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La biografía de Martin Gutzwiller impresiona
por varios motivos: no ha hecho una carrera académica,
como es usual entre la mayoría de los científicos, y ha
trabajado en una gran diversidad de temas, aparentemente inconexos. Después
de hacer su memoria de licenciatura con W. Pauli, en la ETH de Zúrich,
trabajó un tiempo en la compañía telefónica
suiza antes de ir a la Universidad de Kansas para realizar una tesis doctoral
sobre el estado sólido. Después de siete años trabajando
para la Shell Oil en cuestiones de geofísica, lo contrata IBM,
primero en Suiza y después en los EE UU, donde se ha jubilado hace
unos años. Participa en la vida académica dando cursos en
la Universidad de Columbia. Trabajando, pues, en empresas privadas, ha
hecho contribuciones cruciales en la investigación básica
en dos temas, al menos. En 1963 consiguió dar la explicación
del ferromagnetismo de los metales. Ya se sabía que el ferromagnetismo
está relacionado con los electrones; lo que hizo Gutzwiller fue
mostrar que había que tener en cuenta adecuadamente las correlaciones
entre los electrones. Introdujo lo que hoy se llama la función
de onda de Gutzwiller, una de las herramientas favoritas de los expertos
en ferromagnetismo. Más de veinte años después de
su invención, parece representar también un papel en la
descripción de la superconductividad a alta temperatura. En 1970,
Gutzwiller hizo otra contribución importante, esta vez en la teoría
del caos. Encontró un método para obtener información
sobre el espectro energético de un sistema caótico cuántico.
El método utiliza las órbitas periódicas clásicas,
y puede resumirse de modo sencillo (fórmula de trazas en el argot
del medio), que se ha aplicado desde el estudio del átomo de hidrógeno
en un campo magnético hasta la descripción de ciertas propiedades
de microondas en cavidades.
Martin Gutzwiller pasa unas semanas viajando por Europa,
y hemos aprovechado su estancia en el Laboratoire de Physique Théorique
et Models Statistiques, en Orsay, para hacer esta entrevista. Nos encontramos
en casa de Oriol Bohigas, colega y amigo desde hace años, en la
banlieue de París, un día sofocante y húmedo
de primeros de junio. Martin Gutzwiller es una persona extremadamente
afable y acogedora, que gusta de conversar, reposadamente y con una voz
suave, sobre prácticamente cualquier tema. Su sentido del humor
se manifiesta en los comentarios irónicos que hace sobre sus dotes
de modelo, durante la sesión fotográfica que acompaña
a la entrevista. Ésta es en realidad una conversación relajada
entre amigos.
Ha trabajado en comunicaciones telefónicas, en geofísica,
en ferromagnetismo, en el problema de tres cuerpos
¿Hay una
conexión oculta que lleve de las microondas a la Luna, pasando
por el petróleo, el ferromagnetismo y el caos?
[Ríe.] Bien, no, más bien se trata de una cuestión
que podemos llamar utilitaria. Siempre he intentado encontrar un compromiso
entre mi deseo íntimo de obtener alguna cosa interesante de la
vida, y un trabajo que me permita al mismo tiempo ganármela. La
carrera universitaria, que probablemente habría sido la elección
más natural, más de acuerdo con mis deseos, no se presentó
en el buen momento, y yo seguí otra vía, más por
casualidad que por voluntad preconcebida.
¿Y qué le llevó a interesarse por los estudios
científicos? ¿La influencia de algún profesor? ¿Alguna
lectura?
Ya en la escuela me atrajeron las matemáticas y la física.
Y cuando estaba en el instituto, me dediqué por mi cuenta a estudiar
de manera más intensa estas materias, que entonces se enseñaban
de una manera que podríamos llamar primitiva. Los contenidos eran
muy tradicionales, con trigonometría, cónicas, etc., pero
no veíamos cálculo infinitesimal
Caramba, eso se suele estudiar en la facultad
Pues yo lo aprendí por mi cuenta, porque me interesaba.
Y al acabar el instituto fue al ETH, el prestigioso Instituto Politécnico
de Zúrich.
Antes pasé un año en el ejército suizo. Eso era en
el último año de la guerra, yo tenía 19 años
y tenía que hacer el servicio militar. En 1945 me pude inscribir
en la ETH, y eso suponía un esfuerzo económico para mis
padres, que no vivían en Zúrich. Por eso, al acabar mi tesina
de licenciatura (Diplom-Arbeit), y a pesar de la opinión
de mi padre, quise encontrar un trabajo que me permitiera ganar dinero,
y no ser una carga para mi familia.
