Federico Jiménez Losantos

                                                                                    Justo Serna

 

Antiguamente se llamaba ‘tentativa’ al examen previo que se hacía en algunas universidades para tantear la capacidad y suficiencia del graduando. A lo largo de este medio año he retratado por entregas a Federico Jiménez Losantos, un hacha de la comunicación, una voz arrolladora, un oráculo de la mensajería episcopal que tantos seguidores tiene y que tanta ojeriza despierta. Sus tribunas resuenan en las ondas y en el éter electrónico, y el eco de sus palabras zumba en los corredores de los Partidos Políticos. Secretarios de Formación lo atienden y rivales y oponentes temen o deploran sus arrebatos verbales. Las ocho piezas que siguen las fui componiendo a lo largo de 2005, conforme crecía el ruido estridente del locutor, conforme aumentaba el desconcierto de sus oyentes tibios. No sé si supero el aprobado. Supongo que para los afines del locutor he suspendido. No se apuren los que me quieran recuperar. Tengo paciencia, qué digo paciencia: ¡me impongo una penitencia! La de volverlo a intentar...

 

1.     El tribuno radiofónico, 1 de febrero de 2005

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Las elecciones en Irak se celebraron gracias al empeño de los propios iraquíes y ese hecho se empleó en la prensa y en algunas tribunas radiofónicas contra quienes durante meses y meses habían dudado de la legitimidad y de la viabilidad de la ocupación. También en este asunto, pues, ciertos periodistas y comentaristas adoptaron un estilo bronco, retador, de bravuconería ideológica. Aquellos que estuvieron desmentidos por la realidad, aquellos que tuvieron que aguantar el cataclismo ordinario de Irak, sacan pecho ahora, ufanos, condenando a la izquierda, a la ‘prensa socialdemócrata’ (dicen) y, de paso, a los tibios. Retumban y, como dioses atronadores, amenazan con el ostracismo intelectual a quienes les objeten algo. Quizá no valga la pena debatir con administradores de penitencias, con quienes sólo entienden la discusión como el reparto de severas admoniciones y reprimendas. Se dicen liberales, pero ay, amigos, que ‘iliberalismo’ el suyo, con ese verbo incendiario, ríspido, campanudo, con esa prosodia airada, con ese lenguaje pendenciero, incluso vejatorio, con ese tono temible de cruzada pendiente. Es el periodismo de trinchera, es el periodismo que hace cada mañana Federico Jiménez Losantos: su concepto de España y de nación, su idea de la política, sus juicios sobre lo real, son indiscutibles y quienes no convengan con él o sean flojos merecerán su condena más estridente o su rechifla o sus aceradas apostillas, esas frases que no se acaban, esos aspavientos desafiantes.

¿Recuerdan lo que le espetó este tribuno radiofónico a un tibio Rajoy? 'Mari Complejines', le llamó. ¿Recuerdan lo que llamaba a los gibraltareños semanas atrás? ‘Okupas del Peñón’: calificaba de okupas a gentes cuyos orígenes gibraltareños se remontan a siglos atrás. Piensen, por ejemplo, en Peter Caruana. No sé desde cuándo su familia está arraigada allí, pero ese apellido, Caruana, de estirpe maltesa, se extiende por el Mediterráneo peninsular, al menos desde el Setecientos. Etcétera, etcétera. Mari Complejines, okupas del Peñón... ¿Se puede ser más insultante? ¿Y qué me dicen de ese compadreo verbal que se consienten en sus tertulias? Que si don Antonio, que si don Federico, que si don Luis... Es el modo tradicional que tienen para tratar en las ondas: un modo afectadamente campechano, un tuteo artificioso que sirve para hacer fraternidad entre los acólitos. O estás conmigo o estás contra mí, diría, en fin, este predicador en frase desgraciada y evidentemente bíblica. ¡Dios, qué cruz!

 

2.     Retrato del periodista tonante, 10 de febrero de 2005

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Es un observador perspicaz, aunque receloso, espectador de lo que los demás escriben o dicen o emprenden, con una intimidad que no quiere o no sabe explorar, con un protagonismo codicioso, insaciable, con gran apetito, con afán de descollar. Ávido de sí mismo, quiere sentir que todos sus dictámenes serán inmediatamente oídos o leídos y quiere que lo tomen por imparcial y justiciero: es por eso que hace lisonja tacaña de sus aliados y censura aspaventosa de sus adversarios. Es servil y es exaltado, aunque lo aureolen palabras que él cree exactas, profundas y temibles. Vive apresurado, urgido por pruritos neuróticos, según diagnóstico freudiano que jamás aceptaría, deseoso de emplear su verbo demoledor, arrebatado, impostadamente disconforme. Por eso, por las prisas, el tedio pronto le alcanza y no parece capaz de invertir sus horas y sus arrojos en un asunto que dure demasiado tiempo. En el fondo es un perseguidor que rebasa metas, avasallador, anhelante, siempre quejoso, como un general que viera caer una tras otra fronteras que sus rivales juzgaron equivocadamente inexpugnables.

Pero no está contento y esas conquistas lo tienen desazonado, aún inquieto, pues los éxitos los sabe efímeros o fáciles o pirotécnicos: suficientes, sí, para encandilar a un público impresionable, pero escasos para derribar los pilares del periodismo o de la academia. Sueña con un reconocimiento definitivo que no llega, fantasea con ser un maestro de moral capaz de rebasar una obra, la suya, que siempre le pareció efímera y dispersa. Son la nota escueta y la apostilla los géneros que cultiva, pero le faltan paciencia y lecturas calladas, disipándose con ese afán de deslumbramiento y de vocerío, siempre afectadamente sarcástico o incluso ingenioso. Rodeado de acólitos que lo admiran, ha de exhibir su sagacidad y brillo frente a tanto analista soporífero, tedioso. Cuando se sabe fuerte gusta de ponerse en el límite mismo de lo que sus protectores le aceptarán, aguardando la embestida de sus jefes, una acometida mal calculada que haga de él un mártir, que haga de él ese titán sólo derribado por presión censora. Será entonces cuando pueda presentase con magulladuras, como víctima heroica, lamentando lo que pudo ser y no fue, denunciando la ojeriza de sus superiores, tan anodinos que prefieren la empresa a lo que él cree obligado y que ellos, tan mediocres, no ven. Será entonces cuando pueda revelar la última maquinación urdida por sus enemigos, siempre emboscados y hostiles... ¿A quién pertenece este retrato?

