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No hay nada más cotidiano, imprescindible e ineludible y, a
la vez, más desagradable para no pocos seres humanos, que tomar
decisiones. Tanto es así, que los mayores esfuerzos y artificios
con la que la gente trata —a menudo con éxito— de
engañarse a sí misma, van encaminados precisamente a
disimular las decisiones que toma cotidianamente y, por consiguiente, a
desentenderse de la responsabilidad que toda decisión conlleva.
Por ejemplo, si alguien se siente enfermo, es frecuente que no
quiera decidir qué hacer para curarse y, para eludir la
decisión, consultará a un médico y seguirá
su consejo sin cuestionarlo. Esta actitud es totalmente razonable,
sobre todo si el enfermo no es médico, pero no es cierto que de
este modo el enfermo haya evitado decidir. Ha decidido ir al
médico, cuando otro en su lugar podría haber decidido ir
a un curandero, y otro podría haberse limitado a rezar a Dios
para que lo cure.
Si alguien opta por rezar a Dios para curarse, puede estar
convencido de que no está tomando ninguna decisión:
sencillamente, ahí está Dios todopoderoso y él le
reza para que emplee su omnipotencia en su sanación. Obviamente,
ha decidido rezar, igual que decide comer cuando tiene hambre, pero no
ha tomado ninguna decisión "polémica" o "trascendente".
Este argumento es
claramente falaz, pues en este caso el enfermo ha decidido creer que
existe un Dios que puede curarlo, pero, para no perdernos en una
discusión metafísica sobre la existencia de Dios,
pasaremos esto por alto y nos centraremos en algo más evidente e
incuestionable: el enfermo ha decidido a qué dios rezar.
Quizá él lo niegue, puesto que reza al único Dios
que existe, pero esto es evidentemente falso (sin tocar para nada la
metafísica): en el mundo hay muchas religiones distintas, y
aceptar una en lugar de todas las demás (o de ninguna) es una
decisión que nadie —ni siquiera Dios— puede tomar por uno mismo.
Quizá alguien objete que este análisis es capcioso: un
creyente puede no haberse planteado nunca la decisión de creer o
no creer, o de creer en este dios y no en aquél otro.
Puede que se haya limitado a aceptar irreflexivamente las creencias que
sus padres le inculcaron de niño, pero esto tiene fácil
arreglo: si, por ejemplo, nuestro creyente es cristiano, le podemos
preguntar ¿por qué no
te haces musulmán ahora mismo? y si nos responde "no, gracias", en ese mismo
momento acaba de decidir ser cristiano. Aunque lo decida de forma
inmediata e irreflexiva, eso es, a todos los efectos, una
decisión en toda regla.
Las decisiones que constantemente estamos tomando forman un complejo
entramado lógico, pero, a la hora de analizarlas, conviene
empezar dividiéndolas en dos clases: decisiones teóricas (en las
que decidimos qué pensar) y decisiones
prácticas (en las que decidimos qué hacer). Si
consideramos que pensar algo ya es hacer algo, entonces deberemos
considerar las decisiones teóricas como una clase particular de
decisiones prácticas, pero resultará más
cómodo oponer "hacer" a "pensar" (lo que no supone sino precisar
a conveniencia el sentido de ambos verbos), en cuyo caso, las
decisiones teóricas y las prácticas forman dos clases
disjuntas.
Por ejemplo, si tengo fiebre, puedo decidir —entre un sinfín
de posibilidades— que me está atacando un virus o un
espíritu maligno. Optar por lo uno o lo otro
supone tomar una decisión teórica. No estoy tomando
ninguna decisión sobre qué hacer para deshacerme de los
desagradables síntomas que estoy sintiendo, sólo estoy
decidiendo cómo entender lo que me está sucediendo.
