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LOS SEMINARIOS DE LA S.E.P.
LA FORMACIÓN DE LOS ESTUDIANTES DE EDUCACIÓN SECUNDARIA LA EDUCACIÓN COMPRENSIVA. EXPERIMENTO CON LA UTOPÍA, ......TRES AÑOS DESPUÉSAntonio
Viñao
Universidad de Murcia La revista Cuadernos de Pedagogía dedicó el número 260, de julio-agosto de 1997, al tema monográfico de “La ESO en la práctica”. Mi colaboración en dicho número se titulaba, por las razones que expondré, “Educación comprensiva. Experimento con la utopía”[1]. Tres años más tarde, en el marco de este curso de verano sobre “La Educación Secundaria Obligatoria a debate.....”, retomo dicho título y procedo a hacer una revisión del tema a la luz de lo acaecido desde dicha fecha, y ya entonces más o menos previsto. En dicho artículo exponía, primero, la diversidad de los orígenes históricos e ideológicos de la educación comprensiva, así como de los modelos a que ha dado lugar (el estadounidense, el soviético, el inglés y el sueco). Pasaba después a dar cuenta, de modo sumario, de las críticas efectuadas, tanto a la idea como a su materialización, desde ideologías o posiciones conservadoras y radicales (es decir, desde la derecha y desde la izquierda), así como de los problemas o cuestiones básicas que plantea su aplicación. Tras esta introducción, de índole general, en la que ya se confrontaba el ideal -¿la utopía?- con la realidad, analizaba, más en concreto, los problemas y contradicciones derivadas de la reforma de 1990 en relación con la Educación Secundaria Obligatoria, para concluir con unas consideraciones sobre la repercusión, a estos efectos, del cambio político que había tenido lugar en 1996, y unas palabras sobre el futuro previsible (escritas sin contemplar, entre los escenarios posibles, el triunfo por mayoría absoluta del partido popular en las elecciones del año 2000) que no me resisto a transcribir: “Profetizar es siempre comprometido. Pero aún a riesgo de equivocarme -ojalá sea así- pienso que la oposición entre la ideología neoliberal y el ideal comprensivo puede conducir, en el caso español, quizás no a la ampliación del bachillerato en un curso más a costa de la ESO, como a veces se ha propuesto -ello requeriría una modificación de la LOGSE, es decir, una ley orgánica-, pero sí, por ejemplo, a introducir programas de garantía social a partir de los 14 años o a establecer en el segundo ciclo de la ESO (14-16 años), o en su último curso, dos vías: una terminal, con predominio de materias y opciones tecnológico-profesionales, y otra, más academicista, que conduciría al bachillerato. Esto
son sólo dos ejemplos de lo que puede hacerse, sin reformar legalmente
la LOGSE, para diversificar, seleccionar y separar curricularmente a quienes
van a dirigirse a la universidad del resto de la población estudiantil.
Si se admite, además, la diversificación de los centros públicos
y privados en función de la oferta educativa que proporcionen, habremos
vuelto, por vía de hecho, al sistema de ramas paralelas. Lo sucedido,
en este punto, con la reforma de 1970 volverá a repetirse. He ahí
como el neodarwinismo social y una malentendida "atención a la diversidad"
habrán terminado no ya con el ideal comprensivo en su doble versión
utópica -crear una sociedad igualitaria, aboliendo, a través
del sistema escolar, las desigualdades sociales- y realista -evitar o amortiguar
los efectos socialmente discriminatorios de la selección temprana
de los alumnos de distinta condición u origen, dando oportunidades
para detectar, recuperar y promover a los alumnos más capaces-,
pero sí con otro de los insuficientes y tímidos intentos
de llevarla a cabo”[2].
Experimento
con la utopía. El porqué de un título
Tres
destacados analistas de las reformas educativas recientes o llevadas a
cabo en el mundo anglosajón en el siglo que termina coinciden, con
diferentes expresiones, en señalar el divorcio entre sus promotores,
los reformadores de la educación, y la historia. Así, Ivor
Goodson, un notable historiador del curriculum, indicaba en 1995 como dichos
reformadores poseen en general “la creencia mesiánica” de que es
posible “una ruptura más o menos completa con la tradición
del pasado”, de que las prácticas y la realidad existentes serán
desechadas sin más, por los profesores y alumnos, y sustituidas
por las que ellos proponen. Más aún, que actúan, al
ignorarlas, como si dichas prácticas y tradiciones no existieran,
como si nada hubiera sucedido antes de ellos y estuvieran, por tanto, en
condiciones de construir un nuevo edificio a partir de cero. Es justamente
la constatación de este hecho lo que le lleva a plantear la necesidad
de romper esa “antipatía existente entre las estrategias de reforma
del curriculum y los estudios y la historia del mismo”[3].
Asimismo,
David Tyack y Larry Cuban, en un libro que lleva por título Tinkering
toward Utopia. A Century of School Reform[4],
comienzan su análisis de las reformas educativas promovidas en Estados
Unidos durante los últimos cien años, señalando cómo
“el carácter a-histórico” de la mayoría de los debates
sobre las políticas de las reformas hace que los innovadores, los
que las promueven,consideren la
amnesia una virtud. Sin embargo, añaden, los reformadores sí
hacen uso de la historia. Lo hacen, conscientemente o no, cuando -al igual
que todos los seres humanos- toman decisiones sobre el presente o el futuro.
Y lo hacen, de un modo explícito, cuando utilizan políticamente
el pasado al mitificarlo como una supuesta edad de oro a restaurar tras
un no menos supuesto “descenso del nivel educativo”, o al denigrarlo como
un funesto legado -el de los reformadores que les han precedido- a erradicar
y borrar[5]. Este
“carácter a-histórico”, esta ausencia de una perspectiva
histórica fundamentada, de una mínima visión retrospectiva,
dicen ambos autores, es la que explica uno de los rasgos que caracterizan
las distintas reformas educativas analizadas: su superficialidad. El hecho
de que sólo rocen, de que se queden en la epidermis del núcleo
básico de la acción educativa compuesto básicamente
por: ·Las
prácticas organizativas institucionales de dicha acción.
Por ejemplo, la graduación y clasificación de los alumnos,
la división del saber en disciplinas independientes, la idea de
la clase como un espacio-tiempo gestionado por un solo maestro, la distribución
y usos del espacio y del tiempo escolares, los criterios de evaluación
y promoción de los alumnos, la jerarquía académica
de profesores y disciplinas, el número de alumnos por aula, la organización
y estructura académica, etc.. ·Los
modos a la vez disciplinarios e instructivos de relación y comunicación,
en el aula y en el centro docente, entre profesores y alumnos y entre los
alumnos. Esta
dificultad de las reformas educativas (entendiendo por tales, en palabras
de los autores, los esfuerzos planificados para cambiar las escuelas, lo
que sucede en el aula y en los centros docentes, a fin de resolver, hacer
frente o corregir los problemas sociales o educativos percibidos[6])
para modificar, pese a sus propósitos, la realidad cotidiana de
la actividad educativa y la vida de los centros docentes, lo que ellos
denominan, la “escuela real”, es asimismo causa y efecto de otros dos aspectos
con ella relacionados: el fracaso relativo de todas las reformas educativas
y la constatación de la existencia de lo que ellos llaman “la gramática
de la escuela”. Las
reformas fracasan no ya porque, como es sabido, todas ellas produzcan efectos
no previstos, no queridos e incluso opuestos a los buscados, no ya porque
originen movimientos de resistencia, no encuentren los apoyos necesarios
o no acierten a implicar al profesorado en su realización; no ya
porque, al aplicarse, se conviertan en un ritualismo formal o burocrático,
sino, además de ello, porque, por su misma naturaleza a-histórica,
ignoran la existencia de la “gramática de la escuela”, de ese conjunto
de tradiciones y regularidades institucionales sedimentadas a lo largo
del tiempo, transmitidas de generación en generación por
los profesores, de modos de hacer y de pensar aprendidos a través
de la experiencia docente, de reglas de juego y supuestos compartidos,
no puestos en entredicho, que son los que permiten a los profesores organizar
la actividad académica, llevar la clase y, dada la sucesión
de reformas ininterrumpidas que se plantean desde el poder político
y administrativo, adaptarlas, transformándolas, a las exigencias
que se derivan de dicha “gramática”[7]. Este
concepto, el de “gramática de la escuela”, guarda claras similitudes
con el de cultura escolar que hemos utilizado y desarrollado en algunos
trabajos a los que remito[8].
