Nemo en Nueva York

 

 

Justo Serna

 

 

Publicado en Claves de Razón Práctica, núm. 154 (2005), págs. 80-82.

 

 

Antonio Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan. Barcelona, Seix Barral, 2004

 

“Realmente, lo que recordamos es lo que olvidamos. Quiero decir que cuando un recuerdo se impone viva y repentinamente, y traspasa el escudo protector del olvido, aparece por un instante exactamente como fue. Si pensamos en ello a menudo, a pesar de que sus elementos esenciales siguen siendo indudablemente ciertos, se va convirtiendo cada vez más en nuestro recuerdo de la cosa que en la cosa recordada”. G. K. Chesterton. Autobiografía

 

 

El Robinson urbano

 

En Ventanas de Manhattan, alguien recuerda y cuenta haber llegado a Nueva York poco antes del otoño de 2001 para pasar una estancia de varios meses ejerciendo la docencia. En este libro, el narrador que paseó y que ahora evoca y escribe es alguien que no se identifica, pero adivinamos que es una persona que tiene su vida hecha en España, un escritor afamado a quien precisamente su nombradía le impide pasar desapercibido en su propio país. En cambio, por las calles de Nueva York, ese transeúnte era y es absolutamente desconocido, y por eso pudo recuperar el alivio y las ensoñaciones del paseante solitario: “si uno tenía la tentación, siquiera inconsciente, de creerse alguien, aquí comprueba, literalmente, sin rastro de literatura, que no es nadie, que es un Don Nadie, para ser exactos, con la exactitud de la lengua popular”.

En Ventanas de Manhattan, que podemos tomar como una guía urbana, alguien de quien nunca averiguaremos su nombre habla en primera persona, alguien que está allí acompañado por su esposa, sospechamos: una esposa, sin embargo, de quien casi nada se dice en estas páginas, sólo una escueta primera persona del plural. Por eso, lo común es que el narrador camine solo, o diga que camina solo, mirando con avaricia una urbe que le es extraña y familiar a un tiempo. Fue la primera vez, en 1991, cuando la gran ciudad les sirvió a ambos de lugar de reconocimiento y de exaltación amorosa, en un momento de euforia incierta y de azar acerca de lo que les aguardaba, el devenir mismo de una guerra que entonces estallaba. Como en El jinete polaco. Ahora, transcurrida una década, el narrador habla de la dulzura del retorno, con un futuro ya hecho pero del que teme con angustia que se pueda perder. Las páginas que se dedican a relatar la experiencia del 11 de septiembre, las palabras que enumeran los sentimientos, las vivencias y las observaciones callejeras después de la matanza, tienen ese fin: hacernos sabedores de que nada hay garantizado, de que todo puede torcerse.

 De esa ciudad prometedora e inhóspita, el paseante anota cosas en un cuaderno de tapas azules:  parte de lo que ve o conjetura o vislumbra conforme vagabundea. “Camino casi siempre sin rumbo por la ciudad, con una mochila al hombro y un cuaderno de hojas blancas y tapas azules guardado en ella, y sólo me detengo cuando me obliga el cansancio o cuando lo que me apetece es sentarme a mirar hacia la calle por el ventanal de un café”, confiesa. Es decir, en este libro se hacen explícitos los actos de mirar, de fantasear y de escribir. No sólo se cuenta, sino que, además, se dice que se cuenta. Alguien, ese narrador innominado, observa, lee, se deleita con una pieza de jazz o con la enésima ejecución de un estándar musical, recuerda lo que ha vivido, experimenta, se llena y se rellena y, a la vez, se deja llevar por las ensoñaciones que todo ello le provoca y que inmediatamente derramará en un cuaderno de tapas azules. Insistía Daniel Barenboim que lo que diferencia la música de la literatura es que aquélla no se consuma en la partitura del compositor, sino en la ejecución de un intérprete: hasta que no hay interpretación no hay pieza y sólo cuando se trae el sonido al mundo es posible decir que se ha asistido al prodigio de la música. Pero, si lo pensamos bien, tampoco la literatura se consuma en la escritura torrencial del autor, en el cuaderno de tapas azules, sino en la ejecución demorada del literato y en la recreación vehemente de un lector. No hay, pues, derramamiento. El libro resultante, Ventanas de Manhattan, no es una mera evacuación de líquidos, no es escritura automática. El volumen es, en todo caso, su rehechura: no es la palabra original, sino su reelaboración y destilado. Por lo que nos dice el propio narrador, el libro estaría concebido así, a partir de un esbozo, el que habría en ese cuaderno de tapas azules.

