SI HACES MAL NO ESPERES BIEN

Juana Manuela Gorriti

I

El rapto.









Era la última hora de un día primaveral. El sol trasponía majestuosamente la montaña, nacarando con su postrer rayo las nieves de la opuesta cordillera, y dibujando en largas sombras la silueta fugaz de las cabras que ramoneaban aquí y allí entre las sinuosidades de los peñascos las hojas de los arbustos y la espinosa corteza de los cardos.

Todo era calma y silencio en aquellas agrestes soledades. Las torcaces solas, ocultas en los agujeros de las peñas, mezclaban su triste arrullo al rumor de la cascada, que como un lejano trueno se elevaba del profundo valle donde el Rímac precipita sus aguas.

De pronto una voz dulce y penetrante exhaló un alegre grito.

-- « Mamay» --exclamó en la lengua de los incas, --¿ves las lindas flores de oro que brillan allá abajo entre las piedras? Voy a cogerlas para ti.

Y una bella niña de cinco años, fresca, rosada y envuelta en un gracioso «anacco» descendió saltando alegremente uno de aquellos ásperos senderos. Al mismo tiempo de tras un peñasco salió una joven india, gritando con angustioso acento: ¡No Cecilia, no, hija mía! Esas piedras están en el camino... ¡Oye las carreras de los soldados! Si vienen ... ¡Ahí están! Allá viene uno... ¡Mi hija!... ¡Hija mía! ... ¡Oh!

En efecto, un regimiento descendió costeando la cascada.

Al llegar al valle, de una de las últimas compañías se había separado un oficial, y llamando a un ordenanza habíale dicho algunas palabras señalando a la niña, que a lo lejos cogía flores entre las piedras del camino.

El soldado se dirigió hacia ella a galope, y llegando a su lado, inclinóse sobre el estribo, y la arrebató en sus brazos. Mas al momento de enderezarse sobre la silla para colocar a la niña en el arzón, sintió dos manos de acero, que aferrándose a su garganta lo derribaron en tierra.

La india había corrido en auxilio de su hija, y teniendo la cabeza del soldado bajo su rodilla buscaba con ojos feroces una piedra para acabar de matarlo.

Arrancó, en fin, un grueso guijarro, mas en el momento que lo alzaba sobre el soldado, sintióse asida por los cabellos.

El oficial que había ordenado el rapto, arrastrándola sin piedad, la arrojó al fondo de un barranco.

Un gemido desgarrador, un gemido de madre salió del precipicio a tiempo que el oficial decía riendo:

--¡Vaya un maricón! ¡Dejarse acogotar por una mujer! Felizmente llegué yo a tiempo... Mas... ¡qué chistosa casualidad!... Sí, aquí, en este mismo sitio, ó muy cerca debió ser donde aquella muchacha... Calla, chica, calla. ¡Oh! ¡qué bonita es! Grandes ojos negros, cabellos sedosos, una boquita de coral. Un lindo obsequio para mi hermosa Pepa, esa malvada que se divierte en dar tortura a las almas... Calla, chica, que vas a ser muy feliz. Tendrás confites,bizcochos, y... bofetones a discreción de manos de aquella maldita.

Mariano, tómala. Galopa hasta alcanzar a los arrieros, y di al mío que lleve esta «cholita» con el mayor cuidado, y que al llegar a Lima no vaya tontamente a entregarla en casa. Que la deje al guarda de la garita de Maravillas hasta que tú llegues. ¿Entiendes?

Y se alejó volviendo a su puesto en la marcha, mientras el soldado tomaba a galope la delantera al regimiento, llevando consigo a la niña que lloraba con un llanto desesperado. Mas sus lamentos se perdieron a lo lejos, confundiéndose luego cón el gemido del viento y el ruido de las aguas, y el valle quedó en profundo silencio.


II

                                                                      Los bandidos
 
 

La doble sombra de la noche y de la niebla comenzaba a extenderse sobre el Rímac, y el silencio del invierno reinaba todavía en los espesos jarales que lo cubren.
Pero a lo lejos, hacia el camino que desciende de Chaclacayo, oíase cada vez más distinto el cencerro de una recua.

De repente, de la oscura masa de un matorral salió un prolongado silbido.

