Lente de contacto
Libros y cerdos
Justo Serna
Levante-EMV, 27 de abril de 2007
Lo normal, lo habitual, cuando llega la Feria del Libro es que los periódicos recomienden algunas lecturas: son esos volúmenes que, a juicio de los críticos, destacan entre todos los que colman los expositores de novedades. Se supone que de dichas obras podremos extraer lecciones útiles o enseñanzas positivas, ejemplos morales o conocimientos provechosos, placer u ocio. Desde luego, en el mejor de los casos, los libros están para eso, para corregirnos, pero tampoco debemos exagerar: hay ciertas obras que no nos mejoran. Es más: pueden incluso empeorarnos, si es que las consumimos distraídos. Cuando un crítico recomienda una lectura, presta un servicio: informa, guía, tutela. No creo que sea menor dicho auxilio si por mi parte, aquí y ahora, les propongo evitar ciertas novedades literarias..., nada recomendables.
Digo todo esto y pienso en un libro fastidioso: Yo fui guardaespaldas de Hitler (1940-1945), de Rochus Misch. He leído dicha novedad atraído por su título --a qué negarlo--, intrigado tal vez por la peripecia que relataba, interesado por los sentimientos que esa experiencia haya despertado en su autor. ¿Cómo obra la gente corriente en una situación extrema? ¿Qué se hace cuando la chiripa histórica o el albur te llevan a ese empleo de guardián? La decepción no puede ser mayor. Pero, más que el desengaño, lo peor es la toxicidad del volumen, el perjuicio que puede provocar si se lee con despiste. El testimonio de Misch carece de calidad literaria: sólo es un documento sesgado, las memorias de un anciano que evoca su pasado como miembro de las SS y como guardia personal del Führer. El relato de Rochus Misch es tedioso, no arroja luz sobre casi nada y tampoco vale como exculpación. Frente a los horrores del Reich, el guardia dice no haber visto nada, dice no haber sabido nada, dice no haber cometido ninguna villanía especial: simplemente habría desempeñado su cometido con disciplina silenciosa, con eficacia abnegada.
“No me siento culpable. Hice mi trabajo sin hacer daño a nadie. No disparé ni un solo tiro durante toda la guerra. No me arrepiento de nada. Decir lo contrario no sería honesto. Cumplí con mi deber como soldado igual que millones de alemanes. Obedecí...” Más aún, como tantos y tantos contemporáneos suyos, no se dejó arrastrar por pasión política alguna. Pudo ser miembro de las SS y no experimentar interés por eso: por la política. Y no hay nada más. “La verdad es que no he leído libros sobre la época nazi. Tengo obras sobre este período en casa, pero lo único que he hecho ha sido hojearlas”. Fíjense en el descaro de dicha afirmación. No sólo permaneció insensible a lo que ocurría a su alrededor --en la Cancillería de la que él era guardián--, sino que, después, se mantuvo en la ceguera obstinada cuando tuvo oportunidad de repararla. El sentido común de este personaje es inapelable: juzgarse moralmente podría haberle llevado a una incomodidad existencial insoportable.
No es fácil ser extemporáneo cuando la corriente arrastra. Quien así obra se siente a disgusto con su época: hay en él algo que le enajena, que le incomoda y, por eso, se resiste a ser identificado como uno más. Rochus Misch decidió ser uno más, procurando evitar los costes personales más graves: como hacen los hombres comunes y grises que no se interrogan sobre la moralidad de su vasallaje. Según dice Rochus, su libro está motivado, en parte, para desmentir el relato de una película: El hundimiento. Contrariamente a lo sabido y documentado, Misch niega que los últimos días de Hitler hayan sido ese “drama de opereta” que el film retrata. “No había fiestas ni borracheras con champaña en aquel minúsculo Fühererbunker, como se ha podido ver en las pantallas”. Aceptémosle que fuera así: entonces habría que admitir que ni siquiera el final del Tercer Reich tuvo la grandeza trágica y demente de ese Infierno con que soñó Hitler. El búnker sólo habría sido el último recinto de gente ordinaria, gris, corriente.
“Ningún miembro del equipo de la película”, dice refiriéndose a El hundimiento, “ni el historiador que trabajó con ellos [Joachim Fest], vino a verme. Nadie”, añade con rencor. La réplica es inmediata: ¿para qué iban a acudir a pedir testimonio a alguien que ignoraba todo lo que ocurría a su alrededor, a alguien que se mantenía en la servidumbre voluntaria sin percibir cataclismo alguno? Leo a Rochus y me irrito con su sintaxis ordinaria, una prosa de la que, lamentablemente, alguna lección útil obtengo. Decía Umberto que los libros son como el cerdo: todo es aprovechable. Sí, pero si buscan el volumen de Misch, no lo hagan en la Feria del Libro ni en la carnicería. Ese volumen está en el Infierno.