La idea que tengas o cualquier cosa que sepas no es nada si no la sabes comunicar.
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Ojitos de olivo
Fue muy duro perderla, era muy mayor y la ley de vida dictó sentencia. Aquella tarde, tras el funeral, tenía la cara salada de todo lo que lloré a escondidas y en silencio. Las lágrimas que había derramado me dejaron surcos por todas partes, las mejillas, el dorso de las manos, los dedos. No merecía la pena molestarse en limpiarlos, pues al instante volverían a estar igual.
Miraba fijamente hacia el suelo y dejaba caer mi peso sobre los codos, que a su vez se apoyaban en las rodillas. No era una postura cómoda, pero ¿y qué?, estar cómodo no era lo que más importaba en ese momento. Es más, ni siquiera sentía mi propio cuerpo, excepto las lágrimas escapando sin cesar de mis ojos, como si huyesen asustadas de la cruda realidad de no volverla a ver más.
Sin otra distracción posible, mi mente se dejaba llevar de un pensamiento a otro, frenéticamente, sin descanso, agotándome cada vez más, desgastando las pocas fuerzas que me quedaban. Imágenes, recuerdos, conversaciones, caricias, risas, besos, fotos hechas a escondidas, llantos compartidos, distintas formas de ver las cosas, unos mismos ojitos de olivo durante tantos años no se pueden olvidar. No se pueden olvidar los aromas. El olor de sus manos que la envolvía cuando me acariciaba la cara por cualquier razón. Ni el olor a esas deliciosas recetas caseras que hacía que me refugiase entre sus brazos, con la cara apretada contra su pecho para agradecerle todo su amor. No se pueden olvidar los sabores. El sabor de los caramelos de menta que me daba cada sábado antes de irse a comprar, y que con su despiste infantil se metía en la boca, para de repente recordar lo mucho que picaban. Ni el sabor del bizcocho de limón que observaba gozosa mientras me acariciaba la cabeza, instándome a ser paciente y esperar a que se enfriase. Ni el tacto de su cara, siempre suave a pesar de estar surcado de finísimas arrugas. Ni la visión de su sonrisa, perenne incluso cuando me aconsejaba cambiar las malas costumbres. Imposible olvidar su voz mientras me contaba una de las tantas batallas que había vivido, podía contar una distinta cada vez durante semanas sin repetir ninguna. |
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Pero un día todo cambió. Los ojitos de olivo se apagaron y dejaron de reconocer al joven de similares rasgos que se reflejaban en ellos. Esos ojos se volvieron opacos y tristes. De repente, parecían no comprender el mundo que le rodeaba. Sus manos de mimbre ya no me acariciaban. Ya no podía apreciar su olor, aunque era fácil deducir que lo habían perdido. No hubo más bizcochos. Las arrugas se hicieron más profundas, como si un alma desquiciada le hubiese clavado las uñas por todo el rostro. Las sonrisas eran tan escasas que daba tiempo a olvidarse cuando fue la última. Y su voz se apagó, alzándose sola para gritar a ese mundo, y como un animal asustado se defendía ante lo desconocido, que le robaba lo que una vez fue la vida que ella construyó.
Con el paso de los años, aún me sale esa lágrima cuando en algún video familiar sale su sonrisa. Sentada en su sofá con las agujas de hacer ganchillo en las manos, se entretiene haciéndole unos patucos a algún biznieto, o bien, con la mirada fija clavada en la televisión una tarde de toros.
Inevitablemente, el corazón más grande y la persona más buena que he conocido en mi vida se fue. Si existe un cielo allí está, descansando en paz. Un beso muy grande abuelita.
