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                                       El olvido de los abuelos

                                                                                                                                                                                                                 Justo Serna

 

 

                                                                                                        

 

Levante-EMV, 27 de julio de 2007

 

          

            En la última novela de Paul Auster, Viajes por el Scriptorium, su protagonista se llama Míster Blank. Es un anciano doblegado por la edad y por un mal inespecífico: padece amnesia. No recuerda qué fue de su vida. Se enfrenta al mundo escueto que le rodea (la habitación en la que parece que está encerrado) con miedo y con desconcierto. ¿En qué circunstancia está, qué será de su porvenir, qué hay del entorno? El habitáculo en el que se halla está equipado con unos pocos muebles y enseres. Entre otras cosas, una cama, una mesilla, un sillón y un escritorio. Está solo y desconoce por qué se encuentra allí. El vaciado de su memoria es total o, mejor, casi total: aún sabe leer. “En la habitación hay una serie de objetos, y cada uno de ellos lleva pegado un trozo de cinta blanca, con una sola palabra escrita en mayúscula. En la mesilla de noche, por ejemplo, la palabra es MESILLA. En la lámpara, la etiqueta dice LÁMPARA”, añade el narrador. La inocencia de esos rótulos produce pánico, la verdad. Imagínense en una circunstancia así. Solos, amnésicos y valiéndose únicamente de la lectura. Como Míster Blank

           

            No es la primera vez que dicha circunstancia se da en las novelas. De todos los casos posibles, el que recuerdo con mayor emoción (recuerdo, qué paradoja) es el que se daba en Cien años de soledad. He vuelto a releer esta novela, que en 2007 cumple cuarenta años. En un momento dado, en aquella casa de los Buendía que tantas veces hemos frecuentado, también los moradores empiezan a padecer el mal de la amnesia. Acaba de instalarse Rebeca, la nueva habitante, y con ella ha llegado la enfermedad del insomnio. Pero ese padecimiento en sí no era lo peor. “Lo más temible”, leemos en la novela de Gabriel García Márquez, “no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido”. Cuando los enfermos se habituaban al estado de vigilia, comenzaban a disiparse los recuerdos infantiles: después el nombre; luego, la noción misma de las cosas; por último, la identidad de las personas y aun la conciencia del ser, “hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado”.

           

            Esa “idiotez sin pasado” es la que padece Míster Blank, en la novela de Paul Auster, y es la patología que comienza a sufrir José Arcadio en Cien años de soledad. Fue Aureliano Buendía “quien concibió la fórmula que había defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria”. Consistía en marcar con sus respectivos nombres las cosas de su laboratorio. “De modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas”. El propio José Arcadio resolvió ponerlo en práctica en la casa y, más adelante, lo impuso a todo el pueblo: ya saben, Macondo. Con una brocha impregnada acabó marcando cada cosa con su inscripción: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Exactamente como harán con la habitación de Míster Blank. ¿Una  solución  contra la amnesia? Poco a poco, al examinar las amenazas del olvido, el personaje se da cuenta de que podría llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus rótulos, pero no por su utilidad: una tragedia posible. “Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche”. Etcétera, etcétera. 

   

            Regreso a Paul Auster y a la “realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras”: un dato de mi propia vida. El olvido que trata de ser conjurado con letreros es, desde hace décadas, el empeño de mi padre, una fijación que mi madre acepta solícita y sonriente. Ellos no tienen la edad de los centenarios Buendía ni tampoco se parecen al protagonista de Viajes por el Scriptorium, pero –como ellos— tienen la realidad rotulada y ordenada para sobrevivir al declive o a la amnesia. Mi padre pone papelitos aquí y allá para saber lo que debe hacer. No tanto lo que hizo, sino lo que mi señora madre y él deben hacer. Hagamos lo mismo: ahora que todos nos vamos de vacaciones no se olviden de los abuelos. Ustedes, los jóvenes, pónganse papelitos en donde digan quiénes somos y quiénes son sus padres, cómo se llaman y por qué a ellos, justamente a ellos, les debemos tanto.