¿Se dan cuenta? Esta descripción sumaria, este resumen verbal, pertenece al periodista tonante que emplea su acerba pluma o el micro, dócil, para escarnecer o para auparse a sí mismo a un pedestal o a una tarima. Probablemente uno de los problemas más graves que arrastra la España de hoy no sea el enfrentamiento político o parlamentario o institucional, que no es problema sino modo de funcionamiento, sino la falta de deliberación real. Indicaba Víctor Pérez-Díaz en un ensayo reciente que la anemia que principalmente padece el espacio público en España es la escasa preparación de muchos de sus ciudadanos y de tantos de sus representantes, de sus intérpretes, de sus locutores, el poco hábito de lectura y de reposo verbal. Estamos mejor que tiempo atrás, desde luego, pero la quiebra que supuso la guerra civil y, después, una modernización sobrevenida y acelerada no nos dejaron en muy buenas condiciones. Aún hay hoy unas clases medias con severas carencias educativas y hay grandes comunicadores faltos de mayor sosiego y lecturas. Algunos de ellos, los más gárrulos y vocingleros, los más chillones, se desenvuelven en el espacio público como si creyeran inútil el uso moderado de la palabra y del razonamiento deliberativo. Así, la columna o la tertulia radiofónica, que son o pueden ser ilustración o mejoramiento del lector o del oyente, una sutil escuela verbal, pueden acabar con la apostilla gritona de un Zeus tonante. Con ello rendimos homenaje a una de las más deplorables tradiciones hispanas: la del vocerío y la algarabía, que tan bien supo resumir Josep Pla en una página de sus ‘Notas del crepúsculo’.

“Llega un momento”, decía, “en que casi todo el mundo habla. Todo el mundo es interrumpido. Nadie puede terminar de decir lo que le habría gustado decir, ni esperar una respuesta de lo que pretendía decir. Si en la reunión hay un espectador, (...) cuanto más se esfuerza por sacar algo en claro, más oscuro lo ve”. Pero no acaba aquí. “Por lo general, las cosas se complican (...). Toda esta mezcolanza convierte la vida social en un gran fatiga”, admite con resignación y “lo único que se aprende en ellas es a desbocarse, a hablar sin la menor reflexión. Al buen tuntún. Nadie sabe dar una noticia relativamente precisa y concreta. En estas reuniones”, concluye Josep Pla deplorando el protagonismo del orador tonante, “siempre hay un sabio, siempre un sabio pretencioso y precioso”, afectadamente culto, teatral, “convencido de que es muy inteligente”. Les parecerá quimérico, pero creo es faena de todos los ciudadanos y de los periodistas volver a conceder valor a las palabras modestas, a las palabras argumentadas, a las discusiones ordenadas y democráticas, a la cultura razonada como base de la expresión pública y como asiento de la decisión. Los estentóreos o atronadores o faltones envanecidos no los necesitamos.

 

3.     Los reyes del periodismo, 24 de febrero de 2005

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Desde hace tiempo, el estilo abroncado parece ser la norma entre ciertos periodistas y entre antiguos locutores, ahora convertidos en parlamentarios. De lo que se trata es de organizar pendencias verbales con el fin de que algo quede, confiando tal vez en la sugestión de un público que se juzga ignorante o impresionable. ¿Cómo se hace esto? Permítanme explicarme.

Hasta hace siglo y pico, el mundo no estaba deliberadamente organizado con fines informativos, es decir, el caudal de información que circulaba resultaba escaso y su ámbito, su radio de acción habitual, no sobrepasaba una esfera que era local. En este escenario, el griterío se hacía en la plaza o en el foro y los nativos se enardecían en un cara a cara que podía acabar violentamente. Eran, por ejemplo, los tiempos valencianos de Blasco Ibáñez y Soriano, el penúltimo momento de una época que hoy pensamos pretérita. Como mucho, llegaban noticias de hechos lejanos y, si se juzgaban intolerables, entonces esa plaza podía convertirse en el proscenio en el que representar arrebatos multitudinarios con una muchedumbre congregada exaltándose e iniciando una revuelta o un linchamiento, por ejemplo. Hoy, las cosas ya no tiene por qué ser así, dado que los modernos medios de comunicación pueden provocar idénticos efectos sin necesidad de que la masa esté físicamente reunida.

Entre otros, ya lo supo ver Gabriel Tarde, quien en su libro ‘La opinión y la multitud’ (1901) dejó dicho que la gran transformación moderna era precisamente la aparición del público: la presencia virtual de una muchedumbre físicamente disgregada que, sin embargo, comparte percepciones, valores, opiniones y objetos de odio, por ejemplo. Tanto subrayó Tarde esta novedad que creyó más importante el público que la multitud. La muchedumbre está reunida en algún lugar y no puede incrementarse “más allá de un cierto grado, marcado por los límites de la voz y de la mirada, sin peligro de fraccionarse o de hacerse incapaz para una acción conjunta, acción siempre la misma, como barricadas, saqueo de palacios, asesinatos, demoliciones, incendios”. Las audiencias, por el contrario, no necesitan ese espacio acotado y pueden actuar “como una colectividad puramente espiritual, como una dispersión de individuos, físicamente separados y entre los cuales existe una cohesión sólo mental”.

Bien mirado, el público diseminado es un hecho raro. “Cosa extraña”, insistía Tarde: “los hombres que se dejan entusiasmar así, que se sugestionan mutuamente o, antes bien, se transmiten unos a otros la sugestión desde arriba, esos hombres no se codean, no se ven, ni se entienden: están sentados cada uno en su casa leyendo el mismo periódico y dispersos en un vasto territorio” rindiendo culto a la actualidad, a los sucesos y estruendos más o menos reales de la actualidad, esa invención también moderna. Páginas después, Gabriel Tarde identificaba al público con “una especie de clientela comercial”, ávida de novedades, deseosa de esos hechos llamativos en los que hay héroes a los que seguir y villanos a los que secretamente envidiar, bondadosos ciudadanos, desprendidos, y astutos malvados que sólo tendrían por objeto enriquecerse adelgazando la cuenta de los demás.

