Narrativa en el umbral de la palabra.

 

SUSANA ALFONSO

 

A TÍ

 

A tí, que siempre me envuelves.

Hoy, en esta tarde, en este preciso momento, que te dejas arrastrar por el viento del noroeste, con bravura pero sin maldad, con vigor pero con ternura, tiznado de azul oscuro, propio de tí en tantos de tus atardeceres; a tí, hoy, ahora, te ensalzo.

A quien me refugia en instantes de amargura y me rodea cuando me embarga la felicidad.

A tí, quien con sus grandes dimensiones comparte conmigo tan frágiles y fugaces sensaciones.

Tú, que me refortaleces cuando me abruma el vacío. Que me reconfortas en una exquisita y profunda soledad, en la que a veces estoy sumida.

A tí, con quien me aletargo en un confortable silencio.

El silencio infinito de la soledad.

Una soledad, que junto a tí, se convierte en un elocuente y comunicativo silencio, el de tu oleaje y el de mi humanidad, unidos, fusionados entre tus fuertes y entrañables brazos, que soportan el peso de mis resbaladizas utopías.

A tí, que me enmarañas en tu grandiosa infinitud, te dedico este espacio virtual.

A tí, que siempre me envuelves y siempre me envolverás.

 

 

IMPULSO

 

No alzaré la voz.

Siento la sensación de que las palabras podrían arrebatarme la magnitud de su esencia, de que "ellas" podrían vanalizar su valor al ser repetidas. Por eso, tal vez llegue a susurrarlo, a susurrarlo en silencio.

Sin embargo, esta inquietud parece desvanecerse al revolotear insistentes en mi boca. Juguetean sin parar, ansiosas de ser pronunciadas, imponiéndose con la firmeza de su propio derecho a existir.

Bajo su terso atavío argüllen ser singulares, y me seducen con la magia del momento único, que lo hace diferente.

Quizás esta fascinación pueda congelar su inherencia y ofrecerlo en toda su propiedad. Pero de todos modos un miedo inusitado me acecha.

¿Sería posible, tal vez, que al ser pronunciado pasara de largo o se evaporase, como si de una alucinación se tratara?.

¿O tal vez me asusta la sospecha de entrever aquello que anhelo, ahora que no transitaba el camino de la búsqueda?.

Lo cierto es que surgió de manera inesperada, bajo una luz breve y entrecortada, arrebatándome los sentidos y suspendiéndome en un intemporal destino.

Quizás esta vez haya aparecido para quedarse.

 

 

 

 

MARIA JOSE CHORDÁ

 

 

 

DESDE LA OTRA ORILLA

 

Tal vez se descuelga de una cornisa donde habita. En la ciudad, cuando los edificios se pierden en las miradas de los más observadores. Allí mora, en los aledaños del encendimiento. Cerca del cielo, a un paso del vacío.

Los recuerdos no sirven más que para convertirlos en literatura, para rememorarlos, cuando vuelven a incidir sin más. Así pués, quizá se trate de una cita ineludible, ubicada en un tiempo, con toda la perspectiva que esta medida da a los recuerdos... Volver a estar allí.

Cierro los ojos de manera que aunque abiertos, sólo veo mar, una tierra de forma sinuosa y escasa. La luz. Una segunda libertad. Con toda la fuerza que quizá otorgaban las olas portadoras, comenzó la estancia. El tiempo siempre es otro, incluso en este preciso momento, mucho más cuando ha pasado, mucho más en los recuerdos. Pero ahora se trata de eso, de recordar.

Recuerdo un viaje inesperado hacia lo desconocido, un viaje iniciático que tal vez yacía en una antigua marea y me mecía en un mar milenario, guardian de la belleza, portador de cultura, haceedor mágico, duende de tantos instantes.

Recuerdo una estancia propia, donde la claridad era costumbre antes de que yo llegara. Recuerdo las palabras que debían fluir más que nunca, amparadas por una lengua que empezaba a aprehender y siempre he querido.

Recuerdo el mar complice, cada rincón, el deslizar contínuo deshacedor de límites. Agua .y .tierra .confundidas .constantemente. .Todo era .excesivo, .la misma naturaleza había dibujado una extraña forma, en ese trozo de tierra emergido. El viento de tramontana azotaba cualquier resquicio, complicando algunas mentes. Todo era blanco y azul, furiosamente excesivo.

