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LA
OBSESIÓN POR LA IMAGEN
Contraje en su día la grata obligación de comparecer
ante Uds. para proponerles que deberíamos hacer
nuestro el reto de razonar la vigencia del sistema
público de enseñanza y la necesidad de desarrollarlo;
desarrollo que ha de significar perfeccionamiento en las
respuestas que los individuos deben encontrar en este
espacio que la sociedad se dió para hacer efectiva la
universalidad de la educación, para ayudar a
difundir el conocimiento que viene requerido por
nuestra vida y por nuestro sistema de organización
social, para compensar con atención y medios las
desigualdades y, finalmente, para hacer entender que
sobre un credo no cabe vertebrar nuestra sociedad
sino sobre los valores de la verdad, libertad,
pluralismo, solidaridad, tolerancia e igualdad ante la
ley que recoge nuestra Constitución. Sentía que era
necesario asumir el reto de defender la necesidad del
espacio público de educación y, a la vez, cuestionarme
qué debía ser denunciado si se desea que la autonomía
del espacio público vuelva a ser puesta en función de
emancipar a las personas y de facilitar el acceso
igualitario a la cultura que se ha convertido en “un
instrumento esencial de acción en un mundo racionalizado
que sólo puede ser dominado por medio de la utilización
de modos de razonamiento que necesitan un aprendizaje
cultural”.
Estas
notas se soportan sobre una vida dedicada a la enseñanza
y sobre el recuerdo y recuperación de las reflexiones
asociadas a esa actividad; actividad que se inicia por
unos años en los que los profesores de filosofía, según
el BOE, debían “extirpar el error de las almas jóvenes
mediante el escalpelo del tomismo”; actividad que se
continúa bajo mandatos como el del Ministro de Educación
Sr. Otero Novas, primer “tenor” de las excelencias del
cheque escolar, y que tuvo que contar con “el
magisterio” de la Asamblea Plenaria del Episcopado
Español que, ante la firma de los Pactos de la Moncloa y
a la altura del 23 de noviembre de 1979, afirmó “no
concebir un estado democrático moderno que actúe, de
hecho, como una empresa monopolística promotora de
centros de enseñanza, decidida a eliminar, por fuerza de
la competencia y con los recursos de todos los
ciudadanos los centros promovidos por la iniciativa de
los grupos sociales”.
Actividad, en definitiva, que no tardará en cerrarse en
una época en la que vivo bajo la extraña sensación de
ser preciso mostrar un fervor presuroso que lleva a
postrarse ante quien pronuncie palabras
como “eficacia de las acciones educativas”,
“innovación”, “competitividad”, “evaluación”,
“competencias” “eficacia y eficiencia de los sistemas de
formación”, “éxito laboral”, “perfiles profesionales”,
“aprendizaje a lo largo de la vida”, “comité de
calidad”, “individualización del aprendizaje mediante
las TIC”, etc…. Siendo tal el trecho recorrido, conviene
recoger de esos cuadernos del docente y de las páginas
de prensa archivadas con premura las observaciones
perdidas, contar con ellas y valorarlas en voz alta,
pues son reflexiones surgidas al haber sido testigo de
profundas mutaciones que han afectado a la redefinición
de los poderes públicos y también a la estructura y
organización de los planes de estudios; esto es, han
afectado a los fines, valores y a la misma organización
de la escuela o espacio público. Con todo y referido a
la situación presente, traslado y hago mío desde el
inicio el juicio que Michel CROZIER formuló sobre la
situación francesa:”el verdadero escándalo no es la
ausencia de respuesta al malestar de la Educación
nacional, sino la debilidad de los esfuerzos acometidos
para hacer surgir nuevas vías de desarrollo”.
Una de
las primeras conclusiones a las que he llegado
al prestar atención a los subrayados que siempre
dejamos sobre los documentos de prensa que conservamos,
es que cualquier reflexión que se abra sobre este tema
debe sortear las trampas del decir propio de los
memorandums, informes y declaraciones de principios de
los decretos y leyes orgánicas de educación; ese
“decir” es simple cortesía interesada requerida por el
hecho de dirigirse a una sociedad como la nuestra. Es un
“decir” preciso para dejar a salvo los propios
intereses a los que ese “decir” sirve en nuestro
contexto sociopolítico y cultural: así, el invocar la
realización personal como objetivo del sistema
educativo puede no ser más que un pretexto tanto para
instar, persuadir y forzar desde la juventud la apuesta
por una supervivencia en un incierto mercado laboral,
como para advertir de la necesidad de dar respuesta a
las mutaciones tecnológicas propias del capitalismo
actual si no se desea verse marginado;
el verdadero objetivo, lo verdaderamente buscado y
perseguido con las apelaciones a la formación a lo largo
de la vida es atender las demandas asociadas a las
transformaciones del puesto de trabajo o a las
mutaciones tecnológicas. Ahora bien, los propios textos
ponen en la pista de ese decir “tramposo” cuando, por
ejemplo, afirman que Europa debe alojar “la economía del
conocimiento más competitiva y más dinámica del mundo”;
objetivo que requiere de la formación “de un espacio
europeo de la educación y de la formación a lo largo de
la vida”.
