VITORES Y PEDRADAS.
LA IMAGEN PÚBLICA DEL FERROCARRIL EN LA VALENCIA DEL OCHOCIENTOS
Anaclet Pons y Justo Serna

El tren de la vida
En algún
pasaje de su obra, Ortega y Gasset aventura lo que, a su juicio, son los mayores
logros del siglo XIX: la novela y el amor romántico, dos valores culturales que
transformaron la vida de los individuos del ochocientos. Con la novela se podía
viajar, emprender un itinerario de averiguación y descubrimiento y de contraste
con la propia existencia. Con el amor romántico, los enamorados podían adoptar
un camino propio, una vida en común elegida por ellos mismos, sin las ataduras
de la tradición, de la obligación y de la familia. Sin embargo, ni todas las
novelas permitieron emprender esos viajes de averiguación y de autoanálisis ni
el amor pudo siempre sortear las restricciones formales y legales que se
imponían sobre los amantes. En el imaginario del siglo XIX, la libertad de
movimientos parecía ser la meta de muchos individuos, dispuestos a
autodeterminarse y a sobrepasar los límites del destino al que estaban
confinados y a viajar, a conocer y a descubrir otras geografías. La novela lo
permitió metafóricamente y el amor romántico, también. Pero eran eso, metáforas
del viaje, de la libertad de movimientos, de la fantasía que estaba aún por
encontrar. Quizá si Ortega se hubiera detenido en esta imagen habría reparado
en que el ferrocarril era el gran avance que podía materializar ese sueño de
libertad de movimientos y de exploración de horizontes todavía ignorados. Si no
se demoró en este logro, fue tal vez porque, a diferencia de los novelones del
ochocientos ya desaparecidos en su
tiempo y del amor romántico, trágico y furioso del pasado, el tren era
consecuencia histórica del industrialismo del setecientos y, a la vez, logro
ordinario, evidente, parte del paisaje cotidiano, hecho indiscutible, vehículo que llegaba a las ciudades y que
servía para transportar mercancías y viajeros.
Esa imagen del ferrocarril, como dato ordinario de todos
los días, como logro al que ya no concedemos importancia, no puede ocultar su
trascendencia, su fuerza histórica y su impacto. Pronto, por supuesto, se le
asoció al progreso, al progreso económico y moral, al avance que la sociedad
experimentaba y que la alejaba de ese pasado de ciudades hacinadas, vetustas y
amuralladas en las que, como denunciaban tantos y tantos higienistas, se
adensaban los miasmas y se agolpaban los naturales. Son tan obvias las ventajas
materiales que se derivan del tendido ferroviario y de la marcha de los vagones
que muchos historiadores del novecientos subrayaron esa vertiente haciendo del
tren su propia metáfora y de la locomotora su imagen, como si el devenir
justificara su triunfo inevitable, como si el destino de las naciones estuviera
asociado irreparablemente a su instalación. De hecho, el ochocientos ha sido
visto así, el siglo de una industrialización que transformó la geografía
europea y que lo hizo en buena medida gracias a la aplicación del vapor al
transporte. Ya no había fronteras, ya no había límites, ya no había barrera que
no se pudiera franquear y los confines del continente parecían al alcance de
cualquiera. En alguna medida, esa imagen se alumbró en aquel tiempo, pero fue
también una idea reiterada que ha servido para celebrar las ventajas de ese medio
de transporte.
Sin embargo,
nunca fue cierto que Europa perdiera sus fronteras ni sus límites, porque, de
hecho, la existencia del ferrocarril acentuó la percepción de la frontera y las
barreras nacionales son coetáneas a la instalación del tendido. Más aún,
corremos el riesgo de mirar acríticamente ese tren que se convirtió en metáfora
del progreso ("el tren del progreso", se decía), esa locomotora que
devino sinónimo de avance ("la locomotora de la economía", se repite
por ejemplo). Y podemos demorarnos en la memoria complaciente que hemos
recibido de la literatura y del cine y que suele hacer del tren una sugestión
de aventura mundana. Incluso, como historiadores, podríamos recaer en una
historia que simplemente conmemorara, que celebrara el pasado como evidente y
que nos hiciera circular por un solo carril posible. Nuestra intención es
alejarnos del presente, distanciarnos de las imágenes actuales y remontarnos al
ochocientos, a ese momento en que se instala el ferrocarril y que es generador
de sus propias representaciones, de sus propias concepciones no siempre
coincidentes con las de hoy. Hay voces que lo nombran, discursos que lo
identifican y que le dan sentido, textos que lo presentan a los contemporáneos
y que lo justifican y hay, en fin, espectadores que lo observan, que lo usan o
que se oponen. A este asunto dedicaremos las páginas que siguen. Averiguaremos
qué imágenes se forjaron, qué idea tuvieron de él, buscando no tanto el impacto
material que supuso para las infraestructuras cuanto la representación pública
que se hicieron del ferrocarril. Y para ello nos aventuraremos en una ciudad,
la de Valencia a mediados del siglo XIX, que no recibió el tren con
indiferencia y frente al que se volcaron autoridades y naturales, promotores y
publicistas, propietarios y labradores, jóvenes o viajeros.
Valencia en la
mano
Valencia no
era una ciudad remota o alejada de los itinerarios habituales, era, por el contrario,
un destino frecuente, una meta que conquistar. El viajero podía llegar a
Valencia de diverso modo[1].
Si se venía de un lugar alejado, lo tradicional era hacerlo en diligencia, el
medio aristocrático de transporte, un coche con buenos muelles que no rodaba
más que por caminos reales o carreteras, según los cronistas de la época. En
cambio, los visitantes de los pueblos cercanos acudían a la capital montados en
sus tartanas, un carro poco apreciado por los grandes viajeros, dada su
incomodidad, pero inevitablemente frecuente entre los naturales. Con todo, los
caminos y las carreteras eran inadecuados, tortuosos y las lluvias periódicas
arruinaban su firme. Por eso, es lógico que en los viajes de larga distancia el
usuario prefiriera el barco o el tren. Sin embargo, el tendido ferroviario, esa
arteria que se juzgaba la auténtica palanca del progreso, sólo comenzó
instalarse a partir de los años cincuenta, enlazando primero con el Grao,
después con Xàtiva y, finalmente, extendiendo sus dos ramales hasta Almansa y
Tarragona. Por su parte, el puerto, que no contaba con un abrigo natural apto
para embarcaciones de gran calado, también empezó a ser adecuado por esas
mismas fechas. Aun así, y a pesar de la demora de su habilitación, el tráfico
marítimo fue abundante y los viajeros podían llegar a Valencia en alguno de los vapores habituales, aunque para ello
debieran sufrir la incomodidad de ser llevados a tierra firme en barcazas.
Pero la incomodidad no era el único obstáculo para el
visitante, puesto que Valencia era todavía, y así lo seguiría siendo hasta los
años sesenta, una ciudad amurallada, un recinto cerrado que frenaba a los
viajeros, que constreñía a sus habitantes, pero que también los resguardaba. La
muralla tenía cuatro puertas mayores, puertas que daban acceso a sus
correspondientes cuarteles (San Vicente, Quart, Serranos y Mar). Quienes venían
de Madrid o salían hacía la Corte podían hacerlo por el camino de Almansa, que
arrancaba de la puerta de San Vicente, o bien podían optar por la carretera de
las Cabrillas que, desde Quart, les encaminaba hacia Cuenca. En cambio, los
viajeros con destino a Aragón o Cataluña solían hacerlo desde Serranos.
Finalmente, la puerta del Mar, como su propio nombre indica, comunicaba
Valencia con el puerto a través del camino del Grao. También se podía entrar
por cualquiera de sus portillos, alguno de los cuales había sido reconstruido
en fecha más reciente. Estas puertas y sobre todo los cinco puentes sobre el
río habían favorecido históricamente la formación de grandes arrabales que a su
vez habían ensanchado la ciudad más allá de las murallas. Ese aumento de la
población y de su caserío extramuros llevó a mediados del ochocientos a
acometer distintas reformas. En los años treinta, por ejemplo, se adecuó un
jardín, las Alameditas de Serranos, llamadas también paseo de los desesperados
por su sombría vegetación, situado entre el puente de su mismo nombre y del San
José. Frente a éste, en la década de los cuarenta se urbanizó la zona
denominada de la Zaidía, un área especialmente activa dado que allí se iban a
instalar talleres y fábricas de todo tipo. Finalmente, en los años sesenta, se
renovó el emplazamiento tradicional de la Alameda, dándole mayor amplitud y
desahogo.
La vida
urbana, la vida interior, era ciertamente bulliciosa, pues se superponían la
ciudad administrativa, la eclesiástica, la popular y la comercial. Y era el
mercado, justamente, la mayor atracción para cualquier visitante. Allí, cuando
los serenos se retiraban y los acomodadores disponían sillas, cestones y
toldos, los expendedores ofrecían productos de todas las clases y los olores se
confundían en un ambiente colorido y denso. Tradicionalmente, la venta de
comestibles y de otros géneros se realizaba en la calle entre la iglesia de los
Santos Juanes y la Lonja: sobre las anchas aceras se colocaban unos toldos
sujetos a pilares de hierro para que se acomodaran los puestos de venta,
dejando para los transeúntes un pasillo central. Sin embargo, en 1838 se había construido
un nuevo mercado ocupando el solar del que fuera el convento de las Magdalenas.
También por entonces, en los años cuarenta, se levantó la plaza redonda sobre
el lugar de la antigua pescadería, con cuatro arcos de entrada y veintinueve
puertas que daban a otras tantas tiendas. Por todo ello, por el hecho de
disponer de un mercado diario e ininterrumpido, Valencia no contaba con ferias
como las que se celebraban en localidades de menor población, aunque por
Navidad y en el día de la Ascensión se colocaban puestos repletos de juguetes.
En los alrededores del mercado, en esas calles de mayor bullicio, y a primeras
horas del día, era en donde los vendedores ambulantes ofrecían café y
aguardiente de corro en corro, y era allí también en donde el visitante podía
verles de nuevo, cuando el calor apretaba,
repartiendo refrescos de cebada o bien podía apagar su sed acudiendo a
las celebradas horchaterías que tanto sorprendían a los forasteros. En esa zona
se multiplicaban todo tipo de tiendas de vara y establecimientos y se
arracimaban personas, carros y animales, en una ordenada confusión, como
anotara Boix. Además, en las cercanías estaban la mayor parte de las fondas y
mesones que daban albergue. Las primeras, como la del Cid, regentada por unos
ciudadanos suizos, ofrecían el hospedaje de mayor distinción y, por ejemplo, en 1860, servían cubiertos
desde ocho reales en adelante, una cantidad que doblaba el jornal que cualquier
obrero podía reunir cada día. Si a las fondas llegaban las diligencias
procedentes de Madrid o Barcelona, a los innumerables mesones lo hacían los
ordinarios y arrieros que venían de las localidades más cercanas. En uno de
ellos, en el célebre Mesón de Teruel, era en donde cualquier visitante podía
alquilar coches y caballos para sus paseos y salidas.
