Publicado en Claves de razón práctica, núm. 77

 

 

                        INSTRUCCIONES CONFUSAS.

 

                        HISTORIA, FICCIÓN Y RELATO EN ‘NOTICIA DE UN SECUESTRO’   

                        Justo Serna  (Universidad de Valencia)

                     

                                                                                                                                     "Si así se escriben las novelas,

                                                                                                                                     ¿cómo se escribirá la historia?"

                                                                                                                                                                     Henry James

 

    Era inevitable. Como otras de sus obras, Noticia de un secuestro también logró convertirse en un inmediato suceso comercial. Una adecuada promoción, una cuidada edición y la excelencia prosística que es habitual en García Márquez auguraban esa suerte. Como en otros casos, el libro fue precedido por una gran campaña publicitaria en la que se dictaron las instrucciones de lectura. Las precauciones adoptadas ante la piratería editorial, las expectativas suscitadas, las declaraciones del escritor, algunas confusiones de la prensa y los propios juicios de los críticos provocaron algún desconcierto pragmático, sobre todo a propósito del género al que cabía adscribir el volumen. Meses atrás, cuando acababa de aparecer Del amor y de otros demonios, unas declaraciones suyas habían anunciado la obra en la que estaba empeñado. "Será un libro‑reportaje ‑‑leemos en El País del 15 de abril de 1994‑‑. ¡Siento tanta añoranza del periodismo!". El célebre novelista se proponía abandonar la ficción para reanudar su antigua vocación de reportero. El pan envenenado sería el título del nuevo libro, prometía. Para nuestra sorpresa, muy pronto advertimos que esa historia dejaba paso a otro relato bien distinto. No era, sin embargo, la primera vez. De hecho, la historia del pan envenenado es una de sus narraciones presuntas más antiguas. En 1970, en Triunfo, ya la mencionaba: cuando acabara El otoño del patriarca, añadía, sólo escribiría cuentos y "otra cosa: reportajes novelados (...). Mira, cuando estuve la última vez en Colombia, en un pueblo cerca de Bogotá, se envenenó mucha gente con el pan. ¿Te das cuenta qué tema formidable? Seguir la historia punto por punto".

 


    Muchos años después, aquel anuncio se volvió a repetir repitiéndose también su desmentido implícito. Aunque la nueva obra se confirmaba como un trabajo periodístico, se basaba en otros hechos, en  ciertos hechos protagonizados por narcotraficantes colombianos. El País del 12 de mayo de 1996 anticipaba las primeras páginas, a las que acompañaba una foto del escritor realizada por Francis Giacobetti y que pronto descubriríamos como motivo mismo de la edición de Mondadori. Era un retrato del escritor el nuevo  reclamo gráfico en la que la parte quedaba investida con las propiedades del todo. No había motivo referencial: sólo su imagen como garantía enfática de excelencia. La publicidad se precipitó: era un reportaje, y, por eso mismo, no podía desprenderse de la forma propia del relato, pero, al decir del autor, la nueva obra  a algunos les iba "a parecer más fantástica que mis novelas fantásticas".

 

    La coincidencia de la Feria del Libro con la salida del volumen multiplicó su repercusión. Para sorpresa del lector, las listas de ventas de los periódicos coincidían en identificarlo entre las obras de "Ficción". Más aún, la del diario El País lo subrayaba al calificarlo como "una novela". A mi juicio, esta dudosa designación describía la pragmática previsible y efectiva de la obra y se apoyaba en una frase promocional atribuida al propio autor y suficientemente ambigua: "``Estoy convencido de que Noticia de un secuestro va a parecer más fantástica que mis novelas fantásticas". La frase tenía, sin embargo, algo de improbable. Veamos por qué. En primer lugar, y al menos en los últimos años, cuando se publica una nueva obra, García Márquez deplora el esfuerzo y la inseguridad que le ha provocado su escritura. ¿Significa eso que es un mero pretexto inventado para dar relieve al trabajo que el autor ha realizado? No, lo que sostengo es que voluntaria o involuntariamente es el aspecto externo y noticiable que los periodistas se apresuran a destacar.