Hizo la tesina con Wolfgang Pauli, que recibió el Nobel de física
el año 1945. ¿Cómo le fue?
En aquel tiempo yo no era consciente de la importancia de Pauli. Me propuso
estudiar las contribuciones al momento magnético del nucleón
debidas a un acoplamiento con mesones vectoriales. El tema me interesó
y aprendí la mecánica cuántica que hacía falta
para poder completar mi memoria en seis meses. Eso era en 1949, un año
después de los grandes trabajos de Feynmann y de Schwinger sobre
la electrodinámica cuántica. El mismo Schwinger quería
ocuparse del problema, pero no lo hizo.
¿En aquella época ya era conocida la electrodinámica
cuántica en Zúrich?
No, realmente no estábamos familiarizados con ella. Pero Pauli
ya se había ocupado del problema y había encontrado su método
personal para regularizar las integrales. Félix Villars, en estancia
postdoctoral entonces, era el encargado de seguir mi trabajo. Yo discutía
con él y una vez al mes íbamos los dos a hablar con Pauli.
Mejor dicho, les escuchaba discutir lo que yo había hecho, y después
preguntaba. El resultado nunca fue publicado, pero yo recibí una
formación maravillosa en la primitiva teoría cuántica
de campos. Al acabar la tesina, Pauli me propuso hacer la tesis doctoral
con él
Y eso ya era un gran privilegio, porque parece que Pauli era muy exigente
en la selección de sus estudiantes.
Sí, quizá era muy exigente, pero no podía ofrecerme
ni una beca ni una plaza como ayudante, y yo no quería continuar
siendo una carga económica para mi familia. Encontré un
trabajo en la compañía telefónica suiza, y durante
cerca de un año me ocupé de microondas.
Su primera incursión fuera del ámbito académico,
por decirlo así
Se trataba de establecer las comunicaciones entre Zúrich y Ginebra,
enviando microondas a un repetidor en una montaña del Jura entre
las dos ciudades. A veces, había inestabilidades en las señales
y yo descubrí la causa. Entre el generador de microondas y la antena
había un cable de varios metros. Mostré que las inestabilidades
tenían que ver con la longitud del cable y las longitudes de onda
de las microondas. Y este descubrimiento me dejó muy satisfecho.
Mientras tanto, me hablaron de la existencia de becas para hacer la tesis
en alguna universidad americana. Wentzel me explicó que había
muchas universidades de estado, poco conocidas en Europa pero de muy buen
nivel, y me animó a ir. Finalmente fui a Kansas, para trabajar
con Dresden.
Ha citado varios nombres importantes: Pauli, Villars, Wentzel, Dresden
Pero Pauli era otra categoría. ¡Y pensar que en los años
treinta los suizos no le querían! Después de haber estado
diez años en la ETH, Pauli pidió la nacionalidad suiza y
se la denegaron. La razón última era el antisemitismo de
la época. Pauli pasó algunas dificultades, porque no tenía
pasaporte y sólo le dejaban la posibilidad de volver a Alemania.
Por fin pudo ir a los EE UU, donde pasó todo el tiempo de la segunda
guerra. Fue al acabarse ésta cuando Suiza reconsideró su
actitud. Pauli había recibido el premio Nobel, le habían
ofrecido la cátedra que Einstein dejaba en Princeton
¡Quizá
todo eso hizo pensar a algunos que finalmente este Pauli no era un mal
chico! Durante las negociaciones para hacerlo volver le ofrecieron la
nacionalidad suiza, y finalmente Pauli aceptó.
¿Qué temas han sido los que le han interesado a lo largo
de su carrera?
Siempre ha habido algunos temas básicos que me han interesado,
pero yo he estado siempre dispuesto a trabajar en cualquier tema que tuviese
relación con la realidad. Por eso he hecho geofísica, durante
siete años en la Shell Oil, y me interesé por el ferromagnetismo.
Mirad, en las prospecciones se extraen muestras de rocas sedimentarias
que se encuentran a una cierta profundidad, y tenía que medir su
magnetización, que es muy débil. Estas rocas contienen magnetitas
que se orientan fácilmente según el Polo Norte. Pero también
se encuentran otras muestras con orientación magnética según
la vertical, y eso me intrigó. Quizá es una razón
ridícula, pero eso despertó mi interés por la magnetización.