Pero..., ¿cómo
era la ciudad más allá de ese espectáculo colorista que se reunía en el
mercado? Dentro de la muralla había, en efecto, varias ciudades. Estaba aquella
de calles estrechas y polvorientas, aquella en la que los vecinos y los
forasteros se sofocaban, aquella en la que la higiene y la salubridad eran
escasas, aquella en la que se adensaban los miasmas, y que tan
desagradablemente impresionaba a los extraños y a los naturales. En ese
laberinto, en los barrios más
occidentales, se reunían la urbe
comercial, la de los oficios tradicionales y las tiendas abiertas, pero también
la industrial, la de los talleres y la del hacinamiento. Tres eran las vías que
delimitaban esa zona: la calle de San Vicente, arteria comercial de la ciudad
en la que se sucedían las tiendas de
vara que expendían géneros diversos; la calle de Quart, que separaba el área
propiamente mercantil de aquella otra de habitación popular; y la calle de
Serranos, en donde terminaba ese recinto preferentemente obrero. Pero Valencia
era asimismo la antigua ciudad señorial, la de los palacios nobles de la calle
de Caballeros, una vía que desembocaba en la proximidad del tradicional centro
administrativo y religioso. Más hacia el este aparecía la nueva capital patricia,
con sus recién estrenadas sedes bancarias, instaladas desde los años cincuenta,
con el Teatro Principal y con los cafés, con los parques públicos --el de la
Glorieta, de origen francés, y del Parterre, abierto en los sesenta-- y con las
ostentosas y envidiadas residencias burguesas, amplias, ventiladas y
ajardinadas. Finalmente, sobre esas tres ciudades intramuros, se superponía otra más, la monacal, la de
las manos muertas, la de los imponentes conventos y espaciosos huertos. Fue
precisamente a partir de la liberación de esos edificios desamortizados cuando
empezó la gran transformación urbana, dando vida a nuevas zonas. La estación
del Ferrocarril, el Teatro de la Princesa o la calle de la Paz son producto de
la apropiación civil de esos espacios antaño dedicados a la oración y al
recogimiento[2]. En
particular, la primera estación del tren fue edificada en los años cincuenta en
el área perteneciente a los jardines y conventos de San Pablo, la Presentación
y San Francisco. De hecho, este último fue derribado y con ello se llevó a cabo
una gran transformación urbana que tuvo, entre otros efectos, la instalación
del Ayuntamiento en la antigua Casa de la Enseñanza y la reforma de la zona
adyacente. Con esta operación la ciudad completaba un desplazamiento de su eje
hacia un nuevo centro comercial, financiero e institucional, hacia esa nueva
zona patricia, localizada entre el cuartel del Mar y de San Vicente y de la que
el ferrocarril fue su estimulo físico, su polo de atracción.
El Grand Tour
Pero el tren
se demoró hasta los años cincuenta y entonces el suyo sólo era un trayecto
breve, el principio de un tendido que conectaría la ciudad con destinos más
alejados, cosa que se verificó a partir de la década siguiente. ¿Cómo fueron
aquellos viajes? ¿Cómo emprendieron esos desplazamientos anteriores al
ferrocarril? No contamos con fuentes que relaten los pormenores que vivieron
los valencianos que salían de la capital. Sólo un excepcional documento puede servirnos de ilustración, un
documento realmente insólito: el diario de viajes de José Inocencio de Llano[3].
Se trata de un dietario al que su autor dio inicio en 1842 y que acabó en 1895,
un relato que recoge las impresiones de sus viajes, de alguien, en este caso,
que pertenecía a las familias distinguidas de la capital, al sector adinerado
de la ciudad. Su padre, un rico comerciante y propietario, alcanzaría, por
ejemplo, la máxima distinción municipal, la condición de alcalde, en la década
de los sesenta. José Inocencio emprendió numerosos viajes en los años cuarenta
y cincuenta, viajes de formación, como era usual en el burgués del ochocientos,
que le permitieron disfrutar de largas estancias en Francia e Inglaterra bajo
la atenta mirada y protección de su tío Juan Bautista White, su eterno
acompañante. En esos diarios son muchas
las noticias y las descripciones que podríamos recuperar, los paisajes o
lugares que frecuentó. Bastará ahora con que nos detengamos en el aspecto más
evidente de sus itinerarios, el que se refiere al tiempo utilizado en
recorrerlos. Como ya hemos indicado, antes de que el ferrocarril extendiera sus
ramales por doquier, e incluso también entonces, los que se trasladaban a otras
ciudades habían de recurrir al coche de caballos o, en el caso de que fuera
posible, al barco. José Inocencio hizo uso de ambos medios, aunque la
diligencia fuera más habitual en sus desplazamientos. Por lo general, la tomaba
con destino a Barcelona, para desde allí embarcarse hacia Marsella. Pues bien,
ese breve trayecto entre Valencia y la capital catalana le suponía en los años
cuarenta dedicar un par de días completos, contando, claro está, las paradas
que debían realizarse por el camino para dar refresco y descanso a los caballos
y a las personas. Ese lapso, que podía aumentar si las condiciones
climatológicas eran adversas, se fue recortando con el tiempo, pues, por
ejemplo, en la década siguiente José Inocencio habla de una reducción de hasta
seis horas. Sin embargo, al margen del tiempo consumido, los viajes de José
Inocencio no debieron de ser excesivamente confortables. Él mismo confiesa
algunas veces la incomodidad física que experimenta, el malestar que le
ocasiona la diligencia, la indignidad de las condiciones de esos
desplazamientos.
Aun así, ese
medio de transporte fue el más empleado durante mucho tiempo, sobre todo por
parte de los viajeros foráneos que llegaban a Valencia. De algunos de ellos,
los que emprendieron tours, contamos
con relatos que nos describen esos desplazamientos en diligencia a lo largo de
toda la península y en éstos expresan la voluntad de verlo todo, de observarlo
todo, con esa búsqueda del exotismo y del pintoresquismo que a tantos
caracterizó en el ochocientos. Aquellos
viajeros, que fueron numerosos y obstinados a pesar de las dificultades y de la
orografía irregular de la península, tomaron Valencia como una de las
localidades frecuentes de sus periplos. Los que los emprendían podían tomar,
por ejemplo, una ruta que les llevara directamente a Madrid, visitar algunas
ciudades o monumentos próximos, seguir el camino hacia Andalucía e iniciar el
regreso por la costa mediterránea con paradas obligadas en Valencia y
Barcelona. O bien, en otros casos, se podía elegir la opción inversa y recorrer
ese mismo trayecto empezando por la capital catalana[4].
De cualquier manera, se trataba de un viaje largo, costoso y pesado, en el que el azar y las
circunstancias podían alterar sensiblemente los planes del más previsor de los
viajeros. Las posibilidades eran varias. Tomemos, por ejemplo, la descripción
que de ellas hizo Charles Davillier en 1862[5].
La opción más
cómoda y también la más onerosa era la diligencia. Se trataba de un coche de
dos cuerpos, es decir, estaba compuesto de "dos berlinas comunicando entre
sí por un ventanillo que puede abrirse o cerrarse a voluntad, y algunas
persianas con laminitas de madera, precaución excelente contra el calor".
Su tiro era variable, entre ocho y catorce animales, aunque lo habitual eran
diez o doce caballos y mulas, al menos en el siglo XIX, y disponía de tres
personas para su manejo: el mayoral, el zagal, que corría junto a los animales
hostigándolos en caso necesario, y el delantero, quien iba montado en la
primera caballería de la izquierda con el fin de dirigir la marcha y prevenir
cualquier contingencia que pudiera acaecer a lo largo del camino. Todo este
alarde de medios hacía que el coste del viaje resultara elevado. Davillier
indicaba que había tenido que pagar dos pesetas por legua, lo cual suponía un
precio cinco veces superior al que le hubiera costado adquirir un billete de
primera clase en el ferrocarril. A su juicio, el motivo de tal diferencia era
evidente: "Como las empresas se ponen de acuerdo sobre los precios, [los
viajeros] tienen que pasar por las horcas caudinas, si no prefieren ir en
galera, lo que sería caer de Caribdis a Scilla". En efecto, había otras
alternativas más económicas si se
deseaba compartir trayecto. Una de ellas consistía en utilizar el correo, es
decir, el coche que se encargaba del servicio postal, un vehículo que realizaba
el itinerario en menos tiempo pero que sólo admitía a dos o tres personas.
Claro está que esa mayor rapidez exigía cierta penitencia en el viaje. Veamos
cómo lo describió Pascual Madoz:: “Sale de Valencia diariamente a las 4 de la
tarde para llegar a Castellón a las 10 de la noche; cena y sigue para llegar a
Vinaroz a las 5 de la mañana del día siguiente; chocolate y sigue para llegar a
Amposta de 9 a 10 de la mañana; come y sigue para llegar a Tarragona a las 9 de
la noche; cena y sigue para llegar a las 5 de la mañana a Molins de Rey;
chocolate y sigue para llegar a Barcelona de 7 a 8 de la mañana”[6].
Otra
posibilidad eran las colleras, una especie de diligencia tirada exclusivamente
por media docena de mulas, lo cual hacía el viaje prácticamente interminable.
Finalmente, el último recurso era la galera, pero dejemos que sea Davillier el
que nuevamente nos evoque aquel coche: "Ningún instrumento de tortura ha
merecido su nombre mejor que ella. Figurémonos una larguísima carreta soportada
por cuatro ruedas. El fondo se compone de una red de espartería de anchas
mallas que, describiendo una curva, casi toca el suelo. Sobre este suelo sin
cubrir es donde se colocan mezcladas las mercancías y los viajeros, mejor
diríamos los condenados. El techo de este presidio ambulante consiste en arcos
paralelos que se cubren con una tela basta".
Es evidente
que los recorridos regulares, como el que unía por ejemplo Barcelona con
Valencia, se cubrían con diligencias. El uso de la galera, por su parte,
implicaba ir contratando en cada localidad un pequeño trayecto hasta otra
cercana, con horarios totalmente imprevisibles. Ahora bien, la incomodidad
estaba asegurada fuera cual fuese el medio empleado. El célebre escritor Hans
Christian Andersen también llegó a Valencia en ese mismo año de 1862, pero tomó
la decisión de hacerlo embarcándose en Barcelona. Una vez arribado al Grao y
desplazado hasta la fonda de El Cid, en donde --según confiesa-- halló fresco
aposento y abundantes manjares, tuvo la oportunidad de contemplar la llegada de
la diligencia que había estado a punto de tomar. "Venía llena de barro y de polvo; parecía el fantasma de
aquel coche que habíamos visto dos días antes". Los caballos, añadía,
"chorreaban agua, la carrocería venía macadamizada de polvo, los pasajeros
descendían como pacientes que salieran de un hospital; algunos en pantuflas,
pues, con el largo viaje, los pies se hinchaban dentro de las botas; otros
bajaban sin vestirse, con el traje al brazo, el polvo colgándoles del cabello
y, sin eran muy flacos, de las mandíbulas; de tal guisa arribaba el señorial
pasaje"[7].
