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Enfermedades
del oído
La importancia de los estudios otológicos
Peregrín
Casanova Ciurana
No es ese ridículo
fanatismo por los trabajos a que uno se dedica, tan generalizado
como exagerado, el que al inaugurar hoy nuestras tareas literarias
nos mueve a rendir, fervoroso culto a la Otología moderna;
no es el entusiasmo ciego por una rama especial de los conocimientos
médicos la que nos obliga a escribir estas líenas
a título de introducción, sino más bien
indiferencia y lamenlable abandono en que yace en nuestro país
esta especialidad, abandono tanto mas digno de crítica
cuanto quo no sólamente se refiere a los enfermos, sino
también a los médicos; y de éstos no se
circunscribe únicamente a los que disfrutan de la vida
monótona que proporciona la policlínica de una
capital, sino lo que es más sensible, se extiende al profesorado
en cuyas lecciones orales apenas si llega a tener la dicha de
que se la nombre.
Una porción de hechos pasmosos acontecen respecto a esta
clase de enfermedades. Mientras en las afecciones venéreas
los enfermos acuden a los específicos encomiados ya por
curanderos ya por farmacéuticos, para recurrir al especialisla
después que la paciencia y la fe se han agotado; mientras
los enfermos de la vista no permanecen un instante sin que les
preste sus auxilios un especialista por insignificante que sea
para cambiar y recorrer toda la escala de los mismos en caso
que la afección no se cure rápidamenle, los enfermos
del oído permanecen totalmente indiferentes, no dando
importancia a una afección que apenas les molesla y para
la curación de la cual creen inútiles todos los
medios terapéuticos.
Algunos se atreven a consultar al médico que les visita,
el que después de haber inspeccionado el pabellón
de la oreja y la entrada del conducto auditivo externo de una
manera ligera, pronuncia la palabra Catarro con la cual calma
la ansiedad del enfermo, prescribiendo unas cuantas gotas de
aceite de almendras dulces, de aceite de castor o de leche de
mujer, que no olvida aconsejar como el solo remedio de esa única
enfermedad llamada sordera. Otros se avergüenzan de un defecto
que creen les hace ridículos en sociedad, y cuya curación
no consultan a nadie, resultando que caen en el ridículo
que quieren evitar a fuerza de disimular su padecimiento. Los
más crédulos, viendo que la Medicina general no
les proporciona otro alivio que la sonrisa indiferente del médico
al que se consulta, buscan un consuelo en esos tan encomiados
infalibles que sin duda lo son en el sentido de ensuciar el conducto
auditivo, procurando al enfermo algunas incomodidades más,
cuando no empeoramiento seguro.
Por otra parte, consúltese cualquiera de los médicos
que se dedican a la visita ordinaria y se reirán ante
la pretensión del enfermo en curarse de la afección
de un aparato que pasa para la mayoría como una especie
de polo glacial vedado a nuestra mente, juzgando como incurable
ese sinnúmero de enfermedades que dan en último
resultado lugar a la sordera. Después de todo esto se
nos ocurre preguntar: ¿Cuál es la causa de esta
indolencia que existe en los médicos y en los enfermos
tocante al tratamiento de las enfermedades del oído? ¿Es
que dicho aparato no desempeña en nuestro organismo ninguna
función importante? ¿Es que las enfermedades del
oído no son numerosas ni frecuentes? ¿Es que no
son graves ni van acompañadas de síntomas alarmantes
y moleslos? ¿Es que a pesar de todo, las enfermedades
del oído no se curan? todo esto es lo que vamos a ver.
Dejamos para el fin la resolución del primer preguntado,
entrando desde luego a ocuparnos de la importancia fisiológica
del órgano auditivo. Una función no solamenle tiene
importancia por sí misma, y considerada en su trascendencia
con la vida orgánica del individuo, sino que la tiene
en sus relaciones con la vida social del mismo y sobre todo con
las que tiene tocante al desarrollo de otros órganos importantes
que están supeditados a ella. La funcion auditiva carece
de importancia en la vida nutritiva de nuestro organismo para
la realización de la cual en nada contribuye. Al suprimir
el órgano auditivo no ocasionaremos la muerte física
pero sí la muerte social del hombre, porque habremos destruído
uno de los lazos principales que le unen en sociedad, ese verdadero
tejido conjuntivo de los conceptos y de los afectos. El sordo
que ve rotos los vínculos que antes le unieran a sus semejantes,
representa un fragmento desprendido de la sociedad, de la cual
huye para hundirse en los abismos de la más negra melancolía,
que quiza le lleve al suicidio.
Cuando la supresión accidental del oído sobreviene,
no en el estado adulto, sino en la niñez, o es ya congénita,
las consecuencias son todavía más funestas. El
órgano auditivo es uno de los que más influyen
en el desarrollo del cerebro y de las facultades mentales; por
consiguiente: cuando un niño nace sordo o adquiere la
sordera después del nacimiento, la consecuencia inmediata
es la falta del lenguaje que se desenvuelve en virtud de imitacion
y con el poderoso auxilio de la función auditiva, resultando
entonces ese defecto llamado sordo-mudez que coloca a estos desgraciados
en la situación más deplorable, porque es un impedimento
poderosísimo para el desarrollo de la inleligencia.
