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EL ENTENDIMIENTO Y LA RAZÓN

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Nos ocupamos ahora de lo que podríamos llamar el entendimiento en sentido estricto, es decir, en lo que supone entender la experiencia más allá del nivel intuitivo. Lo que hay más allá de la intuición es el pensamiento. Una cosa es intuir, es decir, ver, oír, tocar, etc. y otra cosa es pensar en lo que vemos, oímos, tocamos, etc. A la hora de analizar el pensamiento contamos con una posibilidad que simplifica mucho el trabajo: el pensamiento, al contrario que la intuición, puede expresarse completamente con palabras. Sin duda alguna es posible pensar sin palabras, y no vamos a entrar aquí en si es posible pensar algo sin palabras que no pueda expresarse adecuadamente con palabras. En la práctica nos basta con el hecho de que todos los pensamientos que nos van a interesar pueden, de hecho, ser expresados con palabras.

Con estas consideraciones, podemos decir que el entendimiento (en sentido estricto) interpreta las intuiciones en términos de lo que podemos llamar afirmaciones empíricas. Esta interpretación consiste en aplicar conceptos oportunos a las intuiciones (conceptos empíricos), de modo que podemos decir que una experiencia es una intuición conceptualizada. En esta conceptualización podemos distinguir a su vez varios niveles. En el nivel más elemental, el entendimiento puede expresar mediante afirmaciones la información que ya está contenida en las intuiciones, sin añadir nada, más bien eliminando mucho. A las afirmaciones que obtenemos al hacer esto podemos llamarlas afirmaciones intuitivas, y a los conceptos que involucran conceptos intuitivos.

Por ejemplo, retomando un ejemplo que ya habíamos considerado anteriormente, supongamos que hablo un rato con una persona y, cuando ya se ha ido, alguien me pregunta de qué color tenía los ojos. Esta persona ha estado ante mí y no llevaba nada que le cubriera los ojos, sin embargo, puede ocurrir perfectamente que yo no me haya fijado en ellos y no sepa de qué color son. No puedo decir que no lo sé porque se me ha olvidado, ya que nunca lo he sabido. Intrigado, la busco y vuelvo a hablar con ella, y entonces me fijo en que sus ojos son verdes. ¿Qué significa "me fijo"? Significa que mi entendimiento ha analizado mi intuición y ha extraído la afirmación intuitiva "Esta persona tiene los ojos verdes", ha aplicado el concepto intuitivo "verde" para describir un aspecto específico de una intuición.

No vamos a filosofar sobre si tiene sentido decir que he visto los ojos de una persona con la que he estado hablando si no me he fijado en ellos. Parece razonable decir que los ojos estaban en mi intuición, ya que estaban a mi disposición para que me fijara en ellos cuando quisiera, pero también es cierto que una intuición "a nuestra disposición" es casi lo mismo que nada si no me fijo en ella, si mi entendimiento no la traduce en pensamientos. En cualquier caso, no debería haber dudas acerca de que una cosa es ver algo verde y otra cosa distinta es ser capaz de decir "he visto algo verde". Lo segundo requiere el concurso del entendimiento en sentido estricto, más allá de su concurso a la hora de construir una intuición a partir de las sensaciones disponibles. Por otra parte, insistimos en que no es necesario pronunciar las palabras "sus ojos son verdes", ni siquiera mentalmente, para que podamos decir que esta información ha sido procesada por mi entendimiento; basta con que podamos hacerlo, ya que también podemos pensar sin palabras.

También ahora debería estar claro por qué hemos dicho que, en general, en la traducción a pensamientos de una intuición se pierde mucha información. Si digo que algo es verde, con ello no estoy expresando todos los matices que puede presentar el verde que estoy viendo. Puedo precisar mi afirmación diciendo que es verde claro, verde oscuro, verde turquesa, etc., pero no dejarán de perderse matices. De todos modos, esto es una mera afirmación psicológica, no trascendental, pues cabe imaginar que no fuera así. Por ejemplo, si quiero describir una imagen con total fidelidad en términos no intuitivos, sólo tengo que hacer una foto digital de calidad e imprimir la foto, no como imagen, sino como la lista de números que el ordenador que la contiene guarda en su memoria. Los números son palabras, son algo en lo que puedo pensar. Es cierto que, a partir de esos números, no soy capaz de reconstruir la imagen, pero eso es una carencia de mi conciencia. Cabría imaginar un ser consciente que fuera capaz de convertir esos números en intuiciones igual que un músico ve una partitura y se imagina la música.