Además de los
viajes regulares o en compañía, una alternativa que muchos consideraban más
satisfactoria e incluso menos onerosa era la de desplazarse en solitario. En
este caso, se tomaba una calesa en cuanto se entraba en la península y con ella
se hacía todo o la mayor parte del recorrido. Con esta opción, el
desplazamiento era mucho más pausado pero permitía una mayor libertad, fuera de
las paradas marcadas y de las postas establecidas. Ése fue el medio que
escogieron, por ejemplo, tantos viajeros británicos que se aventuraron por la
península al menos desde finales del setecientos. El principal inconveniente
era la inseguridad. Richard Twiss lo detalló con precisión en su diario:
"un pasajero sólo debe tener mucho cuidado al elegir el calesero adecuado:
alguna de estas personas han pasado la mayor parte de sus vidas viajando por
toda España, siendo conocidas en todas las posadas y ventas, ellas son la mayor
protección que un viajero puede tener para que no se le asesine, ya que inmediatamente
se les echaría en falta, y para encontrarlos se haría la búsqueda más
diligente, tanto a ellos como a las personas a quienes prestaban servicio; pero
si eligiese a un arriero joven y desconocido, tanto él como su pasajero podrían
ser asesinados con total impunidad". Salvado ese riesgo o inconveniente,
lo cierto es que este medio de transporte daba absoluta libertad de movimientos
al viajero e incluso le permitía evitar esas posadas y ventas cuya mala calidad
era bien conocida entre quienes emprendíanel
grand tour. En algunos casos,
la mala fama era tal que el viajero tomaba medidas extremas. El ejemplo de John
Talbot Dillon, que se remonta a 1778, no es único, pero sí que expresa con
contundencia un práctica que llegó a ser frecuente en toda Europa:
"Animado por esa infatigable pasión y curiosidad, alquilé un carruaje en
Barcelona, tirado por mulas, habiéndome provisto de una olla, cuchillo, tenedor
y cuchara, servilletas y una pequeña provisión de café, chocolate, azúcar,
etc., con una cama de campaña y otro equipo de campo"[8].
Quizá pueda parecer exagerado que Dillon cargara con tantos enseres y viandas,
pero debemos recordar que entre los viajeros de la Europa moderna existía una
opinión coincidente en lo relativo a la península ibérica. “Era esencial
comprar provisiones por anticipado, pues uno no podía confiar en hallar comida
en las posadas o ventas. A lo largo de la carretera se podían comprar conejos,
liebres y perdices”. Pero si el alimento escaseaba en tales establecimientos, mayores eran las dificultades para encontrar
buen hospedaje a lo largo del camino. “En cambio, las grandes ciudades
–Sevilla, Barcelona y especialmente Valencia— podían ofrecer todas las
comodidades conocidas en Europa en su tiempo y a la vez”[9].
De ahí que Dillon y tantos otros que antes y después eligieron el viaje en
solitario optaran por prevenir tantos posibles contratiempos cargando con un
abultado equipaje.
En fin, esos
relatos del viaje por tierra transmiten incomodidad, riesgo de ser asaltado o
incluso de ser asesinado, y, por tanto, acumulan horrores y malestar,
desplazamientos en los que el confort era prácticamente inexistente. Por tanto,
no le faltaba razón al valenciano José Inocencio de Llano cuando, como
indicábamos, en sus frecuentes salidas al extranjero se quejaba de las
condiciones de esos itinerarios o reprochaba tantos defectos a los medios que
estaban a disposición de los transeúntes. Justamente por eso, el barco podía
ser una alternativa que permitiera franquear estas dificultades e incomodidades.
Al menos, en principio, servía para abreviar el trayecto, para hacerlo más
rápidamente, pues si el estado de la mar no empeoraba, la distancia con
Barcelona se podía cubrir empleando entre dieciséis y dieciocho horas. Con
todo, la perspectiva no era muy alentadora porque las embarcaciones debían
sortear las inclemencias climatológicas y sólo en el verano el viajero tenía
mayor seguridad de poder completar la travesía sin contratiempos graves. El
propio Hans Christian Andersen, al que citábamos anteriormente, dejó escritos
unos párrafos sobre el particular: "Me habían descrito el viaje en vapor a
lo largo de la costa como algo de lo más desagradable: barcos sucios, nada
preparados para el confort de los viajeros. En caso de mal tiempo era sumamente
difícil desembarcar; los buques no entrarían en el puerto y los pasajeros
tendrían que saltar a un vacilante bote en alta mar; y el tiempo podía ser tan
malo que ningún bote osaría salir a buscar a los pasajeros. Ya estábamos a
mediados de septiembre y el tiempo de calma había cesado"[10].
Aunque referidos a Valencia y su muelle, a la costa de la capital y al mar que
la circundaba, lo cierto es que estas palabras de Andersen describen
perfectamente lo que fue tan frecuente en la navegación marítima del
ochocientos europeo. Él, sin embargo, optó por el barco, tal vez porque la
perspectiva del viaje terrestre aún era peor y dejaba a los pasajeros en
pésimas condiciones. Así se expresaba en 1862.
Al margen de
la climatología y de los temporales, llegar a Valencia en un vapor no era
tampoco cómodo, puesto que la habilitación de su puerto se había demorado
durante siglos, justamente porque la costa no ofrecía abrigo natural para que
fondeasen los navíos. La escasez de medios técnicos y de recursos financieros
había retrasado su adecuación y un viejo muelle sin condiciones era todo lo que
la ciudad podía ofrecer a las embarcaciones que allí arribaban. Desde mediados
del ochocientos, sin embargo, las cosas había tomado un giro bien distinto,
coincidiendo con el auge de las obras públicas y con la habilitación de
infraestructuras. Por eso, un nuevo puerto se estaba levantando y los naturales
albergaban la esperanza de contar en un plazo razonable de tiempo con una
dársena que pudiera dar cobijo a buques de gran calado. No obstante, para
cuando Andersen visitó Valencia, su muelle ni se había completado ni las
grandes embarcaciones podían acercarse sin obstáculo a la costa. Por eso, al
margen de la climatología, la operación que relata el célebre escritor fue
habitual durante años. Llegar a la ciudad significaba arribar a costa con un
pequeño bote y, desde allí, salvar la distancia que separaba el Grao de la
capital en las tartanas habilitadas para ello. Estos vehículos se agolpaban
tanto en las puertas de la ciudad como en el mismo puerto. Hoy cubrimos esa
distancia en un santiamén; también entonces, puesto que, como dicen algunos
viajeros ilustres que aquí llegaron, los caballos que tiraban de ellos eran
excelentes, fuertes, veloces como el rayo, vigorosos. Cierto es que una mayor duración
hubiera dejado molidos a los pasajeros, dado que la tartana no era otra cosa
que una carreta sin suspensión cubierta por una simple tela y, por ello,
expuesta a las inclemencias del tiempo y en cuyo interior se disponían dos
bancos paralelos con almohadones que podían acoger entre seis y ocho personas.
Estos carruajes eran bien recibidos en cuanto uno bajaba del buque o del bote
que le había traído a tierra firme, pero su simplicidad no les deparaba grandes
simpatías cuando los recorridos debían ser mayores. Charles Davillier, de quien
ya hemos hablado, se quejaba de que no tenía otro modo de viajar hacia las
localidades cercanas. Por eso, por ejemplo, ante la eventualidad de desplazarse
desde Gandia a Dénia, consideró que tal distancia era en realidad muy corta y,
en consecuencia, optó por hacer el camino a pie. Los bellos parajes que aquellos viajeros describían en su
trayecto del Grao a Valencia no les ahorraban, pues, la demora y esa
incomodidad que padecían quienes ya estaban suficientemente sacudidos por los
vaivenes de la embarcación.
A todo tren
El simple
anuncio de que Valencia contaría con un ferrocarril y que su estación se
emplazaría en el centro de la ciudad fue recibido con expectación. Hubo
entusiasmo por parte de quienes promovían la empresa y hubo alegría por parte
de publicistas, admirados de que la localidad lograra auparse hasta el nivel de
otras capitales modernas. Para los viajeros, esa novedad abría nuevos
horizontes. En 1863, un turista valenciano del que sólo conocemos sus iniciales
(F.G. y G.) dejó para la imprenta un texto titulado "Itinerario de un
rápido viaje por Europa en 1862" en el que ya advertía de las expectativas
que el nuevo medio de transporte estaba fomentando: "Los extranjeros (...)
preguntan cuándo estarán los ferrocarriles para cruzar la frontera y poder
también visitarnos. ¡Dios quiera sea pronto!"[11].
Sin duda, esa afirmación resulta exagerada no sólo por la frecuencia y la
asiduidad de los visitantes foráneos, sino también porque ya para entonces
existían algunos ramales ferroviarios, parte del tendido de distintas empresas
que desde hacía algunos años se afanaban en obtener concesiones y en extender
sus vías. Lo que había cambiado, pues, era el modo de viajar y así lo entendió
Andersen: "Cuando se inauguró el ferrocarril en Europa, la gente puso el
grito en el cielo. ¡Ya se ha acabado el viejo y hermoso modo de viajar! ¡La
poesía de viajar se esfumaba, la magia se perdía! Sin embargo, precisamente
entonces comenzaba la magia. Ahora volamos con alas de vapor, ante nuestros
ojos y en torno a nosotros se suceden un cuadro tras otro en rica variedad;
como manojos nos van arrojando aquí un pueblo, aquí un bosque, aquí montañas y
valles. Podemos bajar a deleitarnos con la belleza del paisaje, pasar
rápidamente lo aburrido, con la velocidad del pájaro alcanzar nuestro destino;
¿no es esto magia?"[12].
La magia llegó
a Valencia en 1851. Desde entonces y en menos de veinte años, la ciudad iba a
ver implantados ramales ferroviarios sucesivos y en distintas direcciones
(Grao, Almansa y Tarragona), para afirmar su comunicación con la Corte y con
otras poblaciones peninsulares. En efecto, el veintiséis de febrero de 1851 se
ponía la primera piedra, como acto emblemático de una empresa que --a juicio
del cronista del Diario Mercantil que relataba al día siguiente el
acontecimiento-- marcaría "para nuestro país el principio de una época de
felicidad, su entrada en el nuevo período de la civilización, de la cual son
los ferrocarriles el más exacto símbolo". Desde entonces, y a partir sobre
todo del año siguiente, la compañía fue pródiga en actos de esta naturaleza,
esperando así dar suficiente relieve a los logros de la infraestructura, a los
avances de la locomotora, al progreso, que, en opinión de empresarios y
publicistas, debía inmortalizarse con boato y con visibilidad pública, con
festejos vistosos, con parlamentos entusiastas, patrióticos, de autoridades y
concesionarios, y con viajes de prueba y de inauguración. Hacerlo así era dar
cobertura municipal a lo que tenía por fuerza que verse como un beneficio para
todos.
Las primeras
inauguraciones son ejemplo de cuanto indicamos. Los invitados eran
convocados para sumarse y dar
distinción a las iniciativas que se completaban, y entre ellos estaban los
principales socios de la empresa, las autoridades locales y provinciales y el
técnico gubernamental, el ingeniero jefe que inspeccionaba las obras del
ferrocarril. Los espectadores salían a su encuentro, se arracimaban y
contemplaban con delectación y sorpresa --según anotan los cronistas-- los
avances del tren, el convoy humeante que transportaba a patricios y
benefactores, a capitalistas y empleados públicos. Más aún, muchos de aquellos
individuos que a pie miraban el tránsito de ese nuevo ingenio técnico aún en
pruebas quedaban "sumidos en indescriptible asombro", indicaba el
publicista del Diario Mercantil el 25 de febrero de 1852. Algo parecido sugiere
en su diario el propio José Inocencio de Llano, uno de los selectos pasajeros
que dispuso de asiento en ese primer recorrido del tren antes de que fuera
oficialmente inaugurada la línea. "Los labradores que había por el camino
miraban la locomotora con asombro y sin acertarlo a comprender". Había,
pues, dos tipos de espectadores. Por un lado, el público conocedor del acto y
de la maravilla técnica que se avecinaba, personas que habían acudido a
presenciar el acontecimiento y que prorrumpían en gritos de júbilo y en
vítores, dando muestras de general contento. Por otro, los naturales ajenos a
aquella manifestación y que veían interrumpidos sus quehaceres cotidianos con
la irrupción de algo nunca visto y para lo que no tenían referencia previa que
permitiera identificar aquel ingenio humeante.
