¿QUÉ ES UN MUSEO? Hacia una definición general de los museos de nuestro tiempo.

Antonio E. Ten Ros

IEDHC (CSIC-Universidad de Valencia).



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Los últimos años del siglo XX están viendo proliferar tipos nuevos de museos, impensables una o dos generaciones atrás. Internet y los nuevos medios audiovisuales de difusión de la información, han abierto enormes posibilidades al conocimiento y han propiciado la aparición de espacios virtuales, visitables electrónicamente. La generalización del turismo de masas ha fomentado iniciativas de turismo cultural, públicas y privadas, dirigidas a grandes masas de población, entre las que destaca la espectacular proliferación de los parques temáticos de carácter histórico, científico o estríctamente lúdico. La rápida obsolescencia de grandes complejos industriales y urbanos, ha permitido convertirlos en espacios de exhibición de la historia y la técnica del pasado. Las necesidades de publicidad y marketing de grandes empresas, las ha llevado a acercarse a los consumidores utilizando innovadoras técnicas de comunicación en sus propios espacios de actividad. Las nuevas estrategias educativas del fin del milenio, por fin, han transformado las formas y los lugares de enseñanza, para ponerlos al servicio de una más activa participación en la experiencia pedagógica (CAMARGO, 1989). Nuevos públicos, con nuevas demandas, se han añadido a los usuales consumidores de la cultura del objeto.

Todas estas innovaciones se han manifestado en nuevos espacios de comunicación y nuevas iniciativas culturales. Los museos tradicionales, enfrentados a la competencia feroz de las nuevas ofertas institucionales y privadas y las nuevas demandas de sus públicos, han dejado de ser venerables almacenes de curiosidades y han tenido que enfrentarse a su renovación, a languidecer bajo el paraguas de la institución que los creó, o a su cierre inmediato.

Tanta novedad ha debido crear, necesariamente, tensiones considerables entre los colectivos que, hasta hace pocos años, detentaban el poder de definir las características de los museos y sus estrategias de comunicación. Más o menos súbitamente, la mera conservación de los tesoros del pasado o la investigación especializada sobre los mismos, ha dejado paso a los museos sin objetos. La función tradicional de los museos se ha convertido en accesoria. Los conservadores, museógrafos y museólogos han debido enfrentarse a radicales cambios en su profesión y en su rutina. Muchos de ellos se han adaptado e incluso liderado la renovación. Otros han alumbrado elaboradas estrategias de resistencia y cambiado lo coyuntural para mantener lo esencial. El concepto tradicional de museo, su utilidad y su funcionalidad están en cuestión.

El problema no es irrelevante. No se trata símplemente de eruditas cuestiones de terminología. Las definiciones y diseños más tradicionales, conservadas por los profesionales menos innovadores y recogidas por instituciones promotoras poco informadas, se transforman frecuentemente en proyectos museológicos anticuados antes de nacer y cuyo resultado son museos vacíos y oportunidades de comunicación y educación perdidas (KING, 1991, p. 7); dinero desperdiciado, en definitiva. Salvo casos excepcionales, el museo tradicional ha perdido la batalla de la comunicación en esta sociedad y solo las subvenciones públicas permiten mantenerlo, detrayendo estos recursos de iniciativas más creativas.

Parece oportuno, pues, volver sobre la naturaleza del concepto de museo, enmarcarlo en su contexto histórico y esbozar algunas de sus posibles líneas de evolución.

 

LAS DEFINICIONES DEL ICOM Y OTRAS DEFINICIONES.

