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El mobiliario de las casas campesinas en la Inglaterra medieval: inversión, consumo y cultura

Christopher Dyer
University of Leicester

Las casas campesinas han sido muy estudiadas en Inglaterra en los últimos sesenta años, y las cuestiones tratadas han ido cambiando gradualmente. Al principio, la investigación estaba dominada por los problemas de construcción —materiales, habitaciones y métodos para hacer paredes i techos—, lo que variaba de una región a otra y evolucionaba a lo largo del tiempo. También había un cierto interés por la identificación del estatus social preciso de los constructores y de los moradores de las casas. La construcción autóctona era característica de una sociedad campesina, en su uso de materiales locales y los métodos tradicionales de construcción, pero durante mucho tiempo hubo una cierta resistencia a identificar los edificios duraderos como casas campesinas. Se pensaba que, como las casas campesinas eran demasiado frágiles para resistir el paso del tiempo, solamente la excavación arqueología podía proveer evidencias de las estructuras en este nivel tan bajo de la sociedad. La historia económica de las casas se interesaba por la cronología de la construcción —se dice que la «gran reconstrucción» fue el resultado de la prosperidad de los campesinos acomodados de los siglos XVI y XVII, tras un período de edificios de baja calidad.

Ahora sabemos que las casas campesinas no estaban todas mal construidas ni eran incapaces de sobrevivir durante mucho tiempo. La casa más antigua datada que aún continúa estando habitada y que probablemente pertenecía a un campesino fue construida en madera tallada en 1262. Gracias a la dendrocronología podemos identificar una oleada de construcciones que coincidió con la «gran depresión» del siglo XV. Además de hablarnos de los recursos que los campesinos se podían permitir dedicar a la construcción, las casas pueden ser comparadas con otros tipo de gastos —los campesinos podían permitirse invertir en producción o gastar en proyectos comunales como la iglesia parroquial, o concentrarse en alimentación, bebida y ropa. Durante mucho tiempo se creyó que los campesinos eran ampliamente autosuficientes y habían construido ellos mismos sus casas, usando materiales de los bosques, las canteras y fuentes locales que formaban parte de los bienes comunales de la aldea. A partir de la difusión del modelo de la «comercialización», se acepta ya que los campesinos recorrían a menudo a artesanos y peones, y que compraban materiales, incluso de muy lejos.

En los últimos años, nos hemos ido interesando por la historia social y cultural de las casas. ¿Cómo eran de diferentes las casas rurales de las de las ciudades? ¿Influyeron las casas rurales en la forma de los edificios urbanos? ¿O más bien los campesinos imitaban los nuevos estilos que veían en las ciudades? ¿Pretendían las casas expresar mensajes sobre la riqueza y el estatus de los que vivían en ellas, o su relativa uniformidad expresaba el carácter igualitario de la aldea? ¿Cuáles eran los significados de los edificios públicos del pueblo, como el ayuntamiento o la iglesia: querían decir algo sobre el carácter de la comunidad? ¿Estaban las casas campesinas influidas por los modelos suministrados por la aristocracia o planificaban sus casas para satisfacer sus propias necesidades? ¿Hasta que punto los habitantes querían llevar una vida privada, en relación tanto con sus vecinos como con las personas que ocupaban el espacio doméstico? ¿Estaban ocupados los espacios por los diferentes géneros? ¿Qué podemos aprender sobre las diferentes culturas regionales a partir del diseño de las casas y la relación entre estas y los diversos paisajes?

Para ayudar a dar respuesta a estas preguntas, necesitamos saber más sobre el interior de las casas, no solamente sobre la distribución de los espacios, sino también sobre la función de las habitaciones y la naturaleza, la calidad y el valor del mobiliario.

Las fuentes de información sobre el mobiliario campesino son pocas y las tenemos que combinar todas para ofrecer un cuadro completo.

Evidencia física
Los edificios que han sobrevivido hasta nosotros pueden contener evidencias del mobiliario fijo. Una línea de agujeros en una biga podrían ser una traza de un banco pegado a la pared. Cuando se excavan las casas, a veces, se encuentran pistas en el suelo de los restos de mobiliario fijo, como el usado para sentarse. La mejor evidencia proviene de la excavación de casas en regiones donde la piedra era abundante, donde podían haberse construido bancos de piedra pegados a la pared. Han sobrevivido piezas de mobiliario, especialmente en las iglesias, pero éstas raramente procedían de las casas campesinas. Sin embargo, son tipos de muebles que las fuentes escritas nos dicen que pertenecían a los campesinos, como el cofre y el armario o el aparador. Aunque no han sobrevivido muebles campesinos de madera, en las excavaciones hechas en pueblos se han encontrado piezas de metal como cerrojos, llaves y bisagras y decoración aplicada de los cofres.

Evidencia escrita
Las miniaturas de manuscritos y las pinturas murales reflejan a veces un interior campesino, pero, como en el caso del mobiliario superviviente, su valor principal reside en mostrar objetos que se usaban en casas aristocráticas, como mesas de caballete, que suponemos que se asemejaban a las que poseían los sectores más bajos de la sociedad. Las principales fuentes escritas son los inventarios y los testamentos, y aquí me centraré en los que se conservan para el Yorkshire del siglo XV, y para muchas partes del sur de Inglaterra entre 1480-1500. Estos textos se pueden completar con listas de principalia del periodo 1350-1440, que eran bienes pertenecientes a tenencias enfitéuticas campesinas que aparecían en las transacciones de tierra, y muchas otras referencias ocasionales en registros como heriots y propiedades robadas.

Utilizaré esta evidencia para tratar los tres temas de mi título: inversión, consumo y cultura.

INVERSIÓN
Esta parte de la investigación se ocupa sencillamente de situar los muebles en un contexto económico más amplio y comparar los gastos en el mobiliario de una casa con los otros gastos de los ingresos de un campesino. Los campesinos podían hacer algunas elecciones, y es importante saber como tomaban sus decisiones en relación al mobiliario. Esta exposición establecerá el mobiliario poseído por los campesinos y el valor que se les asignaba.

Si observamos los inventarios de los campesinos de nivel muy diferente, ambos conservados en registros de las cortes señoriales, encontramos que en el caso de un artesano rural sin demasiada tierra, Richard Sclatter, éste tenía en 1457 los siguientes muebles: un cofre, una mesa, una silla, un banco, una cama de madera y ropa de cama —un colchón, sábanas, cojines y cubrecamas— por valor de 7 sueldos, 10 dineros, de un total de 15 s., 9 d. No necesitaba invertir demasiado en su oficio, ya que sus herramientas eran muy baratas: 1 s., 9 d., incluyendo un pico y una pala para cavar el huerto y una rueca para su mujer. Los campesinos más acomodados disponían de explotaciones de tierra más grandes y, por lo tanto, de más equipamiento agrícola y de gando. Robert Oldman, de Cuxham, e murió en 1349, tenía valorados sus bienes en 9 libras, 14 sueldos y 6 dineros, entre los que el mobiliario subía a unos 14 sueldos (7%), mientras que las herramientas agrícolas (carro, arado, etc) y animales subían a 3 ll., 2 s. (32% del total). La mayoría de los inventarios campesinos registran valores muy bajos para el mobiliario, con el equipamiento agrícola y el ganado sobrepasando más de la mitad del total de los bienes. Thomas Hall, de Holdgate, cerca de York, en 1468, era un caso poco habitual, ya que tenía mobiliario por valor de 19 s., 5 d. (el 11% del total de 8 ll., 15 s., 10 d.), pero así y todo su equipamiento agrícola subía a 6 ll, 6 s., 6 d. (73%).

A la entrada, el espacio de la casa campesina que servía para comer, sentarse y recibir invitados, el mobiliario de madera, sobre todo mesas, taburetes, bancos (sin respaldo) y sillas, estaban valorados frecuentemente en unos pocos dineros cada uno. La mesa consistía sencillamente en tablones apoyados sobre caballetes, que podían ser fácilmente desmontados y retirados después de comer. Todos estos productos eran de escaso valor. Los bancos y las sillas valían a menudo 4 dineros o aún menos. Las valían también unos 4 d. En la cámara, y a veces la sala, las camas de madera no eran muy caras (las POST para una cama”, en una caso estaban valoradas en 4 d.). Más caros eran los cofres donde se guardaba la ropa y otras posesiones, y los cofres campesinos, aunque algunos podían valer tan poco como 6 d., en general estaban valorados en 2 o 3 sueldos. Incluso los campesinos con recursos modestos disponían de dos o tres de estos útiles contenedores. El objeto más cara de todos, aunque no lo encontramos en todas las casas, era el armario, que ahora diríamos un aparador (de hecho, en 1506, a Shipston, en Stour in Worcs, hay una referencia a un “armario o aparador”), valorado entre 1 s., 6 d. y 3 s. Los precios generalmente bajos del mobiliario de madera refleja su construcción relativamente tosca, así como la falta de decoración o ornamento. La solidez —frente a la falta de delicadez en el trabajo y el ornamento— se encuentra en algunos de los ejemplos que han sobrevivido, procedentes principalmente de casas aristocráticas. En el caso de las mesas, cuando se mostraban públicamente, las tapaban en parte con ropa de mesa. Los cofres requerían de mayor habilidad para hacerlos y tendían más a estar decorados. Algunas veces estaban hechos de madera importada, como abetos del Báltico, lo que se reflejaba en el precio.

Un par de sábanas de lino en un inventario campesino podía costar más de 1 s., pero estaban hechos de cáñamo más que de lino, que valían solamente 7 d. más. Los cubrecamas costaban normalmente entre 1 y 4 sueldos.

Para disponer de elementos de comparación de final del siglo XV, cuando fueron compilados la mayoría de los documentos que he utilizado para conocer estos precios, una vaca se podía comprar por 8 s., i un carro, la pieza más cara del equipamiento agrícola, costaba al menos 10 sueldos y a veces 16 o hasta 23 s. y 4 d. No es difícil ver como un inventario campesino de mesas, bancos, cofres y una serie de tejidos costaba en total sólo de 10 a 20 sueldos, fácilmente sobrepasado por un corral lleno de ganado, caballos y otros animales y una cabaña para el carro con las herramientas básicas para el cultivo. Incluso si incluimos en los cálculos el equipamiento doméstico y los utensilios para servir la comida, la generalización continuaría siendo correcta.

El porcentaje relativamente alto del valor del equipamiento agrícola y ganadero en el conjunto de los inventarios, en comparación con los productos de consumo doméstico, no se limitaba a los campesinos, y los inventarios de la nobleza confirman la tendencia que sobre la mitad del valor de las posesiones de la gente derivaba del producto agrícola y del equipamiento de la granja.

La conclusión inevitable es que los campesinos gastaban una gran parte de sus recursos productivos de la explotación. Si los campesinos se sentían tentados a comprar objetos de lujo, estos solían ser generalmente tejidos, comestibles o utensilios de metal, como pilas y palanganas, platos de peltre, candelabros metálicos, cucharas de plata y ollas de cocinar de latón, o bien el gasto se concentraba en la construcción de la casa más que en su contenido.


CONSUMO
Entre el mobiliario, la compra de tejidos domésticos requería algún desembolso de dinero, i se puede encontrar testimonios de productos de consumo que comenzaban a ser adquiridos tanto por prestigio por su utilidad. Los cubrecamas eran identificados a menudos por su color —rojo, verde, azul, etc.— y a veces eran muy caros, como los que valían 6 s., 8 d., cada uno en la casa del rico campesino Roger Heritage en 1495. Evidentemente, alguna especie de cuidado y discriminación se tuvo en cuenta cuando se compró este objeto entre las ropas de cama que son visibles. Observamos como las casas solían tener un par “especial” de sábanas de lino bastantes caras, junto con sábanas más bastas de todos los días, mucho más baratas. John Hall de Holgate (Yorkshire), que murió en 1468, tenía un par de sábanas valoradas en 1 s., 8 d., y tres pares de sábanas bastas, a 7 d. el par. La mayoría de las casas disponían de más de una ropa de mesa y también de muchas toallas. Entre los cofres de abeto y un cofre flamenco había alguna especie de pretensión y de adquisición de productos de prestigio. Los cofres venían en muchas formas, que eran denominados arcas, cofres i “forcers”. Presumiblemente se debían comprar para propósitos específicos, pero también porque sus propietarios apreciaban sus diseños y sus formas diversas. De las excavaciones hechas en el pueblo abandonado de Upton, en Goucestershire, procede un ornamento de cobre, dorado, en forma de una flor de lis, aparentemente diseñado para ser clavado en un cofre como parte de su decoración.

A la entrada, la principal habitación pública donde la ostentación resultaba més apropiada, los cojines y los banqueros (largos cojines que cubrían un banco) proveían un elemento de confort. La pared del principal de la estancia pública estaba cubierta a menudo con tela pintada o tintada (en lugar de los aristocráticos tapices) que podían costar entre 2 y 5 s. Una serie de campesinos de Yorkshire guardaba armas en la entrada —Joan Jakson de Grimston (1464) tenía un casco, un arco y flechas, una hacha de Carlisle y una pica. La diversas referencias a aparadores sugieren que prestigiosos productos como bandejas de peltre y platillos podían estar a la vista.

La cámara contenía normalmente la ropa de cama, incluyendo generalmente un colchón, mantas y cubrecamas. William Atkynson de Helperby, cerca de York, que no era especialmente rico, poseía un colchón de plumas. Sus contemporáneos menos afortunados dormían en colchones llenos de paja o de cabello... Las casas realmente superiores, las de los labradores con más de 100 acres de tierra, podían aspirar a coronar la cama con un dosel, una cortina o un baldaquín, como Thomas Vicars, de Strensall (1450), que tenía una cama verde con una alfombra y una cama azul con cortinas.

Seguramente podemos ver signos de aquel espíritu de estimulación que se ha identificado entre los consumidores de rango mediano del siglo XVIII. Los campesinos frecuentaban las entradas de las casas señoriales, cuando acudían al tribunal para hacer de testimonio en un documento legal o incluso como invitados en una cena de Navidad anual para los tenientes. Presumiblemente advertían y admiraban estas habitaciones impresionantes, y arreglaban sus entradas, en la medida que les era posibles, como las de la aristocracia, con mesas de comer cubiertas con ropa de mesa, un asiento especial —una silla— para el cabeza de familia, y bancos y taburetes para las mujeres, los niños y los criados. Una referencia a una silla “torneada” sugiere que su remate superior —los pies estaban acabados presumiblemente con una especie de decoración echa al torno. Las casas de Yorkshire al final del siglo XV tienen dos sillas —¿era la segunda para la mujer del campesino o puede que para su hijo mayor?

A veces no se cita ninguna silla, y el mobiliario de sentarse viene indicado por la presencia de “banqueros”, que era un largo cojín situado sobre el banco que formaba parte de la estructura de la casa. Estos bancos pegados a las paredes son bien conocidos para las casas que han sobrevivido, y como que estaban pegados a la pared no suelen ser citados en los inventarios, que recogían sólo los bienes muebles. Tenía un uso muy extendido, era de piedra y estaba frente a la chimenea, como aparece en una casa excavada en Bodmin Moor, en Cornualla (Garrow Tor). En construcciones de madera, los bancos podían haber tenido un friso esculpido encima, o bien se colocaba un dosel de tela de color detrás del asiento privilegiado, que atraía la atención sobre la superioridad del cabeza de familia, incluso si era solamente un marido con 15 acres de tierra... Las comidas eran precedidas por la limpieza de manos, para lo que se hacía servir una palangana y toallas. Las paredes estaban decoradas con el equivalente campesino de los tapices, una tela pintada, y tal vez las armas se colgaba también en las paredes, simbolizando que los campesinos cumplían una función militar y que estaban a punto para servir a su señor o a su rey en caso de emergencia. Las armas tenían también otra función, ya que eran normalmente abundantes al norte, cerca de la frontera escocesa, en contraste con los más pacíficos Midlans.

Nuestras fuentes se concentran en un período relativamente corto, que dificulta identificar los cambios. Sabemos que en los siglos XVI y XVII la calidad del mobiliario de madera “añadido” mejoró, y quizá también en el período 1350-1520 hubiese cambios en los tejidos de las casas, como la compra de más sábanas importadas de calidad superior y un uso más grande de sillas y bandos en las entradas de las casas.


CULTURA
La emulación sugiere que los señores y los campesinos compartían una cultura común y nos oculta el poder saber si los campesinos tenían su propia forma de vida, o si bien se trataba de pálidas imitaciones de sus superiores. Por supuesto que los campesinos eran diferentes, y en el interior de sus casas tenían objetos especiales apropiados a su economía y su posición social.

En primer lugar, la aristocracia mantenía normalmente sus edificios agrícolas separados del alojamiento doméstico. Los campesinos también poseían graneros, establos, casa para el carro y otras estructuras a parte de la vivienda, pero estaban mucho más íntimamente conectados, y sus herramientas agrícolas y los productos de la cosecha se encuentran en las habitaciones de vivir y dormir. Hasta un labrador muy rico, John Bond de Alvescot, en Oxfordshire, en 1499 tenía una primera habitación con las camas y cofres habituales, y una segunda cama con cama, ganchos para la cosecha y una guadaña. John Gaythird de Acomb guardaba en 1494 un pico, una pala, sacos y un tejido de pelo de caballo (para maltear la cebada) en sus habitaciones.