De todos
modos, estas dos primeras inauguraciones resultaron relativamente discretas,
tanto en cuanto a asistencia como por lo que se refiere a su difusión en la
prensa. Al fin y a la postre, ninguno de los dos actos permitía abrir el
tendido al tráfico ferroviario, pues con el primero sólo se daba comienzo a las
obras y con el segundo, únicamente se realizaban pruebas con la primera
locomotora adquirida. En 1851 ni siquiera asistió el gobernador civil, que
debía presidir el acto, pues se hallaba fuera de la capital, ausencia que en
fechas posteriores habría resultado impensable. Al año siguiente, el veintitrés
de febrero, la celebración de la primeras pruebas del ferrocarril estuvo mucho
más cuidada desde el principio. Para empezar, se cumplía el aniversario del
inicio de las obras, lo cual permitía añadir un motivo adicional para el
festejo. Además, el costoso desembarco de las dos locomotoras, los coches o
carruajes, los vagones para mercancías, las vías, etcétera, se convirtió en un
acto simbólico que unía la industria inglesa con el empeño valenciano. Por eso,
José Campo tuvo “la feliz idea de adornar las barcazas en que venían dichas
piezas con banderas inglesas y españolas entrelazadas”[13].
Aun así, las pruebas públicas de esa primera locomotora, llamada “La
Valenciana”, no fueron tan concurridas como hubiera podido pensarse.
Nuevamente, José Inocencio de Llano nos sirve de testimonio, pues él fue uno de
los asistentes al acto y al convite posterior que se desarrolló en la misma
estación. Pues bien, Campo sólo cursó invitación a un selecto grupo de
comensales: su hermano Andrés, Joaquín Marco, Peregrín Caruana e hijo, el
marqués de Montortal, Joaquín Forés, Mariano Aparici, Mariano de Cabrerizo,
Ramón Ferrer, el propio Llano y su progenitor, los dos ingenieros y varios
empleados de la aduana. Es decir, una parte escogida de los socios y directivos
de la compañía.
Sin embargo,
el gran acto tuvo lugar el 21 de marzo de 1852. Ya no era la primera piedra ni
las pruebas que daban comienzo al ferrocarril. Era la inauguración oficial del
tramo Valencia-Grao, una inauguración que se verificaba en domingo, a
diferencia de las dos anteriores. También la presentación del acto por parte de
la prensa fue muy distinta. El Diario Mercantil empleó un papel diferente, de
vistoso color azul, para subrayar enfáticamente la importancia del evento. La
primera plana quedó dividida en dos mitades: la superior incluía diversas
poesías que festejaban el ingenio que se implantaba en Valencia, mientras que
la parte inferior anunciaba expresamente los actos que tendrían lugar ese mismo
día, "un día de júbilo", según añadía el anónimo redactor del
periódico. Al adoptar ese formato y ese
color, al anunciar el acontecimiento que se avecinaba ese mismo día, el diario
lo promocionaba con estruendo. A diferencia de los actos previos, ahora se difundía
con estrépito para que la asistencia fuera masiva.
Si hemos de
creer a los cronistas que relataron el acto el 23 de marzo en el Diario
Mercantil, aquel hecho convocó a toda Valencia, a las buenas familias y a los
menesterosos, a quienes tenían reservado asiento y a quienes se agolparon para
hacerse un hueco en los vagones. Las fechas y la climatología acompañaban: era
un festivo de finales de marzo y el buen tiempo facilitaba el tradicional paseo
dominical. La hora señalada, la una de la tarde, permitía cumplir con los
oficios religiosos y desplazarse luego a la estación que estaba ubicada en el
nuevo centro de la ciudad. Allí se congregó una multitud y allí mismo hicieron
acto de presencia las primeras autoridades civiles, religiosas y militares. A
todos ellos se habían unido la hermana de la reina y su esposo, duques de Montpensier, de paso por la
ciudad, pero invitados expresamente por Campo, según el cronista, para vincular
a la familia real con Valencia y sus mejoras. Tras breves parlamentos y el
obsequio a José Campo de una bandera conmemorativa que le fue entregada por sus
colegas de la dirección, el arzobispo bendijo aquellos "monstruos de
hierro" engalanados --dice el cronista-- "con la toilette de una
ninfa", se disparó un cañón y hubo un volteo general de campanas. Acto
seguido, el tren iniciaba su andadura con las autoridades en primera clase y el
resto de coches invadidos --se insiste en el diario-- por el gentío que se
agolpaba a ambos lados del camino. Muchos no pudieron satisfacer ese deseo de
hacer un primer viaje en tren y de hecho los afortunados que consiguieron un
lugar en los vagones no se apearon en el Grao, como hubiera sido lógico para
poder ver lo que en aquella estación iba a ocurrir y escuchar a la banda
militar que allí se había dispuesto, "por temor de perder los
asientos".
Si el paso de
la locomotora fue fugaz, su imagen quedó eternizada en un conjunto de
composiciones poéticas con las que diversos vates locales rivalizaron honrando
el tren. Como hemos visto, el Diario Mercantil ya había reproducido unos
cuantos sonetos y odas; la marcha del primer convoy fue acompañada también por
una lluvia de hojas volantes que contenían algunas de aquellas poesías y que se
lanzaban al paso del tren y que, al decir del cronista, se disputaban con
peligro de sus vidas los espectadores de a pie. Todos esos versos quedaron
también recogidos en un pequeño Álbum que fue entregado a los duques de
Montpensier como testimonio de su asistencia y del hecho de que la Corona
favoreciera con su presencia aquella empresa particular. Algunos de estos
elementos quedaron codificados expresamente, deliberadamente, y se repitieron a
partir de 1854, con motivo del tramo que unía a Valencia con Xàtiva, para así
dar realce y relieve a las nuevas inauguraciones. De manera particular, la
edición de aquellos versos que se arrojaban por las ventanillas del tren, y que
ahora aparecía en forma de "Álbum poético a la terminación del
ferro-carril del Grao de Valencia a Játiva dedicado al señor D. José
Campo". En efecto, dedicado al promotor de la empresa, al capitalista que
había traído el tren, al benefactor --según los cronistas-- que adecentaba
Valencia y que la hacía ingresar en la vida moderna.
Justamente fue ese mismo benefactor quien
tuvo la feliz ocurrencia de dar mayor énfasis a la vinculación con la Corona,
como modo de festejar a la reina y como manera de asociar su nombre a la suerte
de la Monarquía. En realidad, José Campo siempre acarició la idea de que fuera
la propia soberana quien pudiera inaugurar personalmente los tramos del
ferrocarril que se iban abriendo. Pero, dada la imposibilidad de materializar
ese sueño por razones que nunca se explicaron, optó por una presencia
simbólica: optó por hacer coincidir la celebración de la onomástica de Isabel
II con los avances del tren, con los actos de apertura que se verificaron en
1854, en 1859 y en 1863. No era sólo esa presencia simbólica lo que reportaba
tal coincidencia, sino que, además, daba realce a su fiesta particular. En
efecto, como mínimo, era común que el capitán general recibiera a las primeras
autoridades de la ciudad y que organizara una pequeña parada militar frente a
su casa-palacio mientras la banda amenizaba el acto y los espectadores
invitados expresamente o no contemplaban el espectáculo público. Un evento de
esa naturaleza solemnizaba el día, aunque otros acontecimientos, como una
comida de personas distinguidas o un baile privado, podían redondear la jornada
de celebraciones. José Campo se aprovechaba de esa coincidencia para su
beneficio, se apropiaba de esos actos conmemorativos y de la expresión pública
de ese contento colectivo y los completaba con su festejo ferroviario.
Ahora bien, no
hay que pensar que esos regocijos públicos que Campo organizaba fueran menores
o discretos, sino todo lo contrario, pues las inauguraciones estaban llenas de
boato y ocupaban buena parte de la jornada. Asistamos a dos de esos actos, los
celebrados en 1859 y en 1863. Para el primero contamos con el testimonio de
José Inocencio de Llano. Según relata en su diario, tras presenciar una función
teatral, se reunió en su casa con los amigos hasta que a la una y media de la
madrugada del diecinueve de noviembre acudieron a la estación. El ferrocarril
partió de Valencia a las dos y cuarto de la mañana, con todas las autoridades y
una banda dispuesta a amenizar el trayecto, llegando a las siete a Almansa, el
destino del nuevo tramo que se inauguraba. En aquella localidad les esperaba el
tren de Madrid en el que había venido el ministro del ramo, quien había de
declarar abierto al público ese recorrido entre Valencia y Almansa. Una vez
acomodados todos, desentumecidos tras el madrugón con un abundante bufet
--según relataba un gacetillero local--, el ferrocarril desanduvo el camino,
con una parada en Moixent, para realizar el acto oficial, y otra en Carcaixent.
Allí, en los jardines del marqués de Montortal, se sirvió un suntuoso almuerzo
--al decir del mismo cronista-- traído expresamente de Valencia. La llegada a
esta última ciudad se produjo a las siete de la tarde, casi diecisiete horas
después, de que partiera el convoy. Pero no acabaron aquí los festejos ni el
esfuerzo conmemorativo: "el día ha sido hermosísimo", anotó José
Inocencio, "y nos hemos divertido mucho. Esta noche Campo ha dado un
convite", un último atracón, en fin, con el que sellaban una jornada
ciertamente agotadora.
Mayor relumbre
tuvieron los actos que se celebraron cuatro años después, el diecinueve de
noviembre de 1863. En esta ocasión coincidía la onomástica real, la apertura de
un tramo (Castellón-Benicàssim) y, finalmente, la inauguración del Asilo de
Párvulos de José Campo. Los actos fueron minuciosamente preparados y contaron,
además, con un soporte nuevo que no habían tenido los anteriores: La Opinión,
el periódico que era propiedad de José Campo[14].
El Diario Mercantil, que siempre había dado noticia de esas aperturas, se
mostró escueto en esta ocasión, incluyendo dos breves notas que daban
información exigua sobre los actos. En cambio, La Opinión, periódico que
mantenía una gran rivalidad con su colega, se extendió ampliamente sobre el
particular. Mientras el Diario Mercantil separaba ambos acontecimientos, el
periódico de Campo subrayaba el nexo que los unía: "A las solemnidades de
costumbre hay que añadir este año dos sumamente gratas para Valencia y
sumamente honrosas para el digno patricio que con su fecunda iniciativa y
generoso desprendimiento las motiva". Además, tal coincidencia permitía
amparar bajo el manto de armiño de la reina dos fenómenos tan destacados como
el progreso material asociado al ferrocarril y el progreso moral que podía
vincularse al asilo.
