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From Zebras to Dunes and Other Things. Dissipative
Structures in our Natural Environment. Spatial structures, like striped
or hexagonal patterns, are widespread in nature and are to be found in
systems as unconnected as the beach sand, the patterned fur of certain
animals, the clouds or the light emitted by certain optical systems. The
ubiquity of these dissipative structures, which is how they are known,
is not accidental but shares common components that allow a universal
description of their origin and evolution.
La siguiente afirmación es obvia: una cebra
no es una duna de arena. Sin embargo, las dunas, como los fondos de los
ríos o ciertas agrupaciones de nubes, presentan ondulaciones regulares
similares a la decoración listada de la cebra o de algunos peces
e insectos. Así, si el es de la primera aseveración
lo restringimos, grosso modo, a las formas y patrones, aquélla
deja de ser tan obvia, porque, de hecho, cebras y dunas resultan ser
iguales.
¿Es todo esto sólo hablar por no callar? La respuesta sería
afirmativa si no pudiésemos decir nada más, pero, por suerte,
o quizá por desgracia para el lector, este artículo se extiende
un poco más para intentar explicar que cebras y dunas son
iguales.
La pregunta pertinente es si podemos comprender unificadamente
la formación de patrones listados en sistemas de naturaleza tan
dispar como los antes mencionados. Admitamos que una cosa se entiende
cuando se puede modelizar matemáticamente mediante un conjunto
de ecuaciones cuyas soluciones reproducen lo observado. Idealmente, los
modelos permiten predecir nuevos comportamientos que, sin embargo, se
observan en experimentos controlados. Pues bien, estos modelos existen
después hablaremos de ellos y predicen resultados de
experimentos concretos.
Siguiendo con los patrones listados, hay multitud de sistemas experimentales
que los exhiben. Valga como ejemplo los sistemas de reacción-difusión
en química y biología, entre los cuales podemos mencionar
la reacción CIMA (chlorite-iodide-malonic acid) entre reservas
de reactivos continuamente renovados, o el crecimiento de poblaciones
de bacterias (como Escherichia coli, Salmonella typhimurium o Bacillus
subtilis) bajo el suministro controlado de nutrientes.
Llama la atención que un sistema químico y uno biológico
puedan ser clasificados dentro de una misma categoría. En el caso
que nos ocupa, eso quiere decir que la dinámica que conduce a la
formación de patrones en ambos sistemas viene regida por los mismos
fenómenos básicos: reacción y difusión. Por
supuesto, en un caso la reacción involucra reactivos químicos
y en el otro nutrientes y seres vivos. Pero resulta aún más
sorprendente el hecho de que tanto sistemas de reacción-difusión,
como otros sistemas en los que no existen reacción o difusión
o ninguna de las dos (como la convección de Rayleigh-Bénard
en fluidos, o la luz emitida por sistemas ópticos no lineales),
sean descritos, en condiciones adecuadas, por ecuaciones iguales. Eso
quiere decir que existe una universalidad en el fenómeno
de la formación de patrones espaciales y que los detalles microscópicos
(en el sentido de los procesos elementales que ocurren en un sistema particular)
pierden relieve en favor de leyes macroscópicas que gobiernan
el sistema como un todo. Es decir, las estructuras macroscópicas
son la manifestación de un comportamiento colectivo sinergético,
resultado de la cooperación y la competición de la dinámica
de los elementos microscópicos.
Sin embargo, la universalidad de que hablamos no se restringe a los patrones
listados, ¡si no todo eso sería muy aburrido! Un mismo sistema,
sometido a condiciones diferentes, puede desarrollar patrones más
complicados, como por ejemplo estructuras hexagonales, rómbicas,
cuasicristalinas, estructuras localizadas (solitones, oscilones, breathers,
etc.) o incluso comportamientos turbulentos (caos espaciotemporal). Desde
el punto de vista de la modelización, ocurre lo mismo: un mismo
modelo, dependiendo del valor numérico que se asigne a los parámetros
que aparecen en él (y que es donde se registra, básicamente,
la información sobre el sistema particular), permite reproducir
los diversos patrones que se observan en los sistemas reales.
¿Cuál es, entonces, la base de la que tenemos que partir
para modelizar estas estructuras? Si lo que queremos es una descripción
universal, tendría que haber bastante, para comprender la formación,
evolución y las propiedades de los patrones, con tener en cuenta
un conjunto de elementos genéricos que han de ser necesariamente
comunes a sistemas tan dispares. En esta descripción se caracteriza
el estado del sistema mediante una función del espacio y del tiempo,
usualmente llamada parámetro de orden, y se construye la
ecuación que gobierna su evolución. A partir del parámetro
de orden es posible determinar la evolución de la distribución
espacial de las magnitudes de interés de un problema particular
(las concentraciones de reactivos, la población de bacterias, la
luz emitida por un láser, la distribución de pigmentos en
la piel de la cebra, etc.). Por supuesto, estas leyes universales deberían
poder ser obtenidas a partir de leyes microscópicas específicas
de cada sistema.