He vuelto a releer el apartado relativo a la exposición
de principios a los que se dice sirve la Logse o la Loce
y la conclusión es clara: no es en estos textos donde se
descubren los intereses de los grupos políticos en el
poder o en la oposición; lo verdaderamente revelador de
los conflictos, de los fines y de las políticas
concretas lo leeremos en el día a día de la escuela, del
instituto, de la universidad, de las aulas de adultos,
de las prácticas de los profesores y alumnos. [Sirva
esta párrafo como justificación del silencio al que
someteré a los textos oficiales].
Verdad
es que el compromiso con estas jornadas y la necesidad
de reflexionar sobre este reto se abrió en un momento en
el que la organización política de nuestro sistema
educativo estaba a cargo del Partido Popular; su
directora de escena parecía dispuesta a no permitir que
se filtrara un rayo de luz y a justificar el más
precipitado de los procederes;
todo parecía indicar que Dª. Pilar deseaba recibir el
encargo de acometer y dejar firmada la autopsia del
sistema público de enseñanza. En tal contexto, entendía
que asumir el reto y trasladárselo a todos Uds., no sólo
tenía cierta urgencia, sino que incluso, dado el
silencio y la postración de los profesores del sistema
público, era algo que tenía para mí hasta un tinte
moral.
Puede
considerarse que hoy es otro el horizonte de
expectativas; no obstante, la presencia de una nueva
directora de escena no debe generar autocensura ni mucho
menos panglosianas expectativas, pues bien pudiera ser
que se concluyera amparando el mismo modelo de
sistema público de enseñanza aunque, en el mejor y
poco probable de los casos, estuviera instalado en una
jaula de oro y los gestores de las empresas asociadas a
las nuevas tecnologías de la información tuvieran en
nuestro sistema el mejor de sus clientes porque el
Ministerio o la Consellería de Educación hubieran
llegado a dotar a cada alumno de un ordenador de última
generación
en el buen, pero erróneo entender de que los niveles
escolares han de mejorar al producirse una introducción
masiva de ordenadores.
Más
que nunca creo que se precisa generalizar el debate
sobre los fines de esa institución a la que se llama
escuela; la confusión actual y la crisis de confianza es
un buen motivo para demandar ese análisis y requerir de
los partidos políticos y colectivos sociales una
atención preferente, una posición clara y una reforma en
profundidad que haga frente a “la crisis de la
educación” entendida como “una crisis de legitimidad de
la cultura cuando ésta tiende a reducirse a los
imperativos de utilidad social y de rentabilidad
económica”.
Esa reforma no puede seguir el procedimiento arcaico de
pedir pronunciamiento a unas personas que piensan y
deciden para que otras ejecuten; en educación me
atrevería a expresar un doble temor o a dar un doble
consejo. Por una parte, temo que se actúe
precipitadamente
cuando, en nuestra situación y dado el interés de este
tema, debiera seguirse con mimo el precepto cartesiano:
“resolvernos a avanzar lentamente y usando tal
circunspección que aunque avanzáramos muy poco, al
menos, nos cuidáramos al máximo de caer”. Por otra
parte, hago mías las palabras de un sociólogo: “es una
aberración creer que pueden reformarse sectores enteros
de la sociedad (…) partiendo de una visión racional
elaborada en la cúspide y valiéndose después de
reglamentaciones (…) para ponerla en práctica. Los
hombres y mujeres de hoy no viven ya en un mundo de
obediencia y de respeto hacia el poder (…) La
experiencia demuestra que una reforma bien llevada, es
decir, que se apoye sobre una escucha en profundidad de
los agentes implicados y cuyo objetivo sea reconocer sus
problemas, permite transformar al mismo tiempo las
mentalidades y el sistema”.
Sin transformación de las mentalidades sólo hay un
respeto burocrático que no va más allá de ser un burla
burlando al BOE; sabido es que cabe sustituir “exámen”
por “evaluación continua” y, por supuesto, seguir
haciendo lo que se venía haciendo.
Preciso
es reconocer que las dificultades en las que se ve
inmersa la escuela pública son graves. Ahora bien, desde
el inicio y por juzgar que es sustantivo, es necesario
denunciar lo que docentes de todos los niveles
educativos viven como una perversa abstracción: se habla
y legisla de modo tal que los posibles objetivos
asociados a un plan de estudios parecen ser
independientes de la configuración sociopolítica que
forma el entorno de la escuela, del instituto y también
de la misma universidad. Es más, esta abstracción
coexiste con la implantación de leyes que se desarrollan
contra los fines más sustantivos de la misma ley. Tal
es, por ejemplo, el caso si consideramos la implantación
de la LOGSE; el profesor Luis Gómez Llorente no duda en
hablar de “situaciones de bloqueo”, provocadas por
cuanto si bien “teóricamente” se habían previsto medidas
para atender a la diversidad, sin embargo el proceso de
implantación “había aplicado con excesiva intransigencia
el principio de atención a la diversidad”.
En otros casos nos habla de las posibilidades que abría
el curriculum (“abierto y flexible”) para reconocer que
vino a quedar cerrado por los “reglamentos y las
rutinas”.
Su juicio final es claro: “La implantación de la LOGSE
incurrió en graves fallos, no sólo por escasez de
recursos, sino también por desaciertos en su desarrollo
reglamentario. Las mayores deficiencias y errores se
manifestaron en su pieza más delicada: la ESO”.