Según el Consejo Internacional de Museos (ICOM), organización no gubernamental internacional, fundada en 1946, bajo los auspicios de la UNESCO, en sus estatutos aprobados por la 16 asamblea general de La Haya, de 1989 y enmendados por la 18 asamblea general de Stavanger (Noruega), de 1995, y tal como se establece en el artículo 2:

 

"Un museo es una institución permanente, sin fines lucrativos, al servicio de la sociedad y de su desarrollo, abierta al público, que adquiere, conserva, investiga, comunica y exhibe, con fines de estudio, de educación y de delectación, evidencias materiales de la humanidad y de su entorno

  1. La anterior definición de museo se aplicará sin ninguna limitación derivada de la naturaleza de sus órganos rectores, su carácter territorial, su estructura funcional o la orientación de las colecciones de la institución implicada.
  2. En adición a las instituciones designadas como "museos", las siguientes deben ser entendidas como museos a los efectos de esta definición:
  1. Los yacimientos y monumentos arqueológicos, etnográficos y naturales y los yacimientos y monumentos históricos que tengan la naturaleza de museo para sus actividades de adquisición, de conservación y de comunicación.
  2. Las instituciones que presenten especímenes vivos de plantas y animales, tales como los jardines botánicos y zoológicos, acuarios y viveros.
  3. Los centros científicos y los planetarios."
  4. Los institutos de conservación y galerías de exposición dependientes de bibliotecas y centros de archivos.
  5. Reservas naturales.
  6. Organizaciones museológicas de carácter internacional, nacional, regional o local; ministerios, departamentos o agencias públicas responsables de museos, en el sentido recogido en este artículo.
  7. Instituciones sin ánimo de lucro u organizaciones que realizan investigación, educación, capacitación, documentación y otras actividades relacionadas con los museos y la museología.
  8. Cualquier otra institución que el consejo ejecutivo, oído el comité consultivo, considere que tiene alguna de las características de un museo o de apoyo a los museos y sus trabajadores, a través de la investigación, la educación o la formación museológica.

Parece que esta definición de "museo", que puede considerarse la más "oficial" en el momento actual, se ha ido estabilizando desde la redacción de los estatutos del iCOM de 1975 y su ampliación de 1983, pero su historia es bastante más larga. Detengámonos un poco en sus sucesivas formulaciones:

  • El artículo 3 de los estatutos del ICOM de 1947, al año siguiente de la creación del organismo, establecía que el ICOM "reconoce la cualidad de museo a toda institución permanente que conserva y presenta colecciones de carácter cultural o científico con fines de estudio, educación y deleite (HERNANDEZ, 1994, p.69.)
  • En 1951, el artículo II de los estatutos recoge ya que:
  1. "La palabra museo designa aquí a toda institución permanente, administrada en el interés general con vistas a conservar, estudiar, valorar por medios diversos y esencialmente exponer para la delectación y la educación del público un conjunto de elementos de valor cultural: colecciones de objetos artísticos, históricos, científicos y técnicos, jardines botánicos y zoológicos, acuarios..."
  2. "Serán asimilados a los museos las bibliotecas públicas y los centros de archivos que contengan salas de exposición permanentes."
  • En 1961, el título II, artículo 3 amplia sus contenidos para recoger que:

"El ICOM reconoce la cualidad de museo a toda institución que presenta conjuntos de bienes culturales con fines de conservación, de estudio, de educación y de delectación.

Entran en esta definición:

  1. Las viviendas, tesoros de la iglesia y otros edificios o partes de monumentos históricos, sometidos a a la visita reglamentada del público.
  2. Los jardines botánicos y zoológicos, acuarios, viveros, y otras organizaciones que presentan especímenes vivos de especies vegetales o animales."

En esta nueva redacción, el artículo 4 añade que "Pueden ser asimilados a los museos:

  1. las galerías de exposición que contienen permanentemente bibliotecas públicas y centros de archivos.
  2. Los parques naturales de carácter científico y educativo."
  • En 1968 vuelve a cambiar la redacción, cuyo título II, artículo 3 queda:

"El ICOM reconoce la cualidad de museo a toda institución permanente que conserva y presenta colecciones de objetos de carácter cultural o científico, con fines de estudio, delectación y deleite.

Entran en esta definición:

  1. las galerías permanentes de exposición que dependen de bibliotecas públicas y de centros de exposición.
  2. Los monumentos históricos, los componentes de monumentos históricos o sus dependencias, tales como los tesoros de iglesias, los yacimientos históricos, arqueológicos y naturales, siempre y cuando estén abiertos oficialmente al público.
  3. Los jardines botánicos y zoológicos, acuarios, viveros y otras instituciones que exponen especímenes vivos.
  4. Los parques naturales."