Tu nieto, Ojitos de olivo 25/5/2012 ...................................................... factoryclic - Taller Digital de la Información
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Al bordo del Titanic
Parece que fue ayer, y ya ven. La noche del próximo 14 de abril toca aniversario: cien años justos desde que el destino, que tiene ganas de guasa, puso un iceberg en mitad de la ruta del Titanic. Barco publicitado como insumergible, tecnología ultramoderna, primer viaje, 2.228 personas a bordo entre pasajeros y tripulantes. La mar lisa como un plato. Y zaca. Cubitos de hielo en la cubierta de estribor, desgarro bajo la línea de flotación, y al fondo. Millar y medio de ahogados preguntándose cómo ha podido pasarme esto. Glú, glú. Después, un siglo de leyenda, libros, películas: la de Kate Winslet y Leonardo di Caprio, estupenda. La protagonizada por Clifton Webb, prescindible y mediocre, incluso mala. La mejor, en mi opinión, la más rigurosa y perfecta (la he visto docenas de veces, y sigo haciéndolo) es La última noche del Titanic, dirigida por Roy Baker sobre un guión nada menos que de Eric Ambler, basado a su vez en un libro conciso y magnífico de Walter Lord, A Night to remember (así se titula la película en inglés), que ninguna de las obras posteriores logró superar nunca. El libro de Lord, publicado en 1954, acabo de verlo en bolsillo, recién reeditado, con el mismo título: La última noche del Titanic. Así que quien quiera saber exactamente lo que ocurrió a bordo entre el 14 y el 15 de abril de 1912, no sé a qué espera, si tiene una librería cerca. O lejos.
Ignoro si les pasa a ustedes. A mí, aquella tragedia me trae a la cabeza naufragios y desastres más recientes. Y como ese destino al que mencionaba antes no tiene sentimientos y le gustan las paradojas, y por otra parte soy de los que imaginan a una especie de dios borracho, o bromista cósmico, tronchándose de risa con los afanes de las miserables hormigas que corremos bajo su bota, la coincidencia de fechas entre el aniversario del Titanic y la que está cayendo no me parece casual. Por el contrario, creo que todo responde al mismo plan. A la naturaleza de las cosas. A la misma estupidez colectiva que ahora ocupa el lugar de la inteligencia y el ingenio que durante siglos nos hicieron progresar y ser mejores, hasta que dejamos de serlo. |
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No sé si consigo explicarme. Consideren lo que el Titanic simboliza hoy. Las tripas del asunto. Dejen de lado la parte sentimental, si pueden. La compasión natural por las víctimas, las emociones y otros elementos perturbadores del buen juicio. Mírenlo con objetividad fría, como nos mira ese bromista al que me referí antes. Dos mil y pico infelices, desde sofisticados millonarios a emigrantes pobres como ratas, que confiando en la publicidad de la compañía White Star, que califica su barco de insumergible, se instalan alegremente a bordo de un artefacto de acero que pesa 45.000 toneladas, y cuya tendencia natural, si algo falla en la técnica (y la técnica puede fallar siempre), será irse al fondo por su propio peso. Y no contentos con tentar a la suerte de tal manera, esos pasajeros confían sus vidas a una tripulación en la que los marinos auténticos son minoría. A un sindicato (así los llamó Joseph Conrad) de cocineros, mayordomos y camareros más dedicados al confort del pasaje, a que éste coma bien, duerma cómodo y se divierta, que a la navegación profesional propiamente dicha. Ahora, como guinda del pastel, añadan a eso una compañía naviera dispuesta a hacerse a toda costa con los récords de navegación y los beneficios que ese primer viaje puede traer en cuanto a promoción y venta de pasajes en el futuro. Con lo que tenemos, resumiendo la cosa, un artefacto monstruoso, hijo de la ambición y la arrogancia, lleno de incautos y gobernado por irresponsables, lanzado a veintiuna millas por hora en llena noche atlántica, a través de un mar lleno de icebergs. O sea: bingo.
