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Dado que, en lo tocante a cuestiones prácticas, existen
opiniones, doctrinas y argumentos para todos los gustos, el paso
más conveniente para iniciar una crítica de la
razón práctica es probablemente el de "limpiar el campo
de maleza", y descartar a priori
todas aquellas líneas argumentales que, por su naturaleza, son
necesariamente dogmáticas. Una vez hayamos descartado los
materiales
inadmisibles a la hora de construir un edificio sólido,
estaremos en condiciones de valorar lo que nos queda y determinar
qué podemos hacer con ello.
La Ética y el "sentido
común" Es un hecho que todo ser humano tiene una
opinión formada sobre lo que está bien o lo que
está mal. Más que una opinión, sería
más adecuado decir un criterio, pues, ante una situación
novedosa, la mayoría de la gente apenas necesita unas
décimas de segundo para concluir si alguien ha obrado bien o
mal. Así, por ejemplo, prácticamente toda la humanidad
estará de acuerdo en que si alguien toma un arma, sale a la
calle y mata al primero que pasa sólo porque le resulta
divertido, eso está mal. Sin embargo, si preguntamos a la gente
por qué está mal, muchos necesitarán mucho
más de unas décimas de segundo para improvisar una
respuesta coherente, que en la mayoría de los casos no
será
más que una tautología (como matar está mal porque es un
asesinato), o un dogma descarado (como matar está mal porque es pecado),
o simplemente una alusión al sentido
común (como eso es
así, todo el mundo lo sabe), por destacar unas pocas
opciones. Vemos, pues, que el sentido común proporciona
respuestas, pero no respuestas argumentadas. Más precisamente:
el sentido común proporciona respuestas y, en caso de que se le
reclamen argumentos, busca argumentos que se ajusten a las respuestas
prefijadas, que es justo lo contrario de lo que cabe exigir a un
planteamiento racional: las conclusiones deben supeditarse a los
argumentos, y no al revés.
Esto no significa que el sentido común sea un mero surtidor
de disparates irracionales. Lo que sucede es que la "lógica" del
sentido común es la lógica interna del cerebro humano, la
misma lógica subconsciente que emplea, por ejemplo, para
interpretar coherentemente los datos que le llegan de los sentidos,
basada en un complejo y eficiente sistema de criterios
heurísticos que aventaja con creces a todo lo que el hombre ha
logrado hasta hoy en el campo de la inteligencia artificial.
Preguntarle a alguien que no haya reflexionado nunca sobre ética
por qué matar está mal es como preguntarle por qué
afirma que lo que está viendo ante sí es una mesa. Uno no
es consciente del proceso que el cerebro ha tenido que seguir para
analizar unas sensaciones visuales y concluir que conforman la imagen
de una mesa, del mismo modo que no es consciente del análisis
que ha hecho su cerebro para concluir que matar está mal.
El cerebro humano es una herramienta bien adaptada para la vida
cotidiana. Todos necesitamos saber algo de física para
sobrevivir en el mundo, pero no necesitamos haber estudiado
física, sino que la "física del sentido común" nos
basta para evitar que se nos caiga encima un armario, o que nos
atropelle un coche al cruzar la calle, etc. Ahora bien, sabemos que
cuando el sentido común trata de extrapolar sus nociones de
física para aplicarla en contextos que no le son familiares
puede contradecir de lleno a la física "de verdad", a la
física deducida racionalmente a partir de la experiencia. No es
descabellado esperar lo mismo del "sentido común
práctico": las respuestas que proporciona pueden ser una buena
aproximación a una solución racional de un problema
ético, especialmente si la situación planteada se da con
frecuencia en la vida cotidiana, pero ni tenemos garantías de
que vaya a ser así, ni podemos confiar en su exactitud, es
decir, en que haya tenido en cuenta todos los factores relevantes.