“La influencia de los publicistas se basa, ante todo, en el conocimiento instintivo que poseen de la psicología del público”, añadía Tarde. Por ejemplo, saben que “público o multitud, todas las colectividades se asemejan en un punto, por desgracia: su deplorable tendencia a sufrir las excitaciones de la envidia y del odio. Para las multitudes la necesidad de odiar corresponde a la necesidad de obrar. Excitar su entusiasmo no conduce demasiado lejos; pero ofrecerle un motivo y un objeto de odio es dar vía libre a su actividad que, como nosotros lo sabemos bien, es esencialmente destructiva (...). Lo que reclaman las multitudes encolerizadas es siempre una cabeza o algunas cabezas (...). Descubrir o inventar un objeto nuevo y grande de odio para uso del público es todavía uno de los medios más seguros para convertirse en uno de los grandes reyes del periodismo”.

Bien, es probable que la premonición de Tarde fuera algo exagerada y, por tanto, es casi seguro que administrar ferocidades verbales a través de las ondas no conceda el Trono, sino sólo un escaño en un distante Parlamento o, como mucho, un puesto discreto en el ránking de las audiencias. Qué le vamos a hacer. Pero lo que sí que se consigue con ese modo de sugestionar a los públicos es romper el orden de sus prioridades estableciendo urgencias o escándalos con que enredar. El auténtico poder de los medios de comunicación no es el de manipular, sino el de imponer aquello sobre lo que deberíamos pronunciarnos. Los ‘mass media’ tienen la capacidad fijar el temario de nuestras preocupaciones. Es decir, estás inquieto, por ejemplo, por los afectos o por el cuerpo, por tus cosas, digamos, y de repente una transmisión invasora de la intimidad o un suceso inaplazable violentan tu dietario. En principio, no es mal asunto: en ocasiones estamos ensimismados en nuestras fantasías o pequeñeces o miserias cotidianas y una sacudida nos devuelve al mundo externo, ese sobresalto que nos hace recuperar el principio de realidad. Pero no siempre es así: a veces, el orden se rompe gracias al estremecimiento que produce un provocador que quiere auparse a sí mismo y que no lo consigue de otro modo. De esa manera, cualquier sermón estridente o cualquier retumbo serán inmediatamente recogidos por los medios, aunque sólo sea por romper la rutina, lo previsible, lo sabido o archisabido, aunque sólo sea para nuestro común asombro. En fin, escojamos un objeto de odio y adoptemos el estilo abroncado si lo que queremos es llegar a la primera plana como reyes chiquitos del periodismo.

 

4.     Jiménez Losantos y John Stuart Mill, 27 de mayo de 2005

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Cuando hay tanto aspaviento y dengue, cuando algunos periodistas se irritan y reclaman a la derecha que ejerza como tal, que no se amilane, que deje los complejines --como leemos en ‘Libertad digital’--, hay que serenarse. Debemos ejercer el librepensamiento a pesar de quienes en nombre del liberalismo condenan y sancionan a quienes no comulgan con ellos.

Y ya que hablamos de liberalismo, quisiera fundamentar esa posición valiéndome precisamente de un gran pensador de ese linaje, de esa estirpe. Me refiero a John Stuart Mill (1806-1873). ¿Me ganaré con ello el beneplácito de los locutores liberales? No, por cierto, porque John Stuart Mill es impuro, un autor de difícil encasillamiento, un creador de opiniones que no se atuvo a lo liberalmente correcto. Por eso, por ejemplo, no extrañarán los reproches que Pedro Schwartz le dedicara en ‘Nuevos ensayos liberales’ (1998). Le honraba a Schwartz reconocerse a sí mismo como un lector hostil, su “vaga hostilidad preconcebida”. “En la tradición liberal”, decía, “es Mill un autor ambiguo. Es cierto que su antropología fue impecablemente individualista. Es verdad que su filosofía política planteó con tino el conflicto entre libertad y democracia. Pero en materia de economía política, por grandes que fueran sus aciertos analíticos, abrió un portillo al socialismo...” No hay que extrañarse, en efecto. Que un articulista habitual de ‘Libertad digital’ diga esto entra dentro de lo normal.

Pero Schwartz no quería ser sectario y por eso, en un determinado momento, se planteó, según revelaba en dicho libro, releer algunas de las obras de Mill. “¿Qué iba a depararme la relectura de su libro ‘Sobre la libertad’?”, se preguntaba en 1998. Hoy, frente al estrépito de tanto sedicente liberal, una relectura de Mill les haría bien a los más quejosos. En efecto, no es sencillo olvidar, desprenderse de él. Todavía le adeudamos doctrinas y libros, tomas de postura e iniciativas dignísimas en las que reconocemos lo mejor del librepensamiento. Su época de madurez, que abarca el esplendor de la Inglaterra victoriana, fue un ejemplo de arrojo intelectual, de coraje pedagógico en favor de la libertad, de intervencionismo intelectual, de lucha a favor del bienestar.

No se arredró ante las dificultades, guiado al principio por un padre severo, exigente, dispuesto a transmitirle el valor de la disciplina y de la educación. Es por eso por lo que bien podemos decir que su vida fue un continuo aprendizaje. “No guardo memoria del momento en que empecé a aprender griego. Me han dicho que fue cuando yo tenía tres años”, leemos en su célebre ‘Autobiografía’. Es ésta una enseñanza que bien podría escandalizar a tantos preceptores de hoy, seguramente dispuestos a hacer de sus hijos muchachitos melifluos. Pero John Stuart Mill, no se contuvo, en efecto, y más allá de las reconvenciones de su progenitor supo hacerse y rehacerse cultivándose o pensando lo que aún no había sido pensado suficientemente.

Todo lo hizo con pasión, con el denuedo y con el libramiento de quien sabe que la existencia es uno de esos dones que no conviene arruinar, un logro personal y una hazaña de supervivencia. Fue un fiel camarada de compatriotas y de corresponsales extranjeros, mostrándose siempre como ese amigo en quien podemos confiar más allá de la coincidencia o no de ideas. Era capaz de expresarse en distintas lenguas, sin atarse a una sola, lenguas muertas (como ese griego aprendido a partir de los tres años) y vivas (como ese francés que también empleó con algunos destinatarios de sus misivas). Esa facilidad, pero sobre todo esa voluntad de trascender su medio, su identidad y su herencia, hicieron de él un gigante de su tiempo. Fue competente en humanidades y en ciencias, en historia, en economía y en derecho, y se prodigó publicando una bibliografía copiosa y aún inevitable. Y, a la postre, hizo de la reflexión ética el argumento central de su pensamiento. Pero fue también un pensador audaz que no se contentó con el retiro calmo de su gabinete, pues fue alguien que hizo pública manifestación de sus opiniones contundentes, que afrontó con responsabilidad las consecuencias que se derivaban de sus palabras.