Naturalmente, las decisiones teóricas tienen consecuencias
prácticas: quien interpreta la fiebre como el efecto de un virus
decidirá ir al médico (y esto es una decisión
práctica), mientras que el que se crea poseído por un
espíritu maligno acudirá, tal vez, a un brujo; quien
decida creer que existe un Dios que castigará con tormentos
sempiternos a quien cometa ciertos pecados (decisión
teórica) es probable que decida también no pecar
(decisión práctica); quien crea que existen seres
extraterrestres que nos visitan de tanto en tanto (decisión
teórica) es probable que decida dedicar parte de su tiempo libre
a explorar el cielo nocturno en busca de objetos volantes no
identificados (decisión práctica), etc.
Si nos paramos a observar cómo hace la gente para tomar las
decisiones que inevitablemente ha de tomar, nos encontraremos con un
espectro de lo más variopinto: hay quien toma decisiones de
forma casi instantánea (lo que, en la práctica, supone
confiar la decisión a la parte inconsciente de su cerebro), hay
quien decide hacer lo mismo que ve hacer a los demás, hay quien
decide pensar en cada momento lo que más le tranquiliza y hacer
lo que más le place, etc. Por supuesto, un mismo individuo puede
adoptar criterios distintos según el momento o según la
naturaleza de la cuestión a resolver.
De entre la infinidad de criterios que uno puede emplear para tomar
una decisión, hay uno que se distingue de todos los
demás: la razón.
No es posible definir la razón, ni —lo que sería
equivalente— dar criterios explícitos que determinen qué
decisiones son racionales y cuáles no. Simplemente, cuando
alguien tiene en cuenta toda la información de que dispone y
trata honestamente de tomar la decisión que mejor "encaje" con
esos datos, está siendo racional. Del mismo modo que hemos
distinguido entre decisiones teóricas y decisiones
prácticas, podemos distinguir entre un uso teórico y un uso práctico de la
razón o, equivalentemente, aunque con un cierto abuso de
lenguaje, podemos distinguir entre la razón
teórica y la razón
práctica, si bien es importante tener presente que
"razón teórica" es sinónimo de "razón en su
uso teórico", sin que sea lícito deducir del uso de estas
expresiones que existan "dos razones" de naturaleza diferente.
El producto de la razón teórica es lo que llamamos Ciencia. En otras palabras, la
Ciencia, en su sentido más
amplio, es la descripción del mundo a la que se llega a
través del análisis racional de los datos que nos
proporciona la experiencia. Otra forma de expresar esto es decir que la
Ciencia determina lo que debe pensar sobre el mundo cualquiera que
quiera ser considerado un ser racional (en cuestiones teóricas),
y aquí es crucial comprender que el "debe" no tiene aquí un
valor ético, sino puramente definitorio, como cuando decimos que
un triángulo isósceles debe
tener dos lados iguales. Decir que quien acepta la Ciencia es racional
y que quien no la acepta es irracional es tautológico, como lo
es decir que quien cree en Dios es creyente y quien no cree es ateo. En
particular, es un sinsentido hablar de fe en la ciencia. Se tiene fe en
algo cuando se cree en ello a pesar de que hay evidencias racionales de
que es falso o, al menos, a pesar de que no las hay de que sea
verdadero. Por consiguiente, se puede tener fe en cualquier cosa menos
en la Ciencia, porque, por la propia definición de Ciencia, es
imposible que la razón exija considerar falsa una
afirmación científica.
Lo dicho en el párrafo precedente requiere muchas
matizaciones. Por ejemplo, sí que es perfectamente posible que
el descubrimiento de nuevos datos lleve a descartar racionalmente lo
que, a falta de esta nueva información, parecía lo
más razonable. En otras palabras, lo que se tenía por una
verdad científica puede dejar de serlo en cualquier momento si
nuevos datos exigen reconsiderarla. De hecho, lo que distingue
más claramente el pensamiento científico (es decir,
racional) del pensamiento dogmático
(la aceptación arbitraria de explicaciones no justificadas por
los hechos) no es tanto el nivel de exigencia a la hora de aceptar algo
como verdadero como el nivel de exigencia para mantenerlo en tal status. Un ser racional
(científico) puede aceptar como válida una
afirmación falsa con tanta facilidad o más que un ser
irracional (dogmático), y está bien que así sea,
porque para "sopesar" una teoría hay que probarla (contrastarla
con los hechos), y no hay gran diferencia entre probar una
teoría albergando reservas sobre su validez que hacerlo
creyéndola cierta por error. No hay gran diferencia —decimos—
para un científico, ya que éste no dudará en
abandonar su teoría sin reparos (tanto si la creía cierta
como si la tenía como una mera hipótesis pendiente de
confirmación) en cuanto se encuentre con hechos que la
desmientan, mientras que el pensamiento dogmático
tiende a defender sus postulados contra viento y marea (o, más
precisamente, contra los hechos).