Pero el
auténtico protagonista era Campo, que se presentaba como un hábil manipulador
de las expectativas y de los sentimientos públicos, como un productor
consciente de realidad simbólica, expresada ritualmente a través de una serie
de actos que adquirían la categoría de acontecimiento noticiable. En el
ochocientos, los contemporáneos difunden el concepto de actualidad y lo
revisten de papel de prensa. Hay un presente que es noticia, una actualidad
propiamente noticiera que se rellena con acontecimientos hechos para el
público, actos de solemnidad que transmiten novedad. Por eso, José Campo, conocedor de las novedades del
siglo, conocedor de la importancia creciente que tenía el mercado de la
información, será él mismo creador de noticias, productor de hechos y de
espectáculo para un público ávido de regocijos y de mejoras. Para ello, se
valdrá de sus amigos cronistas o, más expeditivamente, se apropiará de algún
medio de prensa para dar publicidad y legitimación a sus iniciativas.
Justamente por eso, algunas de las empresas de José Campo tuvieron esa
vertiente noticiera redundante y pública. Su incesante actividad de capitalista
y promotor, que así fue presentada en los periódicos, no sólo pregonaba su
calidad personal, la calidad de quien tanto concedía a Valencia, a su ornato, a
su progreso y a su embellecimiento, sino que, además, aparecía como
irrevocable: si las iniciativas que él patrocinaba eran mejoras, nadie en su
sano juicio podía descartar los frutos del progreso, y si, además, estaban
asociadas reiteradamente a la reina, habría sido una infidencia cometida contra
la Corona negarlas con obstinación. "Ayer callaban las voces discordantes
de los partidos políticos", decía el enfervorecido cronista de La Opinión
el veinte de noviembre, se apartaban "las rivalidades y los rencores, para
dejar oír el unánime acento de un pueblo que felicita al promovedor de sus
adelantos y agradece su eficaz iniciativa". Campo era consciente del valor público de la imagen que había que
difundir, sobre todo teniendo en cuenta que las suyas solían ser iniciativas
nuevas, mejoras cuyo significado no siempre era evidente, cuyo sentido había
que subrayar con énfasis y redundancia para así concitar su aprecio.
El monstruo de
hierro, el ingenio humeante, atravesaba la huerta con estrépito de metales y
crujido de madera, expuesto a las miradas de todos. Para que esto sucediera
había sido necesario rehacer el suelo, había sido necesario practicar
explanaciones, expropiaciones, había sido necesario tender vías a lo largo de
un trayecto que el ojo no podía abarcar y había sido necesario contar con
traviesas dejadas aquí y allá dispuestas para ser colocadas. La conexión
ferroviaria que iba a procurar entre destinos alejados era indudablemente una
ventaja, al menos para quien supiera verla y supiera aprovechar ese
acortamiento de las distancias, del tiempo y de las geografías. Pero era sobre
todo un cambio notable que alteraba las vidas, algo así como un monstruo
amenazante: aunque estuviera engalanado como una ninfa, la locomotora era un
monstruo de hierro –según lo calificaba aquel cronista de 1851-- que se
entrometía en la ciudad y que atravesaba los campos, que se adentraba en la
vida cotidiana de los vecinos, en su concepción del paisaje y del terreno, en su
misma forma de transitar entre bancales, ajena hasta entonces al riesgo mismo
del tren, a su inaudita velocidad.
Una marcha
accidentada
El ferrocarril
había sido una fiesta desde su primera inauguración, desde la primera piedra.
Había congregado multitudes, había suscitado gran expectación, se habían dado
vítores, vivas a la Reina, bajo cuya advocación se presentaba. Sin embargo,
tras ese boato conmemorativo, la marcha del tren se había visto continuamente
obstaculizada. Por eso, los promotores del ferrocarril no podían explicarse la
respuesta violenta, obstinadamente vandálica de algunos naturales, una
respuesta que se repetía desde fecha temprana, desde antes incluso de que
humeara la locomotora. En efecto, el tren y su tendido suscitaron odios y
animadversión, una hostilidad agresiva debida a causas diversas, una hostilidad
que apreciamos entre grupos de gente distintos. Los primeros contratiempos
parece que se dieron cuando estaban empezando las obras y, por tanto, cuando se
procedía a la expropiación y explanación de los terrenos. En ese sentido, uno
de los trabajos que mayor destrozos sufrió fue el de la colocación de las
alcantarillas. A mediados de 1851, por ejemplo, Peregrín Caruana deploraba en
nombre de la compañía que estas tareas fueran “objeto de una devastación
impropia de un país civilizado”. Además, según su exposición, “personas
malintencionadas se entretienen en golpear con gruesos cantos los muros,
haciendo saltar las hiladas de ladrillos y otras hurtan los materiales acopiados”.
A su entender, tales comportamientos podrían tener funestas consecuencias, al
desaparecer “el respeto que deben inspirar las obras como propiedad particular
y como objeto de interés general”[15].
Las razones de
estas conductas violentas son variadas y no se pueden atribuir a una sola
causa: desde la mera destrucción, sin objeto, incluso festiva y adolescente,
hasta el robo interesado de materiales, pasando por la ojeriza de propietarios
y regantes, hartos de expropiaciones de poco justiprecio o cansados de obras
improcedentes. Empecemos por este último hecho. Desde el inicio de los
trabajos, uno de los problemas más recurrentes fue la disputa continua que la
empresa mantuvo con los propietarios de los terrenos expropiados. A pesar de
que las normas legales establecían claramente la forma en que se había de
proceder en estos casos, lo cierto es que las urgencias de la compañía por
adelantar las obras provocaron habituales enfrentamientos y malestar. El
alcalde del Grao, que fue el primer municipio afectado, lo expuso sin tapujos:
“el que dirige las obras en esta Villa, ha cortado árboles, derribado corrales
de cañas, abierto nuevas acequias y terraplenado otras, y, por último, ha
principiado a levantar la pared del cercado de esta estación sin contar con los
dueños de los terrenos”. Por eso, concluía que nadie debía extrañarse de
hubiera “un disgusto general en parte de este vecindario”. Y esto sólo era el
principio, porque con el transcurso de los años la disparidad de criterios de
justiprecio a la hora de valorar las propiedades afectadas fue continua. De
ahí, pues, que los conflictos se sucedieran en las distintas poblaciones
situadas a lo largo del trayecto del ferrocarril. Si el tren era un progreso
material, su marcha parecía avanzar sorteando todo tipo de obstáculos, las
barreras que los presuntos beneficiarios del transporte le ponían.
Uno de los
grupos más beligerantes fue, por ejemplo, el de los regantes. En este caso, el
agravio estaba en el tipo de alcantarilla que la empresa colocaba para conectar
las acequias o los canales de riego. Con el fin de avanzar en las obras se
colocaban cañerías de barro sin argamasa que las sujetara. Una vez dispuestas
se cubrían con tierra hasta el nivel de la vía y este peso las iba hundiendo en
el terreno. De este modo, su cota descendía, justamente por no haber soporte
que las mantuviera. Así, según denunciaban los regantes de la acequia de
Rascaña, “la más insignificante porción de paja, broza u otra cosa impedirá el
paso de las aguas, cegándolas y, como consecuencia de ello, remontarse sobre
los campos, inundarles aun en tiempos bonancibles y ocasionar perjuicios
incalculables”. La consecuencia era que, a la espera de que el gobernador
pusiera “coto a tamaños males que el concesionario de dicha vía férrea trata de
causarles por especulación o falta de conocimiento del terreno”, las
alcantarillas eran destruidas quitando incluso la tierra que las cubría[16].
Pero no eran
sólo propietarios o regantes quienes ejercían algún tipo de violencia contra
las instalaciones del ferrocarril. Las condiciones de trabajo también
provocaron contratiempos de cierta magnitud, que dificultaban las obras y que
dejaban en pésima situación la marcha pacífica de las tareas del tendido. En el
verano de 1851, varios carreteros comandados por un individuo apodado “El
Colomino” de Burjassot se dedicaron a intimidar y a amenazar a sus colegas
empleados en la empresa del ferrocarril, llegando incluso a obligarles a
descargar en medio del camino la piedra que acarreaban[17]. Las actos fueron de tal magnitud y la falta
cometida fue tan grave que el conato violento sólo acabó cuando aquel que
capitaneaba a los amotinados fue encarcelado en San Narciso y puesto a
disposición del juez. Ahora bien, ese hecho era excepcional, aunque las
protestas corporativas no escasearon.
Lo más
habitual fue la violencia vandálica, el ejercicio puro de la destrucción sin
objeto, la rotura de bienes de la infraestructura como frecuente diversión de
jóvenes y adolescentes. El alcalde de Russafa, por ejemplo, atribuía ya desde
el principio a estos grupos de mal entretenidos el origen de buena parte de
esos actos: “mucho del daño que se ocasiona en dicho camino lo verifican
algunas familias de esa Ciudad que
saliendo a pasear por él no cuidan que los niños que acompañan no se entreguen
en causar daño”. Pero no sólo se trataba de destruir gratuita e
irresponsablemente, por parte de niños revoltosos, sino que se producían
también robos sin necesidad ni provecho, por el simple deseo de dañar o por
mera diversión. No una sino muchas veces José Campo se quejó de estos actos que
ningún beneficio reportaban y que tanto mal ocasionaban a las instalaciones del
ferrocarril. En cierta ocasión, pongamos por caso, el promotor se lamentaba de
que “la mayor parte de las noches se acercan personas sospechosas en número
considerable a dicho edificio [el taller de la estación] y dividiéndose en dos
grupos asaltan la verja entendiéndose por medio de señas convencionales que
permiten a uno de los grupos practicar el escalamiento mientras el otro llama
la atención de los guardas”. De ese modo, por ejemplo, conseguían sustraer las
barras de hierro que allí se almacenaban, barras de cuatro arrobas de peso, que
luego aparecían abandonadas y “ocultas en un campo de trigo”[18].
Pero estas
violencias fueron poca cosa comparadas con lo que sucedió cuando el tren fue inaugurado
y empezó a cubrir el trayecto entre Valencia y el Grao. Entonces, los peligros
crecieron para quienes eran sus beneficiarios y espectadores, los problemas de
uso público se multiplicaron, los actos de vandalismo aumentaron también en
número y su conocimiento fue público y notorio, trascendiendo a los pacíficos
vecinos que nada sabían y que sólo contemplaban los regocijos ferroviarios.
Esos riesgos estaban ocasionados por actitudes variadas, algunas fruto del
desconocimiento y de la temeridad, y otras consecuencia de una conducta
punible. El primer caso se dio desde fecha temprana, desde el momento mismo en
que empezó a humear la locomotora. Sobre todo cuando era festivo, la gente
acudía en tropel a la estación de Valencia para poder asistir al espectáculo
del tren, a la salida del ferrocarril, y asimismo se agolpaba contra los pasos
a nivel que había en el recorrido, impidiendo o dificultando el servicio y
poniendo en peligro su propia seguridad y la de los viajeros. Si bien es cierto
que con el tiempo el entretenimiento decayó y ya no fue una novedad digna de
ser admirada diariamente o en las festividades, no lo es menos que muchos
vecinos continuaron arriesgando sus vidas al cruzar el tendido sin precaución o
sin respetar las barreras, presurosos por llegar a sus destinos o simplemente
despreocupados. Un caso particular y reiterado fue, por ejemplo, el de los
carreteros. Acostumbrados a dejarse guiar por las caballerías, hasta el punto
de ir adormilados en el pescante, su imprudencia era fuente continua de
accidentes, pues a su aturdimiento se unía el hecho de que los animales se
espantaran al aproximarse la locomotora, y esa irritación de la bestia la hacía
ingobernable.