De todas las cosas que trató hay una verdaderamente imperecedera: las ventajas y los límites de la opinión, los beneficios y las coerciones de la opinión pública. En nuestro tiempo, cuando tantos se excitan con vehemencia inquisitorial frente a los juicios vertidos por los demás, por este o por aquel intelectual, cuando tantos se agraviaban por el simple hecho de que los restantes no piensen como ellos, sería bueno tomar lecciones de Mill. De todas sus obras recomiendo, claro, ‘Sobre la libertad’ (1859), esa de la que nos prometía relectura Pedro Schwartz. Sorprende hablar de estas cosas, pero más reparo da tener que recordarlas en un tiempo en que la furia colectiva de la opinión, de los medios, pueden llegar a cercenar el librepensamiento.

En la vida pública de cualquier país, en toda sociedad civil, no sólo nos amenazan los poderes ejecutivos, su inveterada tendencia al despotismo. También necesitamos protección, decía Stuart Mill, “contra la tiranía de las opiniones y pasiones dominantes; contra la tendencia de la sociedad a imponer como reglas de conducta sus ideas y costumbres a los que difieren de ellas”. Necesitamos oponer resistencia a una tendencia común de los grupos y de los agregados humanos: la de “obstruir el desarrollo e impedir, en lo posible, la formación de individualidades diferentes”, la de “modelar, en fin, los caracteres con el troquel del suyo propio”. ¿Y qué se gana protegiéndonos contra el despotismo de la opinión y de los Gabinetes? La constitución, la formación, de ciudadanos reflexivos.

“Nadie puede ser un gran pensador”, añadía, si no se atreve a seguir “a su inteligencia a dondequiera que ella pueda llevarle. Gana más la verdad con los errores de un hombre que, después de estudio y preparación, piensa por sí mismo, que con las opiniones justas de los que las profesan solamente porque no se permiten el lujo de pensar. Por eso, "si toda la especie humana opinase de modo unánime, y solamente una persona fuera de la opinión contraria, no sería más justo el imponer silencio a esta sola persona que si esta misma persona tratara de imponérselo a toda la humanidad, suponiendo que ello fuera posible (...). Pero lo que hay de particularmente malo en imponer silencio a la expresión de opiniones estriba en que supone un robo a la especie humana, a la posteridad y a la generación presente, y de modo más particular a quienes disienten de esta opinión que a los que la sustentan".

Ojalá Pedro Schwartz recomendara esta lectura a sus cofrades de ‘Libertad digital’.

 

5.    Los liberales, doceañistas o digitales, 1 de junio de 2005

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Pensaba en lo que se dirime con la Constitución de Europa, lo que hay de intrepidez y de ensayo, y pensaba en lo que es un proceso constituyente, algo que en el caso que nos ocupa no se ha dado como se dio en el pasado. Pensaba con alguna nostalgia en los liberales del Ochocientos, en los ‘doceañistas’ españoles, por ejemplo. Evocaba a aquellos audaces revolucionarios que se propusieron cambiarlo todo, rehacer el mapa del Continente y la definición política de sus contenidos. He de admitir que los liberales españoles de 1812, por ejemplo, se asemejan bien poco a los representantes comunitarios que han redactado el actual ‘Tratado por el se establece una Constitución para Europa’.

Lo que no sé es si preferiría vivir en aquel tiempo en que las cosas mudaban tan vertiginosamente, en aquel tiempo en que todo se fiaba a la bravura, al arrojo e incluso al buen humor de los constituyentes, o por el contrario desearía mantenerme en esta época de rutinas políticas e institucionales, heredera de aquel arrojo mal comprendido, en esta época de liberales digitales, antipáticos y agraviados. Pensaba en esto, me preguntaba, escribía, volvía a escribir y me decía...

Hay episodios en la vida y en la historia en que los asuntos dejan de funcionar del modo previsto, o por una catástrofe que todo lo trastorna o por la audacia de unos hombres que se obstinan en remover las cosas. Cuando este último caso se da nos hallamos ante auténticas epifanías del género humano: ya no hay augurio que anticipe lo que va a suceder ni expectativa que se cumpla. Son momentos del pasado y del presente en que todo cambia o lo hacemos cambiar y un vértigo de hechos sucesivos e inauditos ponen a prueba a sus sorprendidos testigos.

Algunos individuos sacan entonces lo más recóndito de sí mismos volviéndose mejores, héroes que descubren lo que ignoraban poseer. Se elevan y se revelan como protagonistas clarividentes de su tiempo, humanos que saben remontar las perezas de los suyos, individuos que se afirman contra lo que de ellos se espera. Hay momentos históricos en que esas reglas, esas convenciones obvias, esos comportamientos atávicos se abandonan o se impugnan. Uno de esos momentos decisivos es, precisamente ese que mencionaba, el que corresponde al nacimiento del Estado constitucional en el siglo XIX, aquella fase en que la realidad social e institucional de Europa se sometió a escrutinio, poniéndose en entredicho casi todo lo heredado y aceptado.

Los doceañistas de la Constitución de Cádiz invocaban el pasado y decían encarnar una tradición, pero en realidad iban más allá: vaticinaban un porvenir distinto y se empeñaban en recrear a su manera la política, la sociedad y la vida, la idea misma de felicidad. "Todo ha de ser examinado, todo ha de ser reorganizado, sin excepción y sin miramientos", había establecido Diderot y algunos de ellos, herederos del iluminismo, confianzudos, se obstinaron en deshacer el orden que habían recibido de sus mayores, sus normas, sus propias definiciones, precisamente por entenderlas llenas de defectos, de vicios. Impugnaron la soberanía del monarca, propugnaron la separación de poderes, establecieron el principio de la igualdad jurídica, pensaron, en fin, un mundo de buenos burgueses.

