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4.
Hacia la construcción de una ciudadanía intercultural y crítica
La salud de las democracias –señala Galdston (1991)- depende, no tanto de la justicia de las instituciones cuanto del sentido de identidad, de las habilidades para tolerar al otro, trabajar junto a personas distintas, desear participar en procesos públicos, de la sensibilidad hacia la justicia y del compromiso en una justa distribución de los recursos. Esta afirmación ha sido recogida por Kymlinka en escritos posteriores (1996) subrayando su importancia en el desarrollo de la ciudadanía. De manera similar se expresan otros muchos autores, que la brevedad de estas páginas no me permite comentar. Todos ellos plantean un conjunto de conocimientos, pero sobre todo de habilidades, valores y actitudes que conforman una manera de ser y actuar propia de quienes llevan a cabo una ciudadanía que responde a los retos que tiene planteados hoy nuestra sociedad. Pero ¿Cómo puede ayudar la educación a desarrollar realmente esta concepción?. ¿Qué procesos educativos facilitarán prácticas de comunicación, de participación, de servicio a la comunidad, de manejo de los conflictos que surgirán necesariamente en sociedades complejas como las actuales? ¿Cómo se llevará a cabo la formación del carácter de las personas desde ese enfoque? [9]. ¿En qué consistiría esta construcción de la ciudadanía? Diversos autores (Bell,1991; Giroux,1993, Spencer y Klug, 1998; Osler,1998) señalan el desarrollo de la alfabetización cívica, la participación ciudadana y una conciencia responsable y moral orientada a defender la convivencia democrática de la sociedad. (Bartolomé, Cabrera, Espín, Marín y Rodríguez, 1999). Creemos que es
necesario partir de un modelo dinámico
de ciudadanía que incorpore las principales dimensiones que deben
trabajarse en las instituciones educativas [10] Si aplicamos este modelo en el marco de las instituciones escolares veremos que todas estas dimensiones se articulan entre sí de forma interactiva y dinámica. Una fuerte dificultad o barrera en una de ellas puede dificultar el desarrollo de las demás. A su vez, dependen del contexto social en el que los jóvenes viven: contexto familiar y cercano o contextos más amplios que requieren respuestas diferenciadas en la comprensión y ejercicio de la ciudadanía: su ciudad, la Autonomía, España, Europa, el mundo. La práctica de la ciudadanía en el marco escolar potenciaría el desarrollo del sentimiento de pertenencia y de la competencia ciudadana y podría facilitar el ejercicio ciudadano, no solo en la Institución educativa sino en marcos más amplios. Cada uno de los componentes del modelo está atravesado por el hecho multicultural que lo modifica diferencialmente. Por ejemplo, ¿Qué efectos produce en el sentimiento de pertenencia saberse con o sin estatus legal de ciudadanía en un determinado Estado?. ¿Cómo se sienten ciudadanos europeos los que no poseen reconocimiento legal de un Estado europeo’. ¿Aspiran a serlo?. ¿Se les reconoce este derecho por parte de sus vecinos, compañeros etc?. ¿Cómo perciben los derechos y responsabilidades anexos a la ciudadanía personas pertenecientes a diversas culturas?. ¿Cómo influye el género en el liderazgo de los grupos y en el grado de compromiso y de participación en la toma de decisiones?. Analicemos ahora las necesidades formativas y las respuestas que se están dando en cada una de las dimensiones principales del modelo, cuando consideramos a la ciudadanía desde una perspectiva de proceso. El sentimiento de pertenencia
Ya hemos hecho alusión al conflicto identitario que se experimenta en nuestra sociedad actual. Los modelos sobre los que se ha querido construir la identidad europea se revelan como insuficientes para responder a las necesidades de una población multicultural, multiétnica y multilíngüe[11]. Frente a esos modelos impuestos vemos cómo las personas relacionan, bien desarrollando identidades ambiguas y poco definidas, bien refugiándose en fundamentalismos de distinto signo[12]. Nuestro grupo ha investigado en Barcelona la percepción del sentimiento de pertenencia a Europa en adolescentes catalanes (Bartolomé, Folgueiras, Massot, Sabariego y Sandín, 2001). Las respuestas a la cuestión “¿Te sientes ciudadano o ciudadana europeo/a? ¿Por qué?” fueron muy diversas: desde la afirmación incondicional hasta la negativa más radical basados en razones que envuelven sentimientos de rechazo o inferioridad. Sin embargo la cuestión que más nos preocupa al acercarnos a este diagnóstico es con quien nuestro alumnado está dispuesto a construir comunidad, cuál es su capacidad de acogida, su margen real de tolerancia hacia los que hablan de forma distinta o tienen distintas costumbres. Los retos formativos que se nos plantean son: * Incorporar estrategias educativas que se han ido trabajando desde un enfoque sociocrítico, en una pedagogía de la equidad (Banks, 1997). * Crear ambientes educativos que favorezcan el desarrollo del sentimiento de pertenencia desde una pedagogía de la inclusión[13]. No hay duda que el valor que debemos desarrollar para la formación del sentimiento de pertenencia es el de la solidaridad, pero no una solidaridad defensiva (hacer causa común frente a otro) sino inclusiva es decir, descubriendo que la causa de quien vive a mi lado es mi propia causa, aunque sea diferente a mí y estar dispuesto por ello a actuar a favor de