Artículo publicado en la revista Revista ARARÚ de la República Mexicana, en marzo de 1999.

 

Por Gina Contretas

 

 

Cuando el amor me dejó sus frutos empecé a construir ese mundo de fantasía que ideamos todas las mujeres. Mi vientre vuelto flor y yo imaginando desde entonces como decirle a ese hijo el porqué las estrellas brillan en la noche y porqué las hojas crepitan cuando uno las pisa. Inventé las respuestas que iba a dar a sus preguntas, en la manera de apoyarle sin ataduras y hasta cómo enseñarle a vivir su propia vida. Pensé en explicarle la importancia de la capacidad de sorpresa y en pedirle que no permitiera que nunca se acabara.

A los ocho meses de embarazo supe que era niña; entonces la vi de escolar, pecosa, regordeta, con el cabello claro como el mío. La hice independiente y libre, la quise libre con la libertad que me había sido prodigada y por la que había llegado a donde estaba.

Pero las historias no siempre resultan ser como debieran y al cabo de unos meses Ginette fue diagnosticada con una enfermedad que dejó en ella secuelas irreversibles.

De golpe, todas mis expectativas se vinieron abajo. Nadie me había enseñado lo que tenía que hacer como madre. Mucho menos como madre de un niño tan severamente discapacitado.

Pasé de la felicidad de la gestación, a la sorpresa ingrata de ver como mi hija casi moría en mis brazos en un par de ocasiones. Entonces mi vida cambió. Entendí, también de golpe, que mi vida ya no se circunscribía a mis deseos y ambiciones, sino que tenía que juntar todos mis esfuerzos con el fin de que ella viviera.

Se abrió así este camino yermo y a veces descolorido.

Empezaron las visitas a los médicos y  al sometimiento de sus palabras siempre inciertas. Declinaban las expectativas que yo había puesto en mí como ejercitadora de mi maternidad y en ella, como todo lo que yo la había ideado.

Poco a poco Ginette me enseñaba a transitar por esta senda demostrándome que ella era mucho más fuerte de lo que yo creía. Fue así como me aferré a su vida, olvidándome por algunos años de lo que yo misma era; de lo que quería y de todo aquello por lo que había luchado.

Su vida era la mía, de su vida dependía mi estabilidad; de su fuerza, mi entereza.

Muchas veces me pregunté si yo tenía derecho a hacerla pasar por exámenes y terapias; me cuestioné si el hecho de que pudiera caminar sería benéfico para mí o lo sería para ella. Sentí que mi ego no tenía límites porque ella lloraba todo el tiempo y yo pensaba que la búsqueda de todas las alternativas para que ella estuviera mejor, era más por mí que por ella misma. Me costó trabajo aceptar que era por las dos y llegué a creer que  el resultado final le facilitaría la vida.

Pero no fue así.

En ese entonces yo aún no sabía qué tanto iba a lograr por ella misma, así que puse todo mi empeño (y lo que aún quedaba de mis sueños) en lograr que fuera una niña “normal”, culpándome a veces por su estado y buscando respuestas, pero nunca preguntándome ¿por qué a mí?

Me parecía que si lo hacía me iba a encontrar con el contenido de la caja de Pandora y entonces sí tendría miles de culpas inventadas y no propias. Preferí  buscar ayuda.

Y aprendí  que debía integrarla a mi vida sin más porqués. Eso era lo que tenía y debía aprender a vivir con ello. No puedo decir que hoy ya he aceptado plenamente nuestra condición. Sólo digo que he aprendido a vivir con ella.

Han pasado diez años y ...

Ginette ha transformado mi esencia de mujer de una manera plácida y maravillosa. No hablo de la forma en que este cambio se fraguó en mí y que cualquiera puede suponer por demás dolorosa, sino del resultado en sí. Yo no sería la misma persona si ella no me hubiera enseñado tantas cosas a través de sus límites y sus silencios.

¿Quién es Ginette?

Sería injusto que dijera que es sólo lo que no puede hacer o lo que no sabe o lo que no ha logrado. No, ese papel le queda chico.

Ginette es su manera de reír a carcajadas y de ver sin mirar, es su tibieza por la que camino lenta, pausadamente; es su intranquilidad ante mi ausencia y sus bracitos que no saben abrazar.