Un concepto intuitivo no es más que un criterio (o una capacidad) que tiene mi entendimiento para decidir cuándo es adecuado y cuándo no es adecuado aplicarlo a una intuición dada. A menudo, los límites de su aplicabilidad son difusos. Por ejemplo, decir que yo entiendo el concepto de "verde" significa que soy capaz de reconocer como verdes las cosas verdes y de reconocer que no es verde una cosa que claramente es azul, sin perjuicio de que pueda encontrarme con algo de color verde azulado hasta el punto que vacile en calificarlo de "más bien verde" o "más bien azul". De todos modos, esto no significa que no tenga claro lo que significa "verde" o "azul", sino que la intuición que estoy teniendo no se ajusta propiamente a ninguno de los dos conceptos y pretendo usarlos por proximidad.

El entendimiento también puede dudar, o equivocarse, al aplicar un concepto por cuestiones de precisión. Por ejemplo, ya hemos comentado que mi entendimiento tomará por recto el horizonte en el mar, cuando en realidad es un arco de circunferencia. Sin ánimo, una vez más, de entrar en una discusión bizantina, quizá sería más acertado decir que el horizonte es intuitivamente recto, pues mi entendimiento estima correcto aplicarle el concepto intuitivo de "recta", mientras que la afirmación "en realidad no es recto", que es cierta, no es una afirmación intuitiva, sino una afirmación racional, en un sentido que explicaremos más adelante.

No debería desconcertar a nadie que los conceptos intuitivos no puedan ser definidos con palabras, salvo aludiendo a intuiciones, como si definimos el azul como el color del cielo. Ello es debido a que el contenido de los conceptos intuitivos son las intuiciones a las cuales es aplicable, y las intuiciones no son palabras. Esto no excluye que unos conceptos intuitivos puedan definirse a partir de otros, como cuando definimos un triángulo como un polígono de tres lados.

Si, en general, el pensamiento es más pobre que la intuición cuando trata de competir con ella, no es menos cierto que el pensamiento incorpora a nuestras experiencias mucha más información de la que cabe en una intuición. Supongamos, por ejemplo, que oigo el timbre de mi casa. Si en ese momento estuviera charlando con un nativo de una tribu africana que no supiera nada sobre las costumbres occidentales, él y yo tendríamos la misma intuición, a saber, la de un sonido con unas características determinadas. Su entendimiento y el mío podrían traducir a palabras esa intuición de la misma forma, pero mi entendimiento me diría a mí más que a él, hasta el punto de que, hablando grosso modo, podríamos decir que yo entendería la intuición y él no. Sólo yo podría entender que lo que ha pasado es que "alguien ha llamado al timbre" y que, por consiguiente, que "alguien está esperando que le abra la puerta". Estas dos afirmaciones son de naturaleza muy distinta a la afirmación intuitiva "he oído un sonido" y, a su vez, son muy distintas entre sí. Ninguna de las dos es intuitiva. Los conceptos de "llamar" o "timbre" no son intuitivos.

Para empezar, el sonido que oigo no me informa de su procedencia. Puedo intuir de qué zona proviene, pero no que proviene de un determinado aparato eléctrico que no estoy viendo y que está situado en una habitación cercana (el recibidor de mi casa). La prueba de ello es que es imposible que mi invitado africano pueda deducir todo eso por sí mismo de la intuición que recibe (la misma que recibo yo). Nuevamente estamos ante un mensaje que no puede leerse si no se dispone a priori del código en que está escrito. La "gramática" que necesita el entendimiento para entender las intuiciones es la ciencia, en el sentido más amplio del término, es decir, el conocimiento del mundo. Para reconocer un timbre cuando suena, no basta con tener buen oído; hace falta saber a priori qué es un timbre y, en el ejemplo que estamos considerando, saber que en mi casa hay uno, saber cómo suena, etc.