En este momento basta indicar que más bien debe hablarse en plural,
de culturas escolares, y que su análisis, en relación con
cuestiones concretas o determinadas -por ejemplo, en relación con
el tiempo y el espacio escolares[9]
o la función directiva en los centros docentes[10]-,
puede ser útil para entender esa mezcla de continuidades y cambios,
de tradiciones e innovaciones, que son las instituciones educativas. Por
lo demás, se trata de un concepto que ha sido también utilizado,
matizado y corregido, de un modo fructífero, en otros trabajos recientes
sobre la historia de la vida cotidiana, las prácticas y la realidad
educativa de los centros docentes y de las aulas en su confrontación
con las teorías y la legalidad educativa[11]. Sea
que se utilice un término u otro, o que se utilicen con uno u otro
significado, lo que importa no es ya que ambos términos generen
un cierto escepticismo sobre la eficacia real de las reformas educativas,
al confrontar su retórica con los hechos, o que muestren el ritual
formalista y burocrático en que degeneran casi todas ellas, en especial
las más ambiciosas, o el poder de los maestros y profesores para
modificar los propósitos o planes de los reformadores, sino que
ofrecen un marco explicativo y de análisis para entender ·cómo,
desde el mundo académico, se aplican y adaptan las reformas; ·cómo,
y por qué, determinados aspectos de éstas son incorporados
más o menos rápidamente a la vida escolar; ·cómo
otros son rechazados, modificados, reelaborados o distorsionados a partir
de esos modos de hacer y pensar sedimentados a lo largo del tiempo, de
esas regularidades institucionales que gobiernan la práctica de
la enseñanza y el aprendizaje y la vida de los centros docentes; ·cómo
puede generarse el cambio educativo y la innovación escolar en las
instituciones docentes; ·y
cómo, en definitiva, éstas son una combinación de
continuidades y cambios. Una combinación sometida a la lógica
de dichas regularidades y a la presión de aspectos externos a la
misma, pero configuradores de ella, como la cultura propia de cada política
educativa y determinados cambios sociales y tecnológicos. Las
consideraciones anteriores, de índole general, no son extemporáneas.
Por un lado, constituyen el marco teórico en el que se inserta el
análisis sobre la implantación de la Educación Secundaria
Obligatoria, es decir, del tema clave de la reforma educativa planteada
de modo oficial en 1987 y legalmente a partir de 1990. Por otro, justifican
el título elegido. Dicho título, en efecto, se tomó,
ya en 1997, del mencionado libro de David Tyack y Larry Cuban, Tinkering
toward Utopia. Hoy, tres años más tarde, vuelvo a utilizarlo,
para expresar la idea fundamental de la cual parte este trabajo: la educación
comprensiva, como la libertad, la democracia o la igualdad, con las que
tantas relaciones tiene, es una utopía, algo siempre en peligro,
en especial cuando se considera alcanzado, que requiere un esfuerzo permanente
y una atenta vigilancia. Algo que constituye el final, la meta, de un camino
erizado de dificultades y obstáculos. Algunos proceden del medio
social en el que la escuela sobrevive. Otros son de índole política.
Otros, por último, proceden del mismo sistema educativo y guardan
una estrecha relación con aspectos estructurales y con lo que hemos
llamado la gramática de la escuela o las culturas escolares. Traducir
la expresión “tinkering toward utopia” no es fácil. Los diccionarios
al uso suelen traducir el verbo “to tinker” por “remendar chapuceramente”
u “ocuparse vanamente en algo”. Un “tinker”, según el diccionario
Longman, sería “alguien que va de un lugar a otro reparando
ollas, calderos, cazuelas, etc.”, y “to tinker” sería “intentar
reparar algo con resultados infructuosos” o “dejar pasar el tiempo, sin
objeto alguno, de un modo improductivo”. Dicho término tiene pues,
en inglés, claras connotaciones negativas que Tyack y Cuban no logran
dejar a un lado cuando califican a los maestros y profesores de “tinkerers”.
El significado que ellos quieren dar a este término no es, sin embargo,
negativo. Lo utilizan para calificarles como “experimentadores” o “adaptadores”
de las sucesivas reformas, que de modo continuo y un tanto irreal -en este
sentido, utópicas- se ciernen sobre ellos, a partir de un saber
propio, generado desde la misma práctica docente, que ellos denominan
“la gramática de la escuela”. O bien, si se prefiere, para considerar
que su actividad se acerca, en este punto, a la de los artesanos del bricolage,
que reparan, remiendan y arreglan por sí mismos, con los elementos
de que disponen, las grandes teorías y propósitos más
o menos irreales de los reformadores[12].
Unas teorías y propósitos generados a partir de intereses,
ideologías, informaciones, mentalidades y exigencias institucionales
muy diferentes, incluso opuestas, a las que se derivan de la práctica
y profesión docente[13].
Ocho
años de reforma (1987-1996) y cuatro de contrarreforma (1996-2000)
Sobre
la reforma educativa iniciada en 1987, la LOGSE de 1990 y la Educación
Secundaria Obligatoria, la innovación más discutida de la
misma, es díficil a estas alturas decir algo nuevo[14].
Una bibliografía, no exaustiva, sobre la LOGSE alcanzaba ya en 1994
los 780 títulos entre libros y artículos[15].
De lo que me interesa hablar, en estos momentos, no es tanto de la reforma
cuanto de la contrarreforma iniciada desde el gobierno central, en 1996,
tras el acceso al poder del partido popular.
En
1997 escribía que el acceso del partido popular al gobierno, un
año antes, había significado el fin de la reforma[16].
Hay quien adelanta dicho fin a la aprobación de la ley Pertierra,
en 1995, a las 77 medidas para la mejora de la calidad de la enseñanza,
de 1994[17],
o a las restricciones financieras posteriores a 1991, e incluso hay quien
dice que la LOGSE nació ya muerta. Sin entrar ahora a considerar
los cambios producidos en la política educativa del gobierno socialista
desde los inicios de la reforma en 1987, es obvio que, una vez ganadas
las elecciones en 1996, era impensable que el partido popular adoptara
una política favorable a una ley y una reforma que se había
aprobado con su voto en contra, cuando, además, desde sus filas
no se ahorraban críticas tanto para la idea de la comprensividad,
como para la configuración e implantación de la Educación
Secundaria Obligatoria. Otra cosa es que, al no disponer de una mayoría
absoluta o de los votos necesarios para modificar dicha ley, se optara
por dinamitar desde dentro la reforma emprendida, dejando que se pudriera
-al menos en el sector público- para, de esta forma, llevar al profesorado
y a la opinión pública al convencimiento gradual de que era
necesaria una contrarreforma o, como prefieren llamar sus partidarios,
la reforma de la reforma. La operación en tal sentido, hábilmente
diseñada, parece haber surtido sus efectos y no encuentra en estos
momentos otros obstáculos que los derivados del necesario consenso
entre el Ministerio y las Comunidades Autónomas que exige, hoy en
España, la aplicación de cualquier política educativa. Hitos
y estrategias de esta operación han sido, en principio, los intentos
de demostrar, a través de las evaluaciones encargadas al Instituto
Nacional de Calidad y Evaluación, las afirmaciones de la entonces
Ministra de Educación y Cultura, Esperanza Aguirre, efectuadas en
1997 desde la tribuna del club Siglo XXI, cuando afirmaba que “la comprensividad
se ha traducido en un descenso generalizado del nivel de conocimientos
de los alumnos, ya que al final la única manera de igualarlos a
todos, es bajando el listón de los conocimientos que deben superar”[18].
El que los resultados ofrecidos por dichos informes no confirmaran tal
afirmación -ni la opuesta-, de un modo general y evidente, no importa.
Lo que importa, a estos efectos, no es como las cosas son, sino como la
gente cree que son. Y, ante la opinión pública, la batalla
ha sido ganada por quienes estiman que el nivel educativo ha descendido
en los últimos años a consecuencia de la LOGSE y, en especial,
de la implantación de la Educación Secundaria Obligatoria. Así,
por ejemplo, en febrero de 1998, un catedrático de universidad,
Jorge de Esteban, publicaba en la prensa diaria un artículo con
el titulo de “Grito de alarma”. En él decía que “había
que lanzar un grito de alarma por el bajo nivel de conocimiento que demuestran
los jóvenes españoles, al acceder a la Univerisdad, respecto
de nuestra lengua y de nuestra historia”. Un bajo nivel apreciable en su
escaso vocabulario, el desconocimiento del significado de las palabras
que utilizan y una “sintaxis propia de Tarzán”. Esta “preocupante
tendencia”, acentuada “en los últimos años”, tendría
varias “causas objetivas”, la primera de las cuales sería la reforma
emprendida en 1990. Su juicio, al respecto, es terminante: “sin duda el
primer gran culpable es el plan de estudios que desde hace años
rige en la enseñanza secundaria. La LOGSE está pensada para
fabricar analfabetos de manera masiva”[19].
Asimismo, el Director de la Real Academia de la Historia decía,
en unas recientes declaraciones, que “la ignorancia” de los jóvenes
actuales era “aterradora” -sin acordarse quizás de la de los jóvenes
de su generación-, y la periodista que le entrevistaba, por sí
misma o a resultas de lo oido, añadía, cuando ese hecho todavía
no se ha producido, que “las primeras generaciones de alumnos de la LOGSE
han llegado a las universidades y los catedráticos de las asignaturas
de Humanidades no dan crédito a lo que ven”[20].