Y ahora mírenme a los ojos y digan si la historia no suena calentita, a reciente de estos días. Cambien pasajeros por nosotros mismos, tripulantes por entidades financieras, compañía naviera por políticos desvergonzados, incompetentes y embusteros. Cambien la fiesta a bordo, los pasajeros de lujo con sus copas de champaña, los de tercera clase soñando con la vida mejor que podía aguardarles en América, por todos nosotros, nuestros créditos fáciles sobre sueldos que no podían sostenerlos, nuestro derroche, nuestra estupidez suicida, nuestro mirar hacia otro lado a las primeras señales de hielo en el mar. Metan todo eso en un ordenador, oigan. Denle a la tecla enter y saldrá nuestra foto exacta, saludando sonrientes desde la cubierta del barco insumergible, encantados de habernos conocido. Felices de estar ahí. Observen sobre todo nuestra cara de idiotas. Cien años ya, desde el Titanic, y no hemos aprendido nada.
Arturo Pérez Reverte 02/4/2012 ................................................................................................. XLSemanal
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Para ti, cabrón
Porque lo eres, porque la has humillado, porque la has menospreciado, porque la has golpeado, abofeteado, escupido, insultado... porque la has maltratado.
¿Por qué la maltratas? Dices que es su culpa, ¿verdad? Que es ella la que te saca de tus casillas, siempre contradiciendo y exigiendo dinero para cosas innecesarias o que detestas: detergente, bayetas, verduras...
Es entonces, en medio de una discusión cuando tú, con tu "método de disciplina" intentas educarla, para que aprenda. Encima lloriquea, si además vive de tu sueldo y tiene tanta suerte contigo, un hombre de ideas claras, respetable. ¿De qué se queja?
Te lo diré: Se queja porque no vive, porque vive, pero muerta. Haces que se sienta fea, bruta, inferior, torpe. La acobardas, la empujas, le das patadas. Patadas que yo también sufría. Hasta aquel último día.
Eran las once de la mañana y mamá estaba sentada en el sofá, la mirada dispersa, la cara pálida, con ojeras. No había dormido en toda la noche, como otras muchas, por miedo a que llegaras, por pánico a que aparecieses y te apeteciera follarla (hacer el amor dirías) o darle una paliza con la que solías esconder la impotencia de tu borrachera.
Ella seguía guapa a pesar de todo y yo me había quedado tranquilo y confortable con mis piernecitas dobladas. Ya había hecho la casa, fregado el suelo y planchado tu ropa. De repente, suena la cerradura, su mirada se dirige hacia la puerta y apareces tú, con la camisa por fuera, sin corbata y ebrio. Como tantas veces. Mamá temblaba. Yo también. Ocurría casi cada día, pero no nos acostumbrábamos. En ocasiones ella se había preguntado: ¿y si hoy se le va la mano y me mata?
La pobre creía que tenía que aguantar, en el fondo pensaba que en parte era culpa suya, que tú eras bueno, le dabas un hogar y una vida, y en cambio ella no conseguía hacer siempre bien lo que tú querías. Yo intentaba que ella viera como eres en realidad. Se lo explicaba porque quería huir de allí, irnos los dos...
Mas, desafortunadamente, no conseguí hacerme entender. Te acercaste y sudabas, todavía tenías ganas de fiesta. Mamá dijo que no era el momento ni la situación, suplicó que te acostases, estarías cansado. Pero tu realidad era otra. Crees que siempre puedes hacer lo que quieres. La forzaste, le agarraste las muñecas, la empujaste y la empotraste contra la pared. Como siempre, al final ella terminaba cediendo. Yo, a mi manera gritaba y decía: mamá no, no lo permitas. |
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De repente me oyó. ¡Esta vez sí que no! (dijo para adentro). Sujetó tus manos, te propinó un buen codazo y logró escapar. Recuerdo cómo cambió tu cara en ese momento. Sorprendido y confuso. Claro, porque ella jamás se había negado a nada. Me puse contento antes de tiempo. Pero tú no lo ibas a consentir. Era necesario el castigo para educarla. Cuando una mujer hace algo mal hay que enseñarla. Y lo que funciona mejor es la fuerza. Puñetazo en la boca y patada a la barriga, una y otra vez...
