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DÉCIMA CONFERENCIA MUNDIAL TRIANUAL

 10 th TRIENNIAL WORLD CONFERENCE

 

Pedagogía de la diversidad: /  Pedagogy of Diversity:

 Creando una cultura de paz  /  Creating a Culture of Peace

 

Calidad de la Educación: personalización educativa y pertinencia social

Conferenciante/Speaker: Dr. Ramón Pérez Juste

Presidente local de la Conferencia
Local Chair of the Conference

 

Madrid (España): 10 de septiembre de 2.001

 


 

Dr. Piyus Swami, Presidente del World Council for Curriculum and Instruction; señoras y señores congresistas:

 

Sirvan mis primeras palabras para, de nuevo, saludar a todos Vds., para darles, también de nuevo, la bienvenida a nuestro País, deseándoles que disfruten de su cordialidad y capacidad de acogida, y para desearnos a todos un Congreso útil y fructífero para nuestro maltrecho y dolorido mundo.

 

Esta conferencia inicial se estructura en tres grandes puntos: en el primero, haré un somero análisis del tema general del congreso, que servirá de marco y trasfondo al de la conferencia; en el segundo –núcleo de mi aportación- analizaré la relación existente entre la calidad de la educación y el tema del propio Congreso; terminaré planteando una serie de principios de actuación pedagógica destinados a conseguir que la actividad ordinaria de los educadores en sus respectivos ámbitos de actuación –familia, aula, centro educativo- se integre de modo natural y armónico en un objetivo de tan alto nivel y de tanto potencial integrador como el de construir una cultura de paz.

 

 

1.               EL TEMA GENERAL DEL CONGRESO

 

Tres son los aspectos objeto de atención: dos conceptos y una idea general. Los conceptos básicos de referencia no son sino los de diversidad y de paz. La idea, la de construir la cultura de paz, algo que hace de tal cultura un objetivo formidable para la educación de cada persona y, por ende, para los sistemas educativos de todos los países.

 

 

Los conceptos: a) la diversidad

 

La diversidad tiene una larga tradición pedagógica, ligada al estudio –y la consiguiente atención y respuesta pedagógica- de las diferencias humanas, tanto individuales como de grupos.

 

La Psicología y la Pedagogía diferenciales están plagadas de estudios sobre el origen de las diferencias, sobre su magnitud y evolución y sobre el grado de superposición cuando las diferencias son objeto de comparación entre grupos, en particular entre sexos, edades, clases  sociales y grupos étnicos.

 

De tales estudios se llega a una clara conclusión: las diferencias no son determinísticas sino estocásticas, por lo que el necesario tratamiento pedagógico adecuado a las mismas no suele ser el de la constitución de grupos diferenciados en cualquiera de ellas sino el la individualización de la enseñanza, con aportaciones como la enseñanza programada, sea la de tipo lineal o ramificado, y, más en profundidad, por recoger la dimensión social del ser humano, la educación personalizada, un concepto muy querido en España, debido a una de nuestras más destacadas figuras: la del profesor V. García Hoz.

 

La atención a las diferencias individuales se abrió a una concepción más amplia y compleja de diversidad, al dar cabida a la de carácter social. Que el origen social de los educandos tiene repercusiones en los intereses, niveles aptitudinales realmente alcanzados, tipo de estudios, calificaciones escolares... no parece que pueda ser puesto en tela de juicio.

 

La respuesta a tal situación, sin embargo, no ha alcanzado el debido acuerdo, habiendo pasado por propuestas de diverso tipo, siendo de destacar la consistente en el diseño e implantación de políticas y programas de educación compensatoria, de aplicación durante los años sesenta (década de 1960 a 1970), destinados compensar los déficits familiares y sociales con los que llegan los niños a la institución escolar y que limitan la eficacia de la misma. Hoy las respuestas tratan de compaginar el evidente y fuerte condicionamiento sociofamiliar con las responsabilidades de la escuela, que debe comprometerse en el diseño de intervenciones que satisfagan las necesidades educativas de quienes viven en situaciones de déficit o de exclusión, en lugar de limitarse a intentar una acomodación de los educandos a propuestas educativas uniformes: es la persona la que debe recibir un tratamiento pedagógico adecuado en lugar de tener que acomodarse a planteamientos académicos estandarizados pensados en función del inexistente “alumno medio”.

 

Probablemente, el concepto de diversidad alcance su máxima complejidad cuando lo asociamos a la idea de cultura, en la medida en que este término viene a referirse a todo un conjunto, debidamente articulado, de elementos relacionados con la forma de pensar, sentir y actuar, ligada a creencias básicas y generales que dan a los diversos grupos culturales un grado más o menos elevado de cohesión. Así entendida, la cultura puede incluir perspectivas propias del género, de la clase social, de los grupos étnicos y hasta de las religiones.

 

En algunos países, dada su incidencia y su compleja problemática, el estudio de la diversidad cultural tiene una fuerte y dilatada tradición en lo referente a la reflexión y el  análisis pedagógico. En otros, como ocurre en España, está empezando a ser objeto de la debida atención como consecuencia de dos importantes hechos: el cambio político, con el reconocimiento de la identidad de las diversas Autonomías, y el paso que se ha producido de ser un país emigrante a serlo de inmigración, con la consiguiente problemática derivada de la coincidencia en un mismo centro educativo de alumnos procedentes de diversas países, razas y religiones. A ello hay que añadir, como consecuencia, la necesidad de hacer de la convivencia fructífera y respetuosa entre culturas un importante objetivo educativo.

 

La diversidad se nos muestra, pues, como un tema de extraordinaria importancia y de necesaria atención en el ámbito de la educación. Sin embargo, a juicio de quien esto escribe, la diversidad trasciende el marco educativo hasta convertirse en un eje directriz para las actuaciones humanas en los diversos ámbitos de convivencia y relación. Y es que la diversidad está ligada a algo de tan radical trascendencia como la dignidad[1] del ser humano, el único que es sujeto frente a un mundo de objetos. Ese carácter de sujeto reclama para sí, demanda y exige de todos los responsables -políticos, religiosos y de la educación- el debido respeto y la correspondiente atención y tratamiento en los respectivos ámbitos de compentencia.

 

La toma en consideración de la dignidad del ser humano sitúa a los sistemas educativos nacionales ante problemas antes no planteados ni, mucho menos, experimentados. Destaquemos, entre otros, los siguientes:

 

¨                Si la educación pretende formar la persona humana en toda su riqueza y profundidad, buscando la unidad de vida en unos valores personalmente asumidos, ¿cómo compaginar el cultivo de la propia tradición cultural con el respeto a la cultura de otros pueblos, llegados a la nación de acogida?

 

¨                ¿Cómo evitar el relativismo moral, posible cuando conviven culturas muy diferentes en etapas evolutivas en que, todavía, no se ha configurado el propio esquema valoral de los niños y jóvenes?

