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HISTORIAS Y RESISTENCIAS DE LAS MUJERES DEL EXILIO EN MÉXICO
Hace ya más de 40 años, un refugiado españolcruzó este claustro custodiado por la sombra de Luis Vives. Su nombre era Max Aub. En ese momento ocurrido hace casi 40 años, que hoy quiero rememorar al encontrarnos, por esas vueltas del destino, en el mismo lugar, Aub, llegaba a solicitar que la Universidad de Valencia le devolviera su biblioteca, decomisada después del fin de la guerra civil. Ese re-encuento forma parte de muchas páginas de su Gallina Ciega, el diario de su visita a la España de los últimosaños del franquismo, que refleja la frustración de su reencuentro con su historia, con su país que le pareció, en ese entonces, imposible:
-¿El señor Rector?, Pregunta Aub a una secretaria que tiene delante de él
-De parte de quién?
-De Max Aub
La respuesta corta, contundente esconde algo más que nos confiesa el escritor: “No se que decir”- nos cuenta-. “No se como presentarme. No se quien soy ni quien fui”.
Aub se sincera consigo mismo en este no - regreso, en donde se presenta como un fantasma. Y es que hasta Ulises necesitó que Penélope le reconociera para ser Ulises: sóloasí pudo contar su historia para sus conterráneos y ocupar el lugar que un díahabía dejado. “No son sólo treinta años lo que separa de España, hace más: el tiempo multiplicado por la ausencia”decía el escritor. Como a Aub, a muchos exiliados, nadie les esperaba en Ítaca: “Han pasado demasiadosaños,- escribe- No hablo solamente de mí, les sucedió lo mismo (cada uno a su manera) (a otros)… no nos va a parir, ahora viejos (Nos ha puesto a parir, eso sí, pero es un chiste demasiado fácil)… “Ya no somos nadie, ni nadie sabe quiénes fuimos. No tiene nada de particular (...) Nos han borrado del mapa”.
Esta es quizás la peor condena del exilio, la ausencia. Para el exiliado, la guerra ha roto su pertenencia a la historia a la que debió de haber pertenecido. Sin ese vínculo, deja de ser por no poder ser, por no poder definirse en relación a nada.El exiliado se quedó, como decía María Zambrano, “al borde de la historia”, porque, como explica Tomás Segovia, no le habla a sus protagonistas. Los exiliados no le hablan a Franco ni le hablan a la historia, pero es porque ésta, no les hablaba a ellos. La memoria era difícil de mantener porque, como dice Mario Benedetti los que se quedaron estuvieron amputados “de la libertad”, y “nosotros del contexto” y por lo tanto los caminos de la memoria aparecen separados.
Si el exiliado se siente arrancado de la historia, como un eslabón arrancado de la cadena que no significa, su esperanza de supervivencia comienza a estar en la memoria. Para el exiliado, la invocación de la memoria es fundamental, porque en ella están las claves de los recuerdos que han de recomponerse para obtener el sentido de uno mismo, de la historia que quedo truncada, para seguir unidos al espacio perdido. Los exiliados sentían que escribían un capítulo de la historia de España fuera de ella, para algúndía, pertenecer de nuevo a ella.Por eso, fue tan importante para el exilio mexicano mantener las instituciones de la República, crear escuelas para los hijos de los exiliados, revistas y publicaciones.
El presidente LázaroCárdenasbrindó toda clase de facilidades a los refugiados españoles, las cuales son bien conocidas. Muchos, como mi abuelo, vieron en las virtudes del republicanismo y del gobierno de la revolución mexicana un reflejo de la república que quedaba atrás. Al abrir las puertas a los exiliados, Cárdenas trataba de darles la oportunidad de aparecer en el mapa, al otro lado del Atlántico y conservar su historia. Muchos republicanos que llegaron a México, como mi familia, tenían la idea equivocada de que su exilio sería temporal y comenzaron a vivir de acuerdo con esta idea. Así, el mobiliario de las familias refugiadas se hacía viejo, rara vez se remplazaba una silla, una alfombra en evidente deterioro. “No tiene caso -decía siempre alguien de la familia- ya pronto regresaremos.” La casa de mi abuela estaba llena de baúles, hechos por su padre, en su pasatiempo favorito: la carpintería. Esos baúles sobreviven hoy día en casa y uno no puede dejar de pensar que su fuerza y resistencia estaban hechas no para durar en el tiempo, si no para aguantar el camino de regreso. Eran baúles no para guardar los recuerdos que se acumulaban de México en México, sino en España.