[Tenemos que advertir que nuestro entrevistado es demasiado modesto. No
sólo fue quien comprendió el magnetismo. Su trabajo, publicado
en 1963 en el Physical Review Letters es todavía muy citado.
Los expertos en ferromagnetismo utilizan la llamada función de
onda de Gutzwiller, dentro de un modelo variacional para explicar el ferromagnetismo
en ciertos metales. También representa un papel en el estudio de
la superconductividad a altas temperaturas.]
Después pasé a trabajar en IBM, eso era en los años
sesenta, pero por causas accidentales. La razón es que yo quería
volver a Suiza, y allí pasamos tres años mi familia y yo.
Pero mi mujer no encontró las posibilidades profesionales que esperaba
y por eso volvimos a los EE UU, a la IBM de Nueva Jersey, donde he estado
hasta mi jubilación. El laboratorio está en el campus de
la Universidad de Columbia, donde me ofrecieron al mismo tiempo la posibilidad
de dar cursos, pero no en el departamento de física, sino en el
de metalurgia, donde he enseñado estado sólido.
¿Y qué trabajo hacía en IBM?
En los años sesenta, las compañías industriales eran
muy generosas con la investigación científica, con la investigación
básica. Te pedían que mirases los temas que les interesaban,
y te dejaban libertad total para trabajar. La diferencia con la Shell
era que en ésta el tono venía dado por los geólogos
y los ingenieros, mientras que en la IBM lo daban los físicos.
En la Shell yo escribía informes, que circulaban por la compañía.
Después he sabido por casualidad que algunos consideraban que lo
que yo hacía no era demasiado interesante
[Y ríe,
medio resignado, medio divertido.]
Pero estando en IBM ha publicado cuatro trabajos básicos sobre
el llamado problema de la traza de Selberg.
Empecé a interesarme por la conexión entre la mecánica
clásica y la cuántica en un congreso del año 1965,
en el que algunos químicos presentaron los resultados de sus cálculos
y me dije que seguramente debía haber mejores maneras de entender
qué es lo que pasaba. Me convencí de manera abstracta de
que la relación entre lo clásico y lo cuántico no
había sido bastante explicada.
¿Era la continuación del problema anisotrópico
de Kepler?
No, no, era un ejemplo de lo que yo ya sabía de la física
del sólido. Era un problema próximo a la física atómica
que yo conocía de cerca. La conexión con la física
del sólido fue un poco por accidente, igual que la conexión
con la teoría del caos también fue accidental. Me interesé
primero por el átomo de hidrógeno, poniendo en él
otros electrones y mirando si éstos lo penetraban o no. La trayectoria
es complicada. En IBM trabajaba un astrónomo, especialista en mecánica
celeste, interesado en el estudio de las trayectorias planetarias. Por
él conocí la obra de Hill, que fue el primero que se ocupó
de trayectorias periódicas no estables. Poincaré apreció
mucho su obra.
Ha escrito un libro muy conocido titulado Chaos in Classical and
Quantum Mechanics. ¿Hay realmente una diferencia entre el caos
clásico y el caos cuántico?
Sí, el caos clásico es más limpio, más definido,
a causa de las discontinuidades. En este sentido es más sencillo
y las matemáticas necesarias son más simples. La idea de
partida eran los fractales, que se aplican por igual a la mecánica
clásica y a la cuántica. Pero la cuántica es más
sutil, podríamos decir que el principio de indeterminación
sabe arreglar las cosas para que no sean tan duras. Desde un punto de
vista matemático es más complicado, pero el resultado es
más satisfactorio para nosotros, que no nos gustan las respuestas
duras, en el sentido de discontinuas, con repeticiones hasta el infinito.
También deberíamos hablar de su trabajo en Reviews
of Modern Physics sobre el problema del Sol, la Tierra y la Luna.
Se trata de un trabajo de historia de la ciencia, pero de una manera completamente
diferente de lo que estamos acostumbrados a ver.
Sí, es cierto. En un congreso sobre sistemas con pequeño
número de grados de libertad coincidí con Berry, un químico,
que entonces era uno de los editores del Reviews of Modern Physics,
y en calidad de tal me invitó a escribir el artículo. Tardé
bastante en escribirlo y después de unas cuantas vicisitudes envié
un artículo de 90 páginas; los editores lo encontraban demasiado
largo, y lo tuve que reducir, lo cual es muy penoso para cualquier autor.