 

¨                De los diversos sistemas de relación entre la cultura de acogida y la originaria de los acogidos, ¿cuál puede ser el modelo adecuado?. Dejando de lado cualquier sistema de racismo y de segregación, ¿se debe ir hacia la asimilación o hacia la integración?. ¿En qué términos se deben establecer tales modelos de actuación?

 

Una luz en el horizonte

 

No obstante tales problemas, es probable –o al menos posible- que, si las cosas se hacen bien, la convivencia de culturas facilitada por los modernos medios de desplazamiento, comunicación e información, pueda ser un elemento fundamental que contribuya a la maduración de la Humanidad, manifestada en el acuerdo, respeto y promoción de unos valores universales por encima de las peculiaridades de razas, etnias y hasta religiones, caminando decididamente hacia la fraternidad universal, tal vez la mejor concreción de lo que, en el lema del Congreso, denominamos cultura de paz..

 

 

Los conceptos: b) la paz

 

La paz no es sólo un profundo anhelo de la Humanidad, es un objetivo de primera magnitud para la acción educativa. En efecto, la paz, en última instancia, no es sino la resultante del compromiso y la vivencia de una serie de valores individuales y sociales de primera línea.

 

De una parte, la paz no es, sin más, lo contrario a la guerra. La guerra no es sino la manifestación más brutal de la falta de paz y en ningún caso debería entenderse ésta como la mera ausencia de aquélla. Cuando los seres humanos llegan a la guerra se han consumado múltiples desafueros, todos ellos ligados a un hecho fundamental: la falta de respeto a la dignidad del otro, sea persona o grupo, merecedor por mi parte de la misma consideración que espero, pido –y a la que tengo derecho- para mi mismo y para el grupo al que pertenezco y con el que me identifico.

 

La guerra, y su origen, esto es, el conjunto de causas que terminan por producirla, cuestan a la Humanidad un sin fin de sufrimientos y desgarros, además de degradar al ser humano al no conceder a los demás, a los semejantes, el estatus que se atribuye a sí mismo sin otros argumentos que el autootorgamiento de una superioridad cuyo único soporte es la desigualdad y la fuerza para mantenerla.

 

La idea: c) contruir la cultura de paz

 

Es por ello que la paz puede, y hasta debe, convertirse en un objetivo de la Educación: no hay que dejar que las cosas sucedan “como tengan que suceder” sino que hay que tomar las decisiones adecuadas para que ocurra lo que se considera positivo que acontezca.

 

La construcción de la paz se convierte así en un objetivo educativo prioritario, de enorme magnitud, al incluir una gran cantidad de metas, todas ellas de gran entidad y potencialidad formativa. En efecto: una cultura de paz no es sino el fruto de valores morales de la mayor importancia, como son los de justicia, solidaridad, libertad o igualdad, superados todos ellos por el de fraternidad universal, que los resume al reconocer al otro idéntica consideración que a uno mismo[2].

 

Pero es justamente por ello por lo que la paz como objetivo educativo comienza por la construcción de la paz interior, la paz de las conciencias, muy ligada al logro de un autoconcepto positivo y equilibrado y a una razonable autoestima: estar en paz consigo mismo es un primer elemento para encontrarse en paz con los demás, sean estos los más cercanos de la familia o la amistad o aquellos otros más lejanos que, incluso, compiten conmigo por el logro de ciertas metas.

 

La paz tiene en su base un profundo respeto a los demás, tal como son, porque, por encima de cualquier diferencia –siempre accidental- se encuentra la esencia,  lo fundamental, que no es sino la dignidad de toda persona, lo que nos hace a todos los seres humanos hermanos y miembros de un grupo universal.

 

Hasta aquí, por tanto, hemos establecido que la creación de una cultura de paz tiene como sustrato el reconocimiento profundo del otro, sea otra persona, sea otro grupo de pertenencia: sexo, generación, nación, etnia, raza, religión. Y, por tanto, debe quedar claro que la tarea pedagógica por excelencia no ha de ser otra que la de construir ese profundo sentimiento y actitud de respeto hacia uno mismo y hacia los demás, en el que cabe el despliegue del enorme abanico de la diversidad, tanto en lo que se refiere a intereses, motivaciones o actitudes como a los valores, sean estos individuales, sociales o culturales.

 

2.               CALIDAD DE LA EDUCACIÓN Y PAZ: ¿ALGUNA RELACIÓN?

 

Como señalaba al principio, el segundo punto de mi reflexión se centrará en la calidad de la educación, un concepto de tanta actualidad como de confusión en su tratamiento; obviamente, nuestro análisis deberá enfocarse hacia su relación con el tema del congreso: la creación de una cultura de paz, dejando al margen otros interesantes enfoques.

 

 

¿Cabe establecer alguna relación entre calidad de la educación y paz?.

 

La respuesta dependerá de lo que entendamos por calidad, dado que, como es sabido, coexisten en la actualidad muchas concepciones diferentes.

 

 

           Algunas concepciones actuales[3]

 

Entre tales concepciones podemos encontrar aquellas que, poniendo de manifiesto la enorme complejidad del concepto[4], obvian su acotación limitándose a enumerar un conjunto de factores que la favorecen, o bien plantean una serie de dimensiones implicadas en el mismo, o bien ofrecen un conjunto de criterios para valorar las diferentes propuestas, o, por último, llegan a estructurar en un conjunto más o menos organizado, unitario y sistemático los factores implicados.

 

Ejemplo del primer caso, los tenemos en nuestro país con la Ley que regula el actual Sistema educativo (LOGSE), en cuyo Título IV se recogen los siguientes factores:

 

¨                            La cualificación y formación del profesorado.

¨                            La programación docente

¨                            Los recursos educativos y la función directiva

¨                            La innovación y la investigación educativa.

¨                            La orientación educativa y profesional.

¨                            La inspección educativa.

¨                            La evaluación del sistema educativo.

 

Por lo que se refiere al segundo enfoque, podemos acudir, también en nuestro país, a la propuesta del Consejo de Universidades para evaluar la calidad de las Universidades, donde, expresamente, se enuncian las siguientes seis dimensiones:

¨                            Las disciplinas académicas.

¨                            La reputación.

¨                            La perfección o consistencia.

¨                            La economía o resultados.

¨                            La satisfacción.

¨                            La organización.

 

Entre las opciones centradas en los criterios de valoración, podríamos reseñar la propuesta del profesor De la Orden Hoz, quien, tras reconocer la diversidad de opciones valorales y culturales que existen en el mundo, propone una concepción de la calidad como un conjunto de coherencias múltiples, reseñando expresamente las de funcionalidad, eficiencia y eficacia[5]. En este mismo apartado podríamos mencionar, aunque su ámbito de aplicación sea el de la evaluación de programas, propuestas como formulada por la profesora R. Fernández Ballesteros[6].