Es preciso ganar este acuerdo, esta conclusión
y, además, será preciso saber si “después de treinta
años de aumento de los niveles de formación y de
crecimiento del alumnado, tocamos techo a mediados de
1990 (…) Estabilización y retroceso en conformidad con
determinadas tendencias a la descualificación
observables en el mercado de trabajo. Nico Hirtt afirma
que ‘en adelante la dualización del mercado de trabajo
ya no reclama una elevación general de los niveles de
formación’”.
Pero
además creo que no se ha destacado suficientemente que
los valores del mercado constituyen el currículum
oculto más fundamental y determinante en la formación y,
por tanto, en la configuración de la vida cotidiana de
los centros. Podemos decirlo con las palabras de
Lyotard:
"la
pregunta, explícita o no, planteada por el
estudiante profesionalista, por el Estado o por la
institución de enseñanza superior, ya no es ¿es esto
verdad?, sino ¿para qué sirve?. En el contexto de la
mercantilización del saber, esta última pregunta, la
más de las veces, significa ¿se puede vender? Y, en el
contexto de argumentación del poder: ¿es eficaz?".
Traducida la pregunta por la verdad de esta forma y
alentada cotidianamente esa abstracción a la que acabo
de referirme, el docente comienza a supurar una
decepción que sólo compensa con esfuerzo hasta que cae
agotado o derrotado pues llega a ser consciente de la
imposibilidad de bloquear los mensajes de la serie
de instituciones, públicas y privadas, que no cesan de
advertir de un seguro “fracaso” a quien no proceda de
acuerdo con esta traducción de la pregunta por la
verdad; Calicles hoy sería un aprendiz. El profesor no
puede evitar una pregunta: ¿Cómo pensar que cabe cambiar
desde el aula lo que política y mediáticamente no se
desea cambiar? El colectivo social no debe evitar otra
pregunta: ¿Cómo no reconocer las contradicciones a las
que el profesorado se ve sometido cuando asocia su
profesión y la misma institución de la escuela pública a
valores como los representados por esa forma de entender
la pregunta por la verdad? También es preciso ganar con
lucidez esta conclusión: a pesar de la mercantilización
del saber y de la argumentación del poder sigue teniendo
sentido hacerse cuestión de la verdad y sigue teniendo
sentido denunciar y criticar los vicios de una
instrucción que se funda en un aprendizaje cuantitativo
de conocimientos y perpetúa la selección asociada al
futuro de las personas sobre las diferencias de décimas
o centésimas. El problema es si esa pregunta por la
verdad encuentra un lugar adecuado en el espacio público
de educación o si, por el contrario, la desconfiguración
del espacio público ha desdotado de sentido a esta
pregunta en ese espacio. ¿Por qué no reconocer que en
múltiples espacios ya se da esta situación? .
Es
más, deberíamos estar de acuerdo al afirmar que esta
traducción de la pregunta por la verdad y su
implantación social revelan un hecho: el discurso
reformador ha pasado a estar monopolizado por la
ideología liberal. El resto ya es simple resignación
ante la lógica asociada a esa traducción de la pregunta
por la verdad: los centros pasan a verse socialmente
diferenciados y los padres a tomar conciencia de que un
centro ya es un medio social de incorporación que va a
condicionar no sólo el aprendizaje, sino las posibles
opciones de futuro de sus alumnos. Unos y otros, padres
y docentes, saben que la primera víctima de la
segregación es la motivación y, muerta la motivación, la
segunda víctima es cualquier proceso gratificante de
aprendizaje, cualquier diálogo entre los implicados en
los procesos educativos. Sobre estos supuestos
claramente asimilados por la sociedad, actúa la ley de
la oferta y demanda y, cada día, son y serán precisos
más centros privados que favorezcan y garanticen esa
diferenciación; es más, que la profundicen. Quien
impulsa esa política no dudará en recordar, por ejemplo,
que existen “cuatro mil solicitudes de enseñanza en
centros privados y que no han podido atenderse”; esta
demanda justificará una política educativa que incentive
la construcción de nuevos colegios concertados y de
nuevos niveles de educación bajo el mismo sistema.
Entretanto se cerraran los centros públicos o serán
reducidos sus grupos de estudio contando, por supuesto,
con el aplauso de los fervorosos de la ley de la oferta
y demanda. Ese es el momento, esto es, nuestro presente
en el que se ha pasado a
vivir
en la escuela con la lógica del uno contra todos, de la
búsqueda y captación de “los mejores”, de la imagen de
la excelencia, del éxito, del rechazo de “los menos
brillantes”, del culto al rendimiento y del abandono o
reubicación/marginación de los alumnos que no sirven a
una imagen de éxito y triunfo que todo Centro precisa
para subsistir en el mercado educativo. Los salones que
ofertan educación profesional y estudios superiores
(nunca pensé que llegarían a prosperar en nuestro medio
social cuando los conocí en Bruselas) pasan a ser
organizados por la administración pública; los autobuses
se instalan a las puertas de los aularios en los que se
examina de selectividad para iniciar su actividad de
promoción de sus productos y las cuñas de radio
publicitan universidades y el éxito asociado a cursar
estudios en las mismas como se publicita un coche; las
carpas se instalan en las zonas de ocio de las ciudades
para dar a conocer, por ejemplo, en Alicante a la
Universidad que lleva 25 años formando esa ciudad, etc..