Los comestibles se podían guardar tanto en la cámara como en la entrada. No se trataba sólo de trozos de bacon colgados del techo de la entrada, como los que encontramos en el inventario de John Jakson, que son conocidos por ilustraciones contemporáneas, sino también de sacos de grano y de barriles de tocino (p.e., William Atkynson de Helperby).

Algunos campesinos usaban la entrada principalmente como espacio para comer i para disfrutar del calor del fuego, si juzgamos por el mobiliario consistente en mesa, silla (o sillas), taburetes y bancos, y eventualmente equipamiento para la chimenea, como morillos y pantalla. Había piezas de mobiliario de madera. El uso de la entrada se extendía hasta la noche, si juzgamos por las referencias a candelabros. Pero a veces la entrada se usaba también para cocinar y entonces el mobiliario incluía (p.e. Johan Gaythird) grills, peroles y paellas. De manera parecida, un pastor de Sohan (Cambs) en 1417 tenía un grill, peroles y un cazo en su entrada. Más a menudo estas actividades se realizaban totalmente en una cocina separada, que aparentemente no disponía de mobiliario de madera, y estaba equipada sólo con peroles, paellas y otros cacharros. En algunas casas, la cocina se usaba también para fabricar cerveza —contenía plomos, lagares para maltear y otros recipientes. Todo eso se guardaba de manera más frecuente en una casa dedicada a la cervecería.

La casa campesina también contenía a veces el equipamiento necesario para actividades artesanales, que asociamos con el trabajo de mujeres, pero no eran específicas de éstas. Se trata de objetos relacionados con los primeros estadios de la manufactura textil, como los peines para cardar lana, preparar el lino y ruecas. Un pequeño campesino de Soke Prior, en Worcertershire, poseía en 1409 una rueca, un peine de lana y un peine de lino, en un distrito conocido por su producción de lino. Estos procesos se llevaban a cabo en casa, pero pasaban después a un tejedor más especializado para el siguiente estadio de la manufactura. En las casas urbanas, las entradas podían ser utilizadas para operaciones comerciales, y el activo granjero en negocios comerciales Thomas Vicars, de Strensall, parece que hacía lo mismo, ya que su entrada contenía un mostrador que podía haber servido para llevar registros escritos.

Los campesinos estaban involucrados a menudo en operaciones de reventa a pequeña escala, pero eso raramente aparece representado en sus posesiones. La excavación de una alea próxima a una pequeña villa a Dasset Southen, en Warwickshire, descubrió una casa de un plano bastante estándar, pero una concentración de copas de beber de cerámica sugiere que la entrada había servido como cervecería. La entrada de Richard Barber (en Allertonshire, Yorkshire) parece sobrecargada de muebles, con tres mesas, dos sillas y tres taburetes. Había también bandejas y platos en la misma habitación. Las copas no solían ser citadas en los inventarios porqué su valor era muy escaso. Estas sugestivas piezas nos recuerdan que las cervecerías no se construían a propósito, sino que representaban un uso especializado de una vivienda.

A veces no podemos dar una explicación adecuada del contenido de casas y habitaciones —por ejemplo, ¿por qué John Jakson guardaba una escalera en su casa? ¿Y por qué había tantas casas aparentemente poco equipadas con camas, si no es que dos o tres camas se consideraban suficientes para una familia mediana de cinco personas, a menudo con un criado adicional?

Tenemos que concluir que los campesinos eran flexibles en el uso de su espacio —tendían a usar la entrada para las comidas y la actividad social, y la cámara para dormir, pero se salían de estas convenciones. Eso refleja su pobreza —no sólo tenían dos habitaciones, de manera que tenían que colocar sus posesiones y llevar a cabo sus actividades en ellas. También refleja la estrecha relación entre producción y consumo que constituía una parte importante de la forma de vida campesina.

* * *

Como conclusión general, he mostrado que el mobiliario campesino está bastante bien documentado. Podemos entrever el interior de las casas, y eso revela mucho sobre el uso que los campesinos hacían del espacio, la jerarquía interna del grupo doméstico y sus actitudes hacia sus superiores sociales. Los campesinos gastaban cualquier excedente monetario en su explotación y en los edificios, y no daban demasiada prioridad al mobiliario. Sin embargo, eran compradores discriminatorios y los productos que usaban en sus casas nos dicen bastante sobre su mentalidad y su forma de vida.


Mobiliario y acondicionamiento interior de la casa campesina en el Rosellón en la segunda mitad de la Edad Media (siglos XI-XV) a través de la arqueología y los inventarios notariales.

Aymat Catafau - Olivier Passarrius
Université de Perpignan

Introducción: Cuestiones método
I - Acondicionamiento interior y mobiliario de la casa en torno al año mil en Baixes (Camp del Rei).
II - Acondicionamiento interior y mobiliario de la casa hacia 1350-1400: Casas de Vilarnau d'Amunt y Vilarnau d'Avall. Algunos elementos de síntesis y comparación con Baixes.
A - Vilarnau d'Amunt: las casas contra la iglesia y la pared del cementerio.
B - Vilarnau d'Avall: casas sobre el foso del castillo.
C - Algunos elementos de síntesis sobre los hábitats campesinos en el siglo XIV de Vilarnau, y de comparación con los de Baixes en el siglo XI.
III - El mobiliario de las casas rurales rosellonesas en los siglos XIV-XV a través de los inventarios notariales. Comparación con los mobiliarios extraídos de las excavaciones de la misma época (Vilarnau)
Conclusión: Algunas líneas de investigación. Elementos de comparación etnográficos. La casa rural, ¿piedra angular de la condición campesina y de su evolución en la Edad Media? Algunas características y atributos.

Introducción: Cuestiones de método

La contribución que Olivier Passarrius y yo quisiéramos aportar a la cuestión de las condiciones de vida campesina será modesta. Tratará de recabar las opiniones de un arqueólogo y un historiador, a través de las excavaciones de hábitats rurales entre los siglos X-XV y de la información de los inventarios notariales de los siglos XIV-XV.
Desde el punto de vista de la arqueología, uno se ve obligado a hablar del hábitat campesino (o rural) a partir de ejemplos de hábitats abandonados.
Hemos elegido lugares extremos en la segunda Edad Media:
Camp del Rei para Baixes, un lugar de los siglos X-XI, rápidamente abandonado pero bastante bien conservado, al menos desde el punto de vista del arqueólogo, y que ofrece algunas informaciones originales.
Nos parece interesante comparar las casas de este lugar con las de Vilarnau d'Avall y d’Amunt, destruidas a mediados del siglo XIV, y con los de Ropidera, abandonadas en el siglo XV.
Por lo que se refiere a los textos, se trata esencialmente de inventarios de los siglos XIV y XV. Hemos escogido, por lo tanto, notarios que ofician en los burgos, grandes pueblos del llano.
Los inventarios son un complemento indispensable para la arqueología, evocan una buena parte de los objetos en materiales perecederos, y también objetos enteros en su coherencia y su uso. Pero estos inventarios son tardíos, y omiten todo aquello “de poco valor” del equipamiento doméstico.

I. acondicionamiento interior y mobiliario de la casa rural en torno al año a mil en Baixes (Camp del Rei).

El interés del lugar radica en tres factores: su buena datación para la cerámica y el C14, su duración de ocupación limitada, su relativo buen estado de conservación. El lugar está datado desde fines del siglo IX a principios del siglo XI por el C14. En el centro de un importante conjunto de silos (se calcula que 450), este hábitat está compuesto de tres casas rodeadas de varias fosas del tipo "fondo de cabaña"
Estas casas están construidas en terrenos sobre lechos de piedra, y cubiertas de materiales perecederos.
- La presencia de hogares a ras de suelo, sobre un suelo preparado con una pequeña base de arcilla. Foto
- Algunas de estas casas fueron construidas con morillos de tierra cruda.
- Un banco, sobre base de piedra o sobre estacas, se usa para dormir y de asiento frente al hogar.
- Una parte de las reservas de alimentos es almacenada en un silo-bodega, excavado cerca del hogar.
- La presencia de llaves sugiere la existencia de un cerrojo en la puerta de madera.
- La cerámica, grandes vasijas de almacenamiento y ollas de cocina, es muy abundante.
- Un horno para cocinar en un hoyo-cenizal fuera de la casa.
- El hábitat es muy evolutivo, fácilmente reorganizado, completado o ampliado.

II. Hacia 1350-1400: Casas Vilarnau d'Amunt y Vilarnau d'Avall

El hábitat de Vilarnau es reagrupado en los siglos XIII-XIV en torno a dos polos: el castillo de Vilarnau d'Avall y la iglesia y el cementerio fortificados de Vilarnau d'Amunt.

A - Vilarnau d'Amunt: las casas contra la iglesia y la pared del cementerio.

En la segunda mitad del siglo XIII, la iglesia y el cementerio de Vilarnau d'Amunt son fortificados. Desde fines del siglo XIII y primeras décadas del siglo XIV varias casas se levantan en contacto con la pared oeste del cementerio y la iglesia.
La casa construida contra la pared del cementerio está mal conservada.
Al este la pared del cementerio es el límite de la casa. Su pared oeste es muy gruesa, a base de guijarros fijados con mortero. La pared norte está fijada a la tierra y sugiere en un piso sobrepuesto por una pared de tierra. El armazón estaba apoyado sobre dos grandes pilares alineados, que permiten colegir una casa aproximadamente cuadrada. Un umbral está acondicionado en la pared norte, con pilares bien acabados. El suelo estaba cubierto por el derrumbe de una techumbre de tejas curvas.
Un nivel del suelo está bastante bien conservado, en una buena parte de esta casa con una superficie interior restituida de unos 110 m2. Un gran hogar acondicionado se encuentra en la mitad norte de la casa.
La hipótesis de restitución de la casa contra el cementerio muestra una casa cuya parte derecha (este) podría aceptar un medio piso, un entresuelo.
Otra casa estaba apoyada contra la pared oeste de la iglesia. La superficie de este edificio es más pequeña, 5m por 3,6 m, o sea, 33 m2. Las paredes descansan en el suelo, hechas de un lecho de piedra con una elevación de tierra cruda. Un armazón, derrumbado, soportaba tejas curvas. El techo, apoyado contra la pared oeste de la iglesia, podía formar un solo lienzo inclinado hacia el oeste, descansando sobre el muro oriental de la iglesia.
Algunos ladrillos llenos (cairons) debían aparejar los ángulos de las paredes. El acceso a la única pieza de la casa se realizaba por el oeste, el nivel del suelo, bajo el derrumbe de la techumbre, es rico en mobiliario de cerámica, en donde se ha encontrado una ampolla de vidrio roto, algunos objetos de hierro y una arada de hierro muy alargada. Los vestigios de tierra rubificada, que podrían indicar un hogar, se encontraban en el ángulo suroeste de la casa.
Sobre este suelo de ocupación se encontraba una profunda pieza de 1,70 m por debajo del nivel del suelo, cuyo fondo estaba cubierto de bloques y guijarros que podían proporcionar aislamiento. Este sótano estaba cubierto de un suelo de madera, cuyas vigas descansaban sobre un saledizo situado a la altura del nivel del suelo posterior. Este sótano no estaba habitado. Se trata de un lugar de almacenamiento. A media altura de la pared norte del sótano fueron abiertas dos hornacinas en forma de media cúpula, con una profundidad de 30 a 40 cm y una longitud aproximadamente de un metro. Ningún elemento de acceso a este sótano se ha observado, lo que sugiere que había una escalera para llegar hasta allí.

B - Vilarnau d'Avall: las casas sobre el foso del castillo

A fines del siglo XIII y comienzos del XIV un grupo de construcciones se levanta en parte sobre el foso relleno del castillo de Vilarnau d'Avall, y en parte sobre el montículo del corral que bordeaba la mota castral.
El interés de este grupo reside en una buena conservación de los restos, en una baja pendiente y un pequeño hoyo lleno de tierra, en una breve ocupación y una brutal destrucción, que ha proporcionado un suelo de hábitat rico, en una buena datación para las cerámicas, las monedas y los hechos históricos.
El hábitat de la zona 3 se compone de cuatro edificios homogéneos en su forma que se extienden sobre una longitud entorno de 28 m. y un ancho de 5 m. El límite norte de la casa ha desaparecido: debía encontrarse unos 5 metros más allá de los restos.
De oeste a este, estas construcciones son una vivienda, un redil (o anexo agrícola), un patio y una segunda sala de estar, demasiado pequeño para ser una casa.
Todos estos edificios están construidos de escombros fijados con mortero de cal. El ladrillo se utiliza para la armadura de los ángulos o el encuadramiento de las puertas.
La casa S.1 corta profundamente al norte la vertiente del montículo contra el que se apoya, por lo que el suelo del hábitat está muy bien conservado. Hacia el norte, uno puede imaginar, gracias a la presencia de unos lienzos de pared de construcción y de orientación similar, que la casa se prolongaba “en terraza” sobre un medio nivel, con lo que duplicaba así su anchura, con una pieza adicional de 5 metros de ancho abierta al norte a ras de suelo hacia la colina: la superficie de la “gran sala” (o tal vez la parte habitada en dos piezas) habría sido pues de aproximadamente 80 m2. La superficie del suelo de la casa, de unos 32 m2 (8m. x 4m.), muestra tres hogares en el suelo, utilizados y abandonados sucesivamente.
Un cuarto hogar es más remarcable. Parece ser el última en haber sido utilizado, justo antes de la destrucción de la casa: se encuentra cerca de la puerta sur, y compuesto de un suelo con cinco ladrillos, todavía rodeado al este por un montante de tres hiladas de ladrillos dispuestas planas y de canto; al oeste un montante similar se ha derrumbado; tal vez hubo también un banco adjunto a la casa.
Algunas observaciones sobre la cerámica obtenida de la excavación de los dos grupos de hogares iluminan ciertos usos culinarios y prácticas de mesa.
Las cerámicas recogidas en las casas de Vilarnau son representativas del equipamiento de vajilla de la Baja Edad Media: vajilla de cocina, servicio de mesa y recipientes de almacenamiento.
Al final de la Edad Media, la aparición de una variedad de formas para el servicio de mesa revela una evolución de la alimentación. El desarrollo de los intercambios comerciales, especialmente con la Península Ibérica, contribuye a enriquecer y diversificar la vajilla, incluso en las zonas rurales.
El hervir y el cocer en el hogar sigue siendo una constante, pero la aparición de recipientes o estufas dan testimonio del desarrollo de frituras o cocciones en el horno.
Vemos en la casa rural servicios de presentación de los alimentos más elaborados y refinados: platos, cuencos o tazas de esmalte, provenientes del norte de España y decoradas en marrón o azul cobalto, se encuentran en los dos grupos de casas Vilarnau.
Encontramos en Vilarnau dos platos para colgar: entre los campesinos hay hermosos platos de importación.
La vajilla de los campesinos de Vilarnau a mediados del siglo XIV revela que las transformaciones del equipo disponible son las mismas en el campo y en la ciudad: las cerámicas culinarias y las cerámicas destinadas al servicio se diferencian. Este cambio es en principio el resultado de las innovaciones técnicas, con el desarrollo de esmaltes de plomo que permiten una mejor higiene alimenticia, y aparece en seguida en la manera de cocinar y presentar los alimentos sobre la mesa.
Un mobiliario en hierro bastante importante se encontró en las casas campesina des Vilarnau. Hay piezas que están relacionados con las actividades agrícolas: dos rejas, la una rechoncha, la otra más alargada, una pala de hierro (aixada), dos hierros de équidos (probablemente mula), cencerros, campanas de los rebaños, hebillas de aparejos, cuchillos, una larga daga (cuchilla de 31 cm, con una longitud total de 43 cm) clavada en la pared de la casa S.1 de Vilarnau d’Avall; en una casa de Vilarnau una aldaba de cofre o de puerta: picaporte móvil de hierro. En una tumba se encontró una llave de cofre.

C - Algunos elementos de síntesis sobre los hábitats campesinos de Vilarnau en el siglo XIV, y de comparación con los de Baixes en el siglo XI

Las casas de Vilarnau son en principio remarcables por la utilización de materiales cuya fabricación corre a cargo de especialistas: mortero de cal, ladrillos llenos (cairons) y, sobre todo, tejas curvas en gran número. La casa de Vilarnau no es, como la de Baixes, una "casa para nada", construida con los únicos materiales disponibles localmente y dispuestos por los propios agricultores.
Desde el punto de vista constructivo, podemos ver acondicionamientos más sofisticados: los umbrales y los montantes, que sugieren puertas firmemente fijadas, posiblemente equipadas con cerraduras y cerrojos.
Las hornacinas encontradas en el sótano de la casa cerca de la iglesia recuerdan las que se encuentran en las paredes en elevación bien conservadas de casas un poco más tardías (finales del siglo XIV) en Ropidera, dispuestas en el espesor de las paredes, que sustituyen o complementan los muebles de alineación.
Ropidera confirma la existencia de casas construidas en dos niveles, cuyo techo descansa sobre modillones de piedra colocados cuando la construcción de la pared.
Estas casas tienen escaleras o escaleras exteriores, como lo demuestra un texto: se puede sospechar en Vilarnau disposiciones similares: casas de dos niveles aprovechando la pendiente (V. d'Avall), sótano con techo sobre saledizo de tierra y escala interior (V. d'Amunt).
Las casas campesinas construidas en altura son desconocidas para los siglos X-XI en el Rosellón.
Los hogares constituyen un elemento remarcable de diferenciación: junto a los hogares ordinarios, tanto Baixes como en Vilarnau, a ras de suelo sobre un simple suelo de arcilla, aparecen en Vilarnau hogares elaborados, construidos sobre suelos de ladrillos con banco y zócalo (V. d'Avall), o combinando piedras, ladrillos, tejas y muelas (V. d'Amunt).
Desde el punto de vista de almacenamiento de alimentos, los pequeños silos-guarda-comida excavados en el suelo de la casa son inexistentes en Vilarnau. No hay rastro en Vilarnau de banco de piedra o de madera sobre estacas, cerca del hogar, como se encuentra en cada casa de Baixes. Al final del siglo XIII se duerme de ahora en adelante en una cama. El lugar de dormir se ha convertido en móvil, se trata de un mueble, la cama.
En Vilarnau, algunos objetos se encontraron contra la pared (los dos hierros de arado, el morro del arnés), sugiere una suspensión de los objetos cotidianos con los clavos, o clavijas de madera en la pared.
Se encontró en el sótano de la casa de Vilarnau d'Amunt un sistema de cierre de cofre, y una llave de cofre encontrado en una tumba revela la existencia de cofres de almacenaje.