Más precisamente: es imposible que el sentido común
sea absolutamente fiable. Por ejemplo, hay mucha gente convencida (por
el mero sentido común, sin argumentos previos) de que abortar
está mal, mientras que a otros tantos el sentido común
les lleva a la conclusión contraria. Por consiguiente, si existe
realmente una Ética (racional) capaz de determinar si abortar es
malo o no, tendremos que concluir, cualquiera que sea el veredicto, que
a mucha gente le engaña su sentido común.
La conclusión que queremos destacar es que, en vista de lo
dicho, sería dogmático aceptar un juicio práctico
sin más criterio que el sentido común, como
también lo sería descartar una conclusión por el
mero hecho de que se oponga a nuestro
sentido común. Más precisamente: la Ética no puede
someterse al sentido común, sino que debe juzgarlo para
determinar su grado de fiabilidad. En particular, aceptar un juicio
ético simplemente por el dictado del sentido común es
dogmático.
Esto no significa que el sentido común no pueda acertar en la
mayoría de los casos en que se apela a él, pero para un
fundamento racional de la Ética no sólo necesitamos
respuestas, sino también argumentos que las justifiquen. Nadie
duda de que matar por diversión al primero que pase por la calle
está mal. Una teoría ética que afirmara lo
contrario sería como una teoría física que
afirmara que los cuerpos caen hacia arriba: podemos jugarnos el cuello
a que algún error hemos cometido al convencernos de que era una
buena teoría; pero necesitamos un argumento sólido que
justifique que matar indiscriminadamente está mal, no ya para
convencernos de ello —que ya estamos convencidos— sino porque si
sabemos argumentar por qué está bien o mal lo que nadie
duda que está bien o mal —honestamente, es decir, sin
amañar nuestros argumentos para llegar a la conclusión a
la que queremos llegar—, entonces estaremos en condiciones de llegar a
conclusiones racionales en los casos en los que ya no hay unanimidad
sobre si algo está bien o mal.
Por consiguiente, podemos considerar al "sentido común" como
un referente, en el sentido de que si llegamos a conclusiones
racionales que coincidan con el sentido común podremos
interpretarlo como un indicio de que "vamos por buen camino", mientras
que si nuestras conclusiones racionales contradicen en algo al sentido
común, convendrá prestar atención y revisar
nuestros argumentos, entendiendo que caben igualmente dos
posibilidades: que hayamos cometido algún error, o bien que
estemos en un punto en el que el sentido común no es fiable.
La "ética del sentido común" es lo que los
relativistas éticos consideran que es la ética: un
producto cultural. Nos lamentábamos en la página
precedente de que la civilización occidental no haya sido capaz
de desarrollar la Ética análogamente a como ha
desarrollado la Ciencia, pero debemos reconocer que sí que ha
desarrollado y depurado una doctrina ética no argumentada, es
decir, una ética basada en el "sentido común", aceptada
mayoritariamente, y que, aunque no trata (o, por lo menos, no resuelve)
cuestiones polémicas, consideramos que es poco menos que
ejemplar. Este cuerpo de doctrina no se halla en las obras de
ningún filósofo (la obra de los filósofos no es en
absoluto representativa), sino en las películas típicas
de Hollywood. Éstas
suelen ser muy poco respetuosas con la razón teórica,
pues los guionistas se complacen en presentarnos situaciones
físicamente imposibles, pero, por el contrario, son
modélicas en las cuestiones prácticas: los buenos obran
bien hasta la perfección (y, si obran mal en un momento dado,
siempre terminan reconociéndolo y arrepintiéndose
sinceramente) y todas las maldades las hacen los malos.
Por ejemplo, es una situación típica que, a pocos
minutos de que termine la película, el bueno ha conseguido dejar
extenuado al malo. Se le presenta la ocasión perfecta para
matarlo de un tiro y acabar de una vez por todas con un ser tan odioso.
