Contribución a una teoría crítica de las clases en la época de la globalización
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Francesc Jesús Hernàndez i Dobon2
En 1937 Max Horkheimer acuñó el término «teoría crítica» para referirse a una orientación sociológica que, en la tradición de Karl Marx, estaba animada por un proyecto emancipatorio coordinado con el principal de los movimientos sociales, el movimiento obrero (Horkheimer 1974). Horkheimer pertenecía a la generación de «marxistas occidentales» (Lukács, Korsch, Gramsci, etc.) que reivindicaron vehementemente una noción no dogmática de la teoría, que diera cuenta de los fenómenos emergentes sin reducir sus explicaciones a los procesos económicos. Ambas pretensiones –la articulación con movimientos emancipatorios y la explicación no economicista– les condujeron reiteradamente a volver sobre los textos de Marx, planteando la centralidad de fragmentos desconsiderados o incluso proponiendo arriesgadas relecturas, no siempre bien recibidas por el movimiento obrero y sus organizaciones. De hecho, en éstas cundía un cierto menosprecio de la teoría que se amparaba en una sentencia del propio Marx, la llamada Tesis XI «Sobre Feuerbach»: «Los filósofos sólo han interpretado de manera diferente el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo» (Marx-Engels Werke, en adelante MEW, III: 530). En realidad, fue Engels quien publicó en 1888 esta versión de una anotación de 1845 de Marx «ad Feuerbach»: «Los filósofos sólo han interpretado de manera diferente el mundo, de lo que se trata es de transformarlo» (MEW III: 7, facs. 3). En la redacción original las frases no son adversativas sino coordinadas y varía significativamente el subrallado. El presente texto defiende la vigencia del esfuerzo horkheimeriano y propone una interpretación novedosa de la obra de Marx, que pretende dar cuenta del fenómeno de la globalización (o mundialización) con una teoría que pueda articularse con movimientos emancipatorios y eluda la reducción economicista. El término «contribución» que aparece en el título se ha de entender como el reconocimiento del carácter incompleto de la propuesta.
«Globalización» es un término muy frecuente en los medios de comunicación y en la bibliografía de ciencias sociales. Ha sido certeramente calificado como «mito» (Bourdieu 1999: 39ss), con lo que puede añadirse a la lista de términos que antes que conceptos son preceptos subrepticios, como «desarrollo», «sostenibilidad» (véase Garcia 1995), «flexibilidad», «competitividad», etc. Esa calificación, sin embargo, no ahorra el esfuerzo de intentar comprender a qué procesos, a qué «movimiento real» –según la fórmula de Karl Marx– apunta aquella noción. De ello se deduce que es pertinente una primera distinción entre la globalización y la mera enunciación de un precepto. Siguiendo a Ulrich Beck, podemos calificar ésta como «globalismo», a saber, la ideología (neo)liberal del predominio incontestable del mercado mundial (Beck 1997b), la enfermedad senil del liberalismo o la hegemonía de los procesos inherentes a la economía. Ahora bien, que la economía avale el predominio de la globalización es una tesis que no resiste la confrontación con la genealogía de estas nociones.