III - El mobiliario de casas rurales rosellonesas en los siglos XIV-XV a través de los inventarios notariales. Comparación con los muebles obtenidos en excavaciones de la misma época (Vilarnau)

Los inventarios presentan un interés: conocer el conjunto del mobiliario de una casa, incluido el no conservado y encontrado a raíz de las excavaciones.
Nuestra única ambición es la de completar y matizar la visión arqueológica del interior campesino.
No disponemos, incluso para los siglos XIV-XV, más que de inventarios de casas de aldeas, y no de masía o casa aislada. El único lugar donde podemos cotejar un inventario con un lugar examinado por la arqueología es Ropidera a finales del siglo XIV.
El número de espacios interiores, el hogar, el horno, bancos y todo elemento construido faltan en los inventarios, que no proporcionan más que la lista de bienes muebles. A propósito de los hogares, hay que señalar la presencia de morillos (fogerios), trípodes o chapas de hogares.
La desaparición de bancos construidos en las casas del siglo XIV se puede explicar por la aparición de la cama: se encuentra en los testamentos, donde la cama y la litera, colchón, sábanas, mantas, son a menudo objeto de un legado particular, y figuran también sus adornos en los inventarios.
La cama no siempre es mencionada, ya sea porque se trata de un legado a parte, ya sea porque es "recuperada" de los bienes personales por los familiares, o sea porque no es, en tanto que mueble, más que una "construcción" muy precaria: una o varias tablas pueden ser instaladas cada noche. Encima de estas tablas se coloca un jergón o un somier. En el caso de la casa con una sola estancia, la cama es un "rincón", preparado para ser hecho y desecho de la noche a la mañana. Es tal vez el caso de las casas rurales de Vilarnau d'Amunt (y posiblemente d’Avall).
La falta de una habitación, de una estancia más privada, es sin duda uno de los elementos que distinguen una vez más, el siglo XIV, la casa de los pequeños campesinos de la urbana.
La habitación existe entre los campesinos establecidos en los burgos o en los pueblos importantes, al menos en las de los que nos hablan los inventarios. Sin duda menos en las de los que viven en las casas más aisladas.
Entre los elementos básicos del mobiliario de la casa, los más frecuentemente citados son los cofres: a veces nos encontramos con los elementos de un sistema de cierre. Los cofres citados en los inventarios rurales son en menor número que en los inventarios urbanos, y ninguno aparece pintado. Son sobre todo cofres de almacenamiento de vituallas, y se los encuentra en los inventarios incluso entre los más pobres. Se puede también pensar que los silos-bodegas excavadas dentro de las casas del siglo XI, pero desconocidos, han sido sustituidos por estos cofres u otras formas de almacenamiento.
Se encuentran los restos de recipientes de almacenamiento en las excavaciones, los inventarios mencionan sacos vegetales o de cuero, recipientes de cestería, cestas (cabassos, cistelles, canis). Estos elementos, que corresponden a volúmenes de almacenamiento muy importantes, se encuentran en los inventarios muy ricos, urbanos, señoriales o de campesinos acomodados.
En la excavación se encontraron dos hierros de arado en Vilarnau, y estos elementos son muy raros en las excavaciones. El arado y sus componentes con frecuencia se mencionan en los inventarios. Su rareza en las excavaciones puede explicarse por su recuperación sistemática con motivo de los legados, y fue quizás uno de los bienes más rápidamente "reciclados": debemos señalar que los hierros de arados encontrados aparecen todos en las casas destruidas por incendios repentinos, tal vez debido a guerras u operaciones militares.
Los inventarios indican la variedad de las herramientas de hierro, especialmente los utilizados para los trabajos de la vid (podadora, aixada, picassa).
Los inventarios dan una idea de la diversidad de herramientas e instrumentos de madera o cestería que son utilizados por los agricultores roselloneses.
Los inventarios permiten evaluar la importancia de la vajilla de madera: escudillas, cuencos, platos, talladors, un plato hueco, e incluso las copas (anap), morteros y sus mazos, el cazo y también el candelabro o palmatoria, que se encuentra entre los más pobres, mientras que en otras partes el mismo objeto es de hierro. Por otra parte la iluminación se completa por lámparas de aceite de cerámica (crucibola) que se encuentran también en la región de Tolosa.
Las nuevas formas de cocinar son reveladas por los utensilios de cocina: los asadores (ast), mencionados cuando son de hierro. Suponemos que los asadores de madera se utilizan, pero son meras ramas que no son inventariadas. Los asadores de hierro son la muestra no de la invención de la cocción "asada", sino de su éxito y su difusión generalizada.
La fritura tiene sus instrumentos: la estufa (panna), los platos de cocción abiertos (gresals o grasalla), que han podido, sobre el fuego, ser utilizados para cocciones además del estofado o el cocido.
Sin embargo, los inventarios también tienen sus carencias: la vajilla ordinaria de cerámica está poco inventariada, sin duda en número inferior a su presencia real. Quizás es el indicador de su bajo valor intrínseco. Resulta tentador afirmar, a partir del ejemplo de Vilarnau, que el vaso (V. d'Amunt) e incluso la vajilla de importación están poco representadas en los inventarios campesinos en comparación con su presencia real (marginal, ultra-minoritaria, pero efectiva, en todas partes, en el siglo XIV).

Conclusión: Algunas líneas de investigación. Elementos de comparación etnográfica. La casa, ¿piedra angular de la condición campesina y de su evolución en la Edad Media? Algunas características y atributos.

Para terminar quisiera hacer algunas observaciones.
En primer lugar sobre la dificultad de ofrecer una visión completamente coherente a partir de las diferentes fuentes, cada una de ellas con sus propios sesgos y sus sombras.
Además, debemos evitar conclusiones demasiado precipitadas a propósito de la riqueza o la pobreza de las casas y los interiores a partir de lo que podemos inferir de las fuentes textuales o arqueológicas. Por ejemplo, sobre los materiales de construcción: no es exacto imaginar una especie de "progreso" lineal los métodos de construcción durante la Edad Media, que iría de la construcción en tierra cruda a la de sillares de piedra aparejados con mortero.
La construcción de tierra, con o sin lecho de piedra o guijarro, es un método de construcción que se utilizan en toda la Edad Media, incluido el medio urbano y para hábitats urbanos de tipo artesanal y comercial.
Hay pocas diferencias, sin duda, entre la manera de construir las paredes de las casas de Baixes y Vilarnau d'Amunt, a tres siglos de distancia. Además, aproximadamente en el mismo tiempo y en el mismo lugar, entre Vilarnau d'Amunt y d’Avall, a pocos cientos de metros, las paredes de las casas están construidas según técnicas muy diferentes, la tierra sobre lecho de piedra a V. d'Amunt, paredes con doble paramento de piedra fijadas con mortero, incluyendo muchos cairons, a V. d’Avall.
Esto no puede ser interpretado ni como un "estancamiento técnico" ni como un signo de marasmo económico entre los siglos IX-X y el siglo XIV, ni como un signo de pobreza de los habitantes de Vilarnau d'Amunt en comparación con los de V. d’Avall: el mobiliario que se encuentra en estas casas es absolutamente el mismo tipo que el de los habitantes de V. d'Avall.
Las principales diferencias entre Baixes y los lugares de Vilarnau y Ropidera, en los siglos X-XIV:
La utilización de la teja.
Armazón bastante complejo.
La mayor complejidad de la organización interior, división en estancias, niveles de habitación o en pisos.
Las paredes de piedra de Ropidera, en sillares de pizarra cuidadosamente elegidos y labrados a escuadra, están fijadas con tierra cruda, pero las casas están cubiertas de tejas.
Sobre estas paredes descansa una planta construida, como lo atestiguan los modillones, un armazón y un techo. Las hornacinas están presentes, bien construidas, los umbrales y los pilares están hechos con cuidado, y se puede señalar una cierta búsqueda funcional e incluso estética en la construcción de estas casas. Foto.
Por lo tanto, hay que remarcar una primera característica de la evolución de las casas entre los siglos X-XIV: el nacimiento de la "casa bloque", característica del hábitat campesino como el del mas catalán, es efectiva entre los siglos X-XIV, los anexos de la casa rural del siglo X (fondos de cabaña, horno, silos, graneros, redil, establo) tienden a ser agrupados bajo el mismo techo tanto en Vilarnau como en Ropidera.
La tendencia de la división interior en estancias, la aparición de la habitación, espacio privativo diferenciado de la sala de estar, es efectiva en las casas campesinas, pero todavía no en los campos, pero algunas casas de Vilarnau, y sobre todo las de Ropidera permiten suponer la posibilidad de esta evolución (pisos o niveles diferentes, paredes divisorias, separaciones).
Cabe señalar una constante: la ausencia de ventanas y de otras aberturas si no es la de la puerta, al menos a partir de los vestigios conservados (Ropidera). Así pues, las casas siguen siendo oscuras y mal ventiladas.
No debemos dudar en trazar los signos de una evolución, de un progreso, en el equipamiento de las casas entre los siglos X-XIV:
Acondicionamiento del hogar y de sus alrededores.
El desarrollo del mobiliario.
La multiplicación del utillaje y del equipamiento de hierro.
La diversificación de la vajilla de cerámica.
Los campesinos recurren al mercado y las compras de bienes de consumo no vienen dictadas sólo por la utilidad sino también por el gusto y la moda: cada casa tiene cerámica vidriada importada, colocada sobre la mesa e incluso en las paredes, y posee también algunos utensilios de vidrio.
El acondicionamiento interior de la casa y su equipamiento refleja si duda, pues, en mi opinión, un confort de vida y un mayor bienestar del campesinado.
Nos podemos interrogar sobre una serie de cambios sociales que acompañan a estos cambios materiales: vivir mejor, más bienes materiales, más confort, un cierto gusto por la fijación de pequeños artículos de lujo. A pesar de estas evoluciones, el progreso es todavía limitado. Se diferencian niveles sociales, sin embargo, incluso en el seno de las aldeas, como hemos visto en Ropidera, para unos las distribuciones de pan, para otros los bellos platos colgados en las paredes.
Se ha dicho del hábitat campesino medieval que es basto, austero, pobre, elemental, utilitario. Sin duda estos calificativos son parcialmente correctos, pero quizás deberíamos empezar a tener también otra visión, más positiva o más optimista de las condiciones de vida en la casa rural y, especialmente, de un hábitat cuyas evoluciones son marcadas entre el año mil y 1400.
Sin embargo, imágenes casi actuales, a la escala de los tiempos medievales, muestran interiores de aspecto "miserable" muy cerca de nosotros en el tiempo y el espacio (Cerdeña): fuego en el suelo, la casi ausencia de mobiliario, la gran sala de estar única.
Los “progresos” económicos y sociales no se inscriben sino parcialmente en la casa rural. El campesino no hace, como el ciudadano, de su casa el signo exterior de su riqueza, y su interior queda bastante lejos de su verdadero nivel de bienestar: la casa de un campesino acomodado se parece más al de un campesino pobre que a la de un artesano o comerciante acomodado o a la de un pobre ciudadano.
La casa no es, por sí sola, la piedra angular de la condición campesina.


Los inventarios en los registros de las cortes señoriales como fuente sobre los bienes y los niveles de vida de los campesinos ingleses (ss. XIII-XIV)

Chris Briggs
University of Cambridge

William Lene, un campesino de la aldea de Walsham le Willows (en el condado de Suffolk, al este de Inglaterra), murió en 1329. Los rollos de la corte señorial de Walsham contienen una poco frecuente lista de los bienes del difunto. Este inventario proporciona una visión excepcional de las circunstancias que rodeaban la vida de un campesinos de los siglos XIII y XIV. Muestra la gran variedad del equipamiento agrícola y del mobiliario doméstico que poseía un campesino rico. No es extraño que los historiadores hayan prestado una gran atención a este documento y a William. Dado que el inventario es de gran valor histórico, es natural que busquemos otros ejemplos similares. Mi aportación a este coloquio presenta los resultados de un intento en este sentido. En la comunicación se describen y analizan una docena de ejemplos del período 1270 a 1412 (he resumido la información de cada inventario en unas notas que serán repartidas entre los asistentes).

La mayoría de estos inventarios se hicieron en un momento en el que el señor tenía derecho a confiscar los bienes de un criminal en su señorío. Generalmente, estas personas habían abandonado sus domicilios después de cometer los crímenes. Otros inventarios se hicieron cuando el señor confiscaba los bienes de un siervo que había huido. Ninguno de los inventarios analizados es tan detallado como el de William Lane. Seguramente la mayoría omiten objetos. Sin embargo, dada la penuria de fuentes alternativas para este periodo, estos inventarios contienen datos muy valiosos sobre el consumo y los niveles de vida del campesinado.

Mi intervención se centra en tres cuestiones principales:

  • ¿Cuáles son las posibilidades y las limitaciones de los inventarios como fuente histórica?
  • ¿Hasta qué punto muestran que los campesinos estuviesen implicados en el mercado de bienes de consumo?
  • ¿Qué diferencias revelan entre campesinos pobres y ricos?

Como era de esperar, los inventarios confirman que los campesinos con explotaciones mayores poseían más bienes que quienes disponían de explotaciones más pequeñas. Igualmente, los pequeños campesinos no disponían generalmente de bienes de equipo, como carretas y arados. Algunos incluso, aunque no todos, no disponían de los peroles y las cazuelas de hierro que poseían los campesinos más ricos. Sin embargo, algunos pequeños campesinos poseían animales en cifras sorprendentes. Los inventarios contienen, finalmente, datos sobre el trabajo laboral en actividades no agrícolas, como por ejemplo la producción de paños.


Vivienda rural y niveles de vida en el entorno de Barcelona a fines de la Edad Media

Pere Benito i Monclús
Universitat de Lleida

Aunque parezca increíble, gracias –principalmente– a la escuela de Arqueología rural fundada por Manuel Riu, conocemos mejor las condiciones de vida del campesinado catalán en la etapa carolingia y durante los siglos centrales de la Edad Media, que después de la Peste Negra. Las sombras que todavía planean sobre las condiciones materiales de existencia, las pautas de consumo y los niveles de vida de la población rural catalana de finales de la Edad Media contrastan vivamente no sólo con lo mucho que sabemos de los campesinos ingleses o italianos coetáneos, sino también con la imagen, llena de colorido y de todo lujo de detalles, que Claude Carrère, Carme Batlle, Teresa Vinyoles, Coral Cuadrada, Flocel Sabaté, Josep Hernando y Jaume Aurell, entre otros, nos han transmitido de la vivienda burguesa y de la cultura material de las élites urbanas de Barcelona, a partir de la exhumación de la rica serie de inventarios post mortem conservados en los principales archivos eclesiásticos y notariales de la ciudad.

En la Cataluña rural, célebre por la precocidad y riqueza de sus protocolos notariales, tenemos un problema de fuentes para el estudio de los niveles de vida del mundo campesino tardomedieval. Fuentes materiales, en primer lugar: la pertinaz continuidad histórica del hábitat rural limita las intervenciones arqueológicas a los hábitats marginales y a los despoblados. Pero sobretodo, limitación de fuentes escritas. Los inventarios post mortem, la principal fuente utilizada por los historiadores modernistas para el estudio de la vida cotidiana y los niveles de vida de la sociedad rural, escasean antes de finales del siglo XV, no solo en la geografía del mas, sino también en las pequeñas villas mercado, sede de escribanías públicas, que han conservado documentación notarial desde el siglo XIII. Las comunicaciones que me preceden muestran que por fortuna podemos sacar partido de fuentes alternativas como la iconografía, los testamentos, las capitulaciones testamentarias o los actos de compra-venta, pero es obvio que ninguna de ellas puede suplir la cantidad y la calidad de la información proporcionada por los inventarios y los encants o subastas de bienes que, a menudo, sucedían a la redacción del inventario.