Sin embargo,
esos peligros se agravaban cuando las personas intervenían deliberadamente,
cuando había voluntad expresa de hacer daño. En la primera semana de
funcionamiento de la línea de Valencia al Grao hubo dos actos vandálicos que
provocaron el estupor del concesionario y que nos muestran lo que después sería
común y corriente. Por un lado, “algunos mal intencionados” colocaron un madero
de grandes dimensiones sobre la vía con el objeto de que fuera arrastrado por
la locomotora o incluso algo peor. En principio, podemos suponer que quienes
así actuaron desconocían los efectos que aquel objeto podía ocasionar, pues el
medio de transporte era nuevo y no había aún noticia de descarrilamientos.
Peores eran las provocaciones de otro tipo, como era dedicarse a apedrear el
tren, algo que en esa primera semana ya dejó “dos viajeros contusos” y provocó
la queja airada de José Campo, incluso su petición formal de represión, de
contundencia ante tales actos. “No sólo porque esto podría disminuir la
concurrencia del camino", se lamentaba, "sino por humanidad y porque
me avergüenzo de que haya en Valencia o en la huerta gente bastante desalmada
para cometer tales atentados”. Es decir, el concesionario velaba por sus
intereses al denunciar que tales atropellos podían atemorizar a los usuarios,
abandonando un medio de transporte recién inaugurado, y, además, volvía a hacer
mención de un tópico frecuente entre las clases distinguidas, el de que los
huertanos eran de natural violentos. La denuncia llegó incluso a la prensa de
finales de marzo de 1852. El Diario Mercantil, por ejemplo, pedía una mayor
vigilancia que pudiera contener los actos vandálicos cometidos por “gente falta
de luces y de instintos tan salvajes”[19].
Efectivamente,
una de las consecuencias de estos desórdenes fue el aumento de la vigilancia.
De hecho, ya desde el principio, los alcaldes pedáneos acordaron destinar a
alguaciles para custodiar la vía y sus obras, al tiempo que se insertaron
tablillas en las que se indicaba el comportamiento a seguir prohibiéndose
determinadas actitudes o malos usos. Tal era la inseguridad en que los trabajos
se desarrollaban. Incluso el mismo ingeniero de la empresa que supervisaba las
obras marchaba escoltado por un fusilero desde junio de 1851. Pero fue en marzo
del año siguiente, ya con el ferrocarril en marcha, cuando esas medidas se
intensificaron por decreto del Gobierno Civil. Desde entonces, y en los días
festivos, doce vigilantes debían controlar cada uno de los pasos a nivel,
previniendo, además, a los alcaldes para que establecieran rondas con sus
guardas de campo con el fin de velar por la seguridad del tendido. Con el
tiempo y con la generalización de este problema, en noviembre de 1855 se dictó
una Ley de policía de ferrocarriles, aunque tal medida estaba principalmente
encaminada a establecer normas claras de obligado cumplimiento para usuarios y
vecinos[20].
Sin embargo,
tales prevenciones y una vigilancia más celosa no tuvieron el efecto deseado, y
los actos violentos, los apedreamientos y los deterioros sobre el material
ferroviario se agravaron para sorpresa del concesionario y de los responsables
del tren. Un medio de transporte que
estaba destinado a cambiar la vida de los naturales, un medio de locomoción que
acortaba distancias y que acercaba a los individuos, era hostigado sin freno y
sin descanso, con una porfía avenada, según algunos. Los apedreamientos
continuaron a lo largo de los años, aunque a veces los cantos fueran
sustituidos por las naranjas, un objeto
arrojadizo y a mano, y ello siempre sin beneficio alguno, por el mero
entretenimiento bárbaro, como denunciaba algún contemporáneo, por el simple
hecho de abatir, de hacer puntería, por la divertida y festiva violencia que
ocasiona el estrépito de lo roto. En 1861[21],
en una de las pocas ocasiones en que se consiguió capturar a los autores de
tales fechorías, resultó que tres individuos “después de haber comido y bebido,
sin duda más de lo que conviene para distinguir lo favorable de lo perjudicial,
se desafiaron a salir al encuentro del tren y pararlo; viendo que no podían
lograr su intento por la velocidad que llevaba, le arrojaron como a despecho
una piedra cada uno”, con riesgo de vidas humanas y con posibles daños
ocasionados en los vagones. Por eso no es extraño que, como denunciara Joaquín
María Borrás, que había sido gerente de la empresa, puedan “verse en casi todos
los carruajes señales palpables” de esos apedreamientos.
De todos
modos, los cantazos no eran la única causa de deterioro que sufrían los bienes
de la empresa. Los postes de kilometraje eran destruidos sistemáticamente, los
muros desaparecían ladrillo a ladrillo y las estaciones cambiaban su fisonomía
al poco de ser inauguradas. En este último caso, la compañía tuvo que “suprimir
el papel de las paredes”, “sustituir con bancos de madera los asientos
forrados” y “reemplazar las puertas [de] cristales con verjas de madera, todo
con el objeto de evitar en lo posible los abusos que se cometen”. Ahora bien,
éstos eran incidentes lamentables pero sólo provocaban daños materiales o un
mayor gasto para sustituir bienes frágiles por otros más resistentes. Sin
embargo, las heridas, los daños ocasionados a personas e incluso las muertes
provocadas por la violencia ferroviaria agravaron o empeoraron el estado y la
imagen pública del tren. Hubo contusos por golpes del ferrocarril y hubo
fallecimientos al ser atropellados, que la empresa atribuía una y otra vez a
los hurtos de material, a la rotura de señales y de indicadores de la línea,
mientras los ayuntamientos lo imputaban a la compañía y a su falta de atención,
de mantenimiento y de cuidados. Incluso, el ingeniero jefe de ferrocarriles,
encargado de inspeccionar las obras y el servicio, se pronunció en un sentido
similar: en más de una ocasión y con gran animadversión, según la empresa,
solía acusar de abandono o de descuidos a la compañía, denunciando su
irresponsabilidad y codicia.
En ese
contexto, uno de los puntos que mayor conflicto generó a lo largo del recorrido
fue el de los puentes. En el verano de 1854 y en el marco de la agitación
revolucionaria, tres de los puentes construidos sobre el Xúquer fueron
incendiados. Pero en general los actos contra los pasos elevados manifestaban
una actitud de resistencia contra a las normas del ferrocarril, que impedían el
tránsito arbitrario a cualquier persona. Podemos imaginar lo que los naturales
sentían frente a aquellos puentes. Dado que cruzar el Xúquer exigía
desplazarse, la aparición de nuevos pasos que permitían un tránsito expedito
suscitaba la expectativa de su uso. De ahí surgían constantes fricciones entre
la voluntad de los lugareños y la actitud inflexible de los guardas. Por eso,
por ejemplo, en 1855, “dos paisanos” decidieron solucionar su discusión con el
vigilante arrojándolo al río. Peor suerte corrió el guarda que entró a
reemplazarle, pues apareció muerto en julio de ese mismo año. Poco después, y
como final de estos despropósitos, el puente fue destruido como resistencia a
la obstinación de la compañía en impedir el paso de quien no estuviera
autorizado. Lo incendiaron, según todas las conjeturas que la compañía
manejaba, “a venganzas de ofensas que no existían y que hablan muy en mengua de
la ilustración de un país”. Aunque este episodio parezca extremo y aunque el
discurrir cotidiano del tren no acabara siempre con muertos y contusos, este
ejemplo muestra uno de los aspectos menos evidentes de las obras del
ferrocarril.
Sus
infraestructuras cambiaban algunas de las costumbres de los habitantes de
aquellas localidades y generaban nuevas expectativas de uso. Si se debía
transitar, un puente nuevo podía servir para acortar el trayecto. Si había una
vía nueva, ese itinerario podía abreviar el recorrido que se hacía a pie o en
caballería. Si había una propiedad ahora separada por el tendido, este se franqueaba libremente. Todo eso
provocaba tensiones y fricciones con los responsables del ferrocarril al entrar
en colisión el uso previsto y el empleo efectivo de las vías. Todos esos
elementos, esa violencia agravada por el vandalismo o esas luchas por
apropiarse del terreno y de sus pasos, llevaron a que José Campo describiera la
situación resignada y apocalípticamente en 1859 en los siguientes términos:
“Desde que el camino se halla en explotación han sido asesinados a traición tres
guardas y heridos cinco", empezaba diciendo; "han sido quemados
cuatro puentes y no ha cesado la obra de arrancar cuñas, colocar obstáculos
sobre la vía, derribar postes telegráficos y apedrear trenes. En lo que va de
año han sido fracturadas por la noche las puertas de cinco garitas de guardas y
han sido robadas otras tantas cadenas de las que cierran los pasos de nivel”.
Una descripción de esta índole es un informe
sobre la realidad, pero es también una valoración interesada, un modo de
retratar y de retocar, de poner el énfasis en cosas ciertas con el fin de
relativizar la responsabilidad de la empresa en el mal funcionamiento del
ferrocarril. Si las deficiencias del servicio se deben a los ataques de los
naturales, si los destrozos ocasionados por vecinos broncos son la causa de los
deterioros del tendido, la compañía queda entonces exenta de culpa. Pero lo
cierto es que el número de averías y contratiempos que sufría la línea era muy
elevado, como sucedía, en fin, en otras concesiones ferroviarias. Por eso, una
Real Orden de julio de 1855 estableció la necesidad de remitir mensualmente una
relación de esas contingencias "con el objeto de que no se exageren al
público las faltas y accidentes que ocurran (...) y de crear entre las empresas
una provechosa emulación en el mejor desempeño de sus deberes". En el caso de Valencia, el ingeniero jefe de
la división de ferrocarriles, encargado de la inspección, siempre se había
mostrado especialmente crítico con la compañía de José Campo. Los continuos
retrasos así como los atropellos y descarrilamientos no eran debidos a causas
fortuitas ni al mal trato de los naturales, sino que obedecían a otras razones.
El ingeniero citaba sobre todo el deterioro de las vías, de las locomotoras y
de los vagones. El enfrentamiento entre este facultativo y la empresa fue
áspero y constante y generó balas y balas de papel remitido al gobernador. Uno
de los primeros motivos de conflicto fue la escasez de material de que disponía
la compañía.
El ingeniero,
por ejemplo, sugirió una y otra vez la necesidad de que se adquiriera una
locomotora de repuesto con el fin de que pudiera reemplazar a las que
continuamente se averiaban. Para José
Campo, la empresa era libre de elegir los medios que considerara necesarios y
ésta, que con tanta reiteración y porfía demandaba el facultativo, no era una
obligación legal, de modo que las contingencias podían solucionarse empleando
las máquinas destinadas al transporte de mercancías[22].