Aquellos constituyentes creyeron posibles esas metas porque esperaban algo del hombre, porque le dispensaban al género humano todo su crédito, porque eran progresistas que confiaban quizá exageradamente en la mejora de la sociedad, de los individuos, de las instituciones. Aquellos constituyentes no se dejaron amilanar por cataclismo alguno, no se dejaron derribar por sus reiterados fracasos, por la fiereza de sus enemigos o por los obstáculos que la Europa o la España de entonces les oponían.

Quisieron guiar y guiarse, dirigir y capitanear su acción y el gobierno de los pueblos. Para ello se tomaron en serio sus ideas, aguardándolo todo del saber y del poder de la palabra, ese ejercicio de la inteligencia y de la audacia. Por eso, muchos de ellos se volcaron en la acción, incluso cuando esa existencia ajetreada iba contra sus propios intereses materiales. Sin embargo, no se dedicaron a la vida pública, a la reorganización del mundo y a la recreación de las instituciones llevados por el altruismo o por la benevolencia, por la entrega abnegada, sino por un egoísmo racional, para así oponer resistencia a las injurias del pasado, para enfrentarse a la adversidad a la que parecían condenados.

Sabían o creían acabado el tiempo de las tiranías y del absolutismo y no había en ellos fatalidad ni desinterés que predicar, sino el empeño estrictamente individual de quien quiere habitar en un espacio colectivo menos aterrador, más hospitalario. La vida cambiaba, pero eran ellos, esos constituyentes, quienes la transformaban al designarla con nuevas voces, calificando de otro modo las cosas, dándoles otros rótulos, haciendo de la palabra un acto mismo, una enunciación propiamente ‘realizativa’ que edificaba mundos.

Los liberales de entonces se propusieron refundar o remendar la realidad burlando el destino, arrogándose el derecho de definir las cosas, disputándole a Dios dicha tarea. De ahí que concibieran algo inaudito, un sistema político representativo, embrión aún lejano de una democracia que ellos no llegarían a conocer, unos derechos civiles como fundamento de la ciudadanía, y, en fin, una nueva moral que regulara la vida y la acción y que facilitara a los individuos la satisfacción de sus sueños, de su felicidad y de sus metas.

Desde entonces hemos aprendido muchas cosas más y sabemos cuáles fueron los límites y las exclusiones de aquella temprana experiencia española, la miopía con que se enfrentaron a sus adversarios o la rémora católica de un Estado aún confesional que hicieron propia. Pero el ideal último sigue siendo el mismo: la constitución de un espacio público en donde no domine el infortunio fatal, la formación de individuos libres, inviolables, autónomos, dignos. Se trataba de una gesta titánica, de una gesta deliciosamente burguesa que tienden a olvidar algunos de sus descendientes actuales, entregados a la desconfianza pasiva, a la radicalidad o a la molicie bienestante de quien cree tenerlo todo ganado. Se trataba de un prodigio histórico insólito que nadie podía vaticinar.

Removieron certidumbres milenarias, reglas seculares, obstáculos que impedían edificar un espacio para la libertad. A esos antepasados heroicos les debemos un recuerdo, aunque sólo sea por haber sido la suya una audacia sencilla pero decisiva: la empresa constitucional y civilizadora, resuelta y activa, de ponerse al frente, manos a la obra, una hazaña que a la postre no pudo frenar cataclismo alguno ni un monarca antiliberal, felón, un petimetre inseguro y desconfiado, amante del servilismo, de las chinchorrerías y emblema de la inacción.

No sé. Ayer hacía una ucronía preguntándome qué habría votado Alexis de Tocqueville si hubiera sido convocado a las urnas, si una longevidad imposible le hubiera permitido asistir a la consulta del 29 de mayo. Ahora que vuelvo a interrogarme y ahora que vuelvo a escribir esto y sobre esto, me pregunto si no será al revés: si no debería desplazarme yo mismo a aquel tiempo de audacias en el que los liberales españoles se proponían una empresa de constitución y revolución. ¡Eran tan diferentes de quienes hoy se apropian de ese nombre...! Dice Jiménez Losantos que los liberales españoles de ahora votaron no a la Constitución europea y aprovecha para sermonear al PP y a su líder (“Maricomplejines” insiste en llamarle), por no haberse opuesto al “proyecto liberticida y mostrenco pergeñado por el infame Giscard”. Uf, qué lenguaje y qué concepciones. De verdad, que dan ganas de regresar al tiempo de los viejos liberales...

 

6.     Digresión sobre Jiménez Losantos, 2 de junio de 2005

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Es frecuente en este comunicador emplearse a fondo, no andarse con chiquitas ni con contemplaciones. Se jacta de sus palabras, arremete contra lo que juzga estulticia, vitupera contra los contemporáneos cuyos presuntos desvaríos juzga. No sé si emplea recursos de viejo agitador leninista o de ex militante maoísta. Como nunca fui ni una cosa ni la otra, no puedo identificar fácilmente ese estilo retador y lenguaraz que sirve para embestir contra todo lo que al locutor le desmiente o le enoja o le contraría. No sé si obra como un periodista encallecido que está a vuelta de todo, como ese publicista que se arroga el derecho de pronunciarse de manera categórica, con sarcasmo y con estridencia, haciendo estropicio, valiéndose del insulto.

Esto mismo, el empleo del insulto, es un rasgo privativo de este periodista, una violencia verbal, estentórea, innecesaria, pero muy apreciada por los agraviados del mundo, una violencia que convendría estudiarla pues de ella procede en parte la degradación que amenaza a la derecha ideológica, la arrebatada controversia política a la que se entregan algunos de sus representantes. Apreciemos algunos de esos pequeños detalles, las descalificaciones con que se enfrenta a sus rivales o simplemente adversarios, porque de lo supuestamente baladí o trivial o accesorio, de esa ganga sobrante del lenguaje, pueden extraerse lecciones muy instructivas sobre la disputa pública.

Cuando en una intervención polémica los razonamientos se sustituyen por cintarazos verbales, es probable que haya algo de impotencia analítica. Un sermón sin aspavientos ni estrépito no llega inmediatamente, pero una reprimenda con ultrajes despierta o despeja a quien aún transita en duermevela. Eso lo sabe bien este comunicador, ya que a sus oyentes matutinos los apremia con los escarnios orales que dedica a quienes le refutan, impugnan o contradicen. Ese estilo no sólo se da en las ondas, se da también en las gacetillas de su periódico online con las que sotanea a sus lectores.