El referee era un historiador, que lo encontró muy bonito
pero que no lo consideró como un artículo de historia, y
discutimos mucho.
[Se trata de un artículo que nos adentra en el problema de tres
cuerpos, tomando como hilo conductor el sistema de tres cuerpos estudiado
desde más antiguo. En él descubrimos cómo planteaban
el problema los babilonios y los griegos, y qué aportaciones a
la solución del problema han hecho los científicos hasta
ahora.]
¿Piensa que es importante para un científico leer los
trabajos originales de los grandes clásicos, o basta contentarse
con fuentes secundarias?
Rotundamente, sí. Yo creo que hay que ir a las fuentes originales.
Lo que pasa es que los científicos hacemos una lectura diferente
a la de los historiadores, yo voy a las fuentes porque aprendo física.
Pero haciéndolo desde la perspectiva actual se puede falsear la
historia, y los historiadores se oponen a la lectura en forma de progreso
inevitable. Yo no creo que se pueda hablar de un progreso de la humanidad
en general, pero creo que sí que podemos hablar de un progreso
en las ciencias. Por ejemplo, la física hizo un progreso considerable
durante la primera mitad del siglo pasado, progreso que no ha hecho en
la segunda mitad.
A propósito de progreso en las ciencias, Arnold ha escrito que
el intervalo de dos siglos entre los brillantes descubrimientos
de Huygens y Newton y la geometrización de las matemáticas
por Riemann y Poincaré parece un desierto matemático, donde
sólo se encuentran cálculos. ¿Qué le
parece esta afirmación?
Es una estupidez. Mirad, Newton inventó el cálculo infinitesimal,
pero en su obra no lo aplicó. Prefirió unas demostraciones
geométricas porque quería convencer a sus contemporáneos
de que lo que hacía era correcto. El siglo XVIII ha sido de la
más grande importancia para las matemáticas. Ha habido matemáticos
muy brillantes, estaba mi compatriota Euler, y también franceses
como Clairaut, DAlembert, Lagrange (que era de origen italiano),
Laplace
Todos ellos han añadido realmente elementos fundamentales
al conocimiento de la naturaleza, que no existían en Newton. Después
vino Gauss y ya estamos en el siglo XIX
No, no estoy de acuerdo
con Arnold.
[Martin Gutzwiller ha sido galardonado con el premio Heineman, para destacar
sus aportaciones a la física matemática. Otros galardonados,
como Gell-Mann o tHooft han recibido también el premio Nobel
de Física, lo que puede dar una idea de la calidad de los premiados.
Parece, pues, que el profesor Gutzwiller está en posición
de dar opiniones valiosas sobre las relaciones entre la física
y la matemática.]
Pues ya que estamos en ello, hablando de frases célebres, podría
comentar alguna más. Por ejemplo, eso que dice Wigner sobre the
unreasonable effectiveness of mathematics in the natural sciences,
o la frase tan conocida de Galileo cuando dice que el libro de la naturaleza
está escrito en lenguaje matemático.
Estoy de acuerdo en principio, pero tengo dificultades para imaginar que
la naturaleza ha de hacer los cálculos que nosotros hacemos para
encontrar la respuesta. No sé cómo lo hace la naturaleza.
Si nosotros medimos el momento magnético anómalo del electrón,
con nueve cifras significativas, ¡no sé cómo se lo
monta la naturaleza para que nosotros encontremos siempre las mismas cifras!
[Ríe.] Bien, sólo hay dos personas en el mundo que lo han
calculado, porque se tienen que calcular centenares de diagramas, donde
cada uno contiene integrales que dan resultados muy grandes, que se compensan
para encontrar un resultado pequeño. No, realmente no sé
cómo lo hace la naturaleza.
Hemos hablado antes de Pauli, Dresden, Newton... ¿Alguna persona,
viva o no, le ha influido significativamente en su trayectoria científica
o personal?
No, realmente no. Pero sí que tengo que decir que, visto en perspectiva,
lamento no haber cultivado el trato de ciertas personas con las cuales
estaba en contacto. Pienso en Pauli, naturalmente, y en Dresden. Éste
último ha hecho muchas cosas interesantes, aparte de la investigación.
