Fragmento de una rueda de prensa de Charles de Gaulle (27 de noviembre de 1967)

Pregunta: ¿Por qué considera que el Estado de Israel es el agresor en la Guerra de los Seis Días cuando fue el presidente Nasser quien cerró el Estrecho de Tiran?

Respuesta: El establecimiento, entre las dos guerras mundiales —porque hay que remontarse hasta allí—, el establecimiento de un hogar sionista en Palestina y luego, después de la Segunda Guerra Mundial, el establecimiento de un Estado de Israel, planteaba, en aquella época, un cierto número de aprensiones. Uno podía preguntarse, de hecho, y se lo preguntaban incluso muchos judíos, si la implantación de esta comunidad en tierras que habían sido adquiridas en condiciones más o menos justificables y en medio de pueblos árabes que le eran profundamente hostiles, no iba a acarrear incesantes e interminables fricciones y conflictos. Algunos incluso temían que los judíos, hasta entonces dispersos, pero que habían seguido siendo lo que habían sido en todo momento, es decir, un pueblo de élite, seguro de sí mismo y dominador, no llegaran, una vez reunidos en el lugar de su antigua grandeza, a transformar en ambición ardiente y conquistadora los deseos muy emotivos que formaban desde hacía diecinueve siglos:  "el año que viene en Jerusalén".

Sin embargo, a pesar del flujo, a veces ascendente, a veces descendente, de las malquerencias que suscitaban en ciertos países y en ciertas épocas, un capital considerable de interés e incluso de simpatía se había acumulado en su favor, sobre todo, hay que decirlo, en la Cristiandad; un capital que emanaba del inmenso recuerdo del Testamento, nutrido por todas las fuentes de una magnífica liturgia, mantenido por la conmiseración que inspiraba su antiguo infortunio y que poetizaba, entre nosotros, la leyenda del Judío errante, acrecentado por las abominables persecuciones que habían sufrido durante la Segunda Guerra Mundial y aumentado, desde que habían recuperado una patria, por sus trabajos constructivos y el valor de sus soldados.

Por eso, independientemente de los vastos apoyos en dinero, en influencia, en propaganda, que los israelíes recibían de los medios judíos de América y de Europa, muchos países, entre ellos Francia, veían con satisfacción el establecimiento de su Estado en el territorio que les reconocieron las Potencias, deseando al mismo tiempo que lograran, haciendo gala de un poco de modestia, encontrar con sus vecinos un «modus vivendi» pacífico.

Hay que decir que estos datos psicológicos habían cambiado un poco desde 1956; a raíz de la expedición franco-británica de Suez, se había visto aparecer, en efecto, un Estado de Israel guerrero y resuelto a engrandecerse. Después, la acción que llevaba a cabo para duplicar su población mediante la inmigración de nuevos elementos, daba a entender que el territorio que había adquirido no le bastaría por mucho tiempo y que se vería impulsado, para ampliarlo, a utilizar cualquier ocasión que se presentara. Por eso, además, la V República se había desprendido, frente a Israel, de los vínculos especiales y muy estrechos que el régimen anterior había anudado con ese Estado y se había aplicado, por el contrario, a favorecer la distensión en el Medio Oriente. Por supuesto, manteníamos con el gobierno israelí relaciones cordiales e incluso le suministrábamos para su defensa eventual los armamentos que pedía comprar, pero, al mismo tiempo, le prodigábamos consejos de moderación, especialmente a propósito de los litigios que concernían a las aguas del Jordán o de las escaramuzas que enfrentaban periódicamente a las fuerzas de ambos bandos. Finalmente, nos negábamos a dar oficialmente nuestro aval a su instalación en un barrio de Jerusalén del que se había apoderado y manteníamos nuestra embajada en Tel Aviv.

Por otra parte, una vez puesto fin al asunto argelino, habíamos reanudado con los pueblos árabes de Oriente la misma política de amistad y cooperación que había sido durante siglos la de Francia en esa parte del mundo y cuya razón y sentimiento hacen que deba ser, hoy, una de las bases fundamentales de nuestra acción exterior. Por supuesto, no dejábamos de advertir a los árabes que, para nosotros, el Estado de Israel era un hecho consumado y que no admitiríamos que fuera destruido. De modo que se podía imaginar que llegaría un día en que nuestro país podría ayudar directamente a que una paz real fuera concluida y garantizada en Oriente, siempre que ningún drama nuevo viniera a desgarrarlo.