No importa que los alumnos de la LOGSE no hayan llegado todavía
a la universidad para confirmar o no tales apreciaciones. El veredicto
sobre los mismos ya ha sido dictado antes de que lleguen a sus aulas. Ésta
será la profecía que se cumple a sí misma. Columnistas
de prensa, tertulianos, académicos y escritores de todo tipo hablan,
como algo evidente, de la degradación de la enseñanza y del
descenso de la calidad y del nivel educativo. Profesores universitarios
y, sobre todo, de educación de secundaria, se manifiestan en el
mismo sentido en libros y artículos que muchas veces se publican
en la prensa profesional. Cualquiera que lea El Magisterio Español
y Escuela Española, por poner dos ejemplos significativos,
apreciará el creciente predominio, en sus páginas, de artículos
y cartas contrarias a la LOGSE y, más específicamente, a
la comprensividad y a la ESO. Los partidarios y defensores, en público,
de la reforma, son cada vez menos, se baten en retirada y sus argumentos
se estrellan, una y otra vez, contra la dura realidad que sus oponentes
les ponen ante los ojos. En palabras de Juan Salamé, presidente
del Consejo Editorial de la revista Organización y Gestión
Educativa, escritas a modo de presentación del reciente número
monográfico sobre la ESO, “un día sí y otro también
aparecen en cualquier tipo de comunicación opiniones” sobre el tema:
“unas veces a favor, la mayoría en contra”[21]. El
asalto final a la Educación Secundaria Obligatoria tendría
lugar en las Jornadas organizadas por el Ministerio de Educación
y Cultura, en Madrid, del 9 al 11 de diciembre de 1999, sobre La Educación
Secundaria Obligatoria a debate. Situación actual y perspectivas[22].
Tras ellas y junto a ellas las propuestas de contrarreforma, por vía
de hecho, reglamentaria o legal, no se han hecho esperar. En la exposición
que seguidamente haré de las mismas agruparé dichas propuestas
en dos bloques: la de los que adoptan una postura minimalista o moderada
y la de los que piden medidas más drásticas y radicales.
Posteriormente contrastaré ambas posiciones con la del Ministerio
de Educación y Cultura, en su recién anunciada contrarreforma
y con la también recientemente mantenida, en relación con
el tema, por Alvaro Marchesi, uno de los más destacados autores
de la reforma de 1990. Posiciones y propuestas minimalistas o moderadas de contrarreformaLa
postura minimalista o moderada de contrarreforma sería la expuesta
en las mencionadas Jornadas por Eugenio Nasarre, actual Director del Departamento
de Análisis y Estudios del Gabinete de la Residencia del Gobierno
y anterior Subsecretario de Educación durante una buena parte del
Ministerio Aguirre, de quien la separaban no sólo las formas o el
talante, sino también algunos de sus puntos de vista sobre la política
a seguir. Las opiniones y propuestas efectuadas en dicho foro vendrían
a anticipar, por su coincidencia, algunas de las reformas parciales a introducir
en el sistema educativo anunciadas por la actual ministra de Educación
y Cultura en el Congreso de los Diputados,[23].
En
el inicio de su intervención Eugenio Nasarre reconocía, como
un aspecto positivo de la LOGSE, la extensión de la obligatoriedad
hasta los 16 años, hasta el extremo de calificar dicha medida como
“un factor de modernización” de la “sociedad española”[24].
Olvidaba, de este modo, que dicha obligatoriedad se hallaba ya implícita
en la Ley General de Educación de 1970 –aunque no se cumpliera-,
y destacaba como irreversible una disposición legal que, aunque
él no lo dijera, había permitido la extensión de la
gratuidad, con las subvenciones consiguientes, a la enseñanza concertada.
Seguidamente, se pronunciaba en contra tanto de la concepción de
la ESO como una “mera prolongación de la educación primaria”,
como de un modelo de comprensividad de “carácter radical”: A mi juicio si mantenemos un modelo de comprensividad de carácter radical (enseñar las mismas cosas con los mismos objetivos a todos los alumnos en la mismas clases) hasta los 16 años resultará extraordinariamente difícil que en la mayoría de los casos la Educación Secundaria Obligatoria no acabe convirtiéndose en una etapa más de la educación primaria, en una mera prolongación de ésta, con análogos fines y planteamientos. Algunos autores y pedagogos incluso ya preconizan la desaparición de la Educación Secundaria Obligatoria como etapa con perfiles y objetivos diferenciados de la educación primaria en aras de una concepción unitaria de la formación general para todo la población”[25]. Por
último, tras manifestar la inadecuación del modelo actual
de Educación Secundaria Obligatoria, “tal como está diseñado”,
para “resolver satisfactoriamente los retos que tiene planteados”, aboga
por la introducción de una mayor “flexibilidad” en dicho modelo,
mediante “la organización de una diversificación inteligente”
en el segundo ciclo de la ESO, basada en el establecimiento, en el 3º
curso, de bloques diferentes de optativas con un tronco común (el
eufemismo es una de las características de todas las reformas educativas:
lo que se propone aquí son itinerarios disfrazados de optativas
que se agrupan en bloques), y en el 4º curso, de tres itinerarios:
uno científico-humanístico, para quienes vayan a dirigirse
hacia alguno de los bachilleratos; otro, tecnológico, para quienes
vayan a cursar alguno de los ciclos formativos de grado medio; y otro técnico-práctico,
para los que a corto plazo se dirijan al mundo laboral. Todo ello combinado
con la “potenciación de las materias instrumentales básicas”,
en especial de la Lengua, las Matemáticas y las Humanidades[26]. Posiciones y propuestas de contrarreforma más drásticas o radicalesEn
este epígrafe expondré, sobre todo, las propuestas efectuadas,
en las mencionadas Jornadas, por Antonio Jimeno Fernández, con algún
añadido procedente de las intervenciones de otros dos profesores
con destino en centros de educación secundaria -, Manuel Montero
Vallejo y Felipe José de Vicente Algueró- y una profesora
-Mercedes Ruiz Paz- de un colegio de primaria:[27]
·Establecimiento en el segundo ciclo de la ESO de agrupamientos por “capacidades e intereses”, otro eufemismo para referirse a los agrupamientos en función del rendimiento académico. ·Establecimiento de itinerarios diferenciados en el segundo ciclo según que el destino posterior del alumno vaya a ser el bachillerato, los ciclos formativos de grado medio o elmundo laboral. O bien, como “posibilidad más sencilla y tajante, solicitada a voces”, la ampliación del bachillerato en un curso[28]. ·Creación
de aulas-taller o pre-profesionales, en el segundo ciclo de la ESO, para
aquellos alumnos que haya que orientar hacia el primer trabajo y que, por
ello, precisen el aprendizaje de oficios o pre-oficios. ·Modificación
del sistema de evaluación suprimiendo la promoción automática
de curso. ·Un
nuevo decreto de derechos y deberes de los alumnos que dé más
poder y facultades a los consejos escolares de centro. ·Creación de “aulas externas” de escolarización, en centros especiales de “estancia transitoria” para alumnos “cuyo comportamiento precisa un grado de corrección especial que difícilmente puede proporcionarles un centro educativo corriente”[29] o que “ya han cruzado el umbral de la delincuencia o están a punto de hacerlo[30]”. En palabras de Mercedes Ruiz, frente al alumno “sistemáticamente indisciplinado, gamberro o insociable”, con el que han fracasado todos los “experimentos de integración” o “incorporación al sistema ordinario de educación,....parece necesario ampliar el concepto de Educación Especial al tratamiento de deficiencias profundas de índole social”[31]. ·Nombramiento de “auxiliares de docencia” en los centros (al estilo de los “aide-éducateurs” franceses) para funciones de vigilancia y guardia en patios, lavabos y durante el mediodía -si los alumnos permanecen en el centro docente-, control de entradas y salidas de los alumnos, organización de actividades no académicas, y tareas de vigilancia en general. Para tales puestos podrían ser nombrados jóvenes en paro. Con esta propuesta lo que se persigue no es sólo afrontar el problema de la creciente indisciplina y violencia en los centros, sino también hacer que el personal docente se dedique sólo a las tareas académicas. En palabras de José Vicente Algueró,
“Los profesores y profesoras han sido degradados a asistentes sociales
más o menos cualificados. Recobrar su función en el conjunto
del sistema educativo es una tarea pendiente. Su tarea no es la de poner
orden en aulas heterogéneas y conflictivas. Es enseñar.”[32] ·Establecimiento
de una prueba oficial final, al término de la ESO, para acceder
a los bachilleratos o ciclos formativos de grado medio. Dicha prueba, a
realizar en los centros docentes, pero por profesores de otros Institutos
(al modo de las reválidas -aunque esta palabra no se mencione- del
plan de 1953), ofrecería mayor dificultad o exigiría mayor
nota a aquellos que accedierana
algunos de los bachilleratos. ·Normalización
de las relaciones entre las administraciones educativas y las asociaciones
de profesores de enseñanza secundaria mediante la consideración
de éstas como los “interlocutores válidos” en todo lo relativo
a “planes de estudio, contenidos de las materias y niveles de exigencia”.
Con esta propuesta se busca evitar tanto la ingerencia en estas cuestiones
de los sindicatos, “expertos” en “la defensa de los derechos laborales
del trabajador” y no en estos temas, como el agrupamiento de los profesores
de primaria y secundaria con la consiguiente aplicación, debido
al mayor número de estos últimos, de criterios educativos
y de gobierno propios de la enseñanza primaria a los centros y actividad
académica de los de secundaria[33].
Posición
y propuesta del Ministerio de Educación y Cultura
La posición del Ministerio de Educación y Cultura, expuesta
en el Congreso de los Diputados, puede calificarse de intermedia entre
la minimalista o moderada de Eugenio Nasarre y las anteriormente sintetizadas,
de índole más radical. De la primera toma todos sus planteamientos
en relación con la diversificación en el segundo ciclo de
la ESO (bloques de optativas en 3º curso, que implican itinerarios
disfrazados, e implantación de tres itinerarios distintos en el
4º curso con las denominaciones y salidas ya expuestas) y la potenciación
de las materias consideradas instrumentales. De las segundas, no se pronuncia
sobre la mayor parte de ellas -ni las rechaza, ni las asume-, pero sí
anuncia la supresión de la promoción automática, es
decir, con un determinado número de asignaturas pendientes, y la
elevación de la “consideración social” del título
de graduado en educación secundaria ¿Cómo? Dificultando
su obtención -aunque no se concrete el procedimiento-, y haciendo
que a los ciclos formativos de grado medio se pueda llegar a través
de una prueba específica desde los programas de garantía
social o desde el mundo laboral. Es decir, reservando el itinerario humanístico-científico
en el segundo ciclo de la ESO a quienes van a dirigirse al bachillerato;
o, si se prefiere, estableciendo, de hecho y legalmente, dos ramas paralelas
a partir de los 14 años: una, para los alumnos ya mencionados y
otra para los que van a seguir cursos de formación profesional,
bien en sus niveles más elementales -garantía social-, bien
en otros más cualificados -ciclos formativos de grado medio-[34].
Posición
y propuestas de Alvaro Marchesi
La
reciente publicación de un libro sobre las principales “controversias
en la educación española”, obra de Álvaro Marchesi,
uno de los más destacados autores de la reforma de 1990 y responsables
de su aplicación durante la etapa del gobierno socialista, permite
contrastar sus opiniones sobre las correcciones a introducir, tras cuatro
años de gobierno del partido popular y nueve de aplicación
de la reforma, con las anteriormente expresadas. Su posición sería,
pues, la de aquellos partidarios de la LOGSE a los que el proceso de aplicación
de la misma les ha hecho, en unos temas, reafirmarse en sus posiciones
de partida y, en otros, matizarlas o reconsiderarlas proponiendo alguna
corrección.
En
contraste, por ejemplo, con algunas de las propuestas anteriores, Marchesi
considera
“clave para asegurar que la diversidad no va en detrimento de la igualdad
[es] que todos los itinerarios y programas que se establezcan durante la
educación secundaria obligatoria conduzcan a la titulación
básica y no impidan ninguna opción posterior”[35]. Ésta
parece ser, a su juicio, la cuestión esencial: que la atención
a la diversidad no ponga en cuestión la comprensividad. Afirmado
este principio general, el problema radica en cómo concretarlo;
es decir, en cómo resolver los problemas derivados de la aplicación
de la comprensividad en el caso español una vez desechado el recurso,
utilizado en el modelo anglosajón, de agrupar a los “alumnos por
capacidad” o de introducir “programas específicos separados desde
los catorce años”[36].
Y aquí es donde lo que se propone es o bien lo ya dicho en la LOGSE
-por ejemplo, la elaboración de “un proyecto educativo y curricular
que sea sensible a la diversidad del alumnado”-, o nuevas medidas que complementan,
matizan o corrigen las contenidas en la misma: ·Ampliaciones
complementarias de la LOGSE que no implican correcciones de la misma serían,
por ejemplo, la reducción del “tamaño de los institutos de
secundaria” o el que “todos los centros sostenidos con fondos públicos
se comprometan en la escolarización de los alumnos con mayores problemas
o riesgos de abandono” -sin que, en este caso, se concrete cómo
llevar a cabo dicha política-[37]. ·Una medida complementaria y en algún caso correctora de la LOGSE sería el establecimiento de “condiciones específicas para los centros que escolaricen un porcentaje importante de alumnos con riesgo de fracaso escolar”. Condiciones tales como la reducción a 20 del número máximo de alumnos por aula , la ampliación de los departamentos de orientación, el incremento de los gastos de funcionamiento, la incorporación de trabajadores sociales para colaborar en programas de educación familiar, el apoyo especial a los profesores y la reducción de sus horas de clase a fin de poder dedicar más tiempo a las de tutoría y al trabajo en equipo. Unas medidas en su día ausentes en el proceso de aplicación de la reforma, por razones sin duda presupuestarias, cuya demanda actual por quien fue uno de los máximos responsables de la misma, evidencia el reconocimiento de su necesidad y, por tanto, de la imprevisión o irresponsabilidad con la que se acometió. ·Medidas, por último, que implican correcciones de la LOGSE -y el reconocimiento, asimismo, de algunos de los problemas generados en su aplicación- serían la posibilidad de que los centros docentes pudieran ofrecer: -“Dos
programas de diversificación a partir del segundo ciclo de la ESO:
uno para los alumnos con retrasos en sus aprendizajes” y otro “para aquellos
alumnos más desmotivados”. Ambos deberían “compartir algunas
áreas con el resto de los alumnos” y obtener “la titulación
básica” siempre que alcanzaren “los objetivos previstos en estos
programas”. -El
establecimiento por cada centro en función de sus características
y posibilidades -y no por reglamentaciones administrativas-, de “itinerarios
formativos” en el último curso de la ESO “a partir de las áreas
y materias optativas”, es decir, de bloques de optativas que impliquen
itinerarios posteriores diferentes[38]. En
síntesis, las propuestas anteriores no implican una modificación
sustancial del modelo de educación comprensiva diseñado por
la LOGSE. Lo más que puede decirse de ellas es que constituyen ampliaciones
complementarias o correctoras del mismo planteadas como consecuencia de
una realidad que está ahí y que no puede negarse. Una realidad
previsible y, al parecer, imprevista cuyos aspectos más destacables
son la cada vez más extendida y fuerte oposición de unos
profesores que sólo desean poder realizar su tarea tal y como saben
o consideran que deben hacerla[39],
y el elevado número de los llamados “objetores escolares” y su concentración
en unos centros determinados. Una realidad que se opone a la utopía.
La escuela, como reza el título de un libro de Jaume Carbonell,
siempre oscila “entre la realidad y la utopía”[40].
Lo que sucede, en este caso, es que, como mostraré a continuación,
la primera ha hecho saltar en pedazos, desprestigiándola hasta no
se sabe bien cuando, a la segunda. Acerca de la realidad. Límites, dificultades y problemas de la reforma de 1990 Toda
reforma educativa, que merezca tal nombre, es un experimento con y hacia
la utopía -y por lo general con la ucronía-. Dicho experimento
ha de enfrentarse a la realidad, algo muy diferente y mucho más
complejo que la tarea de diseñar y pasar a texto legal o doctrinal
los objetivos, disposiciones y cambios a introducir a consecuencia de la
misma. Resultado de esta confrontación e interacción entre
realidad y reforma son, entre otros aspectos, los efectos imprevistos,
la diversidad de interpretaciones y adaptaciones a contextos diferentes,
el surgimiento de resistencias, apoyos y oposiciones y el ritualismo en
su aplicación. En suma, un proceso de desvirtuación y modificación
-al ponerse en contacto con los límites y dificultades que la realidad
impone- de aquellos rasgos originales con que la reforma fue concebida
y programada. ¿Qué
limites y dificultades ha hallado o producido la LOGSE, y más en
concreto la Educación Secundaria Obligatoria, en su implantación?
¿Qué problemas ha generado y cuáles son ajenos a ella,
aunque la condicionen?. En su análisis distinguiré entre
aquellos límites o dificultades internas, que proceden del mismo
diseño o aplicación de la reforma, y externas, originadas
con independencia de la misma.
Límites
y dificultades internas derivadas del marco legal de la reforma
La
misma configuración legal de la reforma, en lo que a la ESO se refiere,
y su implantación o aplicación, han sido el origen de una
serie de consecuencias, no siempre previstas, que en unos casos han desvirtuado
sus objetivos y, en otros, han generado problemas y dificultades que, al
menos en parte, explican la oposición a la misma de muchos profesores
y el debilitamiento de los apoyos con que contaba inicialmente[41]. Es
difícil saber si la ausencia de una ley de financiación -como
sucedió con la reforma de 1970- o la no provisión de los
fondos necesarios para su aplicación en el tiempo previsto para
ello, fue una imprevisión o una situación prevista y, pese
a ello, asumida sin más consecuencias. Voces hubo, en todo caso,
que reclamaron dicha ley o que llamaron la atención sobre los problemas
que acarrearía una financiación insuficiente. Lo que sí
parece ser que no se tuvo en cuenta o no se previó fue la configuración
contradictoria de la ESO como etapa educativa, su híbrida naturaleza
legal. Como
ya señalé en otros trabajos, la naturaleza híbrida
de la ESO, su indefinición como etapa o nivel educativo, su doble
configuración como educación obligatoria, básica y
común (a semejanza de la educación primaria de la que, en
este sentido, es una clara continuación) y, al mismo tiempo, como
una etapa más de la educación secundaria, junto a los bachilleratos
y los ciclos formativos sólo podía ser fuente de conflictos
y problemas[42].
La contradicción lleva al contrasentido que supone que la ESO haya
de ser impartida por unos profesores (los de secundaria, pues la presencia
de maestros en el primer ciclo de la misma se veía como una excepción
a la regla) que al mismo tiempo eran los encargados de impartir el bachillerato
o los ciclos formativos, dos tipos de enseñanza radicalmente distintas
de la ESO por su naturaleza no obligatoria ni comprensiva. Las consecuencias
eran previsibles: el profesorado de secundaria rehuye dar clases en la
ESO y deja dichas enseñanzas, siempre que puede, a los maestros
o a los profesores interinos. Ni su mentalidad, ni su tradición
o cultura académica, resultan adecuadas -con todas las excepciones
que quieran hacerse- para esta etapa educativa. Los maestros, por el contrario,
suelen adaptarse mejor a ella. La
contradicción ha generado asimismo otro contrasentido relacionado
con el anterior: sea porque la ESO es impartida en algunos casos por maestros
destinados en Institutos de secundaria, sea porque sigue impartiéndose
en colegios de primaria (al no haberse construido los edificios que exigía
el cambio en la estructura del sistema educativo que implicaba la reforma),
el hecho es que en la actualidad hay dos grupos de profesores (de secundaria
y de primaria) que imparten el primer ciclo de la ESO, en ocasiones en
los mismos centros docentes. Esta es otra fuente de conflictos, en especial
si, como sucede, a la pertenencia a dos culturas académicas diferentes,
se une el hecho de que unos (los de primaria) tienen un horario lectivo
más recargado, o sea, más horas de clase, una retribución
inferior y unas menores posibilidades académicas en el centro que
otros (los de secundaria). El resultado es paradójico, por no decir
esperpéntico: realizando la misma tarea, aquellos que tienen más
horas de clase, perciben un salario inferior y tienen recortada su promoción
académica en el centro docente. Al
optar la reforma por el cambio de las estructuras del sistema educativo
necesariamente tenían que producirse dificultades y problemas derivados
del paso de la antigua estructura a la nueva. Todo cambio estructural genera
incertidumbre en el profesorado, un largo proceso de adaptación
y una reordenación de la red de centros docentes. En cuanto al profesorado,
en la educación secundaria han venido a coincidir los antiguos profesores
de bachillerato (de los que unos son catedráticos y otros no), los
de la extinta formación profesional (de los que unos impartían
materias equivalentes a las del antiguo bachillerato y otros disciplinas
de índole tecnológico-práctica) y aquellos maestros
que, reuniendo las condiciones prescritas, han optado por incorporarse
al primer ciclo de la ESO. Todo ello implica un profesorado con orígenes,
formación y tradiciones académicas diferentes. De ahí
que se haya planteado, en ocasiones, si no hubiera sido preferible (al
estilo de lo que sucede en la secundaria inferior francesa, que se imparte
en los collèges) configurar un cuerpo específico de
profesores para la ESO. Una cuestión que, a su vez, guarda relación
con la inadecuación entre los objetivos de la reforma, la actual
división del profesorado en cuerpos y categorías, y, sobre
todo, sus modos de formación y selección. Por
lo que respecta a la red de centros docentes, en lo que al sector público
y la enseñanza secundaria se refiere, basta indicar la diversidad
actual de situaciones posibles para entender los problemas derivados del
cambio estructural que ha supuesto la reforma: 1) Colegios de primaria
con primer ciclo de la ESO; 2) Institutos de secundaria con solo la ESO;
3) Institutos de secundaria con solo el 2º ciclo de la ESO; 4) Institutos
de secundaria con ESO y bachillerato; 5) Institutos de secundaria con ESO,
bachillerato y ciclos formativos; 6) Institutos de secundaria con solo
bachillerato; 7) Institutos de secundaria con bachillerato y ciclos formativos;
y 8) Institutos de secundaria con sólo ciclos formativos. Esta situación
legal, que no se produce en los centros privados, complica sobremanera
la situación, dificultando a la vez la conexión entre los
centros de primaria y los de secundaria y la transición de los alumnos
desde un nivel o tipo de enseñanza a otro. Límites
y dificultades producidas por el modo de aplicación de la reforma Con
independencia de las dificultades derivadas de la configuración
legal de la ESO, su aplicación generó otros problemas adicionales. En primer lugar, la ESO está siendo impartida en dos tipos de centros (públicos y privados) con características muy diferentes. Estas diferencias explican el hecho de que, en general, los centros privados hayan aceptado la reforma sin que su implantación haya generado algunos de los problemas producidos en los centros públicos o una oposición a la misma. Ha sido en la enseñanza privada donde antes se ha aplicado la reforma, donde menos problemas ha planteado y donde menos críticas ha recibido. Las
razones son obvias. La extensión de la obligatoriedad y de la comprensividad
hasta los 16 años implicaba la correlativa ampliación de
los conciertos hasta el curso académico al que correspondiera dicha
edad; es decir, desde el antiguo 8º de la Educación General
Básica (14 años) hasta el 2º de la ESO (16 años).
Ello ha contribuido a consolidar muchos centros privados haciendo gratuitos
dos años más de escolaridad en los mismos. Además
los centros privados, como se ha indicado, ofrecen, a diferencia de los
públicos, una oferta educativa que cubre desde la educación
infantil hasta el bachillerato. No tienen los problemas que tiene la enseñanza
pública para coordinar y conectar la enseñanza primaria con
la secundaria, al impartirse ambas en el mismo centro docente. Por si ello
no fuera suficiente, los centros privados disponen de instrumentos o vías
directas (legales) o indirectas (no previstas legalmente) para seleccionar
a sus alumnos. En consecuencia, el porcentaje de alumnos retrasados, torpes,
lentos o conflictivos matriculados en los mismos es mucho más reducido.
Por decirlo en otras palabras, la mayoría de los centros privados
-no todos- pueden, por una u otra vía, eliminar a los llamados “objetores
escolares” o, simplemente, a los de bajo rendimiento; los centros públicos
no puede. Si un alumno, por su alto nivel de conflictividad, es expulsado
de un centro público, la administración educativa ha de buscarle
necesariamente otro centro público, y si un centro público
pretende desprenderse de alumnos con bajo rendimiento académico,
que requieren mayor atención o adaptaciones específicas,
lo único que conseguirá, en el caso de que pueda hacerlo,
es trasladar el problema a otro centro público. El resultado es
la concentración en los centros públicos de los alumnos retrasados,
lentos, necesitados de atención especial o conflictivos; es decir,
la negación de la comprensividad mediante el establecimiento de
dos redes: una que no puede, aunque quiera, seleccionar a sus alumnos y
que cuenta, por tanto, con una población estudiantil muy heterogénea;
y otra que dispone, si quiere, de medios para hacerlo y acoge, en consecuencia,
una población estudiantil menos heterogénea. En realidad
la calificación de comprensiva sólo puede aplicarse a la
primera, no a la segunda, y, como consecuencia, tampoco a la totalidad
del sistema así configurado. En
segundo lugar, la Educación
Secundaria Obligatoria se ha implantado de modo acelerado en los centros
públicos. El último calendario de aplicación aprobado,
tras varias rectificaciones del mismo, preveía la generalización
del primer año en el curso 1996-97 y su implantación general
y definitiva en el curso 1999-2000. Cambios políticos previsibles
aconsejaron, quizás, la anticipación de la que era la etapa
crucial de la reforma. La "conflictividad" producida por el desconocimiento
de los "criterios" que decidieron esta "implantación anticipada",
la "ausencia" en muchos centros "de especialistas en las plantillas" para
poder "ejercer las opciones previstas", la carencia de instalaciones adecuadas,
la no existencia de equipos psicopedagógicos y la desinformación
de los profesores fueron algunas de las deficiencias advertidas por el
Consejo Escolar del Estado en su Informe sobre el curso 1994-95.
Todo ello en un contexto, como decía este alto organismo, de "limitaciones
presupuestarias, restricciones del gasto público en educación"
y "ausencia de una ley específica de financiación" que hizo
que, en muchos casos, los centros docentes de secundaria y sus profesores
vivieran dicha implantación más como una imposición
que como un privilegio[43].
Límites
y dificultades externas al sistema educativo
Rara
vez se ha hablado de las dificultades encontradas por la reforma en su
aplicación como consecuencia de hechos o procesos externos a la
misma. Cada vez, sin embargo se habla más de ello. Sobre los límites
y dificultades procedentes del ámbito de la política, a consecuencia
del cambio gubernamental tras las elecciones de 1996, ya indiqué
como dicho cambio significó, desde esta perspectiva, el fin de la
reforma. Aquí sólo me referiré a aquellos límites
y dificultades que son consecuencia de hechos o procesos sociales.