Era, quizá, el tiempo de la siembra, de las intuiciones que más tarde se constatarían en cualquier orilla del mismo mar, un atardecer cualquiera. Yo suplantaba una vida por aquel antonces, en ese espacio limitado, en ese horizonte inmenso. Habitaba su propia casa. Su presencia aún se desdibujaba por entre los muebles y utensilios cuando llegué. Era en cierto modo una intrusa. Me contaron que había emprendido un largo viaje, que huía de sí mismo como las mareas y como ellas, siempre retornaba. Yo comencé a usar sus libros e intentaba al igual que él, hacer amar la palabra, tarea fácil en un ámbito donde la belleza, no zarpaba con cada barca. Me hice amiga de sus amigos. Poco a poco me fui apropiando de una historia que no era mía pero en la cual me sentía cada vez más cómoda. Fui recorriendo aquella geografía, palmo a palmo, donde él lo hiciera antes, precipitándome en los primeros miedos como acantilados, asumiendo la fuerza del viento como gaviota, compartiendo los sentimientos de los que más se aproximan a las orillas de un mar al que una vez me aproximé. De algún modo fui dejando de ser una intrusa en aquella isla.

Nunca le conocí.

Un día, como las ballenas, comencé mi peregrinación hacia la otra orilla. Hoy, ya en tierra firme, sé que ambos compartimos una idéntica pasión.

 

 

No por escribir sobre las cornisas arrebatadamente, alguien puede creer que las transita. Es sabido que tan solo los ojos de los más observadores las advierten y entonces, tal vez por breves instantes se roza la felicidad. Una vez descubiertas, siempre en lo alto y por azar, es dificil no intentar perseguirlas como a la belleza.

 

 

 

 

AMPARO LÓPEZ

 

 

CONINA

 

Hay épocas en nuestras vidas que son principio y fin en si mismas, y cuando terminan son como un regreso a la propia identidad, trás un viaje alucinante del cual volvemos con el hatillo mas lleno y prieto.

Un plor esclata: Abans vaig sentir aquell tros calent de vida sortint, relliscant per entre les meues cuixes, els peuets rebotant sobre la pell asombrada.

Al voltant d'hores adormides, fora del temps quotidia i de l'espaí habitual-tan sols el ressó, mes fondo cada vegada, de la meua propia veu entre els ulls-, vaig tornar a la conina per a trobar-me amb unes faccions que eren la confirmació de l'amor llarg temp acumulat.

Un fragmento de tiempo vivido como una larga jornada en simbiosis con la vida que comienza, por la que transcurrir dormitando y alimentando. Los pechos repletos convertidos en río, ribera y vereda de aquel íntimo mundo compartido durante meses infinitos.

La conina plora: no sap menjar,

la conina plora: no sap dormir,

la conina plora: no sap fer petets, ni rotets,

la conina plora perque no sap plorar...

¿D'on vens conina, en quìn lloc habitabes, a on no se menjava, ni se dormia, ni havia dolor, ni peneta?. ¿Que es aquella meravella conina?, allà on vols tornar cada vegada que el somni t'arriva i somrius davant d'alló que jo no puc vore.

Tiempo de prodigios, al margen de la cotidianeidad, viviéndolo todo desde la luna de nuestras emociones.

¿Que demanes?, tendressa diú la teua pell transparent, confiança ens diuen els teus ulls, calor reclama el teu coret. Res mes que tot aixó necessités.

La primera vegada que et vaig vore la careta, ja portavem massa temps separades; m'esgarrife quant pense en el desamparo que et trobares al obrir els ulls dins d'aquell niú artificial i enganxada a fils multicolors. Així vaig descobrir-te, malgrat reposaves tranquila i quan la meua má va prendre per fí la teua, tu reconogueres l'alent i la promesa del meu cor, i jo vaig saber que forta anaves a ser.

 

Cerrar una puerta para poder abrir las demás: Lanzar un grito definitivo de normalidad, asumir el dolor pasado y la fascinación por lo que solo pudo ser un milagro.

Recuperar pequeñas cosas cotidianas que semejan extraordinarias cuando un acontecimiento singular le da la vuelta a la existencia como a un calcetín y, durante tiempo indefinido, todo navega un poco a la deriva.

 

Irene ja sap menjar, ja sap dormir i fer petets i rotets. Ja sap demanar alló que necessita amb crits significatius que ensorden les orelles i alegren les nostres animes.

La seua major ambició es l'abrac acollidor i fort com la terra del pare, tantmateix la falda de la mare.