¡Lamentablemente, el drama llegó! Había sido preparado por una tensión muy grande y constante que resultaba de la suerte escandalosa de los refugiados en Jordania, y también de una amenaza de destrucción proferida contra Israel. El 22 de mayo, el asunto de Akaba, lamentablemente creado por Egipto, iba a ofrecer un pretexto a quienes soñaban con entablar combate. Para evitar las hostilidades, Francia había propuesto, desde el 24 de mayo, a las otras tres grandes potencias prohibir, conjuntamente con ellas, a cada una de las dos partes iniciar el combate. El 2 de junio, el gobierno francés había declarado oficialmente que, eventualmente, daría la razón a quien no iniciara primero la acción de las armas, y eso es lo que yo mismo, el 24 de mayo, declaré al Sr. Eban, ministro de Asuntos Exteriores de Israel, a quien vi en París. «Si Israel es atacado —le dije entonces en esencia—, no dejaremos que sea destruido, pero si ustedes atacan, condenaremos su iniciativa. Ciertamente, a pesar de la inferioridad numérica de su población, dado que están mucho mejor organizados, mucho más unidos, mucho mejor armados que los árabes, no dudo que, llegado el caso, obtengan éxitos militares; pero, después, se encontrarían comprometidos en el terreno y, desde el punto de vista internacional, en dificultades crecientes, tanto más cuanto que la guerra en Oriente no puede dejar de aumentar en el mundo una tensión deplorable y de tener consecuencias muy desafortunadas para muchos países, de modo que es a ustedes, convertidos en conquistadores, a quienes se les imputarían poco a poco los inconvenientes».

Como es sabido, la voz de Francia no fue escuchada. Israel, habiendo atacado, se apoderó, en seis días de combate, de los objetivos que quería alcanzar. Ahora organiza, en los territorios que ha tomado, la ocupación que no puede ir sin opresión, represión, expulsiones, y se manifiesta allí contra él una resistencia que, a su vez, él califica de terrorismo. Es cierto que los dos beligerantes observan, por el momento, de una manera más o menos precaria e irregular, el alto el fuego prescrito por las Naciones Unidas, pero es evidente que el conflicto sólo está suspendido y que no puede haber solución salvo por la vía internacional. Pero un arreglo por esta vía, a menos que las Naciones Unidas desgarren su propia Carta, debe tener como base la evacuación de los territorios que han sido tomados por la fuerza, el fin de toda beligerancia y el reconocimiento recíproco de cada uno de los Estados en cuestión por todos los demás. Después de lo cual, mediante decisiones de las Naciones Unidas, en presencia y bajo la garantía de sus fuerzas, sería probablemente posible fijar el trazado preciso de las fronteras, las condiciones de vida y de seguridad de ambos lados, la suerte de los refugiados y de las minorías, y las modalidades de la libre navegación para todos, especialmente en el golfo de Akaba y en el canal de Suez. Según Francia, en esta hipótesis, Jerusalén debería recibir un estatuto internacional.

"Para que tal arreglo pueda ponerse en marcha, sería necesario, naturalmente, que hubiera un acuerdo de las grandes potencias (que conllevaría ipso facto el de las Naciones Unidas) y, si tal acuerdo viera la luz, Francia está dispuesta de antemano a prestar en el lugar su concurso político, económico y militar para que dicho acuerdo sea efectivamente aplicado. Pero no se ve cómo podría nacer acuerdo alguno, no ya ficticiamente sobre alguna fórmula vacía, sino efectivamente para una acción común, mientras uno de los más grandes de los Cuatro no se haya desvinculado de la guerra odiosa que libra en otra parte. Porque todo está ligado en el mundo de hoy. Sin el drama del Vietnam, el conflicto entre Israel y los árabes no se habría convertido en lo que es; y si, mañana, el sudeste asiático viera renacer la paz, el Medio Oriente la recuperaría gracias a la distensión general que seguiría a semejante acontecimiento.