| EL ALMA (I) |
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Tal y como hemos indicado en la página anterior, a estas alturas de nuestro análisis del conocimiento, podemos dar por conocida la ciencia. De entre sus distintas ramas, nos interesan ahora aquellas que describen a distintos niveles el cerebro humano. El funcionamiento del cerebro no es muy bien conocido, lo cual es comprensible, ya que, para avanzar, la ciencia necesita experimentar, y no sería de buen gusto experimentar con cerebros humanos vivos sin el consentimiento de su dueño, consentimiento que pocos seres humanos estarían dispuestos a otorgar. Así, el problema de entender el funcionamiento del cerebro humano podría compararse al problema de entender el funcionamiento interno de un ordenador para alguien que careciera a priori de conocimientos de electrónica o informática y no se le permitiera hurgar en el aparato mientras está encendido. Y aun si se le permitiera, comprender la relación entre el software y el hardware sin tener acceso al código fuente del sistema operativo sería prácticamente imposible. Y esto no convierte a un ordenador en un objeto "misterioso" ni, mucho menos, milagroso. Por eso mismo, tampoco debemos inferir de nuestras lagunas sobre el funcionamiento del cerebro que haya en él nada de misterioso o milagroso.
Pese a dichas lagunas, la principal conjetura racional en torno al
cerebro es que permite explicar totalmente el comportamiento
humano, es decir, que si tuviéramos un conocimiento del cerebro
humano similar al que tenemos de los ordenadores y pudiéramos
manipular cerebros con la misma precisión con la que podemos
manipular el hardware de un ordenador, entonces sería posible
insertar
quirúrgicamente en un individuo conocimientos, recuerdos,
creencias, gustos, podríamos provocar sentimientos y estados de
ánimo, etc. Recíprocamente, analizando el cerebro de un
individuo podríamos "leer" lo que sabe, lo que piensa, lo que
recuerda, etc.
Estas conjeturas nos llevan a plantearnos si la conciencia es el
mero resultado de la actividad cerebral o si, por el contrario, la
existencia de la conciencia como internamente la conocemos no puede
fundamentarse únicamente en la existencia de una actividad
cerebral, sino que requiere la existencia de algo más, algo que
no tenga nada que ver con neuronas e impulsos eléctricos, a lo
que podemos llamar alma.
Ante todo, debemos tener presente que acabamos de introducir el
concepto de alma como un concepto totalmente vacío, del que no
podemos decir nada a priori. Si la razón nos llevara a concluir
que todo ser consciente ha de tener un alma, todavía
estaría por ver qué características tendría
que tener esa alma. En particular, sería del todo improcedente
partir de la base de que aquí estamos llamando alma a lo que
alguna de las muchas religiones que se han apropiado del término
entienden por tal. Por ejemplo, muchas religiones consideran que los
seres humanos tienen alma y los animales no. Ahora bien, si entendemos
el alma como un sustrato necesario para la existencia de conciencia
distinto de lo que es un cerebro (que es lo que en nuestro contexto
debemos entender), entonces es difícil imaginar un argumento que
niegue la existencia de alma en un perro o un chimpancé.
Quizá, para concretar el problema de la
existencia del alma,
sea útil recordar el argumento de otra película: en El sexto día, el malo es el
dueño de una
compañía que se dedica a clonar ilegalmente seres
humanos. El procedimiento es muy sencillo en la práctica: se
toma una muestra de ADN del sujeto a clonar y se guarda en un ordenador
toda la información necesaria para reconstruir su estado
cerebral en un momento dado. A partir de estos dos datos, en un tiempo
muy breve, la tecnología permite construir un cuerpo
idéntico al del sujeto y grabar en su cerebro todos los datos
leídos en el cerebro original. Los malos se hacen
periódicamente "copias de seguridad" de sus cerebros, de modo
que si, por ejemplo, uno de ellos muere (ser malo en una
película en la que el bueno es Arnold Schwarzenegger tiene sus
riesgos) al cabo de poco tiempo se "reencarna" en un clon que es
él mismo salvo que no recuerda nada de lo sucedido en el (breve)
intervalo de tiempo que va desde que se hizo la última copia de
su cerebro hasta su muerte. En realidad no es necesario morir para
clonarse. Si, por ejemplo, uno pierde un brazo, puede suicidarse y
clonarse, con lo que vuelve a vivir con el brazo intacto.
Aunque es fácil encontrar mil inconvenientes
a la viabilidad de esta técnica, no hay ningún motivo a
priori por el que no fuera posible llevarla a la práctica (tal
vez con variantes no esenciales para nuestros argumentos, pero que la
hicieran más verosímil). El problema que se plantea
entonces es si una persona sobrevive realmente a la clonación.
