Abarca_2Al índiceFotos Bisabuelos Abarca/Lázaro

Bisabuelo Felipe

Copia del acta del Ayuntamiento de Ayora (Valencia-España) de 30/Nov/1918.

(El pasado 30/Nov/2009 se cumplieron 91 años)

El Ayuntamiento de esta villa, en sesión del día 19 de Noviembre de 1918, se sirvió acordar, por unanimidad, elevar a acuerdo la Moción que dice así:

«Siempre es grato al Alcalde que suscribe recoger el sentir del vecindario y llevarlo al Consistorio para llenar las aspiraciones de áquel. En la ocasión presente tiene el honor de ser mensajero de los anhelos del vecindario, mayormente por tratarse de un hijo de esta villa que por su abnegación y comportamiento durante la epidemia grippal que desgraciadamente han padecido los habitantes, no sólo se ha hecho acreedor al aprecio y reconocimiento de sus convecinos, sino a que su nombre se perpetúe de manera patente como ejemplo y para admiración de los venideros.

Este abnegado varón es el Médico titular Don Felipe Abarca Lázaro, que a pesar de sus sesenta y ocho años de edad y de encontrarse solo la mayor parte del tiempo en que la epidemia estaba en su período álgido, no decayó en su ánimo, sino al contrario, se multiplicó su actividad asistiendo noche y día a más de seiscientos atacados, a los que, unido a los auxilios de la ciencia, les prodigaba palabras de consuelo y de aliento para animar los decaídos ánimos.

Tan árdua fué su tarea, que su cansada naturaleza venció a su firme voluntad, reteniéndole enfermo en cama por algunos días, y sin hallarse completamente restablecido, volvió de nuevo a su humanitaria misión con grave peligro de su quebrantada salud: Su vocación al sacerdocio de la medicina y el amor a sus paisanos, le puso al margen de perder su vida en el cumplimiento del deber.

Hechos son estos que merecen ser reconocidos por la representación legal de la villa, ya que el pueblo que honra a sus hijos se honra a sí mismo, y por ello tiene la satisfacción de someter al Ayuntamiento, con la esperanza de ser atendido, los siguientes

ACUERDOS

PRIMERO: Que el nombre del Médico Don Felipe Abarca Lázaro, rotule una de las calles de esta población, y para ello ninguna más a propósito que la en que nació, que es la de la Cantarería, la cual en adelante se denominará

CALLE DE DON FELIPE ABARCA.

SEGUNDO: Que el Ayuntamiento en Corporación pase al domicilio del Sr. Médico y le haga entrega de un diploma de honor y una copia de estos acuerdos.»

Ayora a 30 de Noviembre de 1918

El Alcalde: Pedro Antonio del C. Ávila

El Secretario: José Alegre.


Hay que pensar que en 1918, la primera gran epidemia de gripe mundial, conocida popularmente como «española», produjo un balance dramático de veintidós millones de muertos. Entonces la población mundial no estaba inmunizada absolutamente contra ningún tipo de virus gripal y éste alcanzó una rara virulencia, con casos de muerte en un período de tres horas después de los primeros síntomas de la enfermedad. Si Ayora en aquella época tenía unos tres mil habitantes y había seiscientos afectados, quiere decir que el 20% de la población estuvo enferma.

Otro detalle que a mí me parece muy significativo es el hecho de que esta manifestación de reconocimiento fuera en vida de mi bisabuelo. Exceptuando algún caso actual de todos conocido -nuestro Nóbel de Literatura, don Camilo José Cela- y pocos más, en este país la norma ha sido no reconocer los méritos de los demás hasta que se han muerto.

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Nota de Prensa, fechada el 18/Oct/1930 en "LA MEDICINA IBERA" EN VALENCIA.

Notas de actualidad médica valenciana.

La Medalla del Trabajo para el Dr. Abarca, de Ayora


Bisabuelo Felipe

«Fué el día de ayer una jornada de satisfacción del pueblo de Ayora y de complacencia para la clase médica valenciana. Un ciudadano ilustre de dicho pueblo, miembro venerable del Colegio de Médicos, recibió ayer de sus paisanos y de sus colegas el cariñoso homenaje a que se ha hecho acreedor por sus virtudes y por su vida profesional ejemplar. D. Felipe Abarca Lázaro, galardonado por el Gobierno con la Medalla del Trabajo tuvo ayer la inmensa alegría de que esta condecoración le fuera impuesta en un ambiente gratísimo, desbordante de cariño, consideración y respeto, dando lugar a que el pueblo en masa se manifestara con toda la sinceridad y espontaneidad con que sabe hacerlo cuando la persona homenajeada es acreedora a tales demostraciones de entusiasmo.

«El acto, sencillo por su desarrollo pero elocuente por su significado, se celebró en el escenario del Teatro Honrubia, ocupado totalmente por todos los elementos culturales de la población y las autoridades de la misma y fue presidido por el señor Inspector de Sanidad de la provincia, doctor Ferret, que llevaba la representación del señor gobernador civil, ocupando puestos en la Mesa el doctor Cogollos Cogollos, presidente del Colegio Médico y varios miembros de esta Corporación, que representaban a los médicos valencianos.

«Pronunciaron sentidas y elocuentes palabras el médico de Ayora, don José María Martí Lacueva, organizador del homenaje; el joven colega don Manuel López Caldes, que leyó un discurso vibrante de sentimiento y emoción; el abogado hijo del pueblo, don Rodrigo Royo; el doctor Cogollos que exteriorizó la complacencia del Colegio por la justicia que encerraba aquel acto iniciado por esta Corporación.

«Seguidamente el doctor Ferret, amablemente invitado por el presidente del Colegio, impuso al señor Abarca la Medalla del Trabajo, desbordándose el entusiasmo del pueblo dando vivas al médico ejemplar y al ciudadano bueno y honorable.

«Unas palabras del alcalde de Ayora, don Segundo Brú, francas y afectuosas, rubricaron las que pronunció veladas por la emoción don Felipe Abarca, dándose por terminado el acto, que tuvo una elocuente prolongación en las efusivas demostraciones de los hijos de Ayora hacia su buen médico, colmándole de abrazos y cordiales apretones de manos.

«Una hora más tarde, se celebró en el Casino un banquete homenaje al doctor Abarca que se hizo extensivo a las autoridades médicas y demás compañeros que habían asistido al acto. Unos cincuenta comensales dieron gran animación al mismo, que transcurrió ya en un plan de íntima y franca camaradería.

«Los médicos del distrito de Ayora asistieron todos al banquete prolongando así la misma unanimidad con que fue costeada por ellos la Medalla del Trabajo a su compañero el decano.

«A la hora de los brindis volvieron a manifestarse los sentimientos de respeto y afecto al doctor Abarca, glosándose el espectáculo grato de la mañana eminentemente popular y el de aquellos momentos de exaltación del compañerismo. Los elementos sanitarios de la ciudad expresaron su adhesión al acto y el champán, obsequio del homenajeado, al burbujear en las copas, hizo desbordar nuevamente las pruebas de inequívoca admiración al doctor Abarca.

«Se deshizo la reunión después de múltiples brindis de todas clases y tonos, pero todavía dio señales de satisfacción y vida, trasladándose a la distinguida mansión del médico valenciano doctor Vila Belda, para hacer la nota gráfica de aquel homenaje que, aparte de su espiritual significación había tenido la virtud de reunir a un grupo de médicos valencianos sin otro objetivo que el de exaltar la noble figura de un verdadero sacerdote de la profesión...

Medalla

«Testigos del acto y colmados de atenciones por compañeros y autoridades y el homenajeado, hemos de cerrar esta crónica con una cariñosa felicitación al venerable colega que desde ayer luce la Medalla del Trabajo, felicitación extensiva al doctor Martí Lacueva, nuestro querido amigo, por sus trabajos de organización, que se vieron recompensados por las unánimes alabanzas de quienes con él compartimos unas horas de alegría y felicidad.»

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He aquí lo que D. Vicente Peset, Catedrático honorario de la Facultad de Medicina de Valencia, dedicó a nuestro entrañable amigo D. Felipe Abarca Lázaro. Publicado en la Revista CULTURA del 6/Ago/1933.

Mi condiscípulo Abarca y Lázaro


«Con placer inefable, querido García Brustenga, pergueño estas cuartillas, que no traducen seguramente cuanto quisiera yo decir, porque las añoranzas e inspiración no se tiene siempre a la mano, llegan reacias a mis años.

Merecidísimo es el galardón que se solicita para Abarca, como lo fuera la Cruz de Beneficencia; yo le dedicaría una estatua... ¡Vana ilusión! Incontables sabios bienhechores de la humanidad viven y mueren en la sombra, sus nombres yacen ignorados. -¡nadie sabe quien inventó el pan o esculpió la Venus de Milo!- mientras que cualquier bufo parodista se enriquece e inmortaliza, porque la celebridad es una cosa y la siembra del bien otra que rara vez coinciden. Las muchedumbres no comprenden a los hombres del trabajo silencioso que empujan la civilización fecundando el progreso, embelleciendo la vida, lámparas de Psiquis siempre misteriosas incomprendidas; en cambio, no olvidan al que conmovió sus nervios con una carcajada estentórea o una sacudida de espanto, a quienes hacen reír o llorar, porque los individuos se mueven por ideas y las multitudes por sensaciones: la tempestad que destruye en un instante la esperanza del labriego deja en su alma señales indelebles, mientras que pasa desapercibida la benéfica lluvia que fecundiza sus tierras. Queden los fastuosos monumentos para algún Chariot pretérito o futuro y para los caudillos que ensangrentaron el haz, que sus efigies conviertan los parques en necrópolis, pues los varones altruistas como Abarca prefieren la escondida senda y disculpan criminales olvidos sin olvidar con Ibsen a las torpes y sencillas muchedumbres, sempiternamente párvulas, porque la mayor felicidad estriba en sentirse solos, cabe el torbellino humano, según Epicuro; no persiguen la efímera fama, no laten por la epidémica sed del oro que condenaron clásicos latinos y místicos ascetas, ello obscurecería su aureola, sólo anhelan favorecer al prójimo y ya les compensa la propia conciencia, la satisfacción interior del deber cumplido; que en el prorrateo mundano son unas coronas de oro, otras de laurel y otras de espinas.

Hicimos la carrera en aquella época turbulenta de la Revolución de Septiembre, plazo de algaradas e intranquilidad constantes en que tirios y troyanos sacrificaban su vida estérilmente, crispando nuestros nervios. Recuerdo que en uno de aquellos remotos veranos durante el bombardeo de la sitiada Valencia, dedicaba yo las mañanas. al estudio del "Complemento de Algebra", asignatura de la Facultad de Ciencias y por la tarde nos reuníamos varios amigos alrededor de una mesa en la acera del Mercado -uno de ellos es el compañero Vila y Feliu, otro afortunado superviviente-, mientras rugían en el espacio los enormes proyectiles cual bólidos infernales sembradores de muerte y desolación, cuyo espectáculo horrísono hacinaos meditar en la solapada ferocidad de la bestia humana.

Sin embargo, a pesar del desequilibrio social, aquella nutrida falanje escolar, estudiosa y divertida en su mayoría optimista, porque no la infiltraba la ponzoña de las castas, ni necesitábamos distintivos, pues la juventud y la alegría eran bastantes para identificamos; aquella confusa pléyade varonil y entusiasta, cumplía todos sus deberes, asimilando programas completos, bebiendo en saludables fuentes, pues no faltaban cadáveres ni enfermos, y aun tenía tiempo para el asueto u organizar estudiantinas que alegraban las Carnestolendas.