Poco después, tres hombres bien montados y completamente armados, saliendo de la vecina cañada, ocultaron sus caballos tras los muros desmoronados de una
«huaca» y se agazaparon bajo unas matas al borde del camino.

No de allí a mucho, diez mulas cargadas de baúles y maletas aparecieron escoltadas por cuatro arrieros: en un recodo del camino.

Los viajeros avanzaban tranquilamente arriando con calma sus cabalgaduras, y mezclando las notas de un «yaraví» al ruido tardo de sus pasos.

De súbito la enjaezada mula que servía de guía, asida por una mano vigorosa, detuvo a la recua entera, y los arrieros, viendo relucir en la sombra los anchos
cañones de tres mosquetes, no necesitaban ver a los tres enormes negros que los empuñaban para escurrirse entre la maleza y desaparecer como sombras.

Los salteadores empezaron entonces la inspección de su presa.

--Catorce mulas-decia uno.

--Dieciocho baúles-gritaba otro.

--Tres sombrereras militares-un tercero.

--Una cholita --el cuarto.

--A tierra la chola con las sombrereras y al monte el resto.

Dicho y hecho,

Los ladrones, montados en sus magníficos caballos, arrearon la recua hacia la cañada por donde habían venido, y un momento después la pobre chica, abandonada,
lloraba sola al borde del camino.


III

                                                                      El protector
 

Pasadas algunas horas, y cuando los llantos de la niña eran sólo sollozos convulsivos, un jinete que,embozado en su capa de viaje y llevando una gran maleta a la
grupa de su caballo, descendia a galope el mismo camino que habían traído los arrieros, detúvose de pronto, y, echando pie a tierra, levantó en sus brazos a la niña.

--¿Quién te abandonó asi, hija mía?-preguntóla cariñosamente.

Pero el viajero hablabá una lengua que la niña no entendía, y a todas sus preguntas respondía llorando: --¡Mamá!

--¡Pobre criaturai¡--dijo él profusamente conmovido.-¡No en vano invocarás ese nombra de significación universal! Serás mi hija, y consolarás mi soledad. No sé tu
nombre, pero te daré el de aquella que duerme bajo las sombras «du. Pére Lachaisel»

El viajero estrechó a la niña en su seno, y con ella la memoria de esa hija muerta que recordaba.

Montó a caballo, abrigó a la chica bajo su embozo, y añadió como buen francés: «Le petit mot pour rire».

--Completé a fe mía mi bagaje de naturalista. Traigo en mi maleta el reino vegetal y el mineral. He aquel animal. ¡A Francia, pues!

Abrazó otra vez a la niña, rió enjugándose una lágrima y siguió a galope lo largo del solitario camino....


IV

                                                                   Doce años después
 
 

--Papá--decía una noche al salir del teatro, una linda joven a un coronel profusamente decorado.--¿Tendré tiempo para escribir a mi hermano?

--Y de sobra, hasta mañana a las doce que zarpa el vapor.

--Escribiré esta noche para vaciar mi resentimiento y dormir tranquilamente-dijo ella, haciendo una mueca.

El coronel sonrió con sorna, y besando la linda frente de la niña, dióla la mano hasta la puerta de su alcoba y se retiró.

Entrando en su cuarto, la graciosa niña sonrió a su espejo, arrojó sobra un mueble su abanico de plumas, desprendió la guirnalda de rosas que adornaba su cabeza,
colgóla como un ex voto a los pies de la virgen que velaba su lecho, sacudió su cabellera, y abriendo. por fin, un secretario escribió:

«¡Qué inmenso vacío, querido Guillermo, qué inmenso vacío en mi existencia desde que tú has partido! ¡Qué horrible es esa enfermedad del alma que se llama
«echar de menos»! ¡Los médicos se contentan con llamarla por su nombre cientifico: «Nostalgia»! dicen ellos muy frescos. Y si es una joven quien sufre, entonces
añaden sonriendo:

»Que lleven esta niña a Chorrillos, que se bañe, que tome el aire, que se pasee y se distraiga de todas maneras y ello pasará.

»¡Ya! ¡como creen que las limeñas sólo amamos el baile, el lujo, la disipación!...