 

Por último, entre las propuestas organizadas, puede acudirse a los “modelos” de calidad, entre los que cabe destacar desde las Normas ISO al recientemente actualizado de la European Foundation for Quality Management, pasando por los subyacentes a los premios Deming –en Japón- o Malcolm Baldrige, en los EE.UU, sin olvidar propuestas más o menos afines como las de Calidad Total (TQM) o la conocida como Company-Wide Quality Control.

 

Sin embargo, a juicio de quien esto escribe, todas estas propuestas abordan aspectos  colaterales –lo que no supone el menosprecio de los mismos- bien como condicionantes –el contexto- bien como medios[7] –por ejemplo, los denominados agentes en el modelo EFQM- bien como manifestación de la eficacia y de la eficiencia de estos para el logro de los resultados. Extremando las posiciones, podríamos llegar a mantener que tales propuestas podrían servir tanto para formar ciudadanos responsables como personas que no respeten los derechos fundamentales de los demás[8], para el cultivo de la autonomía moral o para la más burda de las manipulaciones.

 

En consecuencia, ¿dónde radica la calidad de la educación y, por consiguiente, ese pretendido lazo con la cultura de paz?.

 

 

           Nuestra concepción de calidad de la educación

 

Mi posición, al margen de que sea o no compartida por otros, es clara y nítida: la calidad de la educación está indefectible y radicalmente ligada a la propia entidad del fin y objetivos de la educación, concretados en la formación de las  personas. En definitiva, estamos afirmando que la calidad radica en los proyectos educativos de los sistemas y de los centros educativos o, si se desea, utilizando un término caro a los movimientos de calidad aunque tenga claros y muy dignos antecedentes, en la misión de la institución educativa de que se trate.

 

El problema reside en que la Educación es una realidad humana ligada a las formas de entender realidades más radicales, como el Hombre, la Sociedad, la Naturaleza, Dios... Hay, por tanto, un inevitable trasfondo ideológico, hay filosofía, hay cosmovisión..., o mejor: ideologías, filosofías, cosmovisiones..., con lo cual resulta francamente difícil establecer algo así como criterios únicos, aceptables por todos. Tal vez ello explique el que la OCDE haya rehusado dar una definición, o la toma de posición en tal sentido por parte de otros Organismos internacionales.

 

Esa esa línea se enmarca la posición del ya citado profesor De la Orden[9]:

 

“... los diversos sistemas de valores, las culturas, las ideologías, las actitudes y los intereses de grupos o individuos, se proyectarán en otras tantas caracterizaciones de la educación de calidad. Ello supone que, bajo esos supuestos, el concepto de calidad se podría aplicar a muy diferentes formas de educación”.

 

razón que le lleva a su propuesta de un conjunto de criterios organizados bajo la expresión de un sistema de coherencias múltiples (funcionalidad, eficiencia y eficacia)[10].

 

Hasta tal punto son así las cosas que Ph. Coombs llega a manifestarse a favor de eludir criterios de mayor profundidad y compromiso:

 

“conviene –afirma- quitar a la expresión `aspectos cualitativos´ todo lo que denote una apreciación de valor, y no utilizarla más en su acepción neutra o descriptiva, para designar todos los cambios, sean los que sean, aportados a un sistema de educación, a excepción de los de simple dimensión”[11]

 

Por su parte, el profesor García Garrido, refiriéndose a este tipo de planteamientos que suponen “una renuncia explícita a preguntarse si la educación debería supeditarse a unos valores no relativos sino absolutos, en función de los cuales habría que juzgar los resultados concretos de un sistema de educación”, considera que pueden explicarse en el seno de organismos internacionales dado que deben mantener una neutralidad ideológica; no obstante, concluye afirmando:

 

“pero me pregunto si tal solución lo es en realidad: si sirve para resolver los problemas de fondo que la educación tiene en todos los países de la Tierra”[12]

 

¿Es posible salir de la situación?. En estos tiempos en que la globalización es, a la vez, una amenaza y una esperanza, nosotros creemos que el tema debería ser abordado, y hacerlo al menos a la luz de los grandes principios recogidos en el Derecho Natural y en las Declaraciones Universales, como es la de los Derechos Humanos[13], que represetan importantes puntos de convergencia. La Humanidad es es una realidad con sólidos elementos comunes –la naturaleza humana- lo que debe permitir un progresivo y continuo avance, por encima de los elementos diferenciales, hacia el reconocimiento de los principios básicos, dentro de los que, por su importancia, reclama la debida atención el respeto a la dignidad del ser humano, semilla y basamento de cualquier cultura de paz.

 

Concreción de la propuesta

 

Como acabamos de señalar, para nosotros la calidad radica esencialmente en la naturaleza o esencia de la educación, siendo todos los demás elementos, dimensiones o componentes implicados en los denominados “modelos” de calidad, puros medios y manifestaciones de la misma.

 

Nuestra propuesta consta de cuatro grandes componentes, interdependientes e interrelacionados, si bien con un papel central, nuclear, para el primero de ellos, el único que, por razones de espacio y tiempo, podremos someter a análisis:

 

·                  La concepción educativa.

·                  Los medios y recursos.

·                  Los resultados.

·                  El contexto de la Institución.

 

Una concepción educativa libre de reduccionismos

 

Para los pensadores de la Pedagogía, la educación siempre ha sido una cuestión de gran calado, capaz de afectar a la persona toda; cuestiones diferentes son, y han sido, la asignación de tareas a las diferentes instituciones educativas y, desde luego, la concreción del contenido de las acciones formativas, donde la concepción del Hombre y del Mundo han dado lugar a opciones educativas claramente diferenciadas cuando no enfrentadas.

 

Otro hecho es importante destacar: el reconocimiento de que la esencia del acto educativo, la formación perfectiva del ser humano, de niños y jóvenes en especial, debe acomodarse a las circunstancias del aquí y del ahora, a fin de prepararlos para dar una respuesta satisfactoria y eficaz a los problemas que la vida plantea[14].

 

Desde esta última perspectiva, los cambios –amplios, profundos, acelerados- que ha experimentado la Humanidad en la segunda mitad del pasado siglo XX, son de tal envergadura que se viene dando un elevado consenso en la necesidad de que la educación que se imparta en la institución escolar, incluida la Universidad[15], tradicionalmente centrada en los aspectos meramente instructivos, debe abarcar no sólo la transmisión del saber y la formación intelectual sino que debe afectar al cuerpo –educación física- y a la personalidad toda, caso de las  dimensiones afectiva o valorativa y volitiva. Formación intelectual, educación física, social, estética, ética y hasta religiosa permitirán al ser humano comportarse adecuadamente tanto en su vida indepediente, personal, como en sus relaciones de amistad, de familia o en su condición de ciudadano.

