Lente de contacto
Once de marzo
Justo Serna
Levante-EMV, 9 de marzo de 2007
Releía estos días el pasaje de La cartuja de Parma en el que Stendhal nos relata el desconcierto de Fabrizio del Dongo. Hay en ese fragmento una imagen muy conocida, mil veces empleada, una imagen convertida en metáfora con la que se alude a la guerra y al sentido, a la percepción de los hechos y a su significado, a la dificultad extrema que tenemos de ver y de comprender cuando asistimos a los acontecimientos. Sabemos lo que queremos defender pero no sabemos bien cómo, con qué medios combatir a quienes se nos oponen o aniquilan o contrarían con ofensivas imprevistas o con tácticas inauditas.
Como ustedes recordarán, Fabrizio del Dongo, este personaje de Stendhal, era un joven bonapartista, un muchacho distinguido, linajudo, descendiente de las buenas familias de Como: ardoroso, revolucionario y sentimental, sabedor de lo que se libra, testigo de la historia que cambia un mundo. Abandonando su localidad natal, el joven se empeña en seguir, en alcanzar al Emperador, aquel que lleva por Europa las ideas de la Libertad. Por eso, superando penalidades y sobreponiéndose a sus miedos acaba llegando a Waterloo, el lugar decisivo. Pero allí, en medio de aquella batalla, no ve gran cosa, “atónito al principio, furioso luego, sin comprender absolutamente nada de lo que le ocurría”. A pesar de estar asistiendo a la ofensiva que cambiaba el curso de la historia, a pesar de ser testigo presencial de los hechos, “no entendía nada de lo que pasaba”, insiste el narrador. Dolido, impotente, lleno de estupor, en medio de la polvareda y de los humos, Fabrizio acaba preguntándose: “¿He asistido a una verdadera batalla?”
Pese a los barullos conspirativos e informativos, hoy sabemos que con el atentado del 11 de marzo hemos presenciado una verdadera batalla; sabemos que el mundo asiste, una tras otra, a pruebas de enorme trascendencia; sabemos que los embates de los enemigos y los enredos de los confusos dejan el campo semioculto por una nube espesa. Pero son tales el polvo y los humos que aún quedan en suspensión tras el 11 de septiembre y el 11 de marzo, que no se divisan ni el curso ni los límites ni el frente en que están los antagonistas. Eso mismo ya lo había advertido Umberto Eco en una conferencia pronunciada en 2002, pocos meses después de los atentados ocurridos en suelo norteamericano, palabras que ahora podemos leer en su último libro, A paso de cangrejo.
Ojalá fuera fácil atisbar o adivinar dónde se encuentran los enemigos y cuál va a ser la próxima embestida, insistía el escritor italiano. Pero no es nada sencillo. Más aún: no sabemos si esto es verdaderamente una guerra, una neoguerra –como la llama Eco— o si, por el contrario, son escaramuzas y refriegas sangrientas, atroces, de quienes emboscados pueden dañar porque se saben huidos del presente, ajenos a las blanduras occidentales y burguesas, a toda forma de humanitarismo. Hay que refinar la respuesta sin dejarse llevar por la ciega ira, la venganza, el linchamiento o el mero enredo; hay que obrar con contundencia legal (que es lo que estamos viendo en la Audiencia Nacional), pues de lo que nosotros esperan es que también abandonemos la mansedumbre burguesa. Pero hay que mirar con cuidado, sin hacer analogías históricas fáciles, frecuentes: por ejemplo, la del combate contra el Tercer Reich. El Imperio nazi era un enemigo reconocible, identificable, y su derrota se debió a la firme oposición de los Aliados, por supuesto, pero también a su desastrosa planificación bélica: los mandamases del Reich ideaban soluciones generalmente equivocadas para problemas que ellos mismos habían causado, con lo que el curso de la guerra se les torcía a pesar del poderío militar.
¿Qué comparación puede hacerse de este hecho con lo que hoy acaece, con ese terrorismo que dice estar en guerra contra Occidente pero al que combate con medios no convencionales, con ejércitos sin uniformar, sin estandartes ni infantería avanzando o ganando territorios? Que le llamemos guerra a lo que es un conflicto sin frente identificable sólo es una licencia metafórica. Es cierto que los golpes que nos asestan son tan desmedidos, tan brutales, que en principio no cabe llamar de otro modo a esas acciones de combate. Pero, atención, las analogías con las luchas del pasado sólo pueden conducirnos a la ceguera de Fabrizio del Dongo. La historia no está para esto.