Tot ho mira, ho investiga; tot ho toca i ho xupla i ho mossega, mostrant així la seua curiositat i els seus afectes. Un peu, una mà, una formiga, el só d'un tren, la llum del sol, el blau del cel, el verd de l'arbre , les piges en la pell...Entusiasmada per descobrir el món que davant d'ella s'obri a cada instant, Irene creix sense parar: creix la llum als seus ulls, creix el seu somriure i la riallada i el vol de les seues manetes, creix també el seu afá per saber i sentir. I lo mes quotidià, allò que passa inadvertit al ull adult, es màgia per a ella.

Pequeño e íntimo universo de ilusiones, tejidas en compañía de la niña que vino a nacer de nosotros...Cálido despertar de emociones asombrosas.

Se lanzo a caminar: una tarde le dio ese aire que las abuelas decían que le faltaba y, brazos arriba, índices en alto y una indescriptible expresion de alegría en el rostro, comenzó a aventurarse por el asombroso mundo que, a cada nuevo vacilante pasito, se abría ante ella.

¿On vas Irene?, ¿Ecola, nenes?.

Irene viu una experiència propia.

Irene s'en va d'excursió: la conina, feliç, puja, baixa, trota damunt dels gronxadors i després, de nou, espera pacient el seu torn entre els altres xiquets que la envolten i s'envolten entre sí, com una tropa uniforme e il.lusionada. El trenet que arriva i els rostres petits es transformen en pura fantasía, e Irene diu adeu en les mans i la veueta, ignora la meua presència silenciosa i palpitant, doncs jo he de conservar imprés a la memòria eixe matí lluminós en que, per primera vegada, vaig vore allunyar-se a la conina i vaig ser conscient de que, aleshores s'acostava la xiqueta.

La xiqueta que es i que viu amb nosaltres; aquella que fica a proba a cada instant del día la nostra curta paciencia d'adults: preguntes, jocs i requeriments interminables que espavilen la nostra soterrada imaginació d'infants, lliberada al fí. La que dorm encara al calor del meu cos: un brasquer de mutu complaença, malenconia per lo que ja maí tornara a ser.

Contemple a la meua filla, tant de prop, tan real, tan nostra...pense en aquell palpit al cor quant em vaig saber prenyada, i em dic:

"¿Com ha segut axó?"...

Sortilegios que alejan sueños y traen realidades extranas a las más íntimas esperanzas que algún dia compartimos.

Ellos nos justifican cuando el amor se ralentiza porque ellos son el amor: cuando las aguas de la pasión se amansan, cuando reposan trás la bravura de la cascada luminosa que las originó; tras sortear ya algunos rápidos que las hicieron peligrosas...es ahora cuando la pequeña existe, como agua cristalina entre dos orillas opuestas, el torrente hecho vida.

 

 

 

EMILIO SÁEZ

 

EL VIAJERO AMIGO

 

Me despojé de todas mis señas de identidad e inicié un largo camino.

Perdí y gané, y me transformé en algo que no reconozco pero que ya no me molesta.

Mi paladar, mi olfato, mi vista, el oído y las sensaciones táctiles de mi piel, se convirtieron en la expresión superlativa del raptor de la sensación.

Ahora ya sólo soy un hedonista y mi alimento básico está hecho de viaje y trashumancia.

En la eterna travesía hice tantos amigos, que ya, temeroso de provocar un desplante por los fallos de la memoria, trato a todo el mundo como amigo y mis brazos se abren a todo aquel que a mi se dirige, como único ritual de saludo.

Hablando los caminos adopté la lengua universal de la sonrisa, santo y seña de las buenas intenciones y el reconocimiento de que quizás fuésemos almas gemelas. Mis palabras siguen el dictado de los ojos del que me mira y así aprendí cien lenguas y sus mil dialectos, para poder decir siempre:

"...que la voluntad del destino de gracia a este encuentro. Comparte mi agua y considera a éste que te habla, como poco, un buen compañero para conversar."

Necesitado de recursos para sostener mi eterno divagar por esta esfera tan accidentada, me tuve que dedicar a traficar. Y así me llevé las ilusiones de unos pueblos para transmitirlos a otros que tenían menos... y también querían, también querían... compartir la sensación de que el futuro era homogéneo en su distribución y en su longitud independientemente de su ubicación geográfica. Me llevé un poco de futuro de allí donde sobraba y con mis propias manos abría huecos en el ánimo de las gentes para contagiarles mi perenne y quizás algo estúpido optimismo, y así crear un buen mantillo para que jóvenes plantas de ilusión pudiesen germinar.