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Que las enfermedades
del oído son numerosas, basta para probarlo tan solo pensar
en el número verdaderamente prodigioso de órganos
que entran en la composición de un aparato tan complicado
y en la diversidad de tejidos que entran en la composición
de cada uno de ellos lo que hace que cada órgano pueda
enfermar de diversas maneras y en todos los casos dar por resultado
la producción de la sordera. Desde el tejido óseo
que constituye el armazón donde está contenido
casi todo el aparato, el cual forma también alguna de
las piezas interiores que se consideran como órganos distintos,
hasta el tejido nervioso terminal del nervio acústico,
existen una variedad inmensa de tejidos susceptibles de padecer
de muy diversas maneras.
Es preciso tener muy presente que la palabra sordera, como la
voz amaurosis, es un término genérico que nada
significa y que las enfermedades del oído son múltiples
y variadas.
Las enfermedades del oído parecen menos frecuentes porque
no están a la vista y pueden disimularlas los enfermos,
pero el que haya visitado cualquier clínica otológica
puede cerciorarse de lo contrario. Las causas de las afecciones
auditivas son muy numerosas: las enfermedades generales suelen
tener manifestaciones en el órgano auditivo; la impresión
de los agentes exteriores y la propagación de las enfermedades
de regiones inmediatas, son las causas más frecuentes
de padecimiento.
Las enfermedades del oído son graves, no sólamente
por lo que toca a la función del aparato, sino a la vida
del individuo. ¡Cuantas muertes no son producto de un catarro
purulento crónico de la caja timpánica que ha terminado
por propagarse a las meninges y cerebro o por abrir las paredes
de la carótida interna o de la vena yugular encefálica
arrebatando los enfermos en pocos días y tal vez en pocos
minutos! Sabido es en demasía que en estos casos de muerte
cuya causa se ignora, no faltan palabras para llenar el vacío
que la familia siente y que siente el mismo médico. ¡Cuántas
enfermedades del oído son tratadas por congestiones cerebrales
y cuántas pasan desapercibidas en el curso de las enfermedades
infecciosas!
Si de la gravedad de las lesiones auditivas pasamos a la molestias
de sus síntomas, encontraremos razones suficientes para
apoyar la importancia que concedemos a la Otología. Verdad
es que muchas afecciones, en general graves, recorren todas sus
etapas sin ocasionar otra incomodidad que la pérdida lenta
y progresiva de la audición, pero en cambio la mayoría
va acompañada de dolores tan atroces que llegan a ocasionar
el delirio, o de síntomas otras como son los zumbidos
y ruidos que atormentan al enfermo hasta conducirle al suicidio,
sino a la enajenación mental.
Lo más ridículo de todo es oir a personas autorizadas
que las enfermedades del oído no se curan. Las afecciones
auditivas han estado por largo tiempo en manos del charlatanismo
que ha explotado los enfermos sin haberles proporcionado el menor
consuelo: pero hoy día la Otología ha entrado a
formar parte de la Medicina Científica, existe una terapéutica
racional de las enfermedades del oído que da por resultado
no sólamente su curación sino su alivio. Así
lo prueban las clínicas de todos los países, así
nos lo hace concebir el razocinio. Las enfermedades del oído
no son, ni más ni menos, que las enfermedades de los demás
órganos; tan solo varían por las condiciones anatómicas
especiales del aparato. Una inflamación auditiva, un tumor,
un abceso, una caries, etc., son tan curables como las mismas
lesiones en otros aparatos. Es cierto que existen lesiones incurables
en el oído, pero ¿acaso no las hay en todos los
órganos del cuerpo? la misma oculística que va
al frente de todas las especialidades en la marcha del progreso
cuenta con un inmenso catálogo de enfermedades incurables.
Hoy existe una Terapéutica auditiva racional fundada en
los principios de la Terapéutica general, cuyos métodos
sólo varían en los pequeños detalles y cuyos
triunfos cada día se consignan en las crónicas
y periódicos especiales de Otología.
¿Por qué, pues, la indiferencia y apatía
que reina acerca de estas enfermedades entre médicos y
enfermos? La causa es bien conocida. Entre los primeros, es una
fuente de indiferencia la dificultad inherente al diagnóstico
y al tratamiento de estas enfermedades. Para resolver ambos problemas
no basta el prescribir fórmulas, es indispensable el manejo
de aparatos e instrumentos, para la práctica de las cuales
se requieren los conocimientos anatómicos indispensables.
Universal es la repugnancia al estudio de la Anatomía,
sobre todo al de la Anatomía práctica, o sea de
la Disección; no es extraño que faltando la base
de una especialidad como esta, sus progresos hayan sido lentos.
Lo mismo pudiéramos decir de la Anatomía patológica
a la que dio tanto impulso M. Toymber con sus investigaciones
necrópsicas.
Penetran los estudios anatómicos normales y patológicos
en la generalidad de los médicos y de este modo la desconfianza
que nace de la carencia absoluta de ellos, no se transmitirá
al vulgo que es reflejo fiel de la opinión médica
general, y la Otología en vez de ser un campo estéril
e inculto, se convertirá en una especialidad útil
y científica.
Pergrín
Casanova, Enfermedades del oído. La importancia de los
estudios otológicos. La Crónica Médica,
11, 15.
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