Todos y cada uno de estos elementos son imprescindibles
dentro de esta lógica; una servidumbre más y cada día
más perversa porque prima una lógica opuesta a la que
requiere la docencia y la enseñanza. Y lo fundamental es
que esta obsesión por la imagen da de sí y consolida una
dualización escolar, margina los “restos” en la escuela
pública urbana e impulsa políticas que catalizan la
pérdida de “buenos alumnos” de todo centro que no se
asocie a una determinada configuración del éxito. Lo
grave es que esta obsesión por la eficacia, incorporada
a la conducta de las clases medias, asume implícitamente
que la obtención de mejores rendimientos escolares
justifica la segregación sin más; ya lo percibimos: las
clases medias educadas en su parte más significativa en
la enseñanza pública, se vuelven contra ella para
reivindicar la libre elección de centro. Para los
alumnos que viven este ambiente sólo cabe una
representación del saber como una simple herramienta,
válida, potente o inútil si permite resolver un problema
y, dentro de este clima, la actividad específica y
propia de escuela pierde su sentido. Esta tarea viene
acompañada por una actitud de los docentes que reducen
sus ambiciones teóricas día a día. En definitiva, para
tal sector de personas la actividad escolar no tiene un
valor ni significación propia y con ello se da la
pérdida de otros aspectos fundamentales de la educación,
v.gr. la lectura. Eso sí, no se preocupen que Cultura
llenará de vallas las ciudades para promover la lectura
y dar satisfacción, a su vez, a los congresos de
editores que todos los años descubren que bajan los
niveles de lectura.
Cuando pienso en detalle sobre estas
cuestiones, cuando persigo las relaciones que mantiene
cada una de estas variables con el resto, no puedo
evitar silenciar a la altura en la que nos encontramos
unas palabras de Deleuze por cuanto nos orienta al abrir
una conjetura sobre lo que puede estar aconteciendo en
torno de nosotros: “Estamos entrando en sociedades de
control, que ya no funcionan mediante el encierro sino
mediante un control continuo y una comunicación
instantánea (…) Lo que se está instaurando
tentativamente es un nuevo tipo de sanción, de
educación, de vigilancia (…) Es previsible que la
educación deje de ser progresivamente un compartimento
estanco diferente del compartimento estanco profesional
y que ambos desaparezcan en provecho de una terrible
formación permanente, un control continuo que se
ejercerá sobre el obrero-estudiante de secundaria o
sobre el directivo-universitario. Se nos quiere hacer
creer en una reforma educativa, pero se trata de una
liquidación”.
Estoy, pues, advertido pero me sigo reconociendo en las
palabras que Luis Mateo Díez pone en boca de Dn.
Gumersindo de Azcárate: ”Todos oímos la voz que un día
clamó en el Congreso, como si en un desierto clamara:
”Educación o Extinción” (…) La voz era tan desesperada
como dolorida, y profundamente verdadera. (…) El que
nada sabe en la ignorancia se diluye, sin libertad ni
conciencia, a merced de quien ordena y manda”.
Mi sentir en estos momentos también es tan desesperado
como dolorido.
Estos
pretendidos puntos de acuerdo no evitan reconocer que
alguna de las dificultades por las que atraviesa el
sector público están asociadas al empobrecimiento de sus
servicios y que, en ocasiones, las necesidades de los
centros públicos lindan con la menesterosidad. Pero
no son esas dificultades las que explican la situación
presente. En otras épocas tuvimos menos y el espacio
público de educación era mejor, plagado de docentes y
grupos de innovación que eran verdaderos catalizadores
de los claustros y de los procesos de implantación y
corrección o adecuación de las leyes. La corrección de
estas miserias que se reducen a euros no representa
especial problema para una sociedad que derrocha, tal y
como lo hace la nuestra. Por ello, urge la corrección de
estas necesidades para restituir, al menos, la dignidad
a un sistema público de educación cuya decisiva
contribución a nuestro desarrollo económico y político
nadie puede poner en cuestión; ello ha de ser así aunque
se piense ese sistema como el de “un sector de
población”; sector que, por cierto, la sociedad necesita
para seguir manteniendo multitud de empleos no
cualificados. Se reconocen las necesidades; es
indudable que en muchos casos estamos ante
organizaciones mal ideadas y peor financiadas.