El transeúnte anota y anota haciendo de su escritura una suerte de río verbal, un líquido que segrega o expulsa para aliviarse, para interrogarse, para explicarse. El escritor de Ventanas de Manhattan deja a su observador neoyorquino hablar, registrar, sin que ese paseante sepa en dicho momento qué dirá después, en qué se convertirá  exactamente dicha libreta de campo cuando decida componer un libro. El  escritor, insisto,  permanece expectante ante las anotaciones del transeúnte y sólo cuando el regreso a Madrid lo permita, sólo cuando se recupere de su propia experiencia, sólo cuando transcurran más de dos años, dará forma definitiva a aquel cuaderno. Pero, atención, el tiempo de la enunciación en Ventanas es variable: domina el pasado para hacer explícito el acto de recordar; sin embargo, continuamente se nos traslada al momento mismo de los hechos haciendo uso del tiempo presente. Esa confusión de tiempos, ese solapamiento de momentos y de vivencias, hacen del relato algo semejante a una ensoñación, en realidad un híbrido de géneros: la pura crónica de lo que acaece, escritura instantánea, y el volumen de recuerdos, un anecdotario urbano que más tarde se evoca, aunque, eso sí, atendiendo siempre al yo omnipresente. 

Pensemos cómo puede ser. En el interior del paseante y después narrador, en esa intimidad a la que nadie más tiene acceso, almacena experiencias y ecos de músicas, reflexiona y siente, y al hacerlo así historias, sonidos e imágenes se esbozan, unas circunstancias, unos hechos y unos personajes vistos o inventados que pueden haberse dado o no  y que cobran fisonomía. Es posible que eso que se le ocurre y a lo que se abandona sea una quimera absoluta, un ejercicio de la fantasía sin vínculo apreciable con la vida real. Pero también es posible que sólo sea un avatar leve o profundamente modificado del entorno existente o un análisis de lo que le sucede. En uno o en otro caso, lo cierto es que quien almacena o imagina experimenta la urgencia perentoria de esa conjetura o de esa ensoñación, su necesidad o su automatismo, tal vez provocados por un estímulo exterior que le lleva a asociar pensamientos y sentimientos.

Una parte fundamental de nuestras vidas no se materializa, no se consuma, no se exterioriza, pero, lejos de amputarse o eliminarse, queda alojada en nuestro interior provocando consecuencias de las que no siempre somos conscientes. Es una realidad fantasmagórica que arranca de nuestra infancia, que se agranda a partir de las experiencias de la vida y que acarreamos durante toda nuestra existencia. Esas hipótesis de la vigilia son nuestra historia virtual, poblada por un repertorio de espectros u objetos internos que son remedo alterado del mundo externo, algo así como ectoplasmas. Que no se den ahí fuera no significa, claro, que no tengan efectos, puesto que pueden gobernar nuestras vidas. Ese individuo que cavila o que imagina  sólo ha escrito líneas provisionales en una libreta y sus elaboraciones están hechas a partir de sus propios referentes, de sus experiencias, de su música, de lo que ha ido viviendo o albergando interiormente. No es todavía un autor en el sentido literario, puesto que dicha ensoñación, más o menos rica, no se ha materializado en un volumen. Su vida interior no funciona de manera sustancialmente distinta a la de cualquier mortal. Eso que se gesta en su intimidad es por principio inaccesible y el cuaderno sólo es un pálido reflejo. Supongamos que de esa ensoñación o conjetura saliera, andando el tiempo, Ventanas de Manhattan. Supongamos que ese individuo diera forma a todo aquello que brotó en su interior y que aquellas imágenes se plasmaran en un volumen. Puede que haya dejado sin reelaborar ese material interno durante un tiempo, en una especie de barbecho intelectual, tal vez porque no acabe de hallar el hilo conductor. Es posible, sin embargo, que esa demora sólo sea fruto de algo más banal, que el autor deba acometer numerosas tareas ordinarias con las que mantenerse él y los suyos. Pero, llegado un momento, algo interior o la simple presión exterior le llevan a expresarse. Escribe y escribe, con método, con disciplina corrige, enmienda, desecha, mantiene, completa y finalmente acaba. Editar, como decía Borges, es dejar de corregir.