Naturalmente, los dos párrafos anteriores siguen siendo un
espacio demasiado breve para hacer justicia al concepto de Ciencia,
pero no vamos a extendernos más en ello porque no es el objeto
de estas páginas. El análisis del uso teórico de
la razón como fundamento a la Ciencia, así como de los
límites de lo que podemos afirmar racionalmente sobre el mundo,
constituye la rama de la filosofía conocida como Teoría del conocimiento.
Remitimos al lector interesado a nuestras
páginas sobre esta materia. Lo que aquí nos ocupa es
el uso práctico de la razón, o más concretamente
una parte de él. En efecto, el uso de la razón para
decidir qué hacer en un contexto dado puede dividirse a su vez
en dos partes:
Cuando el problema consiste en determinar cuál es el mejor
medio para conseguir un fin predeterminado, nos encontramos ante un
problema técnico. La Técnica es simplemente la
aplicación de la Ciencia, y no necesita ninguna
fundamentación diferenciada de la de ésta. Si mi problema
es qué debo hacer para viajar por el mar, la solución
consiste en aplicar los conocimientos científicos oportunos para
construir un barco; si mi problema es qué debo hacer para evitar
que me piquen los mosquitos, la solución consiste en aplicar los
conocimientos científicos oportunos para sintetizar un
insecticida eficaz; si mi problema es qué debo hacer para perder
unos kilos que me sobran, la solución consiste en aplicar los
conocimientos médicos oportunos para determinar el procedimiento
a seguir, etc. Aunque con ello extendemos el sentido de la palabra
"Técnica" más allá del que se le asigna en el
lenguaje común, consideraremos igualmente como un problema
técnico responder a preguntas del estilo de qué debo
hacer para ser feliz. En este caso, la rama de la Ciencia que puede
ayudar a quien no sea capaz de responder eficientemente a dicha
pregunta por mera introspección es la psicología.
Pero también es posible usar la razón, no ya para
escoger
un medio para lograr un fin, sino para escoger un fin en sí
mismo. Supongamos que salgo
a la calle y me encuentro a mi vecino abofeteando a su esposa porque no
estaba
en casa cuando él ha regresado esperando encontrarse con la
comida hecha. ¿Qué debo hacer? Hay quien piensa —y,
tristemente, de forma mayoritaria en muchos
países— que no debo hacer nada, como no sea pasar de largo,
porque un marido tiene perfecto derecho a pegar a su esposa para lograr
que ésta se comporte a su gusto. Es una decisión posible.
Otros pensarán que el marido en cuestión es un mal bicho
que no tiene ningún derecho a hacer lo que hace, y que mi deber
es hacer lo que esté en mi mano para defender a su
víctima. Si opto por lo segundo, se me plantea el problema
técnico de cómo lograr este fin. Tendré que
calibrar si tendría posibilidades de dominarlo en una lucha
cuerpo a cuerpo, o si, por el contrario, me convendría proveerme
de alguna clase de arma, o buscar ayuda, o si podría convencerlo
o, al menos, distraerlo, hablando con él, etc. Esto es un
problema técnico, pero el problema de decidir si defiendo a la
mujer o no la defiendo no es un problema técnico, sino
ético.