Este décalage en la producción de inventarios post mortem no parece obedecer solo ni principalmente a criterios de distinción o jerarquía social, sino más bien a prácticas jurídicas distintas en la ciudad y su entorno rural. Mientras que en Barcelona desde finales del siglo XIII era frecuente que las viudas o los tutores o curadores de un menor acudiesen al notario para levantar el inventario de la herencia del marido o familiar difunto –y no solo entre las grandes familias del patriciado urbano (ciudadanos honrados, mercaderes y, en menor medida, también artesanos), puesto que se han encontrado ejemplos de inventarios de mendigos e, incluso, de esclavas libertas–, en las pequeñas villas y parroquias rurales ésta práctica no se difundió hasta después de la Peste Negra, estimulada por la constitución “Hanc Nostram” de las cortes de Perpinyà de 1352 que obligaba a las viudas usufructuarias y tenutarias a hacer inventario de los bienes del marido si querían conservar el derecho de manutención y vestuario durante el primer año de duelo (any de plor).

Sin embargo, a diferencia de la ciudad, en las pequeñas villas y parroquias rurales las viudas, los tutores o curadores de un menor o los herederos que, por imperativo legal, tenían que realizar inventario para preservar sus derechos sobre una determinada herencia, ya fuese por motivos económicos –eludir los costes del acto notarial, especialmente elevados después de la Peste Negra–, ya fuese porqué esa era la práctica consuetudinaria o sencillamente por comodidad, no acudían al notario, sino al mismo clérigo o escribano de la parroquia que previamente había redactado el testamento del difunto. La actuación de los escribanos parroquiales no daba lugar a la redacción de un documento original en pergamino, refrendado por la autoridad pública, sino a un simple registro, a menudo informal y descuidado, en cuadernos sueltos de papel o en libros que incluían otra documentación parroquial como testamentos o capitulaciones matrimoniales.

Formalmente, estos inventarios se distinguen a simple vista de los instrumentos notariales. Aunque generalmente están fechados, cuentan con un escueto encabezamiento y consignan el nombre de los testigos, no siempre explicitan la finalidad por la cual se realiza el inventario ni incluyen la firma del escribano. La diferencia fundamental radica, sin embargo, en la descripción de los objetos inventariados: en los inventarios parroquiales éstos son siempre descritos en catalán, con un detalle y una precisión inferior a la de los inventarios notariales.

Corolario del testamento, el inventario post mortem y el encant o subasta pública que en ocasiones le sucedía, encuentran su lugar, en el medio rural, entre la primera documentación generada por las escribanías parroquiales, antes de iniciarse las series de libros sacramentales. Aunque en la mayoría de parroquias tuvieron que existir y conservarse durante cierto tiempo cuadernos o libros que contenían testamentos e inventarios, la supervivencia de esta documentación tardomedieval es más bien excepcional.

Jaume Codina localizó y estudió algunos de estos textos en su conocida monografía sobre las condiciones de vida de la miserable y no tan miserable gent del delta del Llobregat. El más antiguo, el inventario de la masía de Guillem Viader, es de 1387. También el padre Fortià Solà, en su Historia de Torelló, reproduce fragmentos de algunos inventarios campesinos de los siglos XV-XVIII procedentes del archivo de esta parroquia de Osona.

Para la zona del Maresme, en el archivo de la parroquia de Vilassar, he localizado un total de 26 textos (22 inventarios y 4 subastas) anteriores a 1500, de los cuales 22 se concentran entre 1418 y 1454, durante el reinado de Alfons el Magánimo, coincidiendo con un periodo de intervención de los oficiales del veguer de Barcelona, al cual competía la actuación en circunstancias concretas del derecho sucesorio. Otros tres se sitúan en la fase de redreç económico del campo catalán que siguió a la Guerra Civil (1462-1472).

Se trata, por otra parte, de una muestra representativa de las diferentes categorías socioprofesionales y de los distintos modelos de vivienda que encontramos en los cuatro zonas de poblamiento del antiguo término del castillo y de la parroquia de Vilassar durante la Baja Edad Media: la sagrera, núcleo de poblamiento concentrado alrededor de la iglesia parroquial de Sant Genís y de la plaza del Mercadal, y su entorno de mansos dispersos; el vecindario de Cabrils, constituido esencialmente por un población dispersa de mansos; el pequeño vecindario de Sant Crist, formado por cuatro mansos alrededor de la capilla prerrománica de Sant Cristòfol, al pie de la montaña de Montcabrer; y el minúsculo núcleo marítimo de boïgues o barracas de pescadores que daría lugar a lo que a partir del siglo XVI sería conocido como “veïnat de mar”.

Uno de los inventarios corresponde a un personaje privilegiado de la sociedad local, el herrero Andreu Padrós (1449).

Otros tres inventarios representan al grupo de la gente de oficios, a los pequeños artesanos, cuya actividad radicaba en la sagrera de Vilassar, cerca de la plaza del Mercadal: dos boteros (Salvador Riera, 1425; Joan Pelegrí alias Roure, 1438) y un herrero (Miquel Andreu, 1434).

Disponemos también del inventario de la boïga de un pescador (Vicenç Oller, 1434).

El grupo más numeroso (17 en total) corresponde a inventarios de campesinos de mas, que disponían de tierras en régimen de tenencia o emfiteusis o en alodio: mas Martí, 1418; Berenguer Amat, 1429; Bernat Verivol, 1433; Nicolau Morot, 1433; Pere Dilmer, 1434; mas Martí, 1434; Vicenç Martí, 1435; Pere Morell, 1443; madona Flor, 1444; Pere Riera, 1446; Bernat Serra, 1451; Bartomeu March, 1451; Antoni Vidal, 1454; mas Riera, 1463; Bernat Isern, 1472; Joan Amat del Sant Crist, 1480; y Esteve Vidal, 1495.

Es sobre estos textos que basaré mi comunicación. La perspectiva de análisis que voy a adoptar no es tanto la de las opciones de consumo o inversión, como la de los diferenciales de niveles de vida entre individuos o casas, aunque ambos aspectos están estrechamente relacionados. El objetivo no es, por tanto, determinar en qué tipos de bienes (casa, mobiliario, herramientas de trabajo, semovientes, alimentos) los campesinos y los artesanos rurales gastaban o invertían su capital, como detectar y e interpretar en los inventarios diferencias o particularidades indicativas de valor, prestigio, lujo, poder y riqueza diferencial. En última instancia, se trata de contribuir desde unas fuentes que describen físicamente la casa y el patrimonio mobiliario de los habitantes “del campo” a la compleja cuestión de la diferenciación social del mundo rural durante la Baja Edad Media, un tema que, en Cataluña, se ha abordado casi exclusivamente a partir de fuentes notariales, señoriales o fiscales que nos informan del patrimonio immobiliario –la casa y las tierras– de los campesinos.


La vida de la casa campesina a partir de la iconografía medieval

Guy Comet
Université d'Aix-en-Provence

La iconografía es una de las vías de aproximación a la vida de las casas campesinas. Hay que decir des del principio, sin embargo, que la imagen no es un documento directamente fiable. Hay muy pocas imágenes que representen casas campesinas con la intención de describirlas. La imagen tiene siempre una parte de imaginario que muestra más lo que les hombres tienen en su mente que la realidad de los hechos.

En relación con nuestro tema, ¿dónde se encuentran tales imágenes? En primer lugar, por supuesto, en el conjunto de la iconografía religiosa, que constituye lo esencial de las imágenes medievales. Encontraremos sobre todo imágenes de moradas campesinas en los relatos de la Navidad. Otro sector que contiene tales imágenes es el de los calendarios, que al querer mostrar los trabajos del año, muestra sobre todo trabajos agrícolas, y la casa rural aparece muy presente. Las casas aparecen representadas también en los manuscritos médicos ilustrados, es decir, en los tacuinos. Por último, existen también algunas ilustraciones raras y tardías de tratados agrícolas.

El conjunto del hábitat campesino aparece bajo la forma de aldeas. Las construcciones son en parte de madera, los tejados de paja con algunas tejas o lauzes, especialmente en edificios particulares, sobre todo religiosos. La observación detallada de algunas imágenes (como Les Très Riches Heures del duque de Berry) permite advertir vestidos y ropa interior. Pero no olvidemos que se trata de una imagen destinada al duque de Berry.

Constatamos que los edificios propiamente agrícolas están al lado de la residencia. Es el caso de los establos, como el que atiende san José; pero también se encuentra al lado de la residencia el lugar de la esquila o de la trata de animales y de la fabricación de mantequilla o queso.

En la residencia, un gran trabajo es el de la cocina. A menudo encontramos una chimenea con una mujer que calienta una preparación culinaria en una gran marmita metálica. Vemos también cómo se pone la mesa, pero es evidente que la chimenea es el símbolo de la cocina.

Durante el invierno los moradores se calientan ante la chimenea donde come el amo de la casa. Esta ilustración es una constante de los calendarios para representar al invierno. Una de las grandes ocupaciones es la preparación del pan, de modo que el horno suele estar junto a la casa rural. Está construido de forma cúbica o esférica, pero encontramos en ambos los mismos componentes.

Se muestran diversos trabajos agrícolas, pero la matanza del cerdo aparece siempre ligada a la casa. Participan en ella tanto hombres como mujeres. Se recoge la sangre, tiene lugar en el patio, por supuesto en invierno y a veces bajo la nieve.

Un elemento fundamental de la casa es la cama. Aparece poco, si no es por enfermedad o por el coito. Pero se ve también el trabajo femenino de preparación del lecho. Son también las mujeres quienes van a por el agua. En el mejor de los casos cuentan con un pozo en la casa, donde también se asean, incluso con agua caliente.

En la casa tienen lugar muchas otras actividades. Vemos, sobre todo en las representaciones de la Navidad, a un hombre practicando un trabajo de ebanista. Por su parte, la mujer hila en la rueca, o cose, tricota, prepara la ropita del niño, borda o participa en el adobo del lino.

Las natividades muestran un trabajo familiar realizado por José. ¿Podemos deducir de ello que se trata de un trabajo tradicionalmente masculino? ¡Es discutible! Pero se ve a Joseph preparar la comida del niño o secar sus pañales.
Por último, algunas escenas, más raras es verdad, muestran comidas familiares, a veces ante el fuego, a veces en un ambiente muy modesto, o incluso la glotonería de un banquete.

Podemos concluir recordando que es en la casa y alrededor del fuego donde se transmiten las tradiciones orales gracias al confabulator, y también que algunos elementos que hoy consideramos muy modernos, eran ya bastante corrientes en la Edad Media; es el caso del youpala (andador) para enseñar a los niños a andar.


La vida de las cosas. El mercado de objetos de segunda mano en la Valencia bajomedieval

Juan Vicente García Marsilla
Universitat de València

En nuestra sociedad actual, y pese a ciertos cambios que se están introduciendo sobre todo a través de las compraventas por Internet, el mercado de objetos de segunda mano no deja de tener un cierto aire de marginalidad y chabacanería, cuando no de manifestación abierta de contracultura. Sin embargo todo era muy diferente hace unos siglos, cuando todavía no se habían impuesto la producción en cadena, el plástico y la sociedad de consumo, y cuando la capacidad de generar nuevos objetos cotidianos era mucho más limitada.

Las sociedades preindustriales otorgaron, de hecho, al objeto un valor muy superior al que le asigna nuestra sociedad actual, la del “usar y tirar”. La “vida” de aquellas cosas debía ser, por necesidad, mucho más prolongada, y su valor continuaba vigente durante años, cuando no durante generaciones, aunque se fuera mermando por los efectos del desgaste y el envejecimiento. Pero, lejos de la imagen sentimental de las sociedades tradicionales que nos ha llegado hasta el presente, en la que los objetos pasaban de padres a hijos hasta adquirir casi el estatus de reliquia familiar, esa vida de las cosas no se circunscribía ni mucho menos a los límites de un linaje en la mayoría de las ocasiones, sino que alimentaba un activo mercado de bienes de segunda mano que ocupaba en aquella economía un lugar mucho más importante que en la nuestra.

Nuestra pequeña aportación al estudio del mercado medieval en este caso tratará de examinar el mercado de los objetos de segunda mano en una ciudad mediterránea durante los siglos XIV y XV como es Valencia intentando demostrar ese papel central del comercio en la vida de las personas de hace seiscientos años, incluso en los niveles más bajos, y la peculiar relación de nuestros antepasados con los productos manufacturados de uso cotidiano, tan distinta a la nuestra.

A partir de los protocolos notariales y las actas generadas por diversas magistraturas locales se han documentado más de un centenar de almonedas o subastas de bienes de los siglos XIV y XV que se llevaban a cabo a diario, bien para saldar las deudas de individuos insolventes o bien, tras la muerte de alguna persona, con el objetivo de obtener dinero en metálico para liquidar sus cuentas pendientes y pagar el entierro. Y lo sorprendente de esos documentos, no era sólo la enorme variedad de objetos a los que se hacía referencia en ellos, lo que permite reconstruir la cultura material de esta época, sino que además vemos como todo tenía un precio, y todo, por pequeño e insignificante que pareciera, encontraba comprador.

A partir de esta base empírica nuestro discurso se va a organizar en tres partes, observando en primer lugar las formas y mecanismos de funcionamiento de este mercado, para pasar más tarde a analizar los bienes con los que se comerciaba y los precios que se obtenían de ellos a partir de una comprensión más global del entorno doméstico de la Valencia medieval; y, finalmente, nos detendremos en los actores de este mercado, los personajes que acudían a estas subastas, para identificar quiénes eran, qué intereses les movían y qué estrategias desarrollaban para conseguir sus propósitos.


La dieta campesina imagen y realidad

Paul Freedman
University of Yale

Los campesinos son representados frecuentemente en la literatura, el teatro y el arte medieval como personajes toscos y groseros, apenas mejores que los animales que utilizan para labrar la tierra. Su supuesta baja naturaleza servía sobre todo para justificar su explotación o maltrato por parte de la nobleza y el clero, ya que no habría nada que permitiera tratarlos como inferiores por naturaleza sin fuesen iguales a los que se situaban social y políticamente por encima de ellos.

Un poema del siglo XV que mezcla el latín y el italiano, titulado «la vida de los infieles, viles y rústicos campesinos», condensa una serie de representaciones cómicamente exageradas de la villanía y la bestialidad campesina. Los campesinos son tontos y parecen animales; son infieles, peores incluso que los judíos. Parecen raros y deformes y son mentirosos y ladrones inveterado. Trabajan y padecen mientras otros se benefician de los que ellos producen, pero eso es completamente adecuado porque apenas son mejor que las bestias. Comen ajos, raíces de cebolla y verduras. Este último aspecto aparentemente irrelevante, forma parte de una serie consistente de imágenes sobre los hábitos alimentarios de los campesinos medievales: el vocabularios de subordinación de los campesinos incluye ideas sobre lo que comen. Se pensaba que los campesinos preferían los alimentos que la pobreza les forzaba a menudo a consumir para subsistir – tubérculos, productos lácteos y papillas o pan hecho de cualquier otro cereal que no fuese el trigo – y que constituyen los elementos básicos de las ideas que tenían las clases altas sobre la dieta campesina. Una canción escrita contra los campesinos durante una época de revueltas en Flandes (1323-1324) se burla de ellos por su ropa, su aspecto y su alimentación. Leche cuajada, pan de centeno, papillas y quesos era todo lo que realmente necesitaban; cualquier otra cosa embotaría su ya escasa inteligencia.

Esta idea que el comer basto era deseable para los rústicos es en parte lo que los observadores de las clases altas consideraban apropiado y lo que pensaban que preferían los mismos campesinos. Tenemos así, por una parte, el escritor inglés John Gower que se lamenta que en los buenos tiempos del pasado los rústicos obedientes se contentaban con pan malo, leche y queso, mientras que ahora, en su arrogancia (eso se escribió en la época de la revuelta campesina de 1381), piden toda clase de lujos. En este caso los campesinos querían una mejor dieta, pero esto se consideraba inapropiado y subversivo. En un poema alemán atribuido a Neidhart von Reuenthal, el chico del pueblo que tiene éxito entre las chicas, al final se casa con una que lo domina y lo hace trabajar duro, dándole coles y rábanos en pago por su trabajo. Una vez más, tampoco en este caso, la comida pobre es apreciada por el campesino.

Pero también era una creencia generalizada que los campesinos, de hecho, preferían sus comidas desagradables o al menos groseras. Un tema común en la literatura francesa de flaviaux es el rústico que se hace bastante rico para casarse por encima de su estado. Un campesino acomodado se casa con una joven de la burguesía y ella le cocina el tipo de alimentos a que está acostumbrada, pero su marido encuentra que no puede digerirlos y se queja hasta que ella le da guisantes y habichuelas con pan remojado en leche, con lo que él es feliz y sus problemas digestivos desaparecen.

A veces, los campesinos empiezan a compartir lo que habían sido considerados alimentos aristocráticos, provocando así la caída del prestigio de algunos productos. La pimienta, la más común de las especies, llegó a ser accesible a las clases más bajas, hasta el punto que, a inicios del siglo XV, Eustache Deschamps, la consideraba particularmente popular entre los campesinos y se quejaba de los hostales que había tenido que padecer, dónde le había servido coles y puerros (dos productos campesinos clásicos), sobrecondimentados con pimienta.