El público lo está deseando, incluso puede que el bueno
haga el ademán de dispararle, pero no lo hace, porque matar a un
ser inerme estaría mal. Ahora bien, en cuanto el bueno se da la
vuelta, el malo, con sus últimos alientos, trata de coger su
arma para disparar al bueno por la espalda. Entonces es cuando la chica
grita "¡Cuidado!" y el
bueno se gira y mata al malo, como único medio de salvar su
vida. Eso es distinto, porque matar en defensa propia no es malo. Una
película en la que el bueno matara al malo a sangre fría
desentonaría del estándar. Obviamente, no
podríamos poner la mano en el fuego por la totalidad de la
producción de Hollywood,
y seguro que un lector malicioso podría encontrar
contraejemplos,
pero, en general, la ética de las peliculas de Hollywood es poco menos que
perfecta.
(Quizá convenga aclarar que no estamos afirmando nada sobre
la correspondencia entre el cine y la realidad. Por ejemplo, en una
película en la que un comando americano se infiltre en un
país enemigo para acabar con unos malvados terroristas, podremos
constatar que los marines actúan como perfectos caballeros. No
afirmamos que eso sea lo que sucede en la realidad, sino sólo
que su actuación en la película es la de unos perfectos
caballeros escrupulosamente respetuosos con la Ética. En otras
palabras, no afirmamos nada sobre la ética del guionista, sino
sobre la ética del guión.)
Como aún estamos lejos de plantear los fundamentos racionales
de la Ética, en lo sucesivo trataremos de emplear ejemplos (con
valor ilustrativo, nunca argumentativo) que no resulten
polémicos para ningún lector razonable, es decir,
ejemplos que no contradigan al sentido común de ningún
lector o, dicho más gráficamente, que cuando afirmemos
que algo está bien será algo que cualquier espectador
vería con buenos ojos en el protagonista de una película
típica de Hollywood,
mientras que cuando afirmemos que algo está mal será algo
que sólo sería admisible en una película si es el
malo quien lo hace. Si uno mata a su madre porque a la comida le
faltaba sal, está obrando mal, y si el lector no tiene esto
claro no va a ganar nada leyendo estas páginas. Será
mejor que se busque otra lectura. De todos modos, si inadvertidamente
se hubiera "colado" algún ejemplo polémico, el lector
debería poder reemplazarlo sin dificultad por otro igualmente
ilustrativo y libre de polémicas.
La Ética y los sentimientos
Hay gente que da limosna a los pobres porque los pobres le dan pena,
hay madres que cuidan y protegen a sus hijos movidas por el amor
maternal, hay gente que si —por accidente— causa algún
daño, confiesa su culpa porque siente un remordimiento que no le
permite otra opción. En suma, hay gente que obra bien movida por
sus sentimientos. Si a alguien así le preguntamos por qué
es malo matar, tal vez nos responda que porque sería una
lástima truncar una vida. ¿Es ése un argumento
válido? Obviamente no. Afirmamos que cualquier juicio
ético basado en un sentimiento es dogmático y, por
consiguiente, inadmisible como fundamento (racional) de la Ética.
En efecto, por una parte, no todos tenemos los mismos sentimientos.
Por ejemplo, hay gente a quien la idea de matar un feto le da
lástima y gente a quien no le da lástima en absoluto. Si
tuviéramos que fundar la Ética en los sentimientos,
tendríamos que admitir que abortar es malo para unos (los que
sienten lástima de los fetos) y no lo es para otros (los que no
sienten lástima de los fetos). Los antiabortistas podrían
ganar algunos partidarios mostrando fotos y vídeos de pobres
fetos agonizantes, pero seguiría habiendo personas a las que eso
no le impactara y, si la maldad consistiera en desatender la
lástima, nadie podría acusarlas de obrar mal por abortar,
ya que hablamos de personas que no sienten ninguna lástima que
puedan desatender.
Por otra parte, los sentimientos pueden ser buenos y malos.
¿Qué ocurre si, a alguien, matar no le produce
lástima, sino placer? Alguien así podría
argumentar que matar es bueno porque provoca buenos sentimientos.