Si alguien piensa que un ser consciente está vinculado
necesariamente a un alma, entonces es obvio que, tanto si el clon tiene
o no alma, no puede tener la misma alma que el original, dado que
incluso sería posible que ambos coexistieran, por lo que
tendría que concluir que el original ha muerto y el clon es
otro, otro igual, pero otro. En cambio, si alguien piensa que un ser
consciente no es más que la actividad de su cerebro, entonces
podría aceptar que el cerebro concreto que soporta dicha
actividad es irrelevante, por lo que el proceso de clonación
supone únicamente que una misma persona cambia de cuerpo. Si un
original coexiste con su clon (que es precisamente lo que le ocurre a
Schwarzenegger
en la película) aparecerían problemas legales sobre
qué derechos tendría cada uno, pero trascendentalmente no
podría decirse que uno es "más él" que el otro.
Hay otro ángulo desde el que abordar el problema que nos
evita los problemas derivados del desconocimiento que tenemos sobre el
funcionamiento del cerebro, o de las dificultades que podrían
impedir una manipulación como la que requeriría la
clonación que acabamos de describir. Hay muchas películas
que nos pueden servir de ilustración. Por ejemplo, podemos
pensar en la saga de la Guerra de
las galaxias. En ella se describe una sociedad en la que
conviven seres humanos, seres vivos de otras especies variopintas,
equiparables, en cuanto a seres conscientes racionales, con los seres
humanos y, por último, una amplia gama de robots, en la que
encontramos desde meras máquinas sofisticadas hasta androides
que se comportan exactamente igual que seres humanos. El arquetipo es
el androide protagonista, C3PO.
Se trata de una máquina, de la que se conocen todos los detalles
sobre su funcionamiento, pues ha sido fabricada por el hombre, pero se
comporta como un ser humano: habla, piensa, opina, tiene miedo, se
queja, se preocupa por sus seres queridos, etc. En este contexto, el
problema sobre la existencia del alma está íntimamente
relacionado con el problema de si podemos considerar a C3PO como un ser consciente.
Precisemos esto:
Supongamos que le pregunto a un amigo de qué color es la
camisa que llevo puesta, y me responde que es azul. Entonces puedo
estar seguro de que mi amigo puede ver mi camisa y tiene la capacidad
necesaria para reconocer que es azul. Por otra parte, podría
hacer fácilmente que mi ordenador pronunciara la frase "veo que tu camisa es azul",
incluso hacer que lo dijera cuando me oyera decir "¿de qué color es mi
camisa?". En este caso alguien ingenuo podría pensar que
mi ordenador ve mi camisa y reconoce que es azul, pero no es verdad. Mi
ordenador no sabe lo que está haciendo. Simplemente, es una
máquina capaz de reconocer el patrón de voz "¿de qué color es mi
camisa?", en el sentido de que puede distinguir si pronuncio esa
frase u otra distinta, aunque no la entienda, y de activar, como
respuesta, siguiendo un programa, un sintetizador de voz que reproduzca
unos sonidos que para él no significan nada. Podría decir
que mi ordenador me oye preguntar por el color de mi camisa, puesto que
reconoce mi voz y reconoce que es precisamente esa frase la que
pronuncio, pero no puedo afirmar que es consciente de que le estoy
preguntando por el color de mi camisa. De hecho, mi ordenador no es
consciente de nada en absoluto.
El problema es: suponiendo que existiera C3PO, cuando pregunto a C3PO de qué color es mi
camisa y él me responde que es azul, ¿podemos afirmar que
él es consciente, como lo sería yo en su lugar, de que le
estoy haciendo una pregunta y de que, al mirarme, ve que mi camisa es
azul, o solamente parece que es así, como lo parece
cuando mi modesto ordenador me responde con la frase "veo que tu camisa es azul"? Aunque
mi ordenador pudiera engañar a algún incauto, no cuesta
nada darse cuenta de que su "conciencia" es pura apariencia. Por
ejemplo, si le preguntara por el color de mi camisa vistiendo una
camisa roja, el seguiría respondiendo "veo que tu camisa es azul". Esto
no le ocurriría a C3PO:
si me pongo una camisa roja y le vuelvo a preguntar, me
responderá que ahora mi camisa es roja. En general (y esto es lo
que estamos suponiendo al suponer que existe C3PO) el robot responderá
siempre como lo haría un ser humano, de modo que no es posible
refutar su posible conciencia poniendo en evidencia que no entiende lo
que dice. Pero la pregunta sigue en pie: ¿Es C3PO consciente o sólo lo
aparenta con absoluta perfección?, ¿Cuando C3PO dice, por ejemplo, "¡R2D2, eres un cabezota, me
desesperas!", podemos entender literalmente que C3PO se desespera y que está
levemente disgustado en el mismo sentido en que podría estarlo
yo, o sólo es una máquina recitando frases con total
coherencia?
La relación de esto con el alma es obvia: No cabe duda de que
C3PO no tiene alma, pues todo
su comportamiento puede ser explicado con el mismo detalle con que
podemos explicar todo lo que hace un ordenador de hoy en día. Si
admitimos que C3PO es
consciente
en el pleno sentido de la palabra, entonces debemos concluir que
nosotros tampoco necesitamos un alma (al menos, no como
explicación de nuestra conciencia, aunque aquí no
entramos en si hay un dios que nos ha regalado un alma con otros fines,
pero eso sería otra clase de alma), por lo que postular que
tenemos alma sería irracional (si tratamos de extraer de
ahí alguna consecuencia sobre el mundo) o, cuanto menos, una
afirmación metafísica (en caso contrario).
Recíprocamente, si, de algún modo, concluyéramos
que la mera actividad cerebral, o cualquier clase de proceso
físico, no puede explicar que yo sea consciente como
trascendentalmente sé que lo soy, entonces nos veríamos
obligados a concluir que C3PO
no puede tener conciencia, no puede ver lo que dice ver, ni sentir lo
que dice sentir, ni entender lo que dice entender, sino
únicamente aparentarlo con absoluta perfección.
No está de más apuntar aquí que el problema
hipotético de si C3PO
sería consciente o no es exactamente el mismo que el problema
real de si cualquier ser humano distinto de mí mismo es
consciente o no. Si miro en la cabeza de C3PO, ciertamente, no veré
pensamientos, ni sentimientos, ni intuiciones, etc., pero si miro en la
cabeza de cualquier persona, tampoco veré nada de eso. En un
caso veré circuitos electrónicos y en el otro neuronas,
pero ni lo uno ni lo otro se parece en nada a los pensamientos,
sentimientos, etc.
La afirmación de que un ordenador capaz de comportarse como
un ser humano sería consciente exactamente igual que lo es un
ser humano, es decir, que no es posible parecer consciente sin ser
realmente consciente, se conoce como Tesis
de la inteligencia artificial. El matemático Alan Turing
la planteó en términos de lo que hoy se conoce como el test de Turing, que, ligeramente
actualizado, podríamos plantearlo así: imaginemos que
ponemos a un hombre a chatear
con dos sujetos, es decir, a dialogar sin verse, intercambiando
mensajes a través de un ordenador. De los dos interlocutores,
uno es humano, mientras que el otro es un ordenador autónomo, lo
que significa que recibe los mensajes y genera las respuestas sin que
ningún humano medie en el proceso. Si nuestro hombre es
incapaz de distinguir cuál de sus dos interlocutores es el
humano y cuál es el ordenador, entonces, el ordenador ha
superado el test de Turing y, si aceptamos la tesis de Turing, eso ha
de interpretarse como que es un ser plenamente consciente.
Naturalmente, sería necesario plantear el test en condiciones
de "deportividad". Por una parte, habría que repetirlo muchas
veces para evitar aciertos o errores por azar, o quizá plantear
diálogos entre un ordenador y muchos seres humanos para que la
probabilidad de acertar quién es el ordenador por puro azar
fuera pequeña. Por otra parte, el ordenador tiene permiso para
mentir, ya que su misión es engañar a su interlocutor. De
lo contrario, bastaría preguntarle ¿eres un ordenador? o ¿cuántos años tienes?
para identificarlo. También habría que evitar que el
ordenador pudiera ser descubierto por detalles no esenciales. Por
ejemplo, un humano puede cometer errores al teclear una frase, mientras
que las frases del ordenador no pasarían por el proceso
físico del tecleado, así que, o bien se corrigen los
mensajes del humano antes de hacérselos llegar a su
interlocutor, o bien se aconseja al ordenador que, de vez en cuando,
provoque algún error tipográfico en los suyos, etc.
Está de m-as aclarar que jamás se ha
construido (o,
mejor dicho, programado) un ordenador capaz de superar el test de
Turing. De hecho, pese a que la inteligencia artificial ha logrado
avances interesantes en las últimas décadas, hay que
admitir que todavía se está muy lejos de lograr dicha
meta. De todos modos, para hacernos una idea de lo que sería un
ordenador consciente, conviene examinar un ejemplo real de
conversación improvisada entre un ser humano y un programa de
ordenador llamado SHRDLU. No pretendemos en
ningún momento presentar a un programa tan limitado como lo es
SHRDLU a modo de "prueba", o siquiera indicio, de que los ordenadores
pueden llegar a ser conscientes. Simplemente creemos que nos
ayudará a entender con más precisión en qué
consistiría un ordenador consciente.
Para empezar, SHRDLU nos permite descartar un tópico. Es
fácil creer que un ordenador que imitara el comportamiento
intelectual humano tendría una capacidad de cálculo
incomparable con la de los humanos reales, de modo que, si le
preguntáramos cuánto da 253 por 827, nos
respondería inmediatamente que 209.231; pero no tiene por
qué ser así. Por ejemplo, SHRDLU, como todo programa de
ordenador, realiza muchas operaciones matemáticas por segundo;
sin embargo, al mismo tiempo podemos decir que SHRDLU sólo sabe
contar hasta diez. Esto significa que si, al cabo de un cierto tiempo,
le preguntamos cuántos bloques ha movido, nos dirá que
muchos, más de los que puede contar. Y es que, a la hora de
entender a SHRDLU, es imprescindible distinguir entre su parte
"consciente" y su parte "inconsciente".
Por ejemplo, en algún lugar de la
memoria de SHRDLU
está codificada la situación de su mundo de bloques: de
un modo u otro, allí consta que hay un bloque azul, que ocupa
tal posición, que tiene tales dimensiones, etc. Si le
preguntamos a SHRDLU cuántos bloques azules ve, el programa
analizará sus datos, recorrerá todos los registros de
bloques que hay en su memoria y comprobará que sólo uno
tiene asignada la propiedad "ser azul". Ello le llevará a
generar la respuesta "uno".
En este sentido, podemos decir que SHRDLU es consciente de que
sólo ve un bloque azul. Ahora bien, si le preguntamos
cómo sabe que sólo hay un bloque azul, la respuesta de
SHRDLU no será "porque he
recorrido los registros de bloques que hay en mi memoria y sólo
he encontrado uno con la propiedad de ser azul". O bien SHRDLU
será incapaz de encontrar un sentido a la pregunta o, a lo sumo,
responderá, "no lo sé",
y esto no es una evidencia de que SHRDLU no es realmente consciente,
hay muchas evidencias de ello, pero esto no es una de ellas. Si SHRDLU
tuviera una capacidad intelectual similar a la humana y, en particular,
fuera capaz de entender la pregunta, su respuesta seguiría
siendo "no lo sé" o,
puestos a ser más precisos, podría decir "no lo sé, sólo sé
que veo dos bloques verdes, dos rojos y uno azul, además de
otros objetos que no son bloques, pero yo no hago nada para saber que
es así, simplemente lo sé". En última
instancia, el hecho de que un determinado bloque sea azul puede
consistir en que en la dirección de memoria 454.678 del
ordenador que soporta a SHRDLU esté escrito el número 1,
mientras que el bloque sería verde si hubiera un 2, etc. Ahora
bien, SHRDLU puede manejar los conceptos de "bloque", "color de un
bloque", etc., pero no conoce el concepto de "dirección de
memoria número 454.678", ni mucho menos está al corriente
de que el ordenador que lo soporta mire esa dirección para
pintar de azul uno de los bloques que muestra, ni que el color azul se
codifique como un 1, etc.
En este punto es imprescindible una aclaración: El lector
puede pensar que estamos "haciendo trampa" al hablar de lo que SHRDLU
"conoce" y "desconoce", pues con ello ya estamos suponiendo
implícitamente que es consciente de algo. No es así. De
hecho, ya hemos dicho que no pretendemos afirmar que SHRDLU sea
consciente de nada. Lo que sucede es que es
perfectamente posible interpretar estos términos en sentido
metafórico, pero de forma que las frases en que aparezcan tengan
un significado concreto evidente. Por ejemplo, podemos decir que SHRDLU
sabe que un bloque puede sostener a otro bloque, pero no sabía
que una pirámide no puede sostener a otro bloque hasta que no ha
intentado hacerlo y ha visto que era imposible. Estas afirmaciones
únicamente pretenden describir de la forma más clara
posible el comportamiento de SHRDLU, lo cual no requiere interpretarlas
literalmente. Un ejemplo más sencillo: imaginemos que juego al
pocker contra mi ordenador. En cierto sentido, mi ordenador conoce mis
cartas, pues están almacenadas en algún lugar de su
memoria, pero, si el programa contra el que juego es "honrado",
éste "no mirará" mis cartas, en el sentido de que no las
tendrá en consideración a la hora de establecer su
política de apuestas. Así, puedo decir que el ordenador
"conoce" su jugada, pero no "conoce" la mía, o incluso
sería oportuno decir que mi jugada está en su
"subconsciente" y la suya en su "parte consciente", y
todo esto no es más que una forma cómoda de describir lo
que el ordenador hace y lo que no hace.
No obstante, aunque esta aclaración es suficiente para
nuestros fines, es obligado señalar que la llamada tesis de la inteligencia artificial fuerte
sostiene que estos usos de "saber", "conocer", "pensar", etc. no son
metafóricos en absoluto, sino que tienen el mismo sentido que
cuando se aplican a seres humanos. Así, podemos decir que SHRDLU
es consciente realmente de que un bloque puede sostener a otro bloque,
y que si alguien se apoya en un coche y, sin querer, dispara su alarma
antirrobo, entonces el coche cree que alguien está intentando
robarlo (pero el coche se equivoca). Y quien piensa así no lo
hace porque le haya impactado en exceso la película Cars, en
la que los coches son auténticas personas, sino
que está afirmando que lo que usualmente entendemos por "saber",
"creer", etc., aplicado a seres humanos, son procesos de la misma
naturaleza, sólo que mucho más complejos. Si alguien oye
desde su casa la alarma antirrobo de su coche, entonces piensa lo mismo
que su coche: que alguien intenta robarlo. La diferencia está
que en el caso del coche éste es un pensamiento simple, que no
puede descomponerse en partes constitutivas, ya que el coche no es
consciente de sí mismo, ni de lo que es robar, etc. En cada
momento, el coche sólo sabe (o cree saber) si alguien
está intentando robarlo o no. En cambio, el dueño del
coche es capaz de descomponer ese pensamiento en partes más
simples y a su vez vincularlo con otros pensamientos. Sin embargo, en
ambos casos estamos ante un hecho análogo: un sistema (sea un
choche, sea un ser humano) ha pasado de un estado previo a otro
asociado con la posibilidad de que un determinado coche esté
siendo víctima de un intento de robo. Se podría discutir
mucho sobre este punto de vista, pero no vamos a hacerlo porque en
ningún momento trataremos de apoyarnos en la tesis de la
inteligencia artificial fuerte.
Volviendo a SHRDLU, una vez que hemos entendido que un programa de
ordenador, sea SHRDLU o un mero programa de jugar al pocker, puede
tener una parte consciente y una parte inconsciente, deberíamos
ver claramente la falta de fundamento de otro tópico en torno a
los androides: algunos estarían dispuestos a aceptar que pudiera
existir un ordenador con el que fuera posible mantener una
conversación racional, pero no que pudiera
tener sentimientos, corazonadas, gustos, iniciativas más o menos
caprichosas y, en suma, todo aquello que de "irracional" tienen los
seres humanos.
Aquí hay que distinguir dos problemas distintos: una cosa es
el problema de tratar de reproducir en un ordenador, por ejemplo, el
sentido estético humano, de modo que un ordenador pueda
distinguir un buen poema de un poema ridículo, o una
melodía hermosa de otra vulgar, de forma que su criterio, dentro
del margen de divergencia que encontramos en los propios seres humanos
cuando emiten sus propios juicios estéticos, pueda considerarse
propio de un ser humano; en cambio, otro problema distinto es lograr
que un ordenador tenga su propio sentido del gusto, que no tiene por
qué aproximarse en nada a los gustos humanos.
Por poner un ejemplo muy simple: a muchos humanos les resulta
placentero que les acaricien la espalda, pero la misma caricia en la
planta de los pies la pueden considerar una tortura. Igualmente,
podríamos programar a un ordenador para que considerara
placentero que alguien pulse la tecla "A" de su teclado, mientras que
considerara insufrible que se pulse la tecla "B". No costaría
nada hacer que, en cuanto el ordenador detecte que se ha pulsado la
tecla "B", se bloquee cualquier actividad mental que no vaya destinada
a lograr que esto deje de suceder, como suplicarlo, estar dispuesto a
hacer cualquier cosa a cambio, o incluso llegue a perder la conciencia
temporalmente. También es posible hacer que el ordenador sufra
daños cuando se le pulsa la "B": que pierda ciertos contenidos
de memoria, etc. Estas reacciones estarían en la parte
subconsciente del programa, de modo que, por una parte, a nivel
consciente, no sabría explicar por qué le molesta que se
le pulse la "B", ni sería capaz de no "prestar atención"
a la tecla "B", del mismo modo que SHRDLU no tiene capacidad para
negarse a obedecer las órdenes que se le dan y que es capaz de
entender y ejecutar.
Más en general, podríamos programar un ordenador de modo que en cierta dirección de su memoria almacenara un número que puede variar de 0 a 10, donde 0 representaría el dolor más insoportable y 10 el mayor placer posible. Este número podría modificarse tanto por sucesos físicos, como que se le pulse la tecla "A" o la tecla "B", como por el propio estado mental del ordenador, pero no de forma consciente. Por ejemplo, la contemplación de ciertas imágenes podría provocarle un aumento de este número, mientras que otras lo harían disminuir. Esto sucedería como consecuencia de la aplicación de ciertos algoritmos, similares a los algoritmos que permiten a SHRDLU interpretar las órdenes y las preguntas que se le formulan. La única diferencia es que, en lugar de desencadenar procesos internos (como la búsqueda de una respuesta para una pregunta, o la forma de llevar a término una orden) proporcionarían juicios: ciertas imágenes aumentarían el grado de placer y otras lo disminuirían. El ordenador no sabría qué criterio emplean esos algoritmos subconscientes para decidir una cosa o la otra. Simplemente, cuando le preguntáramos si le gusta una imagen, sabría responder "Sí, me gusta mucho" o "es horrible, por favor, quítala de mi vista, que me da angustia verla", etc. según se haya modificado mucho o poco su grado de placer, ya en un sentido, ya en el contrario.
Es importante que no estamos discutiendo aquí si un ordenador
así realmente sentiría placer o dolor, sino que tan
sólo estamos esbozando cómo se podría lograr que
un ordenador se comportara como un ser humano y, en particular, que
mostrara estados de ánimo gobernados por procesos más o
menos sofisticados de los que el propio ordenador no fuera consciente
y, en particular, que no pudiera explicar satisfactoriamente. Este
mismo esquema podría hacer que un ordenador tuviera toda clase
de gustos, apetencias, voliciones, criterios personales, etc.
Como ya
hemos indicado, otra cosa distinta es que sus criterios subjetivos
pudieran asemejarse a los humanos. Esto sería mucho más
difícil, tal vez del todo imposible en la práctica, pero
no porque los criterios humanos sean inabarcables racionalmente, sino
porque son demasiado caprichosos. Es como si tiramos al suelo cien
canicas y luego las recogemos marcando con un punto el lugar donde ha
caído cada una. Esa disposición de las canicas no tiene
nada de especial, lo cual no quita para que sea prácticamente
imposible estudiar la forma de lanzar las canicas con la
pretensión de que vuelvan a caer exactamente en las mismas
posiciones. Si pudiéramos acceder a los algoritmos que sigue el
cerebro
humano para establecer sus criterios subjetivos, no habría
ninguna dificultad teórica para reproducirlos en un ordenador,
pero identificar un algoritmo complejo sólo a partir de sus
entradas y salidas puede ser misión imposible. En ausencia de un
diccionario, que es muy dudoso que exista, es muy probable que
jamás seamos capaces de descifrar la escritura etrusca
más allá de unos pocas palabras que más o menos se
conocen, pero esto no significa que la lengua etrusca sea
incomprensible. Los etruscos la entendían, porque ellos la
inventaron. Del mismo modo, que en la práctica sea imposible
reconstruir los algoritmos que regulan los sentimientos humanos no
significa que estos sean irracionales, en el sentido fuerte de que sea
imposible explicarlos mediante un algoritmo suficientemente complejo y,
en particular, que sea imposible reproducirlos fielmente en un
ordenador.
Esto nos lleva a concluir que el nivel necesario para superar el
test de Turing es mucho mayor que el que realmente es razonable exigir
para que un ordenador pueda considerarse consciente. Podría
darse el caso de que un ordenador se comportara plenamente como un ser
consciente y, pese a ello, se distinguiera fácilmente de un ser
humano por matices que nada tienen que ver con la presencia o ausencia
de conciencia. Un ciego de nacimiento no puede entender el concepto de
color en el mismo sentido pleno en que lo entiende alguien que pueda
ver, pero eso no disminuye en nada su facultad de ser consciente. Si
programáramos un ordenador ciego, capaz de oír y de
hablar, pero no de ver, tal vez podría pasar el test de Turing
convenciendo a los humanos de que es un hombre ciego, pero si resulta
incapaz de explicar qué se siente al pasar hambre, o cuando se
tiene sueño, entonces no engañará a nadie, ya que
es imposible que un ser humano no haya pasado por tales experiencias,
pero esas carencias no son más relevantes que la ceguera a la
hora de evaluar la presencia o ausencia de conciencia.
Para terminar de perfilar el problema de la inteligencia artificial,
vamos a pintar un esbozo de cómo debería estar
organizado a grandes rasgos un ordenador que imitara la conciencia
humana en lo esencial. Si no queremos que sea un ordenador ciego,
deberemos dotarlo de una o varias cámaras que le permitan captar
imágenes de su entorno. Al menos dos, mejor que una, pues
comparar distintos puntos de vista facilita enormemente el primer
problema que el ordenador tendrá que resolver para llegar a ser
consciente del mundo: deberá traducir la información
plana que le ofrecen las cámaras a una imagen tridimensional. En
principio, la imagen digitalizada que le proporciona cada cámara
puede representarse como una sucesión de ternas (x, y, t, c), donde (x, y) es un par de coordenadas
relativas al campo visual de la cámara, t es un número que
representa el instante al que corresponde la imagen y c es un código que
representa un color. Lo que el ordenador necesita hacer a partir de
estos datos es asignar una profundidad a cada punto, integrando los
datos correspondientes a la misma cámara en tiempos distintos, a
cámaras distintas en un mismo tiempo, así como los datos
internos de que disponga sobre el movimiento al que está
sometida cada cámara. Finalmente, la información se
reorganizará en forma de una única sucesión de
quíntuplas (x, y, z, t, c),
donde ahora (x, y, z) son
coordenadas espaciales, t es
el tiempo y c es de nuevo un
código de color.
El cerebro humano hace esto (no en
términos de cuádruplas y quíntuplas, naturalmente,
pero eso es irrelevante) con una rapidez endiablada. Si vemos una
imagen como la de la izquierda, inmediatamente somos capaces de afirmar
que vemos un prisma verde, que tiene encima una pirámide roja,
que
detrás de ambos hay un prisma azul, etc. El problema de obtener
una imagen tridimensional a partir de una imagen bidimensional como
ésta es ya un problema muy complejo (incluso sin tener en cuenta
el movimiento) y, desde luego, dista mucho de ser el más
complejo que aparece al tratar de construir inteligencia artificial;
pero no es más que un problema matemático, y no hay nada
que sugiera que la única forma de resolverlo con rapidez sea
requiriendo los servicios de alguna clase de alma. Probablemente,
cualquier intento eficiente de resolver este problema exigirá
hacerlo simultáneo al paso siguiente, que es obtener una
descripción conceptual de la imagen. El ordenador tiene que
contar con subprogramas que puedan responder, cuando sean solicitados,
a preguntas tales como cuántos objetos hay, de qué
tamaños, de qué formas, de qué colores,
cómo se mueve cada uno, etc. Esto supone crear registros
estructurados de memoria individuales para cada objeto que se detecte
en las imágenes. SHRDLU proporciona indicios de cómo un
ordenador puede gestionar algunos conceptos, si bien, un ordenador que
pretenda equipararse a un ser consciente necesitará ser capaz de
manejar un sistema conceptual mucho más amplio, más
abstracto. De hecho, deberá ser capaz de formarse y gestionar
nuevos conceptos de cualquier grado de complejidad, incluso si
presentan ambigüedades esenciales. Con la capacidad de entender
frases de cualquier grado de complejidad, el ordenador podrá
almacenar cualquier información sobre el mundo, ya sea en forma
de textos que él entienda, ya en una forma más abstracta
acorde con la forma en que gestiona el lenguaje, es decir, en
términos de estructuración de conceptos. (Por ejemplo, la
estructura de memoria que contiene el uso del concepto de "sardina", podría contener
un apartado que lo vincule con el concepto de "pez", sin necesidad de que dicha
información esté expresada mediante la frase "la sardina es un pez", que
necesitaría ser interpretada para ser entendida. Al contrario,
dicha frase podría ser generada a partir de la estructura del
sistema conceptual.
La pretendida conciencia del ordenador estará determinada por
su grado de acceso a la información que él mismo maneja.
Ya hemos hablado de esto. En principio, no tendría por
qué conocer nada del proceso por el que las imágenes
bidimensionales que captan sus cámaras se traducen a
imágenes tridimensionales, ni de los criterios que siguen los
subprogramas encargados de conceptualizar estas imágenes. Por
ejemplo, si le preguntamos si los bordes del bloque azul son rectos, el
ordenador activará un subprograma que detecte las porciones de
la imagen correspondientes a dichos bordes y determine si son rectos.
Para ello, lo que hará el subprograma es comprobar si los puntos
identificados como parte de un mismo borde satisfacen (al menos con
suficiente aproximación) una relación lineal (en el
sentido matemático de la palabra) y, en función del
resultado, darán una respuesta afirmativa o negativa que
podrá ser usada por otras partes del programa, en especial por
la que ha reclamado la intervención del subprograma, pero todo
el criterio empleado por el subprograma, en términos de
coordenadas y relaciones numéricas, no trascenderá. En
particular, si le preguntamos al ordenador qué coordenadas
tienen los vértices del bloque azul en su sistema de referencia
interno, a pesar de que estamos preguntando por una información
concreta que está contenida en el ordenador, éste no
sabrá responder, porque no dispondrá de ningún
subprograma que le aporte dichos datos. Es lo mismo que si a nosotros
nos preguntan en qué lugar del cerebro almacenamos lo que
sabemos sobre los peces. Ni siquiera sabemos cómo se almacena
esa información, aunque, sin duda, está ahí.
Observemos que todos los procesos que el ordenador emplea para
analizar las imágenes que recibe (o para construir
imágenes generadas por él espontáneamente) se
basarán en la geometría tridimensional euclídea.
Por eso podemos decir (cuanto menos, metafóricamente) que el
ordenador posee una facultad de intuición espacio-temporal que
le impone a priori la geometría tridimensional euclídea,
en el sentido de que está condicionado a que todas las
imágenes que recibe se interpreten necesariamente en
términos de esta geometría. En particular, si le
preguntamos por qué dice que los bordes del prisma azul son
rectos, no sabrá qué responder. Dirá: "los veo rectos".
A diferencia de SHRDLU, el ordenador deberá disponer de
algoritmos internos que determinen qué quiere hacer en cada
momento. Aquí, en principio, hay muchas alternativas posibles,
al menos a priori: tal vez sea posible construir una conciencia
totalmente coherente consigo misma, que sepa en cada momento lo que
quiere, o bien se podría construir una conciencia "más
humana", que disponga de subprogramas subconscientes que propongan
distintas opciones en mutuo conflicto y que deban ser conciliadas por
otro subprograma. El grado de conciencia que el ordenador tenga de cada
uno de los subprogramas que regulen su voluntad o que le aporten
información sobre su estado interno determinarán que su
comportamiento sea, siempre en comparación con los humanos,
más "racional" o más "pasional". Ya hemos explicado
(siempre a grandes rasgos, evidentemente) cómo podría
hacerse para que el ordenador tuviera sus propios gustos, intereses,
etc. Por ejemplo, el ordenador podría disponer de un subprograma
inconsciente que analizara cada información aprendida
recientemente para evaluar si sería interesante obtener
más datos al respecto y, en caso afirmativo, modificara una
variable de "curiosidad" que formara parte de los datos sobre los que
operaría el algoritmo encargado de decidir lo que el ordenador
desea hacer en cada momento. Dicho algoritmo debería conocer, no
sólo el estado de curiosidad, sino también el objeto de
dicha curiosidad, aunque no necesariamente los criterios que ha seguido
el subprograma para establecer que dicho objeto merece atención.
Dichos criterios, a su vez, pueden depender de varios parámetros
que contribuirían a definir la "personalidad" del ordenador
(más dado a la ciencia, o a la poesía, con más
vehemencia o con menos, etc.)
No tiene sentido ir más allá en nuestra
descripción, pues, al fin y al cabo, estamos hablando de algo
que nadie sabe realmente cómo tendría que ser.
Probablemente, un lector familiarizado con los progresos de la
inteligencia artificial podría señalar muchos defectos en
el esbozo que acabamos de hacer. No obstante, esto carece de
importancia. No hemos pretendido señalar un camino a seguir en
las investigaciones en torno a la inteligencia artificial, sino
únicamente mostrar al lector que no es descabellado pensar en la
posibilidad de que un ordenador esté en condiciones de decir "veo una silla verde" o "me aburre esto de mover bloques de un
sitio a otro" en un contexto en el que dichas afirmaciones no
puedan ser consideradas como meras frases de papagayo, sino que
expresen realmente un estado interno del ordenador.
Nada de lo dicho aquí ha de entenderse como un argumento a
favor o en contra de la existencia del alma. En esta página nos
hemos limitado a plantear el problema en sus diversas facetas. Si hemos
dedicado más espacio a la relacionada con la inteligencia
artificial ha sido simplemente porque hemos considerado que era la que
más se prestaba a ser malinterpretada y que, por tanto,
requería más aclaraciones. En las dos páginas
siguientes defenderemos la tesis de que no hay razones para suponer que
la existencia de la conciencia, tal y como la conocemos, requiera algo
más que la actividad de un sistema suficientemente complejo, sea
un cerebro, sea un ordenador, por lo que postular que cada ser humano
tiene un alma es dogmático o, a lo sumo, según como se
plantee, es una afirmación puramente metafísica.