su causa como si fuera mi propia causa, desde el convencimiento de que la diversidad también es un valor. Para ello hemos desarrollado unos materiales: “Construimos Europa” que han sido trabajados y validados en cuatro institutos de Barcelona a lo largo de estos dos últimos cursos. Nuestra propuesta quería ser una herramienta al servicio del profesorado de Secundaria de diferentes disciplinas, que permitiese llevar a cabo una experiencia en el desarrollo de la dimensión europea, como un apoyo para la construcción de una ciudadanía europea[14]. Quisiéramos señalar como metas importantes para desarrollar el sentido de pertenencia * Evitar la vinculación del sentido de pertenencia a una identidad cultural determinada. * Favorecer el mutuo conocimiento y aprecio de las diferentes formas culturales. * Descubrir la artificialidad de la fronteras. * Encontrar elementos comunes de identificación La competencia
ciudadana Algunos modelos de construcción de la ciudadanía se han basado en competencias. Así, Allen y Stevens (1994: 18-20) establecen hasta cuatro modelos aunque ellos prefieren situarse en el último, que trabajan como un eje transversal del curriculum de Ciencias Sociales.
En nuestro modelo la competencia ciudadana constituye una de las dimensiones básicas de la formación para la ciudadanía y recoge elementos de los modelos 2, 3 y 4 de Allen y Stevens. Competencias orientadas a la comprensiónUn bloque de competencias estaría orientado al conocimiento de nuestros derechos y responsabilidades, de los problemas y asuntos públicos que afectan a nuestra comunidad, la comprensión de cómo funciona la democracia y el desarrollo de habilidades comunicativas interculturales. Aunque este primer bloque tenga un componente importante de carácter cognitivo, no podemos olvidar que su tratamiento ha de hacerse desde los valores que subyacen a todo ese contenido informativo y que suponen no solo la dimensión afectiva sino incluso la dimensión comportamental orientando cursos de acción. Además tal conocimiento exige, para poder ser efectivo, el desarrollo de habilidades concretas. A modo de ejemplo, recordemos algunas: - Aprender a recoger información de periódicos, T.V, libros, revistas, internet... - Aprender a entrevistar, observar y analizar la realidad - Aprender a comunicarse afectiva y efectivamente con personas de distinta lengua y cultura - Aprender a hablar en público, a debatir problemas mundiales, a tener discusiones de forma estructurada Es importante, desde la perspectiva de una ciudadanía intercultural, ayudar a descubrir las barreras y dificultades que tienen algunas minorías y grupos para incorporarse efectivamente a la vida democrática de una país y, en nuestro caso concreto, para incorporarse a Europa[15]. También urge constatar, al conocer el funcionamiento de las instituciones democráticas, la todavía escasa presencia de las mujeres en puestos de poder o de alta representación política[16]. En un Congreso como el que nos ocupa es importante incidir en la Educación de los Derechos Humanos. Como indican Osler y Starkey (1998: 94) necesitamos avanzar hacia la creación de una cultura global de los derechos humanos. Entre otras cosa para garantizar la paz, el desarrollo y la democracia. En especial conviene consolidar la 3ª generación de derechos humanos fundamentada en el valor de la solidaridad.
Las propuestas educativas han de incluir: · Información sobre cada uno de esos derechos · Formación: descubriendo los valores que subyacen su expresión en las distintas culturas, así como estrategias participativas que impliquen el reconocimiento de estos derechos, su defensa o su desarrollo Programas y materiales para el trabajo de los mismos pueden ser los de Llopis (2000) o Beltrán (1996). Otras estrategias específicas asociadas a otras competencias de este primer bloque pueden ser: ¨ El curriculum a partir de problemas de la comunidad[17] ¨ Basadas en el desarrollo de la competencia comunicativa intercultural (Alsina, 1999) ¨ Experiencias organizadas para vivenciar el funcionamiento de instituciones democráticas internacionales (Harper, 1992) Competencias orientadas al desarrollo del juicio criticoDos serían las más importantes competencias a desarrollar en este ámbito: * La asunción de valores propios de la ciudadanía como son la justicia, la participación, la equidad o el diálogo. Un valor que ha sufrido un debate muy interesante es el de la tolerancia ya que su contenido ha variado significativamente con el paso del tiempo. * Las estrategias más frecuentemente utilizadas son las dinámicas de educación en valores * El desarrollo del juicio crítico ante problemas sociales y políticos. Para esta tarea existen muchas estrategias como estudios de casos, juegos de rol, dilemas éticos. (McNegney, Ducharme y Ducharme (ed), 1999; Allen y Stevens, 1998) Nosotros nos inclinamos por actividades que puedan insertarse en la vida cotidiana, empezando por actividades tan sencillas como son el aprender a diferenciar hechos y opiniones, o reflexionar sobre las consecuencias posibles o reales de nuestros cursos de acción. Lo más importante en esta formación del alumnado es que aprenda a formular juicios, no de forma aislada sino de manera grupal, y no atendiendo a los propios intereses sino a los intereses de la comunidad. Ello implica un crecimiento en la responsabilidad social. Sin duda este proceso se complica en colectivos multiculturales. 5.
