La Introducción a la crítica de la Economía Política
(1857) de Karl Marx
Francesc
Jesús Hernàndez i Dobon
(Departamento
de Sociología y Antropología Social, Universidad de Valencia)
1
En
las páginas siguientes se realiza un comentario de la frecuentemente denominada
«Introducción a la crítica de la Economía Política», redactada por Karl Marx en
1857. El texto reconstruye, a partir de las notas que fueron utilizadas en la
preparación de aquella sesión, un seminario impartido en el departamento de
Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República de
Uruguay, en Montevideo, el 22 de mayo de 2001, promovido por el profesor Miguel
Andreoli, en el marco de una estadía realizada en virtud del convenio existente
entre la universidad mencionada y la Universidad de Valencia.
Lógicamente,
resulta aconsejable que el lector tenga a mano una versión del texto que se
comenta. Puede tratarse de la traducción de Pedro Scaron, publicada por la
editorial Siglo XXI en el primer tomo de los Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política
(Borrador), 1857-1858; o la traducción de Javier Pérez, que se encuentra en
el volumen XXI de las incompletas Obras de Marx y Engels, de la editorial
Crítica-Grijalbo, en el primer tomo de las Líneas
fundamentales de la crítica de la Economía Política («Grundrisse»); o bien
cualquier otra versión suelta, como las publicadas por la editorial Castellote,
con el título Introducción general a la
crítica de la Economía Política, la citada editorial Grijalbo, como El método de la Economía Política, o la
editorial Nau, titulada Introducción a la
crítica de la Economía Política. Las citas se referirán con la paginación
del manuscrito (precedida de la abreviatura «ms.»), la correspondiente al
volumen XLII de las Marx Engels Werke
(«MEW») y la página de la traducción de Javier Pérez («OME»); la traducción de
Pedro Scaron dispone, al margen, de la paginación del manuscrito (la real, no
la anotada por Marx en el escrito, que incluye alguna duplicación).
2.
Comentar
la «Introducción a la crítica de la Economía Política» (1857) de Marx requiere
sortear no pocas «trampas». La primera la tiende el propio Marx en el prólogo
del primer fascículo de la Contribución a
la crítica de la Economía Política (1859) (MEW XIII: 7-11). Afirma en el
segundo párrafo de este archiconocido texto:
Aunque había esbozado una
introducción general, prescindo de ella, pues, bien pensada la cosa, creo que
el adelantar los resultados que han de demostrarse, más bien sería un estorbo,
y el lector que quiera realmente seguirme deberá estar dispuesto a remontarse
de lo particular a lo general. En cambio, me parecen oportunas aquí algunas
referencias acerca de la trayectoria de mis estudios de Economía Política.
Y,
en el último párrafo, antes de la consigna final, reitera:
Este esbozo sobre la trayectoria
de mis estudios en el campo de la Economía Política tiende simplemente a
demostrar que mis ideas, cualquiera que sea el juicio que merezcan y por mucho
que choquen con los prejuicios interesados de las clases dominantes, son el
fruto de largos años de concienzuda investigación.
No
deja de resultar sorprendente que, aunque Marx advierte explícitamente de que
el prólogo citado no pretende «adelantar los resultados que han de demostrarse»
y que, «en cambio», su pretensión es únicamente adelantar «algunas
referencias», un mero «esbozo» sobre la trayectoria de sus estudios, el texto
haya sido acogido por el marxismo con hiperbólico entusiasmo. El primer
comentarista del texto, F. Engels, afirmó en su recensión de la Contribución a la crítica de la Economía
Política, publicada un par de meses después de que apareciera el primer
fascículo, que la tesis «el modo de producción de la vida material condiciona
el proceso de la vida social, política y espiritual en general» resultaba un
descubrimiento revolucionario en la Economía Política y en las ciencias
históricas (MEW XIII: 470). A continuación cita el amplio párrafo del prólogo
(desde «Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas
materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de
producción existentes...» hasta «...Pero las fuerzas productivas que se
desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las
condiciones materiales para la solución de este antagonismo.»), que ilustraría
las consecuencias prácticas de la tesis: «No es la conciencia del hombre la que
determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su
conciencia», y que Engels identifica como la «concepción materialista de la
historia». Otros marxistas, como Lenin (en su artículo «Karl Marx» del Diccionario Enciclopédico Granat,
edición de 1915) o Stalin (en el capítulo «Sobre el Materialismo Dialéctico y
el Materialismo Histórico», del Compendio
de la Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la URSS, aprobado en
1938), reiteran el entusiamo engelsiano y reproducen exactamente el mismo
pasaje del prólogo.