Pese a todo, es correcto decir que sé que suena el timbre de mi casa porque lo estoy oyendo, es decir, que tengo la experiencia que puede expresarse mediante la afirmación empírica "llaman al timbre". En cambio, no puedo decir lo mismo de "alguien está esperando que le abra la puerta". No tengo ninguna experiencia acerca de este hecho. Esto no lo sé porque me lo muestre la experiencia, sino que lo deduzco racionalmente de mi experiencia "llaman al timbre". Estamos ante un ejemplo de afirmación racional.

Antes de extraer consecuencias, vamos a considerar otro ejemplo que muestra más claramente la diferencia entre las afirmaciones empíricas y las racionales: Ahora mismo tengo ante mí un bolígrafo. Mi bolígrafo es un fenómeno, un objeto que me es dado en la experiencia. Es esto que estoy viendo y que puedo tocar y coger con mis manos. Yo tengo conocimiento de su existencia a partir de ciertas sensaciones visuales y táctiles que mi entendimiento convierte primero en la intuición de un determinado objeto con una forma, tamaño y tacto determinados, y, en una segunda fase, interpreta esta intuición como correspondiente a un bolígrafo, que está hecho de plástico, que sirve para escribir, etc. Cuando digo que realmente hay un bolígrafo ante mí no estoy diciendo sino que puedo verlo y tocarlo, y que no hay razón para suponer que esté siendo víctima de ninguna clase de alucinación. Esto es lo que significa "aquí tengo un bolígrafo", ni más ni menos. Es una afirmación empírica, justificada por mi experiencia.

Supongamos ahora que guardo el bolígrafo en un cajón de mi mesa. Al cabo de un rato, viene alguien que me pregunta si tengo un bolígrafo y yo le respondo que sí, que hay uno en el cajón de mi mesa. ¿Cómo sé yo esto? Cuando el bolígrafo estaba ante mí, podía decir que sabía que estaba ahí porque me lo mostraba la experiencia, pero, ahora no tengo experiencia alguna de mi bolígrafo. No puedo verlo ni tocarlo y, pese a ello, afirmo que dentro del cajón de mi mesa hay un bolígrafo. Antes podía decir que el bolígrafo del que hablaba era el fenómeno que estaba viendo y tocando, pero ahora no experimento ningún fenómeno al que pueda llamar bolígrafo, de modo que ¿a qué estoy llamando bolígrafo? Si digo "antes había un bolígrafo encima de la mesa", esto es una afirmación empírica en la que hablo de un determinado fenómeno, pero si digo "ahora hay un bolígrafo en el cajón de la mesa", esto no es una afirmación empírica, ni tengo intuición alguna que pueda entender como el fenómeno "un bolígrafo ahora" ("un bolígrafo antes" sí, pero "un bolígrafo ahora", no).

Obviamente, puedo abrir el cajón y constatar que, en efecto, contiene un bolígrafo, pero esto no responde a ninguna de las preguntas que estamos haciendo. Si he metido el bolígrafo en el cajón a las 10 y he vuelto a abrirlo a las 10'15, tengo empíricamente comprobado que había un bolígrafo en el cajón a las 10 y que hay un bolígrafo en el cajón a las 10'15, pero no tengo ninguna experiencia en la que pueda fundarse mi afirmación "a las 10'05 había un bolígrafo en el cajón". Esta afirmación no es empírica en absoluto.

Para algunos filósofos empiristas, observaciones tan elementales como ésta resultan traumáticas, y se han considerado obligados a buscar explicaciones peregrinas, como que el bolígrafo existe a las 10'05 porque Dios lo ve todo y, sin duda, también ve el bolígrafo dentro del cajón. Como suele suceder, Dios está de más en cualquier planteamiento racional.