En
un texto reciente, ya aludido, Juan Salamé señalaba como
también en Francia, donde “el ciclo 11-15 años está
en los collèges, centros educativos con identidad propia
diferentes de las escuelas primarias y de los lycées....tienen
los mismos problemas que nosotros” en los Institutos de secundaria. ¿No
será, se pregunta, “que
la sociedad cuenta con agentes externos a la educación que hacen
muy difícil su labor, tanto del profesorado como de los equipos
directivos y de los padres, y se nos deja solos ante el peligro y como
responsables, junto a la LOGSE, de todos los ‘males y fracasos’ que dicen
que padece un alto porcentaje de adolescentes"[44]. Otro
argumento que apoya esta tesis vendría proporcionado por quienes
piensan que, en efecto, se ha producido en los últimos años
un descenso del nivel académico o calidad de la enseñanza
-así medida- cuyo inicio se retrotrae, en algunos casos, a la Ley
General de Educación de 1970, aunque se haya agudizado tras la reforma
de 1990. Puesto que esto se dice desde antes de que la primera generación
de alumnos de la ESO llegara al bachillerato o a los ciclos formativos,
y cuando aún no ha llegado a la universidad, es obvio que, con independencia
de que dicha afirmación pueda hacerse o no en el futuro, la causa
no estaría en la nueva estructura o configuración del sistema
educativo, en la reforma de 1990 o en dicho sistema, sino, al menos en
parte, fuera del mismo. ¿Cuáles
serían estos aspectos o cambios sociales, externos al sistema educativo,
que condicionan su funcionamiento y eficacia?. De entre ellos he elegido
tres que, a mi juicio, no sólo constituyen serias limitaciones para
la realización de esa utopía que es la educación comprensiva,
sino que, además, suponen nuevos retos y problemas para los profesores,
en especial para los de educación secundaria[45]. Uno
de ellos, de índole general, es el que se refiere a las relaciones
entre comprensividad y estructura social. La aplicación del ideal
comprensivo halla menos dificultades allí donde existe una menor
heterogeneidad, diversidad o desigualdad social y viceversa: a más
heterogeneidad, diversidad o desigualdad la realización halla más
dificultades para llevar a la práctica una educación comprensiva.
La pregunta que a este respecto habría que hacer es si se han incrementado
o no las desigualdades sociales en España en la última década.
No si, desde el punto de vista macroeconómico, ha aumentado o no
el producto interior bruto o la renta per capita, sino si, con independencia
del incremento de ambas magnitudes, han disminuido o aumentado, como parece,
las desigualdades sociales y, en especial, las educativas. O bien, si el
grado de diversidad y desigualdad existente en la sociedad española
-y los mecanismos o vías por las que ésta se produce- es
tal que limita, de hecho, la realización del ideal comprensivo.
Una respuesta positiva a esta cuestión nos haría ver el contrasentido
que supone el intento de configurar una educación secundaria integrada
o comprensiva sin actuar al mismo tiempo sobre los mecanismos sociales
y económicos -en especial fiscales- que generan desigualdad. Los
otros dos aspectos sociales que, a mi juicio, condicionan negativamente
el funcionamiento del sistema educativo -en especial de la educación
secundaria-, la actividad docente y el rendimiento académico de
los alumnos, han surgido o se han acentuado en la última década.
Me refiero a dos cambios socio-culturales que afectan a la estructura mental
y hábitos de la población estudiantil: la presencia de nuevas
generaciones con lo que podríamos llamar una mente televisivo-publicitaria
y unos hábitos de vida cuyos ritmos biológicos no casan con
aquellos que requeriría un normal funcionamiento del sistema de
enseñanza (al menos lo que hasta ahora se ha considerado normal).
Como en algún caso se ha dicho, los profesores se encuentran cada
vez más “alienígenas en el aula” y no saben qué hacer
o cómo conectar con ellos. Desde
al menos una década han llegado a las aulas un buen número
de alumnos con una mente conformada desde la infancia por la publicidad,
la televisión y los videojuegos. Se trata de mentes que, por lo
general, asimilan o responden mejor ante lo concreto e instantáneo
que ante lo abstracto, que poseen una menor capacidad de concentración
y una mayor dispersión o capacidad para interesarse o pasar de una
cosa a otra. Sus mentes se hallan más habituadas a la fragmentación
y el flash o impacto que a la atención prolongada sobre un mismo
tema u objeto (en especial si se trata de escuchar a alguien que habla
o de leer un texto escrito)[46].
No habituados al esfuerzo sostenido sin cambios o gratificaciones inmediatas,
desarrollan actitudes y comportamientos pragmáticos y acomodaticios
que responden a la ley del mínimo esfuerzo y a lo que ha dado en
llamarse el “síndrome de apoyo”: el alumno etiquetado “de apoyo”
responde a las peticiones de trabajo mental del profesor pidiéndole
que le resuelva el problema o que le explique la cuestión por ser
"de apoyo" y, por tanto, incapaz de realizar lo que se le pide. A
esta oposición entre mentalidad televisiva y tipográfica
y académica, se añade la dificultad, conocida por todos los
profesores, de enseñar sin conectar o llegar emocionalmente al alumno.
Enseñar, instruir y educar son actividades inseparables. Y sólo
educa y enseña aquél por quien alguien se siente de algún
modo atraido o interesado. Aquél que, siquiera en algún aspecto,
se toma como modelo. Y los modelos a seguir e imitar en vestimenta, lenguaje
y comportamiento -o sea, de pensar, sentir y vivir- que predominan en estas
generaciones no sólo proceden del mundo de la publicidad, la televisión,
la moda y la música juvenil, sino que se trata de modelos antitéticos
a aquellos que utiliza y valora el medio escolar; modelos que, además,
ofrecen, a modo de señuelo, posibilidades de obtener, de un modo
rápido, fama y dinero. Algo que el medio escolar no les asegura
ni les ofrece. En este sentido -y en el anterior- la actividad docente
es una actividad “a la contra”: para poder empezar a hacer algo hay primero
que contrarrestar los efectos de medios e instrumentos de conformación
mental mucho más poderosos -razón por la cual los poderes
públicos muestran más interés y preocupación
por el control de los medios de comunicación audiovisual que por
el de la escuela. Los
cambios acaecidos en los últimos años, especialmente en España,
en los hábitos y ritmos de vida de los jóvenes constituyen
el segundo aspecto externo al sistema educativo que condiciona su actividad
y funcionamiento. Estos cambios, a diferencia de los anteriores, sí
han sido cuantificados además de ser apreciables, a simple vista,
por cualquier observador o por los profesores en las aulas. Los datos del
reciente estudio sobre los jóvenes españoles, efectuado por
la Fundación Santa María, son al respecto terminantes: el
65 % de los jóvenes sale por las noches todos los fines de semana,
el 19 % una o dos veces al mes, con poca frecuencia el 13 % y nunca sólo
el 4 %. Conclusión: 8 de cada 10 jóvenes salen por la noche
los fines de semana frecuentemente. Asimismo, cuando salen por la noche
casi la mitad (el 44 %) está fuera prácticamente toda la
noche (el 33 % vuelve después de las cuatro horas y el 11 % no vuelve
hasta la mañana siguiente). Antes de las dos sólo vuelve
el 22 % y antes de la una el 14 %[47]. Dejo
fuera las motivaciones de estos nuevos hábitos sociales, cada vez
más extendidos a edades cada vez más tempranas, así
como el cada vez más generalizado consumo de alcohol (el 41 % de
los jóvenes entre 15 y 17 años consume alcohol de modo habitual
y el 77 % entre los de 21 a 24 años: ello supone el 63,7% de consumidores
habituales entre los jóvenes) u otras actividades y consumos de
estas salidas nocturnas[48].
Sólo me interesan, en este momento, sus consecuencias sobre el rendimiento
escolar; es decir, para mostrar la oposición existente entre los
ritmos y tiempos escolares y los ritmos y tiempos de una buena parte de
los jóvenes españoles. Unas consecuencias similares, por
explicarlo con un ejemplo, a las que se producirían si cada viernes
dichos jóvenes volaran a México y regresaran el domingo.
La alteración de los biorritmos (vigilia, sueño, comidas,
trabajo, ...) ocasionada requeriría uno o dos días de adaptación
al horario habitual durante la semana a fin de normalizar su actividad
mental y física. Y esto es lo que sucede los lunes en muchas aulas
de secundaria -y universidad-: inasistencias, somnolencia, problemas de
atención, tensión nerviosa, etc. Y ello por no hablar de
los viernes, cuando hay que preparar el largo viaje. En estas condiciones,
como dirían los especialistas en fatiga mental y surmenage escolar,
cualquier actividad que requiera un cierto esfuerzo mental o físico
-entre ellas el estudio y el aprendizaje- deviene imposible, sin que se
atisbe indicio alguno de debilitamiento en la difusión social de
tales hábitos. Algunas
reflexiones finales sobre la comprensividad y la obligatoriedad escolar
en sus relaciones con la profesionalización de la educación
secundaria Quisiera
terminar con unas reflexiones sobre la comprensividad y la obligatoriedad
escolar que son consecuencia y complemento de lo expuesto. En cuanto a
la comprensividad lo primero que hay que decir, frente a quienes indican
que la educación primaria y la ESO en España constituyen
un modelo de educación comprensiva o integrada es que ello no se
corresponde con la realidad. Si se dijera que es un intento fracasado de
educación comprensiva estaríamos en lo cierto: la educación
obligatoria en España no es, en su configuración real, comprensiva.
