JOAN OLEZA
Levante-El mercantil valenciano, 27 de abril de 2002.
Desde que empezó el impune asalto de uno de los ejércitos más poderosos del mundo contra todo un pueblo, ha sido difícil para muchos de nosotros respirar bien, atender a nuestro trabajo diario con el debido interés, separar la mirada de las escasas imágenes y crónicas que lograban atravesar el muro de silencio con el que los verdugos trataban de impedir que se escucharan las quejas de las víctimas. Algunos de nosotros, sentimos como nuestra, el día 20 de abril, en las calles de Valencia, la bandera palestina. Hoy me llega un correo de un escritor palestino, y he pensado que quizás lo mejor que podría hacer sería ceder el lugar de mi voz para que se escuchase la suya. He aquí sus palabras:
«Hace dos semanas, los intelectuales, artistas, y escritores palestinos hicieron una llamada de socorro a sus homólogos árabes y del resto del mundo. Esta llamada, lanzada en el momento más duro de la reocupación de las ciudades de Cisjordania por las fuerzas israelíes, pasó casi desapercibida. Concluía así: "Asediados, hacemos frente, junto con nuestro pueblo, a una situación humana dolorosa. Vivimos una amenaza permanente, se nos ha privado de agua, de electricidad, de comunicaciones. No nos queda otra cosa que nuestra voluntad, nuestra determinación, nuestra resistencia. A todos los hombres de honor, a todos los hombres libres de los países árabes y del resto del mundo: nosotros tenemos necesidad de vuestra ayuda y de vuestro apoyo."
Desde hace unos días se puede comprender aún mejor la angustia de los autores de esta llamada, pues comienza a conocerse en toda su extensión la devastación y las exacciones cometidas por el ejército israelí. Puede apostarse con seguridad que antes o después acabarán por tipificarse como crímenes de guerra lo que aquí se ha ejecutado a sangre fría y también lo que se ha sustraído, por la fuerza, ante los ojos del mundo entero.
Pero también desde hace unos días el ejército de ocupación está a punto de cometer otra fechoría. Como si no fuera suficiente la destrucción de las infraestructuras de la Autoridad palestina, de las viviendas, de las escuelas, de los lugares de culto, de las ambulancias incluso, la han tomado ahora con las instituciones culturales. Dos lugares altamente emblemáticos, y que podrían calificarse como el corazón mismo de la cultura y de la memoria palestinas, han sido sometidos a pillaje y devastados. Se trata, en Ramala, del prestigioso Centro de las Artes Khalil Sakakini y de la Casa de la Poesía, sede de dos revistas literarias de gran relieve: Los poetas y Paréntesis. Por otra parte, y en el mismo orden simbólico de cosas, el hogar del poeta Mahmoud Darwich, también en Ramala, ha sido violentado y saqueado, y se han llevado los efectos personales del poeta, como en oscuras edades de rapiña. Si las masacres y la destrucción ciega han levantado una legítima ola de indignación en todo el mundo, el ataque perpetrado contra las instituciones culturales, asimiladas de esta manera a objetivos de guerra, debería ser sopesado, y en especial por los más directamente afectados, los intelectuales y los creadores, en su precisa y terrible medida: como un crimen contra la cultura, es decir, como un crimen contra el espíritu.
Si ayer éramos muchos y unánimes los que nos sentíamos conmocionados por la voladura de los Budas de Bamyan, por los talibanes, ¿cómo podríamos dejar de considerar hoy que lo que acaba de ocurrir en Ramala es fruto de una misma barbarie?
Al decidir atacar a la cultura palestina, el gobierno israelí da una prueba más de su desprecio por el pueblo palestino y, lo que es más grave, de su propósito de negarlo como pueblo. Al negarle el derecho a la memoria y a la creación, le niega también el derecho de perpetuarse en el porvenir, le niega en definitiva el de existir. Tal actitud demuestra sin ninguna ambigüedad que se encuentra a punto de cerrar definitivamente las puertas a toda perspectiva de paz.
¿Hará falta recordar que la cultura palestina ha sido, y continúa siendo, para todo aquel que la conoce, un verdadero santuario de humanismo, de apertura a la cultura universal y al diálogo, de mano tendida al otro, y también el lugar desde donde se imagina para los pueblos de la región un futuro diferente, que asuma las heridas y la angustia de unos y de otros, que exorcice el odio, que preserve contra el viento y las mareas el cabo de la esperanza? Al profanar este santuario, el brazo armado de Sharon ha mostrado que él y quienes gobiernan con él o le sostienen están a años luz de este espíritu. Se han desenmascarado.
A quienes — hombres y mujeres— sitúan en el centro de su actividad y de su vida la defensa y la ilustración del espíritu humano, les obliga el deber de ponerse en pie y de actuar a pecho descubierto contra esta barbarie, mientras todavía se está a tiempo. Pues además de las destrucciones materiales y morales, puede que sea la vida de los poetas, de los artistas, y de los intelectuales palestinos lo que esté en grave peligro.
Abdellatif Laâbi, escritor.»