Por decoro y respeto a las formas culturales
occidentales, sea cual fuere el gobierno, es preciso,
por ejemplo, corregir con urgencia los fenómenos de
masificación o la concentración de alumnos inmigrantes
en determinadas aulas. Pero con esta corrección no
debe pensarse cerrado el problema. Nuestras
expectativas pueden ser otras al haber tomado la
dirección política el PSOE, pero, dada la situación
presente y la historia de necesidades de la escuela
pública, nada resta valor ni urgencia a este reto que no
puede centrarse ni reducirse a mostrar la menesterosidad
con que subsisten los Centros públicos o bien a decir
que se garantizará que “no se tolerarán situaciones de
desigualdad entre la escuela pública y la privada”;
propósito inútil pues las situaciones de desigualdad
están asociadas a leyes que fueron promulgados por quien
mantiene tal tesis. Como he sugerido son otras las
dimensiones del problema al que debemos de hacer frente
y, por supuesto, la primera de ellas requiere ahondar en
la oportunidad de plantear el reto, dado que,
recuperadas las condiciones idóneas de trabajo, el
sistema no mejorará si todos los actores no se movilizan
en función de un nuevo modelo, colectivamente gestado y
asumido. Debe volver a recordarse que “invertir en el
cambio es crear las condiciones para que los agentes
operativos descubran, si aún no lo saben, que sería
beneficioso comportarse de otro modo, no sólo para el
interés de sus operaciones y del conjunto que forman,
sino también para ellos mismos. Es también hacer que se
den cuenta de que es posible conseguirlo. Es, en
definitiva, preparar el terreno para que posean los
medios y el poder para transformar ellos mismos sus
propias relaciones. Esto implica, al mismo tiempo,
confiar en ellos y crear confianza para pasar de un
circulo vicioso a un circulo virtuoso”.
Creo que estas consideraciones son verdaderas; sólo me
resta cuestionarme si, además, son oportunas.
Oportunidad referida al momento en que planteamos el
reto. Unos datos pueden avalar esta oportunidad. Las
páginas de Educación del diario
El País
recogían en el mes de mayo un artículo firmado por
persona que, al firmar, nos hace saber que pertenece al
Grupo Federal de Educación del PSOE; en el párrafo que
cierra el artículo nos dice: ”Si de verdad [el Consejero
de Educación de la Comunidad Valenciana] no quiere que
la escuela pública se convierta en subsidiaria de la
privada (…) lo consecuente es incrementar las
dotaciones para hacer frente a los gastos de
funcionamiento de los centros, publicar la normativa
necesaria para que el alumnado con dificultades (…) se
escolarice equitativamente entre los centros públicos y
los privados”. Al concluir la lectura del mencionado
artículo sólo pude pensar “¡Qué error de apreciación tan
grande!”. A los pocos días y en el diario LEVANTE quien
se dice y firma “maestra y directora democrática”
presenta su análisis de la educación pública
y lo que considera como “el gran reto” al que debe hacer
frente Zapatero. Los puntos en los que centra su
análisis son los siguientes: la consideración de la
religión como asignatura voluntaria y la aspiración de
una escuela laica; la creación de los espacios píblicos
para atender la etapa 0-3 años, evitando lo que
Marcelino Iglesias ha hecho en Aragón: concertar con la
privada la atención de ese ciclo; aplaude la retirada de
“itinerarios” al finalizar 2º de la ESO, entiende como
“contradictorio y grave” que se mantengan las pruebas de
Septiembre y, finalmente, aborda “lo más preocupante”:
paralizar el sistema de elección de los directores de
los Centros. A los pocos días, el diario EL LEVANTE
recoge un reportaje de La Plataforma en Defensa de la
Enseñanza Pública. Pone en boca de uno de sus
representantes lo siguiente:”Utilizar como chantaje el
dato de que existen 4000 solicitudes que no han podido
atenderse para anunciar esta medida [necesidad de
construir centros concertados] es sinónimo de falta de
visión política y social”
¿Por
qué aporto estos referencias para pronunciarme sobre la
oportunidad de esta reunión en torno a este tema? Tanto
la directora democrática como el miembro del Comité
Federal de Educación del PSOE o el representante de la
Coordinardora deberían de conocer el trabajo de López
Rupérez: La libertad de
elección en la educación
y, en consecuencia, saber que sobre el estado de
opinión generado por una irresponsable implantación de
la LOGSE se fundamenta, libra y está a punto de cerrarse
otra batalla:
las lógicas del mercado son bendecidas
por el propio Ministerio de Educación y la demanda del
sistema privado de educación en las poblaciones urbanas
no cesa de crecer por cuanto el centro público es
rechazado por amplios sectores de población que se
educaron en él mismo y que, dada la posible
diferenciación social que genera, lo evitan como el
centro de sus hijos. Las clases medias han pasado a
entender como valores “la eficacia”, “la competitividad”
y sobre el principio de la elección de los padres se
articula un dispositivo de autoselección que le permite
al gobernante desprenderse de centros, de grupos, de
fases incluso del sistema educativo. El crecimiento de
la demanda de sistema privado de educación adquiere
aspecto de inundación en la misma medida en que el
sistema público se queda sin protección, sin malecones:
esto es, sus profesores en muchos casos viven una aguda
contradicción, las instalaciones y el sistema se hunde
en la necesidad y, a la vez, se configura como la
estación término de los hijos de los inmigrantes.
El miembro del Comité Federal de Educación, la directora
democrática y el representante de la Plataforma deben
recordar el principio formulado en el día de su
presentación en sociedad por quien fue Conseller de
Educación y Cultura de la Generalitat Valenciana, Sr.
Villalonga: "la gente quiere escuelas privadas".