La segunda parte de la comunicación tiene que ver con lo que sabemos sobre lo que en realidad era la dieta campesina. Dada la participación en el coloquio de Christopher Dyer y Antoni Riera, que han hecho contribuciones pioneras en la dieta de los diferentes sectores de la sociedad, prestaré un poco menos de atención a este aspecto que a las imágenes y representaciones de lo que comían los campesinos, como he descrito antes. El cuadro que tenemos del nivel de vida y, por tanto, del régimen alimentario de los campesinos medievales ha estado muy condicionado por las tendencias historiográficas. La escuela de los Annales, en sus estudios sobre la dieta y la alimentación, especialmente para los inicios de las edad moderna, tendía a dar un cuadro extremadamente negativo de la Europa preindustrial. Rendimientos pobres, técnicas agrícolas primitivas, extracción económica por el régimen señorial y presiones demográficas, todo conspiraba para mantener las clases bajas en general y los campesinos en particular en el umbral del hambre o, de manera bastante frecuente, en un punto de malnutrición severa. Una parte de esta tendencia historiográfica era el resultado del deseo de desmitificar el cuadro frecuentemente dorado y pintado de rosa del pasado que daban los escritores conservadores, y en parte eran los antecedentes de los logros de la modernidad. Se encuentra también esta deprimente noción de los niveles de vida antes de 1800 en obras británicas de los años 60 como el influyente libro de Peter Laslett, el mundo que hemos perdido.

En los últimos años se ha corregido o matizado este cuadro. En parte, por una mayor énfasis en la acción campesina y en la capacidad de la gente ordinaria o de las clases populares para organizar una existencia viable que no necesariamente se muestra en los registros oficiales que llevaban sobre ellos la Iglesia o el estado. La inventiva de los campesinos o sus actividades fuera del marco señorial reciben cada vez más atención por parte de los historiadores y arqueólogos. Además, la apreciación del trabajo femenino, del medio natural local y de la diversidad de los recursos alimentario ha cambiado un tanto la idea de que los campesinos sólo comían papillas o pan malo completado con cebolla y ajo. Son particularmente significativos los acuerdos en los que los campesinos mayores intercambian su tenencia y sus derechos con una persona más joven (a veces pero no siempre un pariente) a cambio de la provisión de alimentos y de otros productos básicos durante el resto de su vida. Estos acuerdos, en efecto, manifiestan las expectativas de lo que debía de ser una dieta normal u ordinaria y no se limitan, ni mucho menos, a papillas o pan...

Tanto en la imagen como en la realidad de la dieta campesina, lo que es importante, e inexistente hasta fechas recientes, es la apreciación de la diversidad de lo que se comía. Los estereotipos contemporáneos y también buena parte de la literatura histórica tiende a ver a los campesinos subsistiendo con una o dos cosas, pero, de hecho, la dieta estaba un poco más equilibrada y menos concentrada en el cereal de lo que se pensaba.


Cultura material y consumo textil en Castilla a fines de la Edad Media e inicios de la Edad Moderna

Hilario Casado Alonso
Universidad de Valladolid

Esta comunicación es una primera aproximación, provisional y preliminar, al tema de la historia del consumo y de la cultura material en los territorios septentrionales de la Corona de Castilla a fines de la edad media e inicios de la edad moderna. Cuestión que apenas ha suscitado la atención de los investigadores hasta fechas muy recientes, en gran parte como fruto de la carencia en dichos territorios de fuentes documentales seriadas (protocolos notariales, libros de tenderos, inventarios post-mortem, etc.) para los tiempos medievales. Lo que pretendo es comprobar si se pueden aplicar aquí algunos de los postulados formulados por la bibliografía internacional (McKendrick, Brewer, Porter, Roche, Goldthwaite, Spufford, Dyer, Malanima, Munro,...) para otras regiones europeas. Para ello he escogido como campo de análisis el estudio del consumo textil, ya que, dejando aparte el consumo alimentario, éste fue el más importante en las sociedades preindustriales, amén de haber dejado múltiples rastros documentales.

Estudio el consumo de textil en sus dos vertientes: Vestir el cuerpo y Vestir la casa. A través del análisis de diversos inventarios post-mortem de miembros de las oligarquías urbanas, de menestrales y de campesinos de diversos lugares del valle del Duero, junto con el de diversos libros de tenderos de Medina del Campo, compruebo el alto nivel de consumo textil de dichas poblaciones. Compras de tejidos que van aumentando conforme avanzamos el siglo XV, pero que se disparan a partir del reinado de los Reyes Católicos, a la par del crecimiento económico. Analizo el tipo y características de las telas, su procedencia (nacional y extranjera), su color y su precio, mostrando cómo el mercado textil era entonces muy diverso, para adaptarse a los diferentes tipos de demanda, pero también de acuerdo a los cambios de la moda. A primera vista, comprobamos cómo la acumulación textil era, al igual que en otras zonas de Europa, una de las principales manifestaciones externas de la riqueza de sus propietarios. “Lujo y decoro” se impusieron, también, en los territorios castellanos a finales del siglo XV, cuya manifestación más clara fue la generalización del consumo y del comercio de los objetos “al uso de Flandes”. Otra de las conclusiones que se pueden sacar del análisis de nuestro trabajo, es el elevado nivel de consumo que tenía la sociedad castellana de aquel momento. Tanto los grupos sociales acomodados, como los populares y campesinos, compran todo tipo de tejidos. Aunque hay una segmentación de la demanda, según sus poderes adquisitivos, no es raro encontrarnos con clientes de muy bajo nivel adquisitivo, como una pobre viuda o una prostituta, adquiriendo un tejido extranjero de tipo y precio medio. Pero, al mismo tiempo, vemos que todos los grupos sociales recurren al mercado para adquirir los tejidos que necesitan para vestirse, lo que aleja al habitante del valle del Duero de la visión, que muchas veces se ofrece en determinados trabajos, de ser un campesino pobre, aislado, autosuficiente y que sólo recurre al autoconsumo.


Familia y economía en la comunidad rural inglesa, c. 1300

Phillipp Schofield
Aberystwyth University

Uno de los rasgos de la reciente historiografía sobre la economía inglesa medieval ha sido el énfasis sobre su nivel de comercialización, el papel del mercado y el grado en que incluso las personas de bajo nivel estaban implicadas en la actividad económica más allá de la familia. En este sentido la familia, que durante un tiempo fue el eje de la discusión sobre el campesinado inglés medieval, ha perdido un poco de relevancia, por lo menos en relación a la fuerte presencia en nuestros trabajos de los temas económicos y comerciales, desplegados por un campesinado sólido e integrado económicamente y casi políticamente.

Sospecho que la marea está refluyendo un poco y podemos ver un cambio de dirección de este foco centrado en el mercado hacia otros aspectos de la economía y la vida rural, uno de los cuales podría muy bien ser un examen más esmerado de la relación de las asociaciones familiares con factores externos, incluyendo el mercado. En las páginas que siguen me gustaría examinar este reflujo, considerando las maneras en que operaba una economía familiar en el mundo rural medieval y considerar también lo que podríamos entender por economía familiar en este período o incluso en otro. En una reciente colección de artículos sobre la familia en la Inglaterra de los primeros tiempos modernos los editores, en su introducción, señalan que “dentro de la economía rural y protoindustrial la casa familiar era la base de la vida económica y de todos los miembros de la familia (hombres, mujeres o niños) se esperaba que fuesen económicamente productivos (H. Berry y B. Foyster, “Introduction" a The family in early modern England, Cambridge, 2007, p, 9). Aunque puede resultar discutible la aplicación de esta generalización, y volveré a algunos ejemplos que lo verifican un poco más tarde, es cierto que en la Inglaterra preindustrial los miembros de la familia constituían normalmente la fuerza de trabajo de la economía doméstica de la familia individual. Empezaré considerando algunas de las maneras en cómo funcionaba en la comunidad rural inglesa medieval antes de volver a discutir las maneras en que esta relación (entre miembros de la familia y economía doméstica) no se aplicaba del todo.

Esta discusión se sitúa dentro del contexto de la Inglaterra rural anterior a la Peste, en un período en que la población se acercaba a su máximo medieval y una floreciente economía rural extendía las oportunidades económicas para individuos y familias, pero sobre una baza económica que era frágil y en la que presiones importantes operaban sobre los recursos. El cuerpo de materiales documentales para la familia medieval, por lo menos para las familias campesinas y especialmente las de los enfiteutas relativamente acomodados, se conserva en los registros de las cortes señoriales así como en otra documentación auxiliar, como los registros fiscales y los registros judiciales centrales, incluyendo los tribunales de los coroners. Haré referencia a una serie de ejemplos extraídos de estos documentos, en lo que se debe entender fundamentalmente como una panorámica de cuestiones y aproximaciones al tema.

I
La economía de la familia medieval: los miembros de la familia como eje de la economía doméstica

Para las familias del Occidente medieval, la probabilidad que el bienestar y la seguridad de los miembros de la familia dependiese del trabajo de uno o dos proveedores principales era remota. No deja de ser una obviedad, pero con fundamento, sugerir que la familia dependía sobradamente, si no totalmente, del trabajo de sus partes constituyentes. Ciertamente el esfuerzo combinado de los miembros de la familia para asegurar la economía familiar parece razonablemente evidente y nos podemos aproximar desde varias direcciones, incluyendo la consideración de la economía diaria de la familia, el papel de la familia en la acumulación de excedentes y la familia como proveedor nuclear. En términos de economías cotidianas, tendemos a pensar en una división del trabajo que permitiese a la familia operar a su máximo potencial. Así, por ejemplo, es un lugar común distinguir el trabajo de la familia según el género y la edad, con las mujeres y los jóvenes efectuando tareas diferentes de los hombres adultos. Se suele asumir que es en los momentos de crisis y de dificultades en los mercados laborales cuando las mujeres participaban más en el mundo masculino de trabajo, como en el campo inglés posterior a la Peste. En su mayor parte las pautas de empleo femenino, dentro de la familia, estaban dominadas por lo que podríamos definir como tareas domésticas, incluyendo el mantenimiento de la intendencia diaria de la vida familiar: la cocina, el cuidado de los niños y empleos agrícolas relativamente ligeros como espigar o el trabajo relativo al cuidado del ganado. El registro de muertes accidentales de mujeres y jovencitas suelen situarlas dentro o cerca del hogar familiar y bien a menudo su muerte se asocia a tareas domésticas. Por el contrario, las muertes de hombres, adultos y adolescentes, tenían lugar más a menudo lejos de casa, a veces como resultado de lo que podríamos considerar tareas mayoritariamente masculinas o exclusivamente masculinas. Las fuentes literarias, como el poema inglés de finales del siglo XV, Balada de un marido tirano, también dejan clara la conciencia contemporánea de las distintas esferas de la ocupación familiar.

Por lo que respecta al papel de la familia como generadora de producción y excedente, la conceptualización de la economía campesina ha tendido a ver una aportación en la productividad de la economía doméstica basada ampliamente en los esfuerzos de los miembros de la familia. Así, por ejemplo, el trabajo en la explotación familiar se basaba en el esfuerzo de los miembros masculinos de la familia, mientras que el trabajo en esta actividad económica central se hacía posible gracias al trabajo de otros miembros de la familia en otras áreas. Así, por ejemplo, el modelo de Christopher Dyer de la economía agrícola de un enfiteuta rico de los Midlands, Robert le Kyng, se ha centrado inevitablemente sobre la gestión de la explotación agrícola. La familia, según los cálculos de Dyer, era capaz de generar un excedente razonable que la sostenía durante los años malos. Sin embargo, como observa Dyer, la economía familiar y su producción podrían haber incorporado otros elementos, incluyendo el producto del trabajo femenino, como la fabricación de cerveza e hilatura (C. Dyer, Standards of living, 1989, p. 115). De manera semejante, los hombres y a veces las mujeres podían actuar como acreedores o agentes y factores en otros aspectos, actividad que también contribuía a la economía doméstica. Los que estaban implicados combinarían normalmente su actividad agrícola con otras actividades económicas significativas. John Parkgate, un enfiteuta del señorío de la abadía de Westminster en Birdbook (Essex) en el siglo XIV, era también carpintero en la reserva señorial, donde trabajaba noventa o más días el año, junto a su ayudante, posiblemente su hijo. Puede haber sido este trabajo adicional y lucrativo, apoyado por su familia, lo que le permitió incrementar su explotación y, por ejemplo, arrendar más tierra. La familia también servía, evidentemente, como proveedora central de activos, cosa que permitía, por ejemplo, a los miembros individuales de las familias establecerse por cuenta propia. Sin duda la herencia del suelo familiar y las donaciones post mortem y pre mortem fueron fundamentales para las expectativas y oportunidades de los hijos de las familias más ricas, y también, como veremos después, para los vecinos más pobres. Dentro de las familias, incluso las que disponían de excedentes relativamente importantes, no todos los miembros se beneficiarían, evidentemente, en un mismo grado, y las distinciones de edad y género, condicionadas por las normas tradicionales de herencia, tenían una gran influencia sobre las oportunidades que la familia concedía al individuo. La inversión en el mercado de la tierra, entre otros, también permitía a los cabezas de familia establecer la parte de la herencia que podía ser redistribuida en especie o en dinero a su muerte. La investigación de Richard Smith sobre el mercado de la tierra en Suffolk en el señorió de Bury St Edmunds de Redgrave hacia 1300 ilustra la manera en que las familias campesinas podían acumular considerables parcelas del suelo y redistribuirlas después, a menudo en acuerdos extrafamiliares, pero por lo menos con la posibilidad de que las transferencias permitiesen también una redistribución del capital familiar entre los hijos como donaciones pre mortem. (R.M. Simth (ed), Land, kinship and life-cycle, Cambridge, 1984).

II
La economía familiar: excepciones a la norma amplía

Si bien podemos estar tentados de pensar en la familia y la economía doméstica como algo de tipo universal, también resulta evidente, por supuesto, que las unidades familiares no estaban diferenciadas del todo, no eran enteramente autosuficientes ni estaban separadas del mundo exterior. Este modelo, en un contexto campesino, se podría aplicar más al virgater o yardlander (teniente de una explotación extensa, capaz de sostener una familia razonablemente una amplia familia, la conocida como tierra unius familie). Incluso en estas circunstancias, la economía familiar estaba lejos de estar aislada, y recorría a fuerza de trabajo externa, se involucraba en la actividad económica, comprando y vendiendo, pagando la renta y otras obligaciones, etc. El concepto de una economía familiar autosuficiente aún resulta más inadecuado para quienes no podían esperar vivir de su propia tierra y producción.

En este sentido, el volumen de las familias resulta evidentemente importante. Zvi Razi describe, para Halesowen, las presiones centrípetas y centrífugas de las familias campesinas más pobres y más ricas sobre sus propios miembros, con la posibilidad de que las familias más pobres no pudiesen mantener a sus miembros más jóvenes más cerca del hogar en comparación con sus vecinos más ricos. En Halesowen, este era el caso de las familias más ricas, cuyos recursos colectivos estimulaban, a través del matrimonio, la herencia y la compra del suelo en el mercado local de la tierra, y la consolidación de sus miembros, si no en grupos domésticos singulares, por lo menos en grupos de parentesco “extendidos lateralmente”. Por el contrario, los individuos más pobres tendían a ganarse la vida en otros lugares. (Zvi Razi, Life, marriage, and death in a medieval parish. Economy, society and demography in Halesowen, 1270-1400, Cambridge, 1980; ídem, “The myth of the inmutable English family”, Past and Present, 140, 1993, pp. 3-44).

Eso –por continuar con los comentaristas de la familia inglesa medieval— provocaba también comportamientos diferentes en términos de matrimonio y formación del grupo doméstico. Sobre la base que la formación del grupo doméstico dependía de la adquisición de los recursos necesarios, los hijos más pobres y sin derecho a la herencia no podían esperar acumular propiedad a través de la herencia o de donación familiar, sino a través de su trabajo (un sistema de formación del grupo doméstico llamado “proletario” o “asalariado”). Por contra, la herencia de propiedad y la oportunidad que daba para el matrimonio y la formación del grupo doméstico, en un modelo “campesino” o “nicho” de formación del grupo doméstico, podía permitir también un matrimonio más precoz con consecuencias positivas para la fertilidad y el tamaño de la familia (ved, por ejemplo, L.R. Poos, A Rural Society after the Black Death: Essex 1350-1525, Cambridge, 1991).

Importantes para nuestra indagación, estas diferencias en los sistemas de formación del grupo doméstico ilustran las posibles diferencias en términos de la economía familiar y la capacidad de los individuos para permanecer dentro esta economía y ser capaces de prosperar. Si consideramos el caso de las familias más pobres en la comunidad rural, debemos tener presente su relativamente pequeño tamaño y la mayor preponderancia de las familias nucleares de dos generaciones. También podemos anticipar que eran los hijos de estas familias los que se veían obligados a buscar sus propias oportunidades económicas en otras partes, quizá como criados domésticos en otras familias vecinas o en las ciudades y otros pueblos, como trabajadores asalariados.

Ciertamente, cuando consideramos la importancia del servicio en la economía medieval, incluso en el período anterior a la Peste Negra anunciaba un aumento del nivel de vida, nos quedamos impresionados por su omnipresencia, incluso entre las familias campesinas. La fiscalidad, sobretodo los fogajes del final del siglo XIV, ilustran las diferentes ratios por sexo entre la ciudad y el campo, con una aparente concentración de las mujeres solteras en las ciudades y una más alta proporción de hombres en el campo. Los registros judiciales locales también revelan, a menudo en referencias de pasada, la presencia de criados en las familias campesinas y en las de sus superiores sociales. Así, por ejemplo, en Birdbook, Essex, en el siglo XIV, es evidente que los curas locales y los enfiteutas más ricos empleaban criados en una serie de tareas, incluidas varias actividades sospechosas, como cazar y pescar en cotos y el rescate ilegal de bienes y ganados secuestrados (embargados). Algunos de estos criados tenían relación con sus amos, como indican las fórmulas filius et serviens y filia et manipasta.