    Para García Márquez, autor de Cien años de soledad, esa afirmación no es una declaración meramente defensiva o jactanciosa ni responde a una simple argucia mercantil: sospecho, por contra, que es el mejor modo que tiene de evitar el agostamiento. Cada nuevo libro se presenta como una durísima batalla que se libra contra la hazaña intelectual y literaria que lo precedió, batalla que corre el riesgo de ser vivida como un juego de suma cero emprendido contra sí mismo. El propio García Márquez se lo confesaba a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza: tuvo que templar su capacidad para batir bravamente la amenaza de su mismo éxito, el éxito de la familia Buendía. Por tanto, calificar en términos jerárquicos el grado de fantasía de Noticia es revestir con una cualidad reconocible una obra en la que, por principio, ni los hechos ni su tratamiento dependen de ella. Ahora bien, hay algo de improbable en esa frase en la medida en que tiene una resonancia extraña al lenguaje del propio autor: la fantasía no es una cualidad que él reconozca especialmente; incluso la opone a la imaginación estricta.

 


    En cualquier caso, fantasía o imaginación parecen invocar un género de ficción. No extrañará, pues, que los responsables de la lista de libros más vendidos que aparece en El País se apoyaran en la idea implícita en que se sustentaría dicho género. Como otros de sus colegas de la prensa madrileña, este diario incluía Noticia entre los libros de ficción y, además, la breve acotación que acompañaba a aquella lista decía fundarse en las palabras del escritor para subrayar lo que aquella obra tendría de narración de hechos sorprendentes: Noticia de un secuestro, podemos leer en el número del 8 de junio de 1996, sería "una novela que, según su autor, es más increíble que cualquiera de las ficciones que ha escrito". Observemos el cambio operado. A nuestro entender, las primeras palabras ya tenían algo de inverosímil. Ahora, además, se habla de novela en relación a Noticia; se habla de increíble cuando antes se le atribuía la etiqueta de "fantástica"; y, en fin, se habla de ficciones cuando el autor apelaba supuestamente a las "novelas fantásticas" que habría escrito. ¿Es lo mismo?

 

    En el resumen que incluyera El País para su lista de Babelia, Noticia de un secuestro ya es una novela. Esta instrucción de lectura no es, por tanto, coincidente con la instituida por la promoción que precedió a la salida misma del volumen. El lector antiguo y obstinado de García Márquez ‑‑y, sobre todo, el lector de aquel que es un novelista‑‑ sabe que es ése el dominio exacto del autor, que es la ficción el registro que le ha hecho célebre. Si eso es así, la errónea calificación es el dato de lectura más indicado en el que acomodar el horizonte de expectativas de sus lectores, al menos de aquellos que se han informado con El País. ¿Y qué cualidad se subraya en esa novela frente a las ficciones que la precedieron? Que es increíble. Hay aquí, nuevamente, una ambigüedad genérica, una confusión añadida. Predicar de un reportaje que es increíble significa que la historia narrada, referencial y basada en la verdad de lo relatado, compite con la imaginación que da origen a las ficciones. Ahora bien, decir que una novela es increíble no tiene por qué tomarse como una celebración de su cualidad o de sus materiales, sino todo lo contrario. Si admitimos que la pragmática de la ficción se funda en la suspensión de la incredulidad, entonces lo increíble en la ficción es un pésimo resultado: es el de la inverosimilitud.

 


    Advertidos del error, la lista de best sellers que incluía El País en su número del  15 de junio, una semana después, presentaba una leve modificación: Noticia ya no era una "novela", era un "libro". Los propios críticos literarios de la prensa dieron fundamento lógico a esa opinión. Por ejemplo, Miguel García‑Posada, en El País del 1 de junio, al celebrar la calidad narrativa del libro, destacaba su condición duradera y la variedad de sus usos. Se trataba de "un reportaje destinado a perdurar. Hoy lo leemos así, como tal reportaje; mañana podremos leerlo como un relato puro". Pocos días después, el crítico añadía: esta obra "ha elevado el reportaje a su supremo estado artístico borrando las fronteras entre el periodismo y la literatura. Tanto, que dentro de unos años, cuando los narcos sean sólo memoria de la ceniza, este reportaje se leerá como una novela, como hoy leemos los anales de Tácito y las crónicas de Suetonio o de Tito Livio".  A diferencia de lo dicho por el crítico, creo que ya hoy ‑‑al menos, a este lado del Atlántico‑‑ tomamos Noticia como un relato puro. La clave en este punto no sería la ficcionalización del relato, sino su inevitable condición narrativa. La tesis de García‑Posada y la discrepancia temporal que planteo aluden al uso posible que consiente el relato, y en ese sentido lo sustantivo de Noticia sería su ambigüedad pragmática. Esa ambigüedad es fruto de una cierta forma de acercarse a García Márquez, favorecida por nuestra memoria de lectores antiguos del novelista. Pero también es consecuencia de las instrucciones autoritativas del escritor y de los reclamos mercantiles del editor.