Más aún, un sentimiento comúnmente tenido por
bueno puede inducir a malas acciones. Pongamos que una mujer va a morir
porque necesita un trasplante de corazón y no hay donantes. Su
marido descubre que una cierta persona (viva) sería un donante
válido para su esposa, así que lo mata para que su mujer
pueda recibir el corazón que necesita. Lamenta profundamente lo
que hace, pero el sentimiento de piedad que le inspira su
víctima es eclipsado por la pena que le produce la idea de que
su mujer vaya a morir. ¿El hecho de que haya matado por amor a
su mujer se traduce en que su acción es buena?
Otro ejemplo: una madre descubre accidentalmente que su hijo es un
terrorista y que está planeando matar a un inocente la semana
próxima. Intenta convencerlo de que no lo haga y, ante su
negativa, lo amenaza incluso con denunciarlo a la policía, pero
el hijo le responde: Si quieres ir a
la policía, no te lo impediré, pero ya he matado otras
veces, y si me denuncias la policía podrá relacionar mi
ADN con los otros atentados que he cometido, con lo que seré
condenado por asesinato y pasaré treinta años en la
cárcel. La madre no aprueba la conducta de su hijo, pero
su amor maternal no le permite ser la causa de que su hijo pase su vida
en la cárcel, así que no lo denuncia y el hijo lleva a
cabo con éxito el atentado planeado. ¿Ha hecho bien la
madre guiándose por su amor maternal?
Vemos así que, si hubiera de existir una Ética
objetiva basada (total o parcialmente) en los
sentimientos, sería necesario distinguir qué sentimientos
son buenos y
cuáles no. Los ejemplos anteriores muestran que para ello no
bastaría clasificar los sentimientos a priori, (odio = malo, amor
maternal = bueno, etc.), sino que sería necesario
determinar si un sentimiento dado es bueno o malo en un contexto dado.
Concretamente, tendríamos que considerar buen sentimiento a
cualquiera que mueva a una buena acción, y mal sentimiento a
cualquiera
que mueva a una mala acción, pero entonces estaríamos
igual que al
principio: necesitaríamos distinguir qué acciones son
buenas y cuáles
malas para poder distinguir qué sentimientos son buenos y
cuáles malos,
pero, si ya supiéramos distinguir las buenas de las malas
acciones sin
apelar a los sentimientos (pendientes de juicio), ¿para
qué necesitaríamos los sentimientos (a efectos
teóricos)?
Nadie discute que los sentimientos desempeñen un papel muy
efectivo en la regulación de la conducta de muchas personas. Una
persona con buenos sentimientos puede dejarse guiar por ellos con la
confianza de que, normalmente, actuará de forma
éticamente correcta,
aunque, si no es capaz de racionalizar su conducta, puede ocurrir
—aunque sea poco probable— que en un momento dado sus sentimientos la
traicionen y la lleven a obrar mal creyendo que obra bien. Es frecuente
identificar el "carecer de
sentimientos" con ser malo o cruel. Esto no se sostiene: por una
parte, una persona cruel puede tener sentimientos como cualquier otra
(por ejemplo, puede sentir placer cuando maltrata a otra persona) y,
por otra parte, alguien que realmente carezca de sentimientos puede ser
una persona ejemplar. Basta con que no trate de regular su conducta
tomando como base sus sentimientos inexistentes, sino que lo haga
guiado por la razón. Si a alguien no le produce pena o
remordimiento alguno matar, pero no mata porque tiene asumido que matar
es malo, ¿es menos buena persona que otra que no mate porque
hacerlo le provocaría pena y remordimiento?