»¡Oh! Guillermo, ¿qué castigo merece quien así nos calumnia? Yo sé uno. Daría a su corazón el dolor que tu ausencia ha dejado en el mío. Así «sentiría» como
sabe amar una limeña.

»¿Y tú, hermano mío? ¡Oh! ¡tú es diferente! Primero, y por más que digan, el que parte tiene mil motivos de distracción que lo absorben y adormecen su pena. Los
incidentes de a bordo, el arribo a puertos desconocidos, los rostros nuevos que se suceden sin cesar. Y luego, yo me figuro que los hermanos jamás echan de menos
a sus hermanas.

»¿Qué es, en efecto, lo más frecuentemente para nosotros un hermano? Un tirano que quiera monopo lizar todos nuestros sentimientos, que nos trata con el más
crudo despotismo, que nos pospone a todo, que nos halla siempre feas y tontas y...

»¡Perdón! ¡oh! ¡Guillermo querido! ¡Confundirte a ti con esos hermanos impíos! ¡Qué. atroz injusticia!

»Tú me amaste siempre con la ternura protectora de un padre y la galantería exquisita de un amante. ¡Pero sabes que soy celosa de mis palabras, cuando después de
dos meses desde que habitas París has olvidado a tu hermana, y la promesa de darla, cada quincena, cuenta estrecha de tu persona!

»¡Oh! a la idea de tamaño «desacato», por más que taches a la frase de vulgarismo, digo con rabia: ¡qué lisura! ¡guá!


V

                                                                     Reminiscencias
 

Poco después, un día de verano, la mimada hermana de Guillermo, coquetamente vestida, como quien desea deslumbrar, abordaba en una góndola el vapor de
Panamá.

No bien atracada aún la embarcación al costado del vapor, la graciosa limeña subía con pie seguro la resbaladiza escalera, húmeda con la niebla de la mañana, y se
arrojaba en los brazos de su hermano, apartándose luego del fraternal abrazo para estrechar en su pecho, con arrebatos de pasión, a una bella joven, morena y
pálida, pero que le era parecida con pasmosa semejanza.

La extranjera se entregaba a sus caricias con tierno abandono; mas, ¿por qué a veces, parecía distraída? ¿por qué sus ojos desviándose de la florida ribera, iban a
buscar a lo lejos las azules siluetas de la cordillara?

--¡Guillermo!--dijo al fin, cuando desembarcaban

--yo he visto estas montañas. ¿Dónde? No lo sé.

--Sin duda fueron los Alpes--se adelantó a decir Matilde.

--No, no son tan puros sus perfiles.

--Pues entonces serían los Pirineos--replicó la petiulante niña, empeñada en lucir su geografía de colegio.

--Mucho menos. Sin embargo, mis pies han caminado por senderos agrestes como esos que serpentean en aquellas fragosas vertientes.

-Las has soñado, Amelia mía--la dijo Guillermo,-las has soñado en tu ardiente anhelo por América.

--¡Soñar con cerros!--exclamó la aturdida muchacha con una mueca graciosa que hizo sonreír a Amelia,--soñar con cerros, estando ahí nuestro hermoso Rímac, sus
frescas alamedas, sus perfumados jardines ...

El mío es delicioso. Cubierto está de rosales, jazmines, chirimoyos, suches, aromos, y a su sombra encontrarás abiertas todas las flores de Europa, que yo mismo he
sembrado para ti...

Dame la mano, Amelia, voy a hacerte los honores de nuestro suelo, y no quiero que te disloques un pie en las carcomidas gradas de nuestro embarcadero.

La bella forestera apenas la escuchaba. Abstraída por una extraña preocupación, ni siquiera se apercibió del rápido movimiento que la conducía, y los áridos campos
y las frondosas arboledas pasaron ante sus ojos como los vapores fantásticos de un sueño.

En la estación de Lima los esperaba el coronel, y Guillermo puso a su esposa entra los brazos de su padre.


VI

                                                                 Historia de los caminos
 

La infortunada se dejó conducir con triste docilidad. Cruzó las manos sobre sus rodillas y contempló largo tiempo, pensativa y silenciosa, la móvil llama del hogar.