De manera similar, y por volver a uno de los temas mencionados al principio de este resumen, el mercado, incluyendo el mercado de la tierra, que ha sido objeto de muchos estudios en los últimos años, pone de relieve la naturaleza de la economía familiar. La buena disposición a participar en el mercado se consideró en un primer momento casi antitética a una economía campesina; por el contrario, ahora no sólo no debemos desvincular del todo los mercados de los campesinos, sino reconocer más bien que las actividades mercantiles desafían una visión de la economía familiar campesina (un modelo casi autosuficiente), al mismo tiempo que admiten otros. La extensión de la participación campesina en el mercado o en el trabajo asalariado estaba claramente condicionada, tanto en la comunidad rural inglesa como en otras partes, por estos factores en las costumbres familiares y locales, el control del señor y la capacidad de los mercados locales para apoyar la actividad económica. Además, allí donde fallaban los mercados a la hora de proteger a los consumidores individuales, como durante los años de crisis del siglo XIII y comienzos del XIV, cuando los precios del grano, por ejemplo, aumentaron enormemente, no queda claro que los individuos pudiesen recorrer a sus propias familias para obtener seguridad. Muy a menudo, evidentemente, no podían.

Por otro lado, la capacidad de una familia para sostener a sus miembros o “tirarlos por la borda”, dependía en una parte no pequeña del tipo de recursos que podía generar. Pero estos grupos domésticos con recursos relativamente extensos podían encontrar espacio para cuidar de los menos capaces o incapaces de contribuir a la economía doméstica. De hecho, la capacidad y la disposición para hacerlo podría también ser consistente, por lo menos en este grado, con una indicación de las elecciones de consumo de las familias campesinas individuales y su riqueza relativa, distinciones razonablemente evidentes, por ejemplo, en la retirada y el mantenimiento de acuerdos entre los padres ya mayores y sus hijos, así como las provisiones relativas al cuidado y la educación de los hijos pequeños de la familia (R.M. Smith, “The Manorial Court and the Elderly Tenant in Late Medieval England”, en M. Pelling y R.M. Smith, eds., Life, Death and the Elderly Historical Perspectives, Londres y Nueva York, 1991). Estas elecciones, por lo que respecta a los excedentes, podrían ser también evidentes en el tratamiento de la caridad y de los legados testamentarios. Elecciones como el cuidado de los hijos o de los padres mayores, afectaban necesariamente a las expectativas económicas inmediatas de la familia, pero tenían otros beneficios sociales y económicos.

Conclusión

En este resumen de algunos de los temas potenciales relativos a la economía familiar en la comunidad rural inglesa en la Edad Media, incluyendo la extensión de la aportación individual a la economía y la disposición de los miembros individuales a invertir en sus familias o buscar oportunidades en otras partes, podrían quedar excesivamente ocultos. En un reciente estado de la cuestión sobre la economía familiar y doméstica en los últimos siglos, Pfister ha considerado, entre otros temas, las maneras en que las familias individuales condicionaban su respuesta a las necesidades de la propia economía doméstica de forma consistente con la extensión y sofisticación de ésta. Así, por ejemplo, las mujeres en grupos domésticos campesinos amplios podían ajustar su actividad económica para coincidir con tareas agrícolas, mientras que los miembros femeninos de los grupos más pobres en el campo se identificarían más normalmente con la ocupación como jornaleras o trabajo asalariado regular (U. Pfister, “The Proto-Industrial Household Economy: Toward a Formal Analysis”, a R.Y. Rudolph (ed.), The European Peasant Family and Society. Historical Studies, Liverpool University Press, 1995). Trabajos posteriores sobre la economía doméstica y familiar de la comunidad rural medieval podrán ilustrar, quizá por encima de todos los estudios microhistóricos basados en la relatividad de la riqueza, la diversidad de respuestas que abrían o forzaban a los individuos y sus familias en este período, en las formas descritas por Pfister para períodos posteriores. De la misma manera, el grado al que los individuos y sus familias estaban inmersos o no en relaciones y dependencias económicas más allá de sus propias familias es un aspecto muy importante en nuestra consideración de la familia y la economía rural del período. Temas como la relevancia del trabajo asalariado, los procesos de conmutación, la extensión en que la tierra podía ser comprada y vendida más allá de la familia, la proximidad de mercados urbanos y las influencias de los miembros del grupo doméstico lejos de los hogares familiares son todos altamente relevantes para la discusión de la familia campesina medieval; ilustran su diversidad y sobre el tipo y el orden de los factores que contribuían a determinar y explicar esta diversidad.


Las dotes y el coste de los matrimonios en el campo gerundense bajomedieval

Rosa Lluch Bramon
Universitat de Barcelona

Mi objetivo es estudiar los matrimonios entre los campesinos de remensa en la llamada Región de Girona. La gran mayoría se casan con otros remensas, y esto conlleva que sigan siendo personas jurídicamente no libres, aunque si el cónyuge y el mas en el que entrarán pertenecen a otro señorío, tienen que redimirse previamente. Así pues, antes de casarse tienen que comprar su propia libertad, es decir tienen que satisfacer un pago económico extra. Por otro lado, algunos campesinos cuando se casan con remensas originarios de otros señoríos también tienen que pagar el mal uso llamado “firma d’espoli forçada” que les exigía su señor por autorizar el seguro de la dote que recibían de los cónyuges que entraban en el dominio. Otro pago extra. Todos, además, pagaban o recibían una dote.

Así pues, algunos de estos campesinos tenían que sumar al gasto habitual de la dote, el pago de una redención o al pago de la “firma d’espoli forçada”. Mi objetivo, pues, es ver si hay alguna relación entre las dotes pagadas y los malos usos exigidos y si hay una pauta que explique por qué unos remensas se casan con personas de otros señoríos, con lo que tienen que satisfacer otros pagos o a su propio señorío o al del cónyuge e intentar ver si se debe a su diferente potencial económico o a intereses puntuales o a la falta de ofertas, entre otras posibles explicaciones.


Entre la familia y la comunidad: las solidaridades elementales

Ferran Garcia-Oliver
Universitat de Valencia

Los campesinos de la edad media, como las otras clases sociales, no disponían de «cobertura social» en los aprietos, la enfermedad o la vejez. Se trata de derechos conquistados por las sociedades modernas. El futuro debían contemplarlo a menudo como una amenaza, desde un presente incierto e inestable. Porqué ya no se trata del telón de fondo de la guerra, de la carestía o de la epidemia, fenómenos intermitentes, casi endémicos, una vez traspasado el umbral del siglo XIV, sino del día a día de la familia campesina y de las vicisitudes de su explotación. Para sortear los escollos que en forma de deudas, enfermedades, multas, condenas o cosechas desastrosas, el campesino necesitaba de los otros. Sin el tejido ayuda familiar y comunitaria, limitada pero eficaz, muchos, sobre todo los más humildes, habrían visto degradada aún más su situación.

El presente trabajo indaga sobre la manera cómo los campesinos desplegaron un conjunto de resortes destinados a la ayuda mutua. Los primeros, sin duda, provenían de los que era capaz de segregar la familia, en forma de protección y socorro de sus miembros. El paso decisivo viene de la mano de las instituciones comunitarias, con la creación a instancias municipales o privadas de hospitales, limosnas y cofradías.

Estas últimas no conocieron la misma difusión extraordinaria que en la ciudad, pero no dejaron tampoco de arraigar en el campo i así extender sus servicios de protección y ayuda en los apuros. Sobre todo prestaban el socorro espiritual y material imprescindible en las enfermedades y en las horas postremas de la vida. Sin duda, las familias desestructuradas, las viudas, los viejos solitarios e inválidos eran los que más tenían que agradecer el auxilio de los cofrades.

Los objetivos de las cofradías no se quedaban en una simple prosa retórica de buenas intenciones. Rigurosamente cumplían lo que se habían propuesto, y para conseguirlo disponían de una sólida organización interna y de un capital que se nutría de las donaciones, las limosnas y los propios bienes, integrados por tierras, casas y censales. Con estos fondos podían en algunos casos incluso suministrar ayudas apremiantes, al margen de la programación anual. En este sentido, el 28 de septiembre de 1423, Pere Cabestany y su esposa Estefanía recibieron 100 sueldos de manos de Pere Brusca, uno de los administradores de la cofradía dels Lletrats de Vilafranca, cerca de Morella, que incluían la suma que la citada cofradía había concedido a Estefanía para su matrimonio—quos dicta confratia michi, dicte Stefanie, amore Dei promisit in aiutorum nostri matrimoni— y la soldada por haber servido en casa del dicho Pere Brusca —pro tempore que vobis servivi et in serviatur domus vestre permansi.

Con todo, uno de los fenómenos más interesantes desde el punto de vista asistencial es el de la constitución de limosnas, almoines. A diferencia de las cofradías, estas se creaban a título privado e individual —o limitado a la pareja matrimonial— y se inscriben en las coordenadas de la piedad y la caridad cristianas que recorren de arriba a abajo los siglos medievales. Laicos, pero también eclesiásticos, en vísperas de la muerte destinaban una suma de dinero, variable según la fortuna, a fundaciones asistenciales. Confiaban así ganarse la vida eterna, pero gracias a estas inversiones espirituales parientes, vecinos y forasteros cubrían necesidades urgentes. Las había que iban dirigidas exclusivamente a miembros de la parentela, mientas que otras distribuían ayudas a todo el vecindario e incluso fuera de la propia comunidad. En marzo de 1403, Domingo Montreal, un humilde campesino de la Mata, reconoció a los albaceas de la limosna de Domingo Sanxo haber recibido 150 sueldos para el matrimonio de su sobrina Sanxeta, por un lado, y por otro dos cahíces y dos fanegas de trigo «para proveer un hijo mío que está debilitado» (per hobs de proveyr hun fill meu qui és debelitat), es decir, enfermo. Montreal había recibido un total de 469 litros de trigo, un poco más de la provisión anual de un adulto.

Otras limosnas eran mucho más modestas y de ninguna de las maneras podían alcanzar estas cifras. Pero como que no era preceptivo un capital elevado de partido, abrieron las puertas a particulares modestos a la creación de limosnas y, por lo tanto, a la extensión de la red asistencial. En Vilafranca funcionaban cuatro al menos, pero seguramente serían más.

Así pues, a comunidad campesina, se mostraba como un ente solidario que desplegaba estas mismas funciones que la familia no hacía o no podía, y aún añadía otras. Los vecinos y los parientes esperarían impacientemente la apertura de los testamentos de los ricos, y de las ricas, del lugar. Si bien se mira, su muerte era una ocasión para el reencuentro comunitario. Ellos y ellas lo habían preparado todo para que su recuerdo perdurara a través de misas, aniversarios, fundaciones, donaciones piadosas y reparto de limosnas a las parroquias, los hospitales y las cofradías. El día del entierro y a veces en alguna otra fecha señalada habían dispuesto una comilona que aún hacía más intensa y sentida la presencia del difunto. Los albaceas de Antoneta, una viuda acaudalada de Vilafranca, anotaron el 10 de mayo de 1414 que habían gastado en la pitanza ordenada por ella 56 sueldos y 6 dineros, repartidos entre dos fanegas de trigo (67 litros), que costaron 11 sueldos; el vino, 10 sueldos y 4 dineros; la carne, 28 sueldos y 4 dineros, y las salsas, 3 sueldos y 10 dineros (pimienta, clavo y azafrán), junto con 2 sueldos que «el día de la pitanza habían dado a pobres vergonzantes, esto es, a cuatro, VI dineros y pan y vino de la pitanza», más otro sueldo que «que habían dado a una mujer que les preparó la comida y hacer la escudillas y otras cosas».

La primera instancia de apoyo, sin embargo, procedía de la familia. Sus miembros se ayudaban de muy diversas maneras. Así, podían comprarse tierras por un valor superior al que pagarían vecinos y forasteros; los parientes entraban como fianzas de bienes o personas en actas firmadas ante el notario o la corte local; se dejaban las monedas por las que el prestador habría exigido un elevado interés, y probablemente animales de tiro y herramientas de labranza; recogían los huérfanos y asumían cargos de tutores o albaceas que no daban sino quebraderos de cabeza.

En la práctica la familia campesina funcionaba como una pequeña empresa, a la manera de los artesanos. La solidez del vínculo conyugal era indispensable para superar todos y cada uno de los problemas que planteaba la vida cotidiana en el campo. Por esta razón la mujer se constituía en el mejor aliado del marido. Participaba en operaciones económicas que interesaban a la casa, trabajaba a veces por su cuenta y, si el matrimonio había funcionado, mutuamente se nombraban herederos y usufructuarios de los bienes en nombre de los hijos menores de edad y por casar. Al ser la dote intocable y tener prelación por encima de posibles acreedores, la esposa preservaba el núcleo de bienes para el sostenimiento familiar. De todas maneras no se tendría que mistificar la familia campesina como un ámbito de relaciones idílicas y de solidaridades irrompibles. Todo apunta, por el contrario, hacia la frecuencia de auténticos infiernos domésticos, de los que, por supuesto, la mujer era la que salía más perjudicada.

Joan Satorre ni quiso ocuparse de su mujer enferma y la «retornó» a sus padres. Este episodio muestra la fragilidad de la familia campesina, de consumos limitados y de niveles precarios de vida, desestabilizados aún más por la enfermedad incurable de la mujer. Joan era un pequeño campesino de Gorga, y Elionor hija también de campesinos de Cocentaina, ambos lugares en el interior meridional del País Valenciano. Bien pronto tuvieron un nicho, Lluís, y todo presagiaba que esta familia sucumbiría al anonimato. Sin embargo, tres o cuatro años de matrimonio después, Elionor empezó a sentirse mal. Joan padecía «muchos gastos y daños en su casa», seguramente deudas debidas a la atención médica y farmacéutica de Elionor. Al cabo de dos años de declararse el mal, Elionor había «perdido el oír y casi el hablar», de manera que ella «no estaba para nada». Seguramente, pues, una enfermedad degenerativa la devoraba. Antes de la catástrofe final, es decir, antes de quedar sin nada, Joan llegó a la conclusión que lo mejor era que la cuidaran los padres de ella —Francesc Munyoç y Elionor, con el mismo nombre que la hija. Pero los padres no estaban dispuestos tampoco a aceptar una carga sin ninguna compensación. Las primeras conversaciones fracasaron. Fue necesario, como es habitual en estos casos, la intervención de «algunas honradas personas a beneficio y concordia».

El 13 de septiembre de 1480, los suegros llegaron a Gorga. Ante el notario admitieron, primero de todo, que «la sustancia del dicho Satorre no podía sostener a Elionor sin trabajo y faena» y que era necesario entenderse para «que totalmente el dicho Satorre no se destruya y la dicha Elionor, su esposa, sea mejor y más cómodamente servida en casa de los dichos cónyuges». El padre y la madre decidieron acoger la hija y prometieron que mientras viviese «la tendrían y la sostendrían, la alimentarían, la calzarían y la vestirían y servirían». Mas el marido deberá ayudarles en la alimentación de Elionor con una barchilla de trigo cada mes, o sea, 16,75 litros o la mitad de la ración de grano de un adulto. Por otra parte, Satorre se compromete a dar a su mujer Elionor «si viva será, paño de color para unas faldillas». Y además, renuncia a los 130 sueldos que quedaban a los suegros para liquidar la dote de 390 sueldos de la hija, a pesar que se quedaría el resto en el caso que el pequeño Lluís muriese antes de llegar a la mayoría de edad y Elionor muriese también «sin haber dispuesto de sus bienes, la eventualidad más probable si, como los mismos padres reconocían, ella no estaba ya «para cosa alguna».

Así pues, la compasión no puede ser rechazada para la enferma. Pero es un hecho que el marido se desinteresó de su esposa. En la balanza de sus propias opciones pesaran más salvar la casa, la irrisoria explotación que trabajaría, asegurarse un mínimo de comida, no agravar aún más las miserables condiciones de vida que llevaría.

El episodio de Elionor confirma que la vida en el campo era un sortear de escollos. Contra el desamparo, la soledad, la enfermedad, los campesinos desarrollaron instituciones de apoyo, solidarias en los apuros. Todo en lo que la familia no podía ayudar, y era mucho, lo asumían las cofradías, los hospitales y las limosnas.

Podemos afirmar que todos estos resortes comunitarios y familiares contribuyeron poco o mucho en la mejora de las condiciones de vida y en el sostenimiento del consumo. ¿Pero qué es el consumo en el mundo rural medieval? Si aceptáremos sin más la idea de una «revolución del consumo» a partir del siglo XVIII, por la extensión, la profundidad y el número de los productos en circulación, nos llevaría al absurdo de rechazar esta noción de consumo para los siglos anteriores, y mucho más para la edad media. Como los fenómenos del mercado o del estado responden a otra lógica. La intensidad y el volumen, decisivos sin duda, no son los únicos parámetros de avaluación. La sociedad medieval consume sencillamente de otra manera. Las limitaciones obvias de la producción, del sistema productivo y agrícola y artesano, levantas techos infranqueables. No se puede consumir lo que no existe, pero tampoco lo que no se conoce, ni, por tanto, no hay necesidad social de ello. Un burgués obligatoriamente no consume más que un labrador acomodado, ni un noble que un burgués. Hay casas campesinas más llenas que las de su propio señor.