En resumen: dado que los sentimientos pueden ser buenos o malos,
necesitan ser juzgados (por la razón), luego si alguien invoca a
un
sentimiento para justificar que una acción es buena o mala, se
le habrá
de exigir que justifique que el sentimiento al que apela es bueno o
malo, lo cual
equivale a juzgar si la acción que desencadena o reprime es
buena o
mala, con lo cual estamos como al principio y la invocación al
sentimiento no ha aportado nada en limpio. Apelar a un sentimiento sin
justificar éste a su vez, es dogmático y, si se
justifica, el sentimiento se vuelve superfluo en el argumento.
En este punto es crucial no confundir lo dicho con algo
completamente distinto y que nadie pretende afirmar. No estamos
diciendo que los sentimientos sean irrelevantes en las cuestiones
éticas. Sólo estamos afirmando que son inadmisibles como criterios de juicio, lo cual no
significa en absoluto que no puedan ser cruciales como elementos de juicio, es decir como
elementos esenciales para determinar un problema ético. Veamos
un ejemplo:
A y B han compartido un piso alquilado durante unos años, pero, recientemente, A se ha mudado a un piso propio. Un día, B descubre que A se ha dejado olvidada una foto de sus padres, y la coge y la tira a la basura. ¿Ha obrado mal B?
No hay suficientes datos para responder. Vamos a considerar dos
casos distintos:
Primer caso: Los padres de A han muerto, y esa foto era el único recuerdo que a A le quedaba de sus padres. B es consciente de ello, y sabe perfectamente que A se llevará un profundo disgusto cuando descubra que ha perdido la foto.
Segundo caso: Los padres de A siguen vivos, A tenía esa foto en su habitación porque le gusta tener a la vista una foto de sus padres, pero tiene muchísimas otras y ni siquiera ha advertido su pérdida, porque al instalarse en su nuevo piso ha colocado otra en su nueva habitación. B sabe perfectamente que esto es así y que, para A, sería más molestia volver por la foto olvidada que hacer una nueva foto a sus padres, si es que quisiera reponerla.
Suponemos que el lector estará de acuerdo con nosotros en que
en el primer caso B ha hecho mal, pues al destruir la foto ha herido
los sentimientos de A. Lo que debería haber hecho B es llamar a
A y
advertirle que la foto está en su piso, con lo que A se
habría
apresurado a volver por ella. Por el contrario, en el segundo caso
la acción de B es irrelevante (ni buena ni mala), pues hubiera
sido lo mismo si, en lugar de la foto, se hubiera encontrado una moneda
de escaso valor y, en lugar de importunar a A advirtiéndole que
se le ha olvidado una moneda, se
la hubiera quedado sin más, dando por hecho que a A no le
importará.
No necesitamos justificar aquí que B ha obrado mal en el
primer caso y no en el segundo. No estamos en condiciones de
justificarlo, pero no nos hace falta, pues lo único que queremos
ilustrar con este ejemplo es que lo dicho anteriormente sobre que los
sentimientos son inadmisibles como criterios de juicio no está
reñido con que, en un caso como éste, los sentimientos
que va a causar en A la acción de B sean decisivos para
determinar si la acción de B es mala o no. Sólo queremos
señalar que en ningún momento hemos afirmado que los
sentimientos de A no sean relevantes. Más claramente:
Dicho con otras palabras: lo racionalmente irrelevante son los
sentimientos del juez, no los sentimientos de las partes. Es
dogmático juzgar a partir de los sentimientos que suscitan los
hechos, pero un juicio justo deberá tener en
consideración necesariamente los
sentimientos de las partes implicadas en un problema ético. Los
sentimientos de las partes son un dato objetivo de un problema
ético (no podemos cambiarlos sin cambiar el problema), mientras
que los sentimientos del juez serían un
elemento subjetivo, pues jueces distintos podrían experimentar
sentimientos distintos ante el mismo caso, y no es admisible que esto
dé
legitimidad a sentencias distintas. Esto sería una forma de
relativismo ético y, por consiguiente, la negación de la
existencia de la Ética como teoría racional.
