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    LOS SEMINARIOS DE LA S.E.P.   

 

 II. EL RETO DE LA FORMACIÓN PROFESIONAL

 

LA CALIDAD EN UN AULA DE FORMACIÓN PROFESIONAL 

Bonifacio Jiménez Jiménez 

Universidad de Rovira i Virgili 

 

 

Introducción

            Afortunadamente parece que ya hemos pasado la frontera y con paso decidido vamos entrando en la cultura de la evaluación, paso previo para poder hablar con cierta seriedad de calidad y no quedarnos en meras palabras, declaraciones de intenciones o simplemente reducir la cuestión a una moda enmarcada en una jerga que es preciso utilizar.

            Tanto desde el punto de vista teórico como práctico se ha escrito mucho sobre evaluación, las últimas publicaciones así pueden atestiguarlo (Casanova 1992 y 1995; Barbier, 1993; Santos Guerra, 1993; Colás y Rebollo, 1993; House, 1994; Pérez Juste y otros, 1995)  McCormick y James, 1996; De Miguel, 1996; MEC, 1997; Jiménez, 1999; Mateo 2000, Jiménez, 2001...). Se suele definir brevemente a la evaluación como el adjudicar valor a algo (Sriven). Tal valor puede ser intrínseco, si se quiere apetecible por si mismo: la amistad, la salud, el oro, el saber, la cultura, la solidaridad... o extrínseco que viene dado en función de adjudicaciones externas al objeto evaluado considerando unos criterios, parámetros o circunstancias que hacen que objeto evaluado incremente su valor por esas contingencias, pero puede no serlo en otras o para otros fines u otras personas: así la altura es un valor añadido en un joven que pretenda ser jugador de baloncesto, pero puede ser un inconveniente para alguien que quiere ser jinete de carreras.

            La calidad en educación.

            Pudiera parecer que la educación es un valor intrínseco y, por tanto, deseable para todos y en todas las circunstancias; utilizando otro lenguaje, algo que procuraría satisfacción, placer, tranquilidad... pero desgraciadamente todos sabemos que no siempre es así. ¿Por qué?

            Podrían aducirse muchas razones, no obstante, intentaré focalizar mi intervención en sólo algunas cuestiones.

            Si evaluar es conceder ese valor ¿ya sabemos con claridad cuáles son los valores que deben perseguirse, defender, promover, enseñar...?

            ¿Qué derivaciones tiene la anterior pregunta con otras tales como: esfuerzo, aprendizaje, motivación, presión, trabajo, salario, enseñanza, aprendizaje?

            Otras preguntas: ¿hacemos las cosas bien? ¿lo que hacemos tiene valor? ¿está bien considerado? ¿somos críticos con nuestro hacer?

            La calidad en educación puede analizarse desde distintas perspectivas. La más ambiciosa, pero también más grosera, discutible y ambigua es determinar la calidad del sistema. Algunos ejemplos son próximos en el tiempo y en la temática: las leyes educativas recientemente aprobadas o por aprobar, pueden servirnos de ejemplos relacionados con algunos aspectos a los que aludimos. Pero no voy a referirme a esto tan lejano, el objetivo es aterrizar en el aula: ¿Cómo advertir si lo que hay, lo que se hace, lo que se ejercita, lo que se enseña y se aprende, responde en términos de calidad? También sobre calidad se están diciendo muchas cosas, algunas incluso puede que se pongan en práctica.

            Pero ¿qué es o cómo entender la calidad? (Garvin, 1988; Harvey y Green, 1993; Deming, 1994; OCDE, 1994; Rodríguez, 1995, De Miguel, 1995; McLagang, 1997; Mateo 2000, Jiménez y Megías, 2002.. pueden ayudarnos a desentrañar el concepto). Es una palabra polisémica por su poliedridad ya que cada cara por la que se mira ofrece una respuesta distinta y a veces raramente compatible: la excelencia, la recursividad, los resultados (beneficios), el valor añadido, la escasez, la adecuación a objetivos o propósitos, la perfección y la mejora, los gustos personales, la satisfacción del cliente...

            De acuerdo con Mateo (2000) debe enterderse la calidad de la enseñanza como perfeccionamiento, y no sólo como respuesta a requisitos legales o a controles técnicos, consistiría en integrar la acción educativa en un proceso de mejora continuada enmarcada en la cultura de la evaluación y de la calidad, en un permanente esfuerzo de superación, en el que la innovación y la ruptura de la rutina no sólo facilitara el cambio, si no que procuraría mayor satisfacción en docentes y discentes.