   

    En el texto que antecede al relato, en esas "Gratitudes" en las que se da cuenta de los reconocimientos y de las deudas contraídas, García Márquez no menciona nunca la palabra reportaje. A esta falta autorial, hay que añadir, además, otra circunstancia cuya responsabilidad cabe atribuir a Mondadori. La primera edición española tiene como fecha de publicación el 29 de mayo de 1996. Como suele ser común, este dato no es exacto y el libro estaba ya en los anaqueles días antes. Para realzar su impacto visual, los editores lo revistieron con una sobrecubierta circunstancial, roja, rotunda. ¿Qué había debajo del atavío? Esa primera edición contenía dos libros cuyo soporte material no era idéntico. Tampoco lo era el sentido con el que estaban investidos.


    El primero de ellos, de tapas duras coloradas y adornadas con una reproducción menor de la foto que aparece en el envoltorio, carecía de información: las solapas no tenían leyenda alguna. A los pocos días, para aprovechar la repercusión mercantil, Mondadori exhumaba la mayor parte de los textos del novelista colombiano, de manera que los expositores de las librerías reunían en caja aparte toda su obra novelesca. Con ello, Noticia era descrita de manera implícita y redundante como obra precisamente narrativa y novelesca. De hecho, su formato era precisamente el de la colección "Literatura Mondadori", fondo ordenado con un número currens del que, soprendentemente, estaba desprovista Noticia. La colección literaria y la caja expositora que contenía sus narraciones dotaban al nuevo libro de una cualidad genérica ‑‑la novela‑‑ que no era la que predicaba el propio autor. El segundo de esos ejemplares tenía también tapas duras pero, en vez del colorado chillón, estaban tintadas en un verde claro, sin el motivo de la foto: en este caso, por contra, las solapas de aquella sobrecubierta, que en principio parecía idéntica a la anterior, contaba con información referida al relato mismo, referida a las editoriales que se sumaban a la publicación internacional del libro y referida a la Obra periodística del autor. Noticia se anunciaba aquí con una escueta etiqueta blanca adherida a la solapa roja en la que se nos decía que este texto pertenecía también a la colección abierta en Mondadori de la obra periodística de García Márquez. Había, pues, dos instrucciones explícitas o implícitas de lectura. Ahora bien, en uno u otro caso la diferencia principal era la relativa a la información del lector y que estaba o no estaba en la sobrecubierta, en aquella parte del libro de la que, por ser revestimiento, podemos desprendernos para leerlo como relato puro. Comparemos este caso con algún otro cercano.

 


    Observemos Relato de un náufrago. ¿Cómo se leyó y cómo leemos hoy ese reportaje? Más aún: ¿hasta qué punto lo seguimos leyendo como un reportaje?  En principio, aquella narración fue una crónica aparecida durante el mes de abril de 1955 en El Espectador.  Reparemos en dos de las características de la versión original, primitiva. En primer lugar, adoptaba una voz narrativa en primera persona e, incluso, aparecía firmado por el protagonista de los hechos evocados: un marinero que, precipitándose al mar desde el destructor de la armada del que era tripulante, había permanecido a la deriva durante varios días. Aquellos textos tuvieron efectos políticos y, al parecer, su publicación permitió descubrir un secreto de contrabando de la Marina. La narración fue recuperada  quince años en forma de libro, cuando el escritor vivía asediado por el éxito inconmensurable de Cien años de soledad. En segundo lugar, observemos el título original de la primera versión: el epígrafe general que adoptaba aquella serie era "La verdad sobre mi aventura": el artículo determinado "La" alude a una referencialidad conocida, a un proceso en virtud del cual el lector cuenta ya con una información previa; por otro lado, el posesivo "mi" es coherente con aquel que aparece como responsable de la locución. Así es, la serie fue precedida de un texto publicado el treinta de marzo de aquel año, firmado por Gabriel García Márquez, y cuyo epígrafe era "La explicación de una odisea en el mar. Cómo y por qué se salvó el marino": el caso había sido aireado y los avatares del náufrago, conocidos. Asimismo, según se indicaba en el periódico, aquel conjunto era una narración en capítulos que se atribuía al "marinero Luis Alejandro Velasco, exclusivo para El Espectador. Cuando concluyó la narración del náufrago, en un suplemento especial del diario es cuando se le anunció al lector la autoría real del texto. Es, entonces, cuando se descubre la falta de coincidencia entre autor, narrador y personaje.