«Economía», es preciso recordarlo, es el nombre que dió Aristóteles a sus tres libros sobre el «régimen de la casa» (como resumía, en el siglo xv, el caballero valenciano Martí de Viciana). La norma de la casa era paralela a la de la ciudad-estado, que describió en los diez libros de su Política. A mitad del siglo xviii esta síntesis aristotélica ya resultaba inadecuada porque entre el plano privado (la casa) y el público (el Estado) había emergido con potencia una esfera que se denominó la nación en el ámbito francófono, la sociedad civil en el anglófono y la sociedad burguesa en el germanófono. La disciplina que tendría que afrontar la esfera emergente sería la economía política, precisamente una de las entradas que Diderot y D’Alembert encargaron al gran teórico de la burguesía, Jean Jacques Rousseau, para su Enciclopedia. Por ello, la confrontación social básica se concibe en el siglo xviii como «la nación dividida» (Ripalda 1978). Con la constitución del movimiento obrero en el siglo xix, el conflicto básico se entiende como «lucha de clases». La derrota de los proyectos revolucionarios en los países capitalistas occidentales se traduce en una desemantización de aquella fórmula, reducida al neutro «mercado de trabajo» (Bilbao 1993). Cuando el ciclo de luchas que se relaciona con Mayo del 68, y que sirve de matriz a los nuevos movimientos sociales, pretende dar cuenta de los conflictos Norte-Sur o centro-periferia, formula la dialéctica entre lo global y lo local, que no se entienden como momentos contrarios. Tal vez haya sido el movimiento ecologista el que más ha contribuido a favorecer una superación de la representación pendular entre global y local. La clásica consigna «Pensar global, actuar local» puede invertirse –pensar local, actuar global– sin abandonar el paradigma verde. Es muy fácil aducir ejemplos. En la misma línea, en el debate sociológico de la globalización se ha insistido en la articulación entre lo general y lo particular, entre los procesos de globalización e individualización, ambos consecuencias de la modernidad (Giddens 1993a, 1993b, 1995; Beck 1993 y 1997a), e incluso se ha propuesto el término «glocalización» [Glokalisierung] para captar esta dialéctica (Beck 1997b). Ahora bien, la dialéctica entre lo individual y lo general, la tendencia a la mundialización o la urgencia de modelos teóricos para comprender estos procesos no son estrictamente novedades de la sociología más reciente. Las podemos encontrar en un viejo texto de Karl Marx.
En la llamada «Introducción a la crítica de la economía política», que es un borrador de introducción a su obra (con una compleja estructura, analizada en Hernàndez 1986), y que fue publicado en 1932 como introducción a la serie de cuadernos inéditos de 1857-58, editados como las Grundrisse, Marx se plantea por primera vez la forma lógica que tendría un análisis del sistema capitalista. En síntesis, ya aparece en las primeras páginas de la «Introducción»:
–La dialéctica entre la globalización y la individualización, en pasajes como el siguiente: «La época que genera este punto de vista, el del individuo aislado [de la sociedad], es precisamente la época de las relaciones sociales más desarrolladas hasta ahora (y desde este punto de vista, generales [globales]).» (MEW XLII: 20).
–La tabla de materias del análisis del sistema capitalista que, partiendo de la dialéctica indicada, ha de conducir hasta el tema del «mercado mundial» (MEW XLII: 42). Se trata de una disposición en forma de tabla de materias que Marx reiterará en el cuaderno II de las Grundrisse (MEW XLII: 188 y 201), y que, en principio, ocuparía el libro sexto de una obra cuyo primer libro trataría «Del capital». Realmente, lo que Marx publicó en 1867 como Das Kapital era estrictamente el primer tomo del primer capítulo de la primera sección de aquel primer libro previsto diez años antes.
–Se apunta la necesidad de encontrar un modelo teórico (en plena elaboración en aquel momento) que permitiera resolver «en la discusión y desarrollo de la producción misma» la cuestión de «cómo inciden las relaciones históricas en la producción y qué relación mantienen con el movimiento histórico en general.» (MEW XLII: 32)
La paulatina edición no dogmática de los manuscritos preparatorios de El capital, que ha permitido su comentario (un ejemplo inhabitual en Dussel 1988) y el estudio del método de trabajo marxiano, permite identificar el proyecto de la obra de Marx y afirmar la determinación de su forma lógica. Sobre esta base (que resulta imposible resumir aquí, véase Hernández 1986), se puede formular la siguiente síntesis de la aportación de Marx: En su obra, Marx representa la coacción (o heteronomía) del tiempo como el procedimiento de (auto)generación del valor. Es posible exponer esta (auto)generación como un proceso dialéctico, alguna de cuyas primeras fases (como el ciclo mercancía-dinero-m’-d’) aparecen descritas en El capital. Se trata, pues, de representar el (auto)movimiento del valor que se valoriza y que reproduce la relación de su génesis (Marx 1969).
