Pompeya Paulina


Capítulo xciiij: De Pompeia Paulina, mujer de Séneca, la qual tovo tanto amor a su marido que, viéndole morir en el baño, ella misma se cortó las venas también para morir, si no ge lo hoviessen defendido los ministros y siervos de Nero.

Pompeia Paulina fue mujer de Lucio Anneo Séneca, maestro de Nero. Empero si fue romana o estrangera no me acuerdo haverlo leydo. Como quiere que quando yo miro a la verdad y considero la gloriosa constancia de su spíritu, más quiero creer haver sido romana que estrangera. Cuya origen, ahunque ignoremos, empero no carecemos de testimonio de illustres auctores [de] cómo fue enxemplo de un piadoso, tierno y entrañable amor contra su marido.

Creyeron algunos hombres de aquel tiempo, Séneca, hombre excellente, haver ca[h]ído y sabido algo en aquella conjuración de Pisón contra Nero, si conjuración puede ser dicha fazer algo contra el tyrano. So el qual color, por el viejo y natural odio que tenía Nero contra las virtudes, falló carrera y vía para embraveçerse contra él, ahunque algunos creyeron que por induzimiento de Poppea y de Tigillino, a los quales solos Nero dava fe y con los quales él tomava consejo, fue fecho tracto y ordenado que denunciassen a Séneca, que él mismo se escogiesse la muerte, ca por mandado de Nero le convenía morir. Al qual, como hoviesse visto Paulina aparejarse a la muerte, dexados aparte los falagos y las consolaciones para la vida, con los quales le exhortava y ponía ánimo para la muerte induzida de un casto y entrañal amor, deliberó con ánimo y coraçón esforçado de emprender aquella misma specie y manera de muerte con su marido, porque a los que la honesta vida havía tovido atados, una misma muerte juntamente los dissolviesse y apartasse. E como ella sin miedo hoviesse entrado en el agua tibia, y en la misma hora con el marido para render el spíritu se hoviesse abierto las venas por mandado del Emperador, que no tenía con ella odio alguno particular, por amatar un poquito la infamia de su natural crueza, contra voluntad della los siervos la salvaron de la muerte. Empero no tan presto le estancaron la sangre y le ataparon las venas que la honrrada mujer no atestiguasse con el amarillez de su color, que siempre tuvo, haver perdido juntamente con su marido mucha sangre. E como algunos pocos años hoviesse guardado la memoria de su marido con loable viudedad, como de otra manera no pudiesse, a lo menos en nombre de mujer de Séneca feneció sus días.

¿Qué cosa sino el dulce amor y señalada piedad y el ligamiento del matrimonio pudo consejar a esta honrrada muger que quisiesse más, si honestamente lo podiera fazer, morir con su viejo marido que scapar la vida, casándose otra vez sin cargo alguno y infanmia, según que fazen comúnmente las mujeres? Por cierto, en gran deshonrra de la castidad de las dueñas tienen algunas en este nuestro tiempo por cosa muy familiar y acostumbrada, no digo el segundo y tercero matrimonio tan solamente, que es quasi a todas común, mas ahun el sexto, seteno y octavo, si el caso acaheciere, y yr de tal guisa a los thálamos de los nuevos maridos que parecen haver furtado el officio a las públicas rameras, que tienen por costumbre trasnochando mudar muchas vezes nuevos enamorados. Y no con peor rostro fazen los sacrificios y cerimonias de los matrimonios muchas vezes que si fiziessen algún sacrificio muy grande a la honestad. Por cierto, no sabemos bien determinar si devemos dezir que las tales mujeres salgan de alguna cella del público o del thálamo y strado del marido muerto. E no dudo que es de sospechar quién faze más desonestmente, o la que entra o más loca el que la pone.

¡O desventurados de nosotros! ¿A dónde han ya caydo nuestros costumbres? Acostumbraron los viejos, que tenían el ánimo prompto en sanctidad, tener por cosa vergonçosa no solamente casarse siete vezes mas ahun dos, y que las tales dende adelante no podían acompañarse ni ayuntarse con las dueñas honestas y honrradas. Mas las mujeres de nuestro tiempo muy diverso costumbre veemos que tienen, que en cubriendo su comezón y appetito carnal, y toviendo sus fermosuras y disposiciones por más caras que a sí ni a su honrra, después de viudas del primero con muchos desposorios contentan a diversos maridos.


Johan Boccaccio, De las mujeres illustres en romance, Zaragoza, Paulo Hurus, Alemán de Constancia, 1494, fo. 95 v y ss.