A
menudo sucede que alguien es a la vez juez y parte en un problema. En
tal caso, un juicio racional exige distinguir cuidadosamente los
sentimientos propios en calidad de parte de los sentimientos en calidad
de juez. Por ejemplo, si B se está planteando (en el primer
caso) si llama a A para avisarle de que se ha dejado olvidada la foto y
se pregunta si haría mal en tirarla a la basura, y si
además B considera
que A es un antipático y no le causa pena ni remordimiento
alguno la idea de tirar la foto, hasta ahí B no tiene de
qué avergonzarse, pues nadie lo puede obligar a sentir afecto
por A, pero esa ausencia de pena y remordimiento no es base racional
para concluir que B no hace mal tirando la foto. La acción de B
será buena o mala con independencia de si a B —o a cualquier
otro distinto de A— le da pena o no que A se lleve un disgusto.
Por otra parte, si A se entera de lo sucedido y concluye que B ha
obrado mal debido al daño psicológico que le ha causado,
tiene derecho a tener en consideración sus propios sentimientos
al llegar a su conclusión, pues sus sentimientos son relevantes
en calidad de parte afectada, independientemente de que sea él
mismo quien está juzgando la acción de B. Insistimos en
que no pretendemos que nada de lo dicho aquí se entienda como un
argumento en favor de la culpabilidad de B (en la que creemos, aunque
aquí no estamos en condiciones de argumentarla).
Quizá convenga comparar este caso con otro: B es una madre
que lleva a su hijo A a que le pongan una vacuna. El niño A sabe
lo que es una inyección y se pasa todo el camino al hospital
llorando desesperadamente, sin que B pueda hacer nada para evitarlo
(salvo no llevarlo al hospital, cosa que no está dispuesta a
hacer). Tenemos así dos casos en los que un B hace algo a un A
que le causa un dolor lastimoso. A la hora de juzgar si la conducta de
B es mala o no, hemos de prescindir de la posible pena que nos cause el
sufrimiento de A. Aquí no negamos —y más adelante
afirmaremos— la necesidad de tenerlo en cuenta, pues sin él no
habría caso, pero lo que hemos de analizar es si se justifica el
sufrimiento que B causa a A. Aunque aquí no podemos
argumentarlo, el lector convendrá con nosotros en que en el caso
de la foto no está justificado, mientras
que en el de la vacuna
sí que lo está.
La Ética y la religión
Son muchas las personas que confían a la religión el
fundamento último de sus convicciones morales: está bien
lo que Dios dice que está bien y está mal lo que Dios
dice que está mal. Resulta del todo evidente que este
planteamiento es descaradamente dogmático. Aparte de los dogmas
particulares que pueda contener un razonamiento específico
apoyado en la religión, a priori podemos asegurar que
éste tendrá cuatro puntos injustificables:
Por poner un ejemplo en concreto: si un creyente está
convencido de que abortar es malo porque los fetos tienen alma, por lo
que son seres humanos, y Dios prohibe matar a los seres humanos, y
además éste es el único argumento que se le ocurre
para condenar el aborto, no tendría nada que hacer contra
alguien que afirmara que, según su religión, sólo
los hombres tienen alma, pero las mujeres no, de modo que abortar fetos
varones es pecado, pero no así si el feto es hembra. Nos
encontraríamos con un postulado dogmático en
contradicción con otro postulado dogmático. Es verdad que
el segundo, al incluir una distinción arbitraria entre varones y
hembras, es más dogmático aún que el primero, pero
ser dogmático no es ni más ni menos dogmático que
ser dos veces dogmático. No podemos dirimir una
confrontación racional dando la razón al menos
dogmático de los dos. En una confrontación racional, todo
dogmatismo pierde de salida.
Más en general, si alguien sólo sabe argumentar que
matar es malo porque lo dice Dios, tendrá que reconocer que no
tiene ningún argumento racional para disuadirme —a mí,
que soy ateo— de que mate a quien me plazca. Afortunadamente para los
que me rodean, estoy convencido de que puede justificarse que matar es
malo sin necesidad de meter a Dios por medio.