Es preciso añadir algunas explicaciones complementarias a la síntesis anterior. Aunque la historiografia materialista se inspire ampliamente en sus textos, Marx no descubrió, como afirmaba Louis Althusser, el «continente de la historia», sino una novedosa forma de dominio, la que el sistema de producción realiza sobre el trabajo de los obreros y las obreras, obligándolos a realizar su tarea a un ritmo superior al determinado por el «tiempo de trabajo socialmente necesario» (MEW XXIII.1: 53), una abstracción operante que mengua tendencialmente. Esta obligación subyace a los procesos de generación del valor («subsumción», decía también Marx), y puede ser extensiva (plusvalía absoluta o subsumción formal, en términos marxianos) o intensiva (plusvalía relativa o subsumción material). Ahora sabemos que puede desplegarse de múltiples maneras, mediante un control más objetivo, en la línea del taylorismo, o más subjetivo, en la línea del toyotismo. Tomando como premisa la abstracción del tiempo de trabajo socialmente necesario y «por medio de un proceso social», el trabajo particular se reduce a «meras gelatinas homogéneas de trabajo» [Arbeitsgallerten], es decir, a un trabajo humano homogéneo, abstracto. Es este el único descubrimiento que Marx se autoatribuye no sin un cierto escepticismo (MEW XXIII.1: 88). Algunos textos de Marx, como los Manuscritos matemáticos (Marx 1974) o sus textos sobre Newton no se han de considerar ejercicios ociosos (como aparece habitualmente en la bibliografía), sino que reflejan más bien la búsqueda de modelos para representar magnitudes autoincrementantes (por ello, por ejemplo, la denominación «variable» referida al capital de derivada no nula). Por otro lado, es preciso distinguir el modelo que Marx intenta construir de otras teorías que se refieren a entidades autoformantes, como la conocida teoría de sistemas autopoyéticos del recientemente fallecido Niklas Luhmann. La dialéctica propuesta por Marx no expone intercambios sino que, sobre el modelo de la Fenomenología del espíritu de Hegel, representa el movimiento de momentos que resultan su contrarios de forma radical (m-d-m’-d’, etc.).
Sin duda la afirmación anterior –«la dialéctica propuesta por Marx no expone intercambios»– contrasta con la teoría de clases tradicionalmente atribuida al marxismo, y no cuestionada incluso por las versiones más recientes de corte analítico (p. ej., Cohen 1986, Wright 1994 y 1997). Según esta teoría, y siguiendo el esquema propuesto por Marx en El manifiesto del partido comunista (1848), la lucha de clases que se produce en la historia habría conducido a la simplificación de los enfrentamientos sociales en una dicotomía definitiva: burgueses y proletarios (ya aludida al comienzo de este texto). Entre ambas clases, entendidas como agentes históricos y no meros estratos sociales, se produciría el intercambio entre fuerza de trabajo y salario. Sin embargo, en los textos posteriores, más concretamente los fragmentos preparatorios de El capital (1857-1867), se presenta una segunda teoría de las clases ciertamente ignorada por la tradición del movimiento obrero (tal vez porque no reuna las connotaciones épicas, didácticas o antropocéntricas de la teoría habitual). En realidad, la heteronomía del tiempo no conduce a una dicotomía social general, sino más bien a la subsumción de la fuerza de trabajo en un objeto (no sujeto) regulado por el valor que se autoproduce. He aquí un significativo pasaje de Marx:
Las funciones que el capitalista ejerce son sólo las funciones del capital mismo –del valor que se valoriza mediante la absorción de trabajo vivo– ejercidas con conciencia y voluntad. El capitalista funciona sólo en cuanto capital personificado, como capital en cuanto persona, así como el trabajador sólo funciona en cuanto trabajo personificado, que le pertenece como tormento, como fatiga, y que pertenece a los capitalistas como sustancia creadora e incrementadora de riqueza, y así, como tal, aparece efectivamente en cuanto elemento incorporado al capital en el proceso de producción, en cuanto su factor vivo, variable. El dominio del capitalista sobre el obrero es, por ello, el dominio de la cosa sobre el hombre, del trabajo muerto sobre el vivo, del producto sobre los productores, pues, de hecho, las mercancías que se convierten en medios de dominio sobre los trabajadores (pero, simplemente, en cuanto medios del dominio del capital mismo) son simples resultados del proceso de producción, los productos del mismo. (Marx 1969: 17-18, ms. 466).
