REGISTRO ARQUEOLÓGICO

Aunque podemos encontrar restos arqueológicos de la presencia Tartesica, en estas páginas analizaremos el registro arqueológico del Santuario de Cancho Roano, ya que es un yacimiento donde podemos encontrar tanto restos de construcción y restos materiales que nos atestiguan tanto el comercio, como la cerámica, y el trabajo de metal. A continuación analizaremos por su extraordinario valor el Tesoro de Carambolo

EL SANTUARIO DE CANCHO ROANO

 

Reconstrucción panorámica de Cancho Roano

 

ESTRUCTURA

El complejo arquitectónico oreintado al sol naciente, se levantó en una pequeña vaguada junto al arroyo Cagancha, en el término municipal de Zalamea de la Serena (Badajoz). Su origen se remota a los inicios del período orientalizante, cuando sobre una cabaña ovalada se erigió el primer edificio. Sobre este primer monumento se construyó un segundo, del que conocemos su planta, en la que se han documentado hasta tres altares de adobe, dos de ellos en forma de piel de bóvido. Por último, a mediados del siglo V a.C., se decidió clausurar este segundo santuario para edificar el ahora visible.

Se construyó con un sólido basamento de piedras y alzados de adobe, y fue enlucido por el exterior con arcilla roja, como los suelos de las habitaciones, mientras que el interior fue totalmente encalado. Para realzar aún más el cuerpo principal del santuario, se construyó una terraza de piedra de gran tamaño, también encalada, que lo rodea por completo. Al cuerpo principal se accede por un patio cuadrado, con un pozo en el centro ,que aún hoy mantiene su nivel de agoa. La entrada al edificio se realiza mediante una escalera de piedra construida en la esquina septentrional del patio, que conduce a una estancia que, a su vez , comunica con un gran ambiente transversal, que cruza todo el edificio y sirve de distribuidor a los especios del fondo. Se disponen en tres cuerpos indpeendientes en la zona meridional, almacenes en los que se hallaron ánforas y orzas que contuvieron cereales, aceite, vino, miel y otros productos alimienticios, así como una cantidad de objetos de bronce -´calderos, recipientes rituales, jarros, arreos de caballo, etcétera-; la septenctriional consta de una habitación alargada, en cuyo fondo había un telar, a la que se abren tres pequeñas estancias en las que se halló gran parte de los materiales de importación que caracterizan al yacimiento: alabastrones, copas griegas, cuentas de pasta vítrea púnica, escarabeos egipcios, marfiles, sellos de lidita, cuentas de ámbar y cornalina y buena parte de las joyas de oro del santuario. En el eje central del edificio se erigió la hbitación principal, verdadero lugar sacro del complejo, en cuyo centro se levantó un gran pilar rectangular que haría las veces de altar. Tal vez lo más sobresaliente de este espacio principal es que el pilar se alza sobre los respectivos altares de los dos edificios anteriores. Por último, el monumento está rematado, a modo de torres, por dos habitaciones: la de la entrada, donde se construyó una escalera para acceder a la terraza y la planta superior hoy perdida, y la suroriental, tal vez lugar de residencia.

Rodea el edificio una serie de estancia perimetrales, seis por cada lado, donde se depositaron ajuares a modo de ofrendas. Todo el complejo munumental está rodeado por un foso excavado en la roca, que en algunos puntos busca los niveles freáticos para mantener siempre una lámina de agua que ensalce la construcción. En la zona oriental, por donde se llega al santuario, se construyó una pequeña muralla con dos torres poligonales en el centro que flanquean la única entrada posible a la construcción.

El edificio fue intencionadamente incendiado, destruido y posteriormente sellado con tierra antes de ser abandonado, echándose en falta tan sólo los elementos sacros, seguramente recuperados par mantenter el culto en otro lugar. El continuo cruce del agua de arroyo Cagancha, aún en épocas de fuerte sequía, así como la construcción de pozos en el interior avalan el papel primordial que debió jugar el agua tanto par la construcción como para el culto en el lugar.

 

HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES.

 

Con motivo del Festival Internacional de Teatro de Mérida de 1978, la Subdirección General de Arqueología, dirigida por el profesor Maluquer, recibió el encargo de organizar una exposición sobre la Prehistoria y la Protohistoria de Extremadura. En el transcurso de estos acontecimientos se informó de la destrucción a la que estaba siendo sometido el yacimiento. En octubre el profesor Maluquer, acompañado por varios técnicos de la subdirección General de Arqueología visitaron el yacimiento y decidieron inmediatamente la excavación, responsabilizándose de los estudios el Instituto de Arqueología y Prehistoria de la Universidad de Barcelona.

Sin embargo, la historia del yacimiento comienza veinte años atrás, cuando se parcela la finca de Cancho Roano, y se vende entre los vecinos. Una de las divisiones pasaba por un montículo denominado la Turruca, coronado por grandes encinas. El deseo de uno de los dueños D. Jeromo Bueno de convertir esa tierra en una fértil huerta, le hizo actuar con una pala excavadora, donde quedaron al descubierto grandes restos arqueológicos. La noticia de los descubrimientos no paso desapercibida, y a mediados de los setenta D. Pedro Dávila, gran valedor del yacimiento, puso en conocimiento de D. José Antonio Hidalgo, maestro de Quintana de la Serena los hallazgos, pueblo donde se expusieron las primeras piezas.

El primer objetivo de la intervención arqueológica era conocer el significado de la construcción de adobe, en primer lugar se consideró una gran pira funeraria, pero la altura de las paredes y la falta de huesos y ajuares fúnebres desechaba esa ídea, por lo que se empezó a cavar una gran trinchera de 24 metros con una anchura de dos metros para su investigación.

Una vez excavada la trinchera se pudieron llegar a varias conclusiones:

 

A partir de los 80 las excavaciones se centraron en cada una de las habitaciones individualizadas, que se habían detectado en el sector septentrional, el mejor conservado.

 

El año 1988 marcó un punto de inflexión en el Cancho Roano. La campaña había comenzado con escasos recursos económicos y la ausencia del profesor Maluquer, sin embargo la apertura de nuevas zonas de excavación dieron resultados espectaculares, con nuevas construcciones y ricos materiales. Atraído por las noticias de la prensa se interesó por el yacimiento un empresario badajocense, Bartolomé Gil Santacruz, que una vez visitado el expediente proporcionó los medios económicos necesarios para seguir las investigaciones. Lo más importante de esta aportación económica que provocó la reacción de la administración que aportó los fondos necesarios para los trabajos de excavación

Foto hallazgo en N-6

 

La última fase de los hallazgos comenzó en 1995, único año en el que no se intervino en Cancho Roano, pero en el que se decidió desde la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, un plan de intervención, este plan fue aprobado en 1996, siendo el documento base sobre el que se han llevado las negociaciones con otras administraciones