El tiempo pasó y Franco permaneció firme en el poder, y ellos se hicieron, harina de otro costal. La gran mayoría murió antes que Franco, y nunca tuvieron oportunidad de pisar nuevamente su suelo patrio. Cuando murió el dictador, en México, la noticia sólo se dio por la radio y la televisión, y no en papel impreso. No estaba en ninguna primera plana porque amaneció en un 20 de noviembre, día de la revolución (la misma cuyos ideales les había permitido emigrar a México) y día libre en el que los periódicos, el comercio, las escuelas y las oficinas están cerradas. Algunos exilados que habrían esperado tener ante los ojos la noticia debieron sentir que la historia de nuevo, le había hecho otra de sus siniestras jugarretas. Fue entonces cuando los refugiados se encontraron, en su mayor parte, sin ganas de volver. La España peregrina descubrió que había echado raíces en el exilio. Los refugiados se dieron cuenta que la patria la habían perdido en algún lugar del Atlántico, a medio camino entre España y México. Que eran diferentes, biculturales, mestizos.
Angelina Muñiz Huberman, mexicana hija de exiliados españoles, decía que, con el paso del tiempo, el exilio mexicano comenzó a observar que la supervivencia del exilio no estaba en perpetuar su memoria como un mero anhelo de regreso o reproducción de España en la tierra de su exilio, sino en una memoria que ella llama “la extensión como el regreso”, es decir, habría que ver que eran las construcciones, la continuidad de la vida y sus ideales abonados en el país de su refugio, los que regresarían algún día a su patria. La extensión y cultivo de su obra, ahí donde fueran, acabaría por alcanzar el lugar del cual habían partido. “Me hice perdidiza y fui ganada”, decía María Zambrano. “El objetivo de un exiliado”, observa Michael Seidel, “es el de transformar la figura de la ruptura en una figura de conexión”, en hacer de ese eslabón arrancado de la historia, la conexión que une, no sólo a los que se quedaron en la tierra de origen con los exiliados, sino también, a las caras del lugar donde llegaron en una sola historia. Quizás por ello el símbolo de esa continuidad sea ese neologismo acuñado por José Gaos con la palabra Transterrado para, como él mismo apunta en sus Confesiones, señalar el no sentirse en tierra extraña o ajena, sino trasplantado en su nueva patria. Después de todo aquella institución llamada la Casa de España, destinada a dar cobijo a los intelectuales españoles, se trasformo rápidamente en el Colegio de México. Por ello, quien pretenda hablar de la memoria del exilio, de la memoria de la España republicana, no puede pretendercontar esa historia desde un lugar fijo, sea el origen, sea el de llegada.
Pero el recuperar estas conexiones, estas “extensiones del regreso”, no es una cuestión sencilla Aub, en La Gallina Ciega explica como no duda que será objeto, como muchos, de un homenaje en algún momento, cuando España se abriera a la democracia. Pero desconfiaba de la memoria que se recobraría: sabría que sería la memoria sujeta no sólo a la muerte de muchos de los exiliados, sino a los nuevos vaivenes del poder y la política. En el exilio, cuando la gente es colocada al borde de la historia, su expulsión suele perpetuarse más allá de los cambios político – institucionales. Y es que en muchas ocasiones, se busca perpetuar la memoria buscando enlaces convenientes a determinadas circunstancias. Por ejemplo, la fidelidad de México a la República, que no reconoció al régimen franquista hasta su muerte y mantuvo a las instituciones republicanas en su territorio, convirtió paradójicamente al exilio mexicano marginado dentro del gran exilio europeo. No falta quien, con absoluta ignorancia de su sufrimiento, afirma que al final la “mala suerte” fue de los refugiados por irse a México y no quedarse al menos en Francia ó en algún otro lugar de Europa, donde se cosían otras resistencias, rizando si se pude, aún más el rizo de la injusticia. En México, los tiempos políticos de manos del neo-liberalismo unieron, como no, la memoria del exilio, a la figura de Cárdenas y entraron al juego político actual que pide borrar cualquier signo de cardenismo. Cárdenas ha desaparecido de nuestras monedas y de nuestros libros de texto en buena medida. Y con él, la historia del exilio, marioneta de los intereses del poder. Los años transcurren muy deprisa, y el legado de los españoles exiliados en México empieza a desdibujarse. El Centro Republicano Español ha cerrado sus puertas hace unos cuantos años y apenas si se mencionó este suceso en la prensa nacional. En la recuperación histórica también influye si el exiliado es Catalán, Vasco, de Madrid, si era comunista, anarquista, socialista, si era de Negrín si era de Prieto, y hasta, precisamente, influye el género, el ser mujer, para rescatar una memoria.