Sin
embargo, el entusiasmo de la tradición marxista con las tesis del prólogo no
puede hacer olvidar que el mismo Marx ha afirmado que en él no pretende
«adelantar los resultados que han de demostrarse», y que tal proceder
resultaría en cualquier caso «un estorbo». ¿Por qué Engels, inaugurando una
larga tradición, desoyó estas advertencias? Adviértase que las tesis que Engels
entresaca son aquéllas a las que él mismo había llegado años antes. El párrafo
que Engels cita se antecede de la frase de Marx (formulada en pretérito): «El
resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, sirvió de hilo
conductor a mis estudios, puede resumirse así:». A continuación del párrafo, el
mismo Marx declara: «Federico Engels [...] había llegado por distinto camino
[...] al mismo resultado que yo.». La coincidencia entre ambos les llevó a,
según el prólogo, «contrastar conjuntamente nuestro punto de vista con lo
ideológico de la filosofía alemana», es decir, a elaborar el manuscrito que se
editaría póstumamente como La ideología
alemana. Se podría suponer, por tanto, que hay una discrepancia entre la
redacción de Marx y la lectura de Engels, entre la distinción que el primero
establece entre los «resultados» y el «esbozo de la trayectoria», y la
conjunción de ambas en la «concepción materialista de la historia» que defiende
el segundo. Pero esta suposición no está exenta de problemas: El mismo Marx
dirigía la revista Das Volk donde
Engels publicó la recensión del primer fascículo de la Contribución a la crítica de la Economía Política. En cualquier
caso, queda sobre la mesa la eventual discrepancia entre los «resultados» y la
«concepción materialista de la historia», una cuestión que podemos revertir
sobre el comentario de la «Introducción a la crítica de la Economía Política»
de 1857: ¿qué (otro) resultado se alcanza en sus páginas? ¿por qué enunciarlo
sería un «estorbo»? Emerge así la cuestión central que orientará el comentario
posterior.
Al
principio de este epígrafe se advertía de una «trampa» que tiende el prólogo de
la Contribución a la crítica de la
Economía Política al referirse a la «Introducción» de 1857. Escribía allí
Marx que «había esbozado una introducción general». No hay duda que la frase se
refiere al texto traducido en las versiones citadas en el epígrafe primero. Sin
embargo, no se puede deducir del texto citado que se trate de «una»
introducción general. Marx no afirma haber «redactado» una introducción, sino
únicamente haberla «esbozado». La terminología de Marx sugiere la analogía
pictórica. Haber esbozado un cuadro puede significar realizar una serie de
bocetos, estudios parciales o borradores de la composición general. No hemos de
caer en la trampa de pensar que el anuncio de Marx se refiere a «un» esbozo, un
texto de unicidad indudable, un borrador para la imprenta. De cualquier modo,
será el comentario de «la» -estas comillas resultan ineludibles- «Introducción
a la crítica de la Economía Política» la que tendrá que permitir resolver este
asunto.
3.
Vayamos
con la letra de la «Introducción a la crítica de la Economía Política». Las
traducciones citadas comienzan con cuatro títulos consecutivos. Literalmente:
Introducción
I. Producción, consumo,
distribución, cambio (circulación)
1) Producción
Individuos autónomos. Ideas del
siglo XVIII
Esta
batería de titulares tiende una segunda e importante trampa. El peculiar método
elaborativo de Marx y el celo organizador de los editores se aúnan para inducir
una conclusión falaz (o más de una, si consideramos el escrito como una
«introducción» al manuscrito de las Grundrisse,
a las que antecede, y no a la crítica de la Economía Política). Una lectura poco
atenta podría concluir, al observar los títulos citados y otros que aparecen
más adelante, que nos encontramos ante una redacción que responde a un esquema
anterior. El autor glosaría un repertorio de temas previamente establecido.
Hemos de retroceder un poco para eliminar esta representación. La portadilla
del cuaderno donde se encuentra la «Introducción a la crítica de la Economía
Política» (facsímil en MEW XLII: 17) presenta una gran letra «M)», seguida de
la datación del comienzo del cuaderno (Literalmente: «Londres 23 agosto '57»),
un nombre («Laura Marx», redactado por una mano diferente y obviado en todas
las traducciones) y un índice con el «Contenido» (véase en MEW XLII: 16, OME
XXI: 4). Nos encontramos pues ante uno de los muchos cuadernos, algunos
pertenecientes a sus hijas, que Marx redactó y que posteriormente marcaba (la
«M» bien podría significar la inicial de Methode)
y extractaba en otros cuadernos, a veces indicando únicamente la tabla de sus
contenidos, para preparar su obra definitiva.
