Miguel Castillo, Erasmus a los ochenta y un años: “Nunca se tiene que dejar de aprender”

  • 9 febrero de 2018
 
Miguel Castillo
Miguel Castillo.

Maria Iranzo. Fotos: Miguel Lorenzo

En sus tarjetas personales, las que lleva en la cartera, escrito en las tradicionales cursivas sobre fondo blanco se lee: ‘Miguel V. Castillo Nácher’. “La V. es de Vicente, pero siempre que me han preguntado he dicho que es de Valiente”, me sonríe con picardía. El calificativo se justifica rápidamente al hacer un periplo por la trayectoria vital y profesional de este graduado en tercer curso de Geografía e Historia, en el pasado notario y en el futuro más inmediato becario Erasmus en la ciudad italiana de Verona.

“Cuando nos hicieron la prueba de idioma en la Facultad de Filología, la bedela me dice al entrar: ‘Por favor, los familiares tienen que esperar fuera’. A lo cual tuve que contestar: ‘Perdóneme, pero el que se examina soy yo. A mí quien me espera fuera son los nietos’”.

No es la primera beca que recibe Miguel Castillo (Liria, 1937). Hace décadas este hijo de una familia modesta de labradores ya ganó una para poder estudiar en el Instituto Luis Vives de Valencia. “Venía de Liria cada día en el trenecito y al acabar fui reconocido con el premio Extraordinario de Bachiller”, recuerda con ternura. “Fue entonces cuando me fichó el Valencia para los equipos juveniles y casi fue mi perdición. El primer año de Derecho, matriculado en esta Universitat de València, me suspendieron todas”, rememora aquellos días al guardar los pilares del patio de La Nave. “Le prometí a mi padre que en septiembre las aprobaría todas, pero no me dio la oportunidad. Me iba al campo a trabajar con él y mis tres hermanos”.

Después de un año sabiendo lo que supone físicamente el cultivo de la naranja, consiguió que lo ficharan en un equipo de fútbol de Barcelona financiado por la fábrica Fabra i Coats. “Con aquel pequeño sueldo, que complementaba con clases particulares, me pude matricular de nuevo en Derecho en la Universitat de Barcelona. El primer año saqué matrículas que me volvieron a motivar para el estudio”, respira con gratitud.

Un yayo lleno de historia
El “abuelo”, como lo denominan hoy con aprecio los compañeros de clase, fue primero profesor ayudante en la Facultad de Derecho de la Universitat de Barcelona y a continuación se sacó la oposición de notario. En Barcelona conoció a su mujer, Conxita, que estudiaba Farmacia. Ella montó su apotecaria en Valencia y “en la capital del Turia nos instalamos”.

Ha dejado impronta en el Colegio Notarial de Valencia; en las notarías de Lucena del Cid, Sant Mateu, Simat de la Valldigna, Quartell, Pedreguer, Gandia, Torrent, Paterna y Onda; entre los opositores a notario, “que he formado siempre gratuitamente y con la misma dedicación que Roberto Follia lo hizo conmigo en Barcelona”; y desde hace cinco años en la Facultad de Geografía e Historia, “carrera que decidí estudiar después de sufrir un infarto”. “Aquel susto me hizo repensar mi actitud de jubilado y me matriculé en la Universitat, donde he encontrado el calor de un hogar entre los profesores y compañeros”, asegura emocionado. “Me abrazan, me dejan los apuntes, me piden consejo sobre sus cuestiones personales. Soy uno más de ellos”.

El 15 de febrero la aventura de este amante de la historia contemporánea y la música continúa a casi mil quinientos quilómetros de Valencia. “Estuve hace años en la Arena de Verona escuchando a Maria Callas. Recuerdo ligeramente el balcón de Julieta, pero apenas nada de esta ciudad del norte de Italia. Me voy de Erasmus con mi mujer actual, María Luisa Alama Castellary. Hemos alquilado un apartamento porque, claro, ¡no voy a ponerla en una residencia de estudiantes!”.

Después del graduado
Se ha matriculado de cinco asignaturas y durante las últimas semanas una profesora le ha impartido nociones de italiano. “No sé si podré con todas las materias o me dejaré alguna. El que trataré de hacer es sacar el máximo provecho de la experiencia. Nunca se deja de aprender. Y en esto cuento especialmente con el apoyo de mis tres hijas”.
El camino de Miguel Valiente Castillo parece todavía muy largo: “Cuando me gradúe, ya tengo pensado el tema de mi tesis doctoral. Será la historia del notariado valenciano”, avanza con orgullo.

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