Pasaron tantos años -¡parece nada!¡medio siglo largo, más de 600 meses, casi 20.000 días!- que mis recuerdos están velados por densa bruma cual los infantiles. Por eso olvidé anécdotas escolares del propio Abarca, reducidas al cumplimiento del deber, a la vida en bibliotecas o entre compañeros que le proporcionaban libros fuera de su modesto alcance; tan fraternal amigo figuraba en el grupo de los alumnos más formales y estudiosos, sordo siempre a las travesuras; cuando nos sublevábamos bajo cualquier fútil pretexto, él actuaba de contrapeso, aconsejando prudencia, aunque se rindiera luego por compañerismo; si algún Profesor de oratoria isotonal y con sordina ejercía de poderoso hipnótico, él nunca abandonaba su lápiz y sus cuartillas. Así lució en los exámenes, a pesar de que las mejores notas se regateaban con exceso -hasta fueron suprimidas legalmente durante varios cursos-. Estando yo de estudios en Madrid, me escribía muy satisfecho mi Padre, por habérsele concedido a Abarca un justo Sobresaliente en la Licenciatura, mérito excepcional!, porque tan dada a la severidad estaba la mayoría de aquellos maestros eximios, que al jubilarse el sabio y áspero Armet, dijo el mismo día de la despedida, anhelante de refugio en Bétera: "hoy perdono a todos"; y efectivamente, excitado sin duda por los desaciertos, suspendió a la docena examinada.

Publicábamos entonces extractadas las historias clínicas más interesantes. Abarca formó en la Comisión redactora de nuestro último curso, 1873 a 74, y era modelo de entusiasmo y asiduidad en la ímproba tarea de recoger los escritos, de pulirlos y extractarlos, siendo muy notables los suyos, como el curioso e instructivo caso de neumotórax.

Por su modestia excesiva ha de contrariarle lo que digo de aquella deliciosa vida estudiantil en estas horas suyas apoteósicas, pero lo consigno jubiloso para norma de propios y estímulo de la clase médica.

Estudió anatomía con grande afición, el inolvidable doctor Navarro le consideraba alumno predilecto y en recuerdo suyo adoptó y conserva Abarca la típica mosca(*); con igual ahínco profundiza la fisiología explicada por el simpático Ortolá.

(*) Se llamaba 'mosca' a una forma especial de recortarse la barba, dejando sólo un pequeño penacho bajo el labio inferior.

Cuando en el ejercicio práctico de la Licenciatura le dijo Navarro con su habitual sonrisa -ante Ortolá y Campá, jueces adjuntos- y con motivo de quedar alguna fibra íntegra en la sección subcutánea del esterno-cleido-mastoideo, que '"no consiste en hacer las cosas, sino en hacerlas bien", mostrando Abarca el mellado y romo escalpelo disponible contesta humildemente: "con este instrumento no puede hacerse nada bien"; y describe la región anatómica con tal brillantez y lujo de detalles que el Tribunal le felicita y anuncia como colega ejemplar.

En cierta ocasión me recordaba Abarca estas palabras del terapeuta D. Fernandito de Vida, como llamábamos al viejo y catarroso maestro: "el que se instala en un pueblo se embrutece, se envilece y se empobrece", verdad a menudo que hubo de apreciar en los albores del ejercicio profesional; pero por carencia de medios no pudo seguir los consejos del Dr. Navarro que reiteradamente le excitó para que se estableciese en Valencia con su apoyo, donde si no en primera línea, podía figurar muy bien en la segunda. Clínico de cuerpo entero, tuvo siempre una verdadera obsesión por formular el diagnóstico a la cabecera del enfermo, obligándose a repetir las visitas para su tranquilidad y beneficio de aquél, por lo cual llegó a decirle algún compañero si podría seguir con tan excesivo trabajo: "procuré siempre, me dijo otro día, cumplir mis deberes, pues creo que no existe el derecho en principio; si existe, empieza allí donde acaban los deberes". ¡Pensamiento sublime!.

Mi casi octogenario condiscípulo de Ayora sigue por fortuna siendo joven para el trabajo; hay viejos con tanto heroísmo y espíritu de sacrificio como el mejor de los jóvenes y él es uno de esos privilegiados, porque piensa que aún tiene obra por realizar, un destino por cumplir. Pluga al cielo prolongar sus días».

V. PESET

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