Y sucedió. Mamá empezó a sangrar. Con cada golpe, yo tropezaba contra sus paredes. Agarraba su útero con mis manitas tan pequeñas todavía porque quería vivir. Salía la sangre y yo me debilitaba. Me dolía todo, y me dolía también el cuerpo de mamá. Creo que sufrí alguna rotura mientras ella caía desmayada en un charco de sangre. Por ti nunca llegué a nacer. Nunca pude pronunciar la palabra mamá. Maltrataste a mi madre y me asesinaste a mí.
Y ahora me dirijo a ti. Esta carta es para ti, cabrón. Por ella, por la que debió ser mi madre y nunca tuvo un hijo. También por mí que solo fui un feto a quien negaste el derecho a la vida.
Pero sabes, en el fondo algo me alegra. Mamá se fue. Muy triste, pero serenamente, sin violencia, te denunció y dejó que la justicia decidiera tu destino.
Y otra cosa. Nunca tuve que llevar tu nombre, ni llamarte papá. Ni saber que otros hijos felices de padres humanos señalaban al mío porque en el barrio todos sabían que tú eres un maltratador. Y como todos esos indeseables un hombre débil, una alimaña, un cabrón.
Fernando Orden Rueda 04/9/2011 ...................................... II Premio del II Concurso Nacional "Carta a un maltratador"
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Todos los días amanece un tonto
Kutxi, ¿Por qué te compras discos?. Me lo dice mi hermana pequeña, la Maribel. Me lo dice observando mi vasta colección: dos mil y pico ejemplares entre vinilos, CDs y cintas. Y la miro y no sé qué contestarle. No tengo argumentos. Le podría soltar una larga perorata acerca de la honestidad, el respeto, el arte y lo bonito que es bailarle el agua a esa cuadrilla de gandules que somos los músicos en general, pero se me antoja absurdo. Le diría que cuando su hermano mayor tenía catorce años ahorraba dos talegos de las pagas y se compraba un vinilo que todavía conserva como oro en paño. Le contaría que cada uno de mis mejores recuerdos danza alrededor de canciones asaeteadas por las agujas en bares que ya no existen. También le explicaría que cuando ella no levantaba un palmo del suelo yo le ponía los vinilos del Rosendo y de los Extremoduro, y le tocaba la guitarra por encima para que bailara. Pero me callo como una puta. A fecha de hoy mi hermana es una bailaora reconocida y con una amplia cultura musical. Y sin haberse gastado un duro en discos, la pájara. Claro, a ella le pilló de chinorri lo del internet y las descargas y el eMule de los cojones. Ella supo estar a la altura de las circunstancias; adaptarse, investigar, seleccionar y adquirir lo mejor de cada patio.
Maribel no llenó las paredes de su habitación de canciones malas ni, lo que es más importante, su cabeza. A ella no se la han pegado. Qué envidia. Mientras mi hermanita decía que a otro perro con esa longaniza, yo esperaba como un anormal la salida del disco de tal y de cual, y me negaba a reconocer el olor a mierda de ninguna de las obras de los Mesías de mi particular religión. El tiempo me ha quitado la razón y los Mesías llevan braguero ortopédico, y me hacen pedorretas desde la limusín. Hijos de perra, qué bien me la habéis clavado. Así que aquí me quedo, con cara de gilipollas y sin saber qué decirle a la descendiente menor de la saga de los Romero. |
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Estoy a punto de contarle que, hace seis meses, con un ticket de compra del hipermercado, me tocó un iPod de esos. Un cacharro que, por lo visto, puede almacenar todos los discos del vecindario en lo que ocupa la mitad de un paquete de ducados, que además sirve para ver videos, y que tiene entradas USB, NBA Y FBI a las que les puedes meter hasta la churra para que el Bill Gates te la barnice. Estoy a punto de contárselo, pero me da vergüenza confesarle que no sé ni cómo se enchufa y que todavía lleva el envoltorio puesto. Me da lacha relatarle que en los últimos seis años apenas me he bajado de internet media docena de discos. Sé que no puedo convencerla de lo importante que es la adquisición de material original, y lo que es peor, sé que no puedo convencerme a mí mismo.