Ahora bien, la heteronomía del tiempo sirve de criterio histórico: inaugura un modo de producción específico con una coacción distinguible de otras de aparición histórica y estructura lógica anteriores (y, presumiblemente, de otras posteriores). Las precedentes son englobadas aquí, sin entrar en ulteriores precisiones, en la expresión heteronomía del continuo psicofísico, y han sido convincentemente caracterizadas por las arqueologías al estilo foucaultiano (p. ej. Foucault 1975 y 1976) o por los "análisis materialistas de la economía de los bienes simbólicos", al modo de Bourdieu (véase Bourdieu 1998). A continuación, intentaré demostrar que la teorización sobre la sociedad de riesgo o postradicional (por utilizar las expresiones de Beck y Giddens) apunta una forma de dominio que supone una nueva etapa de aquélla representada por Marx, y que constituiría el «núcleo duro» del proceso de globalización.
Volviendo a Beck, el catedrático de sociología muniqués en su notable Sociedad de riesgo (Beck 1986, ampliada en Beck 1988) no distingue entre peligro y riesgo (y no lo hace para presentar la pluralidad de «riesgos» que entraña la sociedad actual). Luhmann tampoco lo hace para acoplar la teoría al marco conceptual sistémico (Luhmann 1991). Entre otras, Beck extrae como conclusión una crítica radical a la teoría de clases, que suscribe el comentario que realiza de la obra Claus Offe (Offe 1989). Sin embargo, ambas nociones –peligro y riesgo– son etimológica, semántica y lógicamente distintas. La noción de peligro es primaria, equivale a la amenaza de un daño; la noción de riesgo se desarrolla con el comercio naval en la baja Edad Media. El peligro se refiere a la posibilidad; el riesgo, a la probabilidad. En cierto sentido, el peligro corresponde al modelo de la contingentia; el riesgo al de la necessitas (Bloch 1982: 81). En definitiva, pues, el peligro es a priori y el riesgo a posteriori. Veámos un ejemplo. En el juego del ajedrez, una pieza que ocupa una determinada posición puede estar amenazada por varias piezas del adversario. Sin embargo, la probabilidad de que efectivamente sea cobrada por él depende de otros factores, como su estrategia en la partida. Una pieza amenazada se encuentra ya en peligro, aunque su riesgo de ser suprimida sea variable. La llamada por Beck «sociedad de riesgo» es propiamente una «sociedad de peligro(s)». El mismo Beck reconoce como tecnociencias del riesgo (más bien, del peligro) la energía nuclear, la ingeniería genética y la industria del cloro –en particular, con combinaciones orgánicas–, pero sin caracterizarlas más que por la dimensión de sus efectos (Beck 1991). Es posible defender que las tecnociencias mencionadas, frente a otros inmensos peligros catastróficos que Hollywood se encarga de recordar periódicamente, se caracterizan por efectuar una coacción sobre el espacio y presentar una peculiar dialéctica autoacumulativa. De manera análoga a la noción marxiana de «tiempo de trabajo socialmente necesario», en síntesis de «tiempo social», se entiende aquí «espacio» como «espacio social», una noción ya elaborada (p. ej., Sánchez 1991). Se comentará a continuación el caso de la energía nuclear; se puede considerar que resultan análogos los casos de la ingeniería genética y la industria de substancias orgánicas halogenadas. Incluso, sería posible intuir dialécticas autoacumulativas semejantes también en algunas modificaciones atmosféricas.