La participación ciudadana Dada la brevedad de esta exposición no puedo desarrollar esta dimensión a la que ya he hecho referencia al hablar de la ciudadanía activa. Sí que deseo subrayar que ha de articularse con las otras dimensiones. También que debemos saber que una regla fundamental del ejercicio de la ciudadanía es que todos y todas tengan la oportunidad de participar. Para ello se han desarrollado programas que favorezcan el empoderamiento o “empowerment” de los grupos menos favorecidos (Bartolomé y Cabrera, 2000) como señala Sleeter (1991) a través del empowerment personal enseñamos a las personas a utilizar la ley y los procedimientos administrativos correctos para lograr sus propias metas y objetivos, para investigar autónomamente cursos de acción o llevar a término acciones que exigen una situación justa y respetuosa. Desde el empowerment cívico se ayudará al desarrollo de conocimientos, criterios y habilidades para trabajar colectivamente por la justicia social. La formación para la participación desborda con mucho el marco escolar para avanzar en acciones colectivas que utilicen plataformas sociales de participación (ONG’s, asociaciones diversas, comunidades de vecinos, etc) en las que no es posible tomar decisiones o resolver problemas que afecten “a todos” y sean “para siempre” pero si pueden apoyarse pasos significativos que ayuden a algunos, aquí y ahora, sin dejar de estudiar su posible impacto en el futuro. Como señala Cruz (2000: 267) “la acción colectiva es uno de los vehículos sociales más importantes para reconocer la existencia de la ciudadanía”. Quizá el énfasis hoy día no se ponga tanto en el ejercicio formal de ésta (referendos, votos, etc) cuanto en aquellas formas más innovadoras y que pueden cuestionar al mismo poder político institucionalizado. Las ciudades educadoras han canalizado buena parte de esta dinámica sociopolítica, con sus múltiples posibilidades formativas, y también con los retos que en ellas está planteando la multiculturalidad. A modo de ejemplo pueden verse los interesantes trabajos de Vertovec (1998) o el Plan Mundial para la interculturalidad del Ayuntamiento de Barcelona (1997) Finalmente no querríamos concluir sin aludir al importante papel dentro de este amplio movimiento de construcción de la ciudadanía, al desarrollo de escuelas democráticas, escuelas que por su estructura y funcionamiento, supongan un ejercicio práctico de la democracia porque ya su mismo currículum “implica oportunidades continuas de explorar estas cuestiones, de imaginar respuestas a los problemas y de guiarse por ellas” (Apple y Beane (comps), 1997: 34). La clase cooperativa, en la mejor tradición de Freinet, pero desde el enfoque de la formación para la ciudadanía, puede proporcionar un espacio en el que se aprendan las dinámicas participativas y situaciones comunicativas que hacen posible una democracia (a través de Consejos escolares, de la elaboración de leyes y reglas y de su apropiación, así como de la distribución de responsabilidades (Le Gal, 1999). La escuela, en estrecha relación con la comunidad, se convierte entonces en un espacio privilegiado para la construcción de la ciudadanía. Porque, si bien trabaja en el ámbito local prepara al alumnado a abrirse a otras realidades más amplias, transnacionales. Ojalá la construcción de una ciudadanía intercultural y crítica nos permita “dar a cada persona la capacidad de participar activamente, durante toda la vida en un proyecto de sociedad” (Delors, 1996: 65) y trabajar, también incansablemente porque tal capacidad pueda ser ejercida por todos y todas sea cual sea su origen cultural y social, o su género. BIBLIOGRAFIA
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[4] Aunque la educación y la cultura tuvieron un modesto papel en los tratados fundacionales de la Unión Europea, es a partir especialmente del tratado de Maastricht (1992) donde se les asigna un mayor protagonismo en la línea aquí planteada: potenciar el desarrollo de las distintas culturas europeas con el objetivo de subrayar el substrato de civilización común a todos los pueblos reforzando el tiempo la dimensión europea de la educación a todos los niveles. [5] Este término se utilizó por primera vez en el Consejo de Ministros de Educación Europeos de 1976. Existen numerosos trabajos y publicaciones que intentan aproximarse al contenido de esta dimensión europea. Destacamos Barthélemy (1999), Mencia (1996), Ritchie (1997), Consejo de Europa (1999) y Valle (1999). En la obra: Identidad y ciudadanía: un reto a la educación intercultural, ya citada, Mercedes Rodríguez ofrece una interesante reflexión sobre el tema. [6] La importancia del tema había sido puesto de relieve en el informe del grupo de estudio sobre educación y formación: Accomplishing Europe through Education and Training (1996). En la Europa del conocimiento se veía fundamental animar un proceso de construcción y enriquecimiento de la ciudadanía en una sociedad abierta y solidaria de unos para los otros. Se realizó una investigación evaluativa, para conocer cómo las actividades educativas y de formación realizadas a través de los programas de acción de la DG XXII habían contribuido a sentar unas fuertes bases en la práctica de la ciudadanía activa. El estudio se ha realizado teniendo en cuenta los grupos de población a los que se dirigían los proyectos y que reflejan las transformaciones actuales: 1) nuevos sujetos (comunidades de inmigrantes no europeos); 2) viejos sujetos (desempleados, minusválidos, etc); 3) ciudadanos europeos. Los proyectos proporcionara: · Información social, cultural y económica · Habilidades · Identidad · Inclusión En síntesis: este estudio nos ofrece interesantes pistas para cualquier trabajo que pretenda abordar el tema de la formación de una ciudadanía activa. En este informe se habla ya de una ciudadanía intercultural. [7] Sobre el desarrollo de este punto puede verse el capítulo de Flor Cabrera: “Hacia una nueva concepción de la ciudadanía en una sociedad multicultural” en la obra, ya mencionada de: Bartolomé, M y otros. Identidad y ciudadanía un reto a la educación intercultural. Madrid: Narcea (En prensa) [8] Una síntesis de la educación para la ciudadanía desde la perspectiva de género puede verse en: Bartolomé, M.; Cabrera, F.; Espín, J.V.; Marín, M.A. y Rodríguez, M. (1999). Diversidad y multiculturalidad. En Revista de Investigación educativa. Vol. 17, nº2. Pp.277-319. [9] Utilizamos aquí el término “carácter”, dándole la dimensión ética que le otorgan algunos autores cuando hablan de las “virtudes cívicas” que deben caracterizar al “buen” ciudadano o ciudadana y que suponen, por parte de la persona, una implicación o compromiso por desarrollarlas y mejorarlas. [10] Este modelo está siendo trabajado por el GREDI (Grup de Recerca en Educació Intercultural) de la Universidad de Barcelona, que coordina un amplio proyecto europeo en relación con el tema que nos ocupa. [11] Estos modelos, han sido analizados por Angeles Marín en:”La construcción de la identidad en la época de la mundialización y los nacionalismos” capítulo del libro:. Identidad y ciudadanía: un reto a la educación intercultural. Obra cit. Los modelos que hasta ahora han prevalecido son: el modelo de “herencia cultural” y el “constructivista y modernista”. Ambos se han revelado como insuficientes para una Europa multicultural. La autora analiza como alternativa el modelo de ciudadanía múltiple que es en el que nos situamos. [12] Para Walzer (1998) este es el gran reto que tiene planteada la tolerancia en el paso del modernismo al postmodernismo. [13] Recordemos los cinco elementos claves de una pedagogía de la inclusión que hemos desarrollado en la obra anteriormente citada: - El conocimiento mutuo como base - La aceptación como condición - La valoración como impulso - La cohesión social y el desarrollo de personas como horizonte - La ciudadanía intercultural como proceso [14] Existen, como ya he señalado, otros programas interesados en reforzar la identidad europea. Vease Rodríguez Lajo, obra cit. [15] Pensemos en este momento en los grupos extracomunitarios y de forma especial, las minorías procedentes de los países de la periferia que viven en la pobreza y mantienen una gran distancia cultural con nosotros. [16] Sobre la necesidad de trabajar una ciudadanía paritaria véase la interesante aportación de Julia Victoria Espín: Educación, ciudadanía y género en: Identidad y ciudadanía: un reto a la educación intercultural Obra cit. En ella aparecen algunos programas concretos para trabajar esta ciudadanía en el ámbito escolar. [17] Ello constituyó la estrategia principal en el desarrollo del curriculum, desde una orientación basada en los principios de la educación popular, planteada por el Centro Poveda en República Dominicana. Puede verse en Acosta y Bartolomé (1992).
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