Por fin, en los estatutos de 1975 se recoge ya el fondo y la forma de la definición actual, que se completa con dos puntos, entre los que aparece el dedicado a "centros científicos y planetarios", introducidos en 1983, y con los demás que aparecen en la definición actual.

Como se deduce de esta relación, la definición del ICOM ha ido tapando agujeros. Ha ido introduciendo nuevos modelos institucionales a medida que estos aparecían en la realidad, pero conservando un núcleo tradicional en el que la idea histórica del museo como almacén de objetos preciosos, pervive intocada. Quizá sea útil aquí recordar brevemente el origen y evolución de esta dimensión histórica del concepto de museo.

 

ALGUNAS IDEAS SOBRE LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL CONCEPTO "MUSEO".

Etimológicamente la palabra museo procede del griego "mouseion", con el significado de "templo de las musas", y que está asociada al complejo cultural y científico creado en Alejandría por el primer faraón griego de Egipto, Ptolomeo I Soter. Esta acepción de la palabra, muy diferente de la actual, entronca más con ideas como la de la "casa de la sabiduría", de Bagdad, que funda el califa Al-Mamún a principios del siglo IX, que con su utilización para identificar colecciones de objetos singulares.

El nuevo significado aparece mucho más tarde, en el Renacimiento, y el humanista italiano Paolo Giovio (1483-1552) parece ser el primero que rotula con la palabra "museum" el edificio en que conservaba sus colecciones (HERNANDEZ, 1994, p. 63), aun cuando otros autores prefieren asociar este primer uso a las colecciones de Lorenzo de Médici, en Florencia (LEWIS, 1992, p. 8). Para Guillaume Budé, en su Lexicon graeco-latinum (1554), la palabra mantiene aún su significado original: el "museum" es todavía "...un lugar dedicado a las musas y al estudio, donde se ocupa de cada una de las nobles disciplinas" (ALONSO,1993, p. 27)

Desde esta época, el concepto de museo que aparece a finales del siglo XV, ha ido enriqueciéndose. La palabra se utilizó, junto a otras como "studiolo", "galería", "cimelioteca", "kabinett" o "kunst und wunderkammern", tanto para describir colecciones privadas de objetos naturales –naturalia- y artificiales –artificialia-, como de obras de arte, especialmente pintura y escultura. Desde sus inicios renacentistas, pues, el "museo" se asocia a la idea de coleccionismo de objetos preciosos o singulares, a su ordenación sistemática y a su conservación.

La erudición de la época se hizo eco de este espíritu en obras como el Teatrum sapientiae (1565) del médico flamenco Samuel Quicheberg, que propone ya una clasificación de los objetos del "museo" en cinco secciones: una primera de objetos personales y familiares, una segunda dedicada a orfebrería, marfiles, medallas..., una tercera a curiosidades de la naturaleza, una cuarta a artes y objetos mecánicos y a instrumentos científicos y una quinta, por fin, a pintura y artes afines (BOLAÑOS, 1997, p.59). La consolidación definitiva de esta línea y la aparición explícita del término "museografía", asociado a una nueva ciencia dedicada a la construcción de museos y disposición de colecciones, suele ligarse a la publicación de la Museographia (Leipzig, 1727), de Casper F. Neickel , ya en el siglo XVIII (LEWIS, 1992, p. 9). Pero tanto la práctica como la teoría siguen considerando el museo como una prolongación de las posesiones del patricio de turno, destinadas a su goce personal y al de sus invitados (HILL, 1986).

Un cambio fundamental en esta situación se produce desde mediados del siglo XVIII, cuando el Museo Capitolino, que alberga las colecciones vaticanas, se forma en 1734, el Museo Británico abre sus puertas en 1759 y el Museo del Louvre se inaugura parcialmente en 1793. Aunque está fuera de lugar aquí el analizar sus causas, los museos comienzan su tránsito del ámbito privado al público.