 

En estas condiciones no debería parecer una utopía que los sistemas educativos de calidad se planteen una educación personalizada, donde se atienda a la  persona, a toda la persona, a cada persona, procurando que alcance la mayor autonomía posible en la selección y formulación de un proyecto personal de vida moralmente valioso y la fortaleza necesaria para llevarlo libremente a la práctica.

 

Claro está que si para la selección y formulación del proyecto personal se debe cultivar la autonomía, tanto la intelectual como la moral, a los responsables de los sistemas y de los centros educativos les incumbe la alta responsabilidad de proponerles modelos de formación dignos de tal nombre, y es aquí donde la educación para la paz, con todos los valores morales y sociales que implica, tiene su lugar adecuado.

 

Cualquier proyecto que no se plantee tan ambiciosa meta merece ser tachado de reduccionista, bien por dejar de lado aspectos esenciales de la persona bien por abordarse metas de menor calado y nivel, dejando a los educandos sin la formación necesaria para afrontar los problemas que la vida les planteará.

 

Una concepción de esta naturaleza implica una formación integral, donde las dimensiones intelectiva o cognitiva, emocional o afectiva y de la voluntad se integran armónicamente para lograr que el comportamiento de la persona, de cada persona, esté de acuerdo con el proyecto personal, alumbrado a la luz de criterios intelectuales sólidos y rigurosos, afectivamente valorado como valioso y hecho realidad a través del esfuerzo fruto del compromiso personal.

 

Formación académica de calidad / formación humana integral

 

Es por ello que, junto a la formación académica de calidad, propugnamos la necesidad de plantearse una formación humana integral. La primera se centrará en los procesos de enseñanza / aprendizaje referidos a los ámbitos disciplinares correspondientes a los diversos tipos de estudios, procurando abarcar no sólo los objetivos de adquisición de saberes rigurosos y actualizados sino aquellos que tienen que ver con la formación intelectual y que se relacionan con la formación para la autonomía intelectual, el pensamiento crítico, la innovación y la creatividad, algo que, evidentemente, debe tener serias repercusiones en los procesos metodológicos y evaluativos[16].

 

La formación integral, que encuentra en la formación académica un componente esencial, al que debe integrar y conferir sentido, tiene como referente y como objetivo a la persona y no sólo al estudiante en su dimensión de mero aprendiz, situando su meta en la autonomía moral, que hace a la persona libre y dueña responsablemente de sus propias actuaciones, tal como corresponde a la especial dignidad del ser humano. Obviamente, esta compleja formación trasciende aulas y asignaturas, y requiere el protagonismo, con el debido apoyo académico institucional, de los propios estudiantes, además, claro está, del trabajo cooperativo del claustro de profesores y del apoyo decidido de las familias.

 

Pues bien: es en el marco de la educación orientada a la autonomía moral donde cabe, y debe, incardinarse la educación para la paz, objetivo integrador de un amplio abanico de valores morales, personales y sociales.

 

La persona como criterio básico de calidad

 

Los sistemas educativos no son sino un conjunto articulado de medios –humanos, técnicos, funcionales y materiales- al servicio de los fines y objetivos que los inspiran. En consecuencia, su calidad debe valorarse por su idoneidad para el logro de los mismos

 

Centrando nuestra atención en los fines y objetivos, los responsables de los sistemas deben ser capaces de encontrar formulaciones que hagan compatible  la formación de las personas como individuos con su necesaria dimensión social, ligada a su condición de ciudadanos, comprometidos y solidarios con el desarrollo, promoción, respeto y cultivo de los valores más nobles.

 

La especial dignidad de la persona hace que sea una educación caracterizada como personalizada la que en mayor medida respeta y promueve lo que podemos denominar una educación de calidad. En efecto, una educación así caracterizada reconoce el carácter irrepetible de cada educando, lo atiende debidamente y lo cultiva buscando su máximo desarrollo; respeta su libertad a la hora de darse un proyecto personal de vida -que se desea valioso- mediante la acción perfectiva de las instituciones educativas, y promueve su dimensión social, porque reconoce en ella el marco en que alcanzará su plenitud y por eso es en ella donde su proyecto personal tendrá la ocasión de ser una realidad.

 

La educación personalizada logra sus objetivos cuando la persona que cada ser humano es alcanza los mayores niveles de autonomía moral, gracias a la cual el hombre consigue una aceptable unidad de vida, comportándose de conformidad con lo que piensa y valora como bueno y deseable.


La pertinencia social

 

Si bien una educación personalizada atiende por igual a las dimensiones individual y social de los seres humanos, de cada uno de los educandos, no es menos cierto que tal formación no puede dar la espalda a la realidad social en que, en cada momento histórico, se desenvuelve.

 

Refiriéndose a la Educación superior, la UNESCO manifestó hace algún tiempo[17] que

 

 

la capacidad de esta educación para responder a las necesidades y expectativas de la sociedad depende, en última instancia, de la calidad del personal, de los programas y de los alumnos, pero también de la infraestructura y del ambiente universitario” (p. 9. XV).

 

Tras reconocer la dificultad existente para definir la calidad y de señalar su naturaleza pluridimensional, hace referencia al concepto de “seguro de calidad”, debido a D. Ekong[18], definición que, reconoce, es relativa “y deja la puerta abierta a interpretaciones diversas en cuanto al nivel de exigencia requerido, como consecuencia de la diversidad de funciones y objetivos y también de la influencia de factores contextuales en la elección y operacionalización de criterios de rendimiento”[19], llegando a la conclusión de que “la calidad es inseparable de la pertinencia social”, entendida como la “búsqueda de soluciones a las necesidades y problemas de la sociedad y más especialmente a los relacionados con la construcción de una cultura de paz y un desarrollo sostenible”[20].

 

Quien escribe, aun aceptando estos planteamientos se manifiesta crítico con ellos: como ya he señalado, todo ello no debería ser un obstáculo para trabajar activamente en pro de los elementos fundamentales, comunes a toda la Humanidad, aunque a ello haya que unir, y ahora como un elemento de riqueza, los aspectos propios de la diversidad que adorna al ser humano.

 

Explicitando el concepto de pertinencia

 

El ya citado documento de trabajo La Educación Superior en el Siglo XXI: Visión y Acción, preparatorio de la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior (París, 1.998), editado por la UNESCO, recoge (p. 19) la siguiente cita tomada de otro documento de la misma organización: Documento de Política para el Cambio y el Desarrollo en la Educación Superior, de 1995:

 

“La pertinencia de la educación superior se considera primordialmente en función de su cometido y puesto en la sociedad, de sus funciones con respecto a la enseñanza, la investigación y los servicios conexos, y de sus nexos con el mundo del trabajo en sentido amplio, con el Estado y la financiación pública y sus interacciones con otros niveles y formas de educación”.