Si hablamos de conexiones como la manera que tiene el exilio de ser extensión que regresa, me parece importante rescatar la memoria de las mujeres de la República y el franquismo, que también se encuentra en aquellas que tuvieron que abandonar España, muchas de ellas, para nunca más volver. Mujeres, que a veces, parecen quedar un tanto ignoradas en el relato de todos los acontecimientos que tiene que ver con la guerra civil. En esta historia, se olvida que cuando España recobró la libertad, la mayor parte de los hijos de estas mujeres no pudieron recuperar la nacionalidad de origen, porque los códigos civiles de la Dictadura establecían que debían de haber estado registrados previamente en los consulados franquistas como españoles y haber confirmado la voluntad de conservar la nacionalidad al adquirir la mayoría de edad. Pero no podían ni debían hacerlo. En México sólo se reconocía al gobierno de la IIª República. Muchos de los hijos de aquellas mujeres fueron registrados en su consulado. Era SU Gobierno legítimo. Así, perdieron jurídicamente todo derecho al no figurar en ningún registro oficial del régimen. Las mujeres tampoco podían trasmitir la nacionalidad española, puesto que el régimen negó esa posibilidad y, sorprendentemente, hasta hace cinco años, se reconoció el derecho de los hijos madres españolas a optar por la nacionalidad de sus madres.
Además de este hecho, en esa memoria cultivada que debe de regresar, hay tres puntos de suma importancia que me parece, han pasado por alto las reflexiones sobre el exilio, y que tienen que ver con estas mujeres. La presencia de las mujeres españolas en el exilio mexicano fue muy notable desde el punto de vista cuantitativo (eran el 40% de los refugiados). Las menos eran intelectuales, siendo la gran mayoría amas de casa, jóvenes que habían abandonado sus estudios al inicio de la guerra, mujeres que habían estado en el frente, que llegaron a México en compañía de su marido, de padres o hermanos. De hecho, la estadística a veces es engañosa: la Secretaria de Gobernación en México, a la llegada de los barcos, solía registra a familias, con un responsable, el padre o algún hermano a su cabeza. Muchas aprendieron a ganarse la vida en su nuevo país gracias a la formación que recibieron en su infancia en la familia y en la escuela. La situación para las intelectuales no era mucho mejor, ya que dentro de las instituciones republicanas creadas en México, se encontraban pocas.
Estas mujeres que emigraron a México, en la mayor parte de los casos, sólo tuvieron el espacio de lo privado, a través de historias, de narraciones, de vivencias para mantener su memoria. Ellas y sus historias son dentro del olvido del exilio, las olvidadas: las luchadoras de las pequeñas batallas diarias, que, como mi abuela, terminaron haciendo de la cocina memoria de olores y sabores, de la lengua una pequeña victoria y de su coraje para enfrentarse a la lucha diaria en su trabajo, la fuerza para sostener a unos hijos que no hablaban con la Z sino con la S y que llamaban chino a un cabello rizado cuando era obvio que eso sólo lo podían creer los mexicanos.
Es cierto que, si de alguna forma se habla de exilio y mujeres en México, se pueden encontrar algunas biografías y ensayos sobre las intelectuales españolas como Maria Zambrano, Margarita Nelken y otras más, así como de las asociaciones políticas que se formaron en México (como la Unión de Mujeres Españolas), con acento en especial a la labor de las maestras republicanas que, mediante los colegios fundados principalmente para los hijos de los exiliados, acabaron siendo un pilar importante de la educación laica, igualitaria y humanista de muchos mexicanos. Aún para estas mujeres dedicadas al arte y la reflexión, el rescate de su memoria se ve condicionado. La pintora Remedios Varo es una de las mujeres olvidadas del exilio por múltiples factores, pintora catalana, su relación con círculos anarquistas, su pertenencia la grupo surrealista, donde las mujeres no figuran entre la lista oficial de sus miembros, su llegada a un país que tardó mucho tiempo en quitarse la sombra de influencia de Rivera y Kahlo, la convierte en una figura que muestra como diversos factores pueden condicionar el rescate de una figura del exilio. Actualmente su obra es considerada patrimonio nacional, siendo la única obra de una artista extranjera que es considerada como tal en México. Recientemente, el actual Centro para la Memoria constituido por el Ministerio de Cultura, tiene entre sus objetivos la creación este año de un homenaje a la pintora, precisamente cuando la propiedad de su obra se encuentra en proceso judicial ante la reclamación de la misma por parte de sus familiares en España.
