He estado en la cima de la montaña (fragmento final)

Discurso de Martin Luther King el 3 de abril de 1968


[...] ¿Saben? Hace varios años, estaba en Nueva York firmando ejemplares de mi primer libro. Mientras firmaba, se me acercó una mujer negra con problemas mentales. La única pregunta que me hizo fue: "¿Es usted Martin Luther King?". Yo estaba mirando hacia abajo, escribiendo, y le dije: "Sí". Al instante, sentí algo golpeándome el pecho. De pronto, esa mujer me apuñaló. Me llevaron de urgencia al Hospital Harlem. Era una oscura tarde de sábado. La hoja me había atravesado, y las radiografías revelaron que la punta estaba en el borde de la aorta, la arteria principal. Y una vez que se perfora, uno se ahoga en su propia sangre; es el fin.

Al día siguiente, el New York Times publicó que si tan sólo hubiera estornudado, habría muerto. Bueno, unos cuatro días después, tras la operación, una vez que me abrieron el pecho y me quitaron la hoja del puñal, me permitieron moverme en la silla de ruedas del hospital. Me dejaron leer parte del correo que llegaba, cartas muy amables de todo Estados Unidos y del mundo. Leí algunas, pero una de ellas jamás la olvidaré. Había recibido una del Presidente y otra del Vicepresidente. He olvidado lo que decían esos telegramas. También recibí una visita y una carta del Gobernador de Nueva York, pero he olvidado su contenido. Pero había otra carta de una niña, una joven estudiante del Instituto White Plains. La leí y jamás la olvidaré. Decía simplemente:

«Estimado Dr. King:

Soy estudiante de noveno grado del Instituto White Plains».

Y decía:

"Aunque no debería importar, quisiera mencionar que soy una chica blanca. Leí en el periódico sobre su desgracia y su sufrimiento. Leí que si hubiera estornudado, habría muerto. Y simplemente le escribo para decirle que me alegro mucho de que no haya estornudado".

Y quiero deciros esta noche —quiero deciros esta noche— que yo también me alegro de no haber estornudado. Porque si hubiera estornudado, no habría estado aquí en 1960, cuando los estudiantes de todo el Sur comenzaron a sentarse en las barras de los restaurantes. Y yo sabía que, al sentarse, en realidad estaban defendiendo lo mejor del sueño americano y llevando a toda la nación de vuelta a esas grandes fuentes de democracia que los Padres Fundadores cavaron profundamente en la Declaración de Independencia y la Constitución.

Si hubiera estornudado, no habría estado aquí en 1961, cuando decidimos emprender un viaje por la libertad y pusimos fin a la segregación en los viajes interestatales.

Si hubiera estornudado, no habría estado aquí en 1962, cuando los negros de Albany, Georgia, decidieron alzar la voz. Y cuando hombres y mujeres alzan la voz, van por buen camino, porque nadie puede aprovecharse de ti si no estás encorvado.

Si hubiera estornudado, no habría estado aquí en 1963, cuando los negros de Birmingham, Alabama, despertaron la conciencia de esta nación e impulsaron la Ley de Derechos Civiles.

Si hubiera estornudado, no habría tenido la oportunidad, ese mismo año, en agosto, de contarle a Estados Unidos un sueño que había tenido.

Si hubiera estornudado, no habría estado en Selma, Alabama, para presenciar el gran Movimiento que allí se desarrollaba.

Si hubiera estornudado, no habría estado en Memphis para ver a la comunidad unirse en apoyo de esos hermanos y hermanas que sufren.

Me alegra mucho no haber estornudado.

Y me decían... Ahora, ya no importa. Realmente no importa lo que pase ahora. Salí de Atlanta esta mañana, y cuando subimos al avión, éramos seis. El piloto dijo por el sistema de megafonía: "Lamentamos la demora, pero llevamos al Dr. Martin Luther King a bordo. Para asegurarnos de que todo el equipaje estuviera revisado y de que no hubiera ningún problema en el avión, hemos tenido que revisar todo con mucho cuidado. Y hemos tenido el avión protegido y vigilado toda la noche".

Y luego llegué a Memphis. Y algunos empezaron a mencionar las amenazas, o a hablar de las amenazas que se habían hecho. ¿Qué me pasaría por culpa de algunos de nuestros hermanos blancos enfermos?

Bueno, no sé qué pasará ahora. Nos esperan días difíciles. Pero ahora mismo no me importa, porque he llegado a la cima de la montaña.

Y no me preocupa.

Como a cualquiera, me gustaría vivir muchos años. La longevidad tiene su importancia. Pero ahora no me preocupa eso. Sólo quiero hacer la voluntad de Dios. Y Él me ha permitido subir a la montaña. Y he mirado hacia abajo. Y he visto la Tierra Prometida. Quizás no llegue allí con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche que nosotros, como pueblo, ¡llegaremos a la Tierra Prometida!

Y por eso estoy feliz esta noche. No me preocupa nada. ¡No le temo a nadie! ¡Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor!