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EL MUNDO AL FINAL DEL SIGLO XVII
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Si entre los siglos XV y XVI Europa había logrado recuperar la cultura clásica, a lo largo del siglo XVII había logrado algo —al parecer— más difícil, ya que ningún depositario anterior de dicha cultura lo había logrado: superarla. No sin muchas vacilaciones, Europa había logrado entender que los sabios de la antigüedad eran menos sabios de lo que parecían a primera vista, y ya no dudaba en cuestionarlos y contradecirlos tanto en astronomía, como en mecánica, como en filosofía, como en medicina, como en cualquier otra rama del saber. Las matemáticas eran el único terreno en el que los antiguos no podían ser refutados, pero sí superados con creces, y, en efecto, los matemáticos estaban haciendo progresos espectaculares con el cálculo diferencial. Estaba de moda plantear y resolver problemas físico-geométricos consistentes en encontrar curvas con propiedades especiales: la catenaria, la tautócrona, la braquistócrona, etc., problemas que unos pocos años atrás habrían resultado muy complicados, si no imposibles de resolver.

La ciencia moderna se gestaba principalmente en Inglaterra, en Francia y en las Provincias Unidas; Italia había perdido el liderazgo, pero seguía contando con intelectuales solventes, y Leibniz estaba haciendo un gran esfuerzo por situar a Alemania en primera línea. La Confederación Helvética tenía también buenas universidades, Dinamarca había dado algunas figuras notables, como los astrónomos Tycho Brahe y Olaüs Römer, que había calculado el tamaño del sistema solar. Precisamente por el consejo de Römer, Dinamarca aceptó en 1700 el calendario gregoriano: del domingo 18 de febrero pasó al lunes 1 de marzo. Lo mismo hicieron los estados alemanes. Notemos que este año era el primero en que el calendario gregoriano difería del juliano desde su implantación: según el calendario juliano era bisiesto, pero según el gregoriano, no. Por consiguiente, a partir de esa fecha hubo once en vez de diez días de desfase entre ambos calendarios.

Por sus graves crisis políticas, Polonia ya no era lo que había sido en tiempos de Copérnico, Suecia también permanecía en un segundo plano, y, como siempre, España estaba totalmente al margen del progreso científico. El proceso de Galileo había sido un pulso entre ciencia y religión que, a la larga, había ganado la ciencia, pues ningún otro pensador europeo había vuelto a tener problemas con la Iglesia —por revolucionarias que fueran sus teorías— fuera del campo estricto de la teología. Esto también era cierto en España, pero por el motivo inverso: porque en España no se toleraba ninguna opinión novedosa en el campo que fuera, y nadie se arriesgaba a pensar nada nuevo. En las universidades españolas se seguía enseñando el sistema Ptolemaico. Obviamente, esto se trasladaba a América: En las colonias norteamericanas había universidades que, con cierto retraso comprensible, se hacían eco de los avances científicos ingleses; y en las colonias sudamericanas había universidades que, sin retraso ninguno, imitaban la incompetencia de las universidades españolas.

El 11 de julio, a instancias de Leibniz (al tercer intento), el príncipe elector Federico III de Brandeburgo fundó en Berlín la Sociedad de Ciencias de Brandeburgo.

Ese año se editó la traducción francesa del Ensayo sobre el entendimiento humano de Locke, versión que aumentó notablemente su difusión por Europa. Leibniz, tras sus intentos frustrados de debatir privadamente con el filósofo inglés, empezó a escribir una réplica.

El cartesianismo había triunfado en los círculos filosóficos, especialmente en Francia. Entre los cartesianos más famosos se encontraba un sacerdote llamado Nicolás de Malebranche, que había ingresado en el Oratorio hacía cuarenta años (ahora tenía ya sesenta y dos). Partiendo de la filosofía cartesiana, había elaborado sus propio sistema filosófico, al que calificaba de auténticamente cristiano, por oposición a la escolástica, de la que denunciaba su origen pagano (pues se basaba en la filosofía griega).

El arte europeo también había progresado ininterrumpidamente. Durante el renacimiento, el progreso artístico había estado ligado en gran medida a los progresos técnicos (los arquitectos desarrollaron técnicas que permitieron construir bóvedas, eliminar contrafuertes, abrir más ventanas en las paredes, etc., los pintores desarrollaron la perspectiva, el tratamiento del color y de la luz, estudiaron las proporciones anatómicas, etc., los escritores pulieron la gramática y el léxico de cada lengua, depuraron la prosa, crearon nuevas formas poéticas, etc.) En el siglo XVII los artistas dominaban las técnicas de su arte y disponían de mucha mayor libertad para desarrollar los estilos personales más diversos. Dentro de la diversidad, la tendencia general en todas las artes fue la de pasar del gusto por la simplicidad y placidez clásica a una complejidad cada vez mayor, llegando en muchos casos a lo violento y recargado. Hacia mediados del siglo XVIII esta tendencia se agotaría y se produciría un retorno al clasicismo, y los críticos de la época se referirían al arte del periodo precedente (es decir, al que ahora nos ocupa) con el calificativo de barroco. No está claro a ciencia cierta el origen de esta palabra, pero hay acuerdo en que, en su origen, era una forma despectiva de referirse al abigarramiento excesivo.

La explosión artística europea había llegado a una envergadura tal que no podríamos haber dado cuenta detallada de su desarrollo o de sus protagonistas. A lo largo del siglo XVII se construyeron majestuosas catedrales y lujosos palacios rodeados de jardines, florecieron los pintores, escultores, poetas, etc. Naturalmente, los artistas se agrupaban en las cortes de los príncipes más importantes, que, o bien sentían simplemente afición por el arte y protegían a los artistas, o bien comprendían la importancia psicológica que podía tener una imagen de lujo y magnificencia. Por citar tan sólo el ejemplo más representativo, el rey Luis XIV de Francia había protegido a pintores como Charles Le Brun, Pierre Mignard (ya fallecidos), Antoine Coypel, o Hyacinthe Rigaud, que ese año ingresaba en la Academia, y recibía el encargo del rey de retratar a su nieto, el duque Felipe de Anjou; escultores como François Girardon, Antoine Coysevox, que estaba trabajando en la tumba de Colbert, o Pierre Puget, y arquitectos como Louis Le Vau, Jules Hardouin-Mansart, André Le Nôtre, famoso por sus diseños de jardines, especialmente los de Versalles, y que fallecía ese mismo año, François Brondel, que había ejecutado un proyecto de ampliación de París, Libéral Bruant, o Claude Perrault, diseñador de la fachada oriental del Louvre.

La música requiere un tratamiento separado. La evolución de la música en Europa occidental a lo largo del siglo XVII es equiparable a la evolución que habían seguiso las demás artes a lo largo del renacimiento. Fue durante este último siglo cuando los compositores desarrollaron las técnicas musicales básicas que conformarían la música clásica europea: las técnicas armónicas que durante el renacimiento se habían aplicado casi exclusivamente a la música sacra, fueron aplicadas también —con un grado de sofisticación cada vez mayor— a la música profana, lo que se tradujo en el desarrollo de la ópera, el ballet y la música de cámara. Para ésta se exploraron las posibilidades expresivas de diversos instrumentos, alejándose cada vez más del simple esquema de un solista —sustituto de la voz humana— acompañado más o menos pobremente por otros instrumentos en segundo plano, y se idearon nuevas formas musicales (es decir, nuevas estructuras para las composiciones: la sonata, la sinfonía (derivada de la obertura operística) el concierto, el concerto grosso, en el que intervenían varios solistas, etc. El clave se convirtió en el instrumento de acompañamiento por excelencia para la música profana (a menudo combinado con violonchelos y contrabajos, con los que constituía el llamado bajo continuo) como el órgano lo era para la música sacra. El núcleo de la innovación musical había estado a principios de siglo en los Países Bajos, pero pronto se había desplazado hasta Italia, donde cada ciudad tenía su propia escuela de músicos.

Alemania también poseía una sólida tradición musical que tenía su origen en la música religiosa protestante. El instrumento más destacado era el órgano. Entre los principales compositores de la época destacaban Johann Pachelbel, de cuarenta y siete años, nacido en Nuremberg, autor, entre otras obras, de Pensamientos musicales sobre la muerte, Cuatro variaciones de corales para teclado, Divertimento musical, Seis suites para dos violines con bajo continuo, Seis aires con variaciones, etc. y Dietrich Buxtehude, organista de origen escandinavo, autor de cantatas, corales, preludios y fugas, chaconas (para órgano) así como de varias suites para clavicordio.

Una familia alemana que había dado numerosos músicos de prestigio era la familia Bach. Su representante más antiguo del que se tiene constancia era un molinero y citarista llamado Veit Bach, fallecido a principios de siglo, cuyo hijo menor, Johannes Bach, fue panadero aficionado a la música. Tuvo tres hijos, Johannes, Christoph y Heinrich, que fueron los primeros Bach dedicados profesionalmente a la música. Fueron compositores, violinistas y directores de orquesta. Del segundo hijo de Johannes, llamado Christoph, como su tío, había nacido Johann Ambrosius Bach, famoso violinista y trompetista, que había fallecido cinco años atrás dejando un hijo de diez años (ahora tenía ya quince) llamado Johann Sebastian Bach. Entonces se había trasladado a Ohrdruf, donde su hermano mayor, Johann Christoph Bach, que había estudiado con Pachelbel, trabajaba como organista. Su excelente voz de soprano le había permitido ingresar en el coro de la escuela de San Miguel de Lüneburg, cerca de Hamburgo, donde tuvo ocasión de estudiar música y humanidades.

El retraso en el desarrollo de las técnicas musicales frente a las demás artes hace que a la música del siglo XVII se la catalogue habitualmente como música antigua, y se reserve el término de música barroca para referirse a la música mucho más sofisticada que empezaba a producir la última generación de compositores, como Arcangelo Corelli (que ahora publicaba la quinta y más famosa de sus colecciones de sonatas para violín) o Giuseppe Torelli. El duque de Mantua acababa de contratar a otra joven promesa de la música: se llamaba Tommaso Albinoni, tenía veintinueve años y había nacido en Venecia. Había publicado su primera colección de sonatas a la edad de veintitrés años, y se la había dedicado al cardenal —también veneciano— Pietro Ottoboni. Seis años atrás había estrenado su primera ópera: Zenobia, reina de los palmiranos. Ahora publicaba una segunda colección de sinfonías y conciertos dedicada a su nuevo patrono, el duque. Otro veneciano notable era un seminarista llamado Antonio Vivaldi, de veintidós años, que acababa de ser nombrado diácono y ya había compuesto algunas sonatas para violín. Alessandro Scarlatti seguía en Nápoles, dedicado a la composición de óperas y de música religiosa (oratorios, cantatas, etc.). Tenía diez hijos, de entre los que el sexto, Domenico Scarlatti, de quince años, destacaba ya como organista y compositor.

En Francia, el compositor más destacado era François Cuperin, que a sus treinta y dos años había estrenado ya dos misas para órgano y varias sonatas al estilo de Corelli.

Los intrumentos musicales evolucionaban y se perfeccionaban. En los últimos quince años, Antonio Stradivarius había abandonado las directrices de su antiguo maestro, Niccolò Amati, para investigar nuevas posibilidades técnicas, y sólo recientemente, tras descartar algunos pasos en falso, encontró un modelo que juzgó satisfactorio y que ahora empezaba a fabricar de forma sistemática.

En el terreno político, la característica principal del siglo que ahora terminaba había sido la consolidación del absolutismo monárquico: los reyes de los principales países europeos habían logrado imponerse sobre los parlamentos que durante mucho tiempo habían limitado sus prerrogativas, habían sometido a la nobleza y habían organizado una legislación, un sistema de recaudación de impuestos y, en suma, un gobierno centralizado que los convertía en la última autoridad ante la que debían responder todos los gobernadores locales. Todo esto venía acompañado de (si no posibilitado por) la creación o el fortalecimiento de potentes ejércitos regulares, que no sólo aseguraban la autoridad del rey dentro de las fronteras de su estado, sino que a menudo les servían para dirigir una política exterior enérgica, destinada a alcanzar la hegemonía sobre las naciones vecinas.