 

Diario del Nautilus

 

            ¿Y cuál es el resultado? Una reflexión sobre la mirada creadora, un asunto decisivo y constante en la obra de Antonio Muñoz Molina, que ya estaba en El Robinson urbano, en Diario del Nautilus, en Córdoba de los Omeyas, en Las apariencias, en Escrito en un instante, en Las gafas de Pla, en La vida por delante, en...  Esos libros son resultado de crónicas periodísticas que aparecieron originariamente en las páginas de este o de aquel diario; crónicas de ciudades reales y fantasmagóricas evocadas por una voz relatora, por un narrador que no se desvela pero que ve, presume que ve y que sospechamos calco o copia del autor. Habla de ciudades a las que se la hace pasar por el cedazo de la literatura y de la música, de las mil y una fuentes cultas, eruditas, por parte de quien se sabe irremediablemente repetidor de lo que hemos recibido de la tradición, de quien sabe que la originalidad sólo es posible como combinación, como trastrueque, vecindad nueva de referencias vistas o entrevistas, previas y ya gastadas, al modo de Borges.  Aquí, en estos libros (y no sólo en las novelas, en las ficciones) está el mejor Muñoz Molina, aquel que se expresa dando voz a un observador que narra con delectación y morosidad escenas, secuencias, situaciones de una totalidad más vasta, una totalidad cuyo perímetro ignora, de la que sólo le llegan fragmentos de significado incierto y en cuyo desciframiento tentativo se empeña. 

            No es extraño que el escritor se sirva del tópico literario del Robinson, del mito literario y de sus epígonos, y que esa figura reaparezca constantemente en sus obras hasta llegar a Ventanas. Pero el viajero de Defoe que, por afán de lucro y de conocimiento y desoyendo los consejos del padre, se lanzó a la aventura, es ahora un náufrago en la ciudad. Valiéndose de los restos del navío, de lo que la naturaleza le dio y de su destreza, Crusoe logró reedificar la sociedad, con empeño obsesivo, neurótico, con periódicas recaídas en la tristeza, en el pesimismo y en la fatalidad, sabiendo que el tiempo todo lo destruye y que un solo instante suprime la vida. La cultura está en su interior, y de ese depósito extrae sus medios, pero el islote en el que naufraga es a la vez el entorno mismo que le permite la supervivencia y que le encierra. La ciudad de Nueva York es un caos de vidas cuya filiación y cuyo significado este observador ignora. La ciudad que se describe posee gran sedimento cultural, y sobre ella se aplica una clave interpretativa nueva, extraña, foránea, la del paseante, la del vagabundo, la del turista, la del jugador, como sugería Zygmunt Bauman: la propia de la cultura moderna, literaria, cinematográfica, la que le da al observador su densa formación. Nueva York es así el recinto del anonimato y del vagabundeo, de la soledad errabunda.    

            Entre las referencias culturales de que se valía en su primer libro, en El Robinson urbano, ya estaba Julio Verne. Las alusiones a este novelista francés han sido habituales en Muñoz Molina y ello es una forma de evocar la infancia, la etapa en que se forjaron los sueños de omnipotencia y las fantasías aventureras. Como es bien sabido, algunos de los personajes más memorables de Verne son ciertamente heroicos, caracteres enérgicos que no hacen gala de su fuerza sino de su inteligencia, de su instinto para la supervivencia. Pero son también, al menos algunos de ellos, personajes con claroscuros, que se ocultan, que evitan una sociedad de la que combaten sus vicios o de la que se vengan. El más grande de todos ellos es, sin duda, el capitán Nemo, alguien sin nombre, alguien que, como el protagonista de Defoe, también ha compuesto el mundo, su habitación y su espacio. No es extraño que el segundo de los libros de Muñoz Molina se titulara Diario del Nautilus, como tampoco es raro que esa referencia reaparezca en Ventanas. La mirilla de la puerta del apartamento neoyorquino es, en efecto, “el ojo de buey y el periscopio por el que pueden vislumbrarse los desconocidos paisajes submarinos del rellano”, de modo que la vivienda será como un batiscafo, dice expresamente, su puesto de observación. Pero el observador es un trasunto del capitán Nemo. Por eso, vuelve a admitir páginas después que sólo es “el ciudadano invisible de un país inexistente. No soy nadie aquí, o soy un Don Nadie, y sin embargo soy más yo mismo que nunca, más que en cualquier otra parte. Despojado de circunstancias y añadiduras exteriores, salvo de la presencia de quien conmigo va”.