No está de más advertir que, del mismo modo que nunca
hemos pretendido sugerirle a nadie que abandone el sentido común
o que no tenga en cuenta para nada sus sentimientos, tampoco le estamos
recomendando a nadie que reniegue de su fe. Tan sólo afirmamos
que la religión vale para lo que vale, a saber, para que cada
cual decida subjetivamente cómo orientar su propia vida y su
propia
conducta, pero que todo creyente debería ser consciente de que
no puede exigir al prójimo que comparta sus creencias
irracionales, que tiene todo el derecho de imponerse a sí mismo,
pero no a los demás.
La Ética y los principios
Hay quienes se abstienen de aludir a Dios o a sus mandamientos para
justificar sus juicios éticos y, en su lugar, aluden a "sus principios", y dicen cosas
como "no voy a hacer lo que me
pides, porque sería mentir, y mentir va en contra de mis
principios". Mientras que, según comentábamos, "carecer de sentimientos" tiene una
mala prensa sin justificación teórica, en cambio, "tener principios", "ser un hombre de
principios" está muy bien considerado, no menos
injustificadamente. Para empezar, unos principios pueden ser buenos o
malos. ¿Qué sucede si alguien adopta como principio "matar a todo aquel que tenga aspecto de
ser infeliz"? Uno puede argumentar que una forma de aumentar el
nivel de felicidad de la humanidad es disminuir el nivel de
infelicidad, por lo que matar a los infelices (aunque ellos no quieran
morir) es bueno, y adoptar semejante máxima como "principio". Si
el lector acepta que semejante "principio" es una atrocidad,
tendrá que aceptar que no basta con que alguien diga "estos son mis principios" para que
una acción esté justificada. Los principios han de ser
juzgados racionalmente, y si podemos juzgar los principios, entonces
podemos juzgar directamente los casos a los que pretendemos aplicarlos
sin necesidad de pasar por ellos. De hecho, no es una cuestión
de preferencias o de simplicidad, sino que, como vamos a ver, la mera
alusión a principios generales puede invalidar un argumento.
Pongamos un ejemplo concreto:
Un hombre quiere quedarse en casa una tarde para ver por televisión un partido de fútbol importante, pero tiene que trabajar, y su hijo le sugiere que le diga a su jefe que está enfermo, pero el padre replica: no puedo hacer lo que me pides, porque sería mentir, y mentir va en contra de mis principios.
Estamos de acuerdo en que el hombre haría mal en mentir a su
jefe
(aunque no podamos justificarlo aquí), pero afirmamos que el
argumento de los principios no es válido. En efecto, al apelar
al pretendido principio de "no
mentir", transformamos el problema de justificar que mentir al
jefe fingiendo una enfermedad está mal, en el problema de
justificar que mentir está mal en cualquier circunstancia, para
deducir después de ahí el caso particular que nos
interesa. Ahora bien, con esto hemos convertido nuestro objetivo en un
imposible, porque no es cierto que mentir esté mal en cualquier
circunstancia. Consideremos este ejemplo:
Llaman a la puerta del hombre del ejemplo anterior, y es una vecina que le dice: "por favor, escóndeme y llama a la policía, que me persigue mi marido con intención de matarme porque me he olvidado de poner sal en la comida". El hombre la deja pasar y le deja su teléfono para llamar a la policía, pero, mientras tanto, vuelven a llamar a la puerta, y es el marido, que lleva un cuchillo en la mano y le dice: "¿Has visto a mi mujer, que tengo que ajustar unas cuentas con ella?", y el hombre le responde: "Sí, está aquí en el salón de mi casa, debo decírtelo porque mentir va en contra de mis principios". Y como el marido-asesino es corpulento y nuestro hombre es más bien poca cosa, pese a que éste trata de impedirle la entrada —porque sus principios le dicen que debe ayudar a la pobre esposa— el hecho es que el marido-asesino lo aparta de un empujón, entra, mata a su esposa y se entrega a la policía cuando finalmente llega.
