineastas, medios de comunicación… Los profesionales consiguen capitalizar una importante demanda, y en una época en que la literatura vive de las novedades del mercado actual se atrae a los lectores hacia los clásicos y se invita a su relectura. Aunque sobre esto último, tengo algunas dudas.

            No disponemos de datos fiables acerca del incremento de lectores que estos Homenajes provocan. Sí sabemos que se venden muchos más libros, pero eso no quiere decir que se lean más. En una cultura del simulacro como la que vivimos, lo que se consumen son imágenes, no contenidos. Estoy seguro de que el Centenario de Cervantes ha hecho consumir muchas más imágenes cervantinas que lecturas de las andanzas del Caballero de la Triste Figura. El consumidor, no el lector, es el principal beneficiario en un sistema cultural en el que el libro es un producto más del supermercado. Un sistema cultural que necesita incesantemente renovar su oferta y sustituir sus novedades para poder mantener en estado de estimulación a sus consumidores.

            El efecto de la oferta oficial sobre el mercado cultural es tan prepotente, que succiona buena parte de las energías de lo que podríamos llamar una dinámica cultural de base. Si cada vez se hace más difícil leer una novela contemporánea que no haya recibido un premio bien publicitado, o que carezca de una campaña de promoción promovida por los grupos empresariales que dominan el mercado de la comunicación (desde las editoriales y distribuidoras, hasta las cadenas de librerías y los medios de comunicación audiovisual y escrita), mucho más difícil resulta leer una obra clásica que no esté incluida en los programas obligatorios de lectura del sistema de enseñanza o fuera del año del Centenario de su autor. Leer o trabajar intelectualmente al margen de las corrientes que dominan el mercado no es, en verdad, imposible, pero sí cada vez más insólito.  Todo en el sistema literario contemporáneo propicia que uno lea lo que todo el mundo lee, o que uno trabaje en aquello en que todo el mundo trabaja.

            Es obvio que nadie está dispuesto a renunciar a las ventajas prácticas que el sistema pone a nuestra disposición como consumidores. Nadie, por mucho que sea consciente de aquella ya clásica acusación que los filósofos Adorno y Horkheimer dirigieron contra la Modernidad: cuanto mejor nos aprovisiona el sistema, más nos esclaviza. “La impotencia y la ductilidad de las masas crecen con los bienes que se les otorgan” (Dialéctica de la Ilustración). Pero nuestra acomodación al mercado no debería anular nuestra capacidad crítica. Releer el Quijote, en su cuarto centenario, es uno de los deleites más exquisitos que la cultura europea puede ofrecernos, pero no debería agotar la oportunidad de leerlo en el 2010, cuando nadie lo celebre, ni de leer en el 2005 a otros clásicos que nadie celebra, a Rabelais o a Ariosto, por ejemplo, ni de descubrir una novela, un poemario, una forma de pintar, una arquitectura, una música, un cine o un teatro que podamos hacer entrar a formar parte de nuestro patrimonio personal, sin celebraciones oficiales.