El proceso se acelera, sobre todo, desde el advenimiento de la Revolución industrial y el cambio de condiciones socioeconómicas, que favorecen el acceso a la cultura y la educación, a masas de población rápidamente crecientes. Los "museos" culminan su tránsito al ámbito público y sus colecciones comienzan a responder a las expectativas de nuevas capas de población y nuevos intereses culturales, educativos y económicos. Así entendidos desde finales del siglo XVIII, los museos pasan, como instituciones culturales de masas, a formar parte ya de la vida cotidiana de los ciudadanos (RIVIÈRE, 1993).

El siglo XIX europeo ve surgir nuevos productos y nuevas formas de comunicación. Aún cuando existen precedentes anteriores (ENDREI, 1968), desde principios de siglo se ponen de moda en Europa las "exposiciones", y una gran cantidad de manifestaciones de este tipo, nacionales, regionales y locales, dejan su traza en la bibliografía y en la mentalidad colectiva de los europeos (CARPENTER, 1972). Un salto cuantitativo, y también cualitativo se produce en este movimiento con la primera exposición "universal": la así llamada "Exposición universal de los Productos de Todas las Naciones", que abre sus puertas durante seis meses en Londres, en 1851.

La Exposición universal de Londres, junto a galerías de productos y técnicas de la revolución industrial, saca al arte, a los tesoros de la naturaleza y a la industria de su contexto tradicional. Los países participantes llevan a ella no solo sus adelantos técnicos sino también sus mejores obras de arte, situadas en un contexto muy diferente del de las galerías de los siglos XVII y XVIII. A ella le siguen exposiciones en todo el mundo, muchas de ellas dejando a su cierre instalaciones permanentes. Los conceptos que subyacen bajo el nombre de "museo", se enriquecen con nuevas experiencias.

Pero hasta entrado el siglo XX, el "museo" sigue siendo mayoritariamente un almacén especializado y los responsables de los mismos siguen considerándose sus "conservadores". Si en los museos artísticos, sus objetivos generales y la naturaleza de sus fondos favorecen la continuidad con el pasado, en otros ámbitos de la civilización, los intereses de la sociedad cambian decisivamente. Nuevas exigencias culturales y educativas se plantean a los responsables de los museos. Todo un conjunto de experiencias museológicas, sobre todo en los ámbitos científico-tecnológicos, antropológicos e históricos, surgen con fuerza, apoyadas en técnicas de comunicación más sofisticadas (DE JONG; SKOUGAARD, 1992), (RIVIERE, 1985), (ZACHRISSON, 1984). La diferencia entre los objetivos y los lenguajes expositivos de unos y otros museos, se agranda. Los museos artísticos continúan manteniendo su carácter estático, mientras otros tipos de museos acentúan sus caracteres más dinámicos. Difícilmente es posible ya englobarlos bajo el mismo concepto de "museo", a riesgo de convertirlo en un cajón de sastre cada vez más grande.

Sin embargo, este parece haber sido el camino seguido por la definición del ICOM, pese a la aparición de voces críticas en su seno (MACDONALD, 1987), (BOYLAN, 1996). La tradicional concepción del museo como depósito de objetos preciosos que se refleja en las primeras definiciones -lo que podemos llamar su "núcleo" histórico-, va recubriéndose constantemente de ampliaciones "ad hoc", para intentar abarcar las nuevas realidades, los nuevos intereses de los ciudadanos y las nuevas tendencias educativas. En su afán de no dejar fuera a nada ni a nadie que quiera considerarse "museo", la última definición de 1995 llega a considerar como museos hasta a las agencias gubernamentales y a determinadas organizaciones, públicas o privadas, que estudian o imparten museología.

Y es que el concepto de museo es algo vivo. ¿Qué ocurrirá con las próximas definiciones de museo, entre ellas las del ICOM? ¿Seguirán añadiendo títulos, epígrafes y palabras para tratar de no quedarse anticuadas? ¿Quizá se ha intentado mantener, a finales del siglo XX, conceptos pertenecientes a situaciones históricas anteriores, acumulando sin más sobre ellos nuevas experiencias surgidas en contextos completamente diferentes, en un camino sin fin y que terminará con una definición de museo en varias páginas?