El arquetipo de monarca autoritario era, sin duda, Luis XIV de Francia, el rey Sol, que a sus sesenta y dos años seguía dirigiendo Francia con mano firme, más firme si cabe que en épocas anteriores, ya que, a medida que habían ido falleciendo sus principales ministros y consejeros, auténticos artífices del absolutismo francés, los había ido sustituyendo por dóciles servidores que se limitaban a seguir sus directrices. Actualmente, su mayor preocupación era el problema de la sucesión del rey Carlos II de España. La muerte del heredero reconocido, José Fernando de Baviera, había vuelto a suscitar toda clase de intrigas. La reina María Ana de Neoburgo había vendido su influencia a los autríacos para tratar de convencer a su marido de que nombrara heredero al archiduque Carlos, pero Luis XIV compró todas las influencias que pudo hasta lograr que, en un testamento fechado el 2 de octubre, el ya moribundo Carlos II nombrara heredero de todos sus reinos al duque Felipe de Anjou, con prohibición expresa de cualquier clase de fragmentación del Imperio Español. (Al parecer, su decisión se basó precisamente en que consideró que el ejército francés era el único capaz de garantizar la integridad de los dominios españoles.)

Rodeado de reliquias e imágenes, Carlos II murió el 1 de noviembre a los treinta y nueve años. Sus últimas palabras fueron: "Me duele todo". El 10 de noviembre Luis XIV recibió la noticia en Fontainebleau, suspendió una jornada de caza, declaró luto oficial y regresó de inmediato a Versalles. El 12 de noviembre conoció el testamento, convocó un consejo extraordinario donde, como de costumbre, escuchó a sus ministros sin decir nada. Al día siguiente reunió a su hijo, el Gran Delfín Luis, y a sus tres nietos, los duques de Borgoña, Anjoy y Berry y, dirigiéndose a Felipe de Anjou dijo: He aquí al rey de España, y luego le aconsejó:

Sed buen español, ése es desde ahora vuestro primer deber. Pero acordaos de que habéis nacido en Francia; mantened la unión de ambos reinos y con ella la paz y la felicidad de Europa.

El embajador español, Castell Dos Rius, fue a palacio y pronunció un discurso en castellano (que Felipe no entendió) y, finalmente, le besó la mano a la vez que pronunciaba una frase que hizo historia: Ya no hay Pirineos. Mientras tanto, en Madrid se nombró un consejo de regencia presidido por el cardenal Portocarrero, que había sido el principal defensor de la candidatura francesa a la sucesión, aunque también contaba entre sus miembros con partidarios del archiduque Carlos, entre ellos María Ana de Neoburgo.

Obviamente, al emperador Leopoldo I no le gustó nada el testamento de Carlos II, y se puso inmediatamente a contagiar su disgusto a cuantos príncipes europeos pudo ganar para su causa. Ya se había ganado la lealtad del duque de Bruswick ascendiéndolo a príncipe elector de Hannover, y ahora convertía hacia su partido a uno de los más poderosos aliados de Luis XIV, el príncipe elector Federico III de Brandeburgo y duque de Prusia, al que, como ya ostentaba la máxima dignidad posible dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, lo ascendió nada menos que a rey de Prusia.

Después del propio emperador, nadie podía haber más predispuesto contra el candidato francés que el rey Guillermo I de Inglaterra, no tanto en calidad de rey de Inglaterra como de gobernador de las Provincias Unidas. Una alianza sólida entre Francia y España supondría la mayor catástrofe imaginable para los intereses comerciales de los neerlandeses. Inglaterra era la principal excepción en Europa al auge del absolutismo. Desde la revolución puritana, el Parlamento inglés había adquirido un lugar preponderante en la política, lugar que había conservado tras la restauración monárquica, y especialmente tras el derrocamiento del rey Jacobo II y el advenimiento de Guillermo I. En efecto, con Guillermo I se había llegado a un perfecto acuerdo tácito entre el rey y el parlamento: el rey dejaba en manos del parlamento la política interior y, a cambio, éste apoyaba al monarca en la política exterior, que convertía a Inglaterra en aliada de las Provincias Unidas. Esta preponderancia del parlamento, que gozaba ya de una gran tradición, estaba cada vez más arraigada en la legislación inglesa.

El duque de Anjou tenía importantes detractores en la propia España. En efecto, la monarquía española no era absoluta, pues cada uno de los reinos que la integraban tenía su propio parlamento y sus fueros tradicionales que el rey estaba obligado a respetar. Castilla estaba prácticamente sometida a la voluntad de la corona, pero no así Cataluña, Valencia y Navarra, que temían que un rey francés impusiera en España una monarquía centralista de corte francés.