Así que empiezo a calcular mentalmente lo que me darían en una tienda de compra-venta por toda mi colección y llego a la conclusión de que lo mejor sería venderla a peso. Si, pero caigo en la cuenta que de que la chatarrería de mi barrio hace diez años que cerró y de que la tienda de vinilos cerró hace cinco. Como no me dé prisa pronto cerraran la escombrera. Y entre un pensamiento y otro mi hermana se ha puesto los cascos de su iPod y no me está haciendo ni puto caso, así que cojo la puerta me voy a la tienda del Pinzolas, a ver qué discos han salido esta semana. Tarde, demasiado tarde. El cartel de la puerta de la tienda me hace pensar que sí Maribel, que sí, que tienes toda la puta razón, que aquí lo pone bien clarito para que todos los idiotas que creíamos que no llegaría el día. Bien clarito: LIQUIDACIÓN POR CIERRE. Mierda puta.
Kutxi Romero 04/2/2011 ............................................................................................... Revista Rock Estatal
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El albañil y la ex-presidente
Tengo un joven amigo paleta, o sea, albañil de toda la vida, que lleva un rato largo sin trabajo. Y el otro día, que coincidimos en torno a unas cañas, le pregunté cómo iba la cosa. Dijo que tirando, con pocas posibilidades inmediatas, pero con el recurso temporal de cobrar el paro, que le permite aguantar el tirón hasta que vengan tiempos mejores. "Pues tengo entendido (comenté ingenuo) que con la reforma laboral que nos quieren encasquetar, tendrás obligación de hacer cursos de formación". Me miró, guasón, mojó los labios en la cerveza y dijo: "Ya he hecho uno, ¿cómo lo ves?". Le dije que lo veía bien, pero que me contara, para verlo mejor. Y encogiéndose de hombros me suelta: "Una semana aprendiendo informática, colega, con dos cojones". Quise saber para qué necesita un curso de informática un albañil en paro, y me lo explicó con la justificación oficial: "Para que aprenda a escribir mi currículum". Nos despedimos, se empeñó en pagar las cañas rumboso, y me quedé pensando.
Haciendo cuentas sobre a quién aprovecha lo del curso informático, si a mi amigo paleta, o a un Gobierno que puede así camuflar estadísticas, vendiendo otro paripé en plan nos encargamos de todo y los tenemos ocupados, y a unos sindicatos apesebrados y sobornados que viven del cuento y por la cara; que así (y no quiero pensar de qué otras maneras) justifican lo que han estado trincando hasta hoy para mantener mudas sus boquitas pecadoras, cuya succión sistemática y cómplice a las partes pudendas del poder político pretenden ahora disimular, a toro pasado, con una huelga general inoportuna, inútil y perfectamente idiota. A ver, me pregunté, cuánta pasta se habrá quedado por el camino, en sueldos a liberados y en pegatinas sindicales, antes de que, con lo que queda, esos paladines del trabajador español le paguen un curso de informática a un albañil para que escriba su currículum. Pensaba en todo eso, digo. Pero como no sé mucho de sindicatos ni de reformas laborales, y menos de informática, me dije: "Tranquilo, Arturete. Seguramente no lo has entendido bien". Así que decidí olvidar el asunto y puse la tele, a ver si veía un ratillo a Jorge Javier Vázquez. Que, pese a pastorear gentuza y telebasura a tope, y a cierto puntito maricón excesivo por su parte cuando le salta el automático, debo reconocer que lo hace de puta madre, y que maneja la coreografía del directo como nadie en España (puestos a ello, que me la endiñe un profesional). |
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Zapeando en su busca, como digo, me topé en otro programa con una ex-presidente de parlamento insular español, balear me parece, metida hasta el chichi en un cenagal de malversación de fondos públicos, prevaricación, falsedad documental, negociaciones ilícitas, delito electoral y cohecho (que se dice en dos líneas), que por lo visto está en libertad bajo fianza y tiene la obligación de presentarse dos veces al mes en los juzgados de su pueblo. Y la torda paseaba tan campante por la calle, con absoluto desparpajo, maquilladísima sobre el careto terso de quirófano, con ropa, zapatos y bolso supermegapijo a la última de Filipinas, echando besos con todo su morro a las cámaras y a unos cuantos vecinos que la saludaban con mucho afecto y la llamaban guapa. Y me dije: "hay que joderse, esto sí que es telemierda y no lo de Jorge Javier, que a fin de cuentas suministra con admirable eficacia lo que pide la parroquia".