En
el verano de 1857 Marx retoma la redacción de la que consideraba estrictamente
su obra. Se dan cita en aquel momento cuatro circunstancias que ya habían
aparecido en los intentos de redacción anteriores: a) la suposición de una
crisis inminente y definitiva del capitalismo, que le lleva a trabajar incluso
por las noches «como un loco», en la «síntesis» de sus estudios económicos
(carta a Engels de 8 de diciembre) ; b) el agravamiento de la miseria familiar;
c) el enfrentamiento con los «socialistas», y d) la relectura de Hegel.
Atendamos a los dos últimos factores. En julio de 1857 comienza una crítica de
las Harmonies Économiques de Frederic
Bastiat. Comenta también la obra de H. C. Carey, Principles of Political Economy. Part the first, of the Laws of the
Production and Distribution of Wealth. Pronto interrumpirá la recensión:
«Es imposible proseguir con estos sinsentidos.» (MEW XLII: 13). Un mes después
está datado el cuaderno de la «Introducción a la crítica de la Economía
Política». Respecto a la relectura de Hegel, resulta particularmente
interesante la carta a Engels del 16 (en el ms., 14) de enero de 1858: «En el método de la elaboración me ha prestado
un gran servicio el que by mere accident he
vuelto a hojear la [Ciencia de la] Lógica de Hegel -Freiligrath encontró
algunos volúmenes de Hegel, que originariamente pertenecían a Bakunin, y me los
envió como regalo» (MEW XXIX: 260). La epístola no aclara la fecha del envío.
En una carta precedente a Engels, fechada el 6 de julio de 1857, Marx comenta
que Freiligrath le había escrito «algunas líneas» (MEW XXIX: 149). Si los
volúmenes las acompañaban, se produciría incluso una cierta coincidencia
cronológica entre la redacción de la «Introducción de la crítica de la Economía
Política» y la relectura de Hegel. Pero no adelantemos el comentario, vayamos
con la letra de la «Introducción».
El objeto de nuestra
investigación es ante todo la producción
material.
(ms. 5; MEW XLII: 19; OME XXI:
5).
Marx,
como comenta a continuación, sienta esta tesis contra «Smith y Ricardo» y las
«Robinsonadas del siglo XVIII» y, en el siguiente párrafo, explica que «el
punto no habría que tocarlo en absoluto, si esta estupidez, que tenía un
sentido y una razón entre los hombres del siglo XVIII, no hubiera sido
introducida de nuevo de forma seria en plena economía política por Bastiat,
Carey, Proudhon, etc.» (ms. 6; MEW XLII: 20; OME XXI: 7). Coinciden todos
ellos, como expone el tercer párrafo, en demostrar «la eternidad y armonía de
las relaciones sociales existentes» (ms. 7; MEW XLII: 21; OME XXI: 8),
olvidando la múltiple articulación de la producción (la producción en general,
que dice Marx), sus diferentes determinaciones. Los dos párrafos siguientes
(unidos en las traducciones citadas) son meros apuntes provisonales. Marx
pretende distinguir la producción en general de la producción general y de la
producción particular. La letra desvela el carácter provisional del texto («...
tiene que ser desarrollado en otro lugar (más adelante). Finalmente [...]
Igualmente tampoco es éste el lugar para desarrollar...»), que concluye en una
enumeración de puntos a tratar: «Producción en general. Ramas de la producción
particular. Totalidad de la producción.» (ms. 8; MEW XLII: 21; OME XXI: 8).
En
tres páginas y algunas líneas de manuscrito Marx ha redactado lo que se podría
considerar un primer comienzo. Muchos asuntos de este fragmento merecerían ser
analizados. Por la limitación del espacio, se anotarán aquí únicamente dos: la
apariencia de la individualidad y el tema de la investigación. Dejaremos
apuntada la primera, que merecería un desarrollo a la luz de la importancia de
la teoría de la individualización en la Sociología contemporánea, que se puede
formular como la formación de un «punto de vista» antitético: la apariencia del
individuo aislado emerge en «la época de las relaciones sociales más
desarrolladas hasta el momento». Respecto del segundo asunto, el tema de la
investigación que Marx define en el texto, retomemos lo dicho en el epígrafe
anterior a propósito de la eventual discrepancia entre los «resultados» de la
obra la «concepción materialista de la historia». Vayamos a la letra del texto:
Para Proudhon, entre otros, es
naturalmente agradable desarrollar histórico-filosóficamente el origen de una
relación económica [...]