Las inversiones y la política educativa, desde el
detalle urbanístico a la ley general, han estado
orientadas de modo que se generara y potenciara esta
demanda: cualquier deficiencia, cualquier carencia en el
sistema público se traduce en incremento de demanda de
escuelas privadas-concertadas; ello, a su vez, legitima
el planteamiento neoliberal y margina el espacio público
de educación. Para ello ha bastado con inducir en la
sociedad la igualdad “democratizar=liberalizar”. El
contrasentido es claro: Todos nosotros recordamos la
manifestación de la Castellana contra la LODE; hoy la
misma FERE que allí pedía su derogación se siente cómoda
y consolidada, usando el régimen concertado y lanzando
sus “restos” hacia la enseñanza pública sin que PSOE ni
PP lo hayan impedido; sus “mapas escolares” sólo han
favorecido a la política de los centros concertados y la
dualización de centros. Las experiencias de otros países
les debieron de ser conocidas a unos y le son conocidas
a otros.
Lo impensable por el año 1995 ya ha
cobrado cuerpo y, de hecho, es difícil oir un mensaje
que contradiga el formulado por el Sr. Villalonga al
marcar los objetivos del sistema educativo en La
Comunidad Valenciana: "la enseñanza pública ha de
ser subsidiaria de la enseñanza privada".
Es claro que el Sr. Villalonga sólo “nos ponía por
delante”, sólo afirmaba con claridad en el año 1995 lo
que, en su momento, se comenzaría a decir y organizar
desde el Ministerio de Educación tan pronto como el PP
accedió a los ministerios. Es más, lo importante para
tal concepción es defender que el espacio público de
educación debe ser subsidiario; no debe, pues, ningún
miembro del Grupo Federal de Educación del PSOE razonar
en los términos anteriormente indicados. Lo que de
verdad ha buscado, querido y publicitado el PP, así lo
dijo el Conseller Villalonga al hacerse cargo de la
Consellería de Educación, es que la enseñanza pública
sea subsidiaria de la privada. Toda su política
educativa está vinculada a este principio, es su
desarrollo y despliegue en la escuela primaria, en la
media y en la Universidad. El actual Conseller no quiere
otra cosa, no tiene otro interés; puede decir que “la
enseñanza pública es mi enseñanza y quisiera ser
recordado como el conseller que (…) más fuertemente ha
apostado por la escuela pública”.
Ahora bien, dada la definición de la política educativa
de su partido no podemos otorgar crédito a sus palabras
y sí al propósito anunciado de “concertar el
bachillerato” fundado en el principio de la libre
elección de los padres. Es más, el actual Conseller
puede incrementar presupuestos para hacer frente a los
gastos de funcionamiento de los centros públicos de
educación y, no obstante, defender y perseguir que la
educación como el transporte quede en manos privadas y
sólo subsidiariamente el Estado se haga cargo de la
educación bien en determinadas áreas geográficas
(preferentemente las rurales) o bien en las zonas
urbanas para atender a sectores concretos de población
que, digámoslo con claridad, no son queridos, no son
deseados ni por los padres ni por los titulares de los
centros privados de educación subvencionados por el
Estado. El sistema privado y concertado de educación
necesita al público como aliviadero o sumidero; todos
sabemos que así sigue funcionando y funcionará pues
nunca deseará hacerse cargo del alumnado que requiere
especial atención y tiene derecho a ella. Por tanto,
debe quedar claro que nuestra Consellería de Educación
podría cubrir con largueza y oportunidad los gastos de
los centros, como podría permitir la elección de
directores por el claustro e incluso podría dejar fuera
de las aulas la enseñanza de la religión; no obstante,
debería seguir defendiendo lo que el Conseller
Villalonga afirmó por aquel entonces con una claridad y
desdoro verdaderamente llamativos: la escuela pública
debe ser subsidiaria de la escuela privada. En el
mejor de los casos, el Estado sólo debería garantizar la
calidad del servicio tal y como sanidad garantiza la
salubridad de los balnearios u hoteles. Si esa garantía
no es rigurosa, viene a dar igual porque el propio
mercado la acabará demandando, estableciendo sus
controles y liberando al sistema público de esa
obligación. Ya estamos en este lugar; de hecho, el PSOE
dejó la Consellería de Educación con 5.177 aulas
concertadas y hoy ya son 8093 las que han alcanzado esta
situación jurídico-administrativa.
Permitan que de un paso más para
razonar la oportunidad de nuestro encuentro en torno a
este tema. ¿Tal tesis es sólo del PP? Si nos atenemos
al contenido expresado por el informe de la Comisión
de las Comunidades Europeas es claro que asistimos
desde hace años a un cambio de tendencia, a una
apuesta por unnuevo modelo de escuela, de espacio
público de educación y, por tanto, estamos en
presencia de nuevos principios y criterios normativos.
En este informe fechado en 1993 se indica: ”Hay
convergencia entre los distintos Estados en afirmar la
necesidad de una mayor apuesta del sector privado en
los sistemas de educación y/o de formación profesional
y en la formulación de las políticas de educación y de
formación para tener en cuenta las necesidades del
mercado y las circunstancias locales.”.
Lo que varía, pues, es el ideal normativo. Y esa
variación ya queda recogida en el documento mentado.
Asociado a este pensamiento se dan otros que utilizan
un lenguaje en el que priman términos como “demanda”,
“oferta”, “principio de eficacia”, “competencia”,
“recurso humano”, “consumidor a satisfacer”, “gestión
empresarial”, “diversificación”. La ideología liberal
hace leyes, introduce otro discurso y, al final,
monopolizando el discurso sobre la escuela o la
universidad, se hace con, penetra las conductas de los
ciudadanos.