 

La calidad en el aula de formación profesional.

            La tarea del profesor de Formación Profesional tiene particularidades que lo hacen diferente de otros niveles o grados educativos, pero todavía más si esta formación profesional, se relaciona con la formación ocupacional o la formación continua. Cualquier profesor debe preocuparse detenidamente de muchos aspectos en relación con la calidad de la enseñanza, su preparación didáctica y la gestión cotidiana del aula, el taller, el laboratorio o el centro de trabajo durante las prácticas.

            Voy a detenerme un poco en el primero de ellos, el grupo destinatario, por considerarlo fundamental y diferenciador; el resto: los objetivos, las programaciones, las estrategias didácticas, las condiciones de enseñanza y aprendizaje, y, por último, las técnicas de evaluación, pueden ser, en este discurso, más comunes.

            El grupo al que el profesor dirige sus actuaciones, raramente es homogéneo ni aún considerando el sólo criterio académico, según el cual todos los alumnos integrantes de un primer curso de Ciclos Formativos de Grado Medio (CFGM) u otro de Ciclo Formativo de Grado Superior (CFGS), ya que uno u otro, teóricamente deben poseer la misma carga formativa, superar la ESO en el primer caso o el Bachillerato en el segundo supuesto. No obstante, en ambos casos, que es lo más genérico, sabemos que las vías de acceso a estos niveles tienen también otras procedencias: antiguos planes, Formación Profesional de la ley del setenta, cierta edad más experiencia y superación de una prueba de nivel, etc. Todo ello da como resultado el hecho, sobre todo en CFGS, de encontrarnos con grupos bastante heterogéneos.

            Este problema se acrecienta en los llamados Programas de Garantía Social, en los cursos y programas de Formación Ocupacional y en las actividades formativas de Formación Continua, por razones conocidas y en las que no me voy a detener. Simplemente dejar constancia de este hecho relevante que si no es tenido en cuenta, cuanto sigue después, puede verse gravemente mediatizado.

            Sipán (2000) nos advierte de la importancia del grupo y de la necesidad que el profesor debe tener conocimiento de él, nos aconseja en muchos sentidos, con la finalidad de mejorar las actuaciones de profesores y formadores de la Formación Profesional. Reflexionando sobre sus planteamientos les invito a considerar sobre las siguientes cuestiones al respecto:

- Edad cronológica

- Responsabilidad familiar

- Curriculum vitae, curriculum académico y curriculum laboral

- Nivel de instrucción.

- Integración social.

- Procesos de aprendizaje.

- Aspectos psicológicos: inteligencia, motivación, intereses, autoconcepto.

- Conocimiento del entorno e integración social.

- Composición del grupo en cuanto fuerzas, relaciones, liderazgo, tipos de comunicación, reacciones de empatía, de rechazo...

            Cierto que estas cuestiones son de mayor interés en grupos de formación no reglada, pero no carecen de interés en la enseñanza reglada, si estamos hablando de mejorar la calidad de ambas.

            Los objetivos educativos, tanto generales como específicos, se consideran el elemento estructural de cualquier plan de estudios y no va a ser excepción en la Formación Profesional. La LOGSE y sus posteriores desarrollos han puesto un gran esfuerzo en clarificar, determinar, estructurar, diferenciar dicho objetivos y los ha plasmado en los diferentes Ciclos Formativos. Sin embargo, dichos objetivos no se consiguen por sí solos, están, además, mediatizados por un sinfín de circunstancias que pueden desvirtuarlos. Una de las tareas de los centros y del profesorado es el de velar para que su traslación desde el espíritu de la ley o de la ciencia o de la tecnología hasta la cotidianeidad del aula dichos objetivos no sólo se mantengan, sino que se adecuen, se adapten a la realidad de cada centro y contexto, en definitiva, se puedan lograr con criterios de calidad. Todos sabemos (Gimeno, 1988) que hay una gran diferencia, no siempre para bien, entre el curriculum planificado, el desarrollado, el evaluado y el certificado.