UN ENFOQUE DIFERENTE.

Sin duda, la definición de 1975, en la línea promovida por G.H. Rivière y tras el impacto de la Declaración de Santiago de Chile (Museum internacional, XXV, p. 198-200), que se sitúa en los orígenes del movimiento de la "nueva museología" (MAYNARD, 1985), representa ya una gran evolución sobre la de 1968. En esta última se habla aún de los "objetos de carácter cultural o científico" como el núcleo en torno al que giran las demás ideas. La de 1975 sustituye dichos "objetos" por "testimonios materiales del hombre y de su medio ambiente". Pero, en su ilusión totalizadora, la definición de 1975 aún utiliza como criterios de delimitación de lo que es un "museo", expresiones como institución "sin fines lucrativos", "que realiza investigaciones", " adquiere", "conserva", " comunica", "especialmente los expone", "fines de estudio", "de educación" o "de delectación".

¿Realmente son todas ellas necesarias para distinguir un "museo" de lo que no lo es? ¿O son pecualiaridades propias de algunos de los tipos de museos que han ido apareciendo y que así se trasladan al concepto mismo, como capas que se van acumulando sobre él para proteger sus orígenes y a las profesiones que se le han ido asociando? ¿Es que un museo no puede tener fines lucrativos? ¿Es obligatorio que un museo investigue por sí mismo, con las inversiones en personal e instalaciones necesarias, o debe poner sus fondos a disposición de instituciones propiamente de investigación?

Y respecto de la "adquisición", ¿Es esta otra función fundamental? ¿Cómo puede "adquirir" un museo una experiencia científica, o la misma Naturaleza, por ejemplo? Análogamente, ¿Ha de "conservar" intacto un museo todo lo que hay en su interior, o puede favorecer interacciones físicas con sus contenidos, incluso a riesgo de que no se "conserven"? ¿Cómo se entiende la "comunicación" en el museo?,¿Es personal o impersonal, directa o indirecta...? Finalmente, ¿Qué se entiende por "estudio" o "educación" en un museo, habida cuenta que la pedagogía ya distingue entre varios tipos de "educación", muy diferentes unos de otros? Una última pregunta de carácter general se plantea al lector interesado, ¿Es que el núcleo de esta definición tiene esperanzas de atemporalidad, de servir para siempre?

Es en su implícita respuesta a estas preguntas donde definiciones de "museo" como las del ICOM revelan su carácter conservador y anclado en concepciones del pasado. Sin duda, la definición admite explicaciones, interpretaciones y precisiones que la adecuen a realidades diferentes y algún defensor de la misma puede mostrarse especialmente hábil en ello, pero estas mismas explicaciones no harían sino acumular nuevas cláusulas "had hoc". Si ahora aparecen "museos virtuales", por poner un ejemplo, ¡pues se añade un nuevo epígrafe a la definición!. Y así hasta que la definición ocupe páginas y páginas, para ocultar lo que es esencial en la misma, y para confundir a poco informados promotores institucionales de nuevas iniciativas museológicas, para hacerles gastar sumas de dinero innecesarias o para quitarles de la mente la idea de promover nuevos museos.

¿Existe alguna solución para ello? ¿Es posible dar un enfoque radicalmente nuevo a la definición de "museo"?. ¿Puede extraerse de la experiencia un "núcleo" del concepto menos ligado a experiencias concretas del pasado y más flexible respecto de las nuevas? Para explorar en esta dirección, necesitamos llamar en nuestra ayuda a los estudiosos de la "educación".

 

EDUCAR SIN ESCUELA

Para mucha gente, la primera idea que le viene a la mente cuando oye hablar de "educación", es "escuela", como sinónimo de un lugar cerrado donde una o muchas personas "enseñan" cosas que otras aprenden. Esta es también una interpretación "tradicional" del concepto. Muchos especialistas, en su estudio del proceso enseñanza-aprendizaje, más que hablar de "centros educativos", prefieren hablar de "situaciones educativas", y esta precisión se va a revelar como muy importante para nuestro tema.