 

Los autores del documento hacen notar que la voluntad de pertinencia se hace más necesaria en épocas de cambio. “Entonces más que nunca, la educación superior debe desempeñar un papel fundamental, poniendo todos sus recursos y su espíritu de independencia al servicio de lo que es pertinente para la persona y la sociedad en general”.

 

Y continúa, indicando que ser pertinente es estar en contacto...:

 

¨                Con las políticas.

¨                Con el mundo del trabajo

¨                Con la cultura y las culturas

¨                Con todos

¨                Siempre y en todas partes

¨                Con los estudiantes y profesores

 

culminando su análisis con una afirmación de carácter funcional: “para tender hacia un desarrollo sostenible y armonioso y corregir desequilibrios” (págs. 19-27)

 

Como vemos, en este punto encontramos un claro elemento de apoyo al tema general de la Conferencia que nos ha congregado aquí para que, durante una semana, analicemos las opciones y propuestas que puedan contribuir a esa dimensión activa que aparece en el título: contrucción de una cultura de paz.

 

Antes de analizar estos aspectos, nos referiremos a una nueva aportación del documento de la UNESCO, en concreto aquella que da soporte a lo dicho sobre pertinencia y que toma cuerpo en diez principios axiológicos, que forman un todo indisociable, cuya base no es otra que la universalidad de la educación superior “situada en el espacio y en el tiempo, de acuerdo con la máxima `pensar globalmente y actuar localmente´”. Pues bien, he aquí estos diez principios axiológicos, alguno de los cuales resulta de especial relevancia para nuestro Congreso:

 

 

 

 

La transversalidad de la educación superior supone:

 

¨    El acceso universal para todos los que tienen las capacidades, la motivación (acceso y mérito) y la preparación adecuada en cualquier etapa de la vida.

¨    La utilización de formas variadas de intervención para atender las necesidades de educación para todos y a lo largo de toda la vida.

¨    Una vocación no sólo de enseñar sino también de educar.

¨    Tener una misión de vigilancia y estímulo.

¨    Tener una función ética de orientación en período de crisis de valores

¨    Que desarrolle a través de todas sus actividades una cultura de paz.

¨    Desarrollar redes de solidaridad universal con otras instituciones de educación superior y con otras instituciones de la sociedad.

¨    Desarrollar un modo de gestión basado en el doble principio de la autonomía y la transparencia a la hora de rendir cuentas.

¨    La voluntad de explicitar los niveles de calidad y de pertinencia más allá de los niveles concretos en determinados contextos.

¨    Tener como principio axiológico, último y aglutinador de todos los demás, trabajar por la unidad de los hombres y mujeres en la diferencia y complementariedad solidarias.

 

A mi juicio, las afirmaciones anteriores no hacen sino poner de manifiesto la necesidad de un “nuevo orden educativo”, unas nuevas prioridades formativas. Enfrascada la Humanidad en el progreso del saber, en el avance de la ciencia, hasta llegar a lo que se ha dado en denominar la sociedad del conocimiento, no se ha puesto un parecido empeño en promover aquellos valores que dignifican al ser humano, que le sitúan en un plano de superioridad sobre el resto de seres con los que vive y le sirven, en superar máximas como la conocida de Hobbes: homo homini lupus.

 

El resultado es bien patente: un mundo de violencia donde la guerra causa horribles estragos; un mundo de desigualdades sangrantes, donde algunos carecen hasta de aquello que otros tiran... para que los precios no caigan; un mundo de explotación, donde algunos son desposeidos de su dignidad humana y tratados como animales o como objetos para que sus explotadores puedan tener más poder y dinero; un mundo destrozado, donde la propia Naturaleza sufre las continuas agresiones de aquellos que deberían mimarla, porque hacerlo así es más caro o menos rentable...

 

El ser humano debería pensar si no ha invertido los términos y si con tal inversión ha hecho lo que debía hacer: al poner el saber y el hacer por encima del ser, del bien obrar, ha logrado “avances” que se han vuelto decididamente contra él. En modo alguno pretendo que la institución escolar abandone el cultivo riguroso y la transmisión del saber sino que ese mismo saber esté sometido a principios morales y éticos universales -ligados al Derecho Natural, a la dignidad del Hombre- que permitan su utilización al servicio del bien, de los valores básicos reconocidos en las declaraciones universales.

 

Y para ello no hay que hacer grandes cosas nuevas: simplemente se trata de poner orden y situar la inteligencia y su formación al servicio de los valores morales universales. Una enseñanza destinada a producir el auténtico aprendizaje, el aprendizaje del bien a través de la reflexión y el espíritu crítico sobre el propio saber, su sentido, su utilidad y su utilización. En definitiva, un aprendizaje, un saber comprometido.

 

 

3.               PRINCIPIOS PEDAGÓGICOS DE ACTUACIÓN

 

Las circunstancias del mundo actual –el ahora- y las situaciones tan diferentes de cada país –el aquí- explican, por un lado, la dificultad para plantear soluciones universales pero, por otro, al menos en el contexto del mundo occidental, hacen urgente la toma de conciencia de ciertos principios que, a juicio de quien escribe, demandan actuaciones adecuadas, suficientes, eficientes y eficaces.

 

           Las razones o motivos

 

Sin ánimo de exhaustividad ni pretensión alguna de un mínimo tratamiento, con la sola intención de una sencilla enumeración de acontencimientos y realidades sobresalientes de nuestro mundo, podríamos dejar constancia de algunos de ellos, la mayoría tan recientes como para no haber sido asumidos por el gran público ni para haber encontrado respuestas adecuadas por parte de los responsables políticos y administativos. Señalemos esos acontecimientos.

 

¨                El avance espectacular del saber y la enorme rapidez en su difusión, junto a las facilidades de acceso al mismo a través de las redes de información y comunicación.

¨                Los profundos, amplios y acelerados cambios, derivados con frecuencia de los avances referidos, que afectan a lo más profundo del ser humano varias veces a lo largo de su vida, sin tiempo para asumirlos, para asimilarlos y para reaccionar adecuadamente, dejándole sin las debidas referencias, tan necesarias para encontrar las directrices y la orientación precisa para decidir las respuestas adecuadas.

¨                Las fuertes desigualdades, en aumento en lugar de en proceso de reducción, tanto entre países como dentro de estos y hasta dentro de los grupos sociales, dejando a personas, grupos y hasta países en el marco de lo que se denomina la exclusión social.

¨                Los cambios en la estructura de la sociedad y, en particular, en el ámbito familiar, primer hábitat educativo, con sus repercusiones para el reparto de tareas y funciones educativas.

¨                La globalización, no sólo en los aspectos económicos sino, y tal vez en parte por ello, en los de carácter político, social y cultural, de forma que acontecimientos muy distantes afectan a nuestro diario vivir, a nuestro pensar y a nuestro sentir.