‘Federico responde’..., así se llama el libro que recopila parte de las charlas o chats que mantiene en la Red. Allí, entre sus páginas, podemos apreciar no sólo a quien se cree dueño del Secreto, sino también a quien se vale de la contundencia expresiva para abalanzarse sobre los que le repudian o le ignoran. “El título de este libro”, aclara su autor, “que está entre la provocación y el Código de Comercio, abunda en esas interrogaciones que suelen hacerme en los chats y me produce inevitablemente cierto rubor, porque me instala en ese feo papel de oráculo manual o de idolillo parlante. ¿Por qué lo he aceptado? Pues precisamente para responder, es decir, para hacer frente a esa situación de popularidad desbordante o de expectativas desbordadas y absurdas que produce la euforia mediática. Ya he pasado por ella, aunque no tanto como ahora; si ésta dura, bien; y si no, también”, añade. Más que para responder, ¿no será que edita dicho repertorio de especulaciones y de vituperios para aprovechar “esa situación de popularidad desbordante o de expectativas desbordadas absurdas que produce la euforia mediática?”

Hay un arte de injuriar, explicaba Borges en una nota de su ‘Historia de la eternidad’, una habilidad especial para denostar haciendo uso del humor, mostrando agudeza, atacando con una andanada ácida, irónica. Pero hay otra forma, la que se hace sin gracia precisamente, con un sarcasmo dolido, pesaroso, lastimado, y que sólo revelaría escarnio, ferocidad e irritación, esa forma de denigrar que adoptaría un autor que estuviera convencido de que a los adversarios no se les doblega con argumentos. En nuestro comunicador son frecuentes dicterios pronunciados así. A sus potenciales seguidores del PP que revelen duda o renuencia, nuestro periodista los retará llamándolos “maricomplejines”, por ejemplo.

Se ganó una fama de antinacionalista en Barcelona, padeció un odioso, un vil atentado, se granjeó reconocimiento como oráculo o idolillo, se afianzó como uno de los más atrevidos locutores de la derecha española. Pero ahora, ensoberbecido, su modo de expresión se agrava y se agravia perdiendo toda corrección y toda circunspección, valiéndose de una contundencia destemplada, contusa. Salvo cuando el PP asiente, ninguno de sus contendientes parece ser capaz más que de simplezas, de patochadas y de pérfidas intenciones. Él, por el contrario, adoptaría siempre la posición correcta, liberal y razonable. Sus oponentes, como mucho, se dejarían llevar por sentimientos equivocados, sentimientos que fustigaría para arrancarlos del error, como un inquisidor fiero y benevolente a la vez que se hiciera cargo de las almas descarriadas, almas abandonadas a una idea o a una creencia por cuyas consecuencias no se interrogan.

Él, por el contrario, examinaría y vocearía partiendo de una clarividencia incontestable, consciente de lo que hay que hacer frente a la conspiración de la maldad (“la patulea polanquiana”, la comandada por Jesús de Polanco) y de la estulticia (“la grey rubalcaviperina”, tolerada por Rodríguez Zapatero). Esta idea, la de una conspiración explícita o implícita, está siempre presente en sus intervenciones. Lejos de lamentarla, en todo caso, celebra esa intriga o esa maquinación, pues serían la fiebre que cura o la erupción que revela más claramente la enfermedad. Ese sentimiento ‘dietrológico’ que hay siempre en toda intervención suya, pero, a la vez, su expresión feroz e inmoderada, me recuerdan las maneras propias de un reaccionario dolido con el mundo que le toca vivir.

En efecto, como todo reaccionario exaltado que se precie, también nuestro comunicador hace del anatema y de la cólera sus procedimientos y, como todo viejo apostólico, se aprecia en él una vehemencia desenfrenada, insostenible. Es tan resueltamente apocalíptico que hasta sus seguidores se preguntan por la seriedad de sus imprecaciones, de sus excesos verbales, de sus apologías, apologías que probablemente atemorizarán a quienes ensalza. Yo me tengo por oyente ocasional de su programa radiofónico: simplemente porque me parece insólito. Aún me pregunto si ese énfasis matutino será bueno para la salud. Para la de Jiménez Losantos, me refiero.

 

7.    El Apocalipsis según Federico, 5 de octubre de 2005

http://justoserna.bitacoras.com/archivos/2005/10/05/el-apocalipsis-segun-federico2

La irritación crece, se manifiesta hasta en el más mínimo detalle y cualquier cosa puede ser motivo de encrespamiento, un enojo que se vocea y que agrava y enturbia las cosas. Ayer mismo titulé el comentario de mi bitácora con el rótulo de ‘Un diario nauseabundo’. Quienes leyeron dicho texto en mi ‘blog’ sabían que la alusión explícita era a Jean-Paul Sartre y a su novela más célebre. Quienes, por el contrario, me siguieron a través de ‘Periodista Digital’ probablemente pensaron que me refería a otra cosa bien distinta.

En Internet, muchos medios emplean el título y el icono (una fotografía del autor, por ejemplo) para dar paso al texto (‘cliquear’, lo llaman). De hipervínculo en hipervínculo vamos pasando y los reenvíos son la lógica, la inestabilidad de la palabra electrónica. En Internet, la remisión constante hace móviles nuestros discursos, ya lo sabemos. En ese sentido no me extraña el malentendido que mi título pudo provocar en PD. En todo texto digital es indudable que el rótulo que le pones condiciona el mayor o menor número de visitas, de lecturas. En un periódico de papel no es tan decisivo: los lectores acceden a título y a los contenidos e inmediatamente saben de qué va: tienen delante la totalidad del artículo, por ejemplo.

Un título como 'Un diario nauseabundo' (en este contexto de estremecimiento permanente y de tirantez en que se desarrollan la política española y la confrontación entre los medios) parece aludir a algún periódico al que yo vituperaría. Es tal la ojeriza que tantos manifiestan, el sectarismo que se ha impuesto, que ese epígrafe inocente se asemeja a la fórmula de algún energúmeno más que se expresaría con estruendo, con el fragor habitual. En realidad, dicho título era la descripción literal del dietario de Antoine Roquentin en 'La náusea', de Sartre. No es un rótulo fraudulento ni una operación manipuladora. Por el contrario, es el contexto hostil y de hostigamiento del adversario el que parece estimular estos equívocos (que yo sabía que se producirían). Hay ya tantas personas acostumbradas al lenguaje belicoso y destrozón, hay tantos lectores habituados a los extemporáneos accesos de verbalismo irritado, soliviantado, que cultivan algunos comentaristas..., que todo parece ser muestra de lo mismo.