En efecto, en el proceso enseñanza-aprendizaje, pueden distinguirse, al menos, tres contextos o situaciones diferentes que adjetivan, y enriquecen conceptualmente, lo que puede llamarse la "situación educativa" (RIVAS, 1997): Junto a la idea de "educación formal", tomada como sinónimo de situación educativa escolar, coexisten situaciones educativas que han dado en llamarse "educación no formal" y "educación informal", cuya importancia en la sociedad actual y para la instrucción de sus ciudadanos, es cada vez más reconocida (RIVAS, 1993; TRILLA, 1993)

En toda situación educativa intervienen cinco elementos: a) un "contexto" socioeconómico y cultural inmediato, b) unos "contenidos", c) un "emisor", d) un "receptor" o aprendiz y e) un "espacio" en el que interactuan los elementos anteriores. En la "situación educativa formal" estos elementos suelen presentarse explícitamente separados. Un emisor –el profesor- transmite unos saberes a unos receptores clasificados por niveles –los alumnos-, en un espacio singular –la escuela- cuyo diseño poco tiene que ver, en la mayoría de los casos, con el entorno en que se ubica.

En una "situación educativa no formal, emisor y contenidos -con objetivos instruccionales bien definidos pero no directamente explicitados- se funden en una única entidad, materializada en diferentes tipos de escenarios, para actuar sobre los receptores, o como ya puede llamárseles más precisamente, "públicos objetivo". Al mismo tiempo, el contexto y el espacio educativo propiamente dicho, aún siendo diferentes, se acercan.

En la "situación educativa informal", por fin, contexto, espacio educativo y emisor se aproximan hasta hacerse prácticamente indistinguibles. Para que se produzca una situación educativa informal se requiere de un diseño de contenidos, tendente a alcanzar unos objetivos de comunicación específicos, culturales, sociales o comerciales, que puedan emitirse por objetos, estructuras o situaciones presentes en la vida cotidiana. El mismo diseño y los objetos que hacen de emisores, seleccionan en primera instancia sus públicos objetivo, que a su vez seleccionan, consciente o inconscientemente, los objetivos de comunicación que más excitan su curiosidad y se sitúan, así, en una situación educativa informal.

La distinción entre estos tres tipos de educación es clave, así, para comprender que se entiende por función educativa de los museos y cual de ellos le es más propia (LA BELLE, 1982, y los otros artículos contenidos en la misma publicación). Si la escuela tradicional representa el modelo de la situación educativa formal, las estructuras familiares, los medios de comunicación, la distribución de unos grandes almacenes, los escaparates de las tiendas de una ciudad, la arquitectura de un barrio, los mecanismos que resuelven necesidades cotidianas, la misma dinámica de relaciones sociales que crea un espacio determinado, constituyen, en su relación con los receptores, ejemplos de situaciones educativas informales. Por fin, la mayor parte de los museos actuales, consciente o inconscientemente, generan situaciones educativas no formales. La educación no formal, materializada en un conjunto de objetivos educativos y de actuaciones destinadas a alcanzarlos, es la forma propia de educación en los museos.

 

 

OTRA DEFINICION DE MUSEO.

Demos un paso más: Las respuestas a las preguntas que nos planteábamos antes, revelan el carácter particular de muchas de las características del "museo" que planteaba la definición del ICOM. Un museo puede perfectamente abrir sus puertas de manera periódica en vez de permanente, o puede renovar sus espacios expositivos con mayor o menor frecuencia. En nada cambia la naturaleza de un museo el que pueda ser fruto de la iniciativa pública o privada y tener o no fines lucrativos. Un museo no necesita imperativamente ser él mismo un centro de investigación con plantillas propias. Un museo puede no tener necesidad de adquirir objetos materiales singulares o exclusivos. Por fin, la función esencial de un museo no tiene por que ser la de "conservar" cosas. Todas estas características pueden perfectamente considerarse accesorias y de hecho lo son en instituciones que actualmente se llaman a sí mismas "museos", como lo han sido para muchos museos existentes en diversas épocas de la historia y para muchos que lo serán en el futuro.