También pidió repetidamente que la compañía adquiriera un mayor número de
coches para poder atender las necesidades del servicio, variable a lo largo del
año. Si el número de vagones no se incrementaba sustancialmente y en cambio los
viajeros se multiplicaban, el desfase era evidente e iba en desdoro del
ferrocarril y en menoscabo de los usuarios. El problema se presentaba sobre
todo durante la estación veraniega y con motivo de las ferias taurinas de
Xàtiva y Castellón, a las que solía acudir un considerable gentío. En algunas
de estas ocasiones, la empresa se veía obligada a colocar a los pasajeros en
los vagones destinados a equipajes e incluso en los que debía ser ocupados por
el ganado. La compañía siempre declinaba toda responsabilidad y exponía dos
razones para justificarse. Por un lado, pretextaba el concesionario, estaba el
imprevisto: si en 1858, por ejemplo, el
número habitual de viajeros no llegaba a las tres mil personas, el veinticinco
de julio, por San Jaime, o el quince de agosto, festividad de la Virgen, podían
rebasar los quince mil, y tal eventualidad sorprendía siempre a la empresa. Por
otro, insistía la compañía, estaba la propia conducta de los usuarios: no era
la empresa la que habilitaba los vagones del ganado para amontonarlos, sino que
eran los propios pasajeros los que irrumpían en el convoy ocupando cualquier
sitio disponible en vecindad con las bestias[23].
Al parecer,
pues, el problema radicaba en que la empresa no renovaba el material de que
disponía y su explotación continua lo deterioraba impidiendo, además, una
reparación adecuada. Es decir, se trataba de aprovechar al máximo la inversión
realizada sin ampliar el capital fijo y jugando con los márgenes temporales que
la ley permitía. Si los decretos establecían un plazo legal para adquirir toda
la maquinaria prevista para la concesión, José Campo apuraba hasta el último
momento para completar las compras. Esas demoras y sus consecuencias se
hicieron más patentes, si cabe, cuando el ferrocarril conectó en Almansa con la
compañía que explotaba la línea de Madrid a Alicante. A partir de ese momento,
uno de los funcionarios que con mayor frecuencia se quejaba resultó ser el
director provincial de correos, pues el servicio postal sufría continuos
retrasos que él atribuía a la desidia mostrada por la empresa de José Campo:
"el estado de las locomotoras para el arrastre de los trenes del
ferrocarril del Grao de Valencia a Almansa es muy malo, pues son varias las
inutilizadas y las que sirven tienen tan poca fuerza que se repiten con
frecuencia los casos de no enlazar los trenes correos con el de Almansa"[24].
Otra
comparación habitual entre ambas compañías era la del confort interior de los
coches. Por ejemplo, la empresa valenciana no disponía de iluminación dentro de
los vagones, contraviniendo la ley de ferrocarriles de 1855, y esa "falta
de luces en los referidos coches se hace tanto más notable cuanto que [los
vagones de] la línea de Madrid a Alicante [...] vienen iluminados". Por
eso, los viajeros que hacían transbordo en Almansa con el propósito de viajar
hasta Valencia prorrumpían "en quejas justísimas". La excusa de la
compañía fue doble y con ella pretextó las razones que impedían prestar ese
servicio. Por una parte, los coches eran anteriores a la ley que prescribía tal
iluminación. Por otra, anotaba con desparpajo José Campo, "lo claro de las
noches en este clima hizo sin duda innecesario este gasto, como había hecho
inútil el cerrar dichos vagones, atendida la suavidad del clima". Es
decir, el concesionario confiaba en una perpetua luna llena y en una eterna
primavera, sin relente y sin humedades invernales. Pero no tuvo más remedio que
acceder a esas exigencias. La luz, pongamos por caso, estuvo lista en poco más
de quince días, pero de nuevo volvió a surgir el problema del vandalismo que
tanto escandalizaba a Campo: algunos viajeros --decía el concesionario-- se
emplearon en una nueva diversión, la de romper los faroles recién instalados,
unos faroles traídos, al parecer, desde Marsella con un coste de ciento
cuarenta reales cada uno[25].
Así pues, los
deterioros, las averías de las locomotoras y la escasez de maquinaria mermaron
a lo largo de esos primeros años el servicio que podía prestar el ferrocarril y
dañaron la imagen triunfal que se quería dar con las sucesivas aperturas y
celebraciones, con el optimismo progresista y material que el tren representaba.
A ello había que unir los actos violentos y deliberados que algunos naturales
cometían contra el tendido. Sin embargo, eso no era todo. La empresa era nueva
y lo era también ese medio de transporte. No había, en definitiva, un hábito de
comportamiento regular por parte de los viajeros y tampoco se disponía de
personal suficiente y cualificado para atender todas las necesidades del
servicio. El propio José Campo atribuía interesadamente a estas carencias buena
parte de las dificultades que se les presentaban, "en un país donde los
viajeros no tienen la práctica necesaria para abreviar las operaciones que de
ellos dependen, donde se está creando e instruyendo el personal de
empleados" y, como concluía, "donde se carece de muchos de los
elementos necesarios para la explotación y la reparación"[26].
Los pasajeros
estaban urgidos por la puntualidad del servicio, pero sobre todo se topaban
ante a unos procedimientos y responsabilidades que no eran exactamente
idénticos a los de las diligencias. Los empleados tenían una deficiente
instrucción y no era extraño que desatendieran sus obligaciones o que se
despistaran. Había ignorancia y había una novedad a la que no siempre se sabía
hacer frente. De hecho, un buen número de accidentes que ocurrieron en estos años
se atribuían a la impericia de los empleados: el guardabarreras que había
abandonado su puesto, el fogonero que no había cerrado el regulador de vapor,
etcétera.
En los
primeros años, la empresa tuvo que recurrir, sobre todo para los puestos más
cualificados, a trabajadores extranjeros que conocían el oficio, pero poco a
poco serían reemplazados por personal formado dentro de la propia compañía. Así
ocurrió, por ejemplo, con los maquinistas, un grupo profesional que mantuvo
serias discrepancias salariales con el concesionario y que, incluso, planteó la
posibilidad de abandonar en masa el servicio. Pues bien, estos empleados
entraban de aprendices en los talleres o se iniciaban desempeñando la tarea de
fogoneros o "limpiamáquinas" para pasar posteriormente a ser
maquinistas de tercera, de segunda y finalmente de primera. Pero esos ascensos
y preparación requerían tiempo y, mientras tanto, la empresa sufría las
consecuencias de esa carencia. Lo mismo puede decirse de los otros empleos,
aunque no todos exigieran la misma pericia. La compañía necesitaba
guardafrenos, guardabarreras, jefes de tren, jefes de estación, etcétera, pero
necesitaba sobre todo la seriedad de su personal, la responsabilidad de sus
trabajadores, la ejecución puntual de sus cometidos. Y esas tareas y el
desempeño del buen servicio estaban fiscalizados por un representante de la
inspección. Pero comoquiera que el ingeniero del distrito mantenía posiciones
habitualmente contrarias al servicio que daba la empresa, las fricciones entre
el delegado de aquél y los empleados de ésta eran frecuentes.
Así, las
denuncias cruzadas que se elevaban sobre el comportamiento de uno u otros eran
ásperas y variopintas, denuncias que reflejaban la tensión que acompañaba el
trayecto. En cierta ocasión, en 1856 por ejemplo, el ingeniero acusó al jefe de
tren de haber abandonado su lugar (el furgón de equipajes), mientras éste le
respondía que tal conducta se daba cuando debía subir a los vagones para exigir
el valor del billete a algún pasajero que se negara a abonarlo. Además, añadía,
el delegado del ingeniero "sin permiso especial para ello se aficionaba a
viajar en coche de primera clase en vez de ir al furgón como punto el más a
propósito para llevar a cabo su cometido y que se propasó al extremo de meter en
el mismo departamento una muchacha, solo con ella". Al margen del episodio
concreto y de la veracidad de las acusaciones lujuriosas, lo cierto es que las
fricciones iban en aumento. Tanto es así que hasta el mismo Andrés Campo, el
hermano del concesionario, denegó en cierta ocasión el permiso para que el
vigilante de la inspección subiera al tren para cumplir con sus obligaciones.
Sin razón concreta, sin pretextar nada en particular, se le prohibió acceder y,
según manifestaba el ingeniero, el responsable de la empresa lo hizo además
"en términos y modales descompuestos y ofensivos a todos los empleados de
la división de mi cargo, llegando hasta el extremo de [decir] que emplearía su
influencia para quitar el destino a algunos de ellos". En estos casos, no
obstante, la compañía no culpaba personalmente al ingeniero, aunque sí que le
responsabilizaba de que delegara en "un auxiliar que conoce de la
explotación del ferrocarril tanto o menos que un meritorio de los que están
haciendo en él su aprendizaje"[27].
Después de
años de conflicto, de animadversión y de lo que parecía enemistad personal,
José Campo tomó una decisión audaz. La solución a todos esos problemas, a las
denuncias que continuamente se presentaban contra la empresa, vendría dada por
la contratación de aquel ingeniero que les había ocasionado tantos
contratiempos. En marzo de 1861, ese técnico, Antonio Revenga, entraba a formar
parte de la compañía pasando a ocuparse de la dirección de las obras del
ferrocarril. Esta decisión era, pues, lógica en dos sentidos. En primer lugar,
como hemos apuntado, porque removía uno de los principales obstáculos con los
que se había tropezado la empresa; en segundo término, porque entre todos los
posibles candidatos Revenga era, sin duda, el que mejor conocía los trabajos
que llevaba a cabo la compañía[28].
Aquel que había levantado su voz contra las operaciones más dudosas y contra
los descuidos de la empresa, era ahora cooptado, elevado a puestos de
responsabilidad en la misma, era ahora objeto de promoción. Con ello se
acallaban las quejas de esa persona intentando fraguarse una colusión de
intereses.
Pero los
obstáculos no desaparecieron y la índole de los problemas fue la misma durante
estos años, problemas que deterioraban la marcha de la compañía y sobre todo el
avance del ferrocarril. No es que no se implantara el tendido ni tampoco es que
la locomotora no llegara a sus destinos, sino que a lo largo del trayecto
siempre fue encontrando nuevos opositores. En efecto, las obras que la empresa
ejecutó hallaron en los ayuntamientos una fuente continua de quejas, al margen
de que el ingeniero del distrito conviniera con ellos o no. El número de
corporaciones municipales que elevaron sus protestas al gobernador fue
ciertamente abultado y sus motivos, variados, pero quizá la más persistente y
obstinada en ese clamor fue la del Grao de Valencia. Hubo razones de toda
índole, malestares continuos, y hubo hostilidades y hostigamientos entre los
vecinos y autoridades y la compañía, y que son ejemplo de los problemas que
tuvieron que arrostrar Campo y sus socios en unos y en otros pueblos. No eran siempre motivos legítimamente
egoístas o intereses antiguos dañados, sino también perjuicios evidentes
causados por las obras de infraestructura.
El primer
enfrentamiento de esta municipalidad contra la empresa del ferrocarril empezó
en el otoño de 1853, a los pocos meses de haberse inaugurado la línea[29].
Si hemos de creer las palabras de los vecinos y ediles de dicha localidad, la
compañía cegó las salidas que permitían desaguar en la temporada de lluvias. A
ello se unía el desnivel que tenía el tendido, lo cual agravaba la retención de
las aguas, pues impedía que las acequias vertieran en el río. Como consecuencia
de todo ello, los barrios de Santa Cristina y San Roque se inundaban completamente,
como ocurrió, por ejemplo, en noviembre de ese año, hasta el punto de que era
necesario emplear barcas para que los vecinos de aquellos lugares pudieran
abandonar sus casas. Además, al remansarse el agua durante días por falta de
aliviaderos, las mismas viviendas quedaban seriamente amenazadas. La situación
era tan grave y el problema denunciado por los vecinos tan evidente que el
gobernador les dio la razón contra la empresa obligándola a llevar a cabo las
reformas pertinentes. Sin embargo, como señaló dicho Ayuntamiento a comienzos
de 1854, "la dirección que se le ha dado aquella [reforma] no es la que
debía tener porque en vez de favorecer el expresado desagüe, tan apetecido,
quizá contribuya a aumentar la inundación, por cuanto según se ve deben correr
las aguas de levante a poniente, o sea, en dirección contraria al orden
natural". De un lado y de otro hubo correspondencia oficial, cruce de
escritos para dar solución a lo que parecía no tenerla, llegando hasta 1858 sin
que se hubiera logrado apaciguar los ánimos ni dar salida a las aguas que
inundaban la zona con los temporales de otoño.