Podría parecer, en consecuencia,
que, para hablar de la producción en general, tendríamos o bien que seguir el
desarrollo histórico en sus diferentes fases, o bien declarar desde un
principio que tenemos que ver con una época histórica determinada, por ejemplo,
con la moderna producción burguesa, que es en realidad nuestro auténtico tema.
(ms. 6-7; MEW XLII: 20; OME XXI:
7).
Marx
parece determinar tres procedimientos: el desarrollo histórico-filosófico, el
seguimiento del desarrollo histórico en sus diferentes fases y la tematización
de una época histórica determinada. Marx deja de lado, por mitologizador, el
primer procedimiento. Pero también, adviértase, descarta el segundo,
precisamente porque, como se deduce del texto, puede incurrir en la misma
«eternización de las relaciones de producción históricas» cuando se olvida que
el elemento común «obtenido y aislado mediante la comparación» es «algo
múltiplemente articulado que se dispersa en diferentes determinaciones» (ms. 7;
MEW XLII: 21; OME XXI: 8). Por ello, su obra tratará de una época histórica, la
del capital. Recuérdese la invitación al lector para «remontarse de lo
particular a lo general» del prólogo de 1859. Ahora bien, ¿en qué procedimiento
tendríamos que ubicar las afirmaciones sobre la determinación de la conciencia
por el ser social o sobre la revolución social como contradicción entre fuerzas
productivas y relaciones sociales, que entusiasmaban a Engels de la descripción
de Marx de la trayectoria de sus estudios, o la emblemática tesis del Manifiesto del Partido Comunista (1848):
«La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la
lucha de clases»...?
4.
Tras
la relación de temas a considerar, con las anotaciones privadas ya mencionadas,
Marx escribe:
Está de moda anteponer al
estudio de la Economía una parte general -y es precisamente la que figura bajo
el título de «Producción» (ver, por ejemplo, J. St. Mill)- en la que son
tratadas las condiciones generales de
toda producción.
(ms. 8; MEW XLII: 22; OME XXI:
9).
La noción «condiciones generales» -y el desarrollo que efectúa a continuación de la misma- parecen ignorar las tres páginas anteriores sobre las «determinaciones generales». Nos encontramos ante un segundo comienzo. Por algún motivo, Marx ha interrumpido la redacción y parece ensayar un nuevo principio. Podemos especular sobre la razón de tal proceder. El primer principio se había centrado en las representaciones propias del siglo XVIII y el siglo XIX ya había cubierto más de la mitad de su curso. Sería necesario enfocar la cuestión refiriendo los últimos desarrollos de la Economía Política, y Marx apunta a John Stuart Mill. El texto tiende nuevas trampas. Se diría que la aparición de J. St. Mill es casual, ya que, por dos veces (en el texto citado y al final de la misma página del manuscrito), Marx introduce la clausula «ver, por ejemplo, J. St. Mill». Tal repetición resulta sintomática. John Stuart Mill no és un ejemplo cualquiera, sino un, si se permite la expresión, ejemplar, un, utilizando un término etimológicamente vinculado con estos, paradigma. Curiosamente, Marx y J. S. Mill son coetáneos, ambos cultivan la Economía, la Política, la Lógica, la Historia, etc., pero sus trayectorias biográficas son radicalmente antitéticas y, lo que es más importante, en el británico se trenzan de manera potente un conjunto de corrientes que Marx identifica nítidamente como el objeto de su crítica: el utilitarismo, el positivismo, el liberalismo, etc. En definitiva, escrribe Marx, J. S. Mill incurre en la misma naturalización o eternización de las relaciones históricas: «son introducidas subrepticiamente relaciones burguesas como si se tratara de leyes naturales incontestables de la sociedad in abstracto.» (ms. 8-9; MEW XLII: 22; OME XXI: 10).
Dos
páginas del manuscrito después del segundo comienzo, Marx realiza una síntesis
que parece reiterar la discrepancia entre el seguimiento del desarrollo
histórico (la concepción de la historia) y el estudio de una época histórica:
Resumiendo: hay determinaciones
comunes a todos los estadios de la producción, que pueden ser fijadas como
generales por el pensamiento; pero las llamadas condiciones generales de toda producción no son más que esos
momentos abstractos, con los que no es posible comprender ningún estadio
histórico, real, de la producción.
(ms. 10; MEW XLII: 24; OME XXI:
11).
A
continuación, dedica unas 13 páginas, prácticamente la mitad del cuaderno, a
comentar las diferentes rúbricas que los economistas ponen al lado de la
producción, es decir, la relación de la producción con la distribución, el
cambio y el consumo. En todos los casos critica la naturalización de las
relaciones y remite las cuestiones suscitadas al estudio de la producción, que,
como ya ha reiterado, tiene que circunscribirse a una época determinada.