La verdad es que a fuerza de caminar perdí mi identidad, mi rastro quedó plano y pulido por la erosión del camino. Otros seres se dirigían a mí y se veían reflejados en un rostro espejo, adivinándome gente de su condición, llevándome así más fácilmente donde los suyos, donde se vive como ellos.

Nunca necesité nada, todo me lo dieron allá donde fui: comida, abrigo, amistad, amor, todo lo que un viajero puede desear del viaje más largo de su vida.

Ya casi olvidé el día que comencé este viaje que ya sólo acabará en ese lugar sin luz. Pero algo queda, la conciencia de un estado anterior, distinto y atado a menudencias tan mezquinas como poderosas.

El viento, el mar, las piedras del camino, desgastaron la mezquindad de esos pequeños detalles que ataban mi mente a la vaciedad de unas únicas costumbres.

Fue dolorosa la partida definitiva, dolorosa tanto que placentera; dejé el charco de una impotencia manifiesta para ser vapor difuso en constante precipitación.

Al parto, o la partida me ayudo el dolor de un entorno hostil a lo diferente de algo que no existe, que solamente se halla en la imaginación de algún iluminado por los vapores del alcohol, por el humo de la sangre derramada sobre una causa imaginaria.

Yo proclamo la revolución de los viajeros, abogo por la trashumancia continua; el relevo de los papeles; hoy soy tu dueño, mañana tu esclavo; hoy me devoras, mañana seré tu fiel carnívoro. Son sólo las ideas las que permanecen firmes en el instante de su advenimiento, arrebatan a los hombres y los atan a sus miserias.

La rebelión de las ideas, proclamo la revolución del sentido de la inteligencia convertido en sentimiento trashumante.

Nunca tanto movimiento fue soportado por ningún ser humano, las mentes trastornadas giraban sus cuencas claras al vértigo de un infinito sugerido, siempre imaginado.

Proclamo el año de la trashumancia en paz, del camino compartido, de las costumbre descubierta, disfrutada e inmediatamente abandonada.

Todos somos algo viajeros, aunque algunos sólo proyecten sus anhelos en los cuatro metros de pasillo de su casa; aunque aquí como en todo, es la dimensión interior la que marca los grados de la emoción.

Yo te invito; coge tus cuatro bártulos y abandona los muebles de tus prejuicios, salta la cerca de tus compromisos, administrativos y de los otros, y así, acompáñame para satisfacer la pasión devoradora de nuestras suelas siempre insatisfechas de mayores dosis de palpitante corteza terrestre. Rodaremos con las durísimas piedras de la vida que con sus agudos cantos nos dejaran cicatrices indelebles, cosidas con el placer y el dolor de la experiencia, para que un día, al final los grandes ojos de unos niños pequeños brillen de asombro ante los fantásticos relatos de su gran abuelo, que quedó a medio camino entre bucanero y poeta desconsolado.

 

 

 

EL TIEMPO CAIDO

 

En una negrísima noche, pude ver como una luz me rompía la mirada. Quise seguir un rastro ciego de sombras rasgadas. No pude más que imaginar una trayectoria, corta en mis ojos, larga en mis uñas de luz cansada.

Así veo, cada vez, cada cometa. Cansado sigo las líneas, en las noches consumidas en un trasiego inútil de minutos que horadan en luz de fuego abrasado el tapiz negro de mi tiempo.

Dibujé, como siempre con la tiza radioactiva de tu mirada, caminos inútiles entre las coordenadas de la Galaxia de Orión.

Presentí que cada día, cada telón caído se resumiría en la vuelta de esos espíritus de polvo ardiente para complacernos con unos deseos que no aguantaban más que los suspiros de las esperas momentáneas.

La línea me dice que el camino está abierto y que el universo tan sólo es la imaginación en la proyección imposible de mi vida.

Los cometas están invocados para marcar los límites de nuestra visión ciega. De la pereza de asir cada día una vez más, por su rabo retorcido lleno de oscuridades, las sucias miserias necesarias para la supervivencia. El fulgor nos muestra la belleza peregrina e inalcanzable de la luz del universo.

Es fulgor así, el salto a tus ojos. Captando la luz que quiere cegarme de deseo. No tengo más remedio que dejarme matar, para no caer en un ataque de desesperación por no alcanzar tu efímera belleza.