Por ejemplo, se dedicó muy particularmente a cuestiones de educación,
de formación de enseñantes. Organizaba cursos para profesores
de secundaria, poniéndolos en contacto con físicos eminentes,
como Yang, que estaba en la misma universidad. Todo eso pasaba en Stony
Brook, donde Dresden inició el Instituto de Física Teórica.
Yo participé en algunos coloquios, pero no mantuve el contacto.
No sé por qué, pero yo siempre he hecho mi trabajo a solas,
sin recurrir a los otros. Y en este sentido, he perdido oportunidades
de contactar con ciertas personas, no tanto en los aspectos científicos,
como en los personales.
Ha trabajado prácticamente siempre en empresas privadas, como
una compañía petrolífera, o como IBM. ¿Qué
le parece eso de separar la ciencia básica y la ciencia aplicada?
¿Cuáles son sus relaciones?
Tengo la impresión de que hoy en día la gente que hace una
tesis doctoral cree que la única manera de continuar haciendo investigación
en física pasa por continuar en el dominio donde ha hecho su tesis.
Cuando yo estaba en la Shell, por ejemplo, había también
un físico de rayos cósmicos, un físico nuclear que
venía de Fermilab, un relativista de Cornell, dos físicos
de estado sólido
Todos ellos habían hecho una tesis
y después buscaron trabajo en la Shell. Hoy en día no se
puede imaginar que doctorados en estos temas cambien su investigación
y trabajen en geofísica. En los años cincuenta, se pensaba
que la formación en física permitía abordar cualquier
problema, y se pasaba fácilmente de temas básicos a temas
aplicados. Por ejemplo, en la Shell los físicos estudiaban problemas
de hidrodinámica, que en la actualidad se consideran una especialidad
de los ingenieros. Lamentablemente, la tendencia actual es la especialización.
Yo creo que un físico tendría que aplicar sus conocimientos
a una gran variedad de problemas, y al acabar su tesis tendría
que buscar un campo nuevo, donde siempre encontrará muchas cosas
que aprender. No es únicamente culpa de los científicos,
es que en las mismas universidades se tiende a dar una formación
muy especializada desde el principio.
A veces se piensa que la ciencia avanza de manera muy lineal. Algunos,
como Weinberg, hablan de la teoría última de la física,
la teoría que lo explicaría todo. ¿Cómo ve
la evolución de la física reciente?
Eso es de un reduccionismo extremo con el cual no estoy de acuerdo. Supongamos
que los físicos de partículas elementales acaban encontrando
la teoría final, la que reúne todo lo que sabemos actualmente
sobre los constituyentes de la materia. Estarían aún lejos,
muy lejos, de hacer la conexión entre la física de las partículas
elementales y la física nuclear, por ejemplo. O la conexión
entre la física atómica y molecular con las propiedades
de las sustancias a escala macroscópica. Un ejemplo que considero
muy frustrante es la misma existencia del agua. Comprendemos la existencia
del hielo, del vapor, pero no la del agua líquida. ¿Por
qué a cero y a cien grados centígrados? No sabemos calcular
lo que pasa. El agua es una sustancia relativamente simple, pero muy refinada,
que no comprendemos completamente. Los reduccionistas se hacen ilusiones
sobre las posibilidades de explicar las escalas superiores a partir de
las inferiores.
Y, para acabar, ¿qué diría a un joven que quisiera
comenzar estudios de física teórica?
Le diría que no pierda el contacto con la realidad. Por ejemplo,
el antiferromagnetismo se ha convertido en un tema popular de investigación,
desde el descubrimiento de los óxidos de cobre superconductores.
Muchos de los que proponen modelos elaborados sobre el antiferromagnetismo
no han oído hablar nunca de la hematita, o simplemente, del óxido
de hierro
Yo me pregunto si realmente están interesados en
la física. También le diría que no se restringiera
a un dominio demasiado especializado, tal como decía antes, que
busque campos donde pueda aplicar sus conocimientos y aprender más
en problemas nuevos. Yo tuve esta suerte, pero no sé si hoy podrá
ser así: por ejemplo, la informática atrae muy pronto a
los jóvenes, y yo creo que sería conveniente que primero
pasaran por el estado sólido, para conocer de cerca cómo
se hacen los ordenadores. Pero soy bastante pesimista, quizá por
mi edad, en cuanto a las posibilidades de que los físicos jóvenes
no se queden en una especialización extrema en detrimento de una
formación básica generalista.
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