En segundo lugar, es oportuno
reflexionar sobre este tema ya que existe un claro
malestar en la educación nacional, agravado por una
agitación reformadora que no parece darse descanso ni
un minuto de sosiego; agitación de la que es
consciente el propio legislador y, por ello, pasa a
justificar, se ve en la precisión de justificar esta
secuencia en cascada de reformas: “las reformas de los
sistemas educativos han dejado de ser acontecimientos
excepcionales, y se han convertido en procesos
relativamente continuados de revisión, ajuste y
mejora”.
Tales procesos generan un auténtico derroche de
recursos humanos, de talento, instalan en la más
absurda inseguridad jurídica al sistema y a los
subsistemas asociados al mismo, v.gr. el editorial y
el de formación permanente del profesorado y,
finalmente, sólo favorecen posiciones de control, de
burocratización y de obstrucción a toda posición
personal y de grupo que suponga creatividad,
cooperación y responsabilidad. Aunque debamos asumir
que “el nivel mejora”,
sin embargo también debe reconocerse que el malestar
gana a capas más extensas de padres, de alumnos y de
profesores; que quien enseña no fía a su actividad
expectativas, que quien aprende sólo prolonga la
actividad hasta que encuentra un puesto de trabajo y
que la Administración responde al malestar de padres,
alumnos y profesores con reformas que sólo logran
alimentar la confusión, el malestar de la mayoría y el
poder de unas pocas instituciones. Padres, alumnos y
profesores parecen convencidos de que no se ha
pretendido reconocer sus problemas y favorecer la
discusión sobre ellos.
Nunca se ha escrito tanto sobre el contenido de las
enseñanzas, sobre programas, métodos y psicología de
la comunicación; nunca se ha denunciado tanto el modo
en que se pervierte la función docente y discente con
programas imposibles por impracticables. Y, no
obstante, el malestar persiste a la vez que se
registra una clara decepción del colectivo humano que
tiene encomendada la enseñanza de formas de
cooperación, de formas de autoafirmación, de respeto y
persuasión del otro; decepción del colectivo
humano que abandona cuanto se refiere a la
socialización de los alumnos para centrarse sin
entusiasmo, con rutinas y exigencias a la baja, en los
contenidos de los programas. De este giro puede
depender algo tan fundamental como la generación y
afirmación en el adolescente de una actitud negativa
respecto de las instituciones colectivas.
El diario El País (19/octubre/2002)
destacó a página completa el contenido de una encuesta
de acuerdo con la cual el 70% de los 4620 alumnos
encuestados señala que “los partidos políticos no le
transmiten ‘ninguna o poca’ confianza”. ¿Tiene algo de
extraño en contextos organizativos como los que
conocemos que el 28,1% de los alumnos del sistema
educativo español asuman que “es igual régimen
democrático o autoritario; importa el orden y el
progreso” y que sólo el 32,9% considere
“insustituible” el régimen democrático? ¿El análisis
de la legitimidad del poder y de las promesas
incumplidas de la democracia puede conducir a que un
30,3% de nuestros alumnos entiendan que la democracia
“sólo vale si sabe dar soluciones a los problemas”?
Para valorar estos datos y preguntas he de recordar
otros: en otros momentos de nuestra historia
inmediata, los alumnos asignaban (valorando de 0 a
100) un valor de 80 [el valor más alto] al interés
subjetivo que sentían por los temas propios de la
ciencia política.
Pero,
sobre todo, es oportuno el momento porque se precisa
reconocer que la sociedad que tenemos ante nosotros es
distinta de aquélla que trasladaba seguridad y orden
en las aulas, que requería obediencia, que sólo
parecía interesada en la alfabetización y en ofertar
personas capaces de reproducir gestos técnicos o
administrativos en amplios sectores productivos. Ese
espacio escolar parece que ha empezado a convivir con
otro en el que, ante todo, se enfatiza lo novedoso del
estadio histórico en que vivimos y de nuestra sociedad
por ser la “sociedad del conocimiento”. He tratado
de apuntar diversas razones de la desestructuración
del espacio público de educación y de la escasa
capacidad de reacción que hoy poseen los colectivos
humanos que lo integran. Deseo aludir al doble frente
de problemas que impiden esta reacción.
Uno
el organizado en torno a una concepción del servicio
público de educación como un servicio que
progresivamente debe de ser privatizado y reorganizado
sobre los mismos supuestos que permiten organizar
otros servicios que la sociedad requiere. Ya he
aludido a diversos problemas que inciden sobre la
escuela o espacio público de educación al haber
alcanzado penetración social esta concepción. En la
situación presente es claro que el tema de la
educación debe pasar a ser un tema prioritario en la
definición de los partidos; deben recuperarlo como uno
de los ejes de sus preocupaciones, análisis y
propuestas. La derecha tiene su modelo; este modelo
está acaparando el espacio social más significativo
del sector y la izquierda o los partidos asimilables a
ella no pasan en muchos casos de discutir la política
de construcciones. Los profesores saben que la
corrección de problemas que permitirían recuperar el
quehacer diario requiere que sean los Centros, sus
claustros, quienes estructuren y determinen las
condiciones de trabajo para atender a poblaciones
concretas que demandan especiales inversiones y
atención. Asumidas las oportunas autoevaluaciones y
evaluaciones externas, no existe razón alguna para que
un colectivo de emigrantes no encuentre en el centro
público el diseño de la organización escolar y
curricular que requiere una cálida acogida y una
enseñanza de calidad; ahora bien, no basta con crear
legislación, es preciso que los Centros y sus
claustros recuperen capacidad de organización, de
propuesta, para hacer frente a la complejidad del acto
educativo. Al ser conscientes de la complejidad del
acto educativo no podemos evitar la reacción airada al
ser testigos de algunas altisonantes declaraciones.