            Las programaciones, tanto en la responsabilidad individual del profesor como en la responsabilidad del equipo de profesores responsables de la formación de un grupo de alumnos, y del centro (PEC y PCC o programas de formación), constituyen uno de los elementos centrales a partir de los cuales desarrollar la actividad formativa. ¡Cuantos esfuerzos se hagan para ajustar lo mejor posible dichas programaciones redundará en un incremento de la calidad!. Valoremos qué y cómo se plantea:

            - La correspondencia y cohesión entre objetivos.

            - La claridad de los mismos.

             - Su concordancia con los contenidos.

            - La adecuación a los alumnos.

            - La selección y secuenciación de contenidos.

            - Su relación y proporcionalidad entre teoría y la práctica.

            - Las metodologías propuestas.

- La utilización de los recursos didácticos, de los tiempos de aprendizaje, de las instalaciones y condiciones de la docencia.

            - La presencia y repercusiones de la evaluación formativa.

            Las estrategias didácticas y el clima del aula. Muchas veces se ha dicho que profesor es el principal responsable de cuanto ocurre en sus clases; por tanto, debe esforzarse en crear un buen ambiente de trabajo en ella, para ello es importante que tanto la gestión del aula como el desempeño de los aspectos académicos estén bajo su buen hacer y entender.

            El conocimiento del grupo, la correcta planificación de las actividades, el dominio de la materia y el conocimiento de diferentes estrategias y modelos de enseñanza es algo primordial a considerar. Sería muy interesante que se dedicara tiempo a evaluar estas circunstancias antes de, realmente, empezar con el temario. Temas como la empatía entre alumnos y profesores, el nivel de aceptación o rechazo por la materia, las expectativas de los destinatarios, la capacidad de transferir, aplicar o aprovechar los conocimientos y experiencias  de los alumnos, el elaborar materiales de autoaprendizaje, el variar la presentación de las actividades, el pensar en cómo sorprender a los alumnos en las presentaciones o en el taller..., en definitiva aplicar la multivariedad metódica Ferrández (2000). Las condiciones en las que tienen lugar las situaciones de enseñanza aprendizaje -me refiero más a las cuestiones físicas y ambientales, también deben ser analizadas; por ejemplo: luminosidad, ruido, limpieza y orden en los talleres, normas de seguridad e higiene, materiales de prueba o ensayo, herramientas, máquinas, ordenadores...

            Y, por último, las técnicas e instrumentos de evaluación, en el más amplio sentido del término, ya que nos referimos a todas las funciones de la misma tanto en tiempo (inicial, continua, final, diferida) como en finalidad (diagnóstica, formativa o procesual, sumativa y de impacto). Debe entenderse como una evaluación holística, en la que sin olvidar la parte correspondiente a evaluar al alumno, ésta no sea su principal misión. ¡Hay muchas cosas que evaluar antes y, también, después que evaluar a los alumnos!. Sólo si entendemos esto habremos entendido y entrado en la cultura de la evaluación y la calidad de la formación profesional; en este caso, se verá notablemente incrementada. Muchas de esas cosas a las que me refiero que deben ser anteriores y posteriores a la evaluación de alumnos, son todas aquellas de las que he hablado previamente a llegar a este punto final. Incluido, o sea, preguntarnos por la calidad de nuestras evaluaciones o metaevaluación.

 

Bibliografía.

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BLANCO, F. (1994): La evaluación en la educación secundaria. Salamanca: Amarú.

CASANOVA, M.A. (1992): La evaluación garantía de calidad den centro educativo. Zaragoza Edelvives.

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COLÄS, M.P. y REBOLLO, M.A, (1993): Evaluación de programas. Sevilla: Kronos.

DE MIGUEL, M. (1996): “La evaluación en los centros educativos”. En Revista de Investigación Educativa. 11, pp.: 54-72.

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GIMENO, J. (1988): El curriculum: una reflexión sobre la práctica. Madrid: Morata.

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JIMÉNEZ, B. (Edt.) (1999): La evaluación de programas, centros y profesores. Madrid: Síntesis.

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JIMÉNEZ, B. y MEGIAS, R. (2002): Formación Profesional. Orientaciones y Recursos. Barcelona: Praxis.

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SANTOS GUERRA, M.A. (1993): La evaluación un proceso de diálogo, comprensión y mejora. Málaga: Aljibe.

SIPÁN, A. (2000): “El grupo clase de Formación Ocupacional o de Garantía Social y la resolución de conflictos”. En Gairín, J. y Ferrández, A. (Coords): Planificación y gestión de instituciones de formación. Barcelona: Praxis. pp. 138/51-138/67

 

 

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