En el cumplimiento del denominado ciclo (espiral) nuclear se produce una diseminación del peligro (literalmente) «radioactivo». La industria nuclear ya ha reiterado el carácter cíclico de su producción, por lo que no es menester insistir, salvo para recordar el irresuelto (e irresoluble) problema de los «residuos» atómicos o el mutuo encadenamiento de los ciclos de armamento nuclear y generación termoeléctrica. Es preciso subrallar aquí que las substancias radioactivas adoptan necesaria y alternativamente el carácter de recursos o residuos en cada una de las etapas del ciclo. Recurso y residuo no se pueden determinar desde la primera ley de la termodinámica (como defienden, p. ej., Aguilera y Alcántara, 1994: 28; Fernández y Riechmann 1996: 213), ni exclusivamente con criterios económicos (por las razones que se expondrán más adelante), sino que se presentan como momentos dialécticos de un proceso que tiene diversas etapas: mineria de tierras raras para la obtención de nucleidos fértiles; fabricación de concentrados; conversión, enriquecimiento y fabricación del combustible nuclear; combustión nuclear; emisión de efluentes, transporte y almacenamiento de residuos; reprocesamiento, etc. Todos estos momentos, como ha argumentado reiteradamente el movimiento antinuclear, suponen un peligro cada vez mayor, es decir una amenaza en aumento sobre el espacio social, y no (o no sólo), como repiten las agencias de regulación o los portavoces de la industria electriconuclear, un riesgo minimizable. Con un ejemplo: Greenpeace pretende eliminar el peligro; el Consejo de Seguridad Nuclear reducir el riesgo. La redefinición finalista del residuo nuclear, que realiza aquí la Ley de Ordenación del Sector Eléctrico, el Convenio Internacional sobre Tránsito de Combustible y Residuos Nucleares (adviértase la doble caracterización: combustible –recurso– y residuo), auspiciado por la Agencia Internacional de Energía Atómica y abierto a suscripción desde septiembre de 1997, la homologación de la generación de reactores «avanzados» o los proyectos de un reactor de torio (el «amplificador de energía» de Carlo Rubbia), etc., son los más recientes episodios de la dialéctica recurso-residuo del ciclo nuclear. No entraré aquí en caracterizar la dialéctica de autoincremento del peligro en la ingeniería genética (que pudiera estar relacionada con la reproducción de la mutación) ni en la industria química de combinaciones orgánicas halogenadas (que se apunta en «soluciones» como la que proponía públicamente un constructor de incineradoras de residuos tóxicos y peligrosos: resolver el problema de las dioxinas lanzando al horno los filtros usados). De lado queda, por el momento, la distinción entre una heteronomía del espacio extensiva y otra intensiva. Se plantea ahora la cuestión central: ¿Qué relación presenta la heteronomía del espacio, representada a partir de la dialéctica recurso-residuo (dialéctica autoincrementante del peligro) (para el caso nuclear y procesos análogos en la ingeniería genética o la incineración de organoclorados), con la heteronomía del tiempo presentada anteriormente?
La representación de Marx de la dialéctica autoincrementante de la heteronomía temporal postulaba la noción de «plusvalía», como aquella substancia que «ingresa» continuamente en el ciclo (el proceso productivo, el distributivo, etc.) para garantizar la realización del beneficio. Es posible proponer un concepto inverso al anterior (y sorprende no encontrarlo en la tradición marxista), que se podría denominar «minusvalía» i que describiría aquella substancia que es «emitida» por el ciclo para, de la misma manera, garantizar la realización del beneficio. Marx era muy escrupuloso al distinguir la substancia generada en el proceso productivo (plusvalor como coacción del tiempo social) de su realización mercantil (el beneficio empresarial, la venta del plusvalor contenido en las mercancías por encima del equivalente del salario). De la misma manera, es preciso mantener la distinción entre la substancia generada y «emitida» en la heteronomía del espacio (minusvalor como peligro sobre el espacio social) de su realización mercantil (el beneficio empresarial como costos no internalizados). Las apelaciones de la economía ecológica a internalizar costos, sin un análisis de la generación del «minusvalor», resultan tan piadosas como las demandas filantrópicas del socialismo utópico.