 


    Quince años después, el título ya no podrá ser el mismo y, sobre todo, ya no podrá mantenerse en primera persona. Desde que fuera publicado en forma de libro en 1970 por la editorial Tusquets, el relato de aquel náufrago ha cambiado: los hechos reales se han olvidado. Relato de un náufrago es sólo una narración. Con el paso del tiempo, los usos de aquel texto no han variado y hoy, como en 1970, nos deleitamos con el goce estricto  de la narración literaria. De hecho, un ejemplo de lectura aberrante bastará para probarlo. La primera vez que me tropecé con ese volumen lo ignoraba casi todo de su autor: había leído Cien años de soledad y supuse de una manera deliciosamente errónea que las palabras preliminares de García Márquez ‑‑"Historia de esta historia"‑‑ eran un mero artificio narrativo similar a la convención del manuscrito. Deslumbrado por el hallazgo de los manuscritos de Melquíades e intoxicado por la lectura copiosa y simultánea de Borges, pensé que aquel texto formaba parte del relato mismo y, por tanto, que era una fórmula irónica del narrador. Pero no había ironía alguna, sino advertencia referencial. Ignoraba, en fin, que uno de los indicios que distinguen los libros de Gabriel García Márquez, que distinguen las obras referenciales de las que no lo son, es ése. Añadir textos de acotación y de explicación contextual suele ser la prueba de que no nos hallamos ante una ficción del autor.

        


    Si repasamos la obra de García Márquez, deberemos admitir que eso es así, al menos, hasta la publicación de El general en su laberinto. Ninguna de las ficciones anteriores contaba con una introducción explicativa del autor, justamente por lo que de intromisión habría tenido: las novelas no se explican. Tomemos, por ejemplo, su primera novela, La hojarasca. Hay en ella una especie de prólogo en cursiva sin firmar. ¿Desmentiría ese dato nuestra observación? ¿A quién cabría atribuir ese recurso del relato? ¿Al autor? Ese prólogo no contiene una instrucción de lectura del escritor: es, por contra, una especie de narración colectiva que precede a los monólogos interiores de los tres observadores‑relatores (el coronel, Isabel y su hijo). Sin embargo, cuando en 1989 publicaba El general en su laberinto, modificó ese hábito. No  era  al principio de la novela, desde luego, pero sí al final: añadía unas "Gratitudes" en las que se extendía en informaciones autoriales. El general en su laberinto era una novela, pero, como él mismo anotó, se había esforzado en ser fiel al conocimiento histórico que se tenía acerca de Bolívar. ¿Qué justificación podían tener esas aclaraciones? Según argumentó en declaraciones a la prensa, justo cuando apareció esa novela, era la inseguridad experimentada en la escritura misma del relato histórico aquello que las motivaba. Lo curioso, lo soprendente o lo evidente es que ese hábito nuevo ya no lo abandonó y lo incorporó a todos los libros ‑‑cuentos, novelas o reportajes‑‑ que publicara a partir de 1989, repitiendo alguna vez, incluso, el epígrafe ("Gratitudes") que le había servido en aquella ocasión.