Quien ha alcanzado la maestría en el desaire verbal es, ya lo saben, Federico Jiménez Losantos y, para más inri, se lo atribuye a los demás. De Fernando Savater, por ejemplo, decía ayer en su columna de ‘El Mundo’ que ahora se dedicaría a insultar a la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Esto es, dado que el PSOE está “embridado y dirigido por Cebrián, González y Polanco”, el consenso con el PP en el País Vasco ha saltado por los aires y de ello tendríamos muestra en la actitud de Savater. A lo que parece, la circunstancia actual en Euskadi sería, pues, la peor posible, cuando no es así, al menos de momento: menor número de atentados (crucemos los dedos) y menores casos de violencia explícita, menor acoso criminal, simplemente porque los brutos tienen menos oportunidades. ¿Significa eso el cese de los gravísimos problemas de cohesión social y de seguridad que padecen las víctimas? Por supuesto que no.

La aprobación del ‘Estatut’ por parte del ‘Parlament’ de Cataluña ha provocado una crisis notable, no tanto por las consecuencias que el hecho tiene en este momento, cuanto por los efectos que pueda tener en lo venidero. No entro a valorar sus contenidos, de cuyo preámbulo me ocupé en mi bitácora, en donde sometía a crítica y a examen lo que consideraba y considero que es un historicismo vetusto, añejo, desiderativo, un historicismo que discursea con mayúsculas y que establece un nexo entre pasado y presente como si esa relación fuera evidente y natural. Valoro, por el contrario, el estrépito mediático que anuncia prácticamente el Apocalipsis. El ‘Estatut’ ha de pasar por las Cortes españolas y, como todo texto legal, tendrá una revisión que es fruto del cálculo parlamentario, de la confrontación y del consenso. No niego la importancia del momento. Lo que me niego a aceptar es que ya nada tenga remedio al modo que proclama Federico Jiménez Losantos (“Sin marcha atrás”) y que el sistema de partidos y la dinámica electoral acaben en el fatalismo, de la índole que sea. Hace unos meses, el Plan Ibarretxe parecía indisputable, indiscutible para su principal avalista e inspirador, pero también para muchos de sus adversarios, que veían en aquella iniciativa algo irremediable. Un serio traspié electoral puso en aprietos al PNV y, por extensión, a quienes tomaban el Plan como un dato de hecho que sólo había que asumir.

El ‘Estatut’ de Cataluña no saldrá así, sin más, ni se impondrá trágicamente por la ley del número, como dirían los viejos ácratas, hostiles al parlamentarismo. El propio partido socialista está sometido a un proceso interno de colusión (de alianzas) y de colisión de contrarios, que es la dinámica misma de toda organización con tensión interna, con vida interna, supongo. Los planes que los actores políticos se proponen es raro que se impongan por la fuerza intencional que los mueve: el propio azar del contexto y los efectos de composición –en palabras de Raymond Boudon-- que tuercen u orientan sus motivos sellan o cambian procesos que parecían inexcusables.

“Pero es que incluso si el PSOE no estuviera embridado y dirigido por Cebrián, González y Polanco”, dice Jiménez Losantos, incluso si todo no acabara dependiendo del “dictador de almas”, añade nuestro columnista retador, “la votación de ese malhadado Estatuto anticonstitucional dictatorial tiene difícil marcha atrás”. Paso el mal uso del verbo, ese tiempo condicional obligado que Jiménez Losantos olvida, pero lo que no paso es el ultraje y, sobre todo, el desaliento y el cataclismo con que cada día nos encrespa el columnista en su labor de agitación y propaganda. A su lado, en ‘El Mundo’, un artículo sensato (‘Carta amistosa a los socialistas’) firmado por Josep Piqué hacía una crítica severísima de la posición de Pasqual Maragall y de José Luis Rodríguez Zapatero. No juzgo si está en lo cierto, pero su invitación a un consenso parlamentario parece una astucia más razonable que la de la furia verbal.

Según admitía Piqué, “soy de los convencidos de que la prudencia firme –o la firmeza prudente— es más eficaz que el arrebato estridente o el alimento de las vísceras. Soy de los convencidos de la virtud del raciocinio y de la necesidad de no dejarse llevar por las pulsiones primarias”, añadía. Imagínense los comentarios engreídos que Jiménez Losantos vertía en su programa de la COPE: arremetía contra su vecino de página, cuyas ideas consideraba una birria, y denigraba el ‘estilo Piqué’ con los vejámenes habituales.

Durante la Transición hubo numerosas ocasiones en que los protagonistas del cambio, enviscados por el determinismo, pudieron recaer en el destino más desventurado, en el peso de la fatalidad. Pero la sensatez y sobre todo los efectos ‘inintencionales’ de la acción limitaron las pretensiones de todos los actores. Nadie tenía la llave que abría y cerraba el proceso, porque nadie dominaba todos los factores que intervenían, su orden y las consecuencias que podían traer. En los peores momentos, en las horas más bajas, había razones fundadas para sospechar del inmediato advenimiento del Apocalipsis y, sin embargo, la negociación fue un paliativo de los daños y las llagas que todos podían mostrar. Quizá porque no hubo amnesia, sino miedo a recaer en los errores y horrores del pasado, es por lo que los reproches mutuos pudieron echarse al olvido, como señalaba Santos Juliá. Ahora, en cambio, todo se encausa con estruendo y, para algunos, el juicio final ya está, ya se acerca. Al Fiscal... ya lo conocemos.

 

8.    Jiménez Losantos no es Thomas Mann, 25 de octubre de 2005

http://justoserna.bitacoras.com/archivos/2005/10/25/jimenez-losantos-no-es-thomas-mann

La radio como instrumento de alboroto, de propaganda, no es una herramienta inventada por Federico Jiménez Losantos. Tenemos precedentes bien prestigiosos. Ya saben: Queipo de Llano... Pero cuando pienso en su versión más noble, inmediatamente me viene a la cabeza la BBC en la guerra, en la Segunda Guerra Mundial. Más en concreto, recuerdo el caso de Thomas Mann, no como novelista, a quien ayer citaba aquí, sino como agitador radiofónico y de quien ya hablé en esta bitácora hace meses.