Ciertamente, yo podría salir en defensa de la mujer como
medio para conseguir un fin (por ejemplo, para ganarme la
admiración de alquien que sé que me está viendo,
de modo que si, dicha persona no estuviera ahí, decidiría
pasar de largo sin hacer nada), en cuyo caso habría reducido el
problema (o, mejor dicho, mi necesidad subjetiva de tomar una
decisión) a una cuestión técnica, pero no
por ello dejaría de estar planteado el problema ético
objetivo:
¿debe alguien en la situación descrita salir en defensa
de la mujer maltratada aunque no gane nada con ello, es decir, aunque
tal acción no pueda considerarse un medio para lograr
ningún fin ulterior?, ¿la defensa de esa mujer debe ser
considerada un fin en sí mismo?
Si la Ciencia es el producto o el sistema de conclusiones de la
razón (teórica) cuando se plantea cómo debo
entender el mundo, la Ética
es el producto o el sistema de conclusiones de la razón
(práctica) cuando se plantea qué fines debo perseguir en
el mundo. Si "hacer ciencia" consiste en determinar racionalmente
qué debo considerar verdadero y qué debo considerar
falso, "hacer ética" es determinar racionalmente qué debo
considerar bueno o malo, moral o inmoral, ético o no ético, qué
está bien y qué
esta mal o qué debo hacer y qué no debo hacer. Todos estos
términos son variantes alternativas que nos ofrece el lenguaje
para formular las conclusiones de la Ética. Son términos
que todos usamos cotidianamente, y el objeto de estas páginas es
analizar los fundamentos racionales de dicho uso. Como parte de dicho
análisis figura el problema de precisar el alcance de la
razón en su uso práctico. Es evidente que hay decisiones
prácticas que la razón no me puede ayudar a tomar. Por
ejemplo, abro mi armario y veo varias camisas. ¿Cuál me
pongo?
Podré tener en cuenta algunas consideraciones racionales —de
carácter técnico— que limiten mi elección (manga
corta si hace calor, manga larga si hace frío, más
elegante si he de ir a un acto público, más informal en
caso contrario, etc.), pero si hay varias camisas que entran dentro de
lo razonable, es absurdo pedirle a la razón que encuentre un
criterio que me permita elegir una frente a las otras. Dicho de otro
modo: un problema de decisión no tiene por qué tener
solución (racional) única.
Hay quien sostiene que todo problema ético es análogo
al problema de la elección de la camisa, de modo que, si los
condicionamientos técnicos dejan varias posibilidades viables,
no hay nada más que la razón pueda añadir para
seleccionar una opción frente a las otras. Esto es el escepticismo (práctico). Un escéptico radical
afirmará que el bien y el mal son conceptos vacíos de
significado objetivo, que ser un filántropo y ser un violador
son dos actitudes que uno puede adoptar en la vida de entre otras
muchas, sin que tenga sentido alguno decir que una es mejor que otra.
En todo caso, una nos resultará más simpática que
otra, pero nada más. Una variante más moderada de
escepticismo es el relativismo
ético, según el cual, ciertamente, los conceptos
de bien y mal tienen un sentido, pero no un sentido objetivo racional,
sino que son un rasgo más de los muchos que caracterizan a cada
cultura, ideología, etc. Así, por ejemplo, en la cultura
occidental actual la esclavitud se considera inmoral, mientras que los
antiguos romanos eran de otro parecer. Tenemos así dos
éticas distintas, de modo que la esclavitud es mala respecto a
una de ellas pero no respecto a la otra. Similarmente, podemos decir
que el aborto es malo con respecto a la ética cristiana y no lo
es respecto a la ética laica que defiende un sector relevante de
la sociedad actual, etc. Dentro de las muchas variantes de relativismo
que puede uno concebir, un relativista ético puede defender una
versión "democrática" de la ética: si una sociedad
vota mayoritariamente a favor de una ley que permita el aborto,
entonces podemos decir que abortar no es malo en esa sociedad, mientras
que si vota mayoritariamente una ley que prohiba el aborto, entonces es
legítimo afirmar que abortar es malo en esa sociedad y en
ninguno de los dos casos tienen sentido decir que la sociedad se
equivoca al decidir, puesto que la ética es como el lenguaje,
una serie de convenios arbitrarios de comportamiento que la gente
establece para regular
la conviencia.
