EL SIGLO DE FRANCISCO AYALA.
UNA POSICIÓN INTELECTUAL DE REFERENCIA.
JOAN OLEZA
Postdata. Suplemento cultural del Levante. 17 de noviembre de 2006.
No soy capaz de recordar, ahora mismo, ningún otro escritor de prestigio internacional que alcanzase los cien años. Francisco Ayala lo hizo el 16 de marzo de 2006, y el centenario (“este centenario que debo celebrar, y al mismo tiempo lamentar”, me escribía en abril) se ha conmemorado con la declaración del Año Ayala, un tipo de homenaje raramente otorgado en vida y que implica al gobierno y a las más altas instituciones culturales del estado. Precisamente en estos días se ha inaugurado en Madrid una muy completa y expresiva Exposición con el título de “Francisco Ayala. El escritor en su siglo”, patrocinada por el ministerio de cultura y comisariada por el profesor y poeta Luís García Montero, que ha sido acompañada por sendas conferencias en la misma Biblioteca Nacional de Carolyn Richmond, de Santos Juliá y de mí mismo. Cuando a la mañana siguiente de mi conferencia me dirigía a la casa de Ayala para dejarle una copia y explicarle el resumen, que él quería conocer, me preguntaba a mí mismo por qué razones no había dudado yo –por lo general bastante reacio a los centenarios-- en participar en el suyo.
Es natural que la primera de estas razones sea mi aprecio por el escritor, uno de los primeros prosistas del exilio a cuya obra tuve acceso (quizá junto con R.J.Sender, pero después desde luego que los poemas de Alberti, de Cernuda o de Salinas, que llegaron antes), en el inicio de la década de los setenta, y al que desde entonces no he dejado de leer: libros de relatos como Cazador en el alba, de ensayos como El escritor en la sociedad de masas, novelas como Muertes de perro, memorias como Recuerdos y olvidos, o ese libro tan inclasificable como lleno de encanto sutil que es El jardín de las delicias, forman parte de mi selección de lecturas del siglo XX.
Pero hay más. El siglo pasado discurrió en buena medida, en el dominio cultural, bajo el prestigio de un modelo de intelectual en oposición radical al sistema. En la postguerra mundial fueron figuras como T.W.Adorno, con su denuncia sin resquicios del proyecto ilustrado, o como Jean Paul Sartre, el intelectual que encarnó una moral alternativa (no dudó en rechazar un Premio Nóbel ) y que se sintió siempre del lado de la revolución (incluso en mayo del 68). En la España de los 60 es ejemplar el caso de Joan Fuster que, desde dentro de la dictadura franquista y en un territorio marcado por la desidentificación y la tergiversación de la historia, asumió el ejercicio del conocimiento como resistencia y de la propia biografía como heterodoxia. Los años finales de la dictadura franquista acrecentaron el prestigio de los intelectuales orgánicos, al servicio de un pueblo en lucha por transformar la realidad y actuando desde estrategias organizadas, a la sombra de un Antonio Gramsci o, en el dominio artístico, de un Bertoldt Brecht. Con los años 70 la primacía es asumida, ahora desde posiciones libertarias, por los filósofos postestructuralistas y antihumanistas: Foucault, Deleuze, Derrida, con un discurso no menos radical en lo que se refiere a su negación del sistema.
Con ninguno de estos modelos tiene nada que ver Francisco Ayala. Procedente de la clase media andaluza –con ascendientes laicos y liberales de un lado, y católicos y conservadores del otro—se forma en la Universidad de Madrid en aquellos happy twenties en que el país se moderniza a pasos acelerados, en que las Vanguardias agitan y renuevan el clima cultural, mientras languidece la dictadura del último espadón decimonónico, el General Primo de Rivera, y el país se apresta con expectación serena a asumir un cambio histórico cuyos signos se anuncian –de manera más jovial que dramática-- un poco por todas partes. En Berlín, la capital intelectual de Europa, y becado por la Junta de Ampliación de Estudios, completa su formación. A su regreso a España, y tras la proclamación de la República, irá reuniendo en sus manos las cartas que pueden permitirle jugar un papel dirigente en aquella sociedad: consigue la cátedra de Derecho Político en la universidad de Madrid, se incorpora al cuerpo de Letrados de las Cortes de la República, se integra en la élite cultural que Ortega y Gasset está configurando a su alrededor por medio de la Revista de Occidente, de su prestigiosa tertulia, y de los medios de comunicación que controla, y participa activamente en los cenáculos político- literarios de la ciudad.
Si en su segunda estancia en Berlín pudo sorprender, con repudio, los primeros síntomas del ascenso del nazismo, en España le sorprenderá no menos dramáticamente la revolución de Asturias de 1934, en la que denunciará la demagogia suicida de algunos sectores de la izquierda (Ayala acusa muy directamente a Largo Caballero, como gran responsable de los males que se iban a derivar de aquella primera conflagración civil), y la barbarie represora de la derecha española. Su formación en la más depurada tradición de un liberalismo ilustrado, le hace sentirse fuera de su escenario cuando estalla la tragedia: entre unos y otros le han cambiado insensatamente el terreno de juego, pero Ayala ha puesto en juego a lo largo de su vida un instinto capaz de reaccionar de inmediato, asumiendo las alternativas que quizá no hubiera elegido si hubiera podido elegir pero que su compromiso de ética y racionalidad le imponen.