Poco a poco, sus apagados ojos comenzaron a animarse y resplandecer como iluminados por una luz interior; y en sus labios vagó una sonrisa juvenil que hizo
brillar en la sombra sus dientes blancos como perlas.

-- ¡Esteban!,--gritó de repente-¡quién dijo que Esteban murió! ¡Mentira! Helo allí, joven, alto y ligero. Baja con las ovejas de Casa-blanca. Es él, el mismo; esos son
sus ojos, esos son sus negros cabellos. ¡Me llama! ¡No! aléjate Esteban. El cura no quiere que pastemos juntos nuestros rebaños, porque somos todavía muy jóvenes
para casarnos. ¡Como si en cualquiera, edad no se pudiera amar, alabar a Dios y ser feliz! ¡Feliz! ¡Ah! yo no puedo serlo: si el cura nos ha separado. Tú llevas el
ganado a las alturas, y yo me quedo sola en el valle, sola con las cabras que, aunque saltan alegros, no pueden darme una gota de su gozo. Todo esto lo sabes tú
muy bien; pero ¡ah! tú no has sabido jamás que... ¡Se aleja! ¡no quiere oírme! Ven, Esteban, ven. Yo , te lo diré ahora, ahora que el tíempo y el dolor han curtido mi
rostro y que la vergüenza no puede ya subir a mi mejilla.

He allí la peña donde yo lloraba esperando la tarde, la tarde que nos reunía a la luz del fuego, bajo los sauces de nuestro patio. De esa hondonada salió la voz del
militar que me llamaba. Yo tuve miedo, y huí; pero él montaba un caballo veloz y me persiguió, me alcanzó, echó pie a tierra, luchó conmigo, y me ultrajó ...

Y desde ese día, ya no quise verte, y huía de ti ... y te dije: Esteban, no puedo ya ser tu mujer. Y entonces te amaba más que nunca. Pero debíais creerme
inconstante y liviana; y al despedirte de mí me arrojaste llorando una maldición.

Después... un día mí padre púsose a mirarme fijamente y me dijo:

--Tú eres.una mujer infame; has deshonrado mis canas, y manchado la casa de tu padre. ¡Vete!

Y alzando la mano sobre mi cabeza, me maldijo.

Y yo anduve errante largo tiempo, huyendo como una fiera, de valle en valle, de montaña en montaña, desnuda, hambrienta, miserable. Pero al lado de mi dolor se
elevaba una santa alegría. Dios se había apiadado de mí, y en el camino de mi infortunio había hecho nacer una flor... ¡Mi hija!

Y pronunció estas palabras con un acento de ternura íntima, imposible de reproducir, y que sólo se oye en las chozas de los indios.

Amelia lloraba, Guillermo se hallaba profundamente conmovido, y el coronel pálido y sombrío, estaba absorto en una profunda meditación.

-¡Mi hija!-continuó la india,--¡mi hija! No me cansaba de repetir este nombre, y olvidé el tuyo, Esteban. No te enojes contra mí: así son todas las madres.

Entonces lejos de ocultarme, fui a pedir trabajo y pan a las haciendas inmediatas.

Los pastores de Huairos tuvieron lástima de mi, me acogieron entre ellos, y me dieron una cabaña.


Conclusión






Poco tiempo después, un día en el convento de Ocopa tenían lugar a la misma hora dos solemnes ceremonias.

En el templo tomaba el hábito un religioso.

En el cementerio abrían una tumba.

El prelado, al fin de la ceremonia, dijo al novicio, dándole su bendición:

--La paz del señor descienda a vuestra alma, hermano Guillermo.

Sobre la tumba colocaron una lápida con este nombre: «Cecilia».

El novicio, los ojos bajos, los pies descalzos y apoyado en el báculo del peregrino, besó la mano al prelado y partió a lejanas misiones.

El sepulcro quedó solitario. Las golondrinas se posaban tranquilas, sobre su cornisa de mármol, y tendían al sol sus trémulas alas. Pero cuando la noche descendía al
valle, y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo, los religiosos del convento veían una sombra que deslizándose bajo los álamos a lo largo de la alameda, entraba
en el cementerio y velaba prosternada e inmóvil la tumba de Cecilia.


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