En el extremo opuesto de las concepciones sobre la Ética
está el dogmatismo, del que ya hemos hablado. Éste puede
ser declarado o no declarado: Si alguien afirma que
tiene fe en la existencia de Dios —una fe que él mismo reconoce
que no puede justificar racionalmente— y que, como consecuencia de
dicha fe, afirma que el aborto es inmoral, está siendo
declaradamente dogmático. No tiene sentido iniciar una
discusión con él sobre el asunto. La discusión
terminaría en cuanto él dijera lo ya dicho. Sin embargo,
es
frecuente que la gente discuta sobre cuestiones éticas como el
aborto y muchas otras. Discutir supone tratar de convencer al
adversario o, por lo menos, tratar de justificar que está
equivocado, aunque éste se niegue a admitirlo. Cualquiera que
entable una discusión sobre ética está admitiendo
implícitamente la posibilidad de una fundamentación
racional de la ética (salvo que sus argumentos sean
relativistas, del estilo de "abortar no es malo porque así lo
piensa una gran mayoría"), lo cual no excluye la posibilidad de
que los pretendidos argumentos racionales estén saturados de
postulados dogmáticos no declarados.
Así pues, lo primero que cabe preguntarse es si es posible
realmente una ética racional, si al tratar de eliminar cualquier
principio dogmático de nuestros razonamientos prácticos
no nos vemos inevitablemente abocados a un escepticismo más o
menos radical. Conviene comparar este problema práctico con su
análogo teórico: el problema de si es posible la Ciencia,
es decir, una descripción racional del mundo libre de
dogmatismos y que no se reduzca al mero escepticismo.
En el caso teórico, no hay duda de que el problema "soluitur ambulando" (la existencia
de la Ciencia se demuestra análogamente a como se demuestra la
existencia del movimiento: andando). En efecto, la Ciencia está
ahí, queramos o no; ahí están los libros de
física, de química, de medicina, etc., que nos presentan
una teoría precisa (obviamente incompleta) que puede ser
aplicada con éxito en la práctica sin más
requisito que la voluntad de hacerlo. Cuestionar que la razón
teórica puede llegar a describir eficientemente el mundo es
negar la evidencia. Sin embargo, si buscamos un equivalente
práctico, el panorama es muy distinto. Mientras que existe una
"comunidad científica" que presenta un juicio coherente sobre
las cuestiones científicas básicas (sin perjuicio de que
distintos científicos puedan defender conjeturas contradictorias
entre sí en aquellos contextos en los que no hay
información suficiente para realizar un análisis
concluyente), en cuestiones de ética hay casi tantas opiniones
como individuos, y no hay nada que pueda parecerse a una doctrina
objetiva y comúnmente aceptada, como la existente en el campo
científico. Ahora bien, esta discrepancia puede explicarse por
causas puramente psicológicas y sociológicas, sin que
haya realmente motivos para ver en ella un indicio de que las
posibilidades de la razón práctica sean mucho menores que
las de la razón teórica.
A lo largo de la
historia han aparecido y desaparecido muchas sociedades humanas, y
solamente en una de ellas, la sociedad europea occidental (sin contar a
España, para ser exactos) se han dado las circunstancias
(políticas,
sociales, culturales, etc.) necesarias para que surgiera la Ciencia
moderna y se desarrollara hasta el grado en que lo ha hecho (y que
después se ha transmitido a todas las culturas que han querido
aceptarla). Que en la sociedad europea occidental no se hayan dado las
circunstancias necesarias para el surgimiento de una ética
racional no es una prueba de que sea imposible la existencia de una
Ética equiparable a la Ciencia, del mismo modo que el hecho de
que, por ejemplo, en las sociedades musulmanas —asfixiadas por el
fanatismo religioso
y el despotismo— no se hayan dado las circunstancias necesarias para el
surgimiento de la Ciencia, no es una prueba de que no pueda existir la
Ciencia.