El no reaccionó como su admiradísimo tutor, Ortega y Gasset, ni como bastantes otros de aquellos intelectuales liberales (Gregorio Marañón, más tarde también Pérez de Ayala) que conformaron la élite cultural y republicana de entreguerras, y que ante el conflicto civil buscaron fuera del país la imposible legitimidad de una posición neutral, para reincorporarse años más tarde, de forma patética en unos casos y vergonzante en otros, al sistema de la España franquista. Ayala, que recibió la noticia de la insurrección militar mientras viajaba plácidamente por Argentina y Chile, no dudó un instante en volver a España y en ponerse al servicio de la República, como no dudó, ante los conflictos internos del Frente popular, en alinearse con don Juan Negrín convencido de que sólo la alianza de socialistas y comunistas, y la primacia que estos dieron a la guerra sobre la revolución, podía salvar a la República. Se instaló en Valencia con las Cortes (aquí hizo amistad con Max Aub) y trabajó para el Ministerio de Estado, aceptó incluso una misión de inteligencia en la Embajada de España en Praga para tratar de romper la prohibición de venta de armas a la República que habían decretado los países aliados. En los días finales de la guerra se integró en el Comité Nacional de Ayuda a España, desde el que se trataba de administrar la derrota republicana, o sus efectos sobre los miles de expatriados. Durante aquellos años crueles, su padre, un hombre de ideas conservadoras pero que ejercía de administrador por la República del Monasterio de las Huelgas, en Burgos (cargo que consiguió para él su hijo), y su hermano Rafael fueron asesinados por los militares rebeldes.
En el largo exilio, que se prolongará hasta los primeros años 60, Ayala no se dejó afectar por esa enfermedad de la nostalgia mitómana que tan a menudo atrapa a los desterrados, que los enreda en la urdimbre de un pasado al que vuelven obsesivamente el pensamiento, cada vez más aislados del presente y del entorno, cada vez más paralizados para una acción renovadora. En Buenos Aires, en Río de Janeiro, en Puerto Rico, en las universidades norteamericanas en las que es contratado (Princeton, New York, Rutgers, Chicago…), en todas partes contacta con la actualidad ajena, se hace un sitio en la trama cultural del país de recepción, establece complicidades duraderas (Eduardo Mallea, Victoria Ocampo, Jorge Luís Borges, Pedro Henríquez Ureña…), va publicando sus libros de ensayo social y político, sus estudios críticos de literatura, sus ficciones, promueve la fundación de revistas que han quedado como hitos culturales de su tiempo (Realidad en Argentina, La Torre en Puerto Rico), y a la vez trata de mantener el contacto con la España interior, la que transcurría bajo el régimen de la dictadura y en ausencia de una extraordinaria camada de intelectuales y profesionales (la de quienes podrían haber dado lugar a una España modernizada y europea).
Ya en 1952 publica un libro en Madrid, su Introducción a las ciencias sociales, y tres años después la nueva Revista de Occidente presentará a los lectores españoles su Historia de macacos. A partir de 1965 sus obras de ficción, aún con vetos que la censura se negó a relajar (y que afectaron sobre todo a La cabeza del cordero y El as de bastos, aunque por motivos bien diferentes), comenzaron a ser accesibles aquí. Su regreso no supuso, por consiguiente, el trauma insuperable que supuso para su amigo Max Aub, desgarrado por la evidencia de una España que había evolucionado treinta años sin ellos, sin los perdedores, y en la que sólo pudo percibir olvido. Aquella dramática constatación de 1969: “he venido pero no he vuelto”, según la cual Max Aub se despedía casi al mismo tiempo que llegaba, hubiera sido imposible en Ayala. Ayala volvió para quedarse, aunque no para acomodarse: mantuvo su actividad en el exterior (durante los 60 y primeros 70 continuó su docencia universitaria en los USA) y su identidad republicana y crítica. Al llegar la transición fijó definitivamente su residencia en Madrid y ocupó su lugar de lúcido comentarista en los medios de comunicación. Los años 80 vieron aparecer una de sus obras fundamentales, sus Recuerdos y olvidos (1982-83), disección de toda una época más que escritura del yo, al que se otorgó el Premio Nacional de Literatura. También comenzó a recibir el reconocimiento público más oficial: el sillón en la Real Academia, el Premio Nacional de las Letras, el Miguel de Cervantes, el Príncipe de Asturias…
Ayala no se corresponde pues con los modelos de intelectual que han prevalecido en el siglo pasado. Es quizá un prototipo más escaso en la tradición española que en la germánica, un prototipo de intelectual burgués (él mismo se califica así, seguramente aludiendo a su modo de vida y a sus gustos refinados), de excelente formación humanista y dominio de la alta cultura europea, con conocimientos a la vez especializados (en derecho político y sociología) y extensos (en pintura, en música, en cine, en literatura y teoría literaria…), con una actividad versátil y diversificada (la cátedra, el trabajo político institucional, el libro, el periodismo…), y con una actitud siempre inteligente, sutilmente irónica, algo desdeñosa y más crítica que doctrinaria. Afianzado sobre su ideario liberal y progresista, e independiente de cualquier opción política de partido, está muy lejos de reconocerse en los límites o en las afueras del sistema, sea en nombre de una utopía revolucionaria sea en nombre de la convocatoria de Adorno o de Foucault a no colaborar, a convertir la crítica en negación, en resistencia generalizada al sistema. Un sistema, el de la sociedad democrática occidental, que asumió como marco general y frente al cual ha mantenido una trayectoria de cooperación progresista y crítica, basada en los presupuestos de una racionalidad limitada por la ética y vertebrada por la idea de libertad.
En todo caso, y en este siglo que comienza, su figura compone una referencia admirable.