Sin embargo, la presunta golfa apandadora de la isla va por la calle feliz de haberse conocido, después de haber robado a mansalva, sola o en compañía de otros presuntos hijos de la gran puta. Y la gente, la misma que tira besos a Belén Esteban y a Karmele, saluda a la pava del bolso de Gucci y los zapatos de Manolo Blahnik, comprados mediante fianza de 350.000 euros o cárcel, y dos coma cinco millones de euros por responsabilidades civiles, y le dice adiós bonita, y le tira besos, en vez de correrla a hostias en cuanto asoma el hocico a la calle. Pero claro, concluyo. Sólo se trata de corrupción. De eso que, en este país de parados a los que se imponen cursos de informática para que puedan escribir su currículum, criticamos con airadas maneras hasta que tenemos oportunidad de meterle mano al pastel. Entonces todo se vuelve normal, tolerable, vive y deja vivir. Nadie forra a gorrazos a esa presunta sinvergüenza corrupta (me encantan esos deliciosos presuntos que salpimentan la vida pública y privada española), porque en realidad no es tan grave. Otra cosa sería tener por vecino a un violador, un terrorista o alguien así. Le pegarían pancartas en la puerta. Pero un corrupto es otra cosa. Adiós, bonita. Smuac, smuac. Te queremos. A ver quién no tiene un corrupto a mano. A ver quién se resiste a un constructor o un político que se lo trajinen. A ver quién no sueña con organizar cursos de informática para albañiles en paro.
Arturo Pérez Reverte 06/9/2010 ................................................................................................. XLSemanal
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La caza del pijo
El pijo es un ser vivo, ya sea macho o hembra, con la capacidad de pronunciar la palabra "sabes" un millón de veces por minuto. La gran mayoría de ellos, aunque no todos, tienen la incapacidad de pronunciar la "b"; por consiguiente, acaban diciendo algo así como "saes".
Los pijos dicen que son una de las tribus urbanas, mientras que los no pijos opinan que se trata de una secta en honor al Mal y el Capital. En cualquier caso, la sociedad pija se basa en:
- Alardear de las cosas que se tienen.
- Comentar las cosas que a uno le gustaría tener.
- Valorar a los demás de forma proporcional al precio de sus vaqueros.
- Hablar con acento pijo (esto último es obvio).
La caza del pijo es un deporte que está en desuso desgraciadamente debido a la gran cantidad de leyes que prohíben practicar este deporte, aún así siguen existiendo distintos cotos de caza de pijos por el territorio español, aunque cada vez es más difícil acceder a ellos debido a la gran demanda que tienen de afamados deportistas. Hoy por hoy, existen terapias sobre la caza del pijo en clínicas privadas donde tienen pijos en estado terminal, de esos que siguen anclados en la música de Mecano y tal, que ya no tienen mucha más utilidad social y que los tienen ahí para entretener a gente que aún no puede desengancharse de este distinguido deporte. |
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En nuestro país una vez fue legal la caza del pijo, era un deporte noble y muy viril, y en la época de la dictadura se podía cazar pijos libremente, pagando y en cotos privados, entonces era legal y bien visto socialmente. Ahora cada vez es más difícil, y los heavies se tienen que buscar la vida, pero vamos, las chimeneas de sus mansiones siguen adornadas con trofeos de cabezas de pijos.