Tras
estas consideraciones, nuevamente un párrafo explícitamente conclusivo que ya
presagia un nuevo comienzo:
El resultado al que llegamos no
es el de que la producción, la distribución, el cambio y el consumo son
idénticos, sino que todos son miembros de una totalidad, diferencias dentro de
la unidad...
(ms. 20-21; MEW XLII: 34; OME
XXI: 23).
5.
A
esta altura del comentario ya parece claro que Marx no está redactando lo que
será el esbozo de una «Introducción a la crítica de la Economía Política» como
la glosa de un esquema previo. Pero esta suposición queda totalmente confirmada
a partir del párrafo siguiente, que afirma:
Cuando consideramos un país dado
desde el punto de vista económico-político comenzamos con su población, con su
distribución en clases, la ciudad, el campo, el mar, las diferentes ramas de la
producción, exportación e importación, producción y consumo anual, precios de
las mercancías, etc.
(ms. 21; MEW XLII: 34; OME XXI:
24)
¿Qué
sentido tiene tal enumeración de rúbricas después de muchas páginas de
distinciones entre producción en general, producción general y producción
particular, si nos referimos al primer comienzo, o producción, distribución,
cambio y consumo, si nos referimos al segundo? Adviértase que la relación
citada prescinde totalmente de lo escrito anteriormente y presenta un,
llamémosle, tercer comienzo. Podemos suponer una buena razón para tal proceder.
Después de analizadas las «Robinsonadas» propias del s. XVIII y la evolución de
la disciplina en el s. XIX, en el caso de, «por ejemplo», J. S. Mill, Marx está
en condición de describir el proceder común de la Economía Política. Ahora
bien, si no se advierte este esfuerzo de autoclarificación, la manera como
análisis y redacción marchan acompasadas, difícilmente se pueden entender los
complejos párrafos que siguen en el cuaderno.
El
larguísimo segundo parrafo del tercer comienzo (desde «Parece correcto empezar
por lo real y concreto...» hasta «...estar siempre presente como presupuesto en
la representación.» (ms. 21-22; MEW XLII: 34-36; OME XXI: 24-26) aborda una
cuestión que podemos enunciar con una frase de Marx en la carta a Engels donde
daba cuenta de la recepción de los volúmenes de la Ciencia de la Lógica de Hegel, citada anteriormente. Se trata de
presentar, como dice allí, «lo racional en el método que Hegel ha descubierto,
pero que a la vez ha mistificado.», una explicación que gira, en ese párrafo
del cuaderno, en torno a la distinción entre «categorías simples» y «categorías
concretas», y su «existencia histórica».
¿Qué
es lo racional en el método de Hegel y qué lo mistificado, según Marx? Esta es
la cuestión central. Lo racional es «el método científicamente correcto», según
el cual:
Lo concreto es concreto, porque
es la síntesis de muchas determinaciones, porque es, por lo tanto, unidad de lo
múltiple.
(ms. 21; MEW XLII: 35; OME XXI:
24).
Un
extraordinario documento, la carta que remite Karl Marx a su padre en noviembre
de 1837, cuando es estudiante en la Universidad de Berlín, nos ofrece el
testimonio de cómo y cuándo el universitario asume aquella concepción de la
ciencia. El lujo de detalles de la epístola se explica porque Marx tiene que
justificar ante su kantiano y liberal progenitor su conversión a una corriente
asociada todavía al estatalismo prusiano (precisamente en aquellos años arranca
el hegelianismo de izquierdas). Para entender el significado de esta frase
citada acudiremos dos pasajes. El primero es el comienzo del libro I de El capital. Crítica de la Economía Política
(1867), donde Marx se cita a si mismo, concretamente el comienzo del primer
fascículo de la ya mencionada Contribución
a la crítica de la Economía Política (1859). Adviértase que los dos textos
que Marx publicó estrictamente como partes de su obra, que permanecería
incompleta, comienzan con la misma frase. El segundo pasaje corresponde a otro
cuaderno de Marx, que también permaneció inédito durante su vida, el titulado:
«Capítulo sexto. Resultados del proceso inmediato de producción» (a veces se
refiere por la abreviatura alemana: Resultate),
y que, como indican diversas disposiciones, tendría que haber servido de
capítulo final y conclusivo del libro I de El
capital y transición al libro II:
La riqueza de las sociedades en
que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso
arsenal de mercancías» y la mercancía como su forma elemental. Por eso nuestra investigación arranca del análisis
de la mercancía.
(MEW XXIII: 49; el texto de
1859, en MEW XIII: 15).