Sólo hay una interpretación posible de estos hechos que, por otra parte, es completamente satisfactoria: en primer lugar hemos de admitir que el concepto general de "mi bolígrafo" no es empírico, sino que es un concepto racional, es decir, un concepto cuyo uso no está regulado por mi entendimiento, sino por mi razón. Cuando mi entendimiento me dice que hay un bolígrafo en el cajón de mi mesa (antes de que lo cierre), mi razón traduce esta afirmación empírica sobre mi experiencia en una afirmación racional sobre el mundo: "en un lugar del mundo, a saber, en el cajón de mi mesa, está mi bolígrafo." El proceso completo es:

  1. Tengo unas sensaciones, con las que mi intuición se forma una imagen, la imagen del cajón de mi mesa abierto con el bolígrafo dentro y que se va cerrando hasta que deja de verse el bolígrafo.
  2. Mi entendimiento interpreta esa intuición reconociendo en ella mi bolígrafo como fenómeno y el cajón de mi mesa cerrándose. (Una cosa es ver un cajón y otra cosa reconocerlo como tal. Lo primero corresponde a la intuición y lo segundo al entendimiento.)
  3. Mi razón interpreta esta experiencia como un hecho sobre el mundo: he guardado mi bolígrafo en el cajón de mi mesa.

El punto crucial es que esta tercera afirmación ha sido "leída" de una experiencia, pero en sí misma no es una afirmación empírica. Desde un punto de vista racional, tiene sentido decir que el bolígrafo sigue ahí después de cerrar el cajón. Para afirmar esto no me baso en ninguna experiencia sobre mi bolígrafo, ya que no tengo ninguna relevante (tengo experiencias anteriores y posteriores, pero no del intervalo de tiempo en que el bolígrafo permanece dentro del cajón). Las afirmaciones racionales se deducen lógicamente a partir de las afirmaciones científicas sobre el mundo. Uno de los hechos científicos que sé sobre el mundo (más adelante discutiremos por qué puedo decir que lo sé) es que los objetos no desaparecen ni cambian de lugar atravesando recipientes de madera. Por lo tanto, si he metido el bolígrafo en el cajón y nadie ha abierto el cajón desde entonces, deduzco, a partir de premisas científicas que supongo a priori, que el bolígrafo sigue en el mismo sitio. Yo sé empíricamente que he dejado el bolígrafo en el cajón y sé racionalmente que el bolígrafo sigue ahí, aunque no lo vea.

Lo que llamamos ciencia es un sistema de afirmaciones sobre el mundo que podemos dividir en dos clases:

  1. Principios generales o leyes científicas sobre el mundo. Son afirmaciones universales, como "los bolígrafos no desaparecen en la nada", "la madera es combustible", "los electrones tienen carga eléctrica negativa",  "si a una persona se le corta la cabeza, se muere", etc. Están estructuradas lógicamente, de modo que unas pueden deducirse de otras, pero las más generales tienen que postularse a priori. Luego discutiremos con qué derecho, pero es indudable que no puedo considerar que una afirmación como "los bolígrafos no desaparecen" la conozco a posteriori. Aunque nunca haya visto desaparecer un bolígrafo en la nada, eso no me garantiza que mañana no pueda ver cómo un bolígrafo se volatiliza ante mis ojos. La afirmación "nunca he visto desaparecer un bolígrafo" es empírica, la afirmación "los bolígrafos no pueden desaparecer" no lo es: o bien la supongo a priori (ya veremos con qué derecho), o bien puedo deducirla lógicamente de otros principios científicos más generales, como los que establecen bajo qué condiciones puede desaparecer la materia (reacciones nucleares, contacto con antimateria, etc., en suma, nada de lo que mi bolígrafo deba preocuparse.)
  2. Afirmaciones concretas sobre el mundo. Son afirmaciones particulares que pueden fundarse en la experiencia (como "he metido un bolígrafo en mi cajón") o bien deducirse lógicamente tomando como premisas otras afirmaciones similares y algunos principios generales. De entre ellas, algunas son por naturaleza no empíricas, en el sentido de que es lógicamente imposible constatarlas empíricamente (como "el bolígrafo sigue en mi cajón mientras nadie lo ve"), mientras que otras, a pesar de haber sido obtenidas racionalmente, sí que son susceptibles de ser comprobadas empíricamente (como "si abres el cajón verás un bolígrafo"). 