Aunque no podemos justificarlo aquí, confiamos en que el
lector esté de acuerdo con nosotros en que el hombre ha hecho
mal en decir la verdad al asesino, y que habría hecho bien
mandando sus principios a hacer gárgaras y mintiendo. Más
aún, seguro que el lector sabe encontrar ejemplos
—excepcionales, pero posibles— en los que matar sea bueno, o robar sea
bueno, etc. Así pues, si pueden darse casos en los que un
principio general no sea aplicable, cuando alguien pretende justificar
su conducta aludiendo a uno de "sus principios", hay que exigirle que
justifique por qué tal principio es aplicable bajo cualquier
circunstancia o, en caso de que admita la posibilidad de excepciones,
por qué el caso concreto considerado no puede ser una de esas
excepciones. Volviendo a nuestro ejemplo: si admitimos que, en algunos
casos, mentir no es malo, ¿por qué no puede ser uno de
esos casos el que se plantea ante la posibilidad de mentir al jefe para
ver el fútbol? No afirmamos —ni creemos— que lo sea, pero
habrá que justificarlo: tener un principio y aplicarlo a veces
sí y a veces no, sin dar cuenta de cuándo sí y
cuándo no, no es tener un principio, es tener una excusa
cínica.
Lo que sucede en la práctica es que mucha gente, con toda su
buena intención, se imagina algunos casos claros en los que
mentir
está mal, y de ahí extrae (irracionalmente) el principio
de que mentir está mal siempre. Luego, a la hora de aplicarlo,
si se encuentra con algún caso en el que el sentido común
le dice que procede mentir, simplemente se olvida del principio (lo
cual hasta le puede suponer un cargo de conciencia), y cuando su
sentido común le dice que no debe mentir, entonces se ampara en
él, de modo que el principio en cuestión es una mera
fachada: uno juzga primero (irracionalmente) si procede mentir o no, y
cuando la respuesta es que no, presenta el principio como "argumento",
cuando no es tal cosa ni por asomo.
Éste es buen lugar para denunciar cómo, a veces, los
principios o las creencias religiosas enmascaran una de las formas de
egoísmo más despreciables: hay quienes fingen preocuparse
por obrar bien, pero lo que realmente les preocupa, no es si obran bien
o mal, sino si pueden quedarse con la conciencia tranquila por haber
obrado de acuerdo con sus principios o creencias, sin importarles lo
más mínimo las consecuencias de sus actos. El caso del
hombre que dice al asesino dónde está su víctima
es un ejemplo de esta situación: alguien que actuara así
prefiere decir la verdad al asesino para no tener el cargo de
conciencia de haber mentido, antes que mentir y salvar la vida a la
mujer (lo cual no le produce cargo alguno de conciencia, pues —desde su
perspectiva farisea— el asesino no ha sido él, sino el marido).
Se trata, sin duda, de un ejemplo exagerado y caricaturesco, pero no es
difícil encontrar casos similares en la realidad.
Conclusión
Aunque hayamos puesto algunos ejemplos con carácter ilustrativo,
de toda la discusión precedente sólo pretendemos extraer
consecuencias puramente negativas: si alguien quiere llegar a
distinguir honestamente el bien del mal deberá meditar
seriamente sobre la cuestión teniendo claro a priori que debe
abstenerse en todo momento de aceptar juicios basados en un presunto
sentido común (disfrazado de "moral natural" o con cualquier
otro nombre), o en sus propios sentimientos, o en sus convicciones
religiosas, o en unos hipotéticos principios que esté
dispuesto a dar por válidos de forma dogmática. Quien
considere que así se queda sin argumentos, tendrá que
decidir entre aferrarse a sus dogmas favoritos, convertirse en un
escéptico práctico o seguir leyendo a ver si lo que sigue
le parece razonable y convincente.
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