¨                Las nuevas tecnologías de la información y comunicación, que invaden los ámbitos de mayor intimidad, superando cualquier barrera, con su efecto multiplicador y su influencia sobre los sistemas de valores, la relativización de los principios y hasta la difusión de contravalores que ponen en jaque a la misma humanidad.

 

La mayoría de los aspectos anteriores no son en sí ni buenos ni malos; están ahí y esperan del ser humano en unos casos la adecuada respuesta y, en otros, el debido uso: en lugar de su utilización al servicio de principios y valores mezquinos, su uso como medios potentes para el logro de las metas más nobles de la Humanidad.

 

 

Los principios de actuación

 

La pregunta inmediata no es otra que la siguiente: ante estos hechos, recientes, ¿debe la Escuela como institución mantener un sistema como el de los últimos siglos? O, por el contrario, ¿debe introducir cambios notables, y no sólo en los medios sino, también, en sus fines y objetivos? Piénsese que ahora el problema no es el acceso a la información, al saber, a la cultura –al menos en el mundo occidental- sino los criterios para seleccionar esa información, ese saber... para evitar que, como alguien ha dicho, información infinita = información nula[21].

 

La UNESCO ya ha respondido a esta pregunta. En el Preámbulo de la Declaración mundial sobre la Educación superior en el Siglo XXI: Visión y Acción[22] afirma:

 

“Por consiguiente, y dado que tiene que hacer frente a importantes desafíos, la propia educación superior ha de emprender la transformación y la renovación más radicales que jamás haya tenido por delante, de forma que la sociedad contemporánea, que en la actualidad vive una profunda crisis de valores, pueda trascedender las consideraciones meramente económicas y asumir dimensiones de moralidad y espiritualidad más arraigadas”.

 

Esta tan importante como comprometida afirmación se traduce, más adelante, en muchos puntos del documento, entre los que cabe destacar los siguientes:

 

Al hablar de la Misión y de las funciones, señala expresamente la de “formar ciudadanos que participen activamente en la sociedad”; la de contribuir a la comprensión, fomento y difusión de las culturas en un contexto de pluralismo y diversidad cultural; y la de cooperar a la protección y consolidación de los valores de la sociedad.

 

Del mismo modo, en el artículo 2, dedicado a la función ética, autonomía, responsabilidad y prospectiva, se indica expresamente que los establecimientos de enseñanza superior deberían “utilizar su capacidad intelectual y prestigio moral para defender activamente valores universalmente aceptados, y en particular la paz, la justicia, la libertad, la igualdad y la solidaridad”.

 

Por último, en el artículo 6, dedicado a la Orientación a largo plazo, fundada en la pertinencia, se hace saber que

 

“La educación superior debe reforzar sus funciones de servicio a la sociedad, y más concretamente sus actividades encaminadas a erradicar la probreza, la intolerancia, la violencia, el analfabetismo, el hambre, el deterioro del medio ambiente y las enfermedades...”

 

para concluir indicando:

 

 “En última instancia, la educación superior debería apuntar a crear una nueva sociedad no violenta y de la que esté excluida la explotación, sociedad formada por personas muy cultas, motivadas e integradas, movidas por el amor hacia la humanidad y guiadas por la sabiduría”.

 

Aunque de la lectura de estas afirmaciones se desprende una cierta sonrisa benevolente, lo que se está diciendo es algo que, si en cuanto meta tendrá mucho de utopía durante largo tiempo, debería convertirse en un objetivo de primer orden que hará de implicar la concentración de los mejores esfuerzos de las autoridades políticas y educativas, de los responsables de los centros y de los propios educadores. A su logro contribuirá sobremanera la formación de los líderes del futuro, un elemento de primera importancia: si entre quienes han de guíar el mundo en la ciencia, la política, la economía, la cultura,  la religión... predominan quienes se encuentran imbuidos de esos valores, muchos de los problemas del mundo actual comenzarán a encontrar soluciones y se avanzará, con la lentitud que sea, pero se avanzará, hacia la fraternidad universal.

 

 

Algunas ideas matrices para responder a las nuevas prioridades

 

Acabamos de afirmar que la cuestión de fondo no es otra que establecer nuevas prioridades, prioridades que, por otro lado, nunca debieron cambiar o, si es que no cambiaron, nunca debieron ser diferentes: el primado del comportamiento moral sobre el mero avance del saber y del hacer sin unos principios acordes con la dignidad humana a los que servir.

 

La concreción de estas prioridades podría resumirse en los siguientes puntos:

 

1.      Diseño de proyectos educativos orientados a la formación integral de las personas, iluminados por los más elevados valores morales universales.

 

Las propuestas formativas estarán orientadas por los valores reconocidos en las declaraciones universales, entre ellos el de la paz. Junto a ello, guardando la debida armonía y respeto, la riqueza y diversidad de los valores propios de las culturas que conviven en un determinado contexto educativo.

 

La meta de la formación de cada persona se orientará al logro del mayor grado de autonomía personal en la selección, organización, jerarquización, caracterización y compromiso con tales valores.

 

2.      Actividad académica organizada en torno a la formación intelectual y no sobre la mera instrucción y transmisión del saber, destinada al cultivo y desarrollo de la autonomía intelectual de los educandos, como base y fundamento de la autonomía moral.

 

3.      Integración de las dimensiones afectivas y volitivas en los proyectos personales de formación.

 

4.      Incardinación de los centros educativos en su contexto social, tanto para aprovechar las oportunidades de formación como para contribuir a la solución de sus problemas mediante el compromiso social (voluntariado) y el impacto del centro en dicho contexto.

 

5.      Intercambio, presencial y virtual, que facilite el conocimiento mutuo, como base del respeto y la comprensión de las diversas señas de identidad, la cooperación y el compromiso activo con la paz.

 

 

¿Cómo hacer de ello una realidad?. En verdad que la respuesta no está muy alejada de lo que es la verdadera formación intelectual. Los conocimientos pueden ser de naturaleza superficial, puramente saberes “frios”, que en modo alguno comprometen a quien los adquiere, o, por el contrario, afectar también al mundo del sentimiento, del afecto, de forma que aprendamos a gustar, a apreciar, a valorar, aquello que conocemos como bueno, como paso previo al compromiso con lo que tales saberes representan.

 

Con demasiada frecuencia, las formas de enseñanza de nuestras escuelas no permiten -incluso por falta del tiempo necesario- alcanzar esos niveles; nuestros niños aprenden conceptos, datos, cifras, teoremas, leyes... sin llegar a entender en profundidad lo que respresentan y, mucho menos, sin alcanzar a apreciar su signficado, utilidad o valor. Es difícil en esos casos que los niños valoren como positivas ciertas actuaciones sobre el hábitat mientras consideran otras como negativas por perjudiciales o injustas; es difícil que los niños puedan llegar a aceptar o rechazar determinadas actuaciones como solidarias, discriminatorias o justas en el marco de las leyes, de los principios y de las normas; es difícil que en tales circunstancias lleguen a lograr criterios básicos para juzgar lo que está bien y lo que está mal, lo que está acorde con principios universales y lo que va contra ellos..., pero ese es el verdadero saber y no sólo aquel que queda libre de juicios de valor...