Para serlo harían falta, como mínimo, dos cosas. Primero,
que desapareciera la posibilidad de que determinados centros puedan seleccionar
por vías directas o indirectas a sus alumnos, distribuyéndose
además entre todos los centros mantenidos con fondos públicos
los alumnos con dificultades de aprendizaje. Segundo, que no se recurriera
a prácticas hoy usuales en muchos centros públicos, pese
a no estar admitidas legalmente: las agrupaciones por rendimientos, incluso
en el primer ciclo de la ESO, estableciendo grupos de compensación
o profundización, y las diversificaciones que implican, de hecho,
itinerarios distintos en el segundo ciclo en función del bloque
de optativas elegido. Tales prácticas, que en el lenguaje coloquial
hace que se distinga entre alumnos de “profun”, de “diver” y de “compe”,
forman parte de esa realidad que contradice la utopía. Si no hay,
por lo visto, más remedio que recurrir a ellas hablemos de otra
cosa pero no de educación comprensiva o integrada. Hagamos al menos
que las palabras coincidan con los hechos.Un
prestigioso maestro y educador, Santiago Hernández Ruiz, afirmaba
en 1984 que “el principio constitucional de obligatoriedad es conculcado
por toda acción escolar que implique selección”[49].
Sea que se refiriera a su país de residencia tras el exilio -México-
o hiciera una afirmación de tipo general, el hecho es que puede
ser aplicada a cualquier declaración legal de obligatoriedad escolar.
Sobre este punto, el de la obligatoriedad y su extensión en la LOGSE
hasta los 16 años, hay asimismo alguna confusión. En primer
lugar, dicha obligatoriedad estaba ya consignada en la ley general de educación
de 1970 cuando se decía que quienes no se dirijieran al bachillerato
debían cursar la formación profesional de I grado, sólo
que, como tantas otras veces, el precepto no se cumplía: fuera de
ella quedaba ese “grupo residual” del 25 % de alumnos[50]
que viene a coincidir, más o menos, con el porcentaje de los actualmente
denominados “objetores escolares”. La realidad se imponía, una vez
más, a la utopía. Además,
hay serias dudas de que la extensión de la obligatoriedad escolar
constituya por sí misma, como suele afirmarse, una medida progresiva.
Depende de qué tipo de enseñanza se articule o configure.
Cualquier extensión de la obligatoriedad no es, sin más,
positiva. Si no se producen, al mismo tiempo, profundos cambios en los
contenidos, métodos y modos y criterios de evaluación el
resultado constituirá no sólo un fraude, sino además
un suplicio, un tormento, algo insoportable e injusto por su misma condición
de obligatorio. En la identificación entre progresismo y extensión
de la obligatoriedad escolar se confunde generalización con obligación.
Lo que los poderes públicos deben hacer es dar la posibilidad a
quienes lo deseen de seguir estudios, de formarse a lo largo de su vida,
con independencia de su situación familiar y personal, pero no obligar
a permanecer en instituciones escolares a quienes no desean hacerlo, impidiéndoles
además la realización de un trabajo remunerado. Nadie aprende
a la fuerza, ni hay manera de enseñar, un tipo determinado de enseñanza,
a quien no quiere. La generalización de esta última y su
diversificación es algo positivo; su imposición obligatoria
y uniforme no lo es. Por último ¿existe alguna relación
entre la edad límite de la obligatoriedad escolar y la estructura
social de un país concreto? ¿Es posible legislar al respecto
sin tener en cuenta dicha estructura? ¿Hay o no límites a
dicha obligatoriedad? Si su extensión es una medida progresiva ¿por
qué no llevarla hasta los 18, 20 o 25 años?. Una vez más
se confunde obligación de aprender con generalización de
la posibilidad de formarse y aprender, creyendo que al establecer la primera
se ponen las condiciones para facilitar la segunda, cuando de hecho lo
que se está haciendo es, al menos en nuestro caso, no ya dificultarla
sino hacerla aborrecible a aquellos a los que se les impone bajo una determinada
forma que sólo presenta, para ellos, rasgos negativos. Ambas
cuestiones -la de la comprensividad y la de la obligatoriedad- guardan
una estrecha relación con el proceso de desnaturalización
sufrido por la ESO en el paso desde los planteamientos iniciales a su formulación
legal y, mucho más aún, a su posterior implantación.
No está de más recordar, en este punto, como se decía
en el libro blanco de la reforma, publicado en 1989, se decía que
la “formación profesional no se circunscribe a las enseñanzas
específicamente orientadas a una profesión..., ha de impregnar
profundamente el currículo de la Educación Secundaria, tanto
de la ESO como del bachillerato”[51].
Esta concepción profesionalizadora de la educación secundaria
fue diluyéndose conforme se perfilaba el texto legal y en el proceso
de aplicación del mismo. Una vez más la realidad terminaría
imponiéndose a la utopía. NOTAS
[1]
Antonio Viñao, “Educación comprensiva. Experimento con la
utopía”, Cuadernos de Pedagogía, nº 260, 1997,
pp. 10-17.
[2]
Ibidem, p.17.
[3]
Ivor Goodson, Historia del curriculum. La construcción social
de las disciplinas escolares, Barcelona, Pomares-Corredor, 1995, pp.
9-10.
[4]
David Tyack y Larry Cuban, Tinkering toward Utopia. A Century of School
Reform, Cambridge, Mss., Harvard University Press, 1975
[5]
Ibidem, p. 6.
[6]
Ibidem, p. 4.
[7]
El significado de la expresión “gramática de la escuela”
(“grammar of schooling”) es aclarado en varias ocasiones por los autores
a lo largo del libro, y no siempre del mismo modo. Sobre el particular,
véase David Tyack y Larry Cuban, Tinkering toward Utopia. A Century
of School Reform, op. cit, pp. 8-9, 85 y 124, entre otras, así
como las precisiones y aclaraciones realizadas en el debate sobre el libro
recogido en“History and Educational
Reform”, History of Education Quarterly, vol. 36-4, 1996, pp. 476-502,
con intervenciones, además de Tyack y Cuban, deR.
L. Hampel, W. R. Jhonson, D. N. Planck y D. Ravitch.
[8]
Antonio Viñao, “Culturas escolares, reformas e innovaciones: entre
la tradición y el cambio”, en La construcción de una nueva
cultura en centros educativos, Murcia, VIII Jornadas Estatales Forum
Europeo de Administradores de la Educación, 1996, pp. 17-29, “Las
instituciones y culturas escolares en su perspectiva socio-histórica:
tradiciones y cambios”, en M. Fernández Enguita (coord.), Sociología
de las instituciones de secundaria, Barcelona, ICE Universitat de Barcelona/Horsori,
1997, pp. 13-24, y “Por una historia de la cultura escolar: enfoques, cuestiones
y fuentes“, en Culturas y civilizaciones. III Congreso de la Asociación
de Historia Contemporánea, Valladolid, Universidad de Valladolid,
1998, pp. 167-183.
[9]
AntonioViñao, Tiempos escolares, tiempos sociales. La
distribución del tiempo y del trabajo en la enseñanza primaria
en España (1838-1936), Barcelona, Ariel, 1998, y Antonio Viñao
y Agustín Escolano, Currículo, espaço e subjetividade.
A arquitectura como programa, Rio de Janeiro, DP&A Editora, 1998.
[10]
Antonio Viñao, “La organización y gestión de los centros
educativos ante el siglo XXI ¿Algunas lecciones de la historia”,
en Organización y gestión de los centros educativos ante
el siglo XXI, A Coruña, XI Jornadas Estatales del Fórum
Europeo de Administradores de la Educación, Diputación Provincial
de A Coruña, 1999, pp. 17-32.
[11]
Marc Depaepe (coord.), Order in progress. Everyday Education Practice
in Primary Schools – Belgium, 1880-1970, Leuven, Leuven University
Press, 2000.
[12]
Sobre la noción del maestro como artesano, depositario de un saber
empírico-práctico sobre la enseñanza devaluado por
la institucionalización académica del saber experto, del
científico de la educación, véanse los trabajos de
Agustín Escolano, “Los profesores en la historia”, en Justino Magalhâes
& Agustín Escolano (orgzs.), Os profesores na história,
Porto, Sociedade Portuguesa de Ciências da Educaçao, 1999,
pp. 15-27, y António Nóvoa, “Professionnalisation des enseignants
et sciences de l’éducation”, en P. Drewek y Ch. Lüth
(eds.), History of Educational Studies, Gent, Paedagogica Historica,
Supplementary series (III), pp. 403-430.
[13]
Carol H. Weiss, “The Four ‘I’s’ of School Reform: How Interests, Ideology,
Information, and Institution Affect Teachers and Principals”, Harvard
Educational Review, vol. 65, nº 4, pp. 571-592.