En realidad, la relación de los heavies con las pijas es buena. Estos hombres las usan para lo único que merecen la pena: como recipientes de su virilidad. Es una relación muy rápida y efectiva pero nunca establecen contacto verbal con ellas, así cómo no lo hacen con las especies inferiores en general. Con las chatis heavies por supuesto que sí, pero las pijas para ellos son mero divertimento. Aunque a los que realmente odian es a los pijos macho que no tienen ninguna otra utilidad que molestar. Los heavies son machos alfa, es decir, una banda compuesta por machos dominantes y a veces tienen problemas con eso, pero vamos, ellos sólo son machistas con las pijas. El problema con los pijos macho es además irresoluble, es como el bien y el mal. Los heavies viven porque ellos existen, y mientras haya un pijo ensuciando la faz de la tierra, tendrá que haber un heavy destroller siguiéndole las huellas.
Un campeón en la disciplina de la caza del pijo con arco o ballesta medieval y flechas es Charlie Glamour de GIGATRÓN. Siempre ha sido uno de los mejor vestidos para practicar correctamente la caza jocosa del pijo. Uno de sus más importantes trofeos es la cabeza del hermano de Mikel Erenchun que actualmente decora la chimenea de su casa. Este fiel seguidor de Satán, piensa que mucha más gente debería abrazar el satanismo como una filosofía, porque no hay que tenerle miedo a Satán sino a Dios que es muy malo.
Charly Glamour 15/2/2010 .............................................................................. Recopilación de varias entrevistas
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Menos tontería
Aquí lo que hace falta es menos tontería. Me lo dicen mis compadres de la construcción que todavía se levantan a las seis de la mañana y que, después de incarse uno o dos solisombras de cágate lorito se encaraman a sus celdas andamiadas para currar como unos hijos de puta durante nueve o diez horas. Sí compañero, me dicen, y más seguridad, cojones. Que tú ya no te arrimas por la obra, pero el otro día entro un chavalillo de dieciocho años, lo pusieron a picar una zanja y no le dieron ni una puta tabla para apuntalar. En cuanto llevaba dos horas picando se le vino abajo la zanja. Para cuando lo sacaron estaba como un pajarico.
Después nos enteramos de que era la primera vez que trabajaba. También nos enteramos de que no le habían hecho ni contrato ni hostias, y de que el hijo de puta del jefe tuvo la cara y la puta vergüenza de ir a casa de sus padres un día después del funeral con un cheque en blanco para que no le denunciaran. Que sí compadre. Y al Julio, ¿te acuerdas del Julio?, cómo no te vas a acordar, si el Piñas y tú estabais todo el puto día con él partiéndoos el culo del mundo. Pues nada, que resulta que se le ha quebrado la espalda. Claro, toda la puta vida currando como un burro, y el martes pasado, estábamos dándole yeso a unos techos y se quedó tieso como una vela. Tuvimos que cogerlo como un fardo, lo que yo te diga.
Ahora resulta que después de una semana en la cama a limpio chute de calmantes le han llegado dos cartas. Una es de la mutua compadre, y lo que pone, bueno, no te puedo decir lo que pone porque a estos matasanos con estudios no hay dios que los entienda, pero lo que viene a decir es que tiene más cuento que Julio Verne y que lo van a pasar por un Tribunal Médico o no sé que hostias, supongo que para decidir si le dan la baja o le dan matarile directamente, los muy hijoputas. |
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La otra carta es de la empresa, en la que dicen, también a grandes rasgos que, dada su condición de eventual, ya se puede ir buscando curro en una churrería porque lo echan a la puta calle. Y así son las cosas, que ya nos enteramos por la radio por donde andas, pájaro. Que si de giras por aquí y por allá. Que cabrón. Ole mi compadre, y que te dure, que ya sabes lo que es esto. Lo de la música suele durar cuatro o cinco años, te lo digo yo, que mi primo el Luismi se metió en una orquesta de esas buenas con sintetizador y toda la hostia, y con dos cantantes que eran más putas que la Charito, incluso algunas veces fui con ellos y aprendí del mundillo ese. Qué bandidos. Y cuando el Piñas vino una mañana todo contento y dijo que os habíais montado un grupo y el Julio se puso a gritar desde el andamio: el rocanrol ha muerto, se lo acaba de cargar el Piñas! ...y míralos a los pelones tú, ganando una pasta. Eh, que no me digas que no, que yo me he enterao que estás haciendo buenas perras.