Si estas complicaciones ocurren en el rescate de las mujeres que tuvieron relevancia en la esfera pública, en la esfera de lo privado, el silencio que de esta memoria existe es aún más sorprendente. En primer lugar, poco se ha mencionado la posible influencia de las mujeres en relación a otras mujeres en México. Si bien políticamente no se les permitía actuar, en aplicación al artículo 33 constitucional, ello no implicaba que su ejemplo diario, su forma de vida y costumbres no hubiese mostrado una cara importante en un país como México que era poco favorable a la vida pública de las mujeres. Esta situación me recuerda una anécdota de Rosario Castellanos, la escritora mexicana, que cuenta que una vez en Chiapas vio a un hombre que iba sentado en un caballo con su haz de leña de frente, y atrás su mujer a pie, doblada bajo el peso de la leña. Entonces Rosario, le preguntó: “Bueno, pero ¿por qué tu vas montado en un caballo y ella va a pie, detrás de ti?”. Y él le contesto: “Pues porque ella no tiene”. Yo creo que muchas españolas ayudaron a que muchas mexicanas tuvieran un caballo. Es bien sabido que la lucha activa de las mujeres durante la contienda española fue muy importante. Con la llegada del periodo republicano, la democratización de la sociedad, hizo que se promulgaran leyes que procuraran una mayor igualdad. En las exiliadas, coincide con su plena incorporación a la vida pública. En México, la política del presidente Cárdenas hizo posible que las exiliadas recibieran inmediatamente asilo y permiso para trabajar en iguales condiciones que las mexicanas.Se les otorgaron cartas de naturalización a las que lo solicitaron y se revalidaron títulos académicos y profesionales, a veces sólo demostrables con la palabra dada. En el caso de mi abuela bastó con decir que sabía mecanografía, algo que había aprendido para prepararse para entrar a la universidad mientras terminaba la guerra, pues era bueno tomar notas, para que consiguiera un trabajo. Estas mujeres trabajadoras obtuvieron seguridad social, aunque nunca se nacionalizaron, y pensiones de viudedad aunque sus maridos no fueran mexicanos.A su llegada a México, las mexicanas no tenían los mismos derechos que habían logrado las exiliadas españolas ni la forma de vida liberal que estas podían tener. La búsqueda de espacios para las mujeres era un camino que comenzaba a darse en el país de su refugio. Con su ejemplo ayudaron sin duda a abrir caminos. Por poner un ejemplo, el sufragio universal fue aprobado en España en 1931. En México, después de la llegada del exilio español, el Presidente Lázaro Cárdenas envió a la Cámara de Senadores la iniciativa para reformar el Artículo 34 constitucional, como primer paso para que las mujeres obtuvieran la ciudadanía, aunque en un primer paso sólo logro que se les otorgara el derecho al voto dentro de su partido. Fue hasta 1954 que en México se reconoció el derecho al voto universal.
En segundo lugar, hay un gran vacío en el estudio de los espacios de resistencia que en el terreno de lo privado supieron construir. Sin escribir grandes libros sobre el sentimiento de una España alejada, o a veces sin la manifestación política, más allá de cartas y tertulias, supieron crear un espacio de resistencia y de memoria viva que continúa como legado, no sólo en familiares sino también en muchos mexicanos que las conocieron o supieron de ellas.