Muchos comparan a la filosofía con la astrología o
cualquier otra pseudociencia en la que cada cual dice lo que le parece
oportuno sin ninguna clase de control, y no les falta razón, al
menos en la descripción del estado
actual de la filosofía, y en particular de la ética como
disciplina filosófica, pero una cosa es su estado y otra su potencial. El estado de la ciencia
en la
época de los griegos era similar al estado actual de la
filosofía, y nada impide a priori que la filosofía pueda
salir hoy de ese estado como la ciencia lo hizo en su día, y la
única forma en que puede verse si esto es posible o no, es
intentándolo.
En las páginas siguientes trataremos de mostrar al lector que
es posible llegar honestamente a conclusiones prácticas sin
apoyarse en dogmas. Obviamente, el lector se verá en la
obligación ineludible de juzgar si los argumentos que
mostraremos le parecen realmente convincentes (ineludible si entendemos
que la mera decisión de dejar de leer es ya un juicio). Puedo
dar fe de que la argumentación es honesta, es decir, de que mi
única intención es exponer las conclusiones a las que he
llegado al reflexionar sobre este asunto sin intención de
engañarme a mí mismo ni de manipular los argumentos para
llegar a conclusiones fijadas de antemano de forma arbitraria. Otra
cosa es que la argumentación sea válida, en el sentido de
que realmente no se apoye en dogmas inadvertidos. Eso es precisamente
lo que el lector deberá juzgar por sí mismo.
Para encauzar este proyecto conviene introducir algunas precisiones
lingüísticas que nos aproximen al modelo que tenemos a
nuestra disposición (el que nos ofrece el uso teórico de
la razón). En primer lugar, del mismo modo que se considera
redundante hablar de una Ciencia
racional, pues cualquier creencia irracional no es Ciencia, por
definición, vamos a reservar la palabra Ética para referirnos al
producto de la razón en su uso práctico
(adogmático), de modo que cualquier otra ética construida
sobre dogmas la consideraremos una pseudoética,
al igual que consideramos pseudociencias a la astrología, la
quiromancia, etc. Esto no supone una petición de principio: en
estos términos, el relativismo ético afirma que la Ética, en el sentido preciso
que acabamos de dar a la palabra, es una rama del saber vacía,
como lo sería la Teología
racional. Nuestro objetivo es mostrar que no se da el caso, sino
que, por el contrario, la razón práctica puede construir
una Ética sólida, del mismo modo que la razón
teórica ha podido construir —y sigue construyendo— una Ciencia
sólida.
En segundo lugar, del mismo modo que distinguimos entre Ciencia y
Teoría del conocimiento, necesitamos distinguir entre
Ética como el producto de la razón práctica (el
equivalente práctico de la Ciencia) y el análisis de los
fundamentos de la Ética (el equivalente práctico de la
Teoría del conocimiento). Algunos autores han tratado de
expresar esta distinción reservando la palabra moral para lo que hemos llamado
Ética y la palabra Ética para la filosofía de la moral, pero
esta distinción nos parece demasiado forzada, ya que, tanto
etimológicamente como en su uso habitual, ética y moral
son palabras sinónimas (son la versión griega y latina de
la misma palabra). Por ello, nosotros usaremos como sinónimas
las palabras ética y moral, y, dado que la Teoría del
conocimiento se reduce a lo que Kant llamó una crítica de la razón pura
(teórica), es decir, al análisis de las
posibilidades y limitaciones del uso teórico de la razón,
nos referiremos a la filosofía de la Ética (o de la
moral) como la crítica de la
razón práctica (es decir, el análisis de
las posibilidades y las limitaciones del uso práctico de la
razón).
Aunque esto es un tecnicismo sin mucha importancia —y por ello el
lector puede saltarse, si lo desea, este párrafo y el siguiente—
debemos dar la
razón a Kant en la conveniencia de hablar meramente de la "razón práctica" en
lugar de "razón pura
práctica". Plantearse si está racionalmente
justificado afirmar la existencia de un alma como sustancia que soporta
la conciencia (diferente del cuerpo) es un problema que concierne a la
razón (teórica) pura, en el sentido de que ninguna
experiencia puede aportar información en favor o en contra de la
existencia del alma. Por el contrario, plantearse si debemos afirmar
que el agua ocupa más o menos volumen en estado líquido o
en estado sólido es un problema que concierne a la razón
(teórica) empírica, pues la respuesta dependerá
del análisis de las experiencias oportunas. Una crítica de la razón
empírica teórica sería una discusión
del llamado método
científico, mientras que la crítica de la razón pura
concierne al uso trascendental
de la razón, es decir, al uso previo —desde un punto de vista
lógico— al desarrollo de la Ciencia, y también a un
posible uso metafísico,
es decir, a la posibilidad de extraer consecuencias más
allá del alcance de la Ciencia (aunque la conclusión de
la crítica de la razón pura sea que cualquier intento en
esta dirección carece de fundamento).