¿Cuáles son estos elementos que comparten los sistemas formadores
de patrones que tienen que ser incorporados en su descripción unitaria?
Un rasgo común a todos los sistemas mencionados es que son disipativos
y se encuentran fuera del equilibrio. Es decir, son sistemas abiertos
que interaccionan con el entorno y ganan y pierden energía continuamente.
Por eso, a los patrones que aparecen en él se les llama, genéricamente,
estructuras disipativas. Hay más ingredientes en el problema, pero,
para entenderlos, tendremos que hablar con un poco más de detalle.
Veamos.
La evolución espaciotemporal de cualquier sistema viene regida
por un conjunto de ecuaciones diferenciales que determinan unívocamente
el estado del sistema en un instante cualquiera, a partir de unas condiciones
iniciales. Cuando las ecuaciones de evolución del sistema son lineales,
es decir, cuando las variables aparecen en ellas multiplicadas únicamente
por constantes, rige el llamado principio de superposición. En
virtud de éste, cualquier combinación lineal de soluciones
de las ecuaciones es a su vez una solución. En términos
más físicos, eso implica que, en un sistema lineal, el efecto
último de la acción combinada de dos causas diferentes es
la mera superposición de los efectos de cada causa tomada individualmente.
Así, el principio de superposición impide que el sistema
exhiba comportamientos inesperados de carácter sinérgico.
Resulta esencial, pues, que la interacción tenga un carácter
no lineal para que la cooperación o la competición entre
los elementos constituyentes puedan tener lugar. ¿Pero cómo
aparece la no linealidad en los sistemas?
En realidad, hay pocas leyes realmente lineales en la naturaleza. Que
una ley sea lineal significa que existe una proporcionalidad exacta entre
causa y efecto: a valor doble de la causa corresponde un valor doble del
efecto. El carácter lineal de las leyes suele ser, sin embargo,
una aproximación. Consideremos, por ejemplo, un muelle: si no ejercemos
en él ninguna fuerza, está en reposo, que es el estado de
equilibrio. Si ahora alargamos el muelle, vemos que aparece una fuerza
de reacción que tiende a acortarlo y, por tanto, a devolverlo a
la posición de equilibrio, y que aparece una oscilación
al soltarlo. Cuando el desplazamiento es lo suficientemente pequeño,
la fuerza le resulta proporcional (ley de Hooke) y es, por tanto, lineal.
Pero cuando el desplazamiento no es tan pequeño, la ley de Hooke
ya no se verifica. En esta situación, para alargarlo el doble tenemos
que hacer una fuerza que no será el doble que antes: la fuerza
adquiere una dependencia no lineal con el desplazamiento. Valga este ejemplo
para afirmar que la mayoría de los sistemas son intrínsecamente
no lineales cuando se los aleja lo bastante del estado de equilibrio.
Pero hay otras formas de introducir la no linealidad, como mediante mecanismos
de retroalimentación, con los que la causa modifica su valor en
función del efecto. Así pues, la presencia de términos
no lineales en las ecuaciones de evolución de los sistemas no es,
ni de lejos, un fenómeno extraordinario. Respecto a la forma específica
de la no linealidad, hay, no hace falta decirlo, infinitas posibilidades,
pero, a menudo, aquélla resulta relativamente poco importante en
el sentido de que sólo modifica el detalle de los resultados.
Por otra parte, como las estructuras disipativas muestran un alto grado
de orden espacial, es necesaria la existencia de algún mecanismo
de transferencia de información desde un punto a otro del espacio.
Dicho de otra forma, es imprescindible que haya algún mecanismo
de no localidad. Ejemplos de ello son la difusión en sistemas químicos
o la difracción en sistemas ópticos.
Por último, y como ya se avanzó, los sistemas disipativos
pierden energía, lo que hace que tiendan al equilibrio térmico,
donde todas las estructuras desaparecen. Por eso resulta imprescindible
aportar energía al sistema para mantenerlo lejos del equilibrio
térmico, que es el dominio en el que la no linealidad puede provocar
la ruptura espontánea de simetría y hacer aparecer comportamientos
complejos.