            ¿Qué significado cabe atribuirle a la metáfora del sumergible en la obra, en las obras de Muñoz Molina? En el Diario del Nautilus ya lo desveló: el navío no es aquí un “buque de guerra, sino refugio submarino contra las crudas afrentas de la realidad”, o, como dijera Cesare Pavese, tal vez el Nautilus no sea aquí más que una defensa contra las ofensas de la vida. Si Robinson recrea la metáfora del náufrago que reconstruye la sociedad de la que ha sido privado explorando los dominios que encierra la isla, la imagen del submarino describe un modo de obrar: irrumpir protegido en ese mar ignoto que es la vida, la vida de los otros, pero también la propia. De nuevo, en Ventanas, como en sus otras crónicas, una abrumadora suma de referencias se suceden pudiendo ser tomadas como aderezo u ornamento, pero mas importante aún como claves que sirven para interpretar el mundo. 

            En efecto, Ventanas, que como decíamos es recopilación reelaborada de sus anotaciones sobre un cuaderno de tapas azules, es, pese a las apariencias, un relato, un largo monólogo. Hay, además, un rasgo constante del autor, la conjetura creativa, el relleno de significado de aquello que parecía no tenerlo o que ignoramos, la elaboración de la historia hipotética que está detrás del hecho o del fragmento que contemplamos. El narrador habla y su voz es la de quien sabe que lo que ve y obtiene son apariencias vislumbradas a través de ventanas metafóricas, como en la película de Hitchcock, como en los cuadros de Edward Hopper, datos siempre escasos, ignorancia que debe ser compensada con esa conjetura creadora que da significado al desconcierto de la vida. Es decir, para Muñoz Molina no hay diferencia sustancial entre la tarea del cronista que se expresa en Ventanas de Manhattan y la labor del narrador de ficciones que también es, y no la hay porque es el relato aquello que otorga orden y significado, aquello que los iguala, el trabajo de explicar el mundo. Planteada así, la realidad no precisa la fantasía, no necesita la pura invención; requiere, por el contrario, un dato extraño y la voluntad perpleja de explicarlo. El dato es la información bruta y el contexto propuesto es la tarea de conocimiento. Por eso, la ficción no es el terreno de la especulación fantasiosa, sino el espacio potencial de la realidad, la prolongación posible de lo que pudo ser efectivamente y que la imaginación recrea o exhuma. Dar con un buen relato de ciertos hechos probables es dar con una buena explicación acerca de las cosas, es proponer un significado. No otra es la función básica de la narración. Los cuentos de hadas son fábulas que se valen de un material imposible para adiestrarnos, para dar con la receta pragmática que nos permita orientarnos. El relato de lo posible que nos propone Antonio Muñoz Molina es, a la postre, una narración de lo  probable, de lo que ejercitando nuestras facultades podemos imaginar como probable.

            En ese sentido, cualquier detalle, por pequeño que sea, es fuente inagotable de presunciones y de indicios reveladores, pero esas presunciones e indicios que menudean se fundan en una experiencia madura y en una erudición contenida. La cultura es armazón, pero ese recurso no agota el enigma de lo real. Reconocer esa ignorancia o esa limitación insuperable reconforta al narrador, que se libera así de una labor reparadora. Por eso, a pesar de la densidad cultural, la mirada del narrador se asemeja a la mirada de un niño o de un adolescente, un muchacho que está solo frente a un mundo siempre desconocido, inabordable, misterioso, un mundo cuyas amenazas hay que aplacar explicándolo, admitiendo a la vez que esa explicación no es conocimiento seguro, sino saber frágil, probablemente ficticio, simulado o infundado. Como es el de Antonio Muñoz Molina, como es el nuestro.

 

 

Referencias bibliográficas

 

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Pérès, C., Le nouveau roman espagnol et la quête d’identité : Antonio Muñoz Molina, París L’Harmattan, 2001.

 

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--, http://www.uv.es/jserna/AmmIndice.htm

 

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Soria Olmedo, A., Una indagación incesante: la obra de Antonio Muñoz Molina, Madrid, Alfaguara, 1998.