 

Esa es una posición tradicionalmente reconocida por los estudiosos, pero que, lamentablemente, no ha tomado cuerpo en los sistemas educativos. Veamos algunos planteamientos al respecto:

 

Ya Augusto Messer, allá por el final del primer tercio del pasado siglo, hacía esta importante afirmación:

 

“La valoración es de importancia excepcional para la educación en tanto que influye, mejor, produce, el apetito y la voluntad. No se da, por regla general, un puro y frío saber del valor; de ahí la importancia de que los valores se vivan sentimentalmente, sean cosa del corazón y nos conmuevan en lo más íntimo” [23]

 

En la  misma línea se manifestaba O.B. Smith al inicio del último tercio del siglo:

 

“... Enseñar un concepto, principio o teoría no sólo es enseñar para su comprensión sino también para una actitud: la aceptación o el rechazo del concepto, principio o teoría como útil, confiable, etc...”[24]

 

O, por el mismo tiempo, McMurrin:

 

“... debemos preguntar si, al ocuparnos en forma tan exclusiva de esta función cognoscitiva de la educación ... no hemos descuidado seriamente otras facetas más importantes y a veces más simples de la personalidad y de la vida, como por ejemplo, los placeres estéticos que se acrecientan con una agudización de los instrumentos de la percepción sensible, o los valores intrínsecos en la apreciación de la poesía y el arte que están a disposición de aquellos cuya educación ha cultivado sus poderes intuitivos y refinado sus capacidades para la simpatía y el sentimiento.”[25]

 

Recurriremos, por último, a un pedagogo español, el profesor García Hoz, cuando, a finales de los años 90, mantenía que

 

 “... el conocimiento alcanza su plenitud sólo cuando llega a todas las zonas de la realidad. Concretamente, el conocer no es sólo representación de lo que una cosa es en su estricta objetividad, sino descubrimiento de su valor y su sentido. No parece difícil aceptar que conocer es penetrar en la realidad a través de sus apariencias, descubrir la verdad y distinguirla del error, aceptar la evidencia y tolerar la incertidumbre, discernir el bien (...)  del mal...”. [26]

 

Claro está que en este tipo de intervenciones, el riesgo de manipulación por parte de los educadores es enorme, y de ahí la necesidad de compaginar dos importantes principios: la ejemplaridad moral de los educadores y la necesidad de que la formación intelectual se oriente, decidida y radicalmente, a la formación del criterio de los educandos mediante una herramienta fundamental: la reflexión, base del espíritu crítico, sin el cual la autonomía intelectual es una entelequia, a la vez que la autonomía moral es un imposible sin lograr niveles aceptables de aquella.

 

Esta es la meta y ese es el camino: la meta: una autonomía moral capaz de permitir a todos los seres humanos un proyecto personal valioso, traducido en una aceptable unidad de vida en la que el compromiso con los valores morales universales sea una realidad plena; el camino: una educación orientada a la autonomía intelectual, mediante una formación sólida que compagine el ofrecimiento de modelos éticamente valiosos con el cultivo riguroso de la reflexión personal para el logro del espíritu crítico.

 

Es por ello que decíamos más arriba que no hay que cambiar tanto: sólo establecer nuevas prioridades, situadas no en el saber sino en un saber al servicio de los valores morales universales.

 

 

4.                CONCLUYENDO

 

Nos hemos reunido en torno a un lema: la diversidad como un reto pedagógico cuya resultante debería ser la cultura de paz, convertida en objetivo de los sistemas educativos.

 

El objetivo es formidable, esto es: según el Diccionario, extraordinario por lo bueno, lo grande, lo importante, lo trascendente..., a la vez que asombroso, muy temible, dada su envergadura y magnitud. Pero los problemas no se solucionan cuando los afectados se quedan pasmados ante su naturaleza y dificultad sino cuando decididamente se abordan con los debidos medios y con el tiempo y la dedicación necesarias.

 

Probablemente, las actuales generaciones no podrán ver un acercamiento razonable a su logro, visto hoy como un lejano horizonte; pero la Humanidad si deberá tener la esperanza de que futuras generaciones puedan verlo más de cerca si los países, los líderes mundiales y nacionales, los responsables políticos y religiosos, los educadores... nos lo proponemos como algo digno de esfuerzo y dedicación.

 

Si así lo hacemos, cada uno habrá cumplido con su responsabilidad; si no, pasaremos a la Historia de la Humanidad como otra generación que no supo poner el acento en el lugar debido, que no eligió bien la meta a la que servir. ¡Que cada uno decida lo que debe hacer en el lugar en que ejerce su responsabilidad!.

 

 

 

Madrid, 10 de septiembre de 2001

Ramón Pérez Juste

Presidente local de la Conferencia



[1] Kant es uno de los filósofos que ha destacado la dignidad del ser humano: toda persona humana es absolutamente valiosa; es valiosa en si misma y nunca debe ser tratada como un medio para...

[2] En el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se lee: “El reconocimiento de la dignidad inherente y de los iguales e inalienables derechos de todos los miembros de la familia humana es es fundamento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo”.

Por su parte, S.S. Juan Pablo II, en relación con tal Declaración, afirma: “En definitiva, la paz se reduce al respeto de los derechos inviolables del Hombre...”. Vid. Redemptor hominis, 1979.

[3] Dejamos de lado las posiciones mantenidas por ciertos autores que, manifestando una gran claridad, reflejan planteamientos difíciles de asumir por quienes ante todo se consideran educadores. Por ejemplo: “La caliad es competitividad” (Vid. SENLLE, A. (1994). Calidad y liderazgo. Barcelona: Ediciones Gestión 2000, p. 17), o “Calidad es satisfacción de las necesidades y expectativas de los clientes” (Vid. LÓPEZ RUPÉREZ, F. (1994). La gestión de calidad en Educación. Madrid: La Muralla, p. 43).

[4] Puede consultarse en ese sentido OCDE (1991). Escuelas y calidad de la enseñanza. Informe internacional. Madrid: Paidós-MEC.

[5] ORDEN HOZ, A. De la (1988). La calidad de la Educación. En Bordón. Número monográfico dedicado a La calidad de los centros educativos, asunto para un Congreso. Vol 40, 2, pags. 149-161

[6] Su propuesta se concreta en los criterios siguientes: La pertinencia (evaluación de necesidades); la suficiencia (centrada en los objetivos y la especificación del programa); el progreso (relacionado con la implantación del programa); la efectividad, la eficacia y  la eficiencia (para la evaluación de los resultados).  Vid. FERNÁNDEZ BALLESTEROS, R. (Edit) (1996): Evaluación de Programas. Guía práctica en ámbitos sociales, educativos y de salud, Madrid: Síntesis, capítulo 2.