En Dinamarca, el absolutismo había sido instaurado por el rey Federico III. Desde el año anterior reinaba su nieto, Federico IV, al que le habían bastado unos meses para sufrir su primera derrota ante el jovencísimo Carlos XII de Suecia. En efecto, Federico IV estaba tratando de apoderarse del ducado de Holstein, pero el duque Federico IV era cuñado de Carlos XII, quien, a sus dieciocho años, se puso al frente del ejército y rechazó a los daneses hasta las mismas murallas de Copenhague, donde el rey Federico IV se vio obligado a rendirse, para firmar más tarde la paz de Travendal. Éste fue sólo el primer episodio de la llamada guerra del Norte, pues, para defenderse del ataque sueco, el rey Federico IV había firmado una alianza con Rusia y Polonia, así que ahora Carlos XII decidía volverse contra el zar Pedro I, a cuyo mal organizado ejército venció fácilmente en Narva el 30 de noviembre. A continuación se dirigió contra el rey Augusto II de Polonia.

Polonia era a la sazón el reino más débilmente organizado de Europa. En los últimos años había sufrido grandes presiones por parte de Rusia y del Imperio Otomano, que, junto con las diversas crisis sucesorias, habían fortalecido a una nobleza que estaba volviendo el país prácticamente ingobernable. Su rey actual era el príncipe elector de Sajonia, y es que, si bien la autoridad del emperador Leopoldo I sobre los príncipes alemanes era meramente nominal, cada uno de ellos era prácticamente un monarca absoluto. El elector de Sajonia se había convertido en rey de Polonia, el elector de Brandeburgo estaba a punto de ser coronado como rey de Prusia y el elector Maximiliano II de Baviera había estado a punto de convertir a su hijo en rey de España.

No podía decirse que el zar Pedro I fuera un monarca absoluto. Rusia poseía un parlamento, la duma, en el que la nobleza, los boyardos, tenía una gran autoridad. Tampoco disponía de un ejército regular, pero el zar había emprendido una campaña de occidentalización de su país que, entre otros objetivos, incluía sin duda el de instaurar el absolutismo. La alianza con Dinamarca contra Suecia la había entablado después de firmar con los turcos el tratado de Constantinopla, por el que los otomanos reconocían el dominio ruso sobre las costas del mar de Azov. Fue entonces cuando el zar se propuso obtener el acceso al Báltico, lo que suponía arrebatarle a Suecia algunos territorios, y de ahí su alianza con Dinamarca y Polonia. La derrota que sufrió reafirmó su convicción de que Rusia necesitaba grandes reformas.

Tampoco la monarquía portuguesa era absoluta, pero el rey Pedro II estaba haciendo grandes progresos en esa dirección gracias a las minas que oro que recientemente habían sido descubiertas en Brasil. El rey se había reservado la mitad de los beneficios, y así podía disponer de dinero sin necesidad de pedírselo al Parlamento, lo que le permitía abstenerse de convocarlo.

El resto de países europeos eran potencias menores que trataban de encajar de la forma más ventajosa posible en el marco internacional. Quizá la más notable era la Confederación Helvética, que había logrado que su neutralidad fuera respetada en los múltiples conflictos que se habían desarrollado a su alrededor. En la última mitad del siglo XVII su economía había experimentado un considerable crecimiento. Gozaba de una próspera industria textil (principalmente de lana y seda), Berna destacaba por su producción de armas y la fabricación tradicional de relojes de pared se enriqueció con la de relojes de bolsillo.

El ducado de Lorena navegaba penosamente entre la influencia francesa y austríaca; junto a los grandes ducados alemanes, convivían muchos otros minúsculos, cuya división hacía que Alemania permaneciera, tanto política, como económica, como militar, como culturalmente, muy por debajo de sus posibilidades; y finalmente estaban los estados italianos: el sur formaba parte del Imperio Español, al igual que el Milanesdo, en el norte; el centro lo constituían los Estados Pontificios, donde el Papa conservaba cierto ascendiente, más bien moderado, sobre la política europea. Ese año murió Inocencio XII y fue sucedido por el cardenal Giovan Francesco Albani, que adoptó el nombre de Clemente XI. El norte de Italia estaba dividido en otro mosaico de pequeños estados, la mayoría gobernados por antiguas familias aristocráticas: Cosme III de Médicis era el gran duque de Toscana, Francesco Farnesio era el duque de Parma, Fernando Gonzaga era el duque de Mantua, etc. El más poderoso de todos era el ducado de Saboya, a la sazón gobernado por Víctor Amadeo II. Además estaba la república de Génova (que poseía la isla de Córcega) y la república de Venecia, cuya incesante lucha contra los turcos en el Mediterráneo había cobrado un nuevo impulso gracias a la conquista del Peloponeso.