Es su llanto y su dolor que irremisiblemente provoca el mío; es su manera de buscar la luz y su sueño inquieto de siempre; es su respiración que evoco cada vez que pienso en ella y es su cuerpo de niña grande que me invade de calor; es su fiereza ante su propia adversidad y su hambre inconmensurable.

Es su cuerpo de mujer en ciernes, que inevitablemente se desarrolla como debe y su incipiente sensualidad que no entiende de los prejuicios que nos da la conciencia y el conocimiento de lo aprendido.

Es su manera de vivir su propia espinosa vida enfrentando, uno a uno, los obstáculos que le han sido sembrados sin que ninguna de las dos haya podido elegir.

Es sus manos que se unen y acarician entre sí haciendo que sobre su cara se dibuje un gesto pleno y satisfecho; es su espalda corvada meciéndose suavemente al vaivén de mi regazo; es su entrega cuando la abrazo queriéndome decir en la tibieza de ese acto, lo que sus limitaciones (o las mías) no podrían descifrar.

Es su reafirmar en cada día mi capacidad de dar y de amarle sin importar si puede demostrar que sabe recibir, sin que busque reciprocidad a mis estímulos, sin que espere sus caricias. Es mi entendimiento pleno de que amar es diluirse totalmente en el otro.

Es su sonrisa ¿burlona? cuando cada noche grita enojada y me acerco para acariciar su frente las veces que sean necesarias. Ella sabe que mamita está cerca y quiere sentirlo así. Sin embargo cuando esto se convierte en un juego nocturno, es la que me corrobora que ni soy toda la ternura ni toda la paciencia, llevándome hasta la desesperación por cansancio y tomando actitudes que sé de antemano que acabarán en ese momento con el juego.

Es quien me hace sentir culpable por lo inútil que pueden parecer las explicaciones de los roles y horarios que cada una de nosotras tiene en la vida cuando siento la imperiosa necesidad de descansar y ella simplemente quiere tenerme a su lado sin importarle mis rutinas cotidianas.

Mi hija es mi voz que le habla en aquella jerigonza extraña que usamos con nuestros bebés como si no pudiéramos hacerlo de otro modo; como si ellos no nos entendieran si les habláramos como adultos.

Es la línea indeleble permanentemente trazada entre su percepción y mis malestares y es su inquietud por mis duelos, y su alegría si es que río.

Son sus texturas suaves y tibias que ella sola acaricia cuando por casualidad sus manos se encuentran con una porción descubierta, aprovechando con toda la ternura que esconde, la oportunidad que esta sensación le brinda.

Es la respuesta de nuestra familia cuando a través de mi voz que, con un falso acento del norte, hace las veces de interlocutor y les saluda con un ¿qué onda, canijos? o algo peor y que ha hecho que ella tenga una presencia constante y firme cada vez que se presenta.

Es mi eventual desolación cuando un detalle insignificante me vuelve de las fantasías que me invento y que me llevan a sentir profundamente una frustración no constante, no continua, pero real. Es mi deseo de permanecer callada a su lado, cuando sé que las palabras nada dirán; es la que me ha dado la sabiduría suficiente para no hacer de la tragedia falsa gloria, sino la conciencia justamente necesaria para aceptarla como es.

Es la que me hace llevarle por la calle llena de orgullo y sin que hagan mella las miradas curiosas, sólo porque ha roto los patrones de la selección natural aún con todos sus impedimentos, con todas su dependencias.

Es todo el sentimiento que me provoca cuando acuno su carita entre mis manos y sus ojos se entrecierran, y cuando cepillo su cabello rizado, y cuando le beso detrás de los oídos.

Es el modo en que me ha hecho comprender esta nueva clase de amor que nada tiene que ver con lo vivido y que me lleva a no esperar más por el amor que no llegó.

Es mi motivo de vida; es la que ha aceitado los engranajes de mi emoción y la que me ha hecho entender la valía de mi propia existencia que no tendría sentido si permaneciera estática a su lado, suspirando en cada esquina por lo que no podemos ser.  La que me lleva a dar lo mejor de mí en toda circunstancia por todo lo que ella misma me ha podido dar y al final, es nuestra soledad que se funde en un abrazo y que encierra todo el amor ahora redimido.

Pareciera poco, pero Ginette es un ser humano que ha derrotado a la muerte con mi amor por su vida y con toda la fortaleza que es capaz de aportar para subsanar  sus propios sufrimientos.

Es una sobreviviente que la hace valer sólo por eso.