Pero bueno, ya me han dicho que has publicado un libro o no sé qué. Ah, de poesía. ¿Y eso para qué?. Para las bibliotecas o algo así, ¿no?. Ah, que no, para venderlo en las librerías dices. Pero quien te va a comprar eso mi compadre, si la peña no se lee ni la propaganda del Carrefour. Mira, lo que tú digas va a misa y gloria bendita para ti y los tuyos, pero lo que hay que hacer son cosas más útiles y dejarse de tonterías compadre. Que lo del rocanrol está muy bien y eso, pero esto de los libros ya es para cagarse mi niño. Pero bueno, te traes un día por la obra unos cuantos y ya te los compraremos, aunque sea para envolver el bocata. Y dale besos al cabrón del Piñas. Joder, libro de poesías y toda la hostia. No, si ya lo decía bien tu padre, el Jóse: “este cabrón, con tal de no currar es capaz de meterse a cura”.
Carta a Kutxi Romero 04/11/2009 .............................................. Epílogo del libro de poesias "León manso come mierda"
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Esa gentuza
Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre.
Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada. Políticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos. Yo no elijo cómo me siento. Cómo me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando a un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Cuando la náusea y la cólera son tan intensas. Eso me preocupa, por supuesto. Sigo caminando carrera de San Jerónimo abajo, y me pregunto qué está pasando. Hasta qué punto los años, la vida que llevé en otro tiempo, los libros que he leído, el panorama actual, me hacen ver las cosas de modo tan siniestro. Tan agresivo y pesimista. Por qué creo ver sólo gentuza cuando los miro, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace veinte o treinta años, he pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y pagados de sí mismos, sin distinción de partido ni ideología, pueden amargarme en un instante, de este modo, la tarde, el día, el país y la vida. |
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Quizá porque los conozco, concluyo. No uno por uno, claro, sino a la tropa. La casta general. Los he visto durante años, aquí y afuera. Estuve en los bosques de cruces de madera, en los callejones sin salida a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas, sus ambiciones. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conozco las consecuencias. Y sé cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije. Que lea y mire. Algún día, si tengo la cabeza lo bastante fría, les detallaré a ustedes cómo se lo montan. Cómo y dónde comen y a costa de quién. Cómo se reparten las dietas, los privilegios y los coches oficiales. Cómo organizan entre ellos, en comisiones y visitas institucionales que a nadie importan una mierda, descarados e inútiles viajes turísticos que pagan los contribuyentes. Cómo se han trajinado (ahí no hay discrepancias ideológicas) el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común. Cómo quienes llegan a ministros tendrán, al jubilarse, sólidas pensiones compatibles con cualquier trabajo público o privado, pensiones vitalicias cuando lleguen a la edad de jubilación forzosa, e indemnizaciones mensuales del 100% de su salario al cesar en el cargo, cobradas completas y sin hacer cola en ventanillas, desde el primer día.
De cualquier modo, por hoy es suficiente. Y se acaba la página. Tenía ganas de echar la pota, eso es todo. De desahogarme dándole a la tecla, y es lo que he hecho. Otro día seré más coherente. Más razonable y objetivo. Quizás. Ahora, por lo menos, mientras camino por la carrera de San Jerónimo, algunos sabrán lo que tengo en la cabeza cuando me cruzo con ellos.
Arturo Pérez Reverte 08/7/2009 ................................................................................................. XLSemanal
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