Esa disputa se
vio agravada por otros conflictos que ambas partes mantuvieron durante esos
años. Así ocurrió, por ejemplo, cuando en 1856, la empresa del ferrocarril
emprendió las obras pertinentes para modificar el trazado. A tal fin se
abrieron zanjas y se depositaron traviesas y carriles en plena calle, de modo
que se obstaculizó el paso en la vía pública. La empresa pretendía llevar el
tendido hasta el muelle con el fin de poder transportar la piedra necesaria
para la habilitación del puerto. Ahora bien, completar así el tendido era un
modo de vincular el tráfico marítimo de mercancías con el ferrocarril, e
incluso de llegar a controlarlo enteramente. Por eso, en las protestas
vecinales, Campo sólo veía el intento de defender intereses particulares,
egoísmos arraigados entre oficios y mercaderes. De lo que se trataba con esas
quejas y con esos aspavientos, apostillaba, era de "proteger a algunos
carreteros interesados en que la sociedad del ferrocarril no pueda hacer uso de
la vía del muelle para ser ellos los que transporten géneros e impedir al
comercio que se valga de aquel otro medio".
Lo cierto es
que esta compañía impedía el paso a esos mismos carreteros, que no podían
acceder a los almacenes del Grao, al menos durante el desarrollo y ejecución de
las obras. Además, como quedó finalmente demostrado, la empresa no se atuvo a
los planos que se habían dispuesto y emprendió actuaciones no contempladas. De
ahí que el Ayuntamiento del Grao, haciendo valer su autoridad, suspendiera
reiteradamente las obras, multara a la empresa y llegara incluso a encarcelar a
la persona que estaba al frente de aquéllas. El episodio retrata un conflicto
de intereses materiales, pero, además, esa colisión se hizo patente, poniendo
cada parte el énfasis en la
jurisdicción que reconocía. Así, el regidor primero se quejaba de que "no
sólo he sido desobedecido [por el director de las obras], sino que con el mayor
orgullo y desfachatez me ha contestado que no me reconocía por autoridad, a
pesar de enseñarle el bastón de mando y requerirle en nombre de S. M.". En
realidad, el director encarcelado sólo era un empleado de Campo, y, como
admitió, sólo cumplía sus "órdenes terminantes". Éste, a su vez, decía no reconocer otra
superioridad que la del ingeniero, la del gobernador y en aquel momento --por
"hallarse declarada la provincia en estado de guerra"-- la del
capitán general. En cualquier caso, esta otra autoridad dio en parte la razón
al Ayuntamiento, pues acabó por obligar a la empresa a presentar nuevos planos
que detallaran las obras con la obligación de ajustarse a ellos[30].
La
comunicación con el Grao experimentó un indudable avance con ese ferrocarril
que unía esta localidad con Valencia y justamente por eso despertó en principio
la admiración y el asombro con que los naturales contemplaron la marcha de la
locomotora. Los problemas de autoridad, de jurisdicción y de obras empañaron la
imagen de esa iniciativa, pero no fue obstáculo definitivo ni insuperable. Sin
embargo, el ferrocarril no era el único medio de comunicación entre ambos
puntos, pues tradicionalmente el camino del Grao había cumplido ese papel.
Lejos de quedar abandonado o sin tránsito, aumentó en importancia, porque,
además de permitir el transporte de mercancías, era un paseo arraigado en la
costumbre de naturales y forasteros. Allí acudían para solazarse y
relacionarse, como prolongación natural de la Alameda y como vía para
desplazarse a los puntos de recreo situados en la playa. El paseo había crecido
en importancia desde el setecientos, pues allí se congregaban y agolpaban
numerosos carruajes de las familias distinguidas. Pero el siglo XIX había
difundido y multiplicado la costumbre de los baños de mar, esa forma de ocio
que por entonces se imponía en Europa. Pues bien, todo ese vio alterado en
1861. En efecto, la ejecución de la línea Valencia-Tarragona, ese nuevo ramal
del tendido que se extendía hacia el norte, preveía interceptar el camino con
un paso a nivel. Las protestas del Ayuntamiento de Valencia fueron inmediatas
pidiendo un paso inferior o superior, pues la ubicación de las barreras
"ocasionará sin duda alguna aglomeración de carruajes en ambos lados del
nivel, será origen de reyertas entre sus conductores, producirá desorden en las
caballerías, confusiones difícil de evitar, perjuicios al comercio por las
detenciones en el tránsito y acaso algún día desgracias personales"[31].
Es decir, la
corporación habla en futuro, se adelanta a lo que está por venir, justamente
porque hay ya una experiencia acumulada sobre el ferrocarril. Las expectativas
de daños o perjuicios posibles se basan en la propia historia del tren, en ese dilatado
período de diez años en que los valencianos ya habían hecho uso de aquel
ingenio humeante que tanto sorprendió en su primera andadura. Así como en 1852,
los naturales y las autoridades estaban asombrados de ese logro mecánico, del estrépito
de maderas y metales que lo acompañaba,
una década después se tiene ya la constatación de sus ventajas pero
también de sus peligros, de esa amenaza con que irrumpe la locomotora. Esos
riesgos se han hecho evidentes para los contemporáneos y de ello hay huella
abundante y constancia suficiente en la sección de Ferrocarriles y tranvías del Archivo de la Diputación de
Valencia. Las amenazas de su tránsito no son un miedo sin fundamento o una
resistencia premoderna de naturales atávicos que estarían ciegos ante el avance
imparable del progreso. Sus bondades y ventajas son las mismas y continúan
siendo igualmente ponderadas, celebradas, pero ya no es tiempo de quedarse pasmado
o boquiabierto al contemplar su elegante paso. La imagen ha cambiado, como así
constatamos treinta cajas de documentos después, y hay que protegerse ante el discurrir irrefrenable --como ellos
mismos decían-- del progreso. Incluso aquellos medios técnicos ideados para dar
seguridad, para proteger a personas y bienes, en este caso los pasos a nivel,
provocan conflicto y generan una hostilidad habitual, frecuente. El previsto
para el camino del Grao, por ejemplo, tenía por fin dar paso franco al tren
evitando contusiones de desprevenidos y muertes de paseantes temerarios. Sin
embargo, éste y en general todas la instalaciones del ferrocarril, dispuestas
en superficie y a lo largo de un trayecto prolongado, eran un obstáculo, una molestia
con la que convivir. A la postre, el tendido y el ingenio mecánico que sobre él
circulaba eran una irrupción inesperada en la vida y en las costumbres de la
gente del ochocientos, un artificio creado e impuesto sobre el terreno que
alteraba lo ordinario y la rutina de siglos, ese tiempo que precedió al vapor, esos
viajes hechos con caballerías, con tracción animal.
[1] Las observaciones y los datos que aquí se contienen proceden en su mayor parte del libro de Pons y Serna (1992). Sobre el ferrocarril y el puerto así como sus demoras, las primeras obras de referencia son las de Hernández (1983) y Díaz, Pons y Serna (1985). Además, conviene consultar las obras posteriores de Sanchis Deusa (1988) y Vidal (1991).
[2] Sobre las distintas transformaciones urbanas y la nueva arquitectura de la ciudad, véanse también Aguilar (1990), Piñón (1988), Simó (1983), Taberner (1987), Simó y Teixidor de Otto (1996). Una panorámica general que incluye todas estas nuevas perspectivas se puede obtener en Furió (1999).
[3] Biblioteca Municipal de Valencia (BMV), Diario manuscrito de José Inocencio de Llano, 1842-1895.
[4] Para averiguar las ciudades españolas más visitadas por los viajeros del ochocientos una buena solución consiste en repasar el índice de nombres que se recoge al final del texto de Carlos García-Romeral Pérez (1999).
[5] Las tres referencias que siguen de Davillier (1988) lo son a sus páginas 41, las dos primeras, y 44 del primer volumen.
[6] Madoz (1982), vol. II, p. 293.
[7] Andersen (1995), pp. 46-47.
[8] Viajeros (1996). El relato de Richard Twiss en p. 99 y el de Dillon en p. 179. Véase también Viajeros (1994) y (1999). .
[9] Estos dos comentarios proceden de Maczak (1996), pp. 44-45 y 67.
[10] Andersen (1995), p. 38.
[11] Itinerario (1863), p. 187.
[12] Andersen (1995), p. 11.
[13] Diario Mercantil de Valencia, 24/1/1852.
[14] Sobre las cuestiones que aquí tratamos véase Serna y Pons (1997).
[15] Archivo de la Diputación Provincial de Valencia (ADPV), E. 6. 1., Caja 1, exp. 4.
[16] ADPV, E.6.1., Caja 13, exps. 349-350.
[17] ADPV, E.6.1., Caja 1, exp. 4.
[18] ADPV, E.6.1., Caja 1, exp. 4 y Caja 9, exp. 257.
[19] ADPV, E.6.1., Caja 1, exp. 4 y Diario Mercantil de Valencia, 28/3/1852.
[20] ADPV, E.6.1., Caja 1, exp. 4 y Caja 2, exp. 25.
[21] Las referencias a estos episodios y a los que siguen más abajo pueden consultarse en ADPV, ADPV, E.6.1., Caja 2, exp. 25, Caja 4, exps. 93 y 102, Caja 5, exp. 120, Caja 7, exp. 193, Caja 15, exp. 397 y Caja 26, exp. 739
[22] ADPV, E.6.1., Caja 5, exp. 108.
[23] ADPV, E.6.1., Caja 6., exp. 163. Con mayor pormenor se pueden encontrar estados semanales de pasajeros en la Caja 11, exp. 299.
[24] ADPV, E.6.1., Caja 9, exp. 254.
[25] ADPV, E.6.1., Caja 13, exps. 338 y 334.
[26] ADPV, E.6.1., Caja 5, exp. 128.
[27] Las denuncias sobre la escasa cualificación de los empleados y las fricciones entre el ingeniero y la empresa pueden consultarse en ADPV, E.6.1., Caja 4, exp. 77, Caja 8, exp. 224 y Caja 14, exp. 362.
[28] ADPV, E.6.1., Caja 11, exp. 307. Este comportamiento de José Campo se dio en todos los ámbitos en los que tenía intereses que defender. Véase, por ejemplo, otros casos tratados en Serna y Pons (1997).
[29] ADPV, E.6.1., Caja 2, exp. 17.
[30] ADPV, E.6.1., Caja 3, exp. 58. En cuanto al conflicto con los carreteros cabe recordar que este gremio había sido particularmente importante en la ciudad de Valencia. Véase sobre este particular Ringrose, (1972), p. 121.
[31] ADPV, E.6.1., Caja 14, exp. 357 y Caja 15, exp. 409.