En este capítulo, son tres los
puntos a considerar:
1) Las Mercancías como producto del
capital, de la producción capitalista;
2) La producción capitalista es producción de plusvalía;
3) Es, a fin de cuentas, producción y reproducción de toda la
relación, y es a través de ello que este proceso inmediato de producción se
caracteriza como específicamente
capitalista.
De estas tres rúbricas, en la
redacción definitiva para la imprenta habrá que poner la número 1 al final, no
al comienzo, ya que constituye el pasaje al segundo libro -el proceso de
circulación del capital-. Por razones de comodidad comenzaremos aquí por el
primero.
(ms. 441, ed. alemana Fráncfort,
Neue Kritik, 1969; trad. castellana, México, Siglo XXI, 1971, 8ª ed., 1980,
trad. Pedro Scaron).
La
exposición, siguiendo en esto fielmente a Hegel, ha descrito un curso circular.
Parte de la mercancía como «forma elemental», es decir, como «categoría simple»
y llega hasta la mercancía como «categoría concreta», esto es, como la síntesis
de diversas determinaciones: producción capitalista, producción de plusvalía,
producción y reproducción de la relación social. Y en este punto, la exposición
inicia un nuevo círculo (la «circulación» del capital). La representación del
movimiento categorial de lo indeterminado a lo determinado, de lo simple a lo
concreto, incurre en mistificación cuando cae -volviendo a la «Introducción a
la crítica de la Economía Política»- «en la ilusión de concebir lo real como
resultado del pensamiento que se concentra a sí mismo, profundiza en sí mismo y
se mueve a partir de sí mismo» (ms. 22; MEW XLII: 36; OME XXI: 25).
Sin
embargo Hegel, y Marx lo sabe bien, no era un idealista ingenuo. Si lo real era
concebido como resultado del pensamiento o, dicho de otro modo, si, como
escribe en su Filosofía del Derecho,
lo real se torna racional y lo racional se torna real, es porque el
hegelianismo precisa de la articulación de la Lógica, la Historia e, incluso,
la Historia de la Filosofía, lo que se cumple, como en proyección de contorno
de sombras, dirá Hegel. O, mejor dicho, es el hecho de «representar» tal
fenomenología del espíritu la que garantiza el cumplimiento del saber absoluto
y a la época de la razón. ¿Es posible escindir el núcleo del idealismo absoluto
y mantener lo lógico sin comprometer la existencia histórica? O, en otros
términos ya citados, podemos tomar como tema «una época histórica determinada»
sin tener que «seguir el desarrollo histórico en sus diferentes fases»?
En
el caso del hegelianismo, esto es, de la concepción idealista de la historia,
la respuesta es no, ya que las categorías más simples tienen una existencia
histórica anterior (tal es la articulación entre la Lógica y la Historia).
Cabría pensar que una respuesta similar proporcionaría la inversión de la
concepción idealista de la historia, a saber, la concepción materialista, de
una articulación análoga. Incluso en ambos casos se trataría de un «no»
taxativo, como corresponde a formulaciones enunciadas desde el saber absoluto o
desde, como decía Engels, el descubrimiento revolucionario de las ciencias
históricas. Pero prestemos mucha atención a la respuesta que ofrece Marx en la
«Introducción a la crítica de la Economía Política»:
Pero estas categorías simples,
¿no tienen también una existencia histórica o natural anterior a la de las
categorías más concretas? Ça depend.
(ms. 22; MEW XLII: 36; OME XXI:
25-26).
Ça depend,
es decir, a veces sí y a veces no. Y, a continuación, dedica sendos párrafos a
argumentar en los dos sentidos, en una especie de antinomia de la razón
histórica. La conclusión, tras los dos párrafos, echa por tierra la
articulación entre Lógica e Historia. Sin duda en las academias de materialismo
histórico una afirmación así sería reprobada:
Así, a pesar de que la categoría
más simple puede haber existido históricamente antes que la más concreta, en su
pleno desarrollo intensivo y extensivo, sin embargo puede pertenecer
precisamente a una forma de sociedad más compleja, mientras que la categoría
más concreta estaba ya plenamente desarrollada en una forma de sociedad menos
desarrollada.
Marx
sabe que está en un terreno difícil, porque también vienen en definitiva a
oponerse a la relación entre la Lógica y la Historia otros dos procedimientos
ya criticados: la mitologización y el positivismo, es decir, la reclusión de lo
lógico en el ámbito de lo prehistórico o de lo suprahistórico, respectivamente.