Los valores de hoy en día para medir los niveles de vida medievales provocarían distorsiones si intentáramos hacer cualquier comparación. Los criterios son unos otros, empezando por los de la riqueza y la pobreza. El componente «extraeconómico», social, psicológico también, no se puede desligar del consumo campesino. El trabajo es tan pesado, los rendimientos tan aleatorios, el futuro tan imprevisible, que las familias consumen pero no derrochan. Aquí impera el sentido del ahorro, del provecho y el reciclaje. Es una sociedad en este sentido «sostenible», o bastante sostenible, donde las operaciones económicas de cualquier signo están fuertemente personificadas. El mutuo conocimiento previo, la existencia de una relación presidida por la amistad —o el odio—, condiciona no sólo la frecuencia y el alcance de los intercambios sino también la misma naturaleza de los precios. El precio de un producto, en efecto, a menudo depende del grado de parentesco, amistad o conocimiento, pero también del número de fianzas, testimonios, tutorías o albaceazgos previamente concertadas. La ausencia de cualquier de estos gestos, a la hora de negociar un precio, es tan o más significativo como la asiduidad.

Sobre esta sociedad rural pesa, por otra parte, la noción de pobreza cristiana y condena moral de la riqueza y del lujo, actitudes que tienen su reflejo más inmediato en las legislaciones urbanas destinadas a prohibir ciertas formas de ostentación y pompa, pero también en las mandas testamentarias, sobre todo de los más opulentos, convencidos que con la limosna para con los desventurados podrán redimir la mancha de la propia riqueza. Sin duda son mecanismos de control social, como también de encubrimiento de las diferencias. No hay que exteriorizar desmesuradamente la riqueza sino diluirla. La práctica de la caridad, mediante la que circula vertical y horizontalmente una gran masa de capitales y bienes, responde a esta voluntad de disimulación de los contrastes y de integración de todos los sectores sociales.

El consumo rural de un artículo, por lo tanto, es más complejo que la simple satisfacción de una necesidad. No pocos gastos vienen impulsados en buena medida por convenciones sociales (armas), estrategias de prestigios (pan blanco de trigo), alianza y «valor» de las mujeres (joyas), emulación (ropa), inversiones espirituales (institución de limosnas, cofradías, misas, caridad).

Sin embargo, ni la emulación ni la necesidad agotan tampoco las razones de las compras y las ventas por las que corre el consumo. El campesino se desprende del poco dinero que tiene sencillamente porqué quiere y desea el pequeño pero intenso placer que puede conseguir con él. La voluntad y la posibilidad de satisfacer los deseos nos advierte que en la medida de las condiciones de vida y los niveles de bienestar intervienen otros componentes además de la riqueza, y que sin duda el baremo de los precios y los salarios, con ser importante, es insuficiente. ¿Llevaban una existencia feliz estos campesinos? Las impresiones son contradictorias. Cuando percibimos los gestos de la vida cotidiana emergen con actitudes bulliciosas, transgresoras, a veces divertidamente transgresoras y festivas. Los vemos, así, en amables veladas nocturnas junto fuego que reúne parientes, amigos, forasteros de paso, donde no faltan las canciones y las notas de algún instrumento; en lugar de ir a trabajar se enredan en juegos corales e incitadores, como la pelota; visitan ferias y mercados; invitados, acuden a bodas lejanas; depositan la salud del cuerpo enfermo en adivinadores y curanderos, pero también en médicos profesionales que exigen altos honorarios; consultan frecuentemente al albéitar, puesto que estiman a los animales como uno más de la casa; mueren como buenos cristianos con la esperanza que el paraíso no les será negado, mientras los cofrades y las cofrades, o sencillamente, los vecinos, rezan y participan en las misas que desde el preceptivo testamento han encargado los difuntos para acortar la larga y penosa espera en el purgatorio. ¡Qué felicidad, qué bienestar interior, el de Pasqual Serrano, marcharse de este mundo persuadido que su hermano Pere irá por él desde la Jana a Montserrat y volverá a pie y descalzo para llevar a cabo la promesa que él no ha podido cumplir!

Todo de ello no es ningún obstáculo para constatar una vida campesina dura y muchas veces triste y amarga. I sobre todo no es ningún obstáculo para constatar como para los contemporáneos los campesinos ocupaban el lugar más bajo de la condición social. Más o tanto que las aleatorias evaluaciones de la riqueza personal, es aquí, en los resortes ideológicos del sistema feudal, en la percepción que los otros tenían de los campesinos, que los condena a la invisibilidad, al silencio y a la marginación de la esfera de las decisiones políticas, donde se detectan las más graves deficiencias, y sin duda afectaren enormemente a les condiciones materiales de su existencia.

Las solidaridades colectivas salvaron puntualmente a los más humildes en proporcionarles un auxilio transitorio, y rebajaron las tensiones que de otra manera hubieran podido estallar en reivindicaciones peligrosas. El orden social salió reforzado, los referentes comunitarios también, y el campesino tuvo así acceso a un conjunto de artículos, alimentos y monedas a fin de no sucumbir al hambre y poder sostener a la familia. Esta ayuda colectiva se constituyó como uno de los ejes vertebradores de la comunidad y en uno de los resortes más eficaces de su solidez interna. No cabe duda que las instituciones locales caritativas, de inspiración cristiana, no resolvían los problemas. No los podían resolver porqué cualquier solución pasaba por un recambio radical en el funcionamiento del sistema social. Más aún, todos los engranajes asistenciales sancionaban los principios básicos de este sistema. Mas para los hombres y las mujeres que obtuvieron intermitentemente limosnas, un trozo de pan, ayudas para el matrimonio de los hijos y las hijas, un techo transitorio, un poco de grano o un trozo de pan, es decir, un socorro eventual, sirvieron para aligerar sus tribulaciones.


Los mezzadri toscanos entre el autoconsumo y el mercado (siglos XIII-XV)

Giuliano Pinto
Università di Firenze

A partir de mediados siglo XIII, primero en las zonas interiores de la Toscana, en torno a las dos grandes ciudades de Florencia y Siena, y después en otras partes de la región, se difunde una nueva forma de conducción de la tierra, la denominada mezzadria poderale, que conoció posteriormente una notable fortuna en las regiones vecinas, al norte y al sur de los Apeninos: Romaña y el Véneto; Umbría y las Marcas. Una estructura agraria (el podere) y una forma de conducción (la mezzadria) que ha llegado sin cambios sustanciales hasta los años sesenta del siglo XX.

La naturaleza del contracto era la siguiente: un campesino (el mezzadro) recibía en aparcería una unidad de explotación compacta y de un cierto tamaño (el denominado podere) a cambio de la partición a medias con el propietario de todo lo que obtuviese de la tierra, y del reparto, igualmente a medias, de los gastos necesarios para la gestión de la explotación (compra de herramientas, de animales de trabajo, de abono, de simientes, etc). El podere disponía en general de una casa, donde habitaba la familia campesina, y de toda una serie de infraestructuras agrícolas: alsa, pajar, pozo, cabañas, etc. La explotación de la tierra se basaba en el policultivo, o bien en la combinación de cultivos herbáceos (cereales sobre todo) y arbóreos (viña, olivo, árboles frutales), integrado por la presencia de los animales de corral y de una ganadería estabulada, circunscrita en general a algún cerdo. Esta organización agraria tenía un objetivo bien preciso: abastecer con la mitad de los productos todo lo necesario, o casi, que sirviera para satisfacer las necesidades primarias de la familia campesina, y con la otra mitad asegurar al propietario, y a su familia, parte de los víveres necesarios para el propio sostenimiento. Se trata, pues, de una forma de conducción de la tierra que se basaba esencialmente en el autoconsumo. No sucedía lo mismo en el caso de los campesinos que tenían en arrendamiento tierras con cánones en moneda y que, por tanto, tenían que vender productos en el mercado para procurarse el dinero necesario para pagar el canon; ni tampoco para los que pagaban cánones en especie, que se concentraban en determinados productos (trigo, en general), obligando al campesino a recorrer al mercado.

Veamos como funcionaba el autoconsumo de la familia mezzadrile, en relación al que eran las necesidades mayores.

El primer objetivo era el de satisfacer el consumo de pan, lo que no siempre era fácil. La fuerte presencia de cultivos arbóreos y arbustivos limitaba la tierra destinada a los cereales (la que las fuentes de la época definen a veces como “tierras de pan”, por lo que en años desfavorables podían faltar parte de los cereales necesarios para el autoconsumo: en general se recurría al propietario para pedir préstamos a anticipos en grano.

En el caso del vino, el otro producto fundamental de la alimentación campesina, las necesidades de la familia eran más fáciles de satisfacer. Puede que si dispusiera de excedentes, que hacían posible el recurso, para el consumo familiar, al vino de segundo prensado. Pero estos excedentes difícilmente terminaban en el mercado; más bien, eran cedidos al propietario de la explotación para hacer frente a las deudas contraídas.

Lo mismo pasaba con el aceite, cuya producción era aún bastante limitada en los siglos que nos ocupan.

Fruta y hortalizas también estaban destinadas al consumo familiar, y una pequeña parte podía ponerse a la venta, siempre que los mercados no estuviesen demasiado lejos.
Los cerdos (generalmente había uno o dos en la explotación, a medias con el propietario) satisfacían la necesidad de la carne. Otras proteínas procedían de las aves de corral. En este último caso, alguna familia campesina podía llegar a vender huevos y algún pollo.

En resumen, al mercado sólo llegaban los excedentes de muy pocos productos entre los destinados a la alimentación, y a menudo a costa de sacrificar el consumo familiar.

Naturalmente, calidad del autoconsumo, nivel de vida de la familia y posibilidad de vender algunos productos dependían en buena mediad de la extensión y de la calidad de la tierra cultivada. Por ejemplo, en áreas (como la parte meridional del territorio de Siena) donde los poderi disponían a menudo de espacios incultos y de bosque, los mezzadri podían criar también un cierto número de ovejas (también a medias con el propietario). Tal vez era un niño quien se ocupaba de ello. Los productos que se obtenían (lana, leche, queso, carne) en parte enriquecían el consumo familiar y proporcionaban la materia prima al artesanado doméstico, en parte confluían en el mercado. Lo mismo sucedía allá done las condiciones del terreno permitían el cultivo de lino.

Otro producto que encontramos alguna vez en los cultivos mezzadrili era el azafrán, que nutría un comercio particularmente intenso.

El autoconsumo, por consiguiente, satisfacía la totalidad de las necesidades alimenticias de la familia mezzadrile: para el pan, producto básico, se recorría al exterior sólo para la molienda, después se preparaba y se cocía en casa (el horno no faltaba casi nunca); el vino y diversos productos (hortalizas, aceite, huevos, un poco de carne) eran producidos en el podere. Las capas del atavío y los zapatos se compraban en el exterior; pero se trata de compras excepcionales. Los vestidos duraban mucho, se usaban hasta lo indecible, como demuestran los numerosos inventarios que nos han llegado.

Los espacios para una mayor presencia de animales y de cultivos, cuyos productos eran destinados a la comercialización, se ampliaron como consecuencia de la crisis demográfica que afectó al campo toscano desde mediados siglo XIV. La población campesina se concentró en las mejores tierras; los poderi menos fértiles fueron abandonados, otros fueron concentrados.

La menor demanda de cereales, cuyo precio tendió a bajar, hizo que se dieran mayores posibilidades para cultivos alternativos. Lo que se desprende de una serie de contratos de mezzadria de la segunda mitad del siglo XIV relativos al valle alto del Tevere, que vieron la introducción del guado (planta tintórea de la que se obtenía un producto muy demandado por la industria textil) entre los cultivos presentes en el podere. Un siglo más tarde, será el turno de la morera, desarrollada en función de la sedería y de la producción de seda cruda, muy solicitada por la industria sedera urbana, entonces en plena expansión.

Queda el problema que las fuentes no permiten dar bastante luz sobre la modalidad de comercialización de los diversos productos. Ciertamente encontramos campesino (o más bien campesinas) que iban a vender fruta, hortalizas, huevos, AVIRAM en el mercado próximo; a veces en el mercado urbano, si el podere no estaba lejos de la ciudad, conseguían reunir algunas monedas. Pero para los productos más importantes (los derivados de la ganadería ovina, o de las plantas textiles y industriales, o los mismos excedentes de vino y de aceite) todo parece indicar (y no faltan pruebas en este sentido en la contabilidad de la heredad) que la comercialización pasaba a través del propietario urbano, o a través del administrador en el caso de las propiedades eclesiásticas. Eran ellos los que vendían los excedentes de la familia mezzadrile y hacían las cuentas a favor del mezzadro. Por otra parte, no era raro que fuese el mismo propietario quien proporcionara productos manufacturados y objetos de consumo a la familia campesina, en este caso consignándole la deuda.

La naturaleza de estas relaciones impregnada por una especie de paternalismo ataba con fuertes lazos el mezzadro al propietario; debilitaba la fuerza de contratación cuando se trataba de decidir sobre la subdivisión de los gastos que gravaban el podere o sobre la renovación del contrato.

¿Qué podemos decir, finalmente, sobre los niveles de vida de las familias mezzadrili?

No tenemos que pensar, en primer lugar, en un grupo compacto: la familia -repito- dependía de la calidad y de la extensión de la tierra cultivada. Si en las tareas de los mezzadri circulaba poca moneda por el papel determinante del autoconsumo y los escasos vínculos con el mercado, también es verdad que esta forma de conducción ofrecía en cambio algunas ventajas. Los mezzadri disponían de la casa de habitación y de la leña obtenida de la poda de los árboles utilizada par la cocción de los alimentos y para calentarse; tenían la posibilidad de aplicar en el podere (pero alguna vez y en algunas circunstancias también fuera: trabajos domésticos en el exterior, etc) la fuerza de trabajo de todos los componentes de la familia (mujeres, niños y viejos incluidos), lo que permitía formas de integración del rédito nada menospreciables.

Así pues, en los siglos finales de la Edad Media autoconsumo y escasa frecuentación del mercado no significaban automáticamente condiciones de pobreza extrema. Seguramente, el nivel de vida de mucho mezzadri era superior al de tantos pequeños propietarios campesinos que disponían de poca tierra o de tierra poco fértil. En la jerarquía de las concepciones del tiempo en relación a los que vivían del trabajo del campo, el lugar más bajo no lo ocupaban los mezzadri, sino los asalariados agrícolas, los que no disponían de tierra en arrendamiento o aparcería y que a menudo vivían en casas en alquiler. En las listas redactadas por los párrocos del campo toscano (ya en la Edad Moderna), para señalar a las familias campesinas necesitadas de asistencia, los mezzadri son bastante raros, mientas que los asalariados agrícolas (los llamados pigionali) constituían la gran mayoría.

La confrontación entre las condiciones de vida de los mezzadri y la de los arrendatarios presenta mayores dificultades. Años atrás, una documentación particularmente rica me permitió confrontar algunas propiedades del campo florentino de final del siglo XIV: se trataba de los mismos poderi que fueron concedidos en el arco temporal de algunos decenios, ya fuese en mezzadria o en arrendamiento en especie. La confrontación entre el aumento del canon y la parte alícuota de los productos de los propietarios ha puesto de relieve como la mezzadria era más conveniente para los cultivadores. Pero, por supuesto, hay otras comparaciones. Una podría venir del estudio de la movilidad social del mundo campesino para verificar qué oportunidades se les ofrecía de mejorar la propia condición social. Ciertamente, los estrechos vínculos que ligaban los mezzadri a los propietarios representaban un obstáculo; los arrendatarios tenían mayor libertad y, por tanto, la posibilidad de sacar mayor provecho de las propias capacidades.


El campesinado en la frontera meridional del Reino de Valencia. Del hambre de tierras y el autoabastecimiento a la búsqueda del beneficio y la especulación, ss. XIII-XV

Juan Antonio Barrio Barrio
Universidad de Alicante

En este Seminario dedicado al tema “Pautas de consumo y niveles de vida en el mundo rural medieval”, voy a plantear una valoración global sobre la problemática general de la producción, el consumo y la especulación en el marco del campesinado adscrito a los centros urbanos de la Gobernación de Orihuela, espacio fronterizo con un gran dinamismo productivo y comercial en el contexto de una sociedad militarizada y en un devenir político marcado por los conflictos bélicos que tendrán como principal frente de batalla las tierras murcianas y oriolanas, así como por la inestabilidad señorial y social en el territorio, con importantes consecuencias en el marco de la producción y del control de los principales recursos del territorio.

La conquista y la colonización cristiana de este territorio, realizadas entre la segunda mitad del siglo XIII y las primeras décadas del siglo XIV, tuvo como principal consecuencia la instalación de un número elevado de colonos cristianos que dedicaron sus tierras a la producción de cereales, mientras que los mudéjares mantenían sus producciones tradicionales, almendra, aceite, azafrán o uva pasa. La inicial orientación alimenticia de estas tierras de “pan llevar”, fue dirigida hacia la especulación comercial durante el siglo XV. El resultado final fue un espacio productivo especializado y especulativo, con el trigo de Orihuela, la sal de La Mata, el aceite de Elche, el vino de Alicante o el azafrán y la uva pasa del valle de Elda. En el siglo XV el trigo, la sal, el azafrán y la uva pasa se convirtieron en productos codiciados por los operadores mercantiles que tenían sus redes comerciales en la zona.