Ahora debería de estar claro cuál es el papel que representa la razón en el proceso que llamamos conocimiento: la razón se ocupa de construir una representación ideal a la que llamamos el mundo. Construir un mundo es fácil, muchos novelistas construyen mundos más o menos detallados. Aunque no sea lo más habitual, un novelista puede diseñar un mundo que tenga su propia física, su propio espacio, su propio tiempo, sus propios hechos, etc. Así como para diseñar experiencias necesitamos, en principio, algo así como Matrix, para diseñar mundos sólo hace falta un papel y un bolígrafo. Sin embargo, el objetivo de la razón no es así de fácil. La razón pretende representarse un mundo tal que aquellas afirmaciones sobre el mismo que puedan ser contrastadas empíricamente se vean confirmadas y nunca refutadas por la experiencia, mientras que aquellas afirmaciones que, por su naturaleza, no puedan ser contrastadas empíricamente se reduzcan a las imprescindibles para reflejar todas las conexiones posibles entre las afirmaciones empíricas.

Ésta es la finalidad básica de la razón: conectar experiencias. Toda conexión entre experiencias trasciende necesariamente a las experiencias mismas, por lo que, necesariamente, tiene que ser establecida a priori por la razón. Por poner un ejemplo elemental: cuando abro el cajón y veo el bolígrafo que había metido en él, es mi razón la que me dice que se trata del mismo bolígrafo. Yo he tenido la experiencia de un fenómeno antes de cerrar el cajón y la experiencia de otro fenómeno después de abrirlo de nuevo. Aunque el bolígrafo que veo es idéntico al que veía antes, no hay ninguna experiencia que pueda mostrarme que se trata del mismo. Indudablemente, se obtienen de intuiciones distintas. No tiene sentido decir que la intuición del bolígrafo que tuve al guardarlo es la misma que tengo ahora. Es mi entendimiento el que considera a priori que lo oportuno es entender que ambas intuiciones corresponden al mismo fenómeno, al mismo bolígrafo; pero, como siempre, a priori no significa arbitrariamente, sino que mi entendimiento toma esta decisión porque la razón, a partir de mi conocimiento del mundo, me dice que tiene que ser el mismo bolígrafo. Esta conexión (no constatable empíricamente) no es gratuita, sino que me permite deducir hechos que sí son constatables empíricamente. Por ejemplo, si yo sé que el bolígrafo que metí en el cajón tenía casi completa su carga de tinta, puedo asegurar que si, al abrir el cajón, compruebo la carga de tinta del bolígrafo que encuentro, veré que estará casi completa.

Como las afirmaciones empíricas pretenden describir experiencias, una afirmación empírica tendrá que ser aceptada o rechazada en función de si se ajusta o no a la experiencia que pretende describir. En cambio, como las afirmaciones racionales pretenden conectar experiencias, una afirmación racional tendrá que ser aceptada o rechazada en función de su capacidad para conectar correctamente experiencias. Así, si he metido un bolígrafo en mi cajón (y sólo uno), la afirmación racional "ahora hay dos bolígrafos en mi cajón" ha de ser tenida por falsa, pues no conecta adecuadamente con los principios de la ciencia y con una determinada experiencia. Lo mismo sucede con "Una forma de hacer que llueva es llevar la figura del santo patrón del pueblo a los campos para que vea la necesidad del agua", que no superará las pruebas estadísticas más elementales. Similarmente, la afirmación "la hostia se convierte en el cuerpo de Cristo cuando es consagrada por el sacerdote", ha de ser descartada como afirmación científica sobre el mundo porque no aporta nada a la hora de conectar experiencias. (No es que lo haga mal, como la anterior, sino que no lo hace ni bien ni mal.) Lo que sí es un hecho científico sobre el mundo, con muchas consecuencias empíricas, es que "hay muchas personas que creen que una hostia se convierte en el cuerpo de Cristo cuando es consagrada por un sacerdote". Por ejemplo, esto explica por qué muchas personas acuden periódicamente a una iglesia a comerse una hostia.