 


    ¿A qué puede obedecer este hecho? Pueden ser razones diversas. A mí me interesa destacar una: el mundo referencial deja de ser la realidad externa a la que derrotar con el relato. En efecto, el consumado narrador no teme que le cotejen sus narraciones con el  material  en el que se basa o dice basarse, sino todo lo contrario: da pistas acerca de ese material para subrayar la construcción misma del relato. Un escéptico podría argumentar contra esta tesis: si García Márquez repite últimamente esos textos de apoyo es porque sus relatos tienen un trato referencial que antes no tuvieron. Tomemos un ejemplo extremo, tomemos Del amor y otros demonios. Según el mismo autor revela en la introducción, se basa en una anécdota vivida y conocida, de manera que la narración, lejos de ser puro embeleco, sería un relato fruto de una imaginación estimulada y domada por hechos reales. Si eso sucede con una novela como aquélla, las "Gratitudes" de Noticia de un secuestro, en las que se incluyen los agradecimientos e informaciones acerca de los testimonios en los que se basa el relato, aún estarían más justificadas: el lector tendría derecho a saber que aquello que sigue es una narración hecha a partir de testimonios orales y, por tanto, que el relato lo es de hechos reales. Por tanto, argumentará nuestro escéptico, sólo cuando la referencialidad es evidente y cuando, en fin, el dato histórico debe ser respetado, es cuando García Márquez incorporaría esos textos de apoyo. ¿Es ciertamente así? Frente a lo que pueda parecer, no es ese dato histórico el que dicta la instrucción ni es una referencialidad consciente la que le obliga a insertar un prólogo explicativo. Si hay una anécdota real que justifica Del amor y otros demonios, también la habría en Crónica de una muerte anunciada, pues también esta novela se funda sobre hechos extratextuales. La referencialidad no es, pues, aquello que justifica la inserción de esos textos de apoyo, sino un nuevo hábito que se adopta y gracias al cual el propio escritor se explica y da detalles. Si todo lo anterior es cierto, si debemos contar con las declaraciones explícitas del autor, entonces cabe preguntarse acerca de la referencialidad en García Márquez y en Noticia. Un texto tan abiertamente imaginativo como Del amor y otros demonios dice fundarse en una anécdota que al autor le sirve para acometer la empresa de la ficción. En cambio, una novela como Crónica de una muerte anunciada, que simula el proceso de investigación histórica, que es una "confluencia entre el periodismo y la literatura", según recoge Michael Palencia‑Roth, y que, por eso mismo, también se basa en hechos reales, carece de un texto que "aclare" las intenciones autoriales o el contexto de la fábula. Si todo lo anterior es cierto, entonces el texto de apoyo que el autor añade al principio de Noticia de un secuestro no es suficiente prueba o indicio del género al que la obra pertenece.

 


    García Márquez escribe siempre motivado por una historia,  por la historia. No contaría, pues, con obra de índole fantástica, sino que la suya sería una literatura siempre referencial, histórica. En unas ocasiones,  la historia se integra como obsesión, vivencia biográfica presenciada o transmitida, deliberada o inconsciente, es decir, como "demonio", en palabras de Vargas Llosa. En otras, por contra, lo real se toma como fuente incontrovertible y empírica cuyo reto narrativo es el respeto fiel y minucioso, a la manera exacta y antigua del historiador y según el modo documental del periodista que siempre fue. Indudablemente, Noticia fundaría el relato en hechos reales entendidos así. Hablábamos del  "respeto" que García Márquez guardaría por la información histórica. De hecho, ese respeto se debería a la memoria oral de los testigos en los que se basa la narración. Sin embargo, también en el fenómeno de la oralidad veríamos reproducirse ese doble uso que atribuíamos a la historia. Por un lado, habría una memoria oral de impronta mítica en García Márquez, una memoria cuyo origen más remoto sería el relato hiperbólico e imaginativo  de sus abuelos: la oralidad misma sería narración. Por otro, habría una memoria oral de diferente índole, entendida ésta como fuente estrictamente documental, que, a la manera de la disciplina histórica, proporciona los datos a respetar, pero a los que hay que dar forma narrativa. En este caso, pues, el reportero García Márquez opera igual que lo haría el novelista García Márquez, y los motivos de la historia original, sean éstos míticos o reales, experimentan la intervención del relator. Por eso, al final, al menos a cierto tipo de lectores, nos resulta indiferente si hay mayor o menor número de motivos reales incorporados a la trama, porque nuestro deleite no depende de la certeza documentada. De hecho, las contribuciones periodísticas de García Márquez parten de una anécdota para así contarnos una historia, tenga ésta la parquedad de dos páginas o tenga la extensión de un largo reportaje. Más aún, el propio novelista, hablando a calzón quitado, ha acabado por admitirlo: "nunca hay ficción".