Se trata para Marx, pues, de aceptar la dialéctica (la unidad de lo múltiple),
sin la reconciliación histórica. En términos de Adorno, se pretende una
dialéctica negativa. Curiosamente, igual que el segundo comienzo venía a
plantear una cierta semejanza entre el proceder mitologizador y el positivista,
ya que ambos naturalizarían o eternizarían relaciones históricas, este tercer
comienzo invita a una conclusión parecida: tal vez las «concepciones de la
historia» participarían de la tensión por «eternizar» el sujeto histórico: sea
la clase, su vanguardia, su lider... Marx no llega tan lejos en la letra, pero
recuérdense sus reticencias a adelantar las conclusiones a demostrar.
El
texto de la «Introducción a la crítica de la Economía Política» reitera la
conclusión anterior. Tal vez era consciente del punto de inflexión que estaba
alcanzando respecto a su trayectoria de estudio anterior. Para ello utiliza un
ejemplo, el del trabajo. Argumenta en el doble sentido, al estilo de las
antinomias kantianas, y concluye cargando nuevamente contra las concepciones de
la historia:
Este ejemplo del trabajo muestra
de manera evidente cómo las mismas categorías más abstractas, a pesar de su
validez -precisamente a causa de su abstracción- para todas las épocas, sin
embargo, en la determinación de esta abstracción misma son producto de
relaciones históricas y sólo poseen plena validez para y dentro de estas
relaciones.
(ms. 25; MEW XLII: 39; OME XXI:
29).
Marx
añade dos párrafos más para reiterar que se pueden encontrar «indicios» de las
categorías complejas de la sociedad burguesa en sociedades precedentes, pero la
validez que puedan tener para comprender aquéllas se ha de tomar «cum grano
salis» o, como ya dijo, sin que posean «plena validez». Estas consideraciones
le ofrecen la pauta de configuración de la obra, que ya hemos visto con las
citas a propósito de la categoría simple y de la categoría concreta de
mercancía. Con este ejemplo en mente, puede entenderse fácilmente la frase
siguiente (una de las más radicales del texto, donde Marx parece inclinarse por
una relación «inversa» de una articulación que anteriormente dejaba abierta con
el ça depend):
Sería, por lo tanto,
impracticable y erróneo presentar la sucesión de las categorías económicas en
el orden en que fueron históricamente determinantes. Su orden de sucesión está
más bien determinado por la relación que tienen entre sí en la moderna sociedad
burguesa, y que es exactamente el inverso de aquel que se presenta como natural
o que corresponde al desarrollo histórico. No se trata de la disposición que
adoptan históricamente las relaciones económicas en la sucesión de las
diferentes formas de sociedad. Aún menos de su sucesión «en la idea» (Proudhon)
(una representación nebulosa del movimiento histórico). Sino de su articulación
dentro de la sociedad burguesa.
(ms. 28; MEW XLII: 41; OME XXI:
31).
No
se pueden olvidar las víctimas que fueron conducidas a campos de exterminio con
el único fundamento de, como dice el texto, «representaciones nebulosas del
movimiento histórico», por verdugos que, paradójicamente, invocaban la
autoridad de Marx. Ciñéndonos al debate académico, es posible formular algunas
hipótesis sobre las dificultades al interpretar el texto en términos de dialéctica
sin materialismo (léase, sin concepción materialista de la historia y sin el
llamado materialismo dialéctico). El marxismo leyó El capital desde El
manifiesto del Partido Comunista, es decir, desde la magna representación
de la historia como historia de la lucha de clases. Y heredó de manera
incuestionada la relación Lógica-Historia de Hegel, a la que sólo faltaba
«poner sobre los pies» de la materialidad. Los Cuadernos filosóficos de Lenin elaboraron esta posición. La
hibridación del marxismo con otras corrientes filosóficas alejaron aún más (con
la única excepción, tal vez, de la dialéctica negativa, ya mencionada) la
posibilidad de una dialéctica sin materialismo. El recurso del existencialismo
al joven Marx desdibujaba los perfiles de su obra y el armazón lógico sobre la
que pretendió construirla. El estructuralismo, si bien acierta en la
identificación del proyecto marxiano, participa del materialismo histórico de
Engels y, sobre todo, Lenin (que además carga con una problemática teoría de la
ideología). No se trata de prescindir, por ejemplo, del análisis de clase, sino
de depurarlo de toda teofanía. Por otra parte, la analítica se opone
estrictamente a la dialéctica También, la hermenéutica acaba olvidando el
sentido de la dialéctica. En definitiva, la acción racional y la comunicativa
no parecen alejarse de la sombra de Robinsón. No deja de resultar significativo
que Habermas criticara la dedicación de Adorno a impartir seminarios sobre
Hegel, al mismo tiempo que él se aprestaba a intentar una «reconstrucción del
materialismo histórico».