Así pues, vemos que el entendimiento realiza un doble proceso de interpretación: interpreta las percepciones como intuiciones basándose en los principios de la geometría tridimensional euclídea y luego interpreta las intuiciones como experiencias basándose en los principios de la ciencia y en los hechos conocidos sobre el mundo. Ambas interpretaciones requieren un "código" a priori, pero la naturaleza de este "a priori" es distinta en cada caso. Al construir las intuiciones, no estamos en condiciones de elegir el código, lo cual no excluye que interpretemos nuestras percepciones como lo hacemos inducidos por nuestras percepciones. Es como alguien que sepa hablar un idioma y no conozca ninguno más: no es que haya nacido sabiendo ése precisamente, sino que ése es el que ha aprendido al analizar los sonidos que le llegaban desde que nació. Si se hubiera criado en otro ambiente, habría aprendido otro, pero lo cierto es que ahora sólo es capaz de entender ese idioma. Por el contrario, el código con el que interpretamos racionalmente nuestras intuiciones no nos viene impuesto de ningún modo, sino que, si bien nada nos libra de tener que fijar uno a priori, nos vemos obligados a fijarlo conscientemente y optando entre una infinidad de alternativas. En la práctica, este proceso es equiparable al de descifrar un mensaje en clave. Necesitamos el mensaje para especular sobre la clave desconocida y poder llegar a conocerla, pero necesitamos la clave para poder leer el mensaje. Igualmente, el entendimiento aporta información sobre el mundo a la razón, pero necesita de la razón y de la información disponible sobre el mundo para interpretar las intuiciones como experiencias. El resultado es un proceso interactivo: leemos lo que podemos usando las claves de que disponemos, y vamos corrigiendo las claves a medida que nos encontramos con datos que carecerían de sentido con las claves disponibles.

Conviene observar también que, aunque en nuestro análisis es conveniente distinguir, como hemos hecho, entre la intuición, el entendimiento y la razón, ello no significa que estas capacidades sean compartimentos estancos, sino que en realidad son facetas de un único proceso en el que todos los datos disponibles en cualquiera de los niveles interactúan, o pueden interactuar cuando conviene, con los demás datos de los demás niveles. Ya habíamos puesto algunos ejemplos sobre esto: Si veo algo moverse sobre el cielo y mi entendimiento, por su forma, establece que es un avión, entonces mi intuición se apoya en mi razón para formarse la imagen de un objeto grande y lejano. Es mi razón la que calcula el tamaño que debe de tener el avión para que mi intuición pueda situarlo correctamente en el espacio. Aquí se ve con claridad que el proceso que culmina con mi conciencia de que estoy viendo pasar un avión no puede descomponerse en etapas sucesivas (primero tengo unas percepciones, con ellas me formo una intuición, la interpreto como un avión y por último añado un dato más a mi conocimiento sobre el mundo). Ciertamente, las percepciones que originan el proceso son previas a todo lo demás, pero todo lo demás es un único proceso en el que mi entendimiento encaja como mejor puede todos los datos que le aportan la percepción y la razón.

Este "como mejor puede" nos devuelve al problema de la legitimidad de la ciencia, que ya discutimos en la página 1. No vamos a añadir ningún argumento nuevo a los que ya aportamos allí, pero lo que sí podemos hacer, tras el análisis que hemos llevado a cabo, es mostrar más claramente el abismo que separa las tres posibilidades que allí discutimos: el escepticismo, la ciencia y el dogmatismo.