En los últimos años, los turcos habían sufrido una serie de derrotas ante los austríacos, los polacos, los venecianos y los rusos que habían obligado a ceder numerosos territorios, en especial Hungría, que había vuelto a manos de los Austrias. Desde la firma de la paz de Karlowitz, los turcos no tuvieron más remedio que reconocer la crisis. Empezaron a enviar embajadores a los principales estados europeos (hasta entonces, quien quería tratar algo con el sultán tenía que enviar una embajada al sultán), y confiaron la política exterior a los fanariotas, que era el nombre que recibían los descendientes de la antigua aristocracia bizantina, porque residían en el barrio de Fanar, en Estambul. El lujo de la corte del sultán y de los turcos más influyentes dependía cada vez más de la importación de productos europeos, lo que supuso una afluencia hacia occidente de oro musulmán. Este comercio enriquecía a Occidente y empobrecía al Imperio, pues la importación de productos de lujo no enriquecía la actividad económica. Además, las actividades comerciales corrían a cargo fundamentalmente de los judíos, armenios y, sobre todo, griegos, mientras los campesinos y soldados musulmanes se empobrecían. Por el este, Iraq sufría continuos ataques por parte de beduinos de Arabia, kurdos y otros pueblos nómadas de las montañas.

Durante el reinado del Sha Sulaymán, Persia había sufrido periodos de hambres, epidemias, un terremoto, ataques de los cosacos y numerosas revueltas. Ahora, bajo Husayn, las cosas no iban mucho mejor. Influido por los teólogos chiitas, el sha puso fin a la tolerancia religiosa y desató persecuciones contra los sunníes y otras sectas minoritarias.

En la India, el gran mogol Aurangzeb había destacado como hombre de estado, pero su fanatismo religioso le estaba empezando a pasar factura. Había expulsado a bailarinas y músicos de su palacio, prohibió el cultivo y consumo de alucinógenos, así como los juegos de azar, el alcohol y la prostitución. Rechazó cualquier concesión a las costumbres hindúes, en particular, prohibió la costumbre de que las viudas fueran quemadas vivas con sus esposos, suprimió las fiestas hindúes, nombró funcionarios encargados de vigilar la aplicación de la ley islámica y castigar los casos de blasfemia o herejía, se opuso a la restauración de viejos templos hindúes, prohibió la construcción de otros nuevos e incluso derribó algunos para construir mezquitas en su lugar. Restauró el impuesto sobre los infieles, que debían pagar todos los no musulmanes, gravó con un 5% las mercancías de los comerciantes hindúes, evitó reclutar funcionarios de esta religión y publicó un edicto con varias leyes vejatorias, como la que prohibía a los no musulmanes usar palanquín, o montar buenos caballos.

Estas medidas multiplicaron las rebeliones, no sólo por parte de los hindúes, sino también de diversas sectas musulmanas. Entre sus medidas de represión, Aurangzeb había hecho ejecutar al gurú de una secta hindú llamada sikh, y su sucesor, Govind Singh, se convirtió en uno de sus más acérrimos enemigos. Reclutó un ejército de unos ochenta mil hombres a los que hizo creer que morir defendiendo la fe era un honor y no una estupidez. Para reforzar su identidad, les propuso añadir el apodo de Singh (león) a su nombre, y adoptar una indumentaria con cinco distintivos: llevar sable, cuchillo, barba, un peine (!), un brazalete y calzones cortos.

Pero la mayor espina que tenía clavada era el Imperio Maratta, contra el que llevaba dos décadas en una guerra infructuosa. Ese año murió de enfermedad el emperador Rajaram, y su viuda Tarabai se proclamó regente de su hijo Shambaji II y dirigió la lucha contra los mongoles con la misma efectividad que sus predecesores.