 


    Una y otra vez, pues, vuelve sobre esa idea retando al interlocutor más minucioso a comprobar si "hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad", como puede leerse en El olor de la guayaba. Fuera de lo fantástico no habría ficción estricta, habría relatos en conflicto acerca de lo real. Y de esa empresa relatora serían partícipes novelistas, historiadores y reporteros. Para todos nosotros, pero sobre todo para aquel niño de pocos años que era García Márquez, las historias, los dichos populares y los recuerdos familiares no eran ficción: eran la forma de dar sentido al mundo, de someterlo a orden y de dispensar significado a la ambigüedad azarosa que lo constituye. Son, en fin, un lenitivo que mitiga la incertidumbre y una falsilla en la que calcar ejemplos didácticos y morales.

 


    Por eso, el interrogante no  es  sobre  la calidad o la veracidad de los materiales, sino sobre la virtud narradora. Pues bien, esa virtud, que otorga sentido y que configura el orden de las cosas, es algo que no pertenece, por necesidad, al dominio de la ficción: es una capacidad que atraviesa géneros, dominios y disciplinas y que los antiguos también aplicaron a lo real histórico o a lo que ellos creían lo real histórico; es un atributo específicamente humano, una cualidad ordinaria de percepción y de recreación de la que estaríamos todos constituidos y que alcanzaría su condición eximia en algunos narradores. Eso parecen olvidarlo algunos críticos literarios o algunos colaboradores de la prensa periódica, que se recrean en el detalle de la sintaxis sin decir nada de la empresa narradora. Igual que esperamos cada nuevo relato de García Márquez, aguardamos también la intervención inevitable de una figura previsible, la del crítico avinagrado (en este caso, en el Diario 16 del 20 de julio de 1996) que le descubre incoherencias, lapsus o, incluso, incorrecciones léxicas y sintácticas. Pues bien, no es eso. La censura más severa que se le puede hacer no es de esta índole; la amonestación más juiciosa que cabe hacerle es la de sacrificar su virtud relatora a la exposición pública de sus opiniones. Cuando García Márquez subordina el relato puro al diagnóstico sociológico o al análisis político, cuando lo abandona, se equivoca con una escritura o con un género que no son los suyos. Por eso, cuando prefiere la explicación a la narración, cuando emite juicios o defiende principios, ejerce un derecho cívico, cierto, pero, a la vez, nos confunde, nos irrita y se desmiente. ¿Por qué razón? Porque es el suyo un atributo para el cuento que no conviene malbaratar en una palabra pública excedente. Nos irrita, porque podemos descubrir con estupor a alguien con cuyos dictámenes no convenimos en absoluto y en cuyas obras, sin embargo, habíamos experimentado la fascinación de la narración pura. Y, en fin, nos confunde, nos irrita y se desmiente, porque, como ya advirtiera en alguna ocasión, "yo no soy ningún intelectual. A mí no me interesan las ideas. Soy escritor".

               

Referencias bibliográficas

        

Isabel Burdiel y Justo Serna, Literatura e historia cultural,  o por qué los historiadores deberíamos leer novelas. Valencia, Eutopías (núm. 130), 1996.        

 

            Juan Gustavo Cobo (ed.), Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida, ensayos sobre su obra. Santafé de Bogotá, Siglo del Hombre, 1992.

        

            Peter G. Earle (ed.) Gabriel García Márquez. Madrid, Taurus, 1981.   

              

            Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba. Barcelona, Mondadori, 1994 (1982).

        

            Michael Palencia‑Roth, Gabriel García Márquez. La línea, el círculo y las metamorfosis del mito. Madrid, Gredos, 1983.

        

            José María Pozuelo, Poética de la ficción. Madrid, Síntesis, 1993.

                

            Dasso Saldívar, García Márquez. El viaje a la semilla. Madrid, Alfaguara, 1997.

       

            Philip Swanson, Cómo leer a Gabriel García Márquez. Gijón. Júcar, 1991.

        

            Mario Vargas Llosa, García Márquez. Historia de un deicidio. Barcelona, Barral, 1971.