Por el contrario, no existe un uso puro (sin componentes
empíricas) de la razón práctica, ya que todos los
problemas prácticos vienen planteados por la experiencia (o son
problemas hipotéticos sobre posibles experiencias concretas). No
obstante, esto no contradice el hecho de que si la razón
práctica puede llegar a consecuencias concretas, éstas
consecuencias tendrán que justificarse a priori, y no a posteriori. Esto significa que,
mientras un experimento adecuado puede determinar si es verdadero o
falso que el agua aumenta de volumen al congelarse, no hay experimento
alguno que pueda determinar si es bueno o malo que un marido maltrate a
su mujer. Aunque el problema es empírico en su naturaleza (trata
sobre seres humanos, que son objetos empíricos), si la
razón puede dar una respuesta tendrá que hacerlo
necesariamente a priori. Aunque no es exactamente lo mismo, algo
parecido sucede cuando la razón trata de justificar que no es
posible recorrer todas las calles de un cierto pueblo sin pasar dos
veces por una misma calle: el problema es empírico, pues su
planteamiento requiere observar la disposición concreta de las
calles del pueblo, pero la respuesta consiste en un análisis
puramente matemático que no requiere hacer experimento
alguno.
Ahora estamos en condiciones de advertir al lector que no es el
propósito de estas páginas desarrollar
sistemáticamente la Ética, sino realizar una crítica de la razón
práctica. No cabe duda de que sería deseable
disponer de un libro dedicado a desarrollar la Ética propiamente
dicha o, por qué no, de todo un cuerpo de libros que
desarrollaran la ética de las relaciones cotidianas, la
ética de la política, la ética de la medicina,
etc., igual que disponemos de libros de física, de
química y de
las distintas ramas de la Ciencia en general, pero ello sería
una obra de mucha más envergadura que ésta y, en
cualquier caso, resulta difícil imaginar que fuera posible
escribir tales libros cumpliendo los debidos requisitos y
garantías de racionalidad sin contar previamente con las
directrices de una crítica de la razón práctica
(sea la que aquí presentaremos u otra que cumpla el mismo fin,
si es que el lector considera que ésta no lo consigue).
Puestos a fantasear, sería deseable ir mucho más allá, y llegar a disponer de una Ética que gozara de las condiciones de objetividad de las que goza la Ciencia moderna: una Ética que pudiera enseñarse en los colegios de los países civilizados sin que nadie —excepto cuatro fanáticos sin importancia— considerara que con ello se está inculcando una ideología a los niños, una ética no impuesta por ninguna clase de fuerza o interés, sino por el mero hecho de basarse en la razón y por el éxito de su aplicación a la hora de regular la convivencia entre las personas, una ética a cuyo desarrollo y perfeccionamiento pudiera contribuir cualquiera sin más fuerza que la argumentación inteligente, y a la que nadie se atreviera a contradecir desde la ignorancia o la ingenuidad sin que fuera tomado por un infeliz. No cabe duda de que estamos tan lejos de esta utopía como los griegos lo estaban —pese a su vocación— de alcanzar un desarrollo científico semejante al actual, pero tampoco puede dudarse que, si el desarrollo científico moderno ha sido un paso de gigante en el progreso de la civilización y en el bienestar de la población en general, una sociedad en la que la Ética alcanzara tal nivel de desarrollo y aceptación habría dado un paso adelante mucho mayor que el asociado a la revolución científica.
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Cómo no se fundamenta la Ética I |