El estado islámico más floreciente de la época era el Marruecos del alawí Mulay Ismaíl. Había organizado una red de ciudades fortificadas que le permitieron enfrentarse con igual efectividad a las tribus rebeldes, a los otomanos y a los europeos. Su ejército llegó a contar con unos 150.000 esclavos negros. Estableció su capital en Mequínez, que fue remodelada con el trabajo de unos tres mil obreros y diez mil mulas. El resultado fue conocido como el Versalles marroquí, y al propio Ismaíl se le llegó a llamar el Luis XIV marroquí. Había tratado de entablar una alianza con Francia en contra de España, pero en esa época Luis XIV tenía ya sus miras en la sucesión española y declinó el ofrecimiento. Puestos a declinar, declinó incluso conceder a Ismaíl la mano de una de sus hijas ilegítimas, cosa que ofendió un tanto al marroquí.

Desde el advenimiento de la dinastía Qing, China era cada vez más próspera. Teóricamente, se trataba de una dominación extranjera, como lo había sido la de la dinastía Yuan, de los mongoles, pero en realidad se produjo una asimilación por ambas partes. El emperador Kangxi se comportó como un emperador chino tradicional: viajó para conocer su país, corrigió injusticias, se rodeó de letrados y protegió a los artistas. Militarmente, convirtió a Mongolia en un protectorado chino, se extendió hacia el norte hasta pactar una frontera con Rusia, y penetró en el Tíbet. Después de recibir al Dalai Lama, patrocinó la impresión de obras religiosas budistas.

Bajo el gobierno de los Tokugawa, Japón estaba alcanzando una cierta estabilidad. El comercio estaba favoreciendo lentamente la prosperidad de algunos núcleos urbanos.

El sureste asiático estaba fragmentado en numerosos reinos entre los que existía un relativo equilibrio de fuerzas. Entre los más influyentes estaba el reino de Siam, que había mantenido buenas relaciones con Occidente bajo el reinado de Phra Narai, el cual había confiado el comercio exterior a un aventurero griego llamado Constantinos Faulcon, quien había enviado dos embajadas a la corte de Luis XIV. No obstante, Phra Narai había muerto hacía dos décadas y una reacción nacionalista había terminado deteriorando completamente las relaciones con Europa.

Otro proceso destacado que había tenido lugar durante el siglo XVII fue la colonización de América del Norte. Aunque en un principio habían intervenido España, Inglaterra, Francia, las Provincias Unidas e incluso Suecia, finalmente sólo quedaban las tres primeras. España dominaba la región de Nuevo México, las colonias inglesas se distribuían a lo largo de la costa oriental, desde Virginia hasta Nueva Inglaterra, y el territorio situado más al norte había pasado de manos repetidas veces entre Inglaterra y Francia, con el nombre de Nueva Escocia o Acadia, según el dueño de turno. Actualmente estaba bajo dominio francés. Francia dominaba la parte nororiental del continente (Canadá) y estaba empezando a ocupar Luisiana, la franja de territorio alrededor del Mississippi comprendida entre el territorio inglés y el español.

La naturaleza de las colonias era muy diferente en el caso de cada país. La ocupación de Nuevo México era muy dispersa, y consistía esencialmente en soldados y misioneros distribuidos en cuarteles desde los que trataban de organizar la existencia de los nativos. La población francesa en Canadá tampoco era muy numerosa. Se concentraba fundamentalmente en los márgenes del río San Lorenzo, donde vivían algo más de 10.000 colonos, que habían alcanzado el autoabastecimiento. Se llevaban bien con los indios (excepto con los iroqueses), con los que mantenían relaciones comerciales y de defensa mutua, hasta el punto de que los indios eran el principal recurso de los franceses para mantener sus posiciones frente a los ingleses.

Por el contrario, las colonias inglesas estaban mucho más pobladas. Nueva Inglaterra contaba con unos 94.000 habitantes, dedicados a la agricultura y ganadería en pequeñas propiedades, explotaciones forestales, construcciones navales y al contrabando de madera, ron y melaza con las Antillas francesas. La población era en general rigurosamente puritana y contaba con grandes ciudades. Las colonias centrales (Nueva York, Nueva Jersey y Pennsylvania) contaban con unos 53.000 habitantes de los orígenes más diversos: las dos terceras partes de la población la formaban franceses, neerlandeses, alemanes y suecos. Por último, en las colonias meridionales vivían unos 108.000 habitantes, esclavos incluidos, que cultivaban tabaco y algodón en grandes plantaciones. Había pocas ciudades y puertos y las funciones públicas las dominaba una aristocracia culta de grandes propietarios. La esclavitud, aunque mucho más significativa en el sur, se daba también en las colonias del norte, así como en el territorio francés.

