MI AMIGA KHADIJA

 

      JOAN OLEZA

 

      Levante. El Mercantil valenciano.

  15 de septiembre de 2001

 

 

Mi amiga Khadija es una mujer moderna y musulmana, magrebí, que prepara su doctorado en la Universitat de Valencia, lejos de los suyos. Ha presentado un trabajo de investigación que denuncia, a veces de forma apasionada, el racismo latente en el imaginario español - el que ha elaborado durante esta última década la prensa española, conservadora o progresista - sobre  su país y, en general, sobre el mundo islámico. En sus páginas he tropezado, no sin estupor, con el efecto que nuestro discurso - que creíamos comprensivo, benevolentemente humanista - provoca en su sensibilidad cultural, me ha saltado a la cara la mirada del otro, del que es diferente a cuanto yo llamaría "nuestro", una mirada dura, nada complaciente, que como un espejo deformante me devuelve una imagen que yo no hubiera querido reconocer como mía, o como "nuestra". Una mirada legítima, por otra parte,  pues como escribió Antonio Machado:

              Los ojos en que te miras

              Son ojos porque te ven.

El azar ha hecho coincidir la mañana en que yo debía juzgar los méritos académicos de su trabajo con "el día después" al de la bárbara venganza que ha devastado Nueva York y Washington, arrastrando a miles de ciudadanos a una muerte encarnizada y cruel.

 Todas las lágrimas son hoy para las víctimas y todo el luto para acompañar a quienes han perdido a los suyos, que nadie lo ponga en duda.

 Pero en la misma magnitud del holocausto ha encarnado la brutal contradicción de la civilización en la era del consumo. Nadie pudo sospechar que una tecnología tan sofisticada - la que ha convertido a los Estados Unidos en los amos del mundo - fuera tan vulnerable a armas tan rudimentarias. Se preparaban contra los misiles y llegaron cuchillos y suicidas. Las opulentas torres, reinas indiscutibles del "skyline" de Nueva York, o el temido Pentágono, se derrumbaron bajo el efecto de un arma atecnológica, la pura embestida de la desesperación, movida por un remoto cerebro que sabe cambiar la humillación, la miseria, el odio racial o religioso, un afán siempre reprimido de venganza, por la promesa de una muerte heroica.

Pero de todos los infortunios - todavía inabarcables - que el horror de este martes negro va a provocar en nuestra cultura, hay uno perfectamente predecible, que me asaltó cuando miraba los ojos negros de Khadija, su belleza oscura. Hablo del recelo, del rencor, del miedo incluso, que se va a concentrar indiscriminadamente sobre las gentes del sur;  de todos los tópicos hostiles que Occidente y las iglesias cristianas han acumulado sobre el Islam durante siglos, y que ahora pueden reflotar desde los fondos oscuros del inconsciente colectivo; de todo el desprecio étnico con que las sociedades del capitalismo avanzado contemplan a los pueblos exportadores de mano de obra desesperada; hablo de todo esto que inconsciente o conscientemente convierte a un musulmán en un culpable. Y en un enemigo.

No será fácil salir a la calle, en los días que van a venir, que se anuncian con un inconfundible aire de Cruzada, con aquel convencimiento que fuimos capaces de sostener frente a nuestro propio terrorismo, un convencimiento que nos permita decir "musulmanes sí, terroristas no" como antes nos permitió decir "vascos sí, Eta no". Y sin embargo es estrictamente necesario, este convencimiento, si se quiere luchar contra los terroristas sin convertir al mismo tiempo a pueblos enteros en semilleros de terroristas, como están haciendo Sharon y los suyos.

Nada de esto le dije a Khadija, mi amiga Khadija, pero pensarlo lo pensé, y así queda escrito.