Con estos elementos (aportación y disipación de energía,
no localidad y no linealidad) se pueden formular ecuaciones de evolución
del parámetro de orden, relativamente sencillas, algunas de las
cuales, como la de Ginzburg-Landau o la de Swift-Hohenberg, representan
el papel de paradigmas de ciencia no lineal. A menudo, estas ecuaciones
se introducen a partir de argumentos puramente heurísticos. Esto
tiene que ser así necesariamente cuando se consideran sistemas
muy complicados de los que se desconoce el detalle de las leyes microscópicas
que los rigen (piensen, por ejemplo, en la formación de estructuras
en colonias bacterianas). Lo mismo pasa cuando se trata de sistemas en
que las ecuaciones microscópicas, aunque bien conocidas, son tan
complicadas que su estudio resulta inabordable. En estos casos las ecuaciones
de parámetro de orden representan, de facto, el papel de
leyes que gobiernan la formación de las estructuras disipativas.
No deja de ser sorprendente que las leyes microscópicas puedan
ser ignoradas.
Afortunadamente, en otras ocasiones las ecuaciones de parámetro
de orden pueden ser formalmente deducidas a partir de primeros principios.
Un ejemplo lo constituyen los sistemas ópticos no lineales. Estas
deducciones sirven para dar una base conceptual más firme a las
ecuaciones de parámetro de orden (que en estos casos son deducidas
y no postuladas), porque muestran rigurosamente el comportamiento sinergético
de una multitud de elementos. Con todo, no deja de ser fascinante que
cantidades ingentes de partículas sujetas a las ciegas fuerzas
de la naturaleza sean capaces de organizarse en patrones de actividad
cooperativa descriptibles en términos de uno o unos pocos parámetros
de orden.
Vemos, pues, que en la ciencia no lineal existe un cambio de enfoque respecto
a la ciencia tradicional, ya que, al menos en cierto sentido, se ha pasado
del enfoque analítico que ha dominado la ciencia desde el Renacimiento,
a un enfoque más global, holístico, en que se considera
el sistema como un todo.
Insistimos en esta idea: una de las enseñanzas que podemos extraer
de este cambio de enfoque es la oposición existente entre lo microscópico,
entendido como la dinámica individual de cada constituyente de
un conjunto autoorganizado, y la dinámica del conjunto. La dinámica
microscópica viene regida por leyes que dependen del tipo de interacción
particular (electromagnética, química, mecánica,
etc.), pero este carácter específico se diluye en el comportamiento
macroscópico, ya que éste viene regido por leyes universales.
Por supuesto, no es lo mismo un sistema químico que óptico
(ni una cebra que una duna), pero la diferencia aparece únicamente
en los coeficientes de las ecuaciones de parámetro de orden y no
en su estructura. Así, los sistemas macroscópicos autoorganizados
se comportan siguiendo leyes que les son propias y que son prácticamente
independientes de las leyes específicas del nivel inferior de organización,
el nivel microscópico.
Sistemas de reacción-difusión
En un artículo fundacional publicado en 1952,
Alan Turing propuso un sencillo modelo químico para describir la
morfogénesis, es decir, el proceso por el cual un zigoto adquiere
forma y se convierte en embrión. El modelo involucra dos sustancias
A y B sometidas a procesos de reacción y de difusión. A
través de la reacción unas sustancias químicas se
transforman en otras en un proceso dinámico. En el modelo de Turing
la presencia de A contribuye al incremento tanto de la concentración
de A como de B (se dice que A es un activador) mientras que B actúa
de manera opuesta (se trata de un inhibidor). La difusión, por
su parte, representa la tendencia natural de los sistemas materiales a
homogeneizar su distribución espacial: piensen, por ejemplo, cómo
se comporta una gota de tinta cuando se deja caer en el agua. Un hecho
importante es que todas las sustancias no se difunden con la misma eficiencia.
Lo que Turing demostró es que si el inhibidor B se difunde más
que el activador A, el sistema puede desarrollar estructuras espaciales
de manera espontánea a partir de una situación inicial
espacialmente uniforme. Este hecho se llama ruptura espontánea
de simetría espacial. Hubo que esperar hasta 1990 para que
las predicciones de Turing fueran demostradas experimentalmente.
Las figuras
muestran patrones espirales obtenidos experimentalmente en dos sistemas
absolutamente dispares. En una reacción química (reacción
de Belusov-Zhabotinskii) y en un experimento realizado con células
del musgo Dictyostelium discoideum. La similitud de las estructuras
es absolutamente impresionante.
Los modelos de reacción-difusión son utilizados para comprender
la transmisión de ondas neuronales al corazón, el crecimiento
de tumores cerebrales y la aparición de patrones ecológicos
y bacterianos, entre otras. Los sistemas de reacción-difusión
muestran una variedad impresionante de patrones, desde los sencillos listados
hasta patrones espirales, pasando por patrones periódicos de diferentes
simetrías. Así mismo, dependiendo de los parámetros
del problema, los patrones pueden ser estáticos o dinámicos.
G. V / E. R.
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