Me refiero a esas mujeres para las que su regreso a España estuvo condicionado, aún mas si cabe, por la tragedia de la historia familiar y personal. Mi abuela, me decía, que hasta no muerto su padre, miembro del ejército, no tomó conciencia de que el retorno seria imposible. Eran esas historias familiares, de dependencias con la gran historia, pero que se vivían íntimamente, las que marcaron el no retorno. A los dos años de fallecido su padre, mi abuela se casó y decidió así echar definitivamente raíces en México, a través de los hijos y nietos, a los cuales se empeño siempre en enviar a estudiar a colegios fundados por exiliados españoles. Precisamente, muchas mujeres convirtieron a México en su país cuando sus cabezas de familia murieron, o en su caso, se casaron y tuvieron hijos, y los hijos se hicieron nietos. De ahí que, el propio Tomas Segovia apunte que “el padre te hace la patria, pero el hijo te hace patria”. Mi abuela decía que habían sido 22 años en España y 50 en México, y que por esa medida matemática era más mexicana que yo y mi madre juntas. Esa pertenencia encontrada, sorpresivamente y sin querer, no le impidió mantener viva a la patria, en extensión. Pequeños espacios privados en donde el aprender a decir bona nit, fins demà que dormes bé, no era mera nostalgia, sino el pequeño triunfo de perpetuar algo íntimo, aunque fuera entre frases sencillas. Lo era también el hacer Pagès de trapo para que sus hijos jugaran y que sus nietos fueran los únicos que tuvieran un perro llamado Gossi y que le nombraran Yaya en lugar del Abue tan mexicano. Pero también mi Abuela fue la que me ayudo a ver que lo español era más que el Hernán Cortés de la escuela, que también era Machado, Hernández y Alberti, enseñanzas que otros refugiados siempre propagaron.
En memorias y luchas diarias, a través de recuerdos y nostalgias, las mujeres exiliadas supieron construir, frente a una historia que las negaría, una memoria personal y familiar que las mantuviera vivas. Cada uno de los refugiados españoles arribó a México con una historia diferente que contar. Esas historias son más reales para mi que ninguna otra historia, como lo explica Max Aub, en uno de los pasajes de su novela Campo de los Almendros cuando en medio de la tragedia del Puerto de Alicante, decide tomar a una mujer, Asunción, una de sus protagonistas, para anotar: “Aquí, miles de páginas y de personas ¿De qué sirven? …Ahora tengo a Asunción en el puerto, la veo, tal y como fue, recuerdo alguno de los personajes que la rodean. Es algo más que historia. La historia esta ahí, aunque nadie recuerde exactamente como fueron las cosas… Asunción es para mí más real que las docenas de políticos y militares que aquí y allá se pierden en este laberinto con su nombre verdadero (Verdadero por los papeles, porque así les “pusieron”)” De igual forma, mi memoria del exilio no es a veces la de los grandes nombres, si no la memoria de las historias de las abuelas, de Avelina y Guillermina Calvo que supieron volver a unirse, en la distancia a través de esas historias reservadas a hijos y nietos.
Son las historias familiares de resistencia, de sufrimiento, las que mantienen vivo el espíritu de aquellos días. Tanto en México como en España ocurre lo mismo. Muchas organizaciones de memoria de exiliados y de represaliados están formadas por las familias que se levantan ante el olvido de la historia oficial. Cuando llegué a conocer a la hermana de mi abuela, aquella que se quedó porque no pudo llegar a México, vi que su casa y la mía se parecían en la creación de ese espacio que habían construido. Y es que ante la imposibilidad existencial de sentirse de ninguna parte, su único punto de referencia fue la palabra, convertida en la única tierra, en el único lugar donde poder transmitir como dice Adolfo Sánchez aquello por lo que algún día fueron arrojados al exilio.
Supieron construir una memoria de su pasado que, como decía, Walter Benjamín, no debe tomarse como algo que fue y ya no es, es decir, no como algo fijo, inerte, sino como algo privado de vida, como una carencia y, por tanto, como un deseo (frustrado) de realización. Toda vida frustrada es una pregunta que espera respuesta. Olvidarlas, por ello, es una injusticia, una tontería. Porque la realidad no es sólo lo fáctico, lo que ha llegado a ser, sino también lo posible: lo que fue posible entonces y no pudo ser; lo que hoy sobrevive como posibilidad por estrenar. El exilio permanece no sólo en el recuerdo y en la obra que perdura de esos años, sino también en la tensión no resuelta entre poder y querer de la manera en como Brecht habla en su poema A los Descendientes. Ahí pide a los nietos e hijos que se acuerden de los abuelos y padres, pero no de los éxitos que ciertamente tuvieron, sino de sus fracasos, para que ellos hagan realidad sus sueños.
Nosotros, que quisimos abonarla tierra
para la amabilidad,
no supimos ser amables.