En este escenario, las tierras de la Gobernación de Orihuela se convirtieron en un polo de atracción de inmigrantes cristianos, que por la elevada producción cerealista y su mercado urbano, tenían garantizado el consumo diario de pan y acceso permanente a sal gratuita o a bajo coste, además de un amplio mercado laboral a uno y otro lado de la frontera y potenciales expectativas de riqueza económica y progreso social. Para aquellos que no veían cumplida sus expectativas laborales, económicas y sociales, siempre quedaba expedita la vía de la economía de rapiña, ocupación sobre todo temporal, que permitía unos ingresos adicionales, a través de acciones de robo de ganado, saqueo de bienes, corso, piratería y sobre todo el negocio más lucrativo, la captura de cautivos.

Fue, esta sociedad joven y nueva, una tierra de promisión para miles de campesinos, a los que se abría una enorme miríada de posibilidades. Para los campesinos-colonos cristianos, la oferta era muy ventajosa, con la posibilidad de obtener tierras y casas, un oficio, un solar o un taller. Además, con la instalación o el avecindamiento en un centro urbano, quedaba garantizado al nuevo vecino, su derecho de ciudadanía y su libertad jurídica, al amparo del Consell, que protegía su libertad, su persona y su patrimonio y podía beneficiarse de los privilegios regios que había recibido su centro urbano. Los privilegios de libre y franca extracción de bienes y productos con destino a cualquier puerto, villa o ciudad de la Corona de Aragón, actuaron como un importante acicate para aquellos que optaron por la explotación campesina como medio de vida.


Los primeros concentradores de tierras: La casa Ballester de Manacor, 1395-1511

Gabriel Jover Avellà
Universitat de Girona

*Esta comunicación resume los capítulos 3 y 4 del libro La emergencia de la renta de la tierra en la isla de Mallorca. La hacienda Ballester-Togores, 1390-1690. Este trabajo ha sido financiado por el proyecto de investigación HUM2005-04731/HIST, coordinado por la profesora: Rosa Congost Colomer

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«Los primeros concentradores de tierras, ya desde el final del siglo XV, surgieron sobre todo de entre esos pequeños capitalistas de los pueblos o núcleos de población -los comerciantes, los notarios, los usureros-, quienes, en la sociedad económica renovada y cada vez más dominada por el dinero-rey, tenían un papel que era sin duda más oscuro que el de los grandes aventureros de la banca y de los negocios, pero que no era menos eficaz: el papel, en suma, de un fermento» Marc Bloch (1978: 365).

En algunas regiones europeas la temprana desposesión campesina, la emergencia de la gran explotación y el desarrollo de determinadas modalidades de gestión agrarias (contrato de arrendamiento a corto plazo) se han identificado como una primera manifestación de la transición al capitalismo agrario. Estos procesos tuvieron una especial intensidad en algunas regiones de la Europa occidental durante el siglo XV, en la etapa final de la depresión bajo medieval, aunque las fuerzas socioeconómicas y los agentes sociales que los protagonizaron fueron de naturaleza distinta, así como sus resultados duraderos tampoco fueron semejantes. En su esquema interpretativo R. Brenner, entre otros, han enfatizado el papel activo que la nobleza o el patriciado urbano tuvieron en esta primera etapa de acumulación de la propiedad agraria. Estas interpretaciones sugieren un proceso en el cual unos grupos sociales imponen desde arriba y fuera del mundo rural una nueva “racionalidad” a la economía agraria Sin embargo, como reivindica la cita de M. Bloch que encabeza este texto, y ha argumentado toda una tradición historiográfica, el “capitalismo agrario” podía haber emergido, en primer lugar, como resultado del proceso de diferenciación económica del campesinado. Pero, esta hipótesis plantea de entrada dos preguntas: ¿Qué factores provocaron estos procesos de diferenciación campesina? ¿Cuáles eran las condiciones que permitían al campesinado acomodado estar en condiciones más favorables que otros grupos sociales para reorganizar el espacio agrario y modificar las relaciones económicas? Y, por otra parte, estas transformaciones agrarias presuponen el deterioro económico de una franja de campesinos frente a aquellos que mejoraban sus ingresos o riqueza, por ello cabe preguntarse pues, cómo hemos de conciliar esta hipótesis con aquellas otras que sugieren una mejora en los niveles de vida del campesinado durante esta etapa: ¿Cuáles fueron los campesinos que mejoraron su posición durante la depresión bajo medieval? ¿Cómo se expresaba esta mejoría: en la acumulación de tierras, el aumento de los ingresos o bien en el aumento del poder de negociación económica? ¿En qué etapas se verificaron estos procesos de reproducción ampliada de las tenencias campesinas? ¿Cuáles y cómo determinados estratos campesinos consolidaron su riqueza y poder económico a largo plazo? ¿Qué repercusiones tuvieron estos procesos sobre el desarrollo rural y la estructura social de las comunidades campesinas?

Este trabajo es continuación de otros sobre está misma cuestión que tienen como laboratorio la sociedad rural de la isla de Mallorca. En estudios anteriores exploramos las factores socioeconómicos que propiciaron una intensa diferenciación entre el campesinado, e incentivaron en determinadas circunstancias la acumulación en tierras y la formación de una poderosa clase terrateniente en la isla, las formas de apropiación de la tierra y las condiciones que hacían de la adquisición del dominio útil de la tierra una inversión rentable. En este estudio queremos explorar cuales fueron las etapas y las condiciones que permitieron a un estrato de campesinos acomodados ampliar su patrimonio agrario y su capacidad económica. El trabajo toma como base la documentación de la casa Ballester, una familia que a principios del siglo XV integraba el estrato de campesinos acomodados de la villa de Manacor, y a principios del siglo XVI se había convertido en una de las casas de terratenientes rurales más importante de la isla. La documentación reunida sobre esta casa procede de tres conjuntos distintos: en primer lugar de la detallada descripción que el inventario de 1503 nos ofrece de las actividades económicas de esta familia a lo largo de la segunda mitad del siglo XV. Esta documentación, la hemos completado con algunos documentos familiares –mayormente copias de los testamentos del siglo XV-- conservados en el fondo Aiamans, depositado en la Biblioteca B. March; el vaciado de las actas de la serie de la Escribanía de Cartas Reales (ECR), registro que recogía todos los cambios en la posesión de la tierra o cargas sobre ella, para los dominios reales y otros dominios señoriales de los distritos de Manacor y Artà; y por último con los escasos protocolos notariales de la parroquia de Manacor que sobrevivieron a la destrucción de que fueron objeto en el levantamiento de 1519/23. Por último, y no menos importante la abundante información sobre esta casa que contienen las crónicas e historias locales de las villas de Manacor y Artà.

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Feliu Ballester (1360-1423) formaba parte de la élite campesina de la villa de Manacor a finales del siglo XIV. En el catastro de 1395 aparece entre los mayores contribuyentes de la villa, y en 1427 su hijo Joan figuraba entre los campesinos acomodados que eran propietarios de esclavos (cuadro 1). Sin embargo, hasta el óbito de Feliu Ballester su patrimonio inmobiliario era relativamente reducido. Las actas notariales muestran que Feliu fue reacio a la adquisición de tierras, notablemente de grandes explotaciones (alquerías, rafales, predios), y su actividad como comprador se limitó a ampliar y consolidar la pequeña heredad que tenía en el “Pla de la vila” de Manacor, un conjunto de parcelas de secano, viña y huerta, de unas 14 hectáreas en total (cuadro 2). Durante esta etapa la casa Ballester mantuvo sus actividades sobre todo en la esfera del préstamo de dinero, los negocios comerciales y el establecimiento de tierras (previamente compradas en las subastas de las curias señoriales). La combinación de estas actividades, el crédito y el establecimiento de tierras, permitiría a los Ballester revalorizar las pensiones de los censos y censales mediante prácticas usurarias. Paralelamente, estaba involucrado en compañías ganaderas, participaba en el comercio de granos y ganado.

Estas actividades alimentaban y se nutrían del proceso de acumulación de tierras y de las demandas de crédito de otros vecinos. Las casas de campesinos acomodados como los Llodrà, Belloch, Sanceloni, Joan (parroquia de Manacor), Burguny y Morey (parroquia de Artà) aprovecharon las últimas décadas del siglo XIV y primeros decenios del siglo XV para adquirir explotaciones que habían quedado vacantes. Esta estrategia se vio favorecida por las expectativas que se abrían para el negocio de la exportación de lanas y quesos, aunque estos eran unos mercados muy competitivos en esa época. Para ello solicitaron crédito censal a otros vecinos, como Feliu Ballester. Sin embargo, estas ampliaciones de la tenencia campesina se vieron afectadas por diversos factores. Por un lado en esta etapa, 1390-1430, el tipo de interés nominal se mantuvo estable, los precios y la demanda de productos agrícolas descendieron y se produjo un aumento de la remuneración relativa del trabajo, factores que limitaban la rentabilidad de la tierra. Por otro, la disminución de la población y el incremento de la presión fiscal, hizo que la carga impositiva aumentase sobre los poseedores de la tierra. Así, estos campesinos acomodados que ampliaron sus tenencias entraron en el mercado de capitales, tierras y bienes en condiciones desfavorables. La documentación muestra como muchos de ellos, al no disponer de capital suficiente para su explotación, tuvieron que arrendar parte de sus tierras en un contexto de aumento de la oferta, contratar trabajo (esclavo y asalariado) para sus cosechas, y endeudarse para pagar las compras de tierras, ganados, las dotes y legados testamentarios. En esas décadas muchos hogares de entre el campesinado acomodado habían incrementado sus deudas y engrosado las listas de morosos en los registros fiscales o en los libros de debitorios de los prestamistas. Estas dificultades financieras crecientes hicieron extremadamente vulnerables estas tenencias.

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A partir de la década de 1420 los hogares fuertemente endeudados para satisfacer sus créditos se vieron obligados primero a desprenderse de sus bienes muebles (ganado, esclavos, etc.), y posteriormente también tuvieron que alinear de las tierras de sus heredades (cuadros 1 y 2). Los compradores de las tenencias de esos campesinos acomodados en los años posteriores fueron otros campesinos acomodados con mayor liquidez y poder de negociación económica. Uno de ellos fue Joan Ballester, hijo de Feliu. En el decenio de 1430 la estrategia económica y patrimonial de la casa Ballester daría un cambio significativo. La valorización de los censos y censales (la estrategia rentista) daría paso a la creación de la renta de la tierra como fuente de ingresos principal en el patrimonio de los Ballester. La telaraña de censos y censales tejida por Feliu y Joan Ballester se iba transformado rápidamente en tierras que conformaron un extenso patrimonio. Después de las primeras adquisiciones de Joan Ballester del decenio de 1430, estas se multiplicaron después de la guerra civil de 1450/53 (cuadro 3). En la década de 1450 se agravó la precaria situación económica de los campesinos y las universidades. Por una parte, las fuertes “reparaciones de guerra” impuestas por el monarca a los rebeldes aumentaron los impuestos directos sobre los poseedores de tierras, y por otra, las exigencias de los prestamistas y terratenientes en concepto de atrasos en los pagos de rentas e intereses e indemnizaciones patrimoniales, ahogaron financieramente al campesinado. En las décadas posteriores a 1450 Joan y Miquel Ballester exigiría a sus deudores realizar el pago de los atrasos de las pensiones de censos y censales, rentas o préstamos de dinero, cereales y lana. El resultado fue el embargo primero y la alienación después de la tierra de muchos de los campesinos que habían contraído deudas con la casa desde el primer tercio del siglo XV. Sin embargo, no todos fueron obligados a transferir la tierra para saldar sus deudas, esta exigencia fue selectiva, y respondía a una determinada estrategia económica.

El ejemplo estudiado muestra que la adquisición de tierras respondía a determinados criterios, pues no todas las tenencias que se pusieron al alcance de los Ballester fueron adquiridas. La compra de una tenencia respondía a las siguientes características: que tuviera una gran extensión, disponibilidad de agua (pozos, fuentes, humedales) y que fuera contigua al núcleo patrimonial iniciado con la compra de la Real (1433). Como muestra el cuadro 2, en 1503 la hacienda de Miquel Ballester estaba integrada por el feudo de los Llull en la parroquia de Manacor, del cual poseía casi la mitad en dominio pleno (alquerías de las Planes, la Bagura, Son Navata y la Subirana). En la misma parroquia, y contiguas a las alquerías citadas, poseía las alquerías de Lluchamar, la Real, Gallicant y Tènger en dominio útil, y los derechos de diezmo y tasca sobre la alquería la Real, comprados al monasterio de Santa Maria de la Real el 1485. En la parroquia de Artà, pero colindante con las alquerías de los Llulls, poseía el predio Salma (y el año de 1513 añadiría Carrossa). Además de esta extensa hacienda de más 2.000 hectáreas, que conformaba un territorio compacto y en dominio útil o pleno, poseía otras alquerías alejadas de este cuerpo: la Marina en la misma parroquia de Manacor, Son Gibert y el Puig en la villa de Petra. El propósito de esta extensa hacienda era la explotación de la ganadería extensiva, destinada sobre todo a la venta de quesos, ganado y lanas.

¿Qué había cambiado? ¿En qué contexto se produjo este cambio de estrategia inversora? Diversos factores hicieron la inversión en tierras más atractiva a partir de 1420. La creciente protección de que gozarían los paños isleños en los mercados italianos, supuso un fuerte impulso para la pañería de la isla y garantizaba una demanda creciente y estable de lanas en la etapa 1420-1520. Los privilegios fiscales obtenidos por los nuevos terratenientes rurales tras la guerra civil les libraban de las fuertes ‘reparaciones de guerra’ y los impuestos a que el monarca sometió a las comunidades rurales, así como de las tallas que imponían las villas sobre sus vecinos. Las mismas condiciones de adquisición de tierras implicaban en muchos casos un desembolso monetario relativamente reducido, pues la cancelación de la deuda servía para efectuar el pago de la tenencia. Por otra parte, la gran hacienda proporcionaba una serie de ventajas sobre otras modalidades de gestión en la época. En primer lugar la gran explotación facilitaba la supervisión de las actividades y proporcionaba economías de escala en la utilización del trabajo (básicamente trabajo asalariado fijo y esclavos), la extensión y diversidad de paisajes agrarios daba autonomía productiva a la hacienda y la protegía frente a las fluctuaciones de la demanda y los precios de bienes y factores productivos. En esta extensa hacienda, además de la ganadería comercial (ovina), combinaba los aprovechamientos silvícolas (leña, carbón), pastorales (ganadería bovina, de cerda, equina, apicultura,) y agrarios (cereales, huerta, etc.), y otras actividades (producción de tejas, extracción de piedras, etc.) en el mismo territorio. Estas actividades agropecuarias no sustituyeron los viejos negocios relacionados con el préstamo de dinero, sino que derivó hacia otros negocios como el comercio de ganado y lanas, y la manufactura de paños para los mercados regionales. Como muestran los libros de debitorios de la heredad (cuadros 3 y 4) a finales del siglo XV el arrendamiento de ganado, la venta de lanas y los negocios manufactureros se habían convertido en los ejes de la economía de esta heredad. Sobre estas bases esta hacienda se había convertido en una de las más extensas del reino.

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La comparación de las diversas trayectorias económicas de los hogares del campesinado acomodados del término de Manacor sugiere algunas preguntas sobre los procesos de diferenciación campesina y la inversión en la adquisición de tierras. Como hemos visto algunos hogares (Santeceloni, Belloch, Morey, etc.) aparecen en el mercado de tierras como compradores y en el de capitales como prestatarios de dinero en forma de censales o debitorios. Por el contrario la casa Ballester, a pesar del aumento de la escala de su patrimonio y negocios, mantuvieron siempre una economía muy diversificada y fueron activos en todos los mercados de bienes y factores. Las casas Belloch, Santceloni y otras utilizaron el crédito para financiar la ampliación de sus tenencias campesinas entre 1380-1420, durante esa etapa ese mismo crédito alimentaba un sistema de explotación usuraria en beneficio de una clase rentista, como hizo Feliu Ballester; y, ese mismo crédito, en manos de Joan y Miquel Ballester, sirvió de palanca para transformar las relaciones sociales y acelerar los procesos de diferenciación económica en la etapa 1430-1500. Estos distintos comportamientos de los agentes sociales en los mercados de capital y tierra sugieren que el significado de las decisiones económicas y sus resultados no pueden entenderse fuera de un determinado contexto histórico. Por una parte, había fuerzas motoras –los cambios legislativos, la presión fiscal, la política comercial, la evolución de la estructura y pautas de la demanda, cambios en los precios relativos, evolución de la renta de la tierra, etc.— cambiantes en cada período que alteraban los incentivos y las expectativas de ganancia en los distintos sectores económicos. Por otra, las particulares dotaciones de capital –tierra, aperos, ganado, simientes, capital monetario— de las tenencias campesinas determinaban su capacidad de negociación en el mercado de bienes –fijación de los términos de intercambio-- y crédito. Fue ese poder de negociación que tenían los terratenientes-prestamistas, como los Ballester, en los mercados de tierra, trabajo y capital, él que les permitía escoger las modalidades de explotación de la tierra y el trabajo que eran más eficientes en cada contexto histórico.

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