[7] Es preciso dejar clara constancia de que los medios en sí ni son buenos ni malos, sino adecuados o no, eficaces o no, relevantes o no, suficientes o no, ...

[8] Ejemplos históricos, y actuales, pueden estar en la mente de muchos de nosotros.

[9] Obra citada, p. 152.

[10]La calidad educativa –afirma- es, pues, un continuo cuyos puntos representan combinacioones de funcionalidad, eficacia  y eficiencia altamente correlacionados, y su grado máximo, la excelencia, supone un óptimo nivel de coherencia entre todos los componentes fundamentales del sistema” (págs. 154 s.)

[11] Vid. BEEBY, C.E. (Comp.) (1970): Les aspects qualitatifs de l´ éducation París: UNESCO.

[12] GARCÍA GARRIDO, J.L. (1981): La calidad de la educación: una aspiración mundial,  en ESCUELA ASTURIANA DE ESTUDIOS HISPANICOS: La calidad de la educación, Madrid: CSIC, Instituto de Pedagogía “San José de Calasanz”, págs. 25-35.

[13] Ibáñez Martín, en la citada obra, afirma: “...donde radica la calidad de la educación es en la calidad objetiva del producto, que no puede enjuiciarse  simplemente en relación con los deseos de la sociedad sino, sobre todo, teniendo en cuenta las exigencias universales de la naturaleza humana”  (La calidad de la Educación desde un punto de vista filosófico, págs. 59-75, en ESCUELA ASTURIANA DE ESTUDIOS HISPÁNICOS, Obra citada). 

Por su parte, la profesora A. Cortina, en  Ética de la Sociedad Civil, propone como alternativa al politeísmo axiológico acudir a aquellos valores que la Humanidad ha ido descubriendo como merecedores de atención,  centrando su atención en los valores humanos de la primera, segunda y tercera generación. “No todas las opciones –afirma- son igualmente respetables” (Madrid, Anaya, 1.994, pág. 41). Para la citada profesora, “una sociedad civil, en la que tiene sentido una moral cívica, es aquella en que conviven ciudadanos que profesan distintas creencias religiosas, ateos, agnósticos, grupos que comparten distintos ideales de vida” (pág. 63).

[14] En una reciente publicación (2001), Red mediterránea. BIE. Evaluación de reformas, se afirma: “...a nadie se le escapa que todas estas tendencias del desarrollo plantean en realidad la necesidad de una profunda reflexión sobre los contenidos y las metodologías educativas para el siglo XXI: ¿qué se tiene que enseñar... ¿Se puede seguir pensando que los sistemas educativos están –como nos enseñó el sociológo Émile Durkheim...- para transmitir a las generaciones más jóvenes el patrimonio cultural de las generaciones adultas?. ¿No quedarán los sistemas educativos totalmente obsoletos y arrinconados como formas institucionales del pasado frente a los cambios acelerados en la producción de conocimientos... [...] La respuesta es obvia: los sistemas educativos y las escuelas quedarán absolutamente fuera de lugar y de época si no se cambian a sí mismos. Podrán, en cambio, jugar un rol fundamental si logran cambiar para estar a la altura de las exigencias de los nuevos desafíos del siglo XXI. Si logran cambiar, si logran dinamizarse y hacerse más flexibles, pero manteniendo la capacidad de construcción de valores muy caros a la humanidad e imprescindibles para que esta pueda seguir viviendo junta, tales como los valores de la vida, de búsqueda de la verda, de solidaridad...”  (p. 20). Vid. BRASLAVSKY, Cecilia.: Los desafíos de la Educación para el siglo XXI. En INCE (2000). Red mediterránea. BIE. Evaluación de reformas. Madrid: MINISTERIO DE EDUCACIÓN, CULTURA Y DEPORTE-UNESCO, p. 20

[15] En esa línea se mueve el documento de trabajo La Educación superior en el Siglo XXI. Visión y acción, preparatorio de la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior (París, octubre 1998).

En la misma dirección va lo que podríamos denominar Misión de la Universidad recogida en la siguiente expresión, conocida como la Carta Magna de las Universidades Europeas, formulada en Bolonia en 1.988: “...una comunidad académica que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad humana y de la herencia cultural mediante la investigación, la enseñanza y los diversos servicios ofrecidos a las comunidades locales, nacionales e internacionales”.

 

[16] El profesor Erik de Corte, de la Universidad de Lovaina, sostiene que deben darse cambios drásticos en el papel del profesor: “En vez de ser la fuente principal, cuando no única, de información, ... se convierte en un miembro `privilegiado´ de la comunidad de construcción del conocimiento...[...] no es simplemente un tema de adquisición de un nuevo conjunto de técnicas de enseñanza, sino que exige un cambio fundamental y profundo  en la actitud y mentalidad del personal docente” (págs. 174 s).  Vid. Nuevas perspectivas en el  aprendizaje y la enseñanza en la educación superior, en BURGEN, A. (Edit) (1999): Metas y proyectos de educación superior, Madrid: Fundación Universidad-Empresa, págs. 155-175.

[17] UNESCO (1995): Documento de Política para el Cambio y Desarrollo en la Educación Superior.

[18] Implica que “todas las políticas, sistemas y procesos van dirigidos a asegurar el mantenimiento y aumento de la calidad de los productos educativos proporcionados por la institución”.

[19] Vid. UNESCO: (1998): La Educación Superior en el Siglo XXI. Visión y acción (documento de trabajo). P. 29.

[20] Ibídem.

[21] Quiero reseñar aquí una anécdota referida a un querido profesor que ya no está entre nosotros. Cuando el profesor Marín Ibáñez, unos meses antes de su fallecimiento, accedió a la Real Academia de Doctores de Madrid (1999), en el marco de sus discurso de entrada, dedicado a Los valores emergentes en el siglo XXI afirmó: al acudir a internet para documentar mi intervención, con dos descriptores, educación y valores, me encontré con... un millón ochocientas mil referencias. ¿Qué hacer en una situación como esa?

[22] Aprobada por la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior. París, 9 de octubre de 1998.

[23] MESSER, A (1934): Filosofía de la Eduación. En Revista de Pedagogía, p. 116.

[24] SMITH, B.O. (1966): Teaching and testing values. Educational Testing Service, págs. 50-59.

[25] McMURRIN. (1967): What tasks for the schools?. En Staurday Review. I, 2, págs. 40-43

[26] GARCÍA HOZ, V. (varios años): Tratado de Educación Personalizada. Madrid: Rialp. 

 

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