Prueba de la prosperidad de las colonias inglesas era que habían empezado a comerciar entre sí, cosa que no había sido bien vista en la metrópoli. El año anterior se había promulgado el Acta de la lana, por la cual se prohibía a las colonias embarcar lana o productos de lana a otras colonias. Así, las colonias que necesitaban lana estaban obligadas a comprarla a Inglaterra (a un precio, evidentemente, más caro que el que podía ofrecerles una colonia más cercana). No menos evidentemente, el Acta de la lana era una invitación al contrabando.

Por su parte, las colonias españolas en América contaban con unos 500.000 españoles y criollos (descendientes de españoles nacidos en América), que convivían unos 8.000.000 de indios, unos 500.000 esclavos negros, unos 500.000 mestizos (mezcla de blancos e indios) y unos 300.000 mulatos (mezcla de blancos y negros). La sociedad estaba estructurada en una jerarquía racista: los españoles ocupaban los altos cargos administrativos, los criollos ocupaban los gobiernos locales y eran dueños de minas y haciendas, los mestizos y mulatos tenían vedados los cargos públicos y se les dificultaba en ingreso en la jerarquía eclesiástica y en ciertos gremios de artesanos. La zona inferior de la escala la ocupaban, naturalmente, los indios y, aun por debajo de ellos, los descendientes de indios y negros (conocidos como pardos, morenos, cholos, etc.) Por otra parte, algunos esclavos negros lograban escapar y se refugiaban en las selvas y los montes. Se los conocía como cimarrones.

Desde la llegada de los españoles, la población india había disminuido drásticamente. Se calcula en que México quedaban un millón y medio de indios, que suponían el 10% de la población en la época precolombina. No obstante, en las últimas décadas la población había empezado a remontar. Ante la reducción de la mano de obra disponible, las explotaciones de indios por encomenderos habían empezado a perder terreno frente a las haciendas, en las los trabajadores eran hombres libres, si bien muy a menudo obligados por deudas. Una buena parte de la población indígena estaba en manos de las órdenes religiosas (dominicos, franciscanos, jesuitas, etc.) Su comportamiento fue muy diverso, y hubo casos de frailes que velaron por el bienestar de los indios y otros que se aprovecharon de ellos como el que más.

Si España mantenía prácticamente intacto su imperio continental, no podía decirse lo mismo de las islas. Buena parte de las Antillas había sido ocupada por diferentes países: Francia dominaba las más meridionales: Granada, San Vicente, Santa Lucía, Martinica, Dominica y Guadalupe, además de la parte occidental de La Española; Inglaterra había ocupado Barbados, Montserrat, Antigua, Barbuda, Jamaica y las islas Vírgenes occidentales, mientras que las orientales estaban en poder de Dinamarca; las Provincias Unidas poseían Curaçao, etc. España retenía la parte oriental de La Española, Puerto Rico y Cuba, dedicada principalmente al cultivo de tabaco.

Franceses y neerlandeses se habían dedicado también a romper el monopolio portugués del comercio con las Indias Orientales. España conservaba las Filipinas, pero los neerlandeses se habían hecho con las Molucas y los ingleses se habían tenido que conformar con establecerse en la India. Por otra parte, la costa africana era lo suficientemente extensa como para que cada cual encontrara donde hincar el diente. La creciente demanda de esclavos había alterado sustancialmente la economía africana, pues ahora proliferaban los pueblos dedicados a la venta de esclavos. El reino del Congo, que había sido uno de los principales proveedores, había desaparecido y su capital estaba abandonada. Ahora, uno de los proveedores a gran escala era una confederación de pueblos ashanti con capital en Kumasi. Dominaba una amplia zona en la costa septentrional del golfo de Guinea, y comerciaba con oro y esclavos.

Pero la colonia europea más importante en África era la de los bóers neerlandeses, en el extremo sur del continente. Desde su enclave inicial en El Cabo, la colonia se estaba extendiendo. En los últimos quince años se había acrecentado con la llegada de hugonotes expulsados de Francia, que ahora constituían la sexta parte de la población. Cultivaban la tierra a través de esclavos comprados en Mozambique o Madagascar.

La sucesión de Carlos II
Índice La guerra de sucesión española I