Hoy,
el impulso debe venir dado por la misma sociedad:
difícilmente surgirá en y desde los centros. La
sociedad no puede ni debe olvidar que las
organizaciones escolares que practican y favorecen la
segregación tienen un elevado coste social a corto
plazo; es más, muchos de estos centros que hacen de la
segregación el fundamento de su calidad, superarían
con mayor o menor holgura una evaluación al uso. Ahora
bien, ¿cómo valorar el valor cívico de lo enseñado o
la asimilación de aquellos valores que, como el de la
solidaridad, constituyen el fundamento de cualquier
organización social? No debe olvidarse, como dice
Christian Laval,
que “la evaluación tal como se practica conduce
demasiado a menudo a ocultar la realidad misma del
acto educativo en toda su complejidad y tiende a solo
medir una ficción”. Antes hemos defendido que con sólo
dotar de euros a los Centros no se soluciona el
problema central del espacio público de educación. Se
requiere algo fundamental: volver a recuperar el
estado intelectual de los docentes que asume una
concepción de la educación como bien público y como
bien común, volver a ganar el espacio de opinión desde
el que se imponga el repliegue de los intereses
privados y se ganen opiniones y voluntades en torno a
objetivos intelectuales fundamentales.
Otro
frente de problemas es el organizado al analizar lo
que a la sociedad actual, la nuestra y propia de los
países desarrollados, le cabe esperar de ese espacio
público de educación. Esto es, no sólo cabe requerir a
los colectivos de profesores para que desarrollen una
sensibilidad que permita a los alumnos reaccionar ante
otros valores que los primados por la sociedad de
consumo; cabe esperar que los ciudadanos que pasen por
ese espacio hayan sido atendidos de modo tal que hayan
aprendido a conocerse, sean activos, capaces de
comprender y dominar la complejidad de las actividades
y de las relaciones humanas a las que habrán de hacer
frente, capaces de asumir su libertad de elección y no
sólo de pensamiento, capaces de sacar partido a la
actual configuración de las comunicaciones. Es verdad,
como afirma Castells, que “la creación, el tratamiento
y la transmisión de la información se convierten en
las fuentes principales de la productividad”
. Ahora bien, no es una verdad menor que en el
contexto presente sólo la formación establece el
límite y sentido que ha de cobrar la información y,
por tanto, de
lo que hoy se trata, como nos enseña el profesor Lledó,
es de llamar la atención, de alertar, sobre “una
posible información para la nada, de “una inmensa
memoria del olvido”. El ser se “realiza”, decía el
filósofo, haciendo crecer en nosotros la “semilla
inmortal” de la palabra con fundamento, del conocer
que viene de fuera, pero que se “hace” desde dentro”.
En
esta sociedad cuyo entramado social está más
configurado que nunca, la alegoría de la caverna ha de
representar un momento fundamental de la formación que
hace posible la construcción del saber y el sistema de
símbolos de todos nosotros; de esta forma, al menos,
pasarán a ser sabedores de la contradicción que existe
entre las exigencias simbólicas y materiales que
alejan a los jóvenes de una formación a la que, por
otra parte, se dice que deben acceder. Contradicción
tanto más fuerte y sentida cuanto menor sea el poder
adquisitivo.
Guillermo QUINTÁS ALONSO.
Universitat de València.
LYOTARD, J.F.:La
condición postmoderna,
p.94, Cátedra, Madrid 1986.
.
Ver la reseña de El PAIS, p.3. Comunidad Valenciana,
del día 21 de Septiembre 1995 en donde se recogen
las respuestas del Conseller Villalonga. Es claro
que se reincide en declaraciones de otros altos
cargos de La Consellería de Educación acerca de la
política de "potenciar la concertación con los
centros privados".
.
Declaraciones del Conseller de Educación y Ciencia ,
Sr. Villalonga, a Las
Provincias
(14/07/95). En consecuencia no se requiere
interpretar las declaraciones del Conseller Pons,
recogidas en LEVANTE. El MERCANTIL VALENCIANO, p.72
(23 de mayo 2004) al afirmar:”nunca se había
realizado un esfuerzo tan importante en la
convocatoria de plazas en la educación pública y
esta medida es una apuesta más de la apuesta del
Gobierno Valenciano por la educación pública”.
Eso sí, en la p.77 del mismo diario y fecha se
presenta el correspopndiente informe bajo el
siguiente titular:”Vecinos y Ampas de Jesús
califican de ‘virtual’ la escolarización en CP
píublicos”.
E. LLEDÓ,
“El Ánfora y el ordenador”, en:
Días y libros, Valladolid, Consejería de
Educación y Cultura, 1994, pp. 115‑118.
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