Pero vosotros, cuando consigáis
que el hombre sea ayuda para el hombre,
acordaos de nosotros con indulgencia.
Yo no estaban allí. Yo, desde luego, no había nacido. Se que en México, como lo mencionaba Jesús Reyes Heroles, ex Secretario de Educación en uno de los primeros congresos realizados en España para recuperar la memoria del exilio, contaron con un requisito esencial: el derecho de pensar lo que quisieran y poder expresarlo y que, sin perder sus raíz, adquirían otra que estaba más allá de su tierra, o mejor dicho, se convertían en seres con una raíz que se bifurcaba. Se que a la mayoría les preocupaba el legado que dejaban a sus compatriotas y descendientes el cual consistía únicamente, según Max Aub, en “la fe en el pueblo español y la constancia de nuestras equivocaciones”. Nada menos y nada más: la honestidad, la mayor lección.
En relación a esa honestidad hay un tercer punto importante que también merecería rescate dentro del mundo del exilio. Fue la casa de mi abuela, como la de muchos españoles ejemplo para ayudar a los muchos miles de exiliados que llegaron a México en décadas posteriores a ellos. Mi abuela nunca negó la mano a ningún chileno, argentino, colombiano o nicaragüense que llegó a casa. En una cadena de favores sólo explicable por el arraigo de las ideas de fidelidad a la libertad y democracia, a esa honestidad, la casa de muchos exiliados, se convirtieron en centro de apoyo y ayuda para los exiliados que las dictaduras latinoamericanas fueron dejando la segunda mitad del siglo XX. Hoy, no me extraña que el destino me haya colocado en Valencia, conociendo otros a mexicanos que han venido a estudiar porque “tenían que conocer la España que contaba aquel padrino exiliado, amigo o vecino español” ni que en esta Universidad de Valencia fuera un exiliado guatemalteco el que viniera a hablarnos de Gaos, el exiliado español, que le ayudo al llegar a México. El mundo, en el regreso, es un verdadero pañuelo.
A mí esas historias, contadas por la abuela, a veces realizadas en un lugar muy lejos de mi México, esas visitas de otros a casa, me dieron un caballo como diría Rosario Castellanos. La posibilidad de haber podido escuchar esas historias me hace sentir orgullosa de aquel país de los años cuarentas, de esa nación libre que supo acoger a quienes llegaban necesitados de libertad. Neruda lo dijo: “México, has abierto tus puertas y tus / manos al errante, al herido / al desterrado, al héroe”, que no impide sentirme entristecida por la miopía política, que contrario a aquellos días, lo desangran hoy. En suma, en el exilio se escribió un capítulo de la historia de España que no podía escribirse en su propio suelo. Ahora, España abre las puertas a la España transterrada, y se encuentra que no es sólo mexicana, ni española sino universal. A los que preguntan porque regresar al exilio, yo contesto que se trata de una razón vital la que hace que no podamos doblar esta página: la página de nuestras vidas que el exilio llenó, aquí y allá.
Por ello me gusta recordar cada vez que vengo a este edificio de la Nau a aquel exiliado que vino tocando una puerta en pos de su biblioteca y que ya presagiaba esa conexión que nos uniría en extensión como regreso, en la memoria de la historia. Lo hacía precisamente bajo la sombra de Luis Vives, el exiliado valenciano que regresó, que supo hacer precisamente de la extensión en el exilio su retorno:
“Salgo por la calle de la Nave,- dice Aub- me vuelvo para ver a Vives, impasible en su oscuro bronce. Me acuerdo de Siqueiros cruzando por aquí – con botas de montar- a dar su conferencia: No hay más ruta que la nuestra. (Nuestra de México, de España) Ayer.
AUB Max, La Gallina Ciega Diario Español, Ed.Alba 1995, Barcelona p.156.
Ibid, p. 542.
AUB Max, Campo almendros El laberinto Mágico VI, Ed. Alfaguara Madrid, 1981 p. 425.
AUB Max, El Remateen Enero sin Nombre Los Relatos Completos del laberinto Mágico
Ed Alba Barcelona 1995, p.481.
BENEDETTI Mario, El Desexilio y otras conjeturas Ed. El País, Madrid, 1984, p. 40.
Op. Cit, Campo de los Almendros p. 423 -424
Op. Cit La Gallina Ciega, p. 564. Las cursivas entre paréntesis son mías.
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