[14]
Análisis generales de los antecedentes, planteamiento y aplicación
de la reforma y de la ESO, desde diferentes perspectivas, pueden verse,
por ejemplo, en Benjamín Zufiaurre Goikoetxea, Procesos y contradicciones
de la Reforma Educativa 1982-1994, Barcelona, Icaria, 1994, O. Boyd-Barret
y P. O’ Malley (eds.), Education Reform in Democratic Spain, London,
Routledge, 1995, José Gimeno Sacristán, “Reformas educativas
y reformas del currículo. Anotaciones a partir de la experiencia
española”, en Mirian Jorge Warde (org.). Novas políticas
Educacionais: críticas e perspectivas, II Seminario Internacional,
Sao Paulo, Pontificia Universidade Católica de Sao Paulo, 1998,
pp. 85-108, Remedios Beltrán Duarte, Función del discurso
en las reformas educativas. Principios y contexto escolar de la ESO,
Málaga, Universidad de Málaga, 2000, y los monográficos
de las revistas Cuadernos de Pedagogía sobre la “ESO (12-16).
La etapa crucial de la reforma”, nº 238, 1995, y “La ESO en la práctica”,
nº 260, 1997, y Organización y Gestión Educativa,
nº 3 de 1997 y nº 2 de 2000.
[15]
Ceferina Anta Cabreros, Bibliografía especializada. Reforma educativa.
LOGSE 1988-1994, Madrid, Centro de Documentación e Información
Científica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
1995.
[16]
Antonio Viñao, “Educación comprensiva. Experimento con la
utopía”, op. cit., p. 16.
[17]
Ministerio de Educación y Ciencia, Centros educativos y calidad
de la enseñanza. Propuestas de actuación, Madrid, Ministerio
de Educación y Ciencia, 1994.
[18]
Esperanza Aguirre, Educación y cultura: calidad y libertad,
conferencia pronunciada en el club Siglo XXI de Madrid el 20 de mayo de
1997, ejemplar multicopiado, p. 6. Las negritas corresponden al original.
[19]
Jorge de Esteban, Jaque al Estado, Madrid, Ediciones Libertarias,
2000, pp. 190-193.
[20]
El País, 4 de junio de 2000, p. 30.
[21]
Juan Salamé, “¿Es la ESO el mayor problema de la LOGSE?”,
Organización y Gestión Educativa, nº 2, 2000,
p. 2.
[22]
Ministerio de Educación y Cultura, La Educación Secundaria
Obligatoria a debate. Situación actual y perspectivas, Madrid,
Centro de Publicaciones del Ministerio de Educación y Cultura, 2000.
[23]
Véase una síntesis de las mismas en Escuela Española,
año IX, nº 3.457, 22 de junio de 2000, pp. 5-6.
[24]
Eugenio Nasarre, “Finalidades y exigencias de la Educación Secundaria
Obligatoria”, en Ministerio de Educación y Cultura, La Educación
Secundaria Obligatoria a debate. Situación actual y perspectivas,
op. cit., pp. 13-26 (cita en p. 13).
[25]
Ibidem, p. 19. Uno comprende que a un político en ejercicio
no debe pedírsele mucho rigor académico o argumental en sus
intervenciones, o que recurra a la estrategia de caracterizar de un modo
desfigurado aquello a lo que se opone, a fin de criticarlo posteriormente.
En este sentido, basta decir que nunca en España se ha aplicado
o intentado aplicar un modelo radical de comprensividad. Como demostraré
más adelante el sistema educativo español no es de hecho,
ni legalmente, comprensivo. Por otra parte, no está de más
advertir que tanto Francisco Giner de los Ríos -a quien el ponente
cita-, como Cossío y otros destacados personajes de la Institución
Libre de Enseñanza, de la que dicen declararse herederos algunos
de nuestros actuales pseudoliberales, defendía la concepción
de la educación secundaria como prolongación natural de la
primaria (Antonio Viñao, “Un modelo de reforma educativa: los Institutos-Escuela
(1918-1936)”, en prensa).
[26]
Ibidem, pp. 20-23.
[27]
Antonio Jimeno Fernández, “Nuevas orientaciones de la educación
postobligatoria”; Manuel Montero Vallejo, “Tratamiento de las diferencias
de capacidades, aptitudes, expectativas e intereses”; Felipe José
de Vicente Algueró, “Soluciones al problema de los objetores escolares”;
y Mercedes Ruiz Paz, “Convivencia y disciplina”, en Ministerio de Educación
y Cultura, La Educación Secundaria Obligatoria a debate. Situación
actual y perspectivas, op. cit., pp. 199-204, 155-159, 261-266, y 161-165,
respectivamente.
[28]
Manuel Montero Vallejo, “Tratamiento de las diferencias de capacidades,
aptitudes, expectativas e intereses”, op. cit., p. 159.
[29]
Antonio Jimeno Fernández, “Nuevas orientaciones de la educación
postobligatoria”, op. cit., p. 201.
[30]
Felipe José de Vicente Algueró, “Soluciones al problema de
los objetores escolares”, op. cit., p. 264.
[31]
Mercedes Ruiz Paz, “Convivencia y disciplina”, op. cit., p. 164.
[32]
Felipe José de Vicente Algueró, “Soluciones al problema de
los objetores escolares”, op. cit., p. 266.
[33]
Antonio Jimeno Fernández, “Nuevas orientaciones de la educación
postobligatoria”, op. cit., pp. 201-202.
[34]
Esta síntesis de la propuesta ministerial se ha realizado a partir
de la información, bastante detallada, incluida en el ya mencionado
nº 3.457 de Escuela Española.
[35]
Álvaro Marchesi, Controversias en la educación española,
Madrid, Alianza, 2000, p. 59,
[36]
Ibidem, p. 58.
[37]
Ibidem, pp. 60-61.
[38]
Ibidem, p. 60.
[39]
Muestras recientes de esta oposición serían el libro de Mercedes
Ruiz Paz, Los límites de la educación (Madrid, Grupo
Unisón Producciones, 1999), para quien, en frase reciente, “abatir
al profesorado de Secundaria es ya una obsesión desde que comenzó
la reforma” (“El papel de la reforma educativa en el final de los profesores”,
Escuela Española, año LX, nº 3.457, 22 de junio
de 2000, p. 2) y el informe o escrito de la Asociación de Profesores
de Instituto de Andalucía denunciando “los graves errores de la
LOGSE” y pidiendo una “reforma profunda y urgente de la misma” (Escuela
Española, año LX, nº 3.461, 27 de julio de 2000,
p. 7).
[40]
Jaume Carbonell, La escuela: entre la realidad y la utopía. Diez
temas de sociología de la educación, Barcelona, EUMO,
Octaedro, 1996.
[41]
No era tan difícil prever lo que iba a suceder. En 1989 me atrevía
a predecir cual sería el futuro de la reforma en ciernes (Antonio
Viñao, “¿De qué reforma se habla cuando de la reforma
se habla?, Cuadernos de Pedagogía, nº176, 1989, pp.
59-61). Desafortunadamente mis predicciones -o temores- se han visto confirmadas
por los hechos.
[42]
Antonio Viñao, “Un nuevo nivel educativo”, Cuadernos de Pedagogía,
nº 238, 1995, pp. 10-13, y “Educación comprensiva. Experimento
con la utopía”, op. cit..
[43]Consejo
Escolar del Estado, Informe sobre el estado y situación del sistema
educativo. Curso 1994-95, Madrid, Centro de Publicaciones del Ministerio
de Educación y Ciencia, 1996, pp. 129 y 159-160.
[44]
Juan Salamé, “¿Es la ESO el mayor problema de la LOGSE?”,
op. cit..
[45]
Se dejan fuera del análisis otros aspectos, relacionados en buena
parte con los elegidos, como el incremento de la agresividad y violencia
entre la población adolescente y juvenil o la general permisividad
-ausencia de límites- ante algunos de sus comportamientos, asimismo
extensibles a la población adulta, por no hablar de la generalizada
corrupción lingüística o del éxito social, rentabilidad
y buena acogida que hallan la ramplonería, la vulgaridad, el cinismo,
la irresponsabilidad o la desverguenza.
[46]
Sobre la oposición entre el discurso tipográfico y el televisivo,
remito a lo dicho en “Cultura tipográfica y cultura televisiva.
Lecturas intensivas y extensivas”, I Congreso Nacional del Libro Infantil
y Juvenil. El libro y la lectura, Madrid, Asociación Española
de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, 1994, pp. 123-145. Texto recogido
en Antonio Viñao, Leer y escribir. Historia de dos prácticas
culturales, San Juan Totoltepec (México), Fundación Educación,
voces y vuelos, 1999, pp. 213-234.
[47]
Mª Teresa Laespada y Leire Salazar,”Las actividades no formalizadas
de los jóvenes”. En Javier Elzo y otros, Jóvenes Españoles
99, Madrid, Fundación Santa María, 1999, pp. 366-369.
[49]
Santiago Hernández Ruiz, “El drama de los rendimientos escolares”,
Educar, nº 6, 1984, pp. 9-34 (cita en p. 26)..
[50]
Frances Pedró, “Reforma educativa y profesionalización: reflexiones
sobre la formación profesional de base, sobre el potencias profesionalizador
de la educación postsecundaria académica y el grupo residual”,
Revista Española de Pedagogía, nº 184, 1989,
pp. 463-486.
[51]
Ministerio de Educación y Ciencia, Libro Blanco para la Reforma
del Sistema Educativo, Madrid, Servicio de Publicaciones del Ministerio
de Educación y Ciencia, 1989, p. 154.
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