Es posible formular ya la distinción entre minusvalía absoluta (heteronomía extensiva del espacio) y minusvalía relativa (heteronomía intensiva del espacio). Si el modo «específicamente» capitalista era inaugurado por la plusvalía relativa, es decir por la etapa del proceso en la cual el dominio estaba garantizado por la propia dialéctica autoincrementante del capital, se podría afirmar que el modo «específico» de la «sociedad de riesgo (peligro)» sería aquél en el que emerge la minusvalía relativa, es decir, la dialéctica recurso-residuo como autoincremento del peligro sobre el espacio social. Esta distinción entre la heteronomía del espacio y ésta misma entendida como un proceso autoincrementante está continuamente presente en el movimiento ecologista (por ejemplo, la diferencia entre un incendio forestal y la destrucción del suelo que representan los procesos de erosión consiguientes), pero no ha encontrado, pienso, una expresión teórica adecuada. Cabe deducir, pues, que la ecología política no es una política del tiempo, como afirma, p. ej., Garrido (Garrido 1996). Tal función ya la cumplió precisamente la economía política clásica y su crítica (además, para quien defienda esta posición, resulta problemática la relación entre la segunda ley de la termodinámica –fundamental en la ecología política desde la obra de Georgescu-Roegen (Georgescu-Roegen 1971)– y la intuición del fenómeno de la existencia –en el sentido de Dilthey, Husserl o Heidegger–, como demuestra a contrariis la dificultad de Hawking por fundamentar la identidad de sentido para las flechas temporales cosmológica, entrópica y psicológica (Hawking 1988: 192; criticado en Prigogine 1997). Tampoco se puede entender la ecología política como la determinación del desarrollo sostenible o sustentable, toda vez que, por una parte, esta noción se desvela como «científicamente inconstruible, culturalmente desorientadora y políticamente confusa» (Garcia 1995) y presenta una articulación con la práctica que pudiera incurrir en falacia naturalista.
Es preciso concluir estas notas. En principio el esquema presentado, distinguir entre dialécticas autoacumulativas que provocan heteronomías del tiempo y del espacio, en la orientación de la relectura de Karl Marx propuesta, presenta algunas virtualidades teóricas (y, sin duda, algunos elementos susceptibles de recibir críticas justificadas). Una de las posibles virtualidades es que el esquema anterior permite explicar la emergencia de ciertos conflictos sociales que aparecerían por el carácter «no objetivable» de las coacciones intensivas. Ejemplo: podemos apelar a los tribunales caso de sobrepasar la jornada laboral establecida o ante una actividad industrial contaminante (coacciones extensivas); pero ante un ritmo laboral extenuante o la acumulación de toneladas de residuos radioactivos en una central nuclear dispuestos para su reprocesamiento, padecemos una cierta sensación de indefensión. Una posible segunda virtualidad del esquema propuesto es, obviamente, permitir nexos teóricos de unión entre los movimientos sociales tradicionales, y en particular, el movimiento obrero, y los llamados nuevos movimientos sociales, en concreto el ecologismo y el pacifismo. En tercer lugar, una percepción de las heteronomías del tiempo y del espacio que permita una cierta periodización y explicación de los conflictos, hace posible una aproximación a lo que se denominaba anteriormente el «núcleo duro» de la globalización, entendida como la etapa de la sociedad (mundial, lógicamente) donde se perciben como autoincrementantes las coacciones sobre el espacio social y, con ello, se abre un nuevo ciclo de luchas. Por último, el carácter crítico de la investigación sociológica se ha vinculado a una potente articulación con movimientos de transformación social. Tal posibilidad descansaría, en última instancia, en la existencia de discontinuidades históricas, que se han de percibir al margen de cualquier teofanía (Horkheimer y Adorno 1994; Adorno 1975) y, lógicamente, del paradigma de la excepcionalidad humana (como señalaban los precursores de la sociología medioambiental, Catton y Dunlap). Del carácter práctico de estas discontinuidades da cuenta la enunciación de Adorno de un nuevo imperativo categórico: la evitación de Auschwitz. Los casos de Hiroshima, Nagasaki y Chernóbil «comparten» con el Lager –por otro lado, el paradigma de la heteronomía espacial toda vez que en tal experimento se suprime la dimensión temporal: no hay pasado, ni futuro (Levi 1997: 79 y 158)– tres características que permitirían formular un imperativo análogo: el carácter despótico (absoluto y arbitrario) del daño inflingido, la ausencia de refugio posible y la ubicación de los individuos en la «zona» entre la vida y la muerte, que señalaba magistralmente Adorno.
Notas
(1) Versiones previas de este texto fueron leídas en las VI Jornadas de Economía Crítica (Málaga, 12-14.3.1998) y en la III Escola d’Estiu de CCOO del PV (Benicàssim, 29-31.10.1998); con actas policopiadas en ambos casos.
(2) Departamento de Sociología y Antropología Social de la Universidad de Valencia. Dirección electrónica: Francesc.J.Hernandez@uv.es
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