×
Chelva. Un crisol de culturas
Manuel Martínez Lance
Caminando por calles estrechas y empinadas nos adentramos en una suerte de
laberinto, a veces sin salida, con múltiples atzucacs, que nos proporcionan el placer de
pensar en las noches de verano contando historias, con el frescor del relente bajo la
mirada atenta de la luna. Igualmente, en las noches de invierno, esa vecindad abre las
puertas para compartir, al calor de la lumbre, los acontecimientos del día.
Hogares, que un día estuvieron llenos de vida repletos de niños y hoy vacíos, como
ancianos dejando pasar el tiempo, han sido testigos del legado que las generaciones de
los siglos medievales abandonaron a su estrella en barrios de características distintivas
que evidencian su identidad; pongamos que hablamos de Benacacira, Azoque, Arrabal
y, cómo no, del “barrio cristiano”. Cada uno de ellos con su singular aroma pero todos
compartiendo la misma atmósfera, nos han dejado en herencia, sus huellas, no sólo
materiales sino, también, la que empodera la cultura, la concordia que nos permite
vislumbrar un espíritu de vecindad, respeto y tolerancia por las diferencias del credo.
Empezamos por Benacacira, un barrio de identidad árabe, en el que observamos el
ingenio en una distribución urbana irregular. Los callejones con porches que unen
viviendas adyacentes y nos conducen a otras callejuelas con mucha pendiente, esquinas
angulares, calles angostas, escaleras con peldaños que nos comunican con otros
rincones y espacios, físicamente semiabiertos, en los que pervive el alma de los que
antaño se instalaron en esta villa para trabajar, convivir y hacer familia.
Luego andamos por el Azoque, donde la judería local construyó su hábitat, la comunidad
asentó su identidad cultural y, como familia, convivía en la misma villa con musulmanes
y cristianos compartiendo el trabajo en los bancales y respetando la pluralidad de los
respectivos credos. También la distribución urbana del barrio está plagada de calles
estrechas y empinadas, condicionadas por la orografía del terreno y por el sistema
constructivo, sin ‘fronteras’ entre vecinos.
Veremos, en el Arrabal, otro núcleo con un elemento común, las calles con grandes
pendientes y aunque son ligeramente más anchas, en conjunto, es un todo armónico.
Es un barrio morisco posterior a Benacacira y el Azoque, pero con un foco especial, aquí
se ubica la Antigua Mezquita de Benaeça de 1370, una de las mejor conservadas de
Valencia que, posteriormente, se convirtió en la ermita cristiana de Santa Cruz. Otro
ejemplo de palimpsesto entre las culturas de la villa.
A modo de conclusión, el crisol de culturas judía, islámica, morisca y cristiana que
compartieron espacios, costumbres y trabajo, ha dejado el poso inmaterial de tolerancia
y avenencia, desde el respeto a la singularidad de cada credo. Ese bien inmaterial del
que se alimentaban las diferentes comunidades ha sido transmitido como legado, a los
hijos, a los nietos, a los nietos de éstos, hasta hoy. Chelva es un recipiente de culturas
donde la convivencia, el respeto y la tolerancia han permitido su permanencia en el
tiempo como un acorde de armonía vivencial.