6.
Pero
continuemos con el texto. Nuevamente una enumeración de las rúbricas a estudiar
(la que comienza «La división de la materia ha de ser efectuada evidentemente
de forma tal que se estudie...», ms. 28-29; MEW XLII: 42; OME XXI: 32) anuncia
una discontinuidad en el texto. Lo que sigue se puede considerar una segunda
parte del tercer comienzo y detalla, como el mismo Marx explicita:
Notabene en relación con los
puntos que han de ser mencionados aquí y que no deben ser olvidados.
(ms. 29; MEW XLII: 43; OME XXI:
33)
Anota
8 puntos, antes de iniciar una tercera parte del tercer comienzo, y que luego
titulará «El arte griego y la sociedad moderna». Se trata, lógicamente, de un
desarrollo del punto 6º del listado de la segunda parte de ese comienzo. ¿Por
qué Marx prosigue con un desarrollo tan parcial en el cuaderno de la
«Introducción de la crítica de la Economía Política»? ¿forma parte de la
«Introducción» o tenemos que considerar este pasaje como un texto distinto?...
Estas cuestiones no tienen sentido si, como decíamos al principio, se entiende
a la manera pictórica la afirmación de haber «esbozado una introducción
general». Hemos visto diversos esbozos, unos que, por decirlo así,
reconfiguraban los precedentes, y otros que presentaban desarrollos
particulares, estudios específicos. Este es el caso de la tercera parte del
tercer comienzo. No tenemos que entenderlo como una parte concluida. Más bien,
la redacción parece interrumpirse. Se trata de un ensayo, en el sentido clásico
del término: el autor se atreve a ir más allá, apunta una dirección a explorar.
Ya ha explicado Marx que categorías simples pueden aparecer en sociedades
complejas y viceversa, en sociedades anteriores pueden tener vigencia
categorías concretas, ¿se podrá producir tal desajuste también en lo estético?
El problema para las estéticas articuladas con concepciones de la historia,
como la idealista, es que de hecho el arte y la épica griega nos deparan goce
artístico y son vigentes como norma. Su permanencia, pues, resulta un nuevo
argumento a favor de la, como hemos resumido, dialéctica sin materialismo, y
por ello el texto está en continuidad con el desarrollo precedente (la primera
parte del tercer comienzo y, más allá, los dos primeros comienzos). Este podría
ser el sentido del párrafo:
Pero la dificultad no reside en
comprender que el arte y la épica griega están ligadas a ciertas formas de
desarrollo social. La dificultad consiste en que todavía nos proporcionan un
goce artístico y en que, en un cierto aspecto, tienen vigencia como norma y
como modelo inalcanzable.
(ms. 31; MEW XLII: 42; OME XXI:
35)
El
problema teórico surge para el marxismo cuando se lee esta tercera parte desde
una concepción (materialista) de la historia. Se trata entonces de la improba
tarea de construir una estética marxista que dé cuenta de la anomalía que el
propio Marx presenta. Baste citar el caso de G. Lukács. Algunas de sus
biografías refieren precisamente el párrafo precedente de la «Introducción a la
crítica de la Economía Política» para explicar que a resolver la «dificultad»
mencionada habría dedicado el filósofo húngaro su producción intelectual. El
problema se disuelve si entendemos que la dificultad no es de Marx, sinó de las
concepciones de la historia de las que, a lo largo de toda la introducción,
está distinguiéndose.
7.
Tal
vez la interpretación planteada (una dialéctica sin materialismo) sea tildada
de aventurada. Es posible. Sin embargo, en su defensa puede aducirse que
resulta plenamente coherente con la declaración inicial del prólogo de la Contribución a la crítica de la Economía
Política de 1859. Recuérdese que Marx explicaba que «había esbozado una
introducción general», a pesar de lo que prescindía de ella, porque, según
escribía, «bien pensada la cosa, creo que el adelantar los resultados que han
de demostrarse, más bien sería un estorbo». Muchas interpretaciones del texto
simplemente ignoraron esta frase y entendieron que, de alguna manera, los
resultados ya estaban enunciados con anterioridad (en La ideología alemana, en El
manifiesto del Partido Comunista...), y que no era preciso ningún esfuerzo
para «remontarse de lo particular a lo general» cuando se dispone del
conocimiento de las leyes de la historia. Menos aún si ésta, como defienden no
pocos, se puede dar por finalizada.... Como escribe Marx en el cuaderno
comentado: «No hay nada más pesado y árido que fantasear sobre un locus
communis.»