El escepticismo cuestiona la legitimidad de todo intento de conectar experiencias mediante leyes establecidas a priori. Ahora estamos en condiciones de entender qué debe cuestionar realmente un escéptico coherente consigo mismo: cada vez que abro un cajón con la esperanza de encontrar lo mismo que había en él cuando lo cerré, estoy apoyándome en un principio racional a priori: el contenido de los cajones no cambia mientras éstos permanecen cerrados. Lógicamente, esta afirmación tiene el mismo fundamento empírico que las leyes de Kepler, es decir, en sentido estricto, no tiene ninguno. Tenemos el mismo motivo para desconfiar de que los planetas seguirán girando alrededor del Sol siguiendo las leyes que han seguido hasta ahora como para desconfiar de que los cajones seguirán conservando su contenido como hasta ahora. Si nos negamos a entender el mundo en términos de principios inducidos (aunque no deducidos) de nuestras experiencias, entonces tenemos un buen motivo para pasarnos el día abriendo y cerrando un cajón vacío, a ver si en una de tantas lo abrimos y ya no está vacío, sino que contiene, por ejemplo, un lingote de oro. Claro que, ¿para qué queremos un lingote de oro si no tenemos ninguna garantía de que a los cinco minutos no desaparezca en la nada, o se convierta en puré de guisantes? (Un escéptico coherente debe cuestionar que tengamos esa garantía.)

Ironías aparte, es evidente que el escepticismo sólo puede existir como teoría frívola en una tertulia de salón. Entender el mundo requiere establecer principios generales que sólo pueden ser establecidos a priori, por lo que no puede llamarse dogmático a quien acepte construir una ciencia basada en leyes a priori. Observemos que si el escéptico insiste en preguntar si podemos asegurar que no cabe la más remota posibilidad de que al abrir un cajón del que tenemos constancia de que no ha sido manipulado (excluyendo incluso juegos de ilusionismo) nos encontraremos justo lo que había al cerrarlo, la respuesta es que no podemos asegurarlo, y la razón es que si estuviéramos en Matrix, cosa que no podemos descartar, nada impediría a un programador de Matrix hacer que tuviéramos tal experiencia. Sin embargo, eso no contradice en nada los hechos siguientes:

  1. Necesitamos una teoría racional sobre el mundo.
  2. Podemos construir una (la ciencia), si aceptamos la legitimidad de las inducciones.
  3. Según esta teoría racional sobre el mundo, los cajones no pueden alterar su contenido.

Sería pervertir el argumento afirmar que debemos creer en la ciencia porque nos conviene. No es una cuestión de creencias. El punto crucial es que "Si nos ponemos a hacer ciencia, admitiendo todo lo que es imprescindible admitir para que la ciencia sea posible, sale lo que sale, y no otra cosa". La ciencia está ahí, tanto si nos gusta, como si no. Incluso un escéptico puede hacer ciencia, si se olvida de su escepticismo, y la ciencia que le saldrá será la misma que le saldrá a alguien religiosamente convencido de que las afirmaciones científicas no pueden fallar. La objetividad de la ciencia está por encima del grado de confianza que uno tenga en ella. La ciencia está por encima de toda conveniencia. Por último, una vez tenemos la ciencia ante nosotros, podemos usarla o recelar de ella. Esto no altera a la ciencia, sino que nos define a nosotros: quien acepta la ciencia está aceptando el producto de la razón y es, por tanto, racional; quien desconfía de la ciencia está desconfiando del producto de la razón y es, por tanto, irracional. Nada nos permite asegurar que no sea el irracional el que esté en lo cierto (y un día de estos veamos cuerpos levitando y desapareciendo en la nada), pero es que ser racional o irracional es una cosa y acertar o equivocarse es otra distinta. Lo que sucede es que no tenemos ningún criterio para determinar cuándo una decisión es acertada o desacertada, y sí que tenemos un criterio para determinar cuándo una decisión es racional y cuándo es irracional.

Lo mismo podemos decir si comparamos la ciencia con el dogmatismo. Nada nos asegura que alguien convencido de que rezar a Dios pueda ayudar a que un enfermo se cure no pueda estar en lo cierto, pero aun si lo está, no es menos cierto que está en lo cierto "por casualidad", ya que dicha creencia es una entre una infinidad de creencias posibles mutuamente contradictorias entre sí: Podrá tener la verdad, pero no por ello tendrá razón, a pesar de que esta última expresión se use habitualmente en el sentido de "estar en lo cierto".

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