Según les dije, en marzo de 1933, el escritor abandonaba Alemania con destino a Suiza y después, en 1938, a los Estados Unidos. Le fue arrebatada su nacionalidad, pero eso no le impidió interpelar directamente a sus antiguos compatriotas, agitar su conciencia, mostrarles la inmundicia ideológica de Hitler. “ «¡Despierta, Alemania!» Con este señuelo se os atrajo una vez a la funesta ilusión del nacionalsocialismo. Pero más piensa en vuestro bien quien os exhorta diciéndoos: «¡Despierta, Alemania! ¡Despierta a la realidad, a la sana razón, a ti misma, al mundo de la libertad y del derecho, que te espera» ”, proclamaba en julio de 1941. El mundo se derrumbaba y los antiguos compatriotas del escritor debían alzarse contra su guía y opresor.

A través de la BBC, Mann pronunciaría casi sesenta discursos, discursos palpitantes y conmovedores en los que se dirigía a lo mejor de Alemania, a su historia y a su ciencia, a la honradez que todavía aguardaba de una nación que se había abandonado, que se había dejado estafar por un tirano vesánico e improbable. Fue pertinaz en su apología de la democracia liberal, en su defensa del parlamentarismo, en su exaltación de la libertad de prensa, de juicio y de opinión, pero lo más notable de aquel gran escritor acomodado que se convertía en agitador después de haber profesado como ‘apolítico’ fue la execración constante que dedicó al dictador.

Mann era el novelista burgués por antonomasia, el descendiente de un refinado linaje de Lübeck y acreditado por sus frutos literarios, aquel que se había distanciado de la política tiempo atrás. ¿Recuerdan ‘La muerte en Venecia’? El protagonista era un escritor ya célebre, un artista asentado e instalado en la cumbre distinguida de su gloria, aburguesado en las formas y conservador en sus ideas y en su arte. Llevado de un impulso decide ir a Venecia buscando una relajación y un solaz que amortigüen la excitación que le provoca su impulso creador. Venecia es el arte, la belleza, pero es también la degradación, la putrefacción, la derrota de lo elevado y espiritual a cargo de lo orgánico y de lo corrupto. Allí se enamora platónicamente de Tadzio, un efebo de catorce años, un jovencito polaco que lo trastorna con su sola presencia. Viven en el Hotel Excelsior y, poco a poco, su delirante amor y su oprobio crecen conforme se extiende una invasión colérica por toda la ciudad. La muerte y los sentidos destruyen esa tranquilidad alcanzada, esa “honorabilidad burguesa” que le servía de defensa contra las ofensas de las pasiones, de sus propias pasiones. Es éste un tópico frecuente en Mann: la estabilidad burguesa que se derrumba tras las acometidas de un linaje muelle y absentista o tras el empuje de la carne y la concupiscencia...

En 1940, el ciudadano Thomas Mann ya había dejado de ser un burgués apolítico para convertirse en un agitador radiofónico. Pero no serían ni el arte, ni la carne, ni los sentidos, ni el amor, ni la sensualidad enfermiza, mórbida, de un muchachito las causas que lo excitarían, lo exaltarían o lo degradarían. Sería un tirano, “con su descarada mendacidad, su miserable crueldad y espíritu vengativo, con sus constantes rugidos de odio, con su manera de estropear la lengua alemana, con su fanatismo vulgar, su ascetismo cobarde, su grotesca afectación, su menguada humanidad toda, horra del más leve rasgo de grandeza de ánimo, de alta espiritualidad”. Es decir, Mann arremete contra Hitler haciendo valer la condición burguesa, linajuda, que el dictador pisotea.

Por eso, el escritor emprende una acción insegura pero brava. Se destierra, pierde la nacionalidad, se separa de sus conciudadanos y se pronuncia con un enérgico acento panfletario, tan lejos de la demorada prosa por la que le habían concedido el Nobel, pero tan cerca de su dignidad burguesa. Entre cinco y ocho minutos le bastaban para arengar a sus compatriotas. Al principio, Mann enviaba el texto a Londres por cable y allí era leído por un locutor alemán de la BBC ante el micrófono. Después se cambió el sistema. Mann decía lo que tenía que decir en el Recording Department de la NBC de Los Ángeles, lugar en donde se impresionaba un disco que se enviaba por avión a Nueva York y cuyo contenido se transmitía luego por teléfono a Londres, capital en la que se registraba en otro disco para ser emitido ante el micrófono.

No sé si es una exageración llamar a Federico Jiménez  Losantos “pequeño talibán de sacristía”, como le espetó Luis del Olmo. Lo que sí sé es que no le falta razón a este último cuando le afea los repetidos y los últimos comentarios que, al parecer, avalan los señores obispos y que les convierten “en sembradores del odio, en palmeros de unas peligrosas fantasías quizá nostálgicas para ellos, y, a fin de cuentas, en todo lo contrario de lo que es una labor de paz, de caridad y de tolerancia”. Las palabras exaltadas de Jiménez  Losantos muchos las toman como denuesto, insulto, y tienen una ferocidad verbal semejante a la que empleara Mann contra Hitler, a quien el escritor llamaba rufián, estúpido demonio, infernal sujeto, monstruo, inicuo aventurero. Se iguala el locutor español al agitador expatriado, tan preciso en el uso de la imprecación. De hecho Jiménez  Losantos habla de ‘Ex... paña’, con un dolor incurable, y culpa a Rodríguez Zapatero y a Jesús de Polanco de los males que padece la nación. Oyéndolo, uno tiene la impresión, en efecto, de que el locutor ‘ex... pañol’ tiene enfrente a un tirano, de que, en fin, debe alentar a una población acomodaticia y vulnerable para librar batalla en una guerra desigual, de que ya está, ya viene, el Apocalipsis.

Pero hay en todo ello un error de perspectiva: ni Jiménez  Losantos es Thomas Mann, ni España está sometida a una dictadura guerrera ni a un tirano criminal. Ahora bien, a ver quién es el guapo que se lo explica a aquel que hace analogías diarias y vociferantes entre el mundo de hoy y la España ‘comecuras’. Bien, parece que Luis del Olmo se atreve...