Sin embargo, en alguna época y para algun tipo de museos, alguna de estas características sí ha sido esencial. Como síntesis de todas ellas y de su historia, sí son comunes a cualquier iniciativa museológica dos aspectos que la propia definición del ICOM recoge entre los demás: Los museos siempre han sido instrumentos de "comunicación" y "educación". A estos dos aspectos se une, con un carácter menos esencial el de temporalidad. Para mantener la idea intuitiva de museo que existe en nuestra cultura y distinguirla de las exposiciones temporales, al museo debe atribuírsele la vocación de permanencia, aunque esta permanencia no signifique ya continuidad ilimitada en el tiempo ni en el espacio.

Estas tres dimensiones son las que permiten explorar en nuevas direcciones en torno al concepto de museo y avanzar así una definición de "museo" mucho menos ligada a coyunturas particulares. Puede así afirmarse que:

Un museo es un espacio público, real o virtual, de comunicación, con vocación de permanencia, y dotado de un proyecto de educación no formal.

Este proyecto educativo se materializa en unos objetivos transversales, generales y particulares y en un conjunto de medios adecuados para alcanzarlos.

Es su proyecto educativo, y la elección de dichos medios, lo que individualiza cada museo o tipo de museos de los que han aparecido a lo largo de la historia y permite hablar de "generaciones de museos"

Un museo es así un "espacio de comunicación" porque tiene como objetivo explícito "comunicar". En este sentido, aunque todo espacio físico puede transmitir sensaciones e informaciones a quien lo observa, para ser tal espacio de comunicación requiere que quien lo posee o administra tenga un interés real en gestionarlo como tal. Algunos simples ejemplos aclararán mejor la cuestión: Un simple almacen de objetos preciosos, por muy singulares que estos sean, no es un propiamente un espacio de comunicación, como no lo es un espacio natural hasta que quien puede administrarlo no decide convertirlo en un "parque natural" o "parque nacional". Una fábrica en funcionamiento no es en sí un espacio de comunicación, pero cuando se la dota de circuítos de visita para estudiosos, consumidores o simples curiosos, pasa a convertirse en uno.

Qué y cómo comunicar lo fija el tipo de proyecto de educación que se diseña para ello. Una escuela es un espacio de comunicación pero no puede llamársela propiamente "museo" porque la base de su proyecto educativo es de carácter formal. Unos grandes almacenes o una gran superficie comercial, con su estudiada disposición de espacios para orientar a los clientes y favorecer el consumo, tampoco pueden llamarse explícitamente "museo" porque su "proyecto educativo", cada vez más estudiado, es de carácter informal. Es la naturaleza no formal del proyecto educativo, sus objetivos asociados y los medios diseñados para alcanzarlos, la que transforma el espacio en un museo, en el marco de una sociedad y una época determinadas. Son estas características particulares las que permiten individualizarlo frente a iniciativas similares y encuadrarlo en un tipo o "generación" determinada. Las demás características asociadas a la definición de museo que han ido acumulándose pueden considerarse accesorias y su ausencia en determinadas instituciones en nada influye sobre su caracterización como museos.

La discusión sobre el concepto de museo no es ociosa. Muchas instituciones, públicas y privadas, que nunca habrían considerado la posibilidad de promover "museos", liberadas de la necesidad conceptual de pensar en objetos, instalaciones o grandes inversiones, pueden erigir museos de nuevo tipo y aumentar así su oferta cultural. Los diseñadores de museos, liberados de las ataduras de la tradición, pueden también sentirse más libres de introducir nuevos lenguajes de comunicación y aprovechar las posibilidades de las nuevas tecnologías, sin verse encorsetados por la tradición de otras generaciones de museos. Los responsables y agentes educativos, por fin, tendrían más fácil concebir nuevas formas de actuación educativa. La sacralización de la idea tradicional de museo solo conduce a hacer museos vacíos, incapaces de competir con las nuevas formas de educación y comunicación que a la sociedad se ofrecen. Un museo vacío no es propiamente un museo. Lo que hace de una institución un museo y lo distingue de un almacén, es la gente que lo visita y lo que obtiene de esta visita.

 

 

BIBLIOGRAFIA CITADA

 

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