El tiempo caído en las barbas de los cometas se escurre por nuestras conciencias en breves chisporroteos de ilusión, en ligeros vahídos de sensaciones, emociones disipadas en el microsegundo apenas captado, en la proyección de la mirada, en el lanzamiento del desprejuiciado débil deseo, de algo que sabemos está más allá de nuestra voluntad.

Cada cometa que lanzamos sobre las líneas del horizonte se multiplica en una miríada de deseos luminosos, cada cuerpo celeste que excreta nuestro cuerpo opaco calienta las novas a supernovas y hace que las enanas se expandan y se acerquen a un colapso de racimos de estrellas de neutrones. Todo en la ilusión es astronomía, ya que allí perdemos nuestros deseos. Todo en el deseo es el colapso y la explosión implosiva de la catástrofe.

El universo se expande al son del crecimiento de nuestros deseos, al ritmo de las explosiones de nuestras pasiones.

Ahora, yo me consuelo con los fugaces cometas, dibujantes sigilosos de las promesas de un tiempo infinito que se acuesta en las esquinas de nuestro horizonte vital.

 

 

 

EL TIEMPO DEL TIEMPO

 

Sobre mar, sobre tierra se alza una idea.

El mundo se me escapa en un segundo, se deshace en arena caída entre dedos inhaprensivos.

El fluido corrosivo temporal se extiende por todas las superficies de las geometrías concebidas e inconcebibles.

Cada segundo, cada minuto, estalla un mundo, se disuelve entre huecos de un pestañeo involuntario.

Las explosiones marcan el compás de los aleteos invisibles de un colibrí. Las vibraciones transmitidas al aire universo generan cosquillas en las corvas de Cronos que estornuda, adelantando todos los relojes.

Las esferas del tiempo tienen geografía diferentes y su latitud está determinada en la longitud de la ambición.

Cada registro de paso es ciego para la magnitud de nuestros deseos. Como una garrapata se prende en los recovecos de nuestro inconsciente, echando cabos que nos aten a las entrañas de la tierra.

Y es que el tiempo nos quiere matar a disgustos atravesando el corazón expectante estalactitas formadas en el reino absoluto del aburrimiento.

Cada gota, chorros, olas, cursos y fluidos diversos regatean la idea de que en la quietud se aloja la esencia de su materia inconsistente. El movimiento, sin embargo, trastorna el sentido sustantivo de los objetos y prende en ellos el fuego del tránsito hacia una nada de cenizas volanderas.

Peinando mis cabellos con un minutero dentado entremezclo de adivinación la atmósfera de mi cabeza.

Es mi apasionado deseo, coronar el final de mi imagen del principio posible de cualquier evento.

Es previsible que pueda moverme e este bosque de estrellas caídas, eso sí, sólo atando a mi frente cada grano, cada historia de los sucesos caídos, acaecidos en las innumerables hebras que se deshilachan en la urdimbre torpe del universo.

La magia del tiempo consiste en su capacidad de revolverse sobre sí mismo, estableciendo diferentes varas de medir el vaivén de los componentes de este heterodoxo cocido.

Quiero ser cocinero de las cocinas de éste fogón inmenso. Recetar los componentes suculentos para que las digestiones de la memoria sean ligeras en su tránsito al dibujo del recuerdo.

Solidificaciones magmáticas, intrusiones de glomérulos de segundos ansiosos en cada acto, en cada intención de la retahíla persecutoria en la ambición generalizada de concretar el tiempo en un objeto que no se escurra entre nuestras manos. Ese es el poder que yo te otorgo.

Perdurar en el pensamiento, ser recordado, volver una y otra vez a ser objeto de comentario.

Una y otra vez, en escritos, fotografías, estatuas de piedra, de bronce, de madera, de hierro, estatuas de odio y de gloria, estatuas de amor y de cumplimiento estatutario. Al final, solidificar el tiempo en la memoria se convierte en el anhelo que nos pone los pelos de punta cuando siquiera sospechamos que estamos cerca de conseguirlo.

"Pensar el tiempo"; al final sólo es el vacuo ejercicio de estómagos bien alimentados que no tienen otra preocupación que contemplar las circunvoluciones caprichosas de su ombligo.

Pensar el tiempo, puede ser por otra parte el saludable ejercicio de que a sabiendas de la comprensión de nuestra miseria individual, intentar asir las partículas del universo expansivo que nos traspasa la cartera, indocumentándonos como material ridículamente breve.

"Salud" en el segundo en que te pienso, al siguiente ¿quién sabe?

 

 

 

CONSUELO SANAHUJA

 

EL REGRESO

 

Fuera el sol abrasa los muros de la casa, más una apacible y fresca brisa se desliza por los recintos del interior. Comen casi en silencio, sólo con el pequeño pero inclemente y acompasado ruido de los cubiertos. La luz entra por una de las ventanas filtrada por los visillos de encaje e incide insidiosa sobre las vinagreras altas y talladas, deslumbrándome. Es difícil distinguir con nitidez a toda esta familia virtuosa alrededor de un almidonado y blanco mantel.

Yo sé, y todos sabemos, que el mar de un azul violento se riza en el horizonte y deja vestigios de sal sobre la parra, bajo la cual, dentro de poco, también comerán los criados.

Acabo de llegar de un largo viaje y no encuentro qué decirles, salvo: "¡Aquí estoy! ¿ No me esperábais, verdad?". Los sorprendo. Sin embargo, ni el aire con mi presencia queda conmovido.

Es curioso, pero esta familia que ya no se acuerda del zureo de las palomas, ni del zumbido de las abejas, ni del polvo blanco que se pega a los zapatos, porque no pertenecen al mundo exterior, es la mía. Yo no los reconozco. O mejor, sí; la tranquila frialdad de mi padre, la pericia de mi madre en no descomponer su figura, mi hermana Julia, tan querida, en estos años ya ha adquirido el dominio de sus ademanes y emociones y me presenta a su prometido con exquisita cortesía. Veo los ojos verdiazules de mi madre, envecidos, observándome a través de las minúsculas nubecillas de polvo de luz que bailan ajenas a nosotros. Y habla palabras que no escucho. Palabras que algunas se quedan flotando en la habitación y, a veces, ya cansadas vienen a posarse sobre los platos con restos de dulce de membrillo. Otras apenas si se han despegado de sus labios. Son tan triviales que se dirían no tienen la entidad o fuerza necesaria para saltar hacia mí, conmoviéndome de algún modo. Son afilados sus dedos, y huesudos. Siempre con los mismos anillos. Noto en ellos un ligero temblor que antes no sabía tuvieran.

Mi hermana Julia está blanca. Ha perdido el color de arena de antaño cuando luchábamos en la playa hasta altas horas del día.

Tose mi padre. Una tos discreta, de fumador de pipa, casi aristocrática. ¡Qué cansado terciopelo el de su sillón!.

Aborrecía de pequeño la guirnalda de flores y frutos que sigue rematando la pared del comedor. Ahora la miro de nuevo y me gusta. No es tan horrible. Sus tonos apagados recuerdan el tiempo bastante lejano en el que fueron pintadas. Olía aún a pintura fresca cuando mi abuela me regaló la medalla de oro para mi comunión. Unos años después, a los pocos meses de la de Marcela, ésta entró mientras desayunábamos, y el asco era su piel, sus cabellos, su boca, Extraños sus ojos negros llenos de horror, sin lágrimas. "Marcela dínos que ha pasado. Habla niña, ¡por Dios!". Pensaron comunicarlo a la policía, mas todo acabó con la desaparición inmediata de un primo menor de mi padre que pasaba unos días con nosotros. Y muchos llantos y susurros. Se tiró tierra sobre este asunto y sobre el féretro de mi abuela Sibila que dicen murió de pena. Marcela, con su andar tan particular como si no andara, sigue desde entonces con una mariposa negra en sus pupilas. Yo le he traído un sinfín de ellas. Pero éstas son azules, amarillas, rosas. Luego se las daré.

Estoy oyéndome tanto, que casi no distingo lo que me dicen. Tal vez sea una secuela implacable de estos años de aislamiento.

Agradezco que el pinar, con su olor de siempre, se cuele por la ventana balanceando las cortinas. Las aletas de mi nariz se abren reconociéndolo. También me identifico con la casa que aprisiona el tiempo y lo detiene en cada uno de sus muebles y rincones. Puedo observar el hilo invisible que me une a todos estos objetos, a todos estos muebles; un hilo de plata reluciente e inalterable.

Casi nada ha cambiado. Ana, la tercera, sí. Es ahora una guapa y asombrosa mujercita que con lentitud viene hacia mí y me besa. Un beso distinguido, aparentemente cálido, y me pregunto si un beso de una hermana puede ser distinguido. No encuentro, entre todas las frases que se dicen, un hueco para buscar una respuesta satisfactoria a esta pregunta tan tonta. Cansado, tomo asiento.

Ha sido un largo viaje. Solos el mar y yo. "Una proeza" - comentan. Sobre la mesita de roble, al lado del jarrón florentino, un periódico medio abierto habla de "Hazaña" dando la noticia de mi regreso. Mas ellos no me esperaban tan pronto.

Entra Nila con el café. ¡Cómo nos reíamos de su nombre! "¡Pe-tro-ni-la! ¡Pe-tro-ni-la! ¡es gordilla!". Mi madre nos castigó. A ella sí la reconozco. Es como el pinar que no cambia de perfume. Se podría decir que me sonríe, aunque me esté riñendo por no querer comer un poco. Sus ojos de ardilla me recuerdan a una vendedora de frutos de Madagascar. Despide un calor sencillo y es fácil quererla.

Pregunto por el viejo y fiel San Bernardo y me cuentan, aplacado el dolor por el tiempo, que hace tres meses murió. Y no tengo como Ulíses, el placer de su reconocimiento. Miro las palmas de mis manos entresudadas, pues los ojos temen ser descubiertos apenados por la noticia de su pérdida, y también temen ser descubiertos por su lejanía. Aún están bajo la bóveda oscura del cielo cuajado de estrellas o deslumbrados por un sol abrasador que no ha faltado a la cita casi nunca. Un sol que ha quemado mis pestañas. Tal vez mi corazón.

Sobre el piano, el jarrón cobalto que amo tanto con rosas frescas recién cortadas. Como siempre en esta época.

Casi nada ha cambiado. Mas todo es diferente.

 

 

MANUEL TAMARIT

 

DOS DESPEDIDAS

 

Algunas de las hojas vuelan cerca de mis pies adelantadas a mi paso, saludando mi paseo, y los pinos largos y serios entre los alcornoques me cuentan cuentos con su silencio.

Todavía no identifico el canto de los pájaros, que me decía mi abuelo, que me día mi padre, pero si sé seguir el vuelo de las abejas hacía las flores. Hay montañas que subir, repletas de tonos verdes, entre las piedras el riachuelo formando charcas, un poco más allá, el pueblo.

Al borde de una senda el viejo alcornoque te introduce en el pueblo o en el bosque, se convierte en su límite, en el lugar de escondite de mi abuelo, de mi padre, antes de aquello. La luna grande y blanca esta mirándome, tengo que regresar al pueblo.

A ver Ernesto, ¿Nos puedes decir nombres de animales de los que conviven con nosotros en el pueblo?

¡Ernesto! que te pregunta la señorita Pilar

¡Ernesto ¡ ¿Me oyes?

Si, señorita Pilar, es que había un pájaro pequeño en la ventana...

Pero bueno, puedes o no puedes responder a lo que te he preguntado.

Claro, tenemos a Irene, que es mi vaca, tenemos a Jacinto, que es mi burro, tenemos corderos, gallinas, palomos, a Lucrecio, mi gallo, que es el más hermoso de todos los del pueblo, ¡Ah! y también a Don Camilo, que dice mi abuelo, que es el más animal de todos.

La Señorita Pilar era como la segunda madre de todos, pero a la que creíamos más lista. Aprendíamos las cosas muchas veces sobre la marcha con los ejemplos que podíamos observar en nuestro entorno cotidiano, la mayoría de las veces sin apenas esfuerzo y sobre todo no nos aburríamos nunca.

Venid todos, Juan se la va a sacar para mear.

Formábamos un verdadero revuelo al menos una vez por semana, seguíamos con entusiasmo el proceso evolutivo del culebrón de Juan para poder averiguar al mismo tiempo nuestro propio proceso evolutivo.

Pero que hacéis todos mirando como tontos mientras Juan orina.

A ver, tú mismo, ¿ porque piensas que Juan tiene el pene más grande que todos vosotros?

¡Anda ¡ pues claro que lo sé, por que siempre se lo está tocando.

Esa no era la respuesta, naturalmente, y la señorita Pilar no estuvo hablando durante unos días de la sexualidad, en los que las sonrisas en ciertos momentos e incluso el revuelo en materia tan delicada se convirtió en sonoras carcajadas a las que no pudo dejar de sumarse la propia señorita Pilar.

Un día, Don Camilo nos reunió a todos en la Iglesia, Don Paco, el sacristán, encendió todas las luces del altar mayor, iban llegando en pequeños grupos dejando escuchar cada vez más un murmullo de opiniones sobre tal convocatoria. A mí siempre me había gustado la Iglesia por un conjunto de pequeñas sensaciones, era un lugar ideal para fantasear en silencio, contemplando los haces de luz a través de las vidrieras, el olor a cera quemada, mezclas de oscuridad y claridad producidas por las capillas laterales.

Don Camilo apareció después de transcurridos unos minutos acompañado por dos Guardias Civiles y el silencio les iba acompañando en su recorrido por el pasillo central hacia el altar mayor.

Este pueblo ha sido declarado de interés estratégico militar para la salvaguarda de la Unidad Nacional, así como de los enemigos de Dios y de la Patria. Y con esas palabras dichas con voz fuerte, con mirada severa anunciaba que debíamos abandonar el pueblo en dos días, un traslado, dijo, hacia zona más segura.

Lo único que enturbiaba la emoción de experimentar lo nuevo y lo desconocido fue el que tenia que despedirme de mi padre y de mi abuelo, les obligaron a quedarse, tenia que alejarme del bosque y de Irene, a Lucrecio, mi gallo no lo llevamos, a jacinto no lo volví a ver más porque era ya muy viejo cuando nos despedimos.

Se escaparon todas las hojas que por el otoño saludaban mi paseo por el bosque y ya no llegue nunca a identificar los distintos cantos de los pájaros, esos que me decía mi padre, que me decía mi abuelo.

De aquellos días otro de los acontecimientos que hizo un hueco entre mis recuerdos y mi memoria fue la muerte de Manuel, personaje entre los personajes que pude conocer o he conocido durante mi vida.

¡Dios mío! blanco y parecía tiznado de tanto blanco, la caja dibujada de águila real para ser ceniza de romeros, garras a los lados en dorado brillante, para ser llevado en andas. Pienso si se soltarán y caerá el Manuel, gordo y blanco vestido de bufón porque él así lo quiso y quedaría sentado en el portal de casa, como todos los años de carnaval con la calabaza hueca y la vela dentro encendida. Blanco, tiznado de tanto blanco.

Danos caramelos Manuel que los tuyos son los mejores... Gritaban los niños del barrio a coro, al pasar por delante de su portal.

Yo lo quiero de naranja y yo relleno de café con leche, y el Manuel les daba un caramelo a cada uno, se colocaba la nariz de payaso y adornaba su rostro con gestos de payaso, durante unos minutos podían escucharse sus risotadas y las de los niños, pero pronto sonaban de nuevo las alarmas, había que volver a los sótanos cubiertos de oscuridad, de lágrimas, de miedos.

La música alegre nos rodeaba a nosotros, a todos nosotros y a la habitación entera. Dos niñas cantaban a los lados del Manuel, obras griegas con máscara de comedia, porque él lo quiso así, la habitación llena de colores, de globos, de dulces y el Manuel mientras tanto muerto, muy muerto como solo él sabia estarlo.

Jaime había formado un pequeño corro de gente a su alrededor, le escuchaban, se oían algunas carcajadas, se decía que podía ser el sucesor del Manuel, pero yo pensaba que el Manuel no tendría nunca un sucesor. En un rincón quedaba Víctor, pecoso con el pelo rojo lleno de lágrimas y mocos por toda la cara repitiendo una y otra vez: Manuel ya no quiere darme caramelos "sa enfadao", y si ahora le diera el caramelo incorporándose con la sonrisa en su boca.

El Manuel siempre decía " por amor buscare una vida para darle mi sonrisa" y ahora cuando Juana le quito el pañuelo que sujetaba su mandíbula el Manuel formo con sus labios una sonrisa como despedida y todos reímos llorando, para decir adiós a su cara blanca, tiznada de tanto blanco.

Mientras cerraban su caja de Aguila real para ser ceniza de romeros las dos niñas recitaban con máscara de comedia un poema ya escrito por él.

 

Muerte por cero es cero

Muerte por uno, es muerte

Muerte por dos, adiós

Muerte por tres, se resquebraja la sed

Muerte por cuatro, jinetes

Muerte por cinco, poesía

Muerte por seis, no penséis

Muerte por siete, sangra la frente

Muerte por ocho, todas las noches trasnocho

Muerte por nueve, na en mi